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Un actor comunista que daba miedo en Hollywood: Bela Lugosi

El actor húngaro Bela Lugosi fue coronado “Príncipe de las tinieblas de Hollywood” por su interpretación del vampiro Conde Drácula en varias películas. Pero hoy poca gente sabe que fue un dirigente sindical y antifascista que luchó contra los monstruos de la vida real.

Lugosi nació como Bela Ferenc Dezso Blasko el 20 de octubre de 1882, en Lugos, Imperio Austro-Húngaro, ahora Lugoj, Rumania, a 80 kilómetros del castillo de Vlad III, el Conde Drácula. El joven Lugosi se sintió atraído por las artes. Expresó sus aspiraciones teatrales a su padre, un banquero conservador, que rechazó la elección de carrera de su hijo. Ya de espíritu rebelde, Lugosi se escapó de casa para perseguir sus sueños a los 12 años.

Después de hacer trabajos ocasionales como minero y maquinista, Lugosi hizo su debut en el escenario a los 20 años en 1902, adoptando el nombre artístico de Bela Lugosi al año siguiente. Los críticos lo llamaron “el Laurence Olivier de Hungría” y fue invitado a unirse al Teatro Nacional de Budapest.

Durante la Primera Guerra Mundial, se alistó en el Ejército Austro-Húngaro y obtuvo el rango de capitán en la Patrulla de Esquí de la 43 División. Fue herido durante el combate. Una vez completado su servicio, volvió a actuar.

A medida que el cine ganó popularidad como forma de arte, Lugosi protagonizó algunas de las primeras películas mudas de Hungría. Permaneció en el Teatro Nacional hasta 1918 cuando respondió a la llamada de la revolución obrera.

La existencia diaria en Hungría era una pesadilla de la que pocos podían escapar. Lugosi había protestado durante mucho tiempo por los bajos salarios, las condiciones laborales de explotación y el trato injusto de los actores jóvenes. Pronto reconoció las contribuciones que los artistas podían hacer a las luchas políticas.

En la Revolución húngara de 1919

Lugosi apoyó al Partido Comunista Húngaro, que fue fundado en diciembre de 1918, y a su dirigente, Bela Kun. Siguiendo el ejemplo de la Revolución de Octubre, un levantamiento de masas derrocó al antiguo régimen. La República Soviética de Hungría fue fundada el 21 de marzo de 1919.

Mientras la Bandera Roja de la naciente república ondeaba sobre el edificio del Parlamento durante solo 133 días, el gobierno de Kun introdujo las primeras protecciones legales para las minorías étnicas, la jornada laboral de 8 horas y mejores salarios.

Lugosi encabezó una manifestación de actores en marzo de 1919 y emergió como un organizador de alto perfil. Jugó un papel decisivo en la fundación de la Organización Libre de Trabajadores Teatrales, que más tarde se expandió hasta convertirse en el primer sindicato de actores de cine del mundo, el Sindicato Nacional de Actores.

Don Rhodes escribió que “Lugosi ayudó a combinar la Organización Libre de Trabajadores del Teatro y miembros de la industria cinematográfica en el Sindicato Nacional de Actores, y actuó como su secretario general”.

El primer congreso estatutario de la NTUA comenzó el 17 de abril de 1919. El discurso de Lugosi incluyó las palabras: “Hace medio año, inicié la lucha con la decisión de que se estableciera el sindicato nacional de actores socialistas”.

Entre los artículos de Lugosi publicados en “Szinészek Lapja” (“La página del actor”) había uno que discutía la explotación de los actores: “La antigua clase dominante mantuvo a la comunidad de actores en la ignorancia mediante diversas mentiras, la corrompió moral y materialmente, finalmente la despreció por lo que resultaba de sus propios vicios. El actor, que subsistía con salarios de hambre y estaba desmoralizado, a menudo se veía impulsado, aunque de mala gana, a ponerse a disposición de la clase dominante”.

El martirio es el precio del entusiasmo por actuar

Los sueños de una nueva nación duraron poco. La República Soviética de Hungría fue derrocada el 6 de agosto de 1919. El historiador Eugen Weber describió al gobierno posterior como “altamente conservador de gabinetes aristocráticos encabezados principalmente por grandes magnates terratenientes”.

Cuando una brutal reacción de terror blanco barrió el país, Lugosi huyó a Viena y trabajó en la industria cinematográfica de Alemania con una temporada en Berlín. Luego emigró a Estados Unidos en diciembre de 1920.

Mientras tanto, en Hungría, miles de comunistas y judíos fueron encarcelados, torturados y asesinados. Los comunistas llevaron una existencia clandestina precaria y solo resurgieron cuando el Ejército Rojo entró en Hungría en 1944.

Organizador sindical, voz contra el fascismo

Después de atracar en Nueva Orleans, Lugosi aprendió inglés y se fue a Nueva York, donde continuó actuando. En 1927 inauguró el papel del Conde Drácula en la versión teatral de Broadway de la novela de Bram Stoker. En 1931 repitió el papel en una adaptación cinematográfica, lo que lo convirtió en una estrella internacional.

Durante la Gran Depresión, jugó un papel activo en el sindicato “Screen Actors Guild”. Como miembro fundador de SAG, formó parte de la junta asesora del sindicato. Lugosi se organizó para el sindicato en el set de “El cuervo”, que coprotagonizó Boris Karloff, un miembro del SAG que era famoso por interpretar al monstruo de Frankenstein en 1935.

Para la Segunda Guerra Mundial, el dictador húngaro Miklos Horthy se alió con Adolf Hitler y los nazis. En oposición, Lugosi ayudó a formar el Consejo Húngaro-Estadounidense para la Democracia, pidiendo que “el nazismo sea erradicado por todas partes”.

Como miembro del Consejo, Lugosi fue el orador principal en un mitin el 28 de agosto de 1944 en Los Ángeles. Exigió que Washington rescatara a los refugiados judíos húngaros, presionara al régimen títere nazi de Horthy y aliviara las restricciones a la inmigración.

Rafael Medoff y J. David Spurlock escribieron: “Puede que haya retratado a villanos salvajes en la pantalla grande, pero en la vida real Bela Lugosi alzó la voz en protesta contra la salvaje persecución de los judíos en su Hungría natal” (Jewish Ledger, 3 de enero de 2011).

Los años de encasillamiento le redujeron sus papeles. La falta de ingresos, combinada con una adicción a la morfina provocada por dolencias físicas, lo dejó casi en la indigencia. Lugosi murió en su casa de Los Ángeles el 16 de agosto de 1956. Fue enterrado con una de sus capas de Drácula.

Lugosi es recordado por su trabajo en papeles principales y secundarios en más de 100 películas. Pero sus contribuciones a la lucha por los derechos de los trabajadores y la causa antifascista deben recordarse como parte de su legado perdurable.

Mike Kuhlenbeck, https://www.workers.org/2019/03/41345/

Flamenco: un sentimiento

A Alfredo Grimaldos

Situábamos en una entrega anterior a Alfredo Grimaldos en una corriente «purista» del flamenco, pero, nos importa decir, no renuente o cerrada a innovaciones que lo enriquecieran, sino a lo que se entendía como desvirtuación y hasta degeneración del cante personificada en, como decíamos en el artículo anterior, Pepe Marchena, que lo superficializó, o un Juanito Valderrama a quien Fernando Quiñones trata despiadadamente: «filoxera de gorgoritos y repipieces que nada tienen que ver con el cante por alegrías». Contra esto se manifestaban quienes acudían a los cabales (Grimaldos dirigió una revista titulada «Cabal») a escuchar lo depurado, aún en minoría, y no el gorgorito, socolor de mayoritario. O más «popular», lo que lleva a hacerse la pregunta que se hacía la peña en los años sesenta-setenta del siglo pasado: ¿popularización o elevación del arte flamenco? Pregunta, por cierto, con ecos maoístas. ¿Continuar elevando el flamenco hasta alcanzar sus más altas formas expresivas o popularizarlo en desdoro de un (supuesto) tarro quintaesenciado? El problema, el dilema, es falso. Es la unión de los dos. Para elevar una cosa es necesario conocer su base. Por otra parte, ¿a partir de qué flamenco comenzamos a «elevar»? ¿A partir del flamenco de las juergas de los señoritos (a cuyos cortijos tenía que ir, para comer, un Valderrama, por ejemplo, entre otros) y toreros? ¿O lo elevamos a partir de su origen que no es otro que el pueblo?

El flamenco es la cultura revolucionaria de todo un pueblo, más sentimiento que música. La más bella muestra de que Andalucía no es la imagen tópica de una pandereta y unos cascabeles, señoritos, caballos, toros y demás hipotipos que constituyen el nacional-flamenquismo. El más originario y primitivo es la toná, y de ahí, la siguiriya, el martinete o una serrana que dice:

Por la Sierra Morena
va una partía
y al capitán le llaman
José María.

No será preso
mientras su jaca torda
tenga pescuezo.

El capitán José María no es otro que José María «el Tempranillo». Es evidente la simpatía con que es tratado quien pasara por ser un bandolero. Ahora bien, ¿por qué estas siguiriyas, y otras, son hoy tan desconocidas? Es claro que se trataría de, una vez minusvaloradas, cuando no eliminadas, esas letras «subversivas», engordar la especie que informa del flamenco como una «melancólica resignación». Y si es verdad que el cante bueno duele, no alegra, sino duele, un sentimiento, que decía Manuel Torre, también lo es el «marchenismo», los «tablaos» para turistas, el destrozo de las «sevillanas» como moda, Manolo Escobar, etc. Sin olvidar que, como dicen los buenos cantaores, «pa cantar siempre bien están los jilgueros», es decir, que unas veces se canta bien y otras no tan bien, pero jamás trinos facilones. O que la «politización» del flamenco no vino -contra lo dicho por «flamencólogos» duchos- de los Gerena o Meneses o Morente, sino de los «Antonio Molinas», los «Valderramas», etc. Una «despolitización» paradójica.

Reproduciremos a continuación unas letras, pocas, de los Cantes de Pepe Taranto y Laura Díaz, que son quejío y denuncia, desgarro y apuntamiento.

Las dos barajas

Juegan con las dos barajas
el pueblo debe saber:
una pá seguir ganando
la otra para no perdé.

Haremos una montaña:
una montaña haremos,
si tó los puños unimos
y piedrecitas ponemos.

¿Qué remedio te quea?
sino te quieres ver
metiíto en el yugo
como ahora te vés.

Sigues las reglas del juego,
y debiera darte vergüenza;
estás engañando al pueblo.

Nunca tú conseguirás
romper los lasos del pueblo
por mucho que tú lo intentes.
Pero sí conseguirás
unir los hombres en un frente.

Noches oscuras

Nochesitas oscuras
de espinos y fronteras
tienen que saltar
mare, el que se revela

(las faltas de ortografía son propias de quien no fue enseñado a leer ni escribir)

A gusto yo nunca he vivío
yo vivo rabiando
tú tienes la culpa
espada y bastón
que yo esté penando.

No tengo yo que perder
ni menos mis compañeros
si yo me curo la hería
y las «caenas» yo pierdo.

No es menos el que se equivoca
que aquel de mucho saber
que errores se cometen
luchando para vencer.

No merece compasión

No merece compasión
quien siendo esclavo no quiere
encontrarle solución.

¡Levanta, hermano!

Levanta, hermano, no humilles
tu corazón jornalero
Que el trigo te siente libre
entre tus puños de acero.

El trigo se siembra a mano
y a mano lo siembro yo
otro viene y se lo lleva
y a mí me queda el sudor.

De las minas de la unión
yo salgo negro de pena
tengo a mi hijo en prisión
por levantarse en la huelga
pa acabar la explotación.

Entre rejas

Ayer te vi yo entre rejas
una estrella nos unía
no desesperes hermano
que ya se está acercando el día
compañero de mis venas.

Tengo el corazón partío
de tanto gritar y gritar
los gritos que yo estoy dando
alguien los escuchará.

Como puede notarse, son letras de extracción y sabor agrominero de tintes anarquistas.

Más información:
– Alfredo Grimaldos: fulgores revolucionarios y pasiones flamencas
– El flamenco con la resistencia antifascista

Alfredo Grimaldos: fulgores revolucionarios y pasiones flamencas

Al fulgor político revolucionario de Alfredo Grimaldos Feito por querer transformar -y no sólo interpretar- el mundo injusto que le tocó vivir y padecer haciendo de él un trabajador intelectual comprometido con las clases trabajadoras desfavorecidas y explotadas, hay que unir la otra pasión de su vida: su amor indesmayable al cante jondo, al flamenco.

Madrileño hasta las cachas como era, muy de Las Ventas donde nació, adoraba esas «jonduras» gitanas originarias de la Baja Andalucía: Sevilla, Cádiz, Triana, Jerez.

Además de haber sido director de varias revistas -y crítico musical en otras- de carácter político (entre ellas «Área Crítica», que no suele citarse mucho), también lo fue de una de información flamenca de nombre «CABAL» editada por verdaderos sosias amantes del flamenco. Grimaldos era muy conocido y apreciado en esos ambientes donde se reunían en locales -cuevas- a escuchar cante auténtico, puro, con duende, si había suerte, como un lance inspirado de Curro Romero. Y es que Grimaldos era de la escuela del flamenco-flamenco, un purista. Nada que ver con la utilización política que se hizo de él durante el franquismo, un nacional-flamenquismo, y también antes de él. Ahondar en el flamenco, en sus raíces, es ahondar en las heridas de un pueblo hasta dar con sangre. Que eso son las siguiriyas, voces antropológicas, desgarradas, sin música ni guitarra ni palmas, a solas, con compás interno. Una cultura de gitanos «incultos», analfabetos, machacados, y asentados en esa Baja Andalucía donde comienzan a elaborar sus propios cantes, primero en círculos familiares, y en sus fiestas privadas, desde luego, para ir trascendiendo al exterior. Por supuesto que tal elaboración la realizaron sobre las canciones y las danzas populares andaluzas existentes allí, pero que hasta que los gitanos no actuaron sobre ellas no eran flamenco. Pero decir que raza y flamenco es un binomio es acientífico.

La popularidad del flamenco -obsérvese que no hemos escrito, al menos todavía, la palabra folklore, y no sabemos si lo llegaremos a hacer- se fue extendiendo a costa de, digamos, su virtuosismo original. Hacia finales del siglo XIX apareció una nueva expresión social del flamenco: los «cafés-cantantes». De las oscuras cuevas y patios por donde el flamenco empezó su andadura se había llegado -gracias a Silverio Franconetti- a un nuevo fenómeno de comunicación. Es el momento en que el flamenco deja de ser producto de una minoría para poder ser oído por más personas. A estos «cafés» pronto les nació un rival que acabaría con ellos: los «escenarios teatrales». En ellos ya no se populariza tanto el cante como se le comercializa, se trata de ganar dinero a costa de un arte convirtiéndolo, como veremos, en un sub-arte. Un arte que no daba dinero; un sub-arte que sí lo daba desnaturalizando el cante con trajes de lunares, sombreros cordobeses… devolviendo los cantes «puros» a los corrales léase cuevas y patios para minorías más exquisitas que egregias a lo Ortega y Gasset. Fueron los años 40-60 del siglo pasado cuando se alcanza el mayor auge de este sub-arte, con un tándem Manolo Caracol-Lola Flores como figuras. O Juanito Valderrama. O, en su vertiente literaria, los hermanos Serafín y Álvarez Quintero.

Don Antonio Chacón puede servir como nexo de unión entre dos épocas bien definidas del arte flamenco: la clásica, la edad de oro, y la teatral, en que el cante avanzó en la conquista de públicos mayores. Esta fue la tarea de Chacón (y antes de S. Franconetti que sacó el cante de la taberna). Pepe Marchena cerraría el ciclo llevando el flamenco a la total vulgarización con el operismo. Tres payos. El «marchenismo» hizo mucho daño. Mixtificó el cante de Andalucía, lo frivolizó, a fuerza de suavizarlo y dulcificarlo lo hizo superficial, le quitó seriedad. Se impusieron vestimentas barroquizantes e incluso se empezó a cantar de pie -leso pecado de folklor- cuando todo el mundo lo hacía sentado al viejo estilo. Ni que decir tiene que hablar de «duende» -que nadie, ni siquiera un Menese sabe definir qué cosa sea salvo eso: «mover la cosa»- es una impostura. Se desmeduló la forma-fórmula de tal manera que los géneros de mayor dificultad se convirtieron en pura caricatura. Grandes cantaores ha habido que con muy poca voz han cantado los estilos en toda su verdad, sin desvirtuarlos, pues no se olvide que en el arte flamenco no importa tanto la voz como el rajo y la jondura. Impuso el cante «bonito» a base de gorgoritos y falsetes y filigranas.

Y con Marchena vino el «marchenismo», la ópera flamenca, la distinción de «cantaores jondos» y «cantaores flamencos» cuando el concepto de flamenco es indivisible. Se produjo un éxodo de buenos cantaores hacia la ópera flamenca para hacer dinero y vivir (p.ej. la Niña de los Peines; los cantaores vivían malamente). Se habló de que de esa manera se brindaba libertad y variedad a los estilos tradicionales. La oposición que suscitó la ópera flamenca (imagine el lector qué se diría del «flamenco-rock» más reciente, nosotros somos incapaces) sólo fue evidenciado en el marco de los CABALES que miraron a los operistas como a una rama completamente distinta del flamenco. Reunirse en los «cabales» con audiencia minoritaria es lo que hacía Alfredo Grimaldos con un vino a modo. Es lo que los cantaores llaman «estar a gusto».

Tomamos nota de Julio Vélez y Ángel Álvarez Caballero.

Homenaje a todos aquellos que no venden su palabra a cambio de un sueldo

Compañera, Patxi Andion, 1971

Duerme sin fin compañera y no sepas lo que pasa.
Duerme tu hijo en el sueño. Duerme sin miedo y sin dueño.
Ayer me daban dinero para comprar mi silencio,
por eso mientras tú duermes, escribo hoy estos versos.

Muchos piensan que arrendé a los que pagan mi canto.
No les daré desencanto, más les diré lo que di
a los que tienen la plata: mucho susto y mucha lata.

No me arrienda la ganancia de mi canto en los salones.
ni tampoco las razones del que presume pureza.
A mí me infunden tristeza, los que juegan de santones.

Me han pinchado por todas partes y por todas partes
me han criticado el grito. Otros me dan y yo quito,
la importancia a mi guitarra, que las mentiras desdeña
y a mis verdades se agarra.

Bien señores: se acabó el tiempo del acomodo
y les he dicho lo que pasa y he sentido. No se ofendan,
no hay motivo, más ninguno se haga el sordo
que todos antes me oyeron y hasta algunos aplaudieron
cuando he cantado al amor.

No se olviden que el dolor, no calla a quienes lo hicieron.

No cantaré compañera sino a la carne y al hueso,
y dejaré las razones a los que saben de eso.
No venderé mi guitarra, no la ganará el silencio, ni el interés,
ni el desprecio, mi canto… mi canto no tiene precio.

Guarden su oferta señores, están perdiendo su tiempo.
No me importa que se ofendan: se equivocaron de tienda,
porque aquí nada está en venta.

Habría que saberlo, Patxi Andion, 1971

Acaso una palabra, vendida por un sueldo
podría definirme, ponerme nombre al cuello
con bordes y con grapas, como un palafranero

Habría que saberlo
habría que saberlo

Acaso alguna tarde, perdido por mí mismo
buscando los rincones, sacando el polvo de ellos
sabría que soy algo, sabría que no han muerto

Habría que saberlo
habría que saberlo

Habría que pensar
habría que pensar
habría que pensar sin miedo

Acaso una mirada, con verdad por dentro
podría convencerme, de que no me estoy vendiendo
que aun tengo una mirada, perdida en un espejo

Habría que saberlo
habría que saberlo

Acaso sea mi duda, la que me paga el sueldo
acaso la esperanza, de darme tiempo a verlo
y andarme yo por dentro, sin prisa y sin consuelo

Habría que saberlo
habría que saberlo

Habría que pensar
habría que pensar
habría que pensar sin miedo

Acaso soy un sueño, que vive sin saberlo
acaso soy el pueblo, que da apellido al verbo
hundiendo la barbilla, al fin del mundo entero

Habría que saberlo
habría que saberlo

Acaso la palabra, vendida por un sueldo
acaso la esperanza, acaso sea mi duda
acaso sea el pueblo, acaso sea el verbo

Quien pueda convencerme, que no me estoy vendiendo
que aun soy una esperanza, pintada en un pañuelo

Habría que saberlo
habría que saberlo

Habría que pensar
habría que pensar
habría que pensar sin miedo

La naturaleza clasista del confinamiento: el caso de Rusia

El 84 por ciento de los niños rusos confinados en sus casas presentan síntomas más o menos graves de trastornos mentales, según una investigación del Ministerio de Salud.

La mitad de los trastornos son depresiones y la otra mitad astenias, sin mencionar la desmotivación por el aprendizaje.

El Ministerio de Sanidad ruso ha publicado los resultados de un estudio sobre las consecuencias de la enseñanza a distancia (*) que confirma las preocupaciones de quienes reclaman el fin del confinamiento.

Hay que aclarar que la investigación se ha llevado a cabo sólo en las escuelas públicas porque sólo en ellas han impuesto la enseñanza en línea, lo cual demuestra, por enésima vez, la naturaleza clasista y no sanitaria de la pandemia. ¿Acaso el virus circula más en las escuelas privadas que en las públicas?

El hecho es que, una vez más, han sido los niños más desfavorecidos los que se han visto sometidos a un experimento de desocialización y enseñanza a distancia cuyas peores consecuencias se manifestarán a largo plazo.

Ninguno de estos experiimentos absurdos tienen explicación: los negocios -igualmente privados- de hostelería se deben cerrar por el toque de queda, pero las escuelas privadas deben permanecer abiertas porque -al parecer- el virus se frena a sus puertas.

El cierre de las escuelas públicas es, pues, otro experimento de educación a distancia, que supone la negación misma de la educación a aquellos niños que no se pueden pagar una formación presencial. En otras palabras, es el fin de la educación universal.

Lo que no podemos ni siquiera suponer como hipótesis es que al gobierno ruso no le importa la salud de los niños ricos y por eso permite que se contagien yendo a la escuela.

Evidentemente es al revés: lo que no le importa es la salud de los niños pobres y con el pretexto de su salud física aniquila su salud síquica. De ahí que, como otros gobiernos del mundo, el ruso haya comenzado a incrementar los presupuestos dedicados a la atención sicológica y a la salud mental… aunque la atención sicológica sea también a distancia, es decir, que nunca podrá ser tal atención.

Están habituando a los niños desde pequeños a permanecer encerrados en sus casas, con un móvil en la mano o ante una pantalla de televisión. Es el intento de destruir una generación y moldear una sociedad de discapacitados permanentes.

(*)https://www.kommersant.ru/doc/4616598?from=main_11

400 años de negacionismo: el Caso Moliere

Hace falta mucha mala leche para representar “El enfermo imaginario” de Moliere en medio de una pandemia, como está haciendo la Compañía Nacional de Teatro Clásico en Madrid, bajo la dirección de Josep Maria Flotats.

Es una crítica brutal y corrosiva de la sociedad de hace 400 años a través de sus médicos y sus enfermos. Por eso los más grandes, como Moliere, son clásicos. No importa el momento en el que sus obras se representen: parece que han sido escritas para hoy mismo.

En la obra Moliere habla de sí mismo y aclara que “no se mete con los médicos, sino con la ridiculez de la medicina”. Hasta la época moderna eso ha sido bastante habitual. Que el cómico francés critique “el cuento de la medicina” se puede explicar; que haga lo mismo con los enfermos, aunque sean imaginarios, puede enfadar a más de uno. Está feo burlarse de los que sufren. Hoy sería encarcelado por un delito de odio.

Sin embargo, para Moliere los médicos y los enfermos son dos partes de la misma ecuación, de tal manera que al final de la obra el enfermo (imaginario) acaba logrando el título de médico (igualmente imaginario). Es la negación de la negación. Los enfermos necesitan un médico, pero estos también necesitan enfermos, y si no los tienen se los inventan, los crean y los fabrican.

La producción mundial de enfermos está alcanzando ahora su culminación con la pandemia, todo un mercado que aún está por explorar.

Moliere tiene varias obras maestras sobre medicina, además de “El enfermo imaginario”. Lo mismo que hoy, los médicos del siglo XVII trataban de impresionar a sus pacientes vistiéndose de una manera solemne y hablando una jerga incomprensible. Como entonces no existía el Sars-Cov2 ni el ARN, recurrían al latín y al griego para demostrar nuestra ignorancia.

“Clysterium donare, postea saignare, ensuita purgare” (primero meter una lavativa, luego hacer una sangría y finalmente purgar). En el siglo XVII era una fórmula tan mágica como hoy las vacunas, y la escena del médico recorriendo el escenario con una lavativa gigantesca en la mano para metérsela por el culo al enfermo (imaginario) es tan potente como la de Pfizer a la caza de millones de personas sanas para hacer lo mismo… aunque sea por otro orificio distinto.

Al comediante francés no le bastó con los médicos y la emprende con la enseñanza, las universidades y los catedráticos, que hace 400 años hacían lo mismo que hacen hoy universidadades, como la Rey Juan Carlos, entre otras: vender títulos de medicina y de cualquier otra disciplina al primer patán que se presenta acreditado por enchufes, recomendaciones o simplemente poniendo el dinero encima de la mesa.

Lamentablemente ya no hay apenas autores clásicos en ninguna disciplina, ni del arte ni de la ciencia, y a medida que alguien se acerca a las universidades, la situación empeora. La enseñanza mutila casi por completo el más mínimo sentido crítico de los alumnos. El atrevimiento salvaje de Moliere ha sido erradicado y el mundo se ha llenado de tabúes, de los cuales la medicina no es más que un triste ejemplo.

Pidiendo la hora

Pedí educadamente la hora a un ciudadano y me dijo que no tenía derecho a saberla hasta que no condenase la violencia. Sentí una primaria pulsión de zarandearlo pero recordé mis títulos universitarios y me contuve. Discurrí que no había ilación (sin hache) lógica entre saber la hora y execrar la violencia. Pero mis reflejos son premiosos.

Entre tanto, telefoneé a un amigo con la esperanza de que tuviera la gallardía -en honor de viejas farras- de darme la hora pero, en lugar de eso, recriminó mi desfachatez por importunarlo sin antes haberme desmarcado de la violencia. No entendí pero tampoco indagué, aquello no era una novela policíaca. Recordé que fuí versificador y noté gazuza, lo que me recordó que era humano. O eso creía hasta entonces.

Resolví -no tenía dinero- dirigirme a un banco y rogar un préstamo de tres euros para vino y pan. Como poseo un alto concepto de la justicia, debo confesar sin remilgo que el banco se portó con exquisita corrección y no hizo alharaquientos. Era un banco sin ideología. Quizá por eso no me puso la condición de que negara la violencia. Es posible que el empleado observara en mí un estado de ánimo que lo indujera a creer que yo era un tipo digno de lástima incapaz de distinguir entre acto y potencia, causa eficiente y causa final, o saber qué cosa era la violencia y su fase suprema, la teología.

Mi mente es muy simple. No hago alardes. Sólo pido la hora en la vida. Me urge el hambre. Un hambre nada bizantina. Me negaron la pitanza en el bar que entré agumentando que yo y mi circunstancia era un indeseable que no ponía en solfa la violencia (hoy sería no llevar mascarilla) y que sólo si me arrepentía accederían a mi pedido. No fue bastante que mostrara mi modesto peculio en una economía libre de mercado pues, ofendidos, alegaron que ellos actuaban por ética, y que no todo en la vida consistía en el metal. Luego escupió al suelo. Deduje que era un idealista y yo un ser vil o, peor, un ente.

Salí del local, avergonzado, y doné mis monedas a un menesteroso. Fue algo instintivo, irreflexivo, indigno de un licenciado. Una señora vio mi postulación, que calificaría de altruista, y me dijo que yo era un bacilo, un virus, despreciable y poco heideggeriano por tratar de lavar mi infame conducta de no condenar la violencia entregando mi dinero a un pordioseto. Medio enajenado agradecí que la lady me redimiera y la pregunté si era miembro de alguna secta para que me admitiera.

Deambulé unos metros y una pesada bota me aplastó. Esa grosería me hizo ver que yo era un insecto repulsivo imaginado por Kafka. Dí orden a mi albacea para que detruyera estas borrajas pero, para mayor oprobio, me desobedeció. Y pasé a la posteridad.

La dominación a través del miedo

Ha sido un sarcasmo que el historiador Jean Delumeau eligiera este año para morirse. El autor de la monumental obra “Historia del miedo en occidente”, publicada en 1978 en dos tomos, quiso dejar el mundo en enero, justo cuando comenzaba un año tenebroso que, sin duda, le hubiera gustado conocer de primera mano. Leer más

Lo bueno, si breve, Monterroso (final)

Finalizamos esta serie de fábulas monterrosinas con una -la única que tiene moraleja implícita- que hizo exclamar a Isaac Asimov, cuando la leyó, que él «ya no sería el mismo». Se trata de…

El mono que quiso ser escritor satírico

En la Selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor satírico. Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le faltaba conocer a la gente y se aplicó a visitar a todos y a ir a los cocteles y a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la mano.

Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser mejor recibido aún.

No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era agasajado con júbilo tanto por las Monas como por los esposos de las Monas y por los demás habitantes de la Selva, ante los cuales, por contrarios que fueran a él en política internacional, nacional o doméstica, se mostraba invariablemente comprensivo; siempre, claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza humana y poder retratarla en sus sátiras.

Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara nada.

Entonces, un día dijo voy a escribir en contra de los ladrones, y se fijó en la Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente reflexionó que entre los animales de sociedad que lo agasajaban había muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.

Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso el ojo en la Serpiente, quien por diferentes medios -auxiliares en realidad de su arte adulatorio- lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos, sus cargos; pero varias Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían aludidas, y desistió de hacerlo.

Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos y se detuvo en la Abeja, que trabajaba estúpidamente sin saber para qué ni para quién; pero por miedo de que sus amigos de este género, y especialmente uno, se ofendieran, terminó comparándola favorablemente con la Cigarra, que egoísta no hacía más que cantar y cantar dándoselas de poeta, y desistió de hacerlo.

Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad sexual y enfiló una sátira contra las Gallinas adúlteras que andaban todo el día inquietas en busca de Gallitos; pero tantas de éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y desistió de hacerlo.

Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades y los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los amigos que compartirían su mesa y en él mismo.

En ese momento renunció a ser escritor satírico y le empezó a dar por la Mística y el Amor y esas cosas; pero a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos dijeron que se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto gusto.

Fin

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