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Categoría: Asia (página 10 de 10)

Cómo se inventó la mentira del genocidio de Pol Pot en Camboya (2)

Actualmente en Phnom Penh hay nuevos centros comerciales y un sinnúmero de vehículos de lujo, nuevos o usados, para los muy ricos y los muy corruptos.

La ciudad está totalmente comprometida en el camino del capitalismo, un poco como en Yakarta, otra pesadilla urbana de Asia. Excepto que al menos Phnom Penh dispone de algunos impresionantes chalets coloniales franceses, hermosos bancos creados a lo largo del río, así como galerías y museos, muchos de los cuales son de alta calidad.

Pero su aglomeración de aproximadamente 2,2 millones de habitantes, no tiene red de transporte público (salvo un par de autobuses), y sus sistemas de salud pública y educación están en un estado espantoso.

Desde hace muchos años, el primer ministro dictatorial y brutal, Hun Sen, un antiguo comandante de batallón de los Jmeres rojos, es un campeón del “libre mercado y la democracia liberal pluripartidista”. Aunque le crítica periódicamente por diversas violaciones de los derechos humanos, Occidente se muestra satisfecho en general con su «fundamentalismo” de mercado, tal y como se aplica en el país, así como con la casi ausencia de políticas sociales coherentes.

Durante años, he visto cómo un gran número de “asesores”, en particular de la Unión Europea, “conformaban el rumbo” de la economía de Camboya y la sociedad camboyana en general.

Eso, por supuesto, incluye también su historia. Esos consejeros dicen ciertas cosas en público y otras cuando las puertas están cerradas.

Hace ocho años escribí: “En uno de los cafés frecuentados por expertos extranjeros, la atmósfera es relativamente relajada. Los funcionarios de Naciones Unidas y Estados Unidos beben cerveza, sujetando de la mano a su ‘segunda esposa’ local; se relajan después de una dura jornada de trabajo en esta caótica capital. Realizan varias tareas en este país que una vez estuvo marcado por algunos de los peores actos de violencia experimentada por la especie humana. Algunos están a cargo del desminado de los campos; otros están tratando de convencer a la población local de que entregue sus armas, que todavía son numerosas y son una de las razones de la alta tasa de criminalidad”.

Pero muchos de ellos están aquí para asesorar al gobierno y a un sinnúmero de ONG sobre la manera de gestionar la economía y el Estado. Está claro que la mayor parte de las veces este tipo de consejos son “proyectos” basados exclusivamente en teorías favorables al libre mercado. Como resultado, sólo una proporción muy pequeña de los beneficios del crecimiento económico se encuentra en los bolsillos de los pobres que, sin embargo, son la gran mayoría de los camboyanos.

El humo de la marihuana se balancea perezosamente en el aire húmedo y viciado. Después de varios años en Camboya, estos expertos se han vuelto duros y cínicos; para ellos cada día es una lucha. Para lograr cualquier cosa en este país, es necesario corromper y atar compromisos. El lenguaje educado se ha olvidado totalmente; las conversaciones son brutalmente directas y francas.

Los clichés comunes, reservados para el público de Estados Unidos y Europa, son el blanco de la burla y el desprecio abierto durante estas reuniones informales.

“¿Que los Jmeres rojos han matado a más de un millón de camboyanos? ¡Imposible!”, se sorprende uno de los europeos de mediana edad que ha vivido y y trabajado en este país durante más de diez años. “No tenían capacidad para matar a mucha gente. Por supuesto que entre uno y dos millones de personas murieron entre 1969 y 1978, pero este número incluye a las 500.000 personas o más masacradas por el tapiz de bombas de Estados Unidos antes de que los Jmeres Rojos tomaran el poder”.

“La mayoría de las personas murieron de hambre y enfermedades”, continúa. “Además, las terribles masacres no tuvieron lugar como consecuencia de la ideología comunista de los Jmeres Rojos. Las cosas no se situaban a ese nivel. Los bombardeos masivos de Estados Unidos y la brutal dictadura de Lon Nol, apoyada por Occidente, lanzaron a unos contra otros en la población local. Mataron por venganza, no sobre una base ideológica. Los campesinos se volvieron locos a base de soportar aquellos bombardeos sistemáticos de los B-52. Muchos fueron torturados, masacrados y muchos otros han ‘desaparecido’ durante el reinado de Lon Nol. La población del campo odiaba a la población de la ciudad, a quienes acusaban de todas sus desgracias y de todos los horrores que tuvieron que soportar. Y la mayoría de los soldados y de los cuadros del Jmer Rojo procedían del campo”.

A sólo ochocientos metros del café y de las conversaciones casi “marginales” de estos expatriados endurecidos, el museo de Tuol Sleng (museo del genocidio), instalado en una antigua escuela de secundaria, narra la historia de la desenfrenada brutalidad y el sadismo de los cuadros de los Jmeres Rojos. En 2009, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) inscribió el museo de Tuol Sleng en el Registro de la “Memoria del Mundo”.

Después del 17 de abril de 1975 las aulas de la escuela secundaria Tuol Svay Prey se convirtieron en el principal centro de interrogatorio y tortura de los Jmeres Rojos, conocido como la cárcel de Máxima Seguridad 21, o simplemente S-21. Aquí es donde los hombres y las mujeres fueron encadenados y golpeados, a las mujeres les arrancaron los pezones con pinzas y les aplicaron cables eléctricos en los órganos genitales. Después de la confesión (y no tenían más remedio que confesar, para detener la insoportable tortura), la mayoría de los hombres, mujeres y niños que pasaban por esta institución del horror terminaban en el campo de exterminio de Choeung Ek, donde la ejecución era casi segura. Se dice que 20.000 personas murieron después de haber sido interrogados en S-21.

En un intento loco por dar una estructura a la barbarie, el Jmer Rojo documentaba cada caso, fotografiando a todos los hombres y las mujeres detenidos inmediatamente después de su detención, antes de la tortura, y luego tomaban fotos de algunos después de su salvaje interrogatorio.

Algunas de las imágenes más terroríficas son las que ha creado Vann Nath, un pintor y ex preso en S-21, uno de los pocos que consiguió sobrevivir, debido a su talento y su capacidad para dibujar halagadores retratos de Pol Pot y los diversos funcionarios que estaban a cargo del centro de interrogatorios. Después de la invasión vietnamita, Vann Nath llevó al lienzo sus más aterradores recuerdos: un mosaico que representa la barbarie y la brutalidad sin sentido de los interrogadores; una madre cuyo bebé es asesinado frente a sus ojos, un hombre cuyas uñas han sido arrancadas con pinzas, una mujer a la que le han cortado sus senos.

Pero en una conversación que tuvimos hace quince años incluso Van Nath insistió en que los Jmeres Rojos mataron a unas 200.000 personas en el transcurso del período en que estuvieron en el poder, una cifra que menciona también en su libro “En el infierno de la prisión de Tuol Sleng: La inquisición del Jmer Rojo en palabras e imágenes” (título original: “Retrato de una cárcel camboyana: un año en el S-21 de los Jmeres Rojos”, White Lotus Press).

Entre la mayor parte de los supervivientes jmeres con los que he hablado hay consenso en estimar que la mayoría de las personas no murieron a causa de la ideología comunista, ni por órdenes directas emitidas desde Phnom Penh con el fin de exterminar a millones de personas, sino porque los dirigentes y cuadros locales en las provincias perdieron los papeles, y acometieron venganzas personales contra la población urbana deportada y las «elites” a las que acusaron a la vez de los salvajes bombardeos americanos del pasado y del apoyo a la dictadura pro-occidental de Lon Nol, tan corrupto como feroz.

No cabe duda de que la gran mayoría de aquellos que murieron durante este período (entre uno y dos millones de personas) fueron víctimas de los bombardeos de Estados Unidos, el hambre relacionada con esos bombardeos y el hecho de convertirse en desplazados interiores (aproximadamente 2 millones de personas se han convertido en refugiados dentro de su propio país, con falta de atención médica, alimentos y tener que soportar unas condiciones de vida abominables).

Los medios de comunicación occidentales de gran audiencia no mencionan sino muy rara vez el hecho de que un número significativo de personas desaparecieron bajo el tapiz de bombas de Estados Unidos. Pero en el entorno universitario se sabía que desde mayo de 1969 la Fuerza Aérea de Estados Unidos había bombardeado secretamente Camboya utilizando B-52. A eso se le llamó “Operación Menú” (desayuno, comida, cena, merienda, postre y cena). E incluso hoy sabemos, por nuevas pruebas obtenidas por la desclasificación de documentos (en 2000 bajo el gobierno de Clinton), que la Fuerza Aérea ya había comenzado a bombardear las zonas rurales de Camboya, a lo largo de la frontera con Vietnam del sur en 1965 con el gobierno de Johnson. Los “Menús” que llegaron a continuación no fueron más que una escalada brutal en el asesinato en masa de civiles indefensos.

Ante la derrota en Vietnam en 1973, se llevó a cabo un despiadado “tapiz de bombas” para apoyar el régimen de Lon Nol. El historiador David P. Chandler escribió: “Cuando al final del año el Congreso de Estados Unidos puso fin a la campaña militar, los B-52 habían lanzado más de medio millón de toneladas de bombas sobre un país con el cual Estados Unidos no estaba en guerra, más de dos veces el tonelaje lanzado sobre Japón durante la Segunda Guerra Mundial”.

La guerra en Camboya fue conocida como “la atracción” por los periodistas que cubrían la guerra de Vietnam y los políticos americanos en Londres. Sin embargo, los bombardeos americanos sobre Camboya superaron en intensidad a todo lo que se llevó a cabo en Vietnam; en 4 años mataron a casi 500.000 soldados y civiles en el territorio de este pequeño país. Como he mencionado anteriormente, esto también fue debido a que alrededor de 2 millones de refugiados habían huido del campo a la capital.

La barbarie de los bombardeos, el desplazamiento de millones de personas y el resentimiento contra el régimen pro-occidental corrompido en Phnom Penh, allanaron el camino para la victoria de los Jmeres Rojos y una feroz campaña de venganza.

No fue un «genocidio comunista”; el Imperio fue el que asesinó a millones de víctimas en Indochina, con total impunidad y sin ningún respeto por esa “despoblación”; la venganza ciega y brutal de aquellas personas desesperadas que lo habían perdido todo llegó después.

André Vltchek, Cambodia and Western Fabrication of History, CounterPunch, 1 de agosto de 2014

Primera Parte | Tercera Parte

Cómo se inventó la mentira del genocidio de Pol Pot en Camboya (1)

En cuanto entramos en la pequeña ciudad de Anlong Veng, en el límite de las montañas de Dangrek, en el noroeste de Camboya, comienza a llover. La lluvia es fuerte pero, después de todo, es una lluvia tropical y termina tan bruscamente como empezó.Atravesamos un puente sobre un pantano y, de repente, frente a nosotros aparece un lago, hermoso e inquietante a la vez.

“Hace algunos años fue el último bastión de los Jmeres Rojos”, explica mi amigo Song Heang. “Entonces era imposible llegar hasta aquí en coche como hoy tan fácilmente. No había casas en los alrededores. Y el lago era como un pantano, imposible de atravesar”.

Hemos recorrido todo el camino hasta aquí para visitar el campamento del último jefe militar de los Jmeres Rojos, Ta Mok, el jefe del ejército, conocido como el “Hermano Número Cinco” o el “Carnicero”. Aquí es donde vivió y desde donde mandaba sus tropas.

Ta Mok, el brazo derecho de Pol Pot. Ta Mok, que dividió al movimiento poniendo a Pot bajo arresto domiciliario y a quien, muy probablemente, envenenó. Ta Mok, que dirigía un ejército de varios miles de partidarios de los Jmeres Rojos entre 1979, cuando las fuerzas vietnamitas derrocaron su movimiento del poder, y 1999, cuando fue capturado por las fuerzas gubernamentales. Ta Mok murió estando detenido en 2006 sin haber sido juzgado ni condenado.

San Reoung, el responsable de la seguridad personal de Ta Mok, el guardaespaldas que vivió con él durante años, nos espera.

Le falta la pierna izquierda, algo común entre los civiles y los combatientes camboyanos de su edad. Ta Mok también había perdido una pierna en combate.

Sólo hay una cosa que me gustaría saber de él: ¿hasta qué punto los Jmeres Rojos eran comunistas?, ¿fue esta ideología, la ideología marxista, la que atrajo a humildes campesinos a las filas del movimiento?

San Reoung piensa un momento y luego responde sopesando cada palabra: «Realmente no era un asunto de ideología, no sabíamos mucho. Yo, por ejemplo, estaba muy encolerizado con los americanos. Me convertí en soldado a la edad de 17 años. Y mis amigos también estaban muy encolerizados. Se unieron a los Jmeres Rojos para combatir a los americanos y, en particular, la corrupción de su títere, el dictador Lon Nol en Phnom Penh”.

Antes de que los Jmeres Rojos tomaran el poder, ¿la gente del campo era consciente de lo que estaba sucediendo en la capital?

“Por supuesto que lo eran. Por el enorme apoyo y el dinero que Estados Unidos dio al corrompido régimen de Lon Nol. Todo el mundo sabía a dónde iba el dinero: un sinnúmero de fiestas suntuosas, prostitutas de fantasía… Los bombardeos americanos habían aplastado nuestros campos bajo las bombas. Cientos de miles de personas murieron. La gente se volvió loca, estaba indignada. Y fue eso lo que hizo que muchos de ellos se unieran a los Jmeres Rojos”.

“¿No fue a causa de la ideología marxista?”, pregunto de nuevo.

San Reoung responde de inmediato: «No, claro que no. La gran mayoría no tenía ni idea de lo que era el marxismo, nunca habían oído hablar de él”.

Visito el campamento de Ta Mok. Entro en un viejo vagón, un centro móvil de comunicaciones utilizado por Pol Pot algunas décadas antes. Ahora está vacío y oxidado. Todo el campamento se convirtió en una especie de museo informal. Rechazo la invitación para ir a visitar los antiguos barrios en los que vivió Ta Mok. No tengo ningún interés en ello.

En cambio, observo el lago durante un buen rato.

Después de haber trabajado durante muchos años en esta parte del mundo, he llegado a comprender que todas las respuestas a las preguntas importantes acerca de Camboya y su pasado se encuentran en el campo. Durante décadas Occidente ha logrado corromper a Phnom Penh, comprando a casi todas las personas influyentes de allí para que repitieran y refinaran un relato falsificado y estereotipado.

Las ONG, los periodistas: todos hablan alto y claro del genocidio “comunista” en Camboya. Se ha convertido en un empleo bien remunerado, la fuente de un flujo interminable de financiación, una mentira compleja apoyada por la maquinaria de propaganda de las universidades occidentales y la prensa.

Los Jmeres Rojos fueron una fuerza bruta, por supuesto pero, sin duda, no un monstruo genocida “comunista”. Y no cayeron del cielo.

Le pregunto a Song Heang si lo que hemos oído en Anlong Veng es exacto. Poco a poco vamos ganando velocidad en la carretera del templo de Preah Vihear, donde lucharon y corrió la sangre, en la frontera entre Camboya y Tailandia.

Song Heang trabaja para una modesta organización benéfica australiana que construye pequeñas bibliotecas rurales para niños. Detesta a los Jmeres Rojos. Pero reconoce de inmediato que nunca hubo “comunistas” en ellos.

Tiene un buen carácter, con un temperamento ecuánime: “De niño yo vivía en la ribera del río Mekong, en el pueblo de Prek Tamak, a 65 kilómetros de Phnom Penh. Cuando los americanos bombardearon, todo se detuvo y la gente se quedó petrificada… Utilizaron aviones muy rápidos, aviones de caza; y la población local les llamaba ‘amich’: los rápidos… Entonces mucha gente se unió a los Jmeres Rojos. No sabían lo que era el comunismo. Todo lo que sabían era el horror del gobierno pro-occidental en Phnom Penh”.

Le pregunto: “¿Por qué la población de Phnom Penh no cesa de repetir que Pol Pot llevó a cabo un ‘genocidio comunista’?, ¿Por qué, como en el resto del sudeste de Asia, han demonizado a China?, ¿Y por qué Vietnam también está endemoniado?”

“Somos un país muy pobre”, dice Song Heang. “Y si la gente de Phnom Penh toca el dinero, pues bien, les encanta ese dinero, eso es todo, y dicen exactamente lo que les pagan por decir. Y Estados unidos y la Unión europea ponen sobre la mesa mucho dinero cuando quieren obtener ciertas declaraciones”.

André Vltchek, Cambodia and Western Fabrication of History, CounterPunch, 1 de agosto de 2014

Segunda Parte | Tercera Parte

Otro importante revés de Estados Unidos en Asia central

Hace dos semanas el secretario de Estado John Kerry visitó Delhi, la capital de India, asistiendo a una rueda de prensa ante un grupo selecto de periodistas locales, que le preguntaron por la opinión de Estados Unidos acerca de que India no se hubiera sumado a las sanciones impuestas contra Rusia. Era precisamente uno de los motivos de su visita y el americano apenas logró esbozar una mueca de resignación. Acababa de perder a unos de sus más fieles socios. La incorporación de India a la Organización de Cooperación de Shanghai, conocida como la OTAN de oriente, es inminente.

El denominado Grupo de Shanghai se constituyó en 2001 y hasta ahora ha estado formado por Rusia, China, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán, es decir, los países de Asia central que formaron parte de la URSS, junto con China. La incorporación de India supondrá un importante revés para el imperialismo estadounidense en la región, entre otras repercusiones internacionales de muy largo alcance, no sólo en el terreno estratégico y militar, sino también en el económico, ya que el Grupo de Shanghai tiene su contrapartida en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, del que también forman parte Rusia y China, ente otros países.

La actual crisis está confirmando que la ley leninista del desarrollo desigual es uno de los rasgos fundamentales del imperialismo: mientras unas potencias languidecen, otras se desarrollan poderosamente, trasladando los centros económicos mundiales de unas regiones a otras.

La actual crisis demuestra que las viejas potencias imperialistas se están hundiendo estrepitosamente, mientras han aparecido otras emergentes, especialmente China, Rusia e India, que están convirtiendo al Extremo Oriente en el centro del capitalismo mundial y de sus contradicciones más importantes.

El desarrollo económico asiático parece aún más impetuoso en la medida en que sus competidores internacionales naufragan, tejiendo nuevos alineamientos económicos, políticos y militares que conducen a una nueva guerra mundial.

Además de India, al Grupo de Shanghai se van a incorporar también Pakistán e Irán, otras dos potencias nucleares, dando un vuelco a la situación existente: el aislamiento de Irán se ha convertido en el aislamiento de Estados Unidos, que deberá retroceder no sólo en el Océano Índico sino en la región estratégica del Golfo Pérsico, lo cual supone la evacuación definitiva de Afganistán, de los antiguos países pertenecientes a la URSS (Uzbekistán, Kazajistán, Kirsguistán, Tayikistán) y, en fin, de Asia Central.

En la región el repliegue de Estados Unidos acabará en desbandada. La ampliación del Grupo de Shanghai, afirma el diplomático hindú Bhadrakumar (1), le impedirá continuar manipulando como hasta ahora a las organizaciones fantasmas del tipo Al-Qaeda y sus campañas de desestabilización por todo el mundo, que fue uno de los motivos de la creación de la alianza asiática.

Los nuevos socios aportarán a Rusia una “profundidad estratégica” de la que ahora carece, no sólo en el terreno militar sino también económico. Medidas del imperialismo occidental como las actuales sanciones económicas se convierten en un hazmerreir propicias sólo para cubrir de aspavientos los noticiarios en los horarios de mayor audiencia. Rusia ya ha anunciado que sustituirá las importaciones con otras procedentes de los países del nuevo bloque económico, mientras “se prepara para la guerra y tiene intenciones de reconstituir completamente su agricultura para vivir en situación de autosuficiencia”(2).

Por su parte, Rusia no sólo garantizará al grupo el sumunistro de hidrocarburos sino que el intercambio creciente va generar un importante núcleo económico y financiero en el que el dólar estará ausente.

Hasta la fecha India era, junto con Japón, Corea y Filipinas, el cinturón de seguridad que el imperialismo estadounidense había trenzado contra China. Durante las últimas elecciones celebradas en abril, nadie esperaba que el nuevo primer ministro Narendra Modi diera un vuelco a la política exterior de India, tradicionalmente enfrentada a Pekín. Más bien al contrario. No es extraño que en Moscú algún medio hable de una “revolución de dimensiones internacionales”.

(1) M. K. Bhadrakumar: Modi leads India to the Silk Road, Rediff News, 7 de agosto, http://www.rediff.com/news/column/modi-leads-india-to-the-silk-road/20140807.htm
(2) Thierry Meyssan: El inicio del cambio de rumbo mundial, Red Voltaire, 11 de agosto, http://www.voltairenet.org/article185030.html

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