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Categoría: Cultura (página 7 de 9)

He visto las calles ardiendo otra vez, Kortatu, 1986

He visto las calles ardiendo otra vez.
He visto las calles ardiendo otra vez.
Has vivido mucho en tan poco tiempo.
La vida va deprisa todo se va pudriendo.
Mira los chavales qué fuerte vienen dando.
A la calle, a la calle, que se lo están currando.
He visto las calles ardiendo otra vez
He visto las calles ardiendo otra vez.
Andas despistado no sabes qué hacer.
Ya va siendo hora que esto empiece a arder.
A sentir otra vez el calor en las calles.
Mira cómo corren entre el fuego los chavales
He visto las calles ardiendo otra vez.
He visto las calles ardiendo otra vez.

Lo bueno, si breve, Monterroso

Seguimos, un capítulo más, será el penúltimo, con Monterroso, quien escribe: «en un cuento moderno a nadie se le ocurre decir cosas elevadas porque se considera de mal gusto, y probablemente lo sea. En cambio, si usted atribuye ideas elevadas a un animal, digamos una pulga, los lectores sí lo aceptan porque entonces creen que se trata de una broma y se ríen y la cosa elevada no les hace daño o ni lo notan». En esta suerte de zoología moral -que no es tal-, Monterroso acaba pasándole un contrabando al lector eludiendo su censura. Vamos con unos pocos.

Sansón y los filisteos

Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue después a Sansón con Dalila aliada a los filisteos. Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos. Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos.

Únete siempre a los filisteos.

Caballo imginando a Dios

A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el Caballo.

Todo el mundo sabe -continuaba en su razonamiento- que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete.

La parte de León

La Vaca, la Cabra y la paciente Oveja se asociaron un día con el León para gozar alguna vez de una vida tranquila, pues las depredaciones del monstruo (como lo llamaban a sus espaldas) las mantenían en una atmósfera de angustia y zozobra de la que difícilmente podían escapar como no fuera por las buenas.

Con la conocida habilidad cinegética de los cuatro, cierta tarde cazaron un ágil Ciervo (cuya carne por supuesto repugnaba a la Vaca, a la Cabra y a la Oveja, acostumbradas como estaban a alimentarse con las hierbas que cogían) y de acuerdo con el convenio dividieron el vasto cuerpo en partes iguales.

Aquí, profiriendo al unísono toda clase de quejas y aduciendo su indefensión y extrema debilidad, las tres se pusieron a vociferar acaloradamente, confabuladas de antemano para quedarse también con la parte del León, pues, como enseñaba la Hormiga, querían guardar algo para los días duros del invierno.

Pero esta vez el León ni siquiera se tomó el trabajo de enumerar las sabidas razones por las cuales el Ciervo le pertenecía a él solo, sino que se las comió allí mismo de una sentada, en medio de los lagos gritos de ellas en que se escuchaban expresiones como contrato social, Constitución, derechos humanos y otras igualmente fuertes y decisivas.

El paraíso imperfecto

Es cierto -dijo melancólicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

El Zorro es más sabio

Un día que El Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.

Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.

El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro.

Desde ese momento el Zorro se dio, con razón, por satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa. Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir «¿Qué pasa con el Zorro?», y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

-Pero si ya he publicado dos libros, respondía él con cansancio.

-“Y muy buenos” -le contestaban-; por eso mismo tiene usted que publicar otro.

El Zorro no lo decía, pero pensaba: “en realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer”.

Y no lo hizo.

(*) El Zorro era Juan Rulfo.

No more lockdown (No más confinamiento), Van Morrison

No más confinamiento
No más extralimitaciones del gobierno
No más policías fascistas
perturbando nuestra paz.

No más restricciones a nuestra libertad
y de nuestros derechos, otorgados por Dios
fingiendo que es por nuestra seguridad
cuando realmente es para esclavizarnos.

¿Quién dirige nuestro país?
¿Quién dirige nuestro mundo?
Examínalo de cerca
y míralo desplegarse.

No más confinamiento
No más amenazas
No más Imperial College
inventando engaños como Papá Noel.

No más confinamiento.
No más burlas delante de nuestras narices.
No más famosos que nos digan
lo que se supone que debemos sentir.

No más estatus quo.
Pon tu hombro al viento.
No más confinamiento.
No más confinamiento.

‘Working class a hero’

En un país muy remoto, en plena Selva, se presentó hace muchos años un tiempo malo en que el Camaleón, a quien le había dado por la política, entró en un estado total de desconcierto, pues los otros animales, asesorados por la Zorra, se habían enterado de sus artimañas y empezaron a contrarrestarlas llevando en los bolsillos vidrios de colores para combatir su ambigüedad e hipocresía, de manera que cuando él estaba morado y por cualquier circunstancia del momento necesitaba volverse, digamos, azul, sacaban a toda ostia un cristal rojo, a través del cual lo veían, y para ellos continuaba siendo el mismo Camaleón morado, aunque se condujera como Camaleón azul; y cuanto estaba rojo y por motivaciones especiales se volvía anaranjado, usaban el cristal correspondiente y lo seguían viendo tal cual.

Esto sólo en cuanto a los colores primarios, pues el método se generalizó tanto que con el tiempo no había ya quien no llevara consigo un equipo completo de cristales para aquellos casos en que el mañoso se tornaba simplemente grisáceo o de cualquier color más o menos indefinido superponiendo tres o cuatro cristales. Pero lo bueno fue que el Camaleón, considerando que todos eran de su condición, adoptó también el sistema. Entonces era cosa de verlos a todos en las calles sacando y alternando cristales a medida que cambiaban de colores, según el clima político o las opiniones políticas prevalecientes ese día de la semana.

Como es fácil comprender, esto se convirtió en una especie de confusión de las lenguas, pero pronto los más listos se dieron cuenta de que aquello sería la ruina general si no se reglamentaba de alguna manera, a menos de acabar todos sonajas, el orden, las reglas del juego y tal y tal. Esto último, sobre todo.

Además de lo estatuido por el Reglamento que se redactó con ese fin, el derecho consuetudinario fijó por su parte reglas de refinada urbanidad, según las cuales si alguno carecía de algún vidrio de determinado color urgente para disfrazarse o para descubrir el verdadero color de alguien, podía recurrir a sus propios enemigos para que se lo prestaran de acuerdo con su necesidad del momento. Sólo el León, que por entonces era Presidente de la Selva, se reía de unos y otros, aunque a veces socarronamente jugaba también un poco lo suyo, por divertirse. De esa época viene el dicho de que «todo Camaleón es según el color del cristal con que se mira».

‘Joker’: un personaje literario convertido en antihéroe por el cine estadounidense

La película de Todd Phillips, Joker, tiene un largo recorrido argumental porque, como decía Antonio Machado, toda creación cultural que no es de origen popular, está plagiada. Tan interesante como el argumento es el recorrido histórico de la trama, que no comienza en Estados Unidos con los tebeos de Batman.

Los payasos y los bufones son uno de los recursos más viejos del teatro porque son la antesala del poder político desde los tiempos de “Edipo Rey”, una tragedia de Sófocles donde hasta el título está mal traducido: es “Edipo Tirano”, o sea, un usurpador que reina de manera ilegítima.

Edipo personaliza el poder político. Reina porque ha matado a su padre, aunque no sabía que era su padre (no es consciente de que la víctima es su padre). Tanto en la tragedia como en la realidad, el poder político se fundamenta en la violencia. El Estado español, por ejemplo, nació de una guerra entre vecinos o, lo que es mucho peor, “fratricida”, entre hermanos.

Un rey y un Estado nunca se desprenden de ese tipo de manchas, por más tiempo que transcurra. La falta de legitimidad es su “pecado original” del que sólo es posible liberarse acabando con él, como en cualquier tragedia griega: matando al rey. “El que a hierro mata a hierro muere”.

Traído a la posmodernidad, el rey Edipo es el patriarcado porque, además de matar a su padre, Edipo se casa con su madre, aunque tampoco sabía que era su madre (no es consciente de dicha condición). En cuanto se apoya sobre la fuerza, el poder se representa en una figura varonil.

Lo mismo que Luis XIV, Edipo podría decir que “El Estado soy yo”. El rey se rodea de una corte de personajes variopintos, convirtiéndose en un Estado o, como se dice ahora, en “El Sistema”, que no cubre sólo los aspectos públicos, sino también los privados porque en una monarquía los unos no se pueden separar de los otros.

En el Estado ambas cosas coexisten: los validos ponen la cara seria de la política y los bufones la divertida, aunque la diferencia entre ambos se va reduciendo, es decir, que cada vez más los políticos parecen unos payasos. En 1981 un payaso, Coluche, se presentó a las elecciones presidenciales francesas y un 15 por ciento del censo estaba dispuesto a votarle. El fundador del Movimiento 5 Estrellas en Italia es un payaso profesional: Beppe Grillo. El actual Presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, también es un payaso. ¿No es Trump un payaso? Si te fijas en Pablo Iglesias te das cuenta de que es más de lo mismo: un payaso. Si te fijas en las elecciones te das cuenta de que son una payasada cabal.

A esa unidad dialéctica de personajes trágicos y cómicos Shakespeare los llamaba “jester” (arlequín) o “fool” (loco), personajes caracterizados por la doblez, que permite en un caso el disfraz y en el otro la demencia (1).

En la Biblia la risa es un síntoma del Mal. Dice el Diccionario Oxford que en inglés “loco” se aplica a las personas viciosas e impías. También es alguien que no está en su “sano juicio”, que actúa o se comporta de manera estúpida, un tonto o un simple. En el teatro de Shakespeare, lo mismo que en la vida real, no queda claro si alguien está loco o se lo hace, es decir, si simula su locura para hacer y decir lo que otros no pueden.

El payaso Coluche se presentó a las elecciones cuando le despidieron de la televisión por criticar al Presidente de la República. Después le despidieron de la campaña electoral a base de amenazas. Un documental titulado “Coluche: un payaso enemigo del Estado”, de  Jean Louis Perez y Michel Despratx, relata las presiones de la policía secreta para que desistiera de su empeño por alcanzar la presidencia (2).¿Elecciones libres, dicen? ¡Qué risa! Lo de Coluche fue una doble prohibición porque el humor y la censura van de la mano. Los humoristas de hoy son los bufones modernos. Dicen lo que otros no se atreven o no pueden y al revés: dicen en forma de chiste lo que no se atreverían a decir en serio. A medida que la censura arrecia, el humor se dispara. Por eso los monologuistas se han puesto de moda en España, donde hay programas de televisión a medio camino entre risas y veras.

Desde la Edad Media los bufones no faltan en ninguna corte real, ni en la casa de ningún noble. La burguesía los contrata para que le acompañen y diviertan. Están en las tabernas para atraer al público. Los carnavales y fiestas se rodean de ellos. En el circo y en el teatro nunca fueron personajes secundarios. El público esperaba impaciente que los payasos aparecieran en escena. El arlequín es la figura central de la Commedia dell’Arte. En “Las Meninas”, lo mismo que en otros cuadros de Velázquez, los personajes más grotescos, como los enanos, están en el primer plano. Lo mismo hizo Víctor Hugo en su drama “El rey se divierte”, seguido luego por la ópera “Rigoletto” de Verdi.

La obra cumbre del Renacimiento es el “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam porque el bufón es tan importante como el político. Siempre van juntos, como Don Quijote y Sancho Panza. Del bufón sabemos que se disfraza para hacernos reir. Sin embargo, cuando se trata de un político creemos que va en serio. No somos conscientes de que también está disfrazado, que tiene dos caras.

La palabra bufón procede del italiano y significa “buhonero”, personajes bohemios que recorrían los pueblos haciendo reir a los vecinos. Las compañías de teatro acogían a los marginados de la sociedad, locos, tontos, enanos, la mujer barbuda, los jorobados y delincuentes en busca y captura. El desdoblamiento entre la persona y el personaje es como una borrachera: el momento de decir la verdad.

Desde los tiempos de Sófocles, los cómicos son personajes populares, divertidos, como Sancho Panza, mientras los príncipes aparecen como gente solemne, trágica. Unos dicen la verdad, los otros se esconden detrás de sus máscaras.

La verdad es revolucionaria y la revolución no es otra cosa que matar al rey y al padre, al “sistema”, una tarea que incumbe sólo a las masas populares.

Una de las óperas más representadas en el pasado siglo fue “I Pagliacci” (Los Payasos) de Ruggero Leoncavallo, estrenada en 1892. Es la historia de un payaso que asesina a su esposa (“violencia de genero”). Los personajes son cómicos ambulantes que recorren los pueblos. Algunos se visten de payasos para la función, pero otros no lo necesitan porque son personajes reales, como El Jorobado. “I Pagliacci” es teatro dentro del teatro. Mezcla la realidad con la ficción. El crimen se comete en plena representación. Después de matar a su esposa, El Payaso mata al amante y exclama: “¡La commedia è finita!” Se ha acabado la comedia (ficción) y empieza el drama (realidad).

Otro de los relatos de Victor Hugo es “El hombre que se ríe”, publicado en 1869. El personaje, Gwynplaine, tiene una larga biografía, como Edipo. De niño fue secuestrado en Inglaterra por unos bandidos que le desfiguraron el rostro, dejándole una sonrisa permanente. Es un paria que acaba adoptado por un vagabundo que monta con él un espectáculo cómico itinerante.

En un determinado momento, la trama da un giro cuando se descubre que las clases sociales no son lo que parecen: Gwynplaine es hijo de un noble inglés y, una vez reconocido como tal, da un discurso en la Cámara de los Lores en el que ataca los privilegios de la nobleza. Los duques, los condes y los marqueses se ríen de él abiertamente…

Desde 2006 es muy socorrida la película australiana “Vendetta” y, sobre todo, su máscara, la enésima variante del payaso de la sonrisa permanente que reivindica la figura de Guy Fawkes y la traslada a un futuro distópico, fascista. Tres siglos antes, en 1606 Guy Fawkes dirigió la fallida Conspiración de la Pólvora, un acontecimiento que ha permanecido en la tradición popular inglesa. La trama consistía en matar al rey Jaime I y a los miembros del Parlamento. El exterminio de la clase dominante tiene un efecto liberador.

Pero triunfaron los malos y cada 5 de noviembre lo que Inglaterra celebra es la quema de Guy Fawkes, aunque a la larga ocurre como en el fútbol: los goles no premian el buen juego. “Merecimos ganar pero hemos perdido”. Pierde el Estado, aunque sólo sea de una manera simbólica.

Ahora la película “Joker” relata la biografía de un cómico frustrado que siempre ha vivido con una madre inestable y nunca ha conocido a su padre. Ha pasado por el siquiátrico y trabaja en la calle vestido de payaso. Se cree hijo de un magnate y político local, parecido a Gwynplaine. Mata a tres pijos pero, como el Guy Fawkes de “Vendetta”, no queda estigmatizado sino al revés: se convierte en un héroe y los parias le imitan poniéndose una máscara para protestar.

En manos de Hollywood, la luz artística y literaria de la lucha entre las clases sociales ha desaparecido. El largo discurso filosófico de Víctor Hugo sobre la pobreza también. No hay clases sociales, sólo buenos y malos porque enmedio está Alan Moore, el guionista de la viñeta cómica que luego dio lugar a “Vendetta”. Según Moore, los buenos más buenos pueden convertirse en malos muy malvados de la noche a la mañana. Depende de las circunstancias. Cualquiera puede tener un mal día que le convierte en un monstruo capaz de lo peor.

A Edipo su padre le abandonó recién nacido en el monte. A Moisés también, aunque para salvarle la vida. Lo mismo ocurrió con Gwynplaine. Un día aciago nos transforma en sujetos resentidos, nihilistas, a los que no nos importa ejercer nuestra propia “vendetta” con el primero que se cruza en nuestro camino, con quien menos culpa tiene. La víctima se convierte en verdugo. Son los asesinos en serie, ese tipo de perfiles que las facultades gringas de sicología califican como “sociópatas”, otra de las muchas tonteorías que se sacan del armario.

“Joker” es el antihéroe rechazado por una mujer de la que se enamora. Pero si en la película suscita rechazo, en el espectador suscita entusiasmo. De la saga ha surgido una camada de seguidores, llamados “incels” en inglés: “solteros involuntarios”. El año pasado Alek Minassian, con 25 años, mató a 10 personas con un coche bomba en Toronto. Unas horas antes escribió en su perfil de Facebook: “La rebelión de los incels ya ha comenzado”. Más que solteros (y misóginos) se debería traducir por “solitarios” y, desde luego, “rechazados”. No hacen reir por más que se disfracen de payasos.

No se puede hablar de rebelión cuando, en medio de un enfado rompemos los platos. El recurrente nihilismo actual de quien prende fuego a la barricada pone encima de la mesa que las semilas de la revuelta están ahí, preparadas y dispuestas; pero hacen falta más ingredientes. Quien salga a la mar en un velero sabe que habrá viento, pero lo más importante es cerciorarse de que haya un timón porque, de lo contrario, no irá a ninguna parte.

Hoy los payasos ¿son enemigos del Estado o son el Estado? Es una pregunta que no estoy en condiciones de responder…

(1) El “fool” inglés es el “fou” francés, personajes que se profesionalizan como comediantes (jester) a comienzos del siglo XIII. El conocido teatro de variedades “Folies Bergère” de París no lleva ese nombre por casualidad. El “jester” es un derivado de la canción de gesta. Si el juglar recitaba poemas, el “jester” contaba cuentos.
(2) https://www.youtube.com/watch?v=y-SUXwjRxlU

Más información:
— ¿Votarás a Batman o a Joker?

Los videojuegos de guerra son los medios de comunicación más importantes que consumen los niños

El próximo día 25 llega Call of Duty: Modern Warfare, un videojuego que, como la mayor parte, preconiza la guerra imperialista y la muerte.Call of Duty ha vendido más de 250 millones de juegos en el espacio de 15 años. Al complejo militar-industrial se le ha sumado otra industria: la de los videojuegos. Para el Pentágono y la industria armamentística los videojuegos son un medio, entre otros, como el cine, para transmitir un mensaje, para reclutar carne de cañón y, sobre todo, para vender armas.

Sin embargo, en los últimos años Call of Duty redujo su atractivo: ya no recluta a tantos para el ejército. De ahí que este año Infinity Ward haya decidido volver a lo que hizo que la serie tuviera tanto éxito: la moderna guerra imperialista.

Inicialmente el ejército estadounidense se interesó por los videojuegos como una nueva forma de entrenar a sus soldados. En la década de los ochenta, Darpa reclutó a varios programadores para que le ayudaran a diseñar simulaciones.

Luego el Cuerpo de Marines hizo famosa una versión alternativa de Doom II diseñada por ellos: Marine Doom. En 1997 un periodista de Wired viajó a Quantico para reunirse con el teniente Scott Barnett, uno de los diseñadores de Marine Doom. Los mandos le habían encargado diseñar juegos que se pudieran utilizar para entrenar a los Marines. Barnett y el sargento Dan Snyder, habían elegido Doom II porque permitía el juego en red.

En 1997 el teniente explicó que “los niños que se unen a los Marines hoy en día han crecido con la televisión, los videojuegos y los ordenadores. Así que nos preguntamos: ‘¿Cómo podemos educarlos, cómo podemos atraerlos y hacer que quieran aprender?’ Y esta es la solución perfecta”.

Los científicos estudiaron el asunto más despacio. El profesor Rob Sparrow, de la Universidad de Monash, lo explica de una forma muy sencilla: “Si fantaseas con este tipo de cosas, es muy probable que quieras hacerlo en la vida real. El ejército es consciente de que los videojuegos son uno de los primeros medios de comunicación consumidos por los jóvenes”.

¿Comprenden ahora los tiroteos y matanzas que se producen regularmente en Estados Unidos?

A finales de los años noventa el mercado de videojuegos permitió diseñar simulaciones cada vez más realistas. En 2002 el Pentágono lanzó su primer videojuego, llamado America’s Army con un objetivo: “Utilizar la tecnología de los juegos de ordenador para proporcionar al público una experiencia de soldado virtual que sea encantadora, informativa y divertida”.

Involucrado en la guerra de Afganistán y luego en una otra guerra en Irak, el ejército estadounidense necesitaba ampliar sus filas y, además, los reclutadores tenían que seguir vendiendo sueños a una juventud que se oponía cada vez más a las guerras de agresión.

En 2007 cuando la guerra en Irak se convirtió en un pantano para los soldados estadounidenses, el juego de Infinity Ward le cambió la cara a la guerra. Dejó de lado la Segunda Guerra Mundial para escenificar acontecimientos actuales. El juego es violento, implacable y muestra escenas impresionantes, con muchos momentos de heroísmo.

Su éxito no pasó desapercibido para el Pentágono. A partir de entonces, los vínculos entre el ejército estadounidense y los diseñadores de videojuegos como Call of Duty o Battlefield se estrecharon. Los desarrolladores buscaban más realismo y el Pentágono les ayudaba a lograrlo.

Desde entonces los diseñadores acogen a marines como consultores. En 2015 el guionista Dave Anthony confesó que en Treyarch contó con el asesoramiento de los SEAL, las fuerzas especiales de la Marina de Estados Unidos, y de los Spetnaz, las fuerzas especiales rusas.

En 2013 Anthony se unió a un grupo de expertos de Washington responsable de diseñar las guerras del futuro sobre la base de las recomendaciones del Pentágono.

El servicio de reclutamiento del Pentágono no es el único que acoge con satisfacción el lanzamiento de Call of Duty. También los traficantes de armas están entusiasmados. En enero de 2013 Eurogamer entrevistó a Ralph Vaughn, representante de Barrett Firearms Manufacturing para negociar contratos con estudios que deseen mostrar armas de fuego reales en sus juegos y, por lo tanto, las armas de su fabricante, a quien debemos, entre otras cosas, el rifle de francotirador Barrett M82.

Durante las negociaciones, Vaughn admitió que para los fabricantes de armas existe un interés económico real en que sus productos aparezcan en un videojuego. Con un modelo de negocio que recuerda a los cigarrillos de chocolate, cuyos paquetes finalmente mostraban los colores de las marcas de cigarrillos reales.

Los diseñadores de juegos quieren cada vez más realismo, lo que requiere la presencia en el juego de armas reales, modeladas con una precisión cada vez mayor. Son el gancho del juego. Los jugadores más experimentados conocen todos los detalles, desde la capacidad de munición del cargador hasta el número de disparos por minuto. Por su parte, los fabricantes de armas lo ven como una forma de publicidad, como reveló Anthony Toutain, un representante de Cybergun, a Eurogamer.

Cybergun es una empresa de cabecera en la venta de réplicas de armas de fuego, menos peligrosas que las reales y muy apreciadas por los adolescentes. En un país como Estados Unidos, las pistolas de aire comprimido se consideran a menudo como un primer paso para comprar un arma real. De ahí que los fabricantes de armas de fuego trabajen con empresas como Cybergun para que puedan producir réplicas de calidad.

Los traficantes siguen estrechamente la promoción de los videojuegos. “Queremos saber explícitamente cómo se utilizará el arma, para asegurarnos de que se vea bajo una luz positiva. Por ejemplo, si son ‘los buenos’ los que lo utilizan. No debe ser utilizado por individuos, organizaciones, países o cualquier tipo de empresa que pueda ser descrita como enemiga de Estados Unidos, o de sus ciudadanos. Lo ideal es que sólo lo usen los soldados estadounidenses o las fuerzas del orden estadounidenses”, dice Vaughn.

Más información:
— El Pentágono juega con fuego

50 años de la muerte del gran novelista estadounidense John Steinbeck

El 20 de diciembre se cumplieron 50 años de la muerte del gran novelista estadounidense John Steinbeck (1902-1968), un autor de la llamada “generación perdida” que había salido desengañada de los ideales que Estados Unidos había vendido en la Primera Guerra Mundial.

William Faulkner, John Dos Passos, Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald y John Steinbeck son los miembros más destacados de aquella “generación perdida”. Algunos se entregaron a una vida disipada y fuera del compromiso político, en el marco de sus trabajos literarios… Steinbeck no lo hizo así. Tuvo una visión crítica de la guerra y de una sociedad americana miserable.

Es la principal figura del nuevo realismo social americano. Nació en Salinas, California, en 1902, hijo del tesorero del condado y de la maestra, en un ambiente de campesinos ricos. Pero Steinbeck se negó a ver las cosas como las veían sus familiares. En lugar de percibir la prosperidad verde de la agricultura en una tierra ubérrima y la riqueza de sus fábricas de conserva, se obstinó en fijarse en los trabajadores agrarios, mexicanos y “okies” (los blancos que habían abandonado el Medio Oeste por la sequía y la depresión) y en la explotación sobre la que se construía la feliz riqueza de los terratenientes.

De joven pasó sus veranos trabajando en ranchos cercanos y más tarde con trabajadores migrantes en las granjas de remolacha de la azucarera Spreckels. En el valle agrícola de Salinas ambientó total o parcialmente varios de sus relatos. Es el caso, por ejemplo, de las novelas “Tortilla Flat” (1935), “De ratones y hombres” (1937) y el libro de cuentos “El poni rojo” (1933), escritos, más o menos, en la misma época, su primera etapa, en la que dio a la imprenta “Los crisantemos”, una obra maestra de la narrativa breve.

Experimentó los aspectos más duros de la vida de los inmigrantes y el lado más oscuro de la naturaleza humana, que le proporcionó material para escribir algunas de sus mejores obras, como las citadas y “Las uvas de la ira” (1939), que sirvió de inspiración para una gran película.

Estudió en la Universidad de Stanford, pero desde muy temprano tuvo que trabajar duramente como albañil, jornalero rural, agrimensor o empleado de tienda, y no llegó a graduarse. En los años treinta describió la pobreza que acompañó a la gran depresión económica y tuvo su primer reconocimiento crítico con la novela Tortilla Flat (1935), por la que recibió la Medalla de Oro literaria concedida por el Commonwealth Club of California a la mejor novela escrita por un californiano. Con este compendio de historias humorísticas, Steinbeck obtuvo cierto éxito. Retrata las aventuras de un grupo de jóvenes sin ocupación y generalmente sin hogar en Monterrey después de la Primera Guerra Mundial.

Otra novela de Steinbeck que tuvo un gran éxito fue “La perla” (1948). El relato cuenta la desventura de un humilde pescador, Kino, y su familia, y pone de manifiesto cómo la hermosa perla que encuentran viene a trastocar su existencia y los aboca a un destino fatal. La obra contiene una amarga crítica a la codicia y la rapacidad, conductas que llevan a la destrucción.

La lectura de las obras de este gran autor, nos sumergen en las realidades de la sociedad capitalista de aquel tiempo, llena de convulsiones sociales, con grandes poderes explotando a migrantes y con la segregación racial de por medio, es decir, exactamente igual que ahora.

Fotograma de la película ‘Las uvas de la ira’ basada en la novela homónima de Steinbeck

Una de las películas que hizo grande al cine soviético: ‘La Huelga’ de Serguei Eisenstein

Dos oscuras chimeneas de la fábrica, que se alzan hacia un cielo partido por un cable eléctrico, vomitan su humo negro. Sin avisar aparece un enorme burgués, reconocible por su estado de forma, que observa a sus empleados caminar como hormigas. Un título nos dice que todo está en calma en este mundo de hierro donde hasta el cielo está atravesado por vigas metálicas que encierran a los trabajadores como en un aviario.

Luego viene un gigantesco “HO” (“pero”, en ruso). Sin previo aviso, la O, círculo, símbolo de unidad e igualdad, ataca la H, cuadrada y rectilínea, haciéndola caer.

Bajo una rueda que gira -símbolo de la imperturbable y opresiva máquina- las sombras se juntan y susurran algo. Tiene lugar otro encuentro en el reflejo de un charco y, además, en la dirección opuesta. El decoro capitalista por un lado. A partir de ahí, la voluntad de derrocar el orden establecido se desarrolla gradualmente.

Eisenstein tiene 25 años cuando rueda esta película. Antiguo estudiante de ingeniería y veterano de la Guerra Civil, ha estado trabajando en todos los campos de las artes durante el último año. Es un firme partidario del socialismo y su proyecto es un ciclo de 7 películas que retratan los pasos hacia la Revolución de Octubre. Sólo “La Huelga” verá la luz del día.

Es una película de propaganda sin matices, totalmente comprometida con la causa del Partido Bolchevique y forma parte del objetivo de Eisenstein de educar al proletariado y hacerlo consciente de su fuerza. El poder de los capitalistas es fruto sólo del trabajo de los proletarios; bastaría con organizarlos para que ese poder se derrumbe, como lo demuestra el que los trabajadores paren la rueda con un simple cruce de brazos.

Como es habitual en las películas soviéticas de la época, el tono está lleno de contrastres: los obreros son valientes y virtuosos, los burgueses y sus secuaces, engañosos y grotescos, comparados con animales tan amigables como el mono, el zorro o el bulldog. Las imágenes de animales sacrificados en un matadero se intercalan con la masacre de los huelguistas.

Pero es un error reducir “La Huelga” a su aspecto propagandístico porque -ante todo- es un manifiesto que presenta a Eisenstein como un verdadero cineasta del movimiento y el equilibrio. En “La Huelga” no hay un personaje héroe porque la individualización de los protagonistas se consideraba entonces como un elemento del espectáculo burgués. El héroe son las masas proletarias, a veces encarnadas por ese joven trabajador anónimo con cuerpo de atleta.

La masa se rueda como una corriente continua e interminable diseñada para sumergirlo todo. Regularmente avanza frente a la cámara, como para cruzar la pantalla e invertir la realidad. Frente a esta fuerza vital del proletariado, la fuerza mortal de la burguesía y sus aliados, el ejército y la mafia, es todo lo contrario. Aparecen varias veces emergiendo de la tierra como un ejército demoníaco.

La mayor parte de la película es un gran duelo en forma de ballet entre las diferentes líneas de fuerza. Después de haber pasado por el teatro, Eisenstein sabe que quien domina el espacio está en una posición dominante. Por lo tanto, la masa proletaria trata de invertir ese espacio y los capitalistas se empeñan por impedirlo. Varias veces los soldados están en primer plano como para separar a los huelguistas de la cámara (y por lo tanto del público, es decir, de la realidad). Luego los huelguistas retroceden, pero por un instante, un trabajador se interpone entre ellos y la pantalla, esta vez para detener el desastre y reanudar el duelo. En cuanto al final, el ejército finalmente supera el levantamiento y vemos a los trabajadores atrapados y acorralados en pequeños rincones del campo.

El martirio de los trabajadores es el tema principal de la película y Eisenstein hace todo lo posible para que la masacre final sea chocante para alimentar el fuego de la revuelta. Con este propósito perfila su famoso montaje de atracción, que había teorizado un año antes. Se trata de editar imágenes impactantes con las escenas de la película para resaltar el horror de la última. Así, la matanza de los trabajadores se compara con la del gran jefe con una forma alta de prensar su limón (el limón atacando el cuero del zapato) o incluso más convincente, con la matanza de una vaca desafortunada en un matadero.

Animales hay muchos en La Huelga. La vaca mártir, por supuesto, los animales con los que se relacionan los soplones, pero también hay osos, cabras, cuervos, caballos y gatitos. Estos últimos, presentes en casi toda la segunda parte, parecen estar intrínsecamente ligados al mundo del trabajo y encarnan la franqueza de la huelga. Cuando el movimiento se ve amenazado, son los gatos los que culpan de los golpes: la mujer de un obrero amenaza con dejarlo si no vuelve a trabajar, un gatito se lleva un zapato en la pelea; los gatos muertos y colgados adornan el marcador de los bandidos que ayudarán a aplastar la revuelta, y cuando el ejército mata a los obreros, vemos a un niño tirar un gatito desde el tercer piso, poco antes de que un niño sea arrojado en el vacío por un soldado.

Es sin duda uno de los principales temas que Eisenstein explora: la amenaza de inocencia, la corrupción de la franqueza. Al mundo armonioso, poblado por los hijos de los proletarios se opone el mundo de la fábrica metálica y asesina (el suicidio de un obrero mostrado como si fueran las propias máquinas las que lo mataran).

Los trabajadores son filmados en un grupo indistinto, alegremente caótico y aéreo, los capitalistas están aislados, solos en sus aviones o rígidamente dispuestos en cuadrados, vitrificados, similares a las máquinas de las que se creen dueños. En Eisenstein el capitalismo divide y encierra a la gente; impide el nacimiento de este mundo idílico cercano al ideal de la naturaleza que es el comunismo al que aspira el director.

La Huelga es una película que irradia tanta fuerza que su tema trasciende todas las épocas. Casi se puede decir que en su primer largometraje Eisenstein inventa el cine. O por lo menos se debe reconocer que crea una nueva forma de cine, imitada pero nunca superada.

Marlene Dietrich: la musa de los comunistas de todo el mundo

La actriz alemana Marlene Dietrich es una de las grandes musas del siglo XX, un mito que la burguesía ha utilizado para esconder su enorme personalidad como mujer de arraigadas convicciones comunistas y antifascistas. De hecho, el nombre de “Marlene” es un acrónimo formado para homenajear a Marx y Lenin y huir el suyo propio: Magdalena o “Lena” para sus familiares más cercanos.

A diferencia de otras actrices de Hollywodd, Marlene era una mujer con una extraordinaria formación artística. Estudió música y al trasladarse a vivir a Weimar descubrió la filosofía y la literatura, de la que fue siempre una apasionada.

Una inflamación en la mano la obligó a abandonar el apredizaje del violón y la condujo al teatro. Se matriculó en la prestigiosa escuela dramática de Max Reinhardt e inmediatamente intervino en su primera película como actriz: “Tragedia de amor” de Joe May.

Alterna el cine con el teatro y el music-hall, donde la conoció el gran director de cine Joseph von Sternberg, iniciando ambos una fructífera carrera en el “séptimo arte”, con películas inolvidables y canciones que marcaron una época, como “Ich bin von Kopf bis Fuß auf Liebe eingestellt” (Estoy hecha para el amor de la cabeza a los pies), que se conoce en el mundo entero por su título en inglés: “Falling in love again”.

Otra canción que le abrirá las puertas del mundo entero fue la conocida “Lili Marlene”, a la que le presta su propio nombre para inmortalizar a los fundadores del socialismo científico. La primera vez que la cantó fue delante de los soldados que combatían al fascismo en los campos de batalla.

El mito que Marlene ha dejado al mundo comienza en 1930 cuando interviene en la película de Von Sternberg “El ángel azul”, que muestra todo su enorme magnetismo.

El éxito la lleva a las filas de la Paramount, la multinacional de la gran pantalla.

Tras la proclamación del III Reich en 1933, Marlene huye con Von Sternberg hacia Francia, donde el embajador hitleriano le propone regresar para convertirla en el emblema del nuevo régimen, algo que rechazó. Incluso rechazó también a su propia hermana, Liesel, porque se había casado con un nazi, George Will, que dirigía la producción cinematográfica de la Wehrmacht, el ejército alemán.

La actriz viajó a Hollywood en compañía de Von Sternberg y asumió la nacionalidad estadounidense en 1938.

Como tantos otros comunistas estadounidenses, partició activamente en la Segunda Guerra Mundial en las filas del ejército, visitando los campos de batalla para animar a los soldados que combatían a sus “conciudadanos” alemanes, porque ella era así: internacionalista. Siempre puso por delante las diferencias políticas e ideológicas, no las nacionales.

Ya hizo lo propio en la Primera Guerra Mundial, cuando tenía 14 años: el 14 de julio de 1915, aniversario de la Revolución Francesa, cortó rosas blancas para entregárselas a los soldados franceses que estaban presos en los campos de concentración.

En Estados Unidos “El ángel azul” no tuvo tanto éxito como “Morocco”, otra colaboración del dúo que formaba con Von Sternberg. “Él me ha creado”, dijo la actriz del director en sus memorias. Pero también trabajó con directores como Henry Hathaway, Ernst Lubitsch, Billy Wilder, Alfred Hitchcock, Fritz Lang, Orson Welles o Richard Quine, en una larga carrera artística que no acabó hasta 1978, cuando acabó el rodaje de “Just a gigolo” de David Hemmings.

El ejército de Estados Unidos la condecoró con la Medalla de la Libertad. El francés también la condecoró en 1949 y la nombró comandante honoraria por los servicios prestados en la lucha contra el fascismo. Mitterrand, Presidente entonces de la República francesa, quiso organizar un acto oficial en el Elíseo, que ella rechazó.

Marlene murió en 1992 en París, donde vivió los últimos años de su vida. Era un 6 de mayo, justo el día en el que el Festival de cine de Cannes le rendía homenaje.

Está enterrada en el cementerio de Schöneberg, en Berlín. Su tumba, donde yace con su madre, sólo está identificada por un nombre de guerra legendario, “Marlene” y un epitafio: “Yazco aquí en conmemoración de mis días”.

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