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Categoría: Memoria Histórica (página 15 de 37)

Un demoledor informe oficial sobre los estragos del colonialismo belga en África

La comisión especial creada en el Parlamento federal de Bélgica para examinar su pasado colonial se tomará un tiempo para digerir las casi 700 páginas del informe entregado esta semana por una decena de historiadores.

“Tenemos una responsabilidad histórica hacia las víctimas de los abusos del colonialismo. La tarea es demasiado importante como para abordarla con prisas”, ha declarado su presidente, Wouter De Vriendt, ante la publicación del documento.

La responsabilidad del Estado en la explotación de la República Democrática de Congo, Ruanda y Burundi, el mito de la misión civilizadora y la posibilidad de ofrecer algún tipo de reparaciones, todo se puso por primera vez sobre la mesa. El rey Felipe pidió disculpas por los abusos cometidos al presidente congoleño, Félix Tshisekedi, y el Parlamento creó una comisión de investigación.

Enfrentados a la monumental y sensible tarea de examinar el pasado, los políticos recurrieron a los historiadores y les encargaron investigar los hechos, su impacto y sus consecuencias actuales. Nueve meses después, la comisión Congo tiene su respuesta, 689 páginas que retratan la brutalidad de un sistema de explotación construido sobre el racismo que pasó factura al país incluso después de la colonización.

“La cuestión que se plantea puede formularse así: ¿existen pruebas históricas de una explotación sistemática, de crímenes atroces y grandes sufrimientos humanos causados por el colonialismo belga? La respuesta a esta pregunta es un categórico sí”, sostiene el informe. Pero “los historiadores no siempre están en posición de formular respuestas claras e indiscutibles a las cuestiones que se plantea la sociedad”, en especial la cuestión del reconocimiento (una autora habla de “crimen”) y las posibles reparaciones.

—https://www.msn.com/es-es/noticias/internacional/un-demoledor-informe-oficial-retrata-la-brutalidad-del-colonialismo-belga/ar-AAQ4voo

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Polonia: un país entre el III Reich y la URSS que fue víctima de sus propias contradicciones

Polonia es un país enclavado entre dos grandes potencias, Alemania y Rusia, que durante décadas luchó por su independencia, una reivindicación sostenida por el movimiento obrero desde la fundación de la Primera Internacional. Lo consiguió en 1917 gracias a la Revolución rusa.

Al tomar las riendas de su país, la burguesía y los terratenientes polacos, ejemplos característicos de reacción católica feroz, sólo supieron venderse al mejor postor, normalmente las grandes potencias occidentales de la época, Reino Unido y Francia, enfrentándose al nuevo poder soviético, al que arrebató una parte del territorio aprovechando la guerra civil contra la URSS en los años veinte.

Cuando en 1933 llegaron los nazis al poder en Alemania, en la burguesía y los terratenientes polacos apareció una nueva corriente favorable al III Reich, representada por el mariscal Pilsudski y, naturalmente, por la Iglesia católica.

Una de las lacras de las clases dominantes polacas fue siempre el antisemitismo, que llegó a alcanzar cotas patológicas. Uno de sus exponentes saltó a la palestra medio siglo después: el papa Wojtyla, al que Estados Unidos colocó en el Vaticano en los años ochenta para dar la puntilla a Polonia y a los demás países del este de Europa.

Hoy la burguesía polaca vive de propagar por Europa una ideología que recuerda su origen: luchamos contra los nazis, pero también contra los comunistas. Es el “ni unos ni otros” y el “todos son iguales”. Antes de la Segunda Guerra Mundial era un país pacífico y democrático, que sólo quería la paz y la armonía, pero que fue aplastado por los monstruos de sus vecinos.

La coartada está muy manoseada: el pacto entre Molotov y Von Ribbentrop, que condujo al “reparto” de Polonia entre la Alemania nazi y la URSS.

La historia dice otra cosa. El gobierno polaco fue uno de los primeros del mundo en firmar un documento histórico con la Alemania nazi, una declaración de 26 de enero de 1934 sobre el no recurso a la fuerza. Lo firmaron en Berlín el ministro de Asuntos Exteriores alemán Konstantin von Neurath y el embajador polaco Jozef Lipsky.

Piłsudski era un déspota. Desde 1926 el país estaba gobernado por altos oficiales del ejército. Además de Piłsudski, estaban el mariscal Edward Rydz-Smigły y el coronel Jozef Beck. Habían prohibido los partidos y los movimientos políticos, pero el fascismo estaba en auge.

El Estado polaco sometía a las minorías nacionales a la humillación y la discriminación. Los ucranianos, bielorrusos, judíos y lituanos, que representaban un tercio de la población, no tenían ningún derecho. Para conseguir una educación y una carrera, tuvieron que convertirse al catolicismo y cambiar su nombre al polaco. Algunos lo hicieron. Los demás fueron perseguidos.

La cuestión judía preocupaba al gobierno de Varsovia. El plan consistía en deportarlos a Madagascar. Se creó una comisión especial para tratar este tema. Estaba formado por León Alter, director de la Asociación de Judíos en el Exilio de Varsovia, Salomón Dik, agrónomo de Tel Aviv, y el comandante Mieczysław Lepecki. En mayo de 1937, la comisión visitó Madagascar e informó sobre la disposición de la isla para el establecimiento de una colonia judía. Hitler apoyó la idea.

En junio de 1934, paralelamente a la creación del primer campo de concentración nazi, el de Dachau, por un decreto especial del gobierno, los polacos crearon su propio campo de exterminio cerca de Brest, en Bereza Kartuska, donde detuvieron, torturaron y mataron a disidentes, principalmente ucranianos y bielorrusos.

El gobierno polaco cada vez se parecía más al alemán. Piłsudski admiraba el racismo y el militarismo de Hitler.

Tras la retirada de Alemania de la Sociedad de Naciones, Polonia representó allí los intereses del III Reich, apoyando todas las medidas de Hitler. Por ejemplo, la anexión de Austria y la invasión del ejército alemán en la zona desmilitarizada del Rhin en 1936.

El acercamiento de Polonia y Alemania en la década de 1930 se basó no sólo en estrategias internas similares, sino también en objetivos similares de política exterior. Ambos estados pretendían destruir el bloque político formado por Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumanía. Varsovia y Berlín tenían reivindicaciones territoriales sobre Checoslovaquia, que culminaron con su desmembramiento en 1938 mediante la campaña conjunta germano-polaca. Pero sobre todo, tenían planes de agresión contra la URSS.

Entre 1933 y 1935 surgió la amenaza de una guerra entre la URSS y Japón, en alianza con Polonia y Alemania. Muchos políticos polacos hablaron abiertamente de la inminencia de un desfile polaco-nazi en la Plaza Roja. El 16 de marzo de 1934 la agencia de noticias inglesa Week difundió un mensaje según el cual había protocolos secretos en el pacto entre Pilsudski y Hitler, en base a los cuales, junto con Japón, Alemania y Polonia iban a atacar a la URSS. En agosto de 1934, la publicación británica New Statesman and Nation informó de un inminente ataque coordinado contra la URSS. Japón debía actuar en el Extremo Oriente y Alemania y Polonia en la parte europea. Los alemanes debían entrar en Leningrado y luego avanzar hacia Moscú.

La doctrina militar oficial polaca, elaborada en 1938, proclamaba: “El desmembramiento de Rusia es la base de la política polaca en el este. Polonia no debe permanecer pasiva en este notable momento histórico de la partición. La tarea es prepararse con mucha antelación, física y espiritualmente… El objetivo principal es el debilitamiento y la derrota de Rusia”.

Antes de la conquista de la URSS, había que fomentar el separatismo en Ucrania, el Cáucaso y Asia Central. En diciembre de 1938 el diplomático polaco Jan Karszow-Siedlewski dijo con franqueza a sus homólogos alemanes: “Los intereses de Polonia en el Este son, en primer lugar, Ucrania, Bielorrusia hasta Smolensk”.

Si todo era tan bueno entre los alemanes y los polacos, ¿por qué esta alianza terminó tan mal para Polonia? La razón es obvia: Varsovia no cedió ante Berlín en el conflicto por la ciudad de Dantzig, un importante puerto en el Mar Báltico. Estaba gobernada por Polonia desde el final de la Primera Guerra Mundial y era el punto de unión entre Pomerania y Prusia Oriental.

Después de que Polonia se negara a ceder la ciudad libre, Hitler comenzó a preparar la invasión. Tras el final de la guerra, se supo que Varsovia fue inducida a rechazar a los alemanes por las promesas de ayuda militar de Reino Unido y Francia, en el caso de que se produjera un ataque alemán. Pero nadie tenía intención de ayudar a Polonia. Londres y París necesitaban que Hitler ocupara Polonia, para llevarle a las puertas de la URSS. A medida que el ejército alemán se desplazaba hacia la frontera con la URSS, se alejaba de Gran Bretaña y Francia.

Los planes de Londres y París salieron fatal. “El tiro por la culata”, se suele decir.

—https://minsknews.by/pakt-pilsudskogo-gitlera-zachem-polsha-v-1934-g-zaklyuchila-dogovor-s-germaniej-i-chto-iz-etogo-vyshlo/

Se cumplen 50 años de la aparición del periódico italiano ‘Il Manifesto’

Se han cumplido 50 años de la aparición del periódico Il Manifesto, que durante los años setenta tuvo mucha acogida en Europa entre los vástagos de Mayo del 68. El periódico del Partido Comunista Italiano, Unità, fundado por Gramsci, desapareció, lo mismo que dicho Partido, mientras Il Manifesto aún languidece tras sucesivas reconversiones ideológicas.

El nacimiento del periódico fue consecuencia de la degeneración revisionista del PCI, un proceso de larga duración que se gesta en la posguerra mundial y que a partir de finales de los sesenta gesta en su mismo seno una colección de organizaciones que aparecen con la misma rapidez con la que desaparecen.

También fue consecuencia de la reconstrucción del Estado italiano en la posguerra, estrechamente sometido al imperalismo estadounidense y, en consecuencia, un campo abonado para los manejos de la CIA, lo que es ostensible en dos fenómenos típicamente italianos, los neofascistas y la mafia, que explican su debilidad interna.

Los fundadores de Il Manifesto fueron saliendo del PCI a partir de finales de los sesenta y jamás lograron soltar el lastre ideológico que arrastraban, que en Italia fue muy fuerte por la personalidad de Gramsci y una cierta interpretación de su obra, cultivada con esmero por el PCI y, en especial por Togliatti, su secretario general, para justificar sus posicionales claudicantes.

Eran los tiempos de la “alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura” que Il Manifesto ejemplificaba muy bien. El periódico representaba a un cierto “marxismo sofisticado”, puramente intelectual, característico de Europa, que tiene la pretensión de exponer la enésima interpretación del capitalismo y sus lacerantes consecuencias. Luigi Pintor, Rossana Rossanda y sus primeros exponentes estuvieron muy lejos del subtítulo de “quotidiano comunista” y, de hecho, al final han acabado en los tópicos de la izquierda domesticada y posmoderna de hoy: ambientalismo, ideología de género…

Una publicación así se presta a soldar los pedazos de quienes se lanzaron a la práctica, por ejemplo armada, y luego se arrepintieron para volver a la enésima interpretación del capitalismo. El papel y la tinta reciclaron a quienes habían participado en la guerrilla urbana y luego necesitaban explicar que nunca debieron emprender aquel camino.

No obstante, hay que señalar uno de los grandes méritos de Il Manifesto al denunciar los juicios farsa contra miembros de las Brigadas Rojas y otras organizaciones armadas, cuando el periódico se separó manifiestamente de la cloaca del PCI, verdadero sostén del Estado italiano en los momentos más duros de los “años de plomo”.

Il Manifesto nunca admitió las acusaciones del PCI contra las Brigadas Rojas y sus supuestas connivencias con los servicios secretos, la CIA o los neofascistas, muy parecidas a las que también se oyeron en España contra ciertas organizaciones armadas, es decir, que ese tipo de acusaciones tienen el mismo origen: el Caballo de Troya reformista.

Tampoco admitió nunca los montajes de jueces, como Pietro Calogero, sostenidos por el PCI (“el partido de los jueces”) y exportados después al “todo es ETA” de la Audiencia Nacional. Allí se llamó “teorema Calogero” y pretendió demostrar que organizaciones como Autonomia Operaia y otras eran lo mismo que las Brigadas Rojas, o uno de sus tentáculos.

En 1984 el montaje del PCI y Calogero se desplomó y el periódico tituló en su primera plana “Sentencia fascista el 7 de abril”. Nada menos que 55 acusados condenados “a siglos de prisión por la palabra de un asesino a sueldo” salieron a la calle cuando un tribunal volvió a revisar el montaje.

Pero la represión ya había cumplido su función intimidatoria. Los acusados habían pasado varios años en la cárcel y el castigo sirvió de escarmiento: nada de lucha armada y nada de contemplaciones hacia quienes empuñan las armas.

En España la transición no hubiera sido posible sin el PCE y en Italia estaba ocurriendo algo parecido. En los momentos difíciles la burguesía siempre recurre a los reformistas y no duda en romper su propia legalidad: estado de emergencia, montajes judiciales, intoxicación mediática…

Réquiem por la muerte de un criminal de guerra: el general Colin Powell

Hace unos días murió Colin Powell, el secretario de Estado que en 2003 engañó al mundo entero con las armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein. Powell, general del ejército, falleció como consecuencia de las vacunas contra el coronavirus que le fueron administradas una semanas antes.

Era un conocido criminal de guerra que inició su ascenso militar en la Guerra de Vietnam en 1963 con el grado de capitán. Lo mismo que hoy en Siria, entonces el ejército estadounidense no estaba en Vietnam de manera oficial, así que Powell fingía ser asesor del ejército sudvietnamita.

El destacamento que capitaneaba Powell quemó las aldeas del valle de A Shau en una política conocida de “tierra quemada”. Algunos asesores estadounidenses calificaron de brutal y contraproducente esta estrategia aplicada en Vietnam, mientras que Powell la defendió, incluso en las memorias que publicó en 1995: “Mi viaje por América”.

Powell regresó a Vietnam en 1968 con el grado de comandante de Estado Mayor adscrito a la División Americal. Esta vez la ocupación militar estdounidensee ya era oficial, sin tapujos. La División Americal es la 23 de Infantería, conocida por la masacre de My Lai, en la que fueron torturados, violados y asesinados 500 civiles vetnamitas.

A finales de 1968 Powell fue ascendido al cargo de G3, es decir, jefe de operaciones de la división, saltando por encima de otro oficiales que tenían preferencia.

Un joven especialista de cuarta clase, Tom Glen, que servía en un pelotón de morteros, le escribió una carta al general Creighton Abrams, comandante de las fuerzas estadounidenses en Vietnam. Acusó a la División Americal de brutalidad sistemática hacia los civiles. La carta cayó encima de la mesa de Powell (1).

“La actitud del soldado medio hacia el pueblo vietnamita y el trato que recibe es, con demasiada frecuencia, una negación total de todo lo que nuestro país intenta conseguir en el campo de las relaciones humanas”, escribió Glen. “Lejos de contentarse con referirse a los vietnamitas como ‘sucios amarillos’ o ‘descuidados’ tanto en los hechos como en los pensamientos, demasiados soldados estadounidenses parecen ignorar su propia humanidad; y con esta actitud infligen humillaciones, tanto psicológicas como físicas, a los ciudadanos vietnamitas que sólo pueden tener un efecto debilitador en los esfuerzos por unir al pueblo en la lealtad al gobierno de Saigón, especialmente cuando tales actos se llevan a cabo a nivel de unidad y adquieren así la apariencia de una política aprobada”.

Los vietnamitas huían de los estadounidenses, relataba Glen, que “por gusto, disparan indiscriminadamente a los hogares vietnamitas y, sin provocación ni causa, disparan a la propia gente”. Los sospechosos de ser del Vietcong eran tratados con crueldad gratuita. “Llevados por emociones exacerbadas que delatan un odio repugnante, y armados con un vocabulario consistente en ‘Tú, vietcong’, los soldados ‘interrogan’ rutinariamente por medio de la tortura, que fue presentada como un hábito particular del enemigo. Las palizas violentas y la tortura con la punta de un cuchillo son formas habituales de interrogar a los prisioneros o de convencer a un sospechoso de que es, efectivamente, un vietcong”.

“Sería realmente terrible tener que creer que un soldado estadounidense que alberga tal intolerancia racial y desprecio por la justicia y los sentimientos humanos es un prototipo de todo el carácter nacional estadounidense; sin embargo, la presencia de tales soldados da credibilidad a tales creencias… Lo que se ha descrito aquí lo he visto no sólo en mi propia unidad, sino en otras con las que hemos trabajado, y me temo que esto es general. Si este es realmente el caso, es un problema que no puede pasarse por alto, pero que quizás pueda erradicarse con una aplicación más firme de los códigos del MACV (Mando de Asistencia Militar de Vietnam) y de los Convenios de Ginebra”.

La denuncia de Glen no era nueva. Otros militares también protestaron contra el trato que recibían los civiles como enemigos. La masacre de My Lai fue sólo una parte del comportamiento violento que se había convertido en rutina en la División Americal.

Powell se encargó de guardar la denuncia de Glen un el cajón, sin abrir ninguna investigación. El 13 de diciembre de 1968 redactó una respuesta. No reconoció que hubiera habido ningún tipo de delito. Afirmó que a los soldados estadounidenses en Vietnam se les había enseñado a tratar a los vietnamitas con cortesía y respeto. Las tropas americanas también habían recibido un curso de una hora sobre cómo tratar a los prisioneros de guerra según las Convenciones de Ginebra, señalaba Powell. “Puede haber casos aislados de maltrato a civiles y prisioneros de guerra”, escribió. Pero “eso no refleja en absoluto la actitud general de la División”.

En la nota Powell criticaba a Glen por no haberse quejado antes y haber sido más específico en su carta. Como buen lacayo, escrbió exactamente de lo que sus superiores querían leer. “En refutación directa de la imagen” que mostraba Glen, decía Powell, “está el hecho de que las relaciones entre los soldados estadounidenses y el pueblo vietnamita son excelentes”.

Fue necesario que un soldado de infantería, Ron Ridenhour, destapara la matanza de My Lai para reconstruir la verdad sobre las atrocidades cometidas por el ejército estadounidense en Vietnam. De vuelta a Estados Unidos, Ridenhour entrevistó a los colegas que habían participado en la masacre y redactó un informe, que remitió al Inspector General del Ejército.

Fue entonces cuando se celebraron los consejos de guerra contra los oficiales y soldados implicados en la matanza. Pero Powell había cumplido con su papel encubridor, lo que propició su ascenso en el escalafón militar. Powell siempre alegó que desconocía la masacre de My Lai porque fue anterior a su llegada a la División Americal.

En cuanto a La carta de Glen, desapareció de los archivos, aunque fue desenterrada unos años después por los periodistas británicos Michael Bilton y Kevin Sims para su libro “Four Hours in My Lai”.

En sus memorias, Powell no menciona que tapó la denuncia de Glen, e incluso incluye una justificación de la brutalidad de las tropas estadounidense contra la población. En un pasaje escalofriante, describe la práctica habitual de asesinar a civiles vietnamitas desarmados:

“Recuerdo una expresión que utilizábamos en el campo […] Si un helicóptero veía a un campesino en pijama negro que parecía un poco sospechoso, un posible MAM (2), el piloto giraba y disparaba delante de él. Si se movía, su movimiento se consideraba una prueba de intención hostil, y el siguiente asalto no era frente a él, sino sobre él. ¿Brutal? Tal vez sí. Pero un competente comandante de batallón con el que había servido en Gelnhausen [Alemania Occidental], el teniente coronel Walter Pritchard, fue asesinado por un francotirador enemigo mientras observaba a los MAM (2) desde un helicóptero. Y Pritchard era sólo uno de los muchos. La naturaleza del combate, matar o morir, tiende a embotar la percepción del bien y el mal”.

Los “combates” a los que se refiere Powell consisten en acribillar a civiles desarmados o, en otras palabras, son crímenes de guerra.

(*) https://consortiumnews.com/2018/03/17/behind-colin-powells-legend-my-lai/
(**) MAM: jerga militar estadounidense para nombrar a los civiles adultos o en edad militar, que se asimilan a guerrilleros camuflados

Más información:
— La masacre de My Lai: símbolo de los crímenes imperalistas en Vietnam
— 50 años de la gran matanza de Estados Unidos en My Lai durante la Guerra de Vietnam
— My Lai

La gran matanza de comunistas en Indonesia fue promovida por los colonialistas británicos

Documentos recientemente desclasificados muestran el papel del colonialismo británico en los asesinatos masivos de comunistas en Indonesia en 1965. En plena Guerra Fría los espías británicos desplegaron en secreto propaganda negra para instar a destacados dirigentes indonesios a eliminar el “cáncer comunista”, según revela el periódico The Guardian (*).

Se calcula que al menos 500.000 personas -algunos estiman que hasta tres millones- vinculadas al Partido Comunista Indonesio (PKI) fueron eliminadas entre 1965 y 1966, aunque en la la Guerra Fría eran calificados como “comunistas” todos los que planteaban reivindicaciones de cualquier clase.

El gobierno británico encargó al servicio secreto el asesinato de Sukarno, calificado como “comunista”, porque impedía la formación de una federación malaya manipulada por los británicos. El PKI fue un firme defensor del presidente y del movimiento de los países “no alineados”. Era entonces el mayor partido comunista del mundo, fuera del bloque de países socialistas.

La campaña de intoxicación mediática orquestada por los británicos desempeñó un papel crucial en una de las masacres más brutales de la posguerra del siglo XX, según las nuevas revelaciones. Los imperialistas desplegaron en secreto propaganda negra en la década de los sesenta para instar a la matanza a destacados dirigentes políticos, sindicales y sociales indonesios.

Los documentos del Foreign Office recientemente desclasificados muestran que el gobierno británico instó en secreto a los generales del ejército, a eliminar al Partido Comunista. La campaña de asesinatos en masa aparentemente espontánea, que ahora se sabe que fue orquestada por el ejército indonesio, fue descrita posteriormente por la CIA como uno de los peores asesinatos en masa del siglo pasado.

Cuando comenzaron las masacres en octubre de 1965, el gobierno británico pidió la eliminación del PKI y de todas las organizaciones progresistas, sindicalistas y revolucionarias.

Gran Bretaña lanzó su ofensiva propagandística contra Indonesia en respuesta a la hostilidad del presidente Sukarno a la formación de sus antiguas colonias en la federación malaya, lo que a partir de 1963 provocó un conflicto de baja intensidad e incursiones armadas del ejército indonesio a través de la frontera. En 1965 se enviaron a Singapur propagandistas especializados del Departamento de Investigación de la Información (IRD) del Foreign Office para producir propaganda negra destinada a socavar al gobierno de Sukarno.

Un pequeño equipo elaboró un boletín informativo que decía ser producido por emigrantes indonesios y dirigido a personas prominentes e influyentes, incluidos generales del ejército. También proporcionó una emisora de radio de propaganda sucia que emitía en Indonesia y estaba dirigida por malasios.

A mediados de 1965, la operación estaba en pleno apogeo, pero un intento de golpe de estado por parte de oficiales progresistas del ejército y apoyada por el PKI, en el que fueron asesinados siete generales, proporcionó la oportunidad de tener un impacto real en los acontecimientos.

El golpe fue rápidamente aplastado por el general Suharto, futuro presidente indonesio, que procedió entonces a tomar gradualmente el poder de Sukarno y a eliminar a los dirigentes y militantes del PKI.

Los equipos de propagandistas pidieron que el PKI y todo lo que representa fuera “eliminado para siempre”. Durante las semanas siguientes se produjeron en todo el archipiélago masacres de presuntos miembros del PKI, poco o nada implicados en el intento de golpe, y de otros miembros de organizaciones sindicales y sociales.

Los diplomáticos británicos estaban al tanto de lo que ocurría. El servicio secreto no sólo podía interceptar y leer las comunicaciones del gobierno indonesio, sino que su estación de vigilancia de Chai Keng, en Singapur, permitía a los británicos seguir el progreso de las unidades del ejército que participaban en las matanzas.

Según Duncan Campbell, que ha estudiado el servicio secreto británico, disponían de una tecnología que permitía a los oyentes localizar las posiciones de los comandantes y unidades militares indonesios que enviaban, retransmitían y recibían órdenes para la redada y el asesinato de quienes se creía que estaban vinculados a los comunistas.

Una carta al embajador británico en Yakarta del coordinador político de la guerra, un especialista en propaganda negra del Foreign Office llamado Norman Reddaway, que llegó a Singapur tras el intento de golpe, revela que trataron de “ocultar el hecho de que la carnicería se estaba llevando a cabo con el estímulo de los generales”.

Reddaway consideraba la caída de Sukarno como una de las mayores victorias propagandísticas de Gran Bretaña. En una carta escrita años más tarde, dijo que “el descrédito de Sukarno tuvo un rápido éxito. Su partido nos costaba unos 250.000.000 de libras al año. Fue contrarrestado y abolido con un coste mínimo por las técnicas del IRD en seis meses”.

Según el profesor Scott Lucas, los documentos desclasificados “demuestran hasta qué punto el IRD y la propaganda sucia siguieron siendo fundamentales” para la política colonial británica de la Guerra Fría y las operaciones en el extranjero. “Era una forma relativamente barata de que Gran Bretaña proyectara su influencia, aunque esa influencia no pudiera admitirse abiertamente”.

(*) https://www.theguardian.com/world/2021/oct/17/slaughter-in-indonesia-britains-secret-propaganda-war

Más información:
— 50 años del golpe de Estado que masacró a un millón de comunistas en Indonesia
— 500.000 comunistas fueron masacrados en Indonesia en 1965

El apoyo de Mongolia al Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial

Mongolia fue uno de los aliados más firmes de la Unión Soviética en la primera mitad del siglo XX. Ambos países resistieron juntos la invasión japonesa de la República Popular de Mongolia en 1939. Cuando la URSS fue atacada por la Alemania nazi el 22 de junio de 1941, los mongoles no se quedaron al margen y declararon la guerra al Tercer Reich ese mismo día.

De 500 a varios miles de voluntarios mongoles participaron finalmente en las batallas contra los alemanes en el Frente Oriental. Eran valorados en el Ejército Rojo por sus excelentes habilidades como cazadores y jinetes, y normalmente eran enviados a servir en la caballería y también eran empleados activamente como exploradores y francotiradores.

Los dirigentes mongoles se dieron cuenta de que no podían enviar sus tropas al oeste: la amenaza japonesa seguía siendo fuerte y el país no estaba en condiciones de reunir una fuerza expedicionaria suficientemente seria. Por ello, la República se propuso ayudar económicamente a su vecino del norte en la medida de sus posibilidades.

Uno de cada cinco caballos del Ejército Rojo procedía de Mongolia y uno de cada cinco abrigos de los soldados soviéticos estaba hecho de lana mongola.

Lejos de Mongolia, la guerra en Europa se convirtió así también en la guerra de este estado asiático. La ayuda que este país, poco poblado y mal dotado, prestó a la URSS fue, en algunos aspectos, tan buena como la prestada por Estados Unidos en el marco del programa Lend-Lease.

Bajo el lema “No debe haber una sola persona en el país que no haya contribuido personalmente al Fondo de Ayuda del Ejército Rojo”, se inició en Mongolia una campaña de recogida de dinero y donativos para las tropas soviéticas.

En octubre, el primer tren partió hacia la URSS, repleto de abrigos y chalecos de piel donados, guantes calientes, botas de fieltro, chaquetas y cinturones. En el siguiente tren, en febrero de 1942, ya se añadieron alimentos: carne, salchichas, aceite, dulces. Los trenes de donaciones continuaron hasta principios de 1945.

Uno de los donantes más generosos fue el aratka (pastor nómada) Enguelin Badam. Donó 16 camellos, 93 caballos, 1.600 ovejas y la suma de 10.000 tugriks, con los que se podrían haber comprado 12.500 ovejas.

Además de los regalos, Mongolia organizaba regularmente entregas masivas de carne, lana, pieles de oveja y caballos a la URSS a precios favorables. Moscú las pagó con productos industriales y alimentarios que el país asiático necesitaba, así como aplicando compensaciones por las deudas mongolas con la Unión Soviética.

A lo largo de la guerra, los mongoles entregaron a Moscú unas 500.000 toneladas de carne (frente a las 665.000 toneladas de carne enlatada de EEUU) y 64.000 toneladas de lana (EEUU – 54.000 toneladas). Uno de cada cinco soldados tenía un abrigo de lana de Mongolia.

De hecho, la República Popular de Mongolia era el único proveedor de pieles de oveja a la URSS. Este producto se utilizó para hacer abrigos para los comandantes del Ejército Rojo.

Los caballos mongoles se convirtieron en uno de los pilares del Ejército Rojo. Durante el primer periodo de la guerra, la URSS perdió casi la mitad de su rebaño: en septiembre de 1942, sólo quedaban 9 millones de las 17,5 millones de cabezas originales.

Durante los años de guerra, el Estado mongol compró a los arats (pastores nómadas) casi 485.000 caballos para la Unión Soviética, y otros 32.000 fueron donados por los propios campesinos. Estos resistentes animales se adaptaron bien a las duras condiciones del Frente Oriental y ayudaron activamente a las tropas soviéticas en el transporte de suministros y artillería hasta que se resolvieron los problemas del transporte por carretera. Uno de cada cinco caballos soviéticos en el frente procedía de Mongolia.

Los caballos tenían excelentes cualidades para caminar”, dijo el general soviético Issa Pliev. El caballo mongol es de pequeña estatura, con una complexión fuerte y patas cortas y fuertes con cascos pequeños y robustos. Es capaz de recorrer cien kilómetros al día durante varios días seguidos… El caballo mongol, resistente y discreto, marchó junto a los tanques soviéticos hacia Berlín.
Tanques, aviones y voluntarios

El 16 de enero de 1942, el gobierno de la República Popular de Mongolia decidió recaudar fondos para construir una columna de tanques como regalo para el Ejército Rojo. Un año después, una delegación mongola encabezada por el líder del país, el mariscal Horloogiyn Choybalsan, presentó a la 112ª brigada de tanques soviéticos 32 modelos T-34 y 21 T-70 construidos con el dinero recaudado.

La brigada 112, llamada “Mongolia revolucionaria”, participó en la batalla de Kursk, donde luchó con éxito contra una de las unidades más gloriosas de la Wehrmacht: la división “Gran Alemania”. Por su valor y heroísmo, los soldados recibieron medallas tanto soviéticas como mongolas.

En el verano de 1943 se formó el 2º Escuadrón de Cazas Aéreos “Mongol Arat”, y el 25 de septiembre fue transferido solemnemente al 2º Regimiento de Guardias de la 322ª División de Aviación de Caza.

“Y entonces, llegó la hora tan esperada. Uno a uno, 12 flamantes aviones de combate La-5 con la inscripción roja brillante “Mongolian Arat” en sus fuselajes surgieron de detrás del bosque. Tras una vuelta de honor sobre el aeródromo, los aviones aterrizaron en un campo especialmente asignado. Los gritos de ‘Hurra, Arat mongol’ y ‘Hurra, pueblo mongol’ ahogaron el rugido de los motores”, dijo el Teniente General de la Fuerza Aérea Alexander Semionov ese día.

El escuadrón participó en batallas cruciales como la Operación Bagration, así como en las operaciones de Berlín y Praga. La manutención del personal del escuadrón (así como de las tripulaciones de los tanques de la brigada “Mongolia Revolucionaria“) corrió a cargo, en parte, de los mongoles, que nunca olvidaron recompensar a sus hombres por su valentía.

—https://fr.rbth.com/histoire/87226-mongolie-urss-seconde-guerre-mondiale

Italia levanta el secreto de los documentos relativos a Gladio y la logia P2

El primer ministro italiano, Mario Draghi, ha firmado una directiva que levanta el secreto de Estado de una serie de documentos relativos a la logia P2 y a la organización Gladio. Lo hizo -y la fecha tiene ciertamente un valor simbólico- en el 41 aniversario de la masacre de la estación de Bolonia. Unas horas antes, el Presidente de la República, Sergio Mattarella, también había expresado su deseo de que se revele toda la verdad sobre la bomba del 2 de agosto de 1980.

Según la directiva, los documentos que siguen siendo secretos, serán transferidos al Archivo Central del Estado, aunque tendrán que pasar algunos meses antes de que puedan ser consultados por todos.

Con esta nueva directiva, dice la nota, “el Presidente Draghi ha considerado su deber dar un nuevo impulso a las actividades de desclasificación. La iniciativa adoptada puede resultar útil para la reconstrucción de los dramáticos acontecimientos que han caracterizado la historia reciente de nuestro país”.

Las conexiones entre la masacre de la estación y la logia P2 están siendo investigadas por la Fiscalía de Bolonia, que en 2020 pidió que se juzgara al fascista Paolo Bellini como “ejecutor material” de la masacre en colaboración con los ya condenados Giusva Fioravanti, Francesca Mambro y Gilberto Cavallini.

Según los magistrados de Bolonia, los dirigentes de la P2 Licio Gelli y Umberto Ortolani (ambos fallecidos) inspiraron y financiaron el atentado. Los magistrados investigan, en particular, un flujo de dinero entre el jefe de la logia secreta y algunos elementos de la subversión negra y los servicios secretos.

La directiva de Draghi es similar a dos medidas ya adoptadas por Romano Prodi en 2008 y Matteo Renzi en 2014. Este último, en particular, tenía papeles desclasificados relativos a los sucesos de la masacre de Piazza Fontana en Milán (1969), Gioia Tauro (1970), Peteano (1972), la Questura en Milán (1973), Piazza della Loggia en Brescia (1974), Italicus (1974), Ustica (1980), la Estación de Bolonia (1980) y Rapido 904 (1984) guardados en los archivos de los organismos de inteligencia y de las administraciones centrales del Estado.

¿Impulsará realmente la búsqueda de la verdad sobre los años de masacres en Italia la eliminación del secreto? Paolo Bolognesi, presidente de la asociación de familiares de las víctimas del 2 de agosto de 1980, tiene algunas dudas al respecto. Para Bolognesi, el anuncio es “ciertamente positivo”, pero el problema es “cómo se desclasificarán estos documentos”. Si la persona que los investiga es la misma que los ha mantenido en secreto, es una broma. En resumen, Bolognesi dice que no debe repetirse la situación que se produjo con la directiva de Renzi, en la que un comité especial “decidía qué dar y qué no dar”, y a menudo se omitían nombres y lugares en los documentos facilitados.

—https://www.corriere.it/politica/21_agosto_03/draghi-toglie-segreto-stato-documenti-p2-gladio-874327ec-f45d-11eb-9680-9b12a81aa8eb_amp.html

El lunes comienza el juicio contra los asesinos de Thomas Sankara

El lunes comienza el juicio contra los asesinos del dirigente africano Thomas Sankara. El principal acusado es el antiguo presidente de Burkina Faso, Blaise Compaoré, que ha huído a Costa de Marfil.

Han transcurrido 35 años desde el magnicidio. El momento será obviamente histórico, pero también emotivo para las familias de las 12 víctimas asesinadas junto al Presidente burkinés el 15 de octubre de 1987 y que, durante años, permanecieron en el anonimato.

Entre ellos había cuatro miembros civiles del gabinete especial de Sankara (Paulin Bamouni, Patrice Zagré, Frederic Kiemdé y Bonaventure Compaoré) y ocho militares (el suboficial Christophe Saba, tres conductores del convoy presidencial y cuatro guardaespaldas).

Todos fueron asesinados fríamente por el comando que irrumpió ese día en el Consejo del Acuerdo, y luego enterrados por la noche, a toda prisa, en las afueras de la capital. Desde entonces, sus familiares y amigos luchan por coocer la verdad.

Las sesiones del juicio se celebrarán en el tribunal militar de Uagadugu, la capital burkinesa, y toda África permanece expectante.

La década de los ochenta será recordada como una de las más dolorosas del Sahel. El colapso de los precios de las materias primas y la lenta putrefacción de los regímenes neocoloniales no dejaron ninguna salida a la miseria y la opresión.

Sankara tenía 38 años cuando fue asesinado. Era capitán del ejército y dirigente de la revolución antimperialista y panafricanista de 1983. Durante los 27 años que el asesino estuvo al frente del gobierno, el asesinato fue un tema tabú, rodeado de la característica nube de mentiras oficiales.

El crimen no comenzó a destaparse hasta que en 2014 un levantamiento popular acabó con Campaoré, el director del operativo que acabó con la vida de Sankara. Se sabe que en el crimen participaron mercenarios liberianos dirigidos por el criminal de guerra Charles Taylor que, como ya explicamos hace unos años, era un peón de la CIA.

Lamentablemente, el juicio no llegará hasta quienes movían los hilos desde la capital francesa. En 2017 un diputado pidió que el gobierno abriera los archivos secretos que esconden a los auténticos inspiradores de los asesinatos.

Macron prometió que la documentación sería desclasificada, pero África sigue esperando, no sólo por Sankara y sus compañeros, sino por las decenas de miles de ruandeses asesinados durante el genocidio de 1994.

La historia reciente del Continente Negro se sigue escribiendo con sangre.

La primera gran huelga general del mundo estalló en Bizkaia

Hace 131 años, Bizkaia fue el escenario de la primera experiencia de una huelga general obrera en España, y en el mundo, que conmocionó a la opinión pública de la época. En mayo de 1890 se inauguró lo que Unamuno calificaría como “el periodo de las huelgas, de las grandes huelgas”, ya que desde ese año y hasta 1910, la provincia conoció cinco parones generales de amplia dimensión. Esto convirtió a Bizkaia en uno de los polos de movilización obrera más importantes de todo el país, y en uno de los núcleos más fieles al socialismo del PSOE y relacionado con la Unión General de Trabajadores.

Dentro de esta lucha obrera, hubo un sector que tuvo mucho peso y esa fue la minería. Y si hubo un escenario que fue clave para estas protestas ese fue La Arboleda, el poblado minero de Gallarta. La minería ha sido importante para esta zona desde la época romana, y para finales del siglo XIX, el 10% de la producción mundial de minerales se extraída de estas minas vizcaínas. Hubo una enorme cantidad de personas trabajando en estos lugares de todas partes de España y hubo incluso pueblos enteros de Andalucía que se trasladaron hasta Gallarta para trabajar en las minas.

Las condiciones en las que trabajaban estos hombres no eran en absoluto las idóneas ni las mejores. Había una gran pobreza, muchos de ellos vivían en el campo y se trasladan hasta las minas a trabajar cuando no tenían como subsistir en su lugar de origen. La presidenta de la fundación Museo de la Minería del País Vasco, Ameli Ortiz, califica el trabajo de estos obreros como “una cárcel y una esclavitud” ya que tenían jornadas de más de 12 horas.

“La patronal era muy dura, muy autoritaria y no quería transigir. Los trataban como si fuera ganado y además les obligaban a consumir en la cantina y a comprar en la tienda del capataz. A veces tenían tanta deuda, que cuando pagan en la cantina se quedaban sin nada. Era una situación perversa. Los patronos de la minería han sido, sin duda, los más crueles”, explica Ameli Ortiz.

Quienes desempeñaban estas labores en las minas eran hombres. Hombres que se desplazaban hasta La Arboleda solos, sin sus familias y además siendo muy jóvenes. La mortandad en esta zona era tres veces superior a la media de Bizkaia, cayendo de los 40 a los 18 años. La llegada de grandes pandemias como el tifus, el cólera, la tuberculosis hará que mueran muchos niños y la única medida que disponían en aquella época era la limpieza, algo de lo que se ocupaban las mujeres para tratar de salvar a sus hijos.

Aunque no dentro de las minas, las mujeres desempeñaron un papel fundamental en este contexto socioeconómico. “Ellas están en sus casas y ante el aluvión tan grande de hombres que llegan, se ven obligadas a acogerlos en sus casas, aunque también como una manera de ingresar dinero en el hogar. Por poco que pagaran, tenían a tres o cuatro mineros en casa y les lavaban la ropa, les preparaban la comida… Si esto lo traducimos en dinero, la mitad de la economía revertía en estas mujeres. Tuvieron un papel fundamental”, relata Ameli Ortiz.

Todo este panorama social, económico y laboral termina reventando y desemboca en la gran huelga general de 1890. Para el 1 de mayo de ese año, el PSOE planteó una jornada reivindicativa con el objetivo de exigir la reducción legal a ocho horas de trabajo diarias y reclamar una legislación obrera protectora. Mientras los anarquistas convocaron una huelga “indefinida”, los socialistas dieron a la jornada un carácter absolutamente pacífico, e incluso la retrasaron hasta el día 4, que era domingo, para evitar problemas derivados de la paralización laboral en un día entre semana.

Este movimiento obrero, en Bizkaia nació de manera muy desorganizada y 1890 marca un antes y un después porque hasta ese momento solo había habido movimientos pequeños, sin repercusión política como sí pasaría en esta ocasión.

Pese a las notas de serenidad, se tomaron grandes precauciones ante ese día: un contingente de casi 2.000 hombres, entre Guardia Civil, Foral y fuerzas del ejército, de infantería y caballería, fueron concentrados en Bilbao, custodiando los edificios oficiales, bancos, mercados y lugares estratégicos de la ciudad y de sus accesos. El mitin de los socialistas Fernando Perezagua y Toribio Pascual en La Arboleda a las diez de la mañana dio comienzo a una jornada en la que pidieron “orden, cordura y sensatez”.

El 4 de mayo acabó sin incidentes, pacíficamente, como había empezado. Pero, sin duda, el 5 no era ya un día igual al anterior 3 de mayo. Algo muy importante había cambiado: por primera vez se había producido un amplísima movilización obrera. Sin embargo, la “gran huelga” aún estaba por llegar y la causa que la provocó fue el despido de cinco miembros del comité de La Arboleda que habían participado en la organización del 4 de mayo.

Aquélla fue la chispa que hizo estallar la protesta, ya que prendió en un ambiente de descontento generalizado. El 13 de mayo, tras los despidos, unos doscientos mineros de la Compañía Orconera se declararon en huelga, yendo de mina en mina llamando a la huelga a sus compañeros, los cuales se unían a la protesta por su propia voluntad o forzados a pedradas. Al final de la jornada del día 13 la zona minera había quedado paralizada por completo.

Esto despertó el miedo de la oligarquía que llamó a las fuerzas policiales para que los protegieran. Tras días de huelga, entra en juego la clase política. El general Loma, que tiene el mando del ejército en aquel momento, ve la situación que hay en la calle y se enfrenta al capital, amenazando a los patronos con retirar al ejército si no mejoran la situación de estos trabajadores. “A la patronal no les queda más remedio que aceptar. Los mineros llaman la atención pública de lo que estaba pasando, pero la huelga la gana el General Loma”, apunta la presidenta de la fundación Museo Minero.

Antes de la huelga de 1890 hubo una serie de protestas de forma inconexa, y que iban creciendo en número con el paso del tiempo. Lo que supuso esta fue precisamente una reunión no solo de mineros de distintos cotos, sino de mineros con obreros de los ferrocarriles, siderurgia… a la hora de exigir las mejoras en sus condiciones de trabajo. “El resultado se tradujo en un triunfo, más moral que real, tras asumir Loma una gran parte de los postulados de los huelguistas. Para los mineros, a pesar de habérseles reconocido la razón de la mayoría de sus demandas, en la práctica los cambios se llevaron a regañadientes y dilatando el proceso, de tal manera que en alguna protesta posterior aún se reclamaban esas cuestiones”, explica Jesús Esteban, geólogo de la fundación Museo Minero.

La mejora de sus condiciones laborales no fue de un día para otro, sino que fue paulatinamente. No obstante, lo que si supuso esta huelga fue el punto de partida para el movimiento obrero a partir del cual comenzó la agrupación entorno a sindicatos y organizaciones obreras de una forma más extensa y profunda, “una mejor organización y coordinación a la hora de hacer sus reclamaciones”, según concreta Jesús Esteban.

Una organización que Ameli Ortiz asegura que se mantiene a día de hoy en la zona. “El movimiento asociacionista en nuestro pueblo es increíble y conservamos esa gran capacidad de organizaciones. Creo que somos uno de los municipios con más organizaciones de todo tipo, tendremos unas 40 o 50 en un lugar con menos de 10.000 habitantes. Esa es la herencia que nos ha quedado”.

Zuriñe Gómez Camacho https://www.cronicavasca.com/recomendado/mineria-en-arboleda-primera-gran-huelga-general-origen-movimiento-obrero_543156_102.html

El agente naranja, el arma que Estados Unidos lanzó en Vietnam sigue matando

Durante la guerra, Estados Unidos roció Vietnam con 45 millones de litros de napalm, un arma biológica. A más de 40 años, la población sigue enfrentando malformaciones y tierras contaminadas.

Durante la Guerra de Vietnam, a manera de una estrategia de guerra que inmovilizara a los locales, se planteó el uso del ‘agente naranja’ como una alternativa efectiva para hacer un daño inesperado. Estados Unidos nunca se ha hecho responsable por lanzar este poderoso herbicida sobre los civiles de Laos. Años después de que las hostilidades terminaron, las minorías étnicas de ambos países asiáticos siguen padeciendo las consecuencias de interactuar con el Napalm: una de las armas biológicas más corrosivas de las que se tiene registro en la historia.

La toxina que hace que el Napalm sea tan poderoso es la TCDD. Con ésta, se planteó la posibilidad de destruir el follaje de Vietnam, de manera que los soldados estadounidenses pudieran localizarlos más fácilmente. Entre la maleza y la densidad de la selva, difícilmente podrían haber tenido oportunidad de ganar terreno sobre el Vietcong, las Fuerzas Armadas locales.

Además de ser letal para las plantas, este componente tóxico es corrosivo para la piel. Después de dejar lesiones cutáneas parecidas al acné, a su paso, deja quemaduras negras. Una vez que ingresa al organismo, sin embargo, genera graves repercusiones en los órganos internos —particularmente en el hígado. Fue así que más de 45 millones de litros de agente naranja fueron rociados desde helicópteros y aviones estadounidenses sobre la selva y la población.

En total, se tiene registro de que Estados Unidos envió 6.000 misiones para devastar la selva de Laos y Vietnam con el agente naranja. A diferencia de la creencia popular, no se le conoce así por un código de espionaje. Sencillamente era el color con el que se etiquetaba a los barriles con la sustancia activa. Una serie de rayas naranjas eran la indicación para que pudiera usarse: listo para destruir. Las heridas siguen a flor de piel sobre las víctimas.

La Guerra de Vietnam tuvo lugar entre 1965 y 1975. Durante esa década, las hostilidades de Estados Unidos frente a las fuerzas del Vietcong poco pudieron hacer para vencer las estrategias bélicas de los locales. A pesar de que los soldados estadounidenses no lograron ganar el conflicto armado, lo cierto es que el agente naranja sigue cobrando víctimas, a casi 50 años de terminadas las hostilidades.

Más allá de las personas que murieron entre esa década trágica para Asia, el problema de las armas biológicas es que se perpetúan en los organismos de los sobrevivientes. La guerra termina en el exterior, pero permanece por generaciones en los cuerpos de las personas. Además de las consecuencias inevitables para el metabolismo de quienes recibieron directamente la sustancia, las mujeres embarazadas padecieron también los efectos nocivos.

Muchos de los fetos que recibieron directamente el agente naranja de sus madres nacieron con malformaciones. Generación tras generación de personas en Vietnam han nacido enfermas como consecuencia de la interacción intrauterina con el agente naranja. Aunque diversas personas afectadas por esta arma biológica se han unido en organizaciones de la sociedad civil para exigir sus derechos de guerra, sus demandas han caído en una caja negra, sin respuesta.

—https://www.muyinteresante.com.mx/historia/la-historia-del-agente-naranja-el-arma-biologica-de-la-guerra-de-vietnam-que-sigue-cobrando-vidas/

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