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La censura de Google a los medios de información progresistas alcanza cotas desproporcionadas

Los buscadores que casi constantemente utilizamos en la red generan un sesgo muy importante en nuestra percepción del mundo y una influencia unilateral decisiva en nuestras decisiones y actuaciones.

Las webs empresariales utilizan “cookies” y otros procedimientos sofisticados que se instalan en nuestros ordenadores apenas lo consintamos, bien sea deliberadamente o por descuido. Así detectan nuestras búsquedas y a partir de ellas puedan ofrecernos productos comerciales que se adecúen a nuestras aficiones o demandas. En su interesante libro “El filtro burbuja: cómo la web decide lo que leemos y lo que pensamos”, Eli Parisier explica que, al escribir la palabra “depresión” en un diccionario “on line”, la web instalará 223 cookies y dispositivos de rastreo para que otras web puedan ofrecer a quien la haya escrito productos antidepresivos: “comparte un artículo de cocina de ABC News -dice en otro lugar del libro- y puede que te acaben persiguiendo por internet anuncios de ollas antiadherentes. Abre -aunque sea por un instante- una página en la que se enumeren signos de que tu mujer puede estar engañándote y prepárate para que te persigan anuncios de pruebas de paternidad”.

Se trata de un procedimiento legal pero que puede dejar de serlo cuando se aplica manipulando los algoritmos que proporcionan las respuestas del buscador, como ha ocurrido con Google. La Comisión Europea multó en junio pasado a este gigante de la red con 2.420 millones de euros por manipular los resultados de búsqueda con el fin de dirigir a los usuarios, de forma inapropiada y en perjuicio de sus competidores, a su propio servicio de compras, Google Shopping.

Pero los buscadores no solo se conciben o incluso se manipulan con fines meramente comerciales sino que también están diseñados para incidir estratégicamente en nuestra percepción del mundo y, por tanto, en los criterios de los que dependen nuestras decisiones personales y políticas. La información que nos proporcionan no es ni mucho menos neutra u objetiva, como generalmente se cree, sino que nos llega previamente filtrada en función del perfil específico que de cada uno de nosotros haya compuesto el algoritmo correspondiente. La consulta “células madre” -sigue diciendo Parisier en su libro- puede producir resultados diametralmente opuestos en el caso de que los usuarios sean científicos que apoyan la investigación o activistas que se opongan. “Pruebas del cambio climático” puede deparar resultados diferentes a un activista medioambiental y a un directivo de una compañía petrolífera. Así es como los buscadores introducen un sesgo constante que, sin que seamos conscientes, nos impide disponer de una visión plural de los fenómenos sobre los que, a través de ellos, indagamos en la red. Sin que podamos ser conscientes de ello, van conformando nuestra percepción del mundo.

Y ni siquiera eso es lo peor. Los buscadores no solamente filtran la información disponible para hacernos llegar preferentemente la que previamente parece más adecuada a nuestro perfil predefinido. Además de ello, seleccionan las fuentes de la información y eliminan las que pueden considerarse más indeseables o molestas, por decirlo de alguna manera, para el “saber establecido”. Y, paradójicamente, la excusa que se utiliza para homogeneizar la información y para silenciar la información alternativa es que hay que evitar que se difunda la falsedad y garantizar que en la red se divulgue la verdad. Paradójica, porque el resultado de esa aparentemente noble pretensión es que se fortalecen visiones del mundo que no son precisamente las que mejor reflejan la realidad.

El caso de Google es singularmente significativo. Hace un año, la agencia Reuters publicó un artículo informando del nacimiento de una organización sin fines de lucro que iba a trabajar para fomentar y garantizar la confianza y la verdad en la era digital combatiendo la difusión de noticias falsas. Se llamaba First Draft Coalition y en ella estarían incluidas grandes corporaciones de la información como Google, Facebook, Twitter, The New York Times, The Washington Post, BuzzFeed News, Agence France-Presse o CNN.

Meses más tarde, en mayo pasado, Google seguía esa línea y anunció una actualización de sus directrices para “evaluar la calidad de búsqueda” con el fin de “proporcionar ejemplos más detallados de páginas web de baja calidad para que los evaluadores marquen adecuadamente”. Unos evaluadores que son los que supuestamente tienen como función rechazar las noticias falsas, los “fakes”, las “experiencias molestas para el usuario” y las “teorías de conspiración” hoy día tan abundantes como perniciosas.

Cualquier persona sensata consideraría que el objetivo de Google es bienintencionado, sobre todo, cuando eso se hacía con las miras puestas en evitar el cúmulo de manipulaciones y mentiras de todo tipo que circularon en la red durante las últimas elecciones estadounidenses (aunque habría que decir que no solo entonces, porque la red también fue una fuente de influencia estratégica no explicitada en la elección de Obama).

Sin embargo, lo cierto es que ese cambio de criterios de Google se ha traducido en un nuevo algoritmo de búsqueda con resultados muy significativos: las webs progresistas han resultado silenciadas en los resultados que el buscador proporciona en materias económicas, políticas y sociales de especial trascendencia, produciendo así una disminución sorprendente en el número de personas que las visitan.

La pregunta que se hace cualquiera que sepa que las páginas alternativas y de izquierdas son las que resultan silenciadas por estos nuevos criterios es si realmente estas son las webs que principalmente difunden falsedades.

Y lo bueno es que sabemos a ciencia cierta que eso no es así.

El profesor de la Universidad de Elon en Carolina del Norte (Estados Unidos) Jonathan Albright analizó los sitios en donde 306 web de derechas difundieron falsedades y encontró que habían ido a 23.000 páginas a través de 1,3 millones de hipervínculos (The #Election2016 Micro-Propaganda Machine). Mapeó los resultados y le salió la imagen en la que se distingue claramente que los mayores difusores de mentiras de derechas a nivel mundial son, precisamente, las grandes corporaciones mediáticas que dicen combatir la difusión de falsedades… silenciando para ello a las páginas web progresistas y de izquierdas.

Pero Albright descubrió algo más. Las grandes corporaciones mediáticas no solo difunden una mentira para que circule lo más ampliamente posible por la red sino que eso se hace de modo que se pueda adoctrinar con la mayor eficacia: “Vi los trackers en esas páginas y me quedé asombrado. Cada vez que alguien da un like a una entrada de Facebook o visita una de esas páginas, los scripts te siguen por toda la web. Y esto permite a empresas de recolección de datos y de influencia, como Cambridge Analytica, identificar con precisión a individuos, a seguirlos por la web y enviarles mensajes políticos muy personalizados. Es una máquina propagandística. Identifica individuos para convencerles de una idea. Es un nivel de ingeniería social que nunca había visto antes. Estás atrapando a la gente y luego les mantienen atados a una correa emocional y nunca les sueltan”.

Quien desee disponer de información mínimamente plural y exenta de manipulación no se puede fiar de los grandes buscadores y más concretamente de Google, una especie de Gran Hermano Buscador que ejerce un monopolio de facto sobre el que nadie termina de pronunciarse. Pero, ojo, tampoco de las web de los grandes portales, como Facebook, que aparentemente solo nos ofrecen conectividad y entretenimiento; ni de los grandes medios que son los que en la práctica propagan las mentiras que dicen combatir.

Hay buscadores y fuentes alternativas.

No se fíen de Google

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Corea del norte rompe el bloqueo imperialista con piratería informática

Internet es un instrumento de guerra imperialista y la piratería informática son sus batallas. Los Estados son los mayores piratas informáticos del mundo, con mucha diferencia. Cuanto más grandes, más piratas. Normalmente su piratería es una tarea de espionaje y sabotaje, con una excepción, Corea del norte que, además de espiar y sabotear, utiliza los ordenadores para obtener divisas.

Según el New York Times, la recaudación asciende a mil millones de dólares anuales, el equivalente a un tercio de las exportaciones norcoreanas (1).

Corea del norte es una gran potencia informática. Algunos de los mejores técnicos del mundo están en Pyongyang. Su superioridad tecnológica es el secreto mejor guardado y uno de los motivos de que Estados Unidos aún no se haya atrevido a atacar. El Ejército Popular norcoreano no puede rivalizar en armamento con el Pentágono, en tanques, aviones o misiles, pero puede hacerlo en aplicaciones informáticas, que son tan letales o más que los temidos misiles de largo alcance.

Los informáticos norcoreanos se agrupan en lo que el espionaje occidental llama Célula 180, Oficina 121 o Grupo Dark Seúl, una de las dos unidades secretas especializadas en ciberguerra. La otra es la Oficina 91. Se trata de unidades del Departamento de Inteligencia del Ejército Popular, formadas por un total de 6.800 informáticos licenciados por la Universidad de Automatización de Pyongyang.

A veces han operado con el seudónimo GOP (“Guardians of Peace”, Guardianes de la Paz), aunque los expertos en piratería informática los califican como “Lazarus”. Están repartidos por todo el mundo. Uno de sus centros está en el Hotel Chilbosan en Shenyang, China, muy cerca de la frontera común entre ambos países. Otro de los ataques lo desencadenaron desde un hotel de lujo en Tailandia. El New York Times afirma que otro tuvo a India como base de operaciones.

En el extranjero los informáticos norcoreanos se hacen pasar por intermediarios comerciales o utilizan pasaportes falsos. Algunos de ellos son chinos o han estudiado en China, pero también en otros países del sudeste asiático.

Del equipo “Lazarus” ha surgido “Bluenoroff”, un grupo especializado en atracos bancarios de guante blanco. Otro más reciente surgido de la misma matriz es “Andariel”, responsable de al menos siete ataques contra bancos y empresas de Corea del sur desde hace dos años. Aun cuando comenzó penetrando en empresas e instituciones públicas de Corea del sur, ahora se ha especializado en la destrucción de redes y la captura de información bancaria confidencial.

Los norcoreanos entran y salen de cualquier ordenador del mundo cuando y como quieren. No hay servidor capaz de sustraerse a sus ataques. Sólo en julio del año pasado atacaron 140.000 ordenadores. Su capacidad de intrusión es de tal magnitud que en caso de guerra ningún sargento de los marines podría utilizar su móvil para hablar con su familia.

Se han llevado dinero de bancos, casinos y casas de apuestas, especialmente en Macao y Malasia. En un informe publicado el 11 de setiembre, la empresa estadounidense de seguridad informática FireEye aseguró que, para crear un “tesoro de guerra”, se habían apoderado de millones de dólares en bitcoins, la moneda virtual, de tres centros de intercambio surcoreanos (2). En abril uno de esos centros, Yapizon, admitió que le habían sustraído 3.816 bitcoins (14,6 millones de dólares).

Cuando se trata de Corea del sur, el ataque no es sólo para obtener divisas. En el sur están localizadas algunas de las más poderosas plataformas de intercambio de bitcoins. Se trata de enseñar los dientes al vecino, mostrar su vulnerabilidad, desacreditarle.

Sólo conocemos la punta del iceberg de los ataques informáticos de “Lazarus”. El mayor golpe bancario de la era moderna, con diferencia, lo cometieron en febrero de 2015, cuando penetraron en la red informática del Banco de la Reserva Federal de Estado Unidos y en el sistema internacional de pagos Swift, hasta entonces considerados impenetrables.

Por medio de dichos canales, un banco de Sri-Lanka recibió una orden de transferencia procedente del Banco Central de Bangladesh. La lluvia de órdenes de pago ascendió a 951 millones de dólares, que lograron impedir parcialmente. “Lazarus” sólo pudo quedarse con 81 millones de Bangla Desh más otros 20 de Sri Lanka. El dinero lo remitieron a Filipinas, donde lo blanquearon en los casinos de juego.

El 20 de octubre le birlaron otros 60 millones de dólares al banco Far Eastern International de Taiwan, de nuevo a través de la red de pagos Swift.

Los imperialistas no pueden admitir su derrota. Cuando en 2014 piratearon a la multinacional Sony, tuvo que salir al paso Obama, en persona, para decir que no se trataba de un “acto de guerra” sino de “vandalismo”, un problema propio de delincuentes comunes, lo mismo que dijeron en España con esos que robaban furgones blindados.

(1) https://www.nytimes.com/2017/10/15/world/asia/north-korea-hacking-cyber-sony.html
(2) https://www.fireeye.com/blog/threat-research/2017/09/north-korea-interested-in-bitcoin.html

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Unidad 8200: el espionaje electrónico israelí queda al descubierto

La Unidad 8200, encargada del espionaje electrónico en el ejército israelí, es la más avanzada del mundo después de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, asegura el periodista israelí Amir Raybobort.

En un artículo publicado en el diario Maariv, Raybobort afirma que el enorme esfuerzo desplegado por Israel en el terreno tecnológico militar se ha utilizado en las operaciones de espionaje de la Unidad 8200. Para ello, las empresas tecnológicas israelíes se han volcado al servicio de dicha Unidad.

Los sofisticados ordenadores que utiliza son capaces de vigilar los mensajes importantes, que suman millones de contactos y millones de expresiones.

Una investigación llevada a cabo por el periodista Yuav Limor revela, además, que la Primavera Árabe cambió el funcionamiento de la Unidad, dirigida por un general del ejército israelí.

En ella trabajan ingenieros informáticos y de telecomunicaciones que la utilizan como un vehículo para pasar después a trabajar en multinacionales de la tecnología, en las que vuelcan la experiencia adquirida en el espionaje militar.

En el artículo que publica en el sitio “Israel Today”, Limor relata que la unidad de espionaje está volcada en las redes sociales utilizadas en los países árabes, sobre todo Facebook y Twitter para detectar cambios en el comportamiento que podrían repercutir sobre los intereses del gobierno de Tel Aviv.

La Unidad 8200 agrupa a oficiales y tropa que acompañan a las fuerzas del ejército de tierra en sus campañas militares para recolectar información sobre el terreno.

Otra de sus funciones se centra en la guerra electrónica contra el proyecto nuclear iraní, habiendo introducido el virus Stuxnet en los equipos informáticos con el que lograron paralizar las centrales iraníes.

La desclasificación de algunos documentos secretos israelíes sobre la guerra de 1973 contra los países árabes demuestra que la Unidad 8200 logró instalar dispositivos de escucha en oficinas y lugares estratégicos de sus vecinos.

Esta Unidad de espionaje coordina su actividad con “Syaeret Matkal”, la unidad de élite del ejército israelí que dirige directamente el jefe de la inteligencia militar y está especializada en cometer asesinatos contra árabes por todo el mundo.

Las multinacionales se disputan la contratación de los ingenieros israelíes que han trabajado en inteligencia militar. Muchos de ellos continúan con su trabajo de espionaje al servicio del ejército israelí con la cobertura de su trabajo privado.

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La maldición del ‘hacker’ (un cuento moderno)

Los medios de comunicación quieren hacer creer al mundo entero que los “Papeles de Panamá” fueron obtenidos por un pirata (“hacker”) habilidoso que se introdujo, como un ladrón, en los equipos informáticos del bufete de abogados Mossack Fonseca, encontró la llave, se apoderó de los documentos y salió de estampida.

Hoy día con un ordenador se pueden hacer muchas cosas desde la confortable habitación de una vivienda, pero los piratas (“hackers”) son mucho más que eso: verdaderos dioses para los que nada es imposible, desde desencadenar “revoluciones” de colores y Primaveras Árabes, cuyos protagonistas han sido -según dicen por ahí- entusiastas espontáneos del móvil, interconectados (horizontalmente) a través de las redes sociales…

Es un cuento moderno; la realidad es otra cosa, mucho menos espontánea de lo que relatan los medios. Por ejemplo, el viernes el Presidente de Bolivia, Evo Morales, informó que Estados Unidos había enviado 12 “hackers” para que triunfase el “No” en el referéndum constitucional celebrado el 21 febrero.

Lo más probable es que Morales se haya quedado corto; serían bastantes más de 12 y no sólo se llevaron el móvil consigo.

En cualquier caso, la noticia descubre que las redes sociales son mucho menos espontáneas de lo que dicen los medios; de hecho, no son diferentes de los propios medios. Del mismo modo que Estados Unidos “fabrica” la mayor parte de la información que difunden los medios, “fabrica” exactamente igual la mayor parte de la información que difunden las redes sociales, las páginas web o el WhatsApp.

Ambas forman parte de la misma ideología dominante, son tan falsas (o tan ciertas) como la misma ideología dominante y proceden de los mismos centros de producción del cúmulo de ideas que proliferan en nuestro tiempo, que se difunden anónimamente y cuyo origen también parece igualmente anónimo.

Los propios “hackers” han sido fabricados de esa manera ideológica, tan científica y tan mítica a la vez como la manzana que le cayó a Newton en la cabeza, permitiéndole descubrir (y describir) la ley de la gravedad, algo de lo que hasta entonces no se había apercibido, ni él ni nadie.

Son como Jano, el legendario personaje con dos rostros, capaz de mirar en dos direcciones opuestas a la vez. Cuando el “hacker” descarga películas sin pagar el peaje que corresponde a la propiedad privada es un pirata, un delincuente, pero si se lleva los “Papeles de Panamá” esa misma palabra se traduce de otra manera y se transforma en un benefactor de la humanidad.

Como los científicos y los ingenieros, los informáticos crean sus propias leyendas, que luego se acaban creyendo ellos mismos, posiblemente porque así se ven como personajes legendarios. Esos relatos son la Ilíada y la Odisea del mundo moderno: esos jóvenes trasteando en el garaje encima del teclado de un ordenador que acaban siendo multimillonarios y creando imperios, como Microsoft o Google, a los que nadie acusaría de aprovecharse de la piratería.

Todo lo contrario: resulta que los capitalistas de la informática luchan contra la piratería. Si los “hackers” son piratas, ellos no son “hackers”.

Hasta las palabras se prostituyen, tanto en inglés como en castellano, y su uso es prostitución pura, lo mismo que su traducción. En un principio, la palabra “hack” se utilizaba en los centros de investigación de Estados Unidos como sinónimo de “trastear” e incluso de “jugar”. Entonces el “hacker” era el “manitas” de la informática que exploraba las múltiples posibilidades de un lenguaje de programación, de un sistema operativo o de un programa.

En el principio de todo, incluida la informática, no está una teoría que luego “se aplica” a la práctica, sino al revés. En este caso eso es aún más claro porque algunos programas informáticos se llaman precisamente “aplicaciones” (app, “applications”).

La propiedad privada llegó a la informática mucho después y ocurrió lo que describe Marx cuando en “El Capital” analiza la acumulación originaria: algunos avispados expropiaron lo que hasta entonces era de uso colectivo, lo patentaron y lo llevaron al Registro Mercantil. Desde entonces la informática tiene nombres y apellidos, de personas o de multinacionales. Antes era anónima, abierta, libre y colectiva.

Ahora los piratas le dan la vuelta a la historia, acusan de pirateo a los demás y se han propuesto acabar con la proliferación del pirateo en la informática. Según dicen, con los ordenadores e internet nos hemos acostumbrado a la “barra libre”, a que todo sea gratuito y eso, por lo visto, se ha convertido en un serio problema para las multinacionales, que están llevando a los piratas a la cárcel.

Como se sienten identificadas con esta ingeniería, las multinacionales dicen que a quien perjudica la gratuidad es a la programación, al desarrollo de los sistemas operativos o las aplicaciones digitales, lo cual es falso. Hasta la fecha, una parte importante de la expansión de este conjunto de nuevas técnicas procede de los aficionados y no de los profesionales. La gratuidad no ha frenado sino que ha promovido el desarrollo de la informática.

Pero, lo mismo que la astronomía, la informática no es sólo un conglomerado de habilidades técnicas que se estudian en las facultades de ingeniería correspondientes, sino bastante más: una “cultura” o, mejor dicho, una “subcultura” con sus propios códigos, su argot, su cine (Annonymous, Matrix), sus propios entusiastas (“geeks”) e incluso sus propios partidos políticos piratas.

En los cuentos y las leyendas es difícil separar la realidad de la fantasía. Por eso, quien quiera estudiar las relaciones entre la ciencia y la ideología, a los que la burguesía presenta como mundos antitéticos, tiene en la informática uno de los terrenos mejor abonados y de más actualidad.

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Tetris: el origen soviético de los videojuegos

En junio de 1984 Alexei Pazhitnov desarrolló el primer prototipo del videojuego Tetris, pero durante un par de años más continuó perfeccionándolo. El 18 de julio de 1984 este popular rompecabezas virtual comenzó a distribuirse en la URSS.

En verano de 1985 la versión renovada y en color del juego para los ordenadores IBM PC compatibles empezó a circular entre los amigos y compañeros de trabajo de Pazhitnov por el Centro de Computación de la Academia de las Ciencias de la URSS. Esos fueron los primeros pasos del Tetris por el país, y, más tarde, por todo el mundo.

Los derechos de propiedad intelectual

En la URSS la institución pública “Elektrotechnika”, o “Elorg”, se encargaba de las exportaciones de ordenadores y software. Pero antes de que los soviéticos llegaran a cerrar en firme el contrato, hubo empresas extranjeras que empezaron a distribuir versiones piratas del Tetris y a revender unos derechos que en realidad no les pertenecían.

Después de aquella intrincada maraña de contradicciones, tejida por competidores que alardeaban de mantener lazos personales con Mijaíl Gorbachov, finalmente la empresa Atari se hizo con la licencia para máquinas recreativas, y Nintendo obtuvo la modalidad para consolas.

En 1996 Pázhitnov, que para entonces se había mudado a Estados Unidos, registró la empresa The Tetris Company, renegoció los derechos de autor bajo la denominación “Tetris” y los puso a su nombre.

Más tarde cerró un acuerdo con Elorg, que entonces ya había sido privatizada, en el que renunciaba a presentar futuras reclamaciones.

A pesar de la popularidad del Tetris, en la práctica durante la década de los 80 su creador no obtuvo ingresos por el juego. Pero actualmente todas las contribuciones derivadas de los nuevos lanzamientos del Tetris (por ejemplo, las que genera la empresa Ubisoft) las percibe él.

El programador Vadim Guerasimov, que cuando tenía 16 años ayudó a Pázhitnov a adaptar la versión de los ordenadores Eketronika-60 para los IBM PC, no está de conforme con esta situación.

Existen versiones el Tetris para prácticamente cualquier tipo de ordenador portátil y consola doméstica. Resulta inútil tratar de calcular la cantidad de copias que se han llegado a difundir, porque en la mayoría de los casos los usuarios las han conseguido de forma gratuita.

La creación de Pázhitnov también fue pionera en la historia de los juegos para teléfonos móviles. A finales de la década de los 90 en Rusia se habían extendido las consolas portátiles Brick Game, de producción china, que también incluían el Tetris como estrella principal.

Pero la aportación más importante del Tetris a la historia de la gran industria mundial de los juegos fue el lanzamiento para Game Boy, la consola portátil de Nintendo.

Gracias a este rompecabezas, la empresa nipona superó a sus competidores y conquistó el liderazgo del multimillonario mercado de las consolas. La Nintendo 3DS, actual descendiente de la Game Boy, también tiene su versión de Tetris, si bien ahora en las partidas pueden participar ocho jugadores al mismo tiempo usando tecnologías de realidad aumentada.

El clásico soviético

A finales de la década de los 80 algunas empresas, como la Nintendo japonesa o la norteamericana Spectrum Holobyte, incluyeron un toque soviético a sus versiones de Tetris. En sus fondos de pantalla se podía ver al primer cosmonauta soviético, Yuri Gagarin, o el piloto alemán Mathias Rust, que en 1987 completó el primer vuelo Hamburgo-Moscú aterrizando en la Plaza Roja.

Y como banda sonora se incluyó la canción popular rusa Korobéiniki (“Los vendedores ambulantes”), que en Occidente se hizo muy popular precisamente por ser el tema principal del Tetris.

Actualmente el rompecabezas se asocia estrechamente con Rusia, forma parte de las reservas de oro de los clásicos de los videojuegos junto con Pac-Mas o Space Invaders, y cuenta con numerosas referencias en obras de arte. En 2012 el MoMA de Nueva York adquirió el Tetris y 13 videojuegos más para su colección permanente y, al cabo de unos meses, los incluyó en una exposición.

¿Game over?

Después del Tetris, Alexei Pazhitnov produjo más de diez juegos nuevos, aunque sus títulos dicen más bien poco a los jugadores de hoy. La única excepción es el rompecabezas Hexic, que salió en 2003 y se ha ido reeditando para nuevas plataformas.

En este caso no se trata de completar líneas a partir de cuadrados, sino de formar racimos de hexágonos del mismo color. Aunque se suele definir a Pázhitnov como el autor de un hit, él mismo ha destacado en diversas ocasiones que el Tetris fue el fundador de un nuevo género.

En este sentido, cualquier rompecabezas geométrico que se edite en la actualidad, desde Bejeweled a Candy Crush, en parte debe su éxito al mismo precursor, el “antiguo” juego soviético.

http://es.rbth.com/2015/07/18/tetris-desde-rusia-con-amor_258873

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Se destapa otro caso de espionaje masivo en internet

El martes la empresa rusa especializada en seguridad informática Kaspersky anunció el descubrimiento de una gigantesca red de espionaje informático que está en el origen de los ataques de una complejidad sin precedentes con los que se ha logrado infectar discos duros de ordenadores de gobiernos, instituciones públicas y empresas estratégicas.

Kapersky ha bautizado esa red como The Equation Group. La empresa rusa asegura que esos piratas informáticos “han infectado desde el 2001 a miles o incluso decenas de miles de víctimas en más de 30 países de todo el mundo”. Según la empresa de seguridad informática, The Equation Group es una red “que supera todo lo que se conoce en términos de complejidad y sofisticación de la técnica”.

En el informe, Kaspersky asegura que The Equation Group “utiliza un muy complicado y costoso desarrollador para infectar a las víctimas acceder a sus datos. Además, ocultan su actividad con gran profesionalidad”. En cuanto a los autores de estos ataques, la compañía de seguridad informática no quiso acusar directamente a Estados Unidos, aunque lo ha dejado entrever pues ha señalado que el mecanismo de espionaje empleado por el grupo tiene “fuertes vínculos” con Stuxnet, el virus con el que la Agencia de Securidad Nacional atacó los ordenadores del programa nuclear iraní.

Así, Fanny, uno de los troyanos empleados por The Equation Group, continene elementos que indican que sus desarrolladores son o los mismos o muy parecidos a los de Stuxnet. Los países más afectados por esos ataques son Irán, Rusia, Pakistán, Afganistán, India, China, Siria y Mali. Los objetivos seleccionados con “precisión quirúrgica” son oficinas diplomáticas, ejércitos, medios de comunicación, las organizaciones islámicas o de telecomunicaciones, petróleo, nuclear, la nanotecnología, las finanzas…

Algunas de las víctimas fueron científicos que habían participado en un congreso y que recibieron en un CD un resumen de las ponencias. A medio camino, el paquete del cedé fue interceptado por estos piratas que introdujeron el virus en los CD y los volvieron a enviar. En otros casos, el virus estaba en el icono que se enciende cuando en un ordenador se conecta una memoria USB.

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Internet es un nido de espías

El domingo la multinacional americana de informática Symantec anunció el descubrimiento de “Regin”, un nuevo programa furtivo de espionaje que estaba operativo desde 2008. Su complejidad técnica indica que ha sido creado por los servicios de información de algún Estado.

El programa “Regin”, un troyano extremadamente sofisticado, obtenía información procedente de varios países de manera discreta. Los equipos de Symantec han detectado brechas de seguridad en 10 países, en primer lugar Rusia y después Arabia saudí.

Por orden de importancia, los demás países afectados son México, Irlanda, India, Afganistán, Irán, Bélgica, Austria y Pakistán.

A diferencia de otro programa de espionaje, Stuxnet, que tenía como objetivo las centrales de enriquecimiento de uranio de Irán, el objetivo de “Regin” no era sabotear una planta industrial sino la obtención de datos.

Su compejidad indica que su elaboración se tuvo que dilatar en el tiempo y que se invirtió mucho dinero en ello, lo que pone de manifiesto la intervención de algún Estado. Los informáticos que lo elaboraron tuvieron que desplegar un esfuerzo considerable para lograr que el troyano fuera lo más discreto posible a fin de que perdurara instalado el mayor tiempo posible.

“Regin” fue descubierto por Symantec el año pasado y en una primera fase estuvo operativo hasta 2011, cuando fue retirado y sustituido en 2013 por una versión distinta, que aún está activa.

Los objetivos del espionaje son empresas, instituciones públicas y centros de investigación. Su presencia en empresas como la hostelería o las líneas aéreas demuestra que tenía por objeto rastrear los movimientos de las personas a lo largo del mundo entero.

El programa de espionaje podía capturar pantallas, tomar el control del ratón y el cursor de un ordenador, obtener las claves de acceso, vigilar el tráfico de datos de una red y recuperar los archivos borrados. Aunque se lo detecte, es difícil determinar lo que ha hecho o lo que buscaba hacer.

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Los dos rostros antagónicos de internet

La informática, la era digital e internet tienen dos rostros opuestos, como todo en esta vida y como no podía ser de otra forma. Se pueden resumir diciendo que muestran la esencia misma de las contradicciones del capitalismo moderno en su etapa final, agónica. Por un lado, el imperialismo nos ha metido el ordenador en nuestras casas, nuestros trabajos, e incluso los que se van de vacaciones llevan un portátil o un móvil en la maleta junto a su pasaporte y sus chanclas. Los han introducido en nuestros trabajos y en nuestras vidas porque la informática, como todo conocimiento, no es inofensiva, sino todo lo contrario; tiene otro rostro, es un instrumento de control y dominación, cuando es (debería ser) un instrumento de liberación y de comunicación ente los seres humanos.

Aquí no hay nada nuevo que no sepamos pero, como decía Hegel, lo que es conocido es lo menos reconocido. Por lo tanto es bueno volver una y otra vez sobre lo que todos conocen y nadie reconoce: la técnica es otro de esos grandes mitos de la sociedad moderna. Está a la altura de Pegaso, el caballo volador, Jano, el hombre de los dos rostros, o Minotauro, el hombre con cabeza de toro. Las cosas no han cambiado nada. Hoy a los que adoran a los artilugios modernos de la técnica se les llama “geeks” y hay muchos, sobre todo en internet y los ordenadores.

Si hay algo en lo que hoy estamos profundamente equivocados es en nuestra concepción sobre el carácter instrumental de la técnica, como de cualquier otra máquina o artefacto. Las cosas no son buenas ni malas; depende del uso que cada cual le de. Ya se sabe: las cosas son independientes del uso, las cosas pueden tener muchos usos distintos, incluso opuestos, el uso es posterior al invento de las cosas… Es como si las cosas no se hubieran inventado para que tuvieran un uso determinado.

Pues bien, el capitalismo desarrolla la informática como una técnica de guerra y esclavización de la clase obrera y bajo su imperio no puede ser otra cosa diferente, de tal manera que cuando las masas lo convierten en su contrario, en una técnica de liberación, el capitalismo (y su Estado) trata de impedirlo por la fuerza bruta. Lo mismo que las sirenas son una unidad de contrarios (mitad mujer, mitad pez), la informática y toda la técnica que la rodea también forman una unidad de contrarios; tiene dos partes muy distintas y se trata de descubrir aquella que no conocemos.

A diferencia de ahora, en tiempos de Marx y Engels las personas apenas se comunicaban ente sí a distancia. Los medios más importantes eran la correspondencia escrita o las diligencias. Por lo tanto, la informática debería constituir un caso claro de la obsolescencia del marxismo, de su carácter trasnochado.

No obstante, si se lee el Capítulo 13 de El Capital (1) es imposible no darse cuenta de que los ordenadores demuestran a la perfección que Marx no sólo escribió para 1860, sino para 1960, para 2060 y para la posteridad. Es como si por sus escritos no hubiera pasado el tiempo; no han envejecido lo más mínimo.

Hoy no puede dejar de sorprender que, fiel a su estilo, el Capítulo que dedica a “Maquinaria y gran industria” empiece con un apartado que tiene que resultar sorprendente para unos ingenieros e informáticos acostumbrados a otro tipo de explicaciones: Marx empieza hablando del “Desarrollo histórico de las máquinas“ y nos descubre que, como todo, no es que las máquinas tengan historia sino que forman parte de ella. Marx llega al punto de criticar a los matemáticos y a los “mecánicos” porque “no tienen en cuenta el elemento histórico” en su concepción de las máquinas.

Además, las máquinas son “un medio para la producción de plusvalía”, lo cual tampoco aparece en los planes de estudio de ninguna facultad universitaria. La “ciencia” económica no habla de máquinas para nada porque cree que eso es cosa de los ingenieros. En esas facultades, lo mismo que en otras, no se habla de casi nada. En fin, un desastre cuyo origen surge del propio carácter ilusorio del mecanicismo, otra de esas concepciones (ideológicas) profundamente arraigadas y asociadas a la metafísica y al materalismo vulgar, o sea, a la vulgaridad que se presenta a sí misma como “ciencia” o ingeniería.

La explicación radica en un ejemplo bastante conocido de una cierta manera de proceder, que parece analítica y es puramente unilateral: si le das un martillazo a un teléfono móvil y lo rompes en mil pedazos, puedes comprobar lo que contiene, sus partes, como la pila, la tarjeta, la carcasa o la pantalla. ¿Dónde está ahí la plusvalía, la historia o las relaciones de producción? Por más que rompas el móvil en trozos más pequeños no los verás por ninguna parte, ni aunque los mires con un microscopio. Conclusión “científica“: nada de eso existe, es un invento de los marxistas, que siempre ven cosas donde no las hay. La plusvalía no forma parte de un móvil. Es más: la plusvalía no existe. Marx y Engels estaban equivocados.

La plusvalía ni la vemos ni tampoco la oímos. Al mismo tiempo que escribo esto, escucho a través del ordenador la V Sinfonía de Beethoven y después de analizar cada uno de los bits de que se compone el archivo digital he llegado a la conclusión de que en las sinfonías tampoco existe un director de orquesta, ni una partitura. Mi conclusión “científica” es la misma: la música carece de partitura, ni de director de orquesta. Es mentira. También es mentira que la música, lo mismo que la maquinaria, tenga historia. La historia no existe. Las facultades de ingenieros de minas, no tienen una asignatura que se titule “historia de las minas”, ni tampoco un manual dedicado a la explotación de los mineros. ¿Para qué? Los ingenieros aprenden lo que es una mina pero no saben lo que es un minero.

Cuando en la habitación de su casa alguien se sienta delante de su ordenador no puede entender que Marx escriba que la maquinaria “sólo funciona en manos del trabajo directamente socializado o colectivo”. Si le quitas los tornillos al ordenador lo que ves es un disco duro, un teclado, un procesador, una placa base o una tarjeta de sonido. ¿Dónde está el carácter social de mi ordenador?

También dice Marx que una de las diferencias entre una herramienta y una máquina es que mientras en la primera el instrumento es una prolongación de la mano del hombre, en la segunda el hombre es una prolongación del instrumento. Por eso solemos decir que “nos sentamos al volante del coche”. Pero los ingenieros no ven ninguna diferencia, ni aquí ni en muchas otras cosas. Por eso tenemos una concepción ludita de todas las máquinas e instrumentos que nos rodean: en las cosas no vemos ni oímos más que cosas. Lo demás son ganas de complicar (las cosas).

Pero al aprobar la “tasa Google“ el Congreso de los Diputados nos acaba de sacar de nuestro estupor otra vez más. Nos vuelven a demostrar que en las máquinas, en internet y la informática hay hasta impuestos, una palabra derivada de imponer. Los ordenadores también muestran al fisco, al dinero, a la propiedad privada, a las sanguijuelas, al poder político y al capitalismo monopolista de Estado.

Desde 2006 se han ido creando partidos piratas que defienden derechos básicos que casi todos daban como ampliamente reconocidos y aceptados en nuestras sociedades civilizadas. Pero los piratas han aparecido precisamente porque esos derechos elementales han desaparecido. El asunto es mucho más serio de lo que parece porque lo que antes eran derechos el capitalismo los ha convertido en su contrario: en crímenes. Es lo mismo que escribía Marx hace 150 años: para expandir el capitalismo la burguesía desahució a los campesinos de sus tierras “a sangre y fuego” y cuando los campesinos volvieron a “okupar” luego las tierras que siempre habían sido suyas, les acusaron de ser “okupas”, es decir, delincuentes. ¿Cuál es la solución al problema? Si hoy Marx pudiera acudir a un escrache llevaría una pancarta con la siguiente consigna: hay que desahuciar a los desahucidores, que es lo que propone en El Capital: expropiar a los expropiadores (2).

Cuando abro uno de los sitios piratas de internet me encuentro con un enlace que se titula “Amenazas legales” (3). No sólo vivimos en una sociedad que ha sido expropiada de sus derechos, sino que, además, los monopolios (Microsoft, Warner, Sega) se atreven a amenazarnos, no sólo a los piratas, o sea, a los que ponen la cultura a disposición de millones de seres humanos como jamás se había conocido en la historia, sino que me amenazan a mí porque me he descargado la V Sinfonía de Beethoven gratis. Nadie le ha preguntado a Beethoven si escribió aquella Sinfonía para que otros ganaran dinero con ella. ¿Quienes son realmente los piratas?, ¿qué pensaría Beethoven si le dijeran que 200 años después, en pleno siglo XXI, hay personas perseguidas y encarceladas por poner su música a disposición de las masas del mundo entero?

Las justificaciones que al respecto exponen los diputados, verdaderos sicarios de los monopolios, son parecidas a las que dan los ingenieros informáticos: defienden la cultura. Pero ocurre que a veces se les escapa algo que es un poco distinto: en realidad lo que defienden es la industria cultural, el “show bussines”, es decir, que con la excusa de la cultura se trata de defender el capitalismo, la propiedad privada y el saqueo de todos y cada uno de los derechos de las personas.

Pero el mayor enemigo somos nosotros mismos, nuestra (de)formación cultural. En los conservatorios enseñan música, y nada más. A los estudiantes de arte les enseñan a pintar, y nada más. Nadie les ha explicado el capitalismo, es decir, que junto al pintor hay un marchante, es decir, un traficante de arte, alguien que hace del arte un negocio, que la historia de la música y la pintura es también la historia de los mecenas y de los patrocinadores a los que hoy se les llama “sponsors”, o sea, los capitalistas que ponen el dinero para que vayamos a un concierto de Bisbal pero no vayamos nunca a uno de Valtonic, para que Bisbal vaya de gira y Valtonic vaya a la Audiencia Nacional.

La era digital, esta revolución moderna de las fuerzas productivas, confirma que el capitalismo carece ya de recorrido, ha llegado a su final y antes de caer fulminado se revuelve como una fiera herida de muerte.

(Este artículo no acababa así sino dando vivas a la piratería, pero las he borrado por si acaso. He consultado el Código Penal y los libros de jurisprudencia y aunque no parece que por el momento la exaltación de la piratería sea delito, no me fío de la fiscalía, por cierto, una institución que deriva del fisco. Es una laguna legal que Soraya Sáenz de Santamaría tiene que ponerse a rellenar rápidamente porque aún quedan cosas que no están prohibidas y eso es un peligro para la sociedad. También es intolerable que el partido pirata no haya sido ilegalizado todavía. ¿A qué esperan?, ¿Garzón se ha quedado sin relevo? Internet, o sea, la red, ¿es una palabra que deriva de redada? Si es así, ¿a qué espera la fiscalía de la Audiencia Nacional para ordenar la próxima redada contra las redes?)

(1) Marx, El Capital, tomo I, pgs.302 y stes.
(2) Idem, tomo I, pg.649
(3) The Pirate Bay, http://thepiratebay.se/legal