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Categoría: Cultura (página 6 de 8)

Alfredo Grimaldos: fulgores revolucionarios y pasiones flamencas

Al fulgor político revolucionario de Alfredo Grimaldos Feito por querer transformar -y no sólo interpretar- el mundo injusto que le tocó vivir y padecer haciendo de él un trabajador intelectual comprometido con las clases trabajadoras desfavorecidas y explotadas, hay que unir la otra pasión de su vida: su amor indesmayable al cante jondo, al flamenco.

Madrileño hasta las cachas como era, muy de Las Ventas donde nació, adoraba esas «jonduras» gitanas originarias de la Baja Andalucía: Sevilla, Cádiz, Triana, Jerez.

Además de haber sido director de varias revistas -y crítico musical en otras- de carácter político (entre ellas «Área Crítica», que no suele citarse mucho), también lo fue de una de información flamenca de nombre «CABAL» editada por verdaderos sosias amantes del flamenco. Grimaldos era muy conocido y apreciado en esos ambientes donde se reunían en locales -cuevas- a escuchar cante auténtico, puro, con duende, si había suerte, como un lance inspirado de Curro Romero. Y es que Grimaldos era de la escuela del flamenco-flamenco, un purista. Nada que ver con la utilización política que se hizo de él durante el franquismo, un nacional-flamenquismo, y también antes de él. Ahondar en el flamenco, en sus raíces, es ahondar en las heridas de un pueblo hasta dar con sangre. Que eso son las siguiriyas, voces antropológicas, desgarradas, sin música ni guitarra ni palmas, a solas, con compás interno. Una cultura de gitanos «incultos», analfabetos, machacados, y asentados en esa Baja Andalucía donde comienzan a elaborar sus propios cantes, primero en círculos familiares, y en sus fiestas privadas, desde luego, para ir trascendiendo al exterior. Por supuesto que tal elaboración la realizaron sobre las canciones y las danzas populares andaluzas existentes allí, pero que hasta que los gitanos no actuaron sobre ellas no eran flamenco. Pero decir que raza y flamenco es un binomio es acientífico.

La popularidad del flamenco -obsérvese que no hemos escrito, al menos todavía, la palabra folklore, y no sabemos si lo llegaremos a hacer- se fue extendiendo a costa de, digamos, su virtuosismo original. Hacia finales del siglo XIX apareció una nueva expresión social del flamenco: los «cafés-cantantes». De las oscuras cuevas y patios por donde el flamenco empezó su andadura se había llegado -gracias a Silverio Franconetti- a un nuevo fenómeno de comunicación. Es el momento en que el flamenco deja de ser producto de una minoría para poder ser oído por más personas. A estos «cafés» pronto les nació un rival que acabaría con ellos: los «escenarios teatrales». En ellos ya no se populariza tanto el cante como se le comercializa, se trata de ganar dinero a costa de un arte convirtiéndolo, como veremos, en un sub-arte. Un arte que no daba dinero; un sub-arte que sí lo daba desnaturalizando el cante con trajes de lunares, sombreros cordobeses… devolviendo los cantes «puros» a los corrales léase cuevas y patios para minorías más exquisitas que egregias a lo Ortega y Gasset. Fueron los años 40-60 del siglo pasado cuando se alcanza el mayor auge de este sub-arte, con un tándem Manolo Caracol-Lola Flores como figuras. O Juanito Valderrama. O, en su vertiente literaria, los hermanos Serafín y Álvarez Quintero.

Don Antonio Chacón puede servir como nexo de unión entre dos épocas bien definidas del arte flamenco: la clásica, la edad de oro, y la teatral, en que el cante avanzó en la conquista de públicos mayores. Esta fue la tarea de Chacón (y antes de S. Franconetti que sacó el cante de la taberna). Pepe Marchena cerraría el ciclo llevando el flamenco a la total vulgarización con el operismo. Tres payos. El «marchenismo» hizo mucho daño. Mixtificó el cante de Andalucía, lo frivolizó, a fuerza de suavizarlo y dulcificarlo lo hizo superficial, le quitó seriedad. Se impusieron vestimentas barroquizantes e incluso se empezó a cantar de pie -leso pecado de folklor- cuando todo el mundo lo hacía sentado al viejo estilo. Ni que decir tiene que hablar de «duende» -que nadie, ni siquiera un Menese sabe definir qué cosa sea salvo eso: «mover la cosa»- es una impostura. Se desmeduló la forma-fórmula de tal manera que los géneros de mayor dificultad se convirtieron en pura caricatura. Grandes cantaores ha habido que con muy poca voz han cantado los estilos en toda su verdad, sin desvirtuarlos, pues no se olvide que en el arte flamenco no importa tanto la voz como el rajo y la jondura. Impuso el cante «bonito» a base de gorgoritos y falsetes y filigranas.

Y con Marchena vino el «marchenismo», la ópera flamenca, la distinción de «cantaores jondos» y «cantaores flamencos» cuando el concepto de flamenco es indivisible. Se produjo un éxodo de buenos cantaores hacia la ópera flamenca para hacer dinero y vivir (p.ej. la Niña de los Peines; los cantaores vivían malamente). Se habló de que de esa manera se brindaba libertad y variedad a los estilos tradicionales. La oposición que suscitó la ópera flamenca (imagine el lector qué se diría del «flamenco-rock» más reciente, nosotros somos incapaces) sólo fue evidenciado en el marco de los CABALES que miraron a los operistas como a una rama completamente distinta del flamenco. Reunirse en los «cabales» con audiencia minoritaria es lo que hacía Alfredo Grimaldos con un vino a modo. Es lo que los cantaores llaman «estar a gusto».

Tomamos nota de Julio Vélez y Ángel Álvarez Caballero.

Homenaje a todos aquellos que no venden su palabra a cambio de un sueldo

Compañera, Patxi Andion, 1971

Duerme sin fin compañera y no sepas lo que pasa.
Duerme tu hijo en el sueño. Duerme sin miedo y sin dueño.
Ayer me daban dinero para comprar mi silencio,
por eso mientras tú duermes, escribo hoy estos versos.

Muchos piensan que arrendé a los que pagan mi canto.
No les daré desencanto, más les diré lo que di
a los que tienen la plata: mucho susto y mucha lata.

No me arrienda la ganancia de mi canto en los salones.
ni tampoco las razones del que presume pureza.
A mí me infunden tristeza, los que juegan de santones.

Me han pinchado por todas partes y por todas partes
me han criticado el grito. Otros me dan y yo quito,
la importancia a mi guitarra, que las mentiras desdeña
y a mis verdades se agarra.

Bien señores: se acabó el tiempo del acomodo
y les he dicho lo que pasa y he sentido. No se ofendan,
no hay motivo, más ninguno se haga el sordo
que todos antes me oyeron y hasta algunos aplaudieron
cuando he cantado al amor.

No se olviden que el dolor, no calla a quienes lo hicieron.

No cantaré compañera sino a la carne y al hueso,
y dejaré las razones a los que saben de eso.
No venderé mi guitarra, no la ganará el silencio, ni el interés,
ni el desprecio, mi canto… mi canto no tiene precio.

Guarden su oferta señores, están perdiendo su tiempo.
No me importa que se ofendan: se equivocaron de tienda,
porque aquí nada está en venta.

Habría que saberlo, Patxi Andion, 1971

Acaso una palabra, vendida por un sueldo
podría definirme, ponerme nombre al cuello
con bordes y con grapas, como un palafranero

Habría que saberlo
habría que saberlo

Acaso alguna tarde, perdido por mí mismo
buscando los rincones, sacando el polvo de ellos
sabría que soy algo, sabría que no han muerto

Habría que saberlo
habría que saberlo

Habría que pensar
habría que pensar
habría que pensar sin miedo

Acaso una mirada, con verdad por dentro
podría convencerme, de que no me estoy vendiendo
que aun tengo una mirada, perdida en un espejo

Habría que saberlo
habría que saberlo

Acaso sea mi duda, la que me paga el sueldo
acaso la esperanza, de darme tiempo a verlo
y andarme yo por dentro, sin prisa y sin consuelo

Habría que saberlo
habría que saberlo

Habría que pensar
habría que pensar
habría que pensar sin miedo

Acaso soy un sueño, que vive sin saberlo
acaso soy el pueblo, que da apellido al verbo
hundiendo la barbilla, al fin del mundo entero

Habría que saberlo
habría que saberlo

Acaso la palabra, vendida por un sueldo
acaso la esperanza, acaso sea mi duda
acaso sea el pueblo, acaso sea el verbo

Quien pueda convencerme, que no me estoy vendiendo
que aun soy una esperanza, pintada en un pañuelo

Habría que saberlo
habría que saberlo

Habría que pensar
habría que pensar
habría que pensar sin miedo

La naturaleza clasista del confinamiento: el caso de Rusia

El 84 por ciento de los niños rusos confinados en sus casas presentan síntomas más o menos graves de trastornos mentales, según una investigación del Ministerio de Salud.

La mitad de los trastornos son depresiones y la otra mitad astenias, sin mencionar la desmotivación por el aprendizaje.

El Ministerio de Sanidad ruso ha publicado los resultados de un estudio sobre las consecuencias de la enseñanza a distancia (*) que confirma las preocupaciones de quienes reclaman el fin del confinamiento.

Hay que aclarar que la investigación se ha llevado a cabo sólo en las escuelas públicas porque sólo en ellas han impuesto la enseñanza en línea, lo cual demuestra, por enésima vez, la naturaleza clasista y no sanitaria de la pandemia. ¿Acaso el virus circula más en las escuelas privadas que en las públicas?

El hecho es que, una vez más, han sido los niños más desfavorecidos los que se han visto sometidos a un experimento de desocialización y enseñanza a distancia cuyas peores consecuencias se manifestarán a largo plazo.

Ninguno de estos experiimentos absurdos tienen explicación: los negocios -igualmente privados- de hostelería se deben cerrar por el toque de queda, pero las escuelas privadas deben permanecer abiertas porque -al parecer- el virus se frena a sus puertas.

El cierre de las escuelas públicas es, pues, otro experimento de educación a distancia, que supone la negación misma de la educación a aquellos niños que no se pueden pagar una formación presencial. En otras palabras, es el fin de la educación universal.

Lo que no podemos ni siquiera suponer como hipótesis es que al gobierno ruso no le importa la salud de los niños ricos y por eso permite que se contagien yendo a la escuela.

Evidentemente es al revés: lo que no le importa es la salud de los niños pobres y con el pretexto de su salud física aniquila su salud síquica. De ahí que, como otros gobiernos del mundo, el ruso haya comenzado a incrementar los presupuestos dedicados a la atención sicológica y a la salud mental… aunque la atención sicológica sea también a distancia, es decir, que nunca podrá ser tal atención.

Están habituando a los niños desde pequeños a permanecer encerrados en sus casas, con un móvil en la mano o ante una pantalla de televisión. Es el intento de destruir una generación y moldear una sociedad de discapacitados permanentes.

(*)https://www.kommersant.ru/doc/4616598?from=main_11

400 años de negacionismo: el Caso Moliere

Hace falta mucha mala leche para representar “El enfermo imaginario” de Moliere en medio de una pandemia, como está haciendo la Compañía Nacional de Teatro Clásico en Madrid, bajo la dirección de Josep Maria Flotats.

Es una crítica brutal y corrosiva de la sociedad de hace 400 años a través de sus médicos y sus enfermos. Por eso los más grandes, como Moliere, son clásicos. No importa el momento en el que sus obras se representen: parece que han sido escritas para hoy mismo.

En la obra Moliere habla de sí mismo y aclara que “no se mete con los médicos, sino con la ridiculez de la medicina”. Hasta la época moderna eso ha sido bastante habitual. Que el cómico francés critique “el cuento de la medicina” se puede explicar; que haga lo mismo con los enfermos, aunque sean imaginarios, puede enfadar a más de uno. Está feo burlarse de los que sufren. Hoy sería encarcelado por un delito de odio.

Sin embargo, para Moliere los médicos y los enfermos son dos partes de la misma ecuación, de tal manera que al final de la obra el enfermo (imaginario) acaba logrando el título de médico (igualmente imaginario). Es la negación de la negación. Los enfermos necesitan un médico, pero estos también necesitan enfermos, y si no los tienen se los inventan, los crean y los fabrican.

La producción mundial de enfermos está alcanzando ahora su culminación con la pandemia, todo un mercado que aún está por explorar.

Moliere tiene varias obras maestras sobre medicina, además de “El enfermo imaginario”. Lo mismo que hoy, los médicos del siglo XVII trataban de impresionar a sus pacientes vistiéndose de una manera solemne y hablando una jerga incomprensible. Como entonces no existía el Sars-Cov2 ni el ARN, recurrían al latín y al griego para demostrar nuestra ignorancia.

“Clysterium donare, postea saignare, ensuita purgare” (primero meter una lavativa, luego hacer una sangría y finalmente purgar). En el siglo XVII era una fórmula tan mágica como hoy las vacunas, y la escena del médico recorriendo el escenario con una lavativa gigantesca en la mano para metérsela por el culo al enfermo (imaginario) es tan potente como la de Pfizer a la caza de millones de personas sanas para hacer lo mismo… aunque sea por otro orificio distinto.

Al comediante francés no le bastó con los médicos y la emprende con la enseñanza, las universidades y los catedráticos, que hace 400 años hacían lo mismo que hacen hoy universidadades, como la Rey Juan Carlos, entre otras: vender títulos de medicina y de cualquier otra disciplina al primer patán que se presenta acreditado por enchufes, recomendaciones o simplemente poniendo el dinero encima de la mesa.

Lamentablemente ya no hay apenas autores clásicos en ninguna disciplina, ni del arte ni de la ciencia, y a medida que alguien se acerca a las universidades, la situación empeora. La enseñanza mutila casi por completo el más mínimo sentido crítico de los alumnos. El atrevimiento salvaje de Moliere ha sido erradicado y el mundo se ha llenado de tabúes, de los cuales la medicina no es más que un triste ejemplo.

Pidiendo la hora

Pedí educadamente la hora a un ciudadano y me dijo que no tenía derecho a saberla hasta que no condenase la violencia. Sentí una primaria pulsión de zarandearlo pero recordé mis títulos universitarios y me contuve. Discurrí que no había ilación (sin hache) lógica entre saber la hora y execrar la violencia. Pero mis reflejos son premiosos.

Entre tanto, telefoneé a un amigo con la esperanza de que tuviera la gallardía -en honor de viejas farras- de darme la hora pero, en lugar de eso, recriminó mi desfachatez por importunarlo sin antes haberme desmarcado de la violencia. No entendí pero tampoco indagué, aquello no era una novela policíaca. Recordé que fuí versificador y noté gazuza, lo que me recordó que era humano. O eso creía hasta entonces.

Resolví -no tenía dinero- dirigirme a un banco y rogar un préstamo de tres euros para vino y pan. Como poseo un alto concepto de la justicia, debo confesar sin remilgo que el banco se portó con exquisita corrección y no hizo alharaquientos. Era un banco sin ideología. Quizá por eso no me puso la condición de que negara la violencia. Es posible que el empleado observara en mí un estado de ánimo que lo indujera a creer que yo era un tipo digno de lástima incapaz de distinguir entre acto y potencia, causa eficiente y causa final, o saber qué cosa era la violencia y su fase suprema, la teología.

Mi mente es muy simple. No hago alardes. Sólo pido la hora en la vida. Me urge el hambre. Un hambre nada bizantina. Me negaron la pitanza en el bar que entré agumentando que yo y mi circunstancia era un indeseable que no ponía en solfa la violencia (hoy sería no llevar mascarilla) y que sólo si me arrepentía accederían a mi pedido. No fue bastante que mostrara mi modesto peculio en una economía libre de mercado pues, ofendidos, alegaron que ellos actuaban por ética, y que no todo en la vida consistía en el metal. Luego escupió al suelo. Deduje que era un idealista y yo un ser vil o, peor, un ente.

Salí del local, avergonzado, y doné mis monedas a un menesteroso. Fue algo instintivo, irreflexivo, indigno de un licenciado. Una señora vio mi postulación, que calificaría de altruista, y me dijo que yo era un bacilo, un virus, despreciable y poco heideggeriano por tratar de lavar mi infame conducta de no condenar la violencia entregando mi dinero a un pordioseto. Medio enajenado agradecí que la lady me redimiera y la pregunté si era miembro de alguna secta para que me admitiera.

Deambulé unos metros y una pesada bota me aplastó. Esa grosería me hizo ver que yo era un insecto repulsivo imaginado por Kafka. Dí orden a mi albacea para que detruyera estas borrajas pero, para mayor oprobio, me desobedeció. Y pasé a la posteridad.

La dominación a través del miedo

Ha sido un sarcasmo que el historiador Jean Delumeau eligiera este año para morirse. El autor de la monumental obra “Historia del miedo en occidente”, publicada en 1978 en dos tomos, quiso dejar el mundo en enero, justo cuando comenzaba un año tenebroso que, sin duda, le hubiera gustado conocer de primera mano. Leer más

Lo bueno, si breve, Monterroso (final)

Finalizamos esta serie de fábulas monterrosinas con una -la única que tiene moraleja implícita- que hizo exclamar a Isaac Asimov, cuando la leyó, que él «ya no sería el mismo». Se trata de…

El mono que quiso ser escritor satírico

En la Selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor satírico. Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le faltaba conocer a la gente y se aplicó a visitar a todos y a ir a los cocteles y a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la mano.

Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser mejor recibido aún.

No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era agasajado con júbilo tanto por las Monas como por los esposos de las Monas y por los demás habitantes de la Selva, ante los cuales, por contrarios que fueran a él en política internacional, nacional o doméstica, se mostraba invariablemente comprensivo; siempre, claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza humana y poder retratarla en sus sátiras.

Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara nada.

Entonces, un día dijo voy a escribir en contra de los ladrones, y se fijó en la Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente reflexionó que entre los animales de sociedad que lo agasajaban había muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.

Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso el ojo en la Serpiente, quien por diferentes medios -auxiliares en realidad de su arte adulatorio- lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos, sus cargos; pero varias Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían aludidas, y desistió de hacerlo.

Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos y se detuvo en la Abeja, que trabajaba estúpidamente sin saber para qué ni para quién; pero por miedo de que sus amigos de este género, y especialmente uno, se ofendieran, terminó comparándola favorablemente con la Cigarra, que egoísta no hacía más que cantar y cantar dándoselas de poeta, y desistió de hacerlo.

Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad sexual y enfiló una sátira contra las Gallinas adúlteras que andaban todo el día inquietas en busca de Gallitos; pero tantas de éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y desistió de hacerlo.

Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades y los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los amigos que compartirían su mesa y en él mismo.

En ese momento renunció a ser escritor satírico y le empezó a dar por la Mística y el Amor y esas cosas; pero a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos dijeron que se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto gusto.

Fin

He visto las calles ardiendo otra vez, Kortatu, 1986

He visto las calles ardiendo otra vez.
He visto las calles ardiendo otra vez.
Has vivido mucho en tan poco tiempo.
La vida va deprisa todo se va pudriendo.
Mira los chavales qué fuerte vienen dando.
A la calle, a la calle, que se lo están currando.
He visto las calles ardiendo otra vez
He visto las calles ardiendo otra vez.
Andas despistado no sabes qué hacer.
Ya va siendo hora que esto empiece a arder.
A sentir otra vez el calor en las calles.
Mira cómo corren entre el fuego los chavales
He visto las calles ardiendo otra vez.
He visto las calles ardiendo otra vez.

Lo bueno, si breve, Monterroso

Seguimos, un capítulo más, será el penúltimo, con Monterroso, quien escribe: «en un cuento moderno a nadie se le ocurre decir cosas elevadas porque se considera de mal gusto, y probablemente lo sea. En cambio, si usted atribuye ideas elevadas a un animal, digamos una pulga, los lectores sí lo aceptan porque entonces creen que se trata de una broma y se ríen y la cosa elevada no les hace daño o ni lo notan». En esta suerte de zoología moral -que no es tal-, Monterroso acaba pasándole un contrabando al lector eludiendo su censura. Vamos con unos pocos.

Sansón y los filisteos

Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue después a Sansón con Dalila aliada a los filisteos. Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos. Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos.

Únete siempre a los filisteos.

Caballo imginando a Dios

A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el Caballo.

Todo el mundo sabe -continuaba en su razonamiento- que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete.

La parte de León

La Vaca, la Cabra y la paciente Oveja se asociaron un día con el León para gozar alguna vez de una vida tranquila, pues las depredaciones del monstruo (como lo llamaban a sus espaldas) las mantenían en una atmósfera de angustia y zozobra de la que difícilmente podían escapar como no fuera por las buenas.

Con la conocida habilidad cinegética de los cuatro, cierta tarde cazaron un ágil Ciervo (cuya carne por supuesto repugnaba a la Vaca, a la Cabra y a la Oveja, acostumbradas como estaban a alimentarse con las hierbas que cogían) y de acuerdo con el convenio dividieron el vasto cuerpo en partes iguales.

Aquí, profiriendo al unísono toda clase de quejas y aduciendo su indefensión y extrema debilidad, las tres se pusieron a vociferar acaloradamente, confabuladas de antemano para quedarse también con la parte del León, pues, como enseñaba la Hormiga, querían guardar algo para los días duros del invierno.

Pero esta vez el León ni siquiera se tomó el trabajo de enumerar las sabidas razones por las cuales el Ciervo le pertenecía a él solo, sino que se las comió allí mismo de una sentada, en medio de los lagos gritos de ellas en que se escuchaban expresiones como contrato social, Constitución, derechos humanos y otras igualmente fuertes y decisivas.

El paraíso imperfecto

Es cierto -dijo melancólicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

El Zorro es más sabio

Un día que El Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.

Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.

El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro.

Desde ese momento el Zorro se dio, con razón, por satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa. Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir «¿Qué pasa con el Zorro?», y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

-Pero si ya he publicado dos libros, respondía él con cansancio.

-“Y muy buenos” -le contestaban-; por eso mismo tiene usted que publicar otro.

El Zorro no lo decía, pero pensaba: “en realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer”.

Y no lo hizo.

(*) El Zorro era Juan Rulfo.

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