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Los grandes mitos tecnológicos de Silicon Valley se hunden

El capitalismo no deja de serlo porque sólo venda humo. Símbolos de una “nueva economía” que debía acabar con la antigua, Uber, Netflix, Airbnb y WeWork, los mayores éxitos de Silicon Valley en la segunda década del siglo, ya no son el sueño de los especuladores. La cotización de sus acciones ha caído en las bolsas. Los innovadores de ayer se han convertido en los reyes de su sector, pero los fallos de su modelo están saliendo a la luz y plantean dudas sobre su futuro.

Querían revolucionar los hábitos gracias a la tecnología, destruir la vieja economía y hacerse muy ricos. En la segunda década de este siglo, Uber, Netflix, Airbnb y WeWork eran la cartelera de Silicon Valley. Después de los Gafam (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft), que sacudieron los mercados mundiales en la primera década, los recién llegados se aprovecharon de la revolución digital, gracias a novedades que pillaron desprevenidos a los protagonistas tradicionales y cambiaron el panorama.

Gracias a Netflix, cientos de millones de personas ven ahora la televisión por internet y permiten que un algoritmo les sugiera contenidos adaptados a sus gustos, para verlos cuando quieran. Llegar a casa por la noche cuando no hay transporte público ya no es un problema. Uber ha simplificado el transporte de pasajeros con conductor y ha obligado a los profesionales del taxi a modernizarse. Airbnb ha permitido que cualquier persona pueda alquilar su propiedad e ir a cualquier parte del mundo sin pasar por un hotel, al tiempo que se beneficia de servicios similares a los de un hotel si lo desea. Por último, WeWork ha transformado las oficinas en un servicio que puede adaptarse a voluntad.

Estas grandes innovaciones se han visto recompensadas con una adopción masiva por parte de la población y unas valoraciones extraordinarias en bolsa. El año pasado, Netflix, Airbnb y Uber alcanzaron sus máximos históricos en bolsa: más de 300.000 millones de dólares la primera, 120.000 millones la segunda y 91.000 millones la tercera. Por su parte, WeWork tuvo su punto álgido en 2019, cuando se valoró en 47.000 millones de dólares antes de su salida a bolsa, antes de que estallara su burbuja.

Hoy, la situación es muy diferente. Netflix ha perdido casi el 70 por cien de su valor y ahora vale menos de 82.000 millones de dólares. El valor de Uber se ha reducido a más de la mitad, hasta los 42.000 millones de dólares. Airbnb se mantiene estable en torno a los 60.000 millones de dólares, y WeWork vale ahora 3.600 millones de dólares. La caída de la cotización de las acciones desde principios de año llega impulsada por la subida de los tipos de interés y la inflación.

Empiezan a aflorar los puntos débiles de los falsos profetas. Cuando el crecimiento se ralentiza, ¿se mantiene su modelo de negocio innovador? La de Netflix, que se quedó sin suscriptores por primera vez en su historia en el primer trimestre de este año, está siendo cuestionada. Uber nunca ha sido rentable y en Europa se enfrenta a un escándalo sin precedentes. En cuanto a Airbnb y WeWork, ¿son algo más que empresas inmobiliarias?

Uber, un modelo de negocio insostenible

El hilo común entre estos cuatro gigantes en declive es, en última instancia, su incapacidad para cumplir su promesa inicial: acabar con la industria tradicional, o al menos cambiarla desde los cimientos.

Viajes un 30 por cien más baratos que un taxi, un conductor amable que llega en pocos minutos, un servicio de atención al cliente impecable con una botella de agua y caramelos, la tarifa calculada de antemano y pagada automáticamente en cuanto se baja del vehículo: a principios de 2010, muchos creían que los taxis -percibidos como arcaicos, caros y opacos- nunca se recuperarían.

El tiempo ha demostrado que si bien Uber ha revolucionado efectivamente el mundo de los VTC (vehículos de transporte con conductor), su modelo de negocio es insostenible y logra beneficios a costa de la precarización del trabajo de los conductores. El año pasado valía 91.000 millones de dólares en bolsa, pero nunca fue rentable. Una vez terminada la luna de miel con los conductores, el modelo depredador de la plataforma, que cobra un 25 por cien de comisión sobre el precio del trayecto, provocó importantes movilizaciones, en especial la rebelión de los taxistas desde la misma llegada a España en 2014, con la quema de vehículos de la empresa. El modelo del falso autónomo se ve cada vez más como una forma de empleo asalariado encubierto y de precariedad laboral.

En varios países, las sentencias judiciales han recalificado el vínculo entre los conductores y su plataforma como un contrato de trabajo asalariado, lo que plantea dudas sobre la sostenibilidad del modelo de Uber, además de preguntas legítimas sobre los métodos agresivos e ilegales de la empresa. Las ventajas de la plataforma en sus inicios -servicio muy superior al de los taxis a precios bajos- ya no son necesariamente una realidad: en las ciudades, algunos trayectos de Uber son ahora tan caros como los de los taxis.

¿Telebasura? Netflix vuelve a la televisión tradicional

Netflix ha sido quizás la más fantoche de las nuevas empresas tecnológicas. Ahora está sufriendo la mayor caida en bolsa. Durante años, sus cabecillas han despreciado públicamente el modelo lineal de televisión -un episodio de una serie por semana- y su avalancha de publicidad. Al ofrecer todos los episodios de una temporada a la vez, el espectador ve lo que quiere y cuando quiere, sin anuncios.

Las audiencias de las televisiones convencionales envejecen pero resisten. Netflix ha empujado sobre todo a los estudios, propietarios de los canales de televisión más vistos en Estados Unidos, a acelerar su transformación digital poniendo en valor su catálogo de series y películas, pacientemente construido durante décadas, en su propia plataforma. A partir de 2019 los mayores estudios (Paramount, Universal, Disney, Warner) lanzaron su propia plataforma. Con una mayor profundidad de catálogo que Netflix, sin necesidad de invertir tanto dinero cada año en contenidos originales, ya que pueden utilizar lo que producen para sus canales.

Esta feroz competencia, unida al hecho de que Netflix ha alcanzado un techo de usuarios en Estados Unidos, ha hecho que la empresa entre en crisis. Desde hace dos años, Netflix cancela cada vez más series después de una o dos temporadas para liberar dinero para producir nuevos programas. Se mueve cada vez más hacia un modo de entrega casi lineal (temporada lanzada en dos o tres ráfagas de episodios), lo que de nuevo se aleja de su promesa original. En los últimos meses, tras anunciar su primera pérdida de suscriptores en 10 años, la empresa ha despedido al 4 por cien de su plantilla y prepara la llegada de la publicidad a su plataforma. La idea es hacer lo que hizo Peacock (la plataforma de streaming de NBC/Universal): fomentar la suscripción, pero también ofrecer una fórmula mixta con anuncios.

Netflix no ha acabado con la televisión convencional. Al igual que Uber, sólo obligó a una industria anquilosada a modernizarse bajo la influencia de lo digital, y se convirtió en uno de sus protagonistas más importantes.

Airbnb y WeWork: lejos de sus ideales

Lo mismo ocurre con Airbnb y WeWork, que simplemente se han convertido, con el tiempo, en cabeceras de su sector y en la encarnación de su transformación digital: reservas nocturnas para el primero, oficinas compartidas para el segundo. Airbnb ha aportado una doble innovación. Por parte de los viajeros, el servicio les ha permitido beneficiarse de una nueva oferta de alojamiento, más convivencial, original y menos costosa (al menos al principio) que un servicio hotelero. Para los arrendatarios, les permitió complementar sus ingresos o rentabilizar su inversión en alquiler aprovechando la ganancia del turismo, antes monopolizada por los hoteles. Pero con el tiempo, los precios de Airbnb han subido, los servicios se han profesionalizado y el espíritu colaborativo de los primeros tiempos es ya sólo un vago recuerdo. La marca se ha convertido más en una oferta complementaria a los hoteles que en una alternativa, con la diferencia de que no es propietaria de ningún inmueble.

Finalmente, después de haber obtenido una valoración de 47.000 millones de dólares vendiendo una “revolución en el trabajo”, WeWork aparece ahora simplemente como lo que es: una empresa inmobiliaria de oficinas. Bajo su impulso, todo el sector se ha modernizado, añadiendo una dimensión digital -WeWork se define como plataforma-, más servicios -catering, correo, limpieza- y ofertas adaptadas a todo tipo de empresas, especialmente a las emergentes, y a las nuevas modalidades de trabajo: teletrabajo, autónomos…

En otras palabras, Netflix, Uber, Airbnb y WeWork han transformado definitivamente su sector, pero se han anquilosado. Su caída en bolsa desde principios de año indica que la “revolución digital” tenía mucho de publicidad y moda, como la gafas de Google  que llamaron de “realidad virtual”.

Pero la ideología de Silicon Valley necesita seguir vendiendo sueños, y ahora ha inventado el metaverso, otro intento de “realidad virtual”, y las NFT, otro mecanismo de especulacion, lejos de la fantasía de una red descentralizada y de la “sociedad de la (des)información”.

En suma, la “nueva economía” es más de lo mismo.

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‘Así nos ven’: otro retrato de los montajes policiales en Estados Unidos

Merece la pena ver la serie “Así nos ven” que exhibe Netflix. Dirigida de manera extraordinaria por Ava DuVernay, es la historia real de un sucio montaje policial contra un grupo de adolescentes negros e hispanos.

En una entrevista, la directora dice que el sistema judicial estadounidense no funciona mal: se ha organizado para funcionar de esa manera, buscando chivos expiatorios entre los sectores más oprimidos de la sociedad.

En 1989 una mujer fue asaltada y violada en Central Park al mismo tiempo que un grupo de chavales entre 14 y 16 años se divertían por las cercanías. Nada más sencillo que obligarles a confesar que habían sido ellos y cuando alguien confiesa su culpa no hay manera de solucionar el entuerto. No se necesitan más pruebas.

El futuro de los chavales es la pesadilla carcelaria, las palizas y un futuro marcado por el estigma de “violador” porque los medios de comunicación jalean su caza y captura, en el ambiente gringo típico de racismo y falta de escrúpulos. Trump paga anunción en los periódicos para pedir la pena de muerte a los adolescentes.

Los linchamientos modernos son así. Tienen su publicidad pagada, sus policías pagados, sus fiscales mercenarios, sus periodistas vendidos… No falta de nada para condenar a un grupo de jóvenes por un delito que no han cometido.

Los “salvajes” no eran los niños que fueron al parque a divertirse sino el implacable aparato de represión puesto en funcionamiento para montar un fraude judicial y mediático. Los “salvajes” no estaban en una población de Harlem, miserable y empobrecida, sino en Wall Street.

Ahora algunas facultades de derecho estudian la manera en que la policía lleva a cabo los interrogatorios, cómo se falsifican las pruebas y cómo los demás, fiscales y periodistas, se comen esos montajes sin hacer preguntas incómodas.

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Joaquín o el humor sádico

  • Dostó, dostó: creo que sufro de un mal incurable.
  • Usted dirá.
  • Verá, cuando oigo o veo al futbolista cómico o payaso Joaquín no me río; al revés, me da casi por llorar. Le diré más: si estoy solo, no me río, pero si estoy en cuadrilla, simulo que me descojono con risa de hiena para no parecer un insustancial, como dicen en Bilbao. ¿Es grave, Doc?

De hace ya un tiempo acá se está instalando la idea de un futbolista, el bético Joaquín, como quintaesencia del humor hasta el extremo de constituir la piedra de toque que divide a los que tienen sentido del humor y los sosos que no le encuentran la gracia.

Un exponente del nacional-folklorismo -tipo Lola Flowers- cuajado de tópicos y olés y ojús, de la “grasia” estereotipada de los hermanos Álvarez Quintero y su andalucismo prototípico pasado por el pasapuré del antonomásico senequismo del, primero, falangista, y, luego, monárquico, gaditano José María Pemán, cuyo vórtice es el cliché del andalucismo folklórico y el andaluz “gracioso”. Al igual que el vasco serio y noble, o el catalån fenicio o el baturrismo cazurro del aragonés y otras “construcciones” e hipotipos sociológicos que se pusieron de moda a finales del siglo XIX con el positivismo o, mejor, el romanticismo de Herder y su “volkgeist”, describiendo y pintando el “alma” de los pueblos (el “alma vasca” escribiría Unamuno).

Ignora Joaquín el dicho epicúreo, o tal vez quijotesco, que dice que “nada en demasía”. Las cosas en su justa medida. Y, como diría Bergamín, las cosas en su sitio y no como están. Salirse de madre es sadismo, humor sádico y ofensivo en este caso. No se ríe Joaquín del Valencia, pero lo anihila, volviéndolo dos veces perdedor, humillándolo imperialmente con el romano vae victis! Pero la culpa no es de un patán como éste, ni menos de quienes no han podido transmitir otros valores -además de los gringos winners y losers- por ser perseguidos por lo cañí en Celtiberia show.

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La calle es de la policía

En 1976, cuando la transición balbuceaba torpemente, el ministro de Interior, Fraga Iribarne, dijo “La calle es mía”. Se refería a la policía que operaba bajo sus órdenes. Nadie se podía mover en la vía pública sin pedir permiso a la policía y, al final, las manifestaciones debieron “comunicarse” previamente a “la autoridad competente”.

Ahora HBO estrena una serie de televisión titulada “La ciudad es nuestra”, o sea, de la policía de Baltimore, que sigue el guión de los autores de “The wire”, una de las mejores que se han podido ver en ese formato.

En aquella serie, el periodista David Simon rompió los tópicos de las películas policiacas estadounidenses. No debería ser una sorpresa llevar a la televisión un relato de hechos que son cotidianos en las tareas represivas de cualquier policía, pero “The wire” logró asombrar al espectador con la mayor naturalidad.

20 años después vuelven Baltimore y sus policías, que podía ser cualquier otra ciudad y cualquier otra policía.

En 2015 estallaron en Baltimore graves disturbios a raíz del caso de Freddie Gray, un negro que murió mientras estaba detenido por la policía. Aquel año la tasa de homicidios alcanzó su cifra más alta en dos décadas. En una ciudad de apenas 600.000 habitantes, cada día es asesinada una persona.

En “La ciudad es nuestra” la crítica a la policía es implacable porque la represión no tiene remedio y la corrupción tampoco. Es lo que ocurre cuando otorgas carta blanca a un cuerpo de funcionarios y le das una pistola.

Entonces los medios hablan de “corrupción policial” y a veces de “abusos” o “excesos” de la policía, y para ello es necesario que los atropellos y crímenes salten a los noticiarios. Entonces hay que rebajar la tensión: son los “garbanzos negros” que aparecen en toda colectividad, son la excepción, etc.

Si en lo cotidiano la represión policial es aniquiladora, resulta aún peor cuando se crean esas “unidades especiales”, que acaban llenándose de corsarios ávidos de medallas, ascensos y recompensas. A los policías no les preocupa el delito para nada, sino la opinión de los jefes, que exigen “resultados”. El fin justifica los medios. Las pruebas del delito las fabrica la policía y las afinan luego los jueces.

En la serie, la “unidad especial” de rastreo de armas de la policía de Baltimore revende las drogas confiscadas, extorsiona y se emplea de forma brutal hacia la población. Lo que nació para acabar con el delito, se convierte en delincuente. Las unidades de élite de la policía acaban siendo la élite de la delincuencia, parte integrante del crimen organizado.

La policía jamás ha acabado con ningún delito. No hay buenos ni malos. No hay policías y delincuentes. Ambos forman parte del mismo ecosistema social.

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Es 25 de abril, aniversario de la Revolución de los Claveles

Con motivo del aniversario del 25 de abril, recordamos a Fausto, uno de los cantautores portugueses que mejor expresaron la explosión musical de la Revolución de los Claveles

El barrendero (1977)

Trabaja noches enteras
el barrendero Almeida,
envuelto en su abrigo verde
por las gélidas calles.

¡Oye! -le pregunté- ¿Qué tal la vida?
-y dijo- recojo trapos, latas, ropas…
Aires tranquilos en esta vejez,
y bailo cuando escucho cantar.

Que afine la cuerda el que toca
que me voy a poner a contar
la vida de un barrendero

¡Oye! Todo se pasa y resume
entre una alcantarilla que eructa
¡Allí! Y el hedor y la acidez insípida
de esta vida que se nos escapa.

Y barre, barre así,
barrendero,
pues con tu barrer
así haces otro mundo.

Portugal tiene la costumbre
de vivir con dos extremos:
Aquellos que se benefician del estiércol
de la basura en la que los otros vivimos.

¡Oye! También en los cubos de basura
Tiene el país su retrato.
A la basura tiran los ricos, y mucho más
lo que les ofende a la nariz.

Lo que los ricos tiran a la basura,
lo que ofende a su nariz,
para los pobres es como la matanza
porque sobra el hambre.

Pero haz de las sobras de los ricos
el animal de la matanza.

¡Oye! No tiene la cara lavada
quien vive de esta manera,
de tener gente gobernada así
de que otra viva en el basurero.

Y siendo Almeida sin nada más
Y barre, barre así barrendero
pues con tu barrer así
haces otro mundo.

Voy entonces a despedirme,
que hay mucho que barrer
-me respondió-, una de las cosas es
a quién nos hace pudrir.

¡Oye! En este trabajo manual
el barredor barre de todo,
un gato muerto y un aborto espontáneo semanal.

Lo que nos falta en rigor, sí señor,
es barrer el capital

Y barre, barre así, barrendero,
pues con tu barrer así
haces otro mundo.


O varredor (1977)

Trabalha noites inteiras
O Almeida varredor
Enxotando a varejeira
Pelas ruas, ao rigor

Ei! Perguntei-lhe, a começar
Pela vida, e ele disse:
– Levo trapa, latas, cacosturas
Ar-inda nesta velhice
Eu danço quando ouço cantar

Eu danço quando ouço cantar
Afina a corda ó tocador
Que eu vou-me pôr a contar
A vida de um varrredor
Ei! Tudo se passa e resume
Entre um esgoto que arrota

Ai! O cheirete e o azedume
Sem sabor
Desta vida que se enxota
E Portugal tem o costume
E Portugal tem o costume

E varre, varre assim
Ó varredor
Pois que o teu varrer assim
Faz outro mundo

E varre, varre assim
Ó varredor
Pois que o teu varrer assim
Faz outro mundo

Portugal tem o costume
De viver com dois extremos
Os que lucram com o estrume
Do lixo em que nós vivemos

Ei! Também nos caixotes do lixo
Tem o país o seu retrato
Ao lixo atira o rico, e muito mais
O que lhe ofende o olfato
Para o pobre é mata-bicho

Para o pobre é mata-bicho
O que à fome vai sobrando
Mas faz das sobras do rico
O bicho que vai matando

Ei! Não tem a cara lavada
Quem vive desta sujeira
De haver gente governada assim
Por outra viver da lixeira
E ser Almeida sem mais nada
E ser Almeida sem mais nada

E varre, varre assim
Ó varredor
Pois que o teu varrer assim
Faz outro mundo

E varre, varre assim
Ó varredor
Pois que o teu varrer assim
Faz outro mundo

Disse então a despedir-me
Muita coisa há p’ra varrer
Respondeu-me, uma das coisas é
Quem nos faz apodrecer

Ei! Neste trabalho braçal
De tudo varre o varredor
Gato morto e um aborto semanal
O que nos falta em rigor, sim senhor
É varrer o capital
E é varrer o capital

E varre, varre assim
Ó varredor
Pois que o teu varrer assim
Faz outro mundo

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‘La Madre’ de Gorki reaparece en la Guerra de Ucrania

Hace unos días se difundió por internet el vídeo de unos soldados ucranianos burlándose de una anciana que los confundió con soldados rusos.

La mujer salió a saludar a los soldados llevando en sus manos la bandera roja de la victoria. Dijo que estaban esperando a los soldados rusos y que estaba “rezando por ellos”.

Cuando un soldado ucraniano le ofreció comida, la anciana se negó en un principio, diciendo que los soldados la necesitaban más, pero le convencieron para que cogiera una bolsa de comida enlatada.

Los soldados se apoderaron entonces de la bandera y la pisotearon. Por ese motivo la anciana devolvió la comida a los soldados ucranianos. Hay quien ha aprendido a no venderse ni siquiera por un plato de comida

En el diálogo la mujer dice que sus padres lucharon por la bandera roja.

El vídeo de “La Madre Coraje” ha dado la vuelta al mundo y los grafiteros la han convertido en un símbolo. En Ekaterimburgo la han retrado como símbolo de dignidad, recordando recordando el monumento “La patria nos llama” que recuerda a la Segunda Guerra Mundial.

La mujer porta la bandera roja en las manos y una sombra detrás de ella la reconvierte en la Estatua de la Libertad empuñando una metralleta. No se puede ser más gráfico.

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La guerra conduce al saqueo: en Libia los imperialistas han robado 300.000 millones

El gobierno libio ha sido incapaz de recuperar miles de millones de dólares embargados en bancos occidentales desde la caída de Gaddafi. El embargo se produjo de acuerdo con la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU por la que se congelan los activos soberanos de Libia, emitida en marzo de 2011.

Las estimaciones del volumen de fondos libios congelados en el extranjero varían, entre 200.000 y 300.000 millones de dólares, pero varios países occidentales anunciaron en 2011 los fondos libios en sus bancos. Es una cantidad a la altura del saqueo que pretenden ahora con Rusia.

La resolución del Consejo de Seguridad de entonces confirmó su determinación de garantizar que los activos embargados se pusieran a disposición del pueblo libio en una fase posterior y lo antes posible, pero esto no se ha conseguido. A pesar de los repetidos intentos de Libia por recuperar estos fondos, han fracasado.

Además del embargo, la Resolución 1973 de la ONU también impuso la zona de exclusión aérea e incluyó a varios funcionarios del antiguo gobierno en la lista de sanciones, además de imponer un embargo de armas contra Libia y otras medidas adoptadas contra los poderes del gobierno de Gadafi.

En abril del año pasado, el presidente del Consejo Presidencial libio, Muhammad al-Manfi, recibió al presidente de la junta directiva de la Autoridad Libia de Inversiones, Ali Mahmoud, para tratar la cuestión de los activos libios en el extranjero.

Un cable diplomático secreto publicado a principios de 2011 mostró que la Autoridad de Inversiones de Libia tenía 32.000 millones de dólares en efectivo en varios bancos estadounidenses. Gran Bretaña congeló 12.000 millones de libras (19.200 millones de dólares) de fondos libios pertenecientes a personas e instituciones. El Estado libio también tiene activos financieros estimados en miles de millones en bancos de Francia, Alemania, Italia, Luxemburgo, Canadá y Bélgica, entre otros países.

En 2018 la policía española desmanteló una red que se dedicaba a financiar al Califato Islámico con el saqueo del patrimonio librio. Intervino numerosas obras de arte, siete mosaicos, sarcófagos y piezas arqueológicas. Se acreditó su procedencia de los yacimientos de Apolonia y Cirene, dos necrópolis de la región Cirenaica que habían sido expoliados por grupos terroristas.

Durante años la Unión Europea permitió el Califato Islámico se financiara con obras de arte saqueadas. La organización terrorista entregaba obras de arte que arrancaban de los yacimientos arqueológicos de Libia (y también de Siria) que acabaron en museos y colecciones privadas europeas (*).

Estados Unidos anunció la devolución de dos piezas de arqueológicas libias que habían llegado ilegalmente al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. El embajador de Estados Unidos en Libia, Richard Norland, dijo en un tuit que el traslado a Libia es sólo una pequeña parte de los esfuerzos de Estados Unidos y Libia para proteger el rico patrimonio libio. “El valor de los dos artefactos supera los 500.000 dólares, una mujer con velo y un busto de un hombre con barba que fueron saqueados de la antigua ciudad de Cirene a finales de la década de 1980”, dijo el fiscal del distrito de Manhattan, Alvin Bragg.

(*) https://digitalsevilla.com/2018/12/24/ue-permitido-durante-7-anos-isis-mafia-financien-obras-arte-robadas/

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La rapera Keny Arkana canta contra las vacunas y la represión en su tema ‘Boussole’

La rapera franco-argentina ha lanzado un tema dedicado a la sociedad de control, mencionando a las vacunas ARN y a la alienación de los temerosos como la principal tiranía de estos tiempos. A diferencia de España, en el resto de Europa se están enfrentando los confinamientos y la vacunación como una lucha antifascista.

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Sobre el arte

Siempre que se trata de cuestiones relativas al arte, la literatura o la estética en general, no se sabe -o por lo menos no sabe uno- por dónde empezar. Las preguntas que surgen, sobre todo desde que el capitalismo se impuso como modo de producción e imponiendo el dominio de su ideología alienadora, son casi siempre las mismas y es hasta la fecha de hoy que todavía se discuten y dilucidan con distintas palabras pero con la misma gramática. Las preguntas sobre estas cuestiones tienen mucho de bizantinas y de ganas de enredar.

No sé si fue Nietzsche quién dijo que no existen los hechos (históricos), sino las interpretaciones de los mismos, una suerte de hermenéutica (que eso es, a todo esto, el posmodernismo del que ya casi nadie se acuerda). En arte no habría “obra”, propiamente dicha, sino crítica de la misma. Pero la “crítica” es también un fenómeno del capitalismo (como las “naciones” de raíz romántica) desde que el “artesano” pasó a ser “artista”. Antes, en el Medievo, lo que había, como mucho, era eso que llamaremos “gusto” (pero también el carnaval). También en la actualidad se habla de “gusto” (artístico) pero, desde que existe el mercado capitalista, lo que privan son las “firmas”, no se compra un cuadro porque te guste, sino que se adquiere un “Picasso” o un “Van Gogh” o, en el paroxismo de la estiptiquez, un “Miquel Barceló” que ni siquiera pasó por la bohemia de cenar latas de sardinas (como los soldados de la I Guerra Mundial) como los anteriores, quienes, y es un mérito, tenían sus ideas y preocupaciones sociales aunque les faltara el mercado -y los marchantes- que luego los “descubrieron” y encumbraron.

Dentro de los parámetros burgueses, la madre de todas las preguntas (en temas que conciernen al arte) y que encierra las demás es, a nuestro juicio, la siguiente: ¿Debe el arte o, por ser más precisos, el artista, ser autónomo o heterónomo? En otras palabras: ¿libertad absoluta para el artista (“genial”, otro vocablo romántico) o pautarlo según la ideología que impere en un momento (histórico) dado? A mi modo de ver, el resto de las preguntas que han surgido se remiten a ésta.

No vamos ahora a analizar las cuestiones sino a exponerlas. Entre muchas que se nos ocurren está la del arte como comunicación. Para el dramaturgo y teórico -entre otras facetas artísticas- Alfonso Sastre, por ejemplo, la incomunicación estética es la más atroz de las incomunicaciones. Para él, no es que sea una pasión inútil (como el hombre para los existencialistas), pero entiende que el campo del arte no es un territorio autónomo pero tampoco una simple provincia o dominio de la (con mayúscula) Política, sino un predio relativamente autónomo.

Para Lenin no puede ser que el Partido (Comunista) vaya por un lado y los intelectuales y artistas por otro. Lenin era consciente de que los terrenos del arte son resbaladizos y semovientes y se prestan a polémicas interminables, sobre todo cuando no se tiene en cuenta la lucha de clases. Cuando Lenin escribió que “la literatura es lo que menos se presta a una igualación mecánica, a un nivelamiento, a un dominio de la mayoría sobre la minoría”, ¿qué quiso decir? ¿Quizá que Lenin viera en ellos, en los intelectuales, una “resistencia” -de clase siempre y el última instancia- a apostar claramente por las consignas de un partido -encima comunista- en menoscabo de su “libertad creativa“? ¿O que Lenin quería “someter” a la intelligentsia a la línea política del Partido? Ni una cosa ni otra. Lenin sabía del carácter pequeñoburgués y vacilante de los intelectuales -el propio Gorki o Lunacharski tuvieron dudas cuando las cosas “no iban bien”-, pero siempre tuvo claro que jamás cambiaría ni una coma de su línea y programa político para satisfacer ningún capricho o derecho burgués intelectual, léase la libertad de expresión entendida como algo absoluto y superior y por encima, no ya de las masas, sino de su vanguardia.

Más “simpático” y más “abierto”, o sea, menos “ortodoxo” y “monolítico”, según la jerga del revisionismo, ha pasado a la historia Trotsky, que algo y no poco escribiera sobre arte y revolución. Trotsky, en el “Manifiesto por un arte independiente” (escrito junto con el padre del surrealismo André Breton), aún admitiendo el establecimiento, en algún momento, de determinadas “medidas necesarias, temporales, de autodefensa revolucionaria”, una especie de diktat estético eventual y pasajero, afirmó que “todo está permitido en el arte”, que no se tiene que “ejercitar una dirección sobre la creación intelectual de la sociedad” en la cual, si bien las fuerzas productivas deben desarrollarse según un “régimen socialista de planificación centralizada”, para la creación intelectual, la revolución “debe, desde el principio, establecer y asegurar un régimen anárquico de libertad individual” (suponemos aquí la mano de Breton). Podría resumirse su postura de este modo: en economía, socialismo; en arte, burgués.

Contra la corriente ultraizquierdista de Bogdanov. coincidían Lenin y Trotsky en pensar que era absurda la empresa de “inventar una cultura proletaria” ex nihilo, o sea, desde la nada o que pudiera crearse en un laboratorio. Mientras Lenin consideraba el arte como un arma del Partido, Trotsky abogaría por la pretenciosa y pretendida autonomía del arte. Aquí está el debate y la contradicción imponiéndose en los terrenos de la izquierda clásica, socialdemócrata, revisionista o posmoderna, yo creo, las tesis trotskistas de carácter liberal-burgués. Podría decirse que existe, o existió, un antiintelectualismo muy propio de los países anglosajones, en especial los Estados Unidos con su filosofía pragmática -el pragmatismo- que desprecia “lo intelectual”, y otro de izquierda más consecuente que
“desconfía”, y no sin razón muchas veces, de los intelectuales y artistas en quienes ven mucho ego pequeñoburgués. . Del gran cartelista Josep Renau se decía que era un “pintor comunista” y él daba la vuelta a la frase alegando que no, que él era “un comunista que pinta”.

Para una concepción liberal del arte, éste supone una categoría suprema. El artista considera, en esta concepción, como primeros y últimos problemas las cuestiones formales del arte. Esto llevaría a la pintura abstracta (o a la poesía “pura“). Se considera la belleza como causa final del arte consistiendo la tarea del artista, simplemente, en crear -o producir- objetos bellos, es decir, consiste en decorar la existencia humana (léase burguesa). Y si de “firmas” hablamos, se trata de coleccionarlas o museizarlas.

Óscar Wilde, por ejemplo, quien propugnara una especie de “socialismo estético”, dirá que, para él, no hay obras morales o inmorales, sino obras bellas y no bellas. El escritor norteamericano, hoy olvidado, Upton Sinclair, diría a los que pensaban que el arte no tiene nada que ver con la moral, que el arte trata de cuestiones éticas, “puesto que no hay otras”. Para U. Sinclair el arte por el arte es una mentira: es la noción de que el fin del arte está en la obra de arte y de que la única tarea del artista es la perfección de la forma. Otra falacia para U. Sinclair sería el esnobismo artístico, la idea de que el arte es algo esotérico, mágico, reservado a la élite y fuera de la comprensión de las masas. En poesía hubo incluso movimientos, ciertamente minoritarios, que se jactaban de no ser entendidos por la gente y si, por algún albur, alguien les entendía, pensaban que algo habían hecho mal. Escribían para ellos mismos y sus cenáculos como diletantes, como una diversión casi deportiva. Hoy también se hace esto, sólo que sin perder de vista el mercado y las promociones de ventas, es decir, creando un “público” como algo “disponible” (available), que está ahí para ser moldeado y masajeado. Un público “líquido”.

Volviendo al tema de la autonomía del arte y la literatura, hay quien ve la obra de arte como una “nueva realidad” altamente autónoma en relación a la, digamos, realidad a secas. La autonomía de la obra de arte sería lo específico de una relación entre el artista y el mundo a través de su obra. Según esto, podría darse el caso de que un artista sea un profundo convencido del materialismo dialéctico y, sin embargo, no adoptar una “postura realista” en el arte. Se trataría del llamado “aguijón kantiano” que cita Sastre: “estamos de acuerdo en todo menos en el arte”.

Se llega a situar el arte como una provincia -ya lo hemos dicho- del conocimiento que es un criterio, como se decía en los años sesenta del siglo pasado, “contenidista”, ideológico, según el cual el juicio de una obra ha de establecerse en razón de la concepción del mundo “subyacente”. Desde este punto de vista -que es el de Lukács- del “contenido”, el problema del realismo en el arte y la literatura queda reducido al problema de determinar la “posición” de la obra en el debate ideológico. De modo que la legalidad propia del arte se dictaba en términos heterónomos (políticos, ideológicos). Luego estaría la posición “liberalizadora” de Roger Garaudy donde toda determinación del concepto poético de realismo desaparece para dar paso a la más cruda indeterminación. Para Garaudy, todo arte es realista porque trata de la realidad en definitiva, incluido un cuento de hadas, Kafka, lo fantástico o lo maravilloso de El Mago de Oz. Hay quien se sitúa -o eleva- fuera de estas dos posturas que se ven como “dogmáticas”, sobre todo la primera. En el fondo, a mi parecer, se trata de entender el marxismo -del que hasta puede reclamarse el artista o el crítico- como un corsé y casi una asfixiante camisa de fuerza que oprime la imaginación y la libertad creadora del artista. No se quiere ningún “ismo”.

El artista -se pretende como algo que nos recuerda los postulados de Trotsky aunque no se le cite- no es un médium ni trae ningún recado y no hay, en el arte, un “mensaje” previo. Las cosas no serían tan sencillas como parecen, sino aleatorias e incluso valdría invocar el principio de incertidumbre de Heisenberg según el cual el acto mismo de observar afecta a la estructura del objeto observado. A la tesis del “arte como conocimiento” se opondría la antítesis dialéctica de que el arte es-y-no-es conocimiento. Es “otra cosa”. ¿Qué cosa? No lo sabemos.

Cézanne -hacemos aquí una pequeña digresión- había rechazado la “impresión” (el impresionismo) -invadida de luz envolvente- a favor de una comprensión más profunda de la realidad. En su opinión, un cuadro debe vivir sólo por la fuerza de la pintura sin ayudarse de narraciones extraartísticas. Pero esto no quiere decir renunciar a captar por medio de la pintura el sentido de lo real. El cuadro es el resultado del conocimiento y la emoción al mismo tiempo, organizados por el artista en la imagen. Ya está aquí planteado el problema moderno de la autonomía del arte: el cuadro es un ente en sí con leyes absolutamente propias. Una metafísica.

II

La historia del arte sólo puede considerarse ciencia -seguimos aquí a José Fernández Arenas- desde el momento en que se establecen unos criterios estrictos y unos métodos para estudiar el objeto artístico, lo que no se da hasta el siglo XIX.

Es necesario prescindir de ideas abstractas y de cánones estéticos -como en la época de Wincklemann en pleno siglo XVIII, que inicia la posibilidad de una ciencia del arte, más objetiva, pero permanece prisionero del clasicismo griego- para prestar más atención al dato histórico artístico de la obra en sí misma. El historicismo del siglo XIX, el positivismo y el determinismo conducirán hacia el estudio del medio ambiente, de la técnica, de las formas que permitirían clasificar, ordenar y catalogar las obras de arte como se ordenan las especies vegetales porque, en el fondo, lo que primaba es la clasificación de las colecciones y los museos.

Tal vez haya que afirmar, con las reservas que sean pertinentes, que la historia del arte no puede ser una verdadera ciencia objetiva, sino que lo que hay es una crítica de arte simplemente interpretativa detentada por los capillismos, siempre discutibles y pendientes de verificación o del criterio de falsabilidad (o falibilidad) del más nihilista que escéptico K. Popper.

Aquí cabría preguntarse si el arte progresa. ¿Cuál es el “progreso” o el nexo que va de Velázquez a Mondrian, de los bisontes rupestres al “Guernica” de Picasso? Hay progresos técnicos y estilísticos (romper la perspectiva renacentista), pero ¿artísticos? Incluso se podría hablar de un “regreso” cuando se observan los garabatos de Miró. Los dibujos primitivos de bisontes, los ídolos, los murales bizantinos, se crearon para la magia o el culto. Los vitrales góticos o los murales de Giotto -que sería el primer pintor “burgués”-, tuvieron un origen extraartístico. El “Guernica” no es un cuadro “bello” ni Picasso lo quiso así. Alzaprimaba más el significado que, digamos, el valor estético o el goce de la pintura-pintura. Siempre decía que no se puede pintar lo que no hay frente a onirismos metafísicos. Picasso era un pintor realista (y francés de escuela).

Pero la cosa se complica si nos vamos a la autorreferencialidad que supone la tendencia hacia la abstracción desmaterializada donde, como en Malévich y su “Cuadrado negro sobre fondo blanco” (1913) “no se pintaba nada”. Ante tanta arbitrariedad, sólo parece quedar el criterio del gusto -como se ve, volvemos a lo mismo en lo que parece ser un círculo cerrado e irresuelto o vicioso- como una variable personal que, además, estaría condicionado por la moda, las circunstancias históricas, los prejuicios (“¿pero esto es una mujer?”, le preguntó una dama al Mattisse más fauvista, a lo que respondió: “no, señora, esto es un cuadro“), la educación artística o la carencia de ella.

El lábel aristocrático de Ortega y Gasset dividiría al público entre los que entienden de arte y los que no, o sea, entre la minoría elitista (incluido él, claro) y la mayoría mostrenca. Para Hegel, probablemente, el ideal del arte (que para él se había muerto con el final de la historia (burguesa)) sería la nada absoluta que se aproximaría a su entelequia quimérica (y platónica). Malévich sería hegeliano. Tampoco serviría el “consenso social”. Ni el relativismo ni el dogmatismo resistirían un examen en materia tan subjetiva y hasta arbitraria como es un juicio estético. Según Arthur C. Danto, un crítico estadounidense, “los museos, las galerías, pueden elevar un objeto cualquiera a la categoría de obra de arte”. El famoso mingitorio de Duchamp parece avalar este aserto.

Para los griegos la belleza corporal era un don divino. Las esculturas debían ser bellas como los dioses representados. De ahí se pasa -saltándonos siglos- al feísmo de una máscara africana o un grotesco goyesco. Para Danto, todo empezó con la actitud de los dadaístas que rechazaron la idea de la belleza por no someter su trabajo al gusto de una clase dominante que había llevado a la terrible y traumática carnicería de la I Guerra Mundial. Goya, que era un afrancesado, pinta escenas contra el invasor napoleónico y la barbarie de la guerra. Y, sin embargo, la contemplación de las ruinas griegas nos siguen admirando -nos dice Marx- a pesar de pertenecer a un modo de producción superado.

Una historia del arte como ciencia fija -volvemos a Fernández Arenas-, con unos principios, unos métodos propios y unos medios, que permitan llegar a conclusiones determinadas, no ha existido nunca. Y tal vez no llegue nunca a existir.

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Los nuevos cenizos

Echa uno de menos en estos tiempos de pandemia -y de crisis estructural económica del capitalismo- la aparición de profetas, agoreros, gurús e iluminados como en la Edad Media con sus admoniciones y condenas a la plebe y humanidad entera por sus pecados y desórdenes. Antes de que Marx descubriera y despanzurrara las leyes del capitalismo, las crisis económicas se atribuían mayormente a causas ajenas a la mano del hombre: climáticas, sobre todo. Con Adam Smith y Ricardo ya se apuntaba a dar explicaciones más “científicas”. Para remediarlas surgieron voluntariosos “arbitristas” con sus elixires y vademécums que sanarían las caquexias y disfunciones, o bien naturales o humanas.

En el siglo XIX se optaba por el proteccionismo o el liberalismo. Y en el XX (y antes) claramente por el imperialismo. En el siglo XXI brotan nuevos arbitrismos que pondrán esparadrapos a la heridas capitalistas: Josep Stiglitz, Paul Krugman o cualquier premio Nobel. Nunca irán a la raíz del problema, como pedía Marx. Tal vez porque formen parte del problema.

En tiempos medievales la ideología dominante era monopolio de la Iglesia cristiana (agustinismo, escolástica tomística…). El muy terrenal y telúrico modo de vida de la jerarquía católica, especialmente en el Vaticano de los Borgia, escandalizaba a espíritus puristas y ascetas como, por ejemplo, el florentino Savonarola (pero también Lutero en su visita al Vaticano donde se quedó ojiplático de lo que vió, y eso que él gustaba de la buena cerveza, y que no faltara). Savonarola y su “cruzada” purificadora, que no mística, arremetía contra las abundosidades y demasías curiales y contra desenfrenos populares (carnavales, etc.). Su intención era volver a tiempos anteriores más devotos y piadosos, ni siquiera a “herejías” viejas como el catarismo que preconizaba la vuelta a un cristianismo primitivo, originario, igualitario, iconoclasta y casi revolucionario.

Pero su destino fue el mismo: la hoguera. Su delito: cuestionar el poder, eclesiástico, en este caso. Su pecado: no predicar en el desierto, como Simón el Estilita, sino en plena plaza pública apuntando a diestro y siniestro.

Cuando hubo alguna pandemia, como la peste, verbigracia, al menos Boccaccio nos dejó “El Decamerón”. Y no faltaron bocotas catastrofistas anunciando el Apocalipsis por culpa del vulgo, siempre el vulgo, como hoy que se va de botellón y fiesta, si pueden, claro. Los protagonistas del Decamerón, jóvenes hijos de pudientes, huyeron de la peste a las afueras de la ciudad para ejercer su “carpe diem”. Tiempos de analfabetismo y terrores milenaristas.

Hodierno, casi lo mismo, pero con diferencias. Hoy la plebe está más preparada y no existen los agoreros que maldicen comportamientos humanos ni profetas que nos dicen que nos lo tenemos merecido. Sin embargo, haberlos, haylos. Sólo que en distinta forma, atuendo y disfraz. Con bata blanca y título. Son los virólogos, urgenciólogos, epidemiólogos, planta que crece alimentada por los medios de propaganda y desinformación, que son sus tribunas, como los agoreros ululaban sus venablos en los ágoras y plazas (si se fijan, observarán que cada canal de televisión tiene su propio “experto” fichado en “propiedad exclusiva”, aunque los hay promiscuos, como, por ejemplo, el vestiglo Margarita del Val o el mediático urgenciólogo, se dice así, Carballo, a quien sus colegas, por cierto, le han recordado que, desde que va de vedette por las televisiones, no se le ve el pelo por los hospitales, qué cosa. O Badiola.

Se trata de que sus rostros nos sean “familiares”, confiables, por tanto). Son estos especiosos especímenes los nuevos oráculos que suplantan a los antiguos arúspices. Tienen título, salen en la tele, y, por lo tanto, no son charlatanes. Sus mantras son sagrados. Nunca se ve una voz mínimamente discordante. Y su dedo índice enhiesto señala a los nuevos pecadores, que, tratándose de temas sanitarios, no son comunistas, como les pediría el cuerpo, quizá, sino los… negacionistas. Un saco -el negacionismo- donde cabe toda clase de bicho viviente.

Antes de que el oficialismo de los voceros sanitarios -la OMS, la EMA- empiecen a ser cuestionados, o se vea que la mayor parte de los supuestos “expertos” no saben lo que dicen, pero no callan, que son delincuentes, o algo peor, si cobran inconfesables coimas, crean sus propios anticuerpos, esto es, los “negacionistas”, estos son los verdaderos culpables con sus escepticismos e insolidaridades, con sus cuestionamientos de mascarillas, cierres perimetrales, confinamientos, etc., a estos hay que estigmatizar y crear un “apartheid” sin pasaporte sanitario por no vacunarse. Ello contribuirá, de paso, a histerizar y lobotomizar más a las masas, a mantener la tensión, el pánico, el control. Y, si encontramos un chivo expiatorio (un pharmakos, se decía en griego) en quien poner rostro y donde descargar las frustraciones, mejor. Por ejemplo, Miguel Bosé, un juguete roto, un desequilibrado, un drogadicto y un conspiranoico con sus gobiernos de Spectra y agentes 007, una secta peligrosa, vaya.

Ya tenemos el escenario: los “buenos” (la liga de los con bata), y los “zumbaos” (ya saben…). Siendo que todo lo hacen, gobiernos, farmafias, mass media, gurús, por nuestro bien. Puritita munificiencia, altruismo.