Pidiendo la hora

Pedí educadamente la hora a un ciudadano y me dijo que no tenía derecho a saberla hasta que no condenase la violencia. Sentí una primaria pulsión de zarandearlo pero recordé mis títulos universitarios y me contuve. Discurrí que no había ilación (sin hache) lógica entre saber la hora y execrar la violencia. Pero mis reflejos son premiosos.

Entre tanto, telefoneé a un amigo con la esperanza de que tuviera la gallardía -en honor de viejas farras- de darme la hora pero, en lugar de eso, recriminó mi desfachatez por importunarlo sin antes haberme desmarcado de la violencia. No entendí pero tampoco indagué, aquello no era una novela policíaca. Recordé que fuí versificador y noté gazuza, lo que me recordó que era humano. O eso creía hasta entonces.

Resolví -no tenía dinero- dirigirme a un banco y rogar un préstamo de tres euros para vino y pan. Como poseo un alto concepto de la justicia, debo confesar sin remilgo que el banco se portó con exquisita corrección y no hizo alharaquientos. Era un banco sin ideología. Quizá por eso no me puso la condición de que negara la violencia. Es posible que el empleado observara en mí un estado de ánimo que lo indujera a creer que yo era un tipo digno de lástima incapaz de distinguir entre acto y potencia, causa eficiente y causa final, o saber qué cosa era la violencia y su fase suprema, la teología.

Mi mente es muy simple. No hago alardes. Sólo pido la hora en la vida. Me urge el hambre. Un hambre nada bizantina. Me negaron la pitanza en el bar que entré agumentando que yo y mi circunstancia era un indeseable que no ponía en solfa la violencia (hoy sería no llevar mascarilla) y que sólo si me arrepentía accederían a mi pedido. No fue bastante que mostrara mi modesto peculio en una economía libre de mercado pues, ofendidos, alegaron que ellos actuaban por ética, y que no todo en la vida consistía en el metal. Luego escupió al suelo. Deduje que era un idealista y yo un ser vil o, peor, un ente.

Salí del local, avergonzado, y doné mis monedas a un menesteroso. Fue algo instintivo, irreflexivo, indigno de un licenciado. Una señora vio mi postulación, que calificaría de altruista, y me dijo que yo era un bacilo, un virus, despreciable y poco heideggeriano por tratar de lavar mi infame conducta de no condenar la violencia entregando mi dinero a un pordioseto. Medio enajenado agradecí que la lady me redimiera y la pregunté si era miembro de alguna secta para que me admitiera.

Deambulé unos metros y una pesada bota me aplastó. Esa grosería me hizo ver que yo era un insecto repulsivo imaginado por Kafka. Dí orden a mi albacea para que detruyera estas borrajas pero, para mayor oprobio, me desobedeció. Y pasé a la posteridad.

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