Flamenco: un sentimiento

A Alfredo Grimaldos

Situábamos en una entrega anterior a Alfredo Grimaldos en una corriente «purista» del flamenco, pero, nos importa decir, no renuente o cerrada a innovaciones que lo enriquecieran, sino a lo que se entendía como desvirtuación y hasta degeneración del cante personificada en, como decíamos en el artículo anterior, Pepe Marchena, que lo superficializó, o un Juanito Valderrama a quien Fernando Quiñones trata despiadadamente: «filoxera de gorgoritos y repipieces que nada tienen que ver con el cante por alegrías». Contra esto se manifestaban quienes acudían a los cabales (Grimaldos dirigió una revista titulada «Cabal») a escuchar lo depurado, aún en minoría, y no el gorgorito, socolor de mayoritario. O más «popular», lo que lleva a hacerse la pregunta que se hacía la peña en los años sesenta-setenta del siglo pasado: ¿popularización o elevación del arte flamenco? Pregunta, por cierto, con ecos maoístas. ¿Continuar elevando el flamenco hasta alcanzar sus más altas formas expresivas o popularizarlo en desdoro de un (supuesto) tarro quintaesenciado? El problema, el dilema, es falso. Es la unión de los dos. Para elevar una cosa es necesario conocer su base. Por otra parte, ¿a partir de qué flamenco comenzamos a «elevar»? ¿A partir del flamenco de las juergas de los señoritos (a cuyos cortijos tenía que ir, para comer, un Valderrama, por ejemplo, entre otros) y toreros? ¿O lo elevamos a partir de su origen que no es otro que el pueblo?

El flamenco es la cultura revolucionaria de todo un pueblo, más sentimiento que música. La más bella muestra de que Andalucía no es la imagen tópica de una pandereta y unos cascabeles, señoritos, caballos, toros y demás hipotipos que constituyen el nacional-flamenquismo. El más originario y primitivo es la toná, y de ahí, la siguiriya, el martinete o una serrana que dice:

Por la Sierra Morena
va una partía
y al capitán le llaman
José María.

No será preso
mientras su jaca torda
tenga pescuezo.

El capitán José María no es otro que José María «el Tempranillo». Es evidente la simpatía con que es tratado quien pasara por ser un bandolero. Ahora bien, ¿por qué estas siguiriyas, y otras, son hoy tan desconocidas? Es claro que se trataría de, una vez minusvaloradas, cuando no eliminadas, esas letras «subversivas», engordar la especie que informa del flamenco como una «melancólica resignación». Y si es verdad que el cante bueno duele, no alegra, sino duele, un sentimiento, que decía Manuel Torre, también lo es el «marchenismo», los «tablaos» para turistas, el destrozo de las «sevillanas» como moda, Manolo Escobar, etc. Sin olvidar que, como dicen los buenos cantaores, «pa cantar siempre bien están los jilgueros», es decir, que unas veces se canta bien y otras no tan bien, pero jamás trinos facilones. O que la «politización» del flamenco no vino -contra lo dicho por «flamencólogos» duchos- de los Gerena o Meneses o Morente, sino de los «Antonio Molinas», los «Valderramas», etc. Una «despolitización» paradójica.

Reproduciremos a continuación unas letras, pocas, de los Cantes de Pepe Taranto y Laura Díaz, que son quejío y denuncia, desgarro y apuntamiento.

Las dos barajas

Juegan con las dos barajas
el pueblo debe saber:
una pá seguir ganando
la otra para no perdé.

Haremos una montaña:
una montaña haremos,
si tó los puños unimos
y piedrecitas ponemos.

¿Qué remedio te quea?
sino te quieres ver
metiíto en el yugo
como ahora te vés.

Sigues las reglas del juego,
y debiera darte vergüenza;
estás engañando al pueblo.

Nunca tú conseguirás
romper los lasos del pueblo
por mucho que tú lo intentes.
Pero sí conseguirás
unir los hombres en un frente.

Noches oscuras

Nochesitas oscuras
de espinos y fronteras
tienen que saltar
mare, el que se revela

(las faltas de ortografía son propias de quien no fue enseñado a leer ni escribir)

A gusto yo nunca he vivío
yo vivo rabiando
tú tienes la culpa
espada y bastón
que yo esté penando.

No tengo yo que perder
ni menos mis compañeros
si yo me curo la hería
y las «caenas» yo pierdo.

No es menos el que se equivoca
que aquel de mucho saber
que errores se cometen
luchando para vencer.

No merece compasión

No merece compasión
quien siendo esclavo no quiere
encontrarle solución.

¡Levanta, hermano!

Levanta, hermano, no humilles
tu corazón jornalero
Que el trigo te siente libre
entre tus puños de acero.

El trigo se siembra a mano
y a mano lo siembro yo
otro viene y se lo lleva
y a mí me queda el sudor.

De las minas de la unión
yo salgo negro de pena
tengo a mi hijo en prisión
por levantarse en la huelga
pa acabar la explotación.

Entre rejas

Ayer te vi yo entre rejas
una estrella nos unía
no desesperes hermano
que ya se está acercando el día
compañero de mis venas.

Tengo el corazón partío
de tanto gritar y gritar
los gritos que yo estoy dando
alguien los escuchará.

Como puede notarse, son letras de extracción y sabor agrominero de tintes anarquistas.

Más información:
– Alfredo Grimaldos: fulgores revolucionarios y pasiones flamencas
– El flamenco con la resistencia antifascista

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