Una de las películas que hizo grande al cine soviético: ‘La Huelga’ de Serguei Eisenstein

Dos oscuras chimeneas de la fábrica, que se alzan hacia un cielo partido por un cable eléctrico, vomitan su humo negro. Sin avisar aparece un enorme burgués, reconocible por su estado de forma, que observa a sus empleados caminar como hormigas. Un título nos dice que todo está en calma en este mundo de hierro donde hasta el cielo está atravesado por vigas metálicas que encierran a los trabajadores como en un aviario.

Luego viene un gigantesco “HO” (“pero”, en ruso). Sin previo aviso, la O, círculo, símbolo de unidad e igualdad, ataca la H, cuadrada y rectilínea, haciéndola caer.

Bajo una rueda que gira -símbolo de la imperturbable y opresiva máquina- las sombras se juntan y susurran algo. Tiene lugar otro encuentro en el reflejo de un charco y, además, en la dirección opuesta. El decoro capitalista por un lado. A partir de ahí, la voluntad de derrocar el orden establecido se desarrolla gradualmente.

Eisenstein tiene 25 años cuando rueda esta película. Antiguo estudiante de ingeniería y veterano de la Guerra Civil, ha estado trabajando en todos los campos de las artes durante el último año. Es un firme partidario del socialismo y su proyecto es un ciclo de 7 películas que retratan los pasos hacia la Revolución de Octubre. Sólo “La Huelga” verá la luz del día.

Es una película de propaganda sin matices, totalmente comprometida con la causa del Partido Bolchevique y forma parte del objetivo de Eisenstein de educar al proletariado y hacerlo consciente de su fuerza. El poder de los capitalistas es fruto sólo del trabajo de los proletarios; bastaría con organizarlos para que ese poder se derrumbe, como lo demuestra el que los trabajadores paren la rueda con un simple cruce de brazos.

Como es habitual en las películas soviéticas de la época, el tono está lleno de contrastres: los obreros son valientes y virtuosos, los burgueses y sus secuaces, engañosos y grotescos, comparados con animales tan amigables como el mono, el zorro o el bulldog. Las imágenes de animales sacrificados en un matadero se intercalan con la masacre de los huelguistas.

Pero es un error reducir “La Huelga” a su aspecto propagandístico
porque -ante todo- es un manifiesto que presenta a Eisenstein como un
verdadero cineasta del movimiento y el equilibrio. En “La Huelga” no hay
un personaje héroe porque la individualización de los protagonistas se
consideraba entonces como un elemento del espectáculo burgués. El héroe
son las masas proletarias, a veces encarnadas por ese joven trabajador
anónimo con cuerpo de atleta.

La masa se rueda como una
corriente continua e interminable diseñada para sumergirlo todo.
Regularmente avanza frente a la cámara, como para cruzar la pantalla e
invertir la realidad. Frente a esta fuerza vital del proletariado, la
fuerza mortal de la burguesía y sus aliados, el ejército y la mafia, es
todo lo contrario. Aparecen varias veces emergiendo de la tierra como un
ejército demoníaco.

La mayor parte de la película es
un gran duelo en forma de ballet entre las diferentes líneas de fuerza.
Después de haber pasado por el teatro, Eisenstein sabe que quien domina
el espacio está en una posición dominante. Por lo tanto, la masa
proletaria trata de invertir ese espacio y los capitalistas se empeñan
por impedirlo. Varias veces los soldados están en primer plano como para
separar a los huelguistas de la cámara (y por lo tanto del público, es
decir, de la realidad). Luego los huelguistas retroceden, pero por un
instante, un trabajador se interpone entre ellos y la pantalla, esta vez
para detener el desastre y reanudar el duelo. En cuanto al final, el
ejército finalmente supera el levantamiento y vemos a los trabajadores
atrapados y acorralados en pequeños rincones del campo.

El
martirio de los trabajadores es el tema principal de la película y
Eisenstein hace todo lo posible para que la masacre final sea chocante
para alimentar el fuego de la revuelta. Con este propósito perfila su
famoso montaje de atracción, que había teorizado un año antes. Se trata
de editar imágenes impactantes con las escenas de la película para
resaltar el horror de la última. Así, la matanza de los trabajadores se
compara con la del gran jefe con una forma alta de prensar su limón (el
limón atacando el cuero del zapato) o incluso más convincente, con la
matanza de una vaca desafortunada en un matadero.

Animales,
hay muchos en La Grève. La vaca mártir, por supuesto, los animales con
los que se relacionan los soplones, pero también hay osos, cabras,
cuervos, caballos y gatitos. Estos últimos, presentes en casi toda la
segunda parte, parecen estar intrínsecamente ligados al mundo del
trabajo y encarnan la franqueza de la huelga. Cuando el movimiento se ve
amenazado, son los gatos los que culpan de los golpes: la mujer de un
obrero amenaza con dejarlo si no vuelve a trabajar, un gatito se lleva
un zapato en la pelea; los gatos muertos y colgados adornan el marcador
de los bandidos que ayudarán a aplastar la revuelta, y cuando el
ejército mata a los obreros, vemos a un niño tirar un gatito desde el
tercer piso, poco antes de que un niño sea arrojado en el vacío por un
soldado.

Es sin duda uno de los principales temas que
Eisenstein explora: la amenaza de inocencia, la corrupción de la
franqueza. Al mundo armonioso, poblado por los hijos de los proletarios
se opone el mundo de la fábrica metálica y asesina (el suicidio de un
obrero mostrado como si fueran las propias máquinas las que lo mataran).
Los trabajadores son filmados en un grupo indistinto, alegremente
caótico y aéreo, los capitalistas están aislados, solos en sus aviones o
rígidamente dispuestos en cuadrados, vitrificados, similares a las
máquinas de las que se creen dueños. En Eisenstein el capitalismo divide
y encierra a la gente; impide el nacimiento de este mundo idílico
cercano al ideal de la naturaleza que es el comunismo al que aspira el
director.

“La Huelga” es una película que irradia tanta
fuerza que su tema trasciende todas las épocas. Casi se puede decir que en su primer
largometraje Eisenstein inventa el cine. O por lo
menos se debe reconocer que crea una nueva forma de cine, imitada pero
nunca superada.

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