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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 49 de 59)

Al-Qaeda agarra la sartén por el mango en Libia

Juan Manuel Olarieta

Tras la intervención imperialista y el asesinato de Gadafi en 2011, decir que en Libia se impuso el caos es una redundancia que, por lo demás, no dice nada: ¿qué es el caos? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que cuando emerge, cualquier remedio es mejor. Por lo tanto se puede decir que el caos es aquello que hace bueno a quien venga después, a quien acabe con él. Pues en Libia eso es Abdelhakim Belhadj, al que los imperialistas pusieron de comandante militar de Trípoli durante la agresión.

Belhadj no es el caos, como habíamos creído, sino quien va a acabar con el caos. Además, es el cabecilla del partido Al-Watan (La Nación) a través del cual dirige la coalición Fajr Libya (Amanecer de Libia), compuesta por las milicias fundamentalistas de Misrata y Trípoli que en agosto acabaron con los grupos armados en Zintan, una ciudad situada a unos 160 kilómetros al sur de Trípoli que es clave para el control del aeropuerto.

Esta victoria militar ha puesto a Belhadj en el centro del tablero de ajedrez. Ya sabeis: el poder nace de la punta del fusil, o algo así decía Mao. Tras su hazaña ha saltado de los tiroteos callejeros al universo de la alta diplomacia. Ha viajado a Argel y París y también se ha entrevistado con el enviado especial de la ONU, Bernardino León.

En plena guerra civil la agencia rusa de noticias Ria Novosti ya denunció que la continua aparición de Belhadj en el canal de televisión Al-Jasira (que pertenece a Qatar, uno de los países implicados en el ataque a Libia junto con Estados Unidos, Francia, Inglaterra) presagiaba su papel clave en la Libia del mañana (*).

Acertaron de pleno. A finales de setiembre de este año Belhadj se entrevistó en Pretoria, Sudáfrica, con Jacob Zuma, que preside el comité de la Unión Africana creado especialmente para tratar la crisis de Libia, confirmándole que si bien había roto sus vínculos con Qatar por atizar la guerra civil en el país, los mantenía con el primer ministro turco Erdogán.

Además de furibundo antiislamista, Zuma siempre fue un valedor de Gadafi. Pero Belhadj le dijo lo que quería escuchar: le habló de reconciliación nacional, de incluir en ella a todos los libios sin distinciones, de perdonar a sus enemigos y, sobre todo, de poner fin al caos.

No hay nada como escuchar lo que uno quiere oir y Zuma salió de la reunión diciendo a los periodistas que Belhadj no era nada de lo que todos creíamos, sino que tenía talla de Jefe de Estado.

¿Qué es lo que hasta entonces creíamos de Belhadj? Pues que era uno de tantos terroristas de manual incubados por la CIA en las montañas de Afganistán, donde combatió a los infieles soviéticos al lado de los talibanes y de Al-Qaeda.

Precisamente por su pertenencia a Al-Qaeda, Francia siempre le denegó el visado de entrada, hasta que, por fin, las cosas se han aclarado: en Libia es posible que los terroristas de antes sean los gobernantes de ahora, así que hace unos pocos meses París invitó al viejo terrorista para ser entrevistado por una cadena de televisión y pronunciar una conferencia que, dicho sea de paso, fue reventada por los partidarios de Gadafi.

En 1992, después de que los talibanes masacraran Kabul, Belhadj se trasladó a Libia para hacer contra Gadafi lo que la CIA le había enseñado. Creó el Grupo de Lucha Islámica para combatir al gobierno, al servicio de los mismos, o sea, del imperialismo. Las Fuerzas Especiales de Estados Unidos entrenaron en secreto durante dos meses a sus milicianos, que lograron capturar Trípoli después de sangrientos combates.

Siempre creimos que Belhadj es uno de tantos peones, carne de cañón, una sospecha que se confirmó cuando las tornas cambiaron tras la voladura de las Torres Gemelas en 2001, momento en el cual Gadafi se arrodilló ante los imperialistas y, a cambio, estos pusieron al Grupo de Lucha Islámica en su listado de organizaciones terroristas, lo cual dejaba las cosas bien claras: eran ellos, los imperialistas, quienes habían estado entrenando a los terroristas. Toda una confesión de culpabilidad.

La carne de cañón, como Belhadj, es la mejor para hacer picadillo y los imperalistas lo aprovechan para cocinar sus guisos: tras el 11-S le sirvieron en bandeja a Gadafi al que hasta entonces había sido un fiel y devoto peón. En 2004 Belhadj fue detenido en el aeropuerto de Kuala Lumpur, Malasia, desde donde fue trasladado a Bangkok, Tailandia, donde estuvo retenido en una prisión secreta que tenía la CIA en el mismo aeropuerto.

Los imperialistas aún cometieron contra él una traición más repugnante, la tercera, cuando le entregaron atado de pies y manos en Libia. Se lo sirvieron en bandeja a Gadafi y permaneció siete años en la cárcel de Abu Salim, hasta que en 2010 fue amnistiado a cambio de renunciar al terrorismo.

En la cárcel de Abu Salim Belhadj fue interrogado por la policía española, que le acusa de ser el instigador del atentado contra los trenes de Atocha el 11 de marzo de 2004. Días antes de las voladuras “El Tunecino”, cabecilla de la célula del 11-M le llamó por teléfono. A su vez Belhadj también llamó a España dos meses antes del atentado. Su interlocutor fue Mohd Othman, un jordano que era socio de “El Tunecino”.

Quizá sea ahora el mejor momento para que la Audiencia Nacional emita una orden internacional de busca y captura. ¿O también le van a dar un visado, como Francia, para que venga aquí a pronunciar una conferencia al más alto nivel?

(*) Ex-líder de un grupo islamista fanático fundamentalista a la cabeza de los ‘rebeldes’ libios, 28 de agosto de 2011, http://www.voltairenet.org/article171236.html

Todos los caminos conducen… ¿a Roma o al fascismo?

La semana pasada el juez antiterrorista francés Marc Trévidic se trasladó a Argel para investigar la decapitación de siete monjes trapenses en 1996, una atrocidad que hasta hace bien poco los medios de intoxicación imputaban a los islamistas del GIA argelino. Es un asunto macabro que abrió la veda islamofóbica en Francia: los islamistas asesinan a los cristianos con sus conocidos y bárbaros procedimientos. Como en el imperio romano, el martirio continúa.

El juez Trévidic reabrió un asunto que su predecesor, el vichysta Bruguière, había tenido enterrado en uno de los muchos cajones de su despacho, hasta que en 2009 el general François Buchwalter, antiguo agregado militar en Argel y miembro del espionaje, declaró ante el juez que el degollamiento no fue obra de los islamistas sino del ejército argelino.

Los siete religiosos fueron secuestrados por el GIA, que pretendía canjearlos por presos pertenecientes a su organización. El cautiverio se prolongó durante dos meses, hasta que en el curso de un rastreo del ejército argelino, los helicópteros localizaron un campamento del GIA, lo ametrallaron, matando a todos, tanto a los islamistas como a los cristianos.

Al comprobar sobre el terreno los “daños colaterales” hicieron la puesta en escena macabra de la decapitación, de manera que sólo aparecieron sus cabezas abandonadas en un camino.

No cabían ninguna clase de dudas: aquello sólo podía ser obra de unos fanáticos religiosos opuestos a religión de las víctimas. Para sostener el fraude el gobierno argelino hizo desaparecer los cuerpos y, con ellos, desapareció la manera en la que habían fallecido.

En el relato completo de los hechos hay, sin embargo, una parte del fraude que corresponde al gobierno francés que, a través del general, conocía la versión exacta de los hechos porque -según contó al juez- él personalmente informó de ello por escrito al Ministerio de Defensa, al Estado Mayor del ejército y al embajador. Pero en los gobiernos europeos -como en la mafia- impera la ley del silencio.

En cualquier mafia un asesinato se tapa con otro y dos meses después del asesinato de los trapenses se produjo el asesinato de Claverie, el obispo de Orán, seguramente silenciado porque sabía la verdad de lo sucedido. Como en el siglo XVII, parecía haber estallado una nueva guerra de religiones.

Otro al que hubo que silenciar fue el canadiense Armand Veilleux, actual abad del monasterio de Scourmont, en Bélgica, que fue enviado a Argel por los cistercienses para informarse de lo sucedido. Para poder ver los cadáveres tuvo que protestar enérgicamente y se se encontró sólo con sus cabezas. El embajador le permitió abrir los féretros a cambio de que guardara silencio… Siempre el silencio.

Así son las cosas. Un poder sólo se resigna ante otro poder y, en este caso, el Estado francés sólo descargó su mala conciencia con el abad Veilleux. De no ser por él nadie hubiera sospechado nunca que aquellos féretros no contenían los cadáveres íntegros sino únicamente las cabezas.

Desde 1996 el asesinato de los monjes es un tema recurrente en los medios franceses. Sobre el asunto en 2010 se estrenó la película “Des hommes et des dieux” (Hombres y dioses) que fue premiada en Cannes. También la cadena Canal+ ha rodado un documental. No cabe duda de que en Francia es un tema tan candente como mal planteado, ya que ahora los medios se refieren a ello como si se tratara de un asunto “interno” del gobierno argelino. Los imperialistas franceses se lavan las manos.

Pero es indudable que el crimen macabro ni es sólo responsabilidad de Argelia ni tampoco tiene ningún carácter religioso sino que replantea por enésima vez -y de una manera dramática- las relaciones entre cierto tipo de organizaciones fundamentalistas y el imperialismo, en este caso el imperialismo francés. En el caso de Al-Qaeda es el imperialismo estadounidense. El asunto no cambia; lo que cambia es el escenario, que se desplaza de la costa atlántica de África a las profundidades de Asia central.

No obstante, es verdad que en este caso también cambia la presencia del Vaticano, al que le interesa imputar el crimen al “islamismo”, por lo que ha guardado silencio (otro silencio) sobre la matanza. Nadie habla de los miembros del GIA que fueron ametrallados y murieron junto con los monjes católicos. Si aquí hay un conflicto religioso el asunto se deberá plantear -en todo caso- al revés: no es una matanza imputable a los fundamentalistas sino dirigida contra ellos. Los islamistas son las víctimas, no los verdugos.

Pero una vez más la intoxicación mediática le ha dado la vuelta a la tortilla. Según el capitán argelino Abdelkader Tigha, la puesta en escena del asesinato de los monjes pretendía conducir a la cristiandad a condenar definitivamente el islamismo, es decir, a poner a los cristianos de todo el mundo a sostener las políticas imperialistas en Oriente Medio y el norte de África, o dicho de otra manera, de llevar adelante la política imperialista en nombre del cristianismo, lo mismo que en la época de las Cruzadas.

No fue el único montaje publicitario sino uno más de la cadena. Otro consistió en una carta remitida en 1995 a la embajada francesa en Argel en la que, además de revindicar un atentado en París, el GIA instaba a Chirac, Presidente de la República, a convertirse al Islam.

Hoy en Francia los fascistas del Frente Nacional hacen de la lucha contra los musulmanes su particular caballo de batalla. Pero no tiene mucho sentido votar a un partido para que haga algo que el propio Estado ya está llevando a cabo. Por ejemplo, en nombre de la laicidad llevar velo ya está prohibido para los musulmanes. Como en el resto de Europa, también en Francia todos los caminos conducen… ¿a Roma o al fascismo?

Maniobras de distracción

Juan Manuel Olarieta

Los votos son como los goles en el fútbol. Cuando en referencia a la política burguesa hoy alguien habla de éxito, se refiere siempre al éxito electoral. En el fútbol a algunos nos gusta el «jogo bonito» mientras que en la política burguesa todos son resultadistas: más votos es un éxito y menos votos es un fracaso. Todo se reduce a cosechar más votos que en las elecciones de hace cuatro años.
Para lograr el éxito hay expertos en marketing que tan pronto te venden un político como un postre para reducir el colesterol. Son periodistas, creadores de imagen, publicistas, relaciones públicas, merchandising, diseño… La política burguesa funciona de esa manera porque, en realidad, no conocemos a ningún político: sólo los vemos por la tele. Entre ellos y nosotros hay una tele por medio. No vemos al político, lo que vemos es la tele. Cuando votamos a un político, lo que votamos es a la tele.
Más minutos de tele se traducen en más votos. Lo de menos es lo que el político diga. Es más: lo mejor es que hable pero no diga nada. Cada vez que un político dice algo, pierde votos. Por ejemplo, los ministros del Interior (Ibáñez Freire, Rosón, Barrionuevo, Corcuera) siempre fueron torpes, es decir, a veces se les escapaba lo que pensaban, lo cual les conducía a meter la pata, como el inepto Martín Villa con aquello de «Nosotros cometemos errores, mientras que ETA comete crímenes».
Con Belloch, actual alcalde de Zaragoza, las cosas cambiaron radicalmente. Fue el primero que supo hablar sin decir nada y cuando los periodistas le pedían explicaciones sobre algo decía que era «razonable». No decía la razón, sólo que era razonable. A ver si te enteras: no hace falta explicar las cosas porque las cosas se explican por sí mismas. Si tú no ves la explicación de las cosas es porque no eres muy inteligente. Es tu problema.
Jamás votaremos a un político que no salga por la tele del mismo modo que jamás compraremos una sujeción para nuestra dentadura postiza en el puesto ambulante que tiene ese negro senagalés en la esquina. Lo que haremos es ir a la farmacia y comprar Corega porque lo anuncian por la tele. Desconfiamos de todo aquello que no se anuncia por la tele. Desconfiamos de la gitana que vende pilas en el mercadillo, pero jamás de Mercadona, Carrefour, Caprabo o Dya.
En la lógica formal el principio de identidad dice que A=A. Siempre somos nosotros mismos; tenemos nuestros defectos y nuestras virtudes. Pero los políticos no son como los demás, no son ellos mismos sino lo que los expertos les dicen que tienen que ser: perfectos, impecables, sonrientes, cercanos, guapos, amables… Las 24 horas del día, 365 días al año. Nunca verás a un político metiéndose el dedo en la nariz porque no son seres humanos como los demás sino «comunicadores», como los presentadores de las noticias, de los concursos o de las retransmisiones deportivas.
Nadie aceptaría en su vida lo que un político acepta. Se deja hacer: dice lo que le dicen que diga, le escriben los discursos, tiene las respuestas preparadas, viste como le dicen, va a donde le dicen que vaya, les peina un estilista… Si lo pensamos un poco nos damos cuenta de que no votamos al político, a la marioneta, sino al que mueve los hilos… o quizá sea mucho más simple aún: no sabemos a quién estamos votando (por supuesto que tampoco sabemos qué estamos votando).
Hace poco El País desvelaba a la experta que asesora a Pedro Sánchez en asuntos de imagen. Pedro Sánchez empezó su nueva carrera como secretario general del PSOE con la siguiente consigna: «Desterremos palabras como crisis, violencia de género o independentismo». Si Sánchez ha dicho eso es por tres motivos. Primero, porque su asesora le ha dicho que lo diga. Segundo, porque la asesora sabe que esas palabras dan votos mientras que otras los restan. Tercero, porque al cambiar las palabras está cambiando el mundo real.
Cuando ni quieres ni puedes cambiar nada, lo mejor es que cambies las palabras. Por ejemplo, los capitalistas cambian de coche cada año. Pero si no tienes un euro, lo que puedes hacer es tunearlo y te parecerá otro, no sólo a tí sino -sobre todo- a tus vecinos y tus amigos. Eso te reportará unas cuantas semanas de ilusión y alegría cuanto te pregunten: ¿has cambiado de coche?
Otro ejemplo: antiguamente había vacaciones, mientras que hoy la gente -los que pueden- se van de vacaciones, lo cual es bastante distinto. Si en verano uno se queda en casa es que no ha tenido vacaciones, que no son para descansar sino para cambiar el paisaje, los hábitos, los horarios o los vecinos. Las vacaciones no son para no hacer nada sino para hacer otras cosas diferentes de las habituales. De hecho la gente en vacaciones se fatiga mucho más que de costumbre. Las vacaciones son para que nos cansemos haciendo otras cosas, aquellas que no hacemos cotidianamente pero que nos gusta hacer, es decir, que disfrutamos haciendo cosas distintas.
La política burguesa nos gusta porque es exactamente así, como las vacaciones, un entretenimiento. Nos hace pasar el rato, e incluso a veces nos divierte porque cada vez aparecen más palabras nuevas cuanto más se parece a sí misma. A veces incluso cambian hasta los políticos, es decir, unos políticos sustituyen a otros iguales entre sí y parece que los partidos han dado un vuelco. El PSOE de Pedro Sánchez no tiene nada que ver con el de Rubalcaba. La edición de este año de Gran Hermano tampoco tiene nada que ver con la del año pasado: los concursantes han cambiado, son diferentes.
Si un aficionado a las hemerotecas lee un periódico de hace unos años comprobará que las cosas no sólo han cambiado mucho, sino que han cambiado muy rápidamente. España ya no es lo que era. Por ejemplo, hasta 1987 la prensa se refería a ETA de muchas maneras diferentes, había diversidad de insultos, eufemismos y denominaciones. A partir de entonces se acabó el pluralismo. Un equipo de expertos en comunicación que trabajaba para el Ministerio del Interior impuso un único término que todos los periódicos y cadenas de radio aceptaron sin rechistar: ETA era una banda terrorista.
Las cosas volvieron a cambiar en 2001 y los terroristas ahora ya no son tales, sino yihadistas. El diario ABC justificaba la detención de un magrebí diciendo que en el registro la policía le había encontrado 300 vídeos sobre la yihad y entre paréntesis añadía como sinónimo de yihad: Guerra Santa, con mayúsculas. ¿Os dáis cuenta del peligro que tienen esos vídeos? Es para echarse a temblar. El diario ABC es como los políticos: carece de personalidad propia, es un mero portavoz de la policía. Tampoco traduce del árabe, ni le interesa, porque yihad no significa Guerra Santa.
Con la yihad ocurre como con Catalunya: entre los muchos peligros que nos acechan, España también está amenazada por un «desafío soberanista». No es España la que desafía a Catalunya, sino al revés. Pero, ¿qué más quieren los catalanes?
La manipulación del significado de determinadas palabras y la introducción de otras nuevas tiene una explicación cuyo origen está en los militares más que en la Academia de la Lengua: es la guerra sicológica, que es una parte de la guerra. Decir hoy en un periódico burgués que rebanar el pescuezo de un secuestrado ante las cámaras es yihadismo y no el viejo terrorismo de toda la vida, es una manipulación que va acompañada de todo un nuevo diccionario que poco a poco los medios están imponiendo (células durmientes, lobos solitarios) con titulares como el siguiente: «Fiestas, ropa cara y chicas: el yihadismo ‘cool’ de la ‘generación Gran Hermano'» (El Confidencial, 29 de setiembre).
En muy pocos años se ha creado un nuevo diccionario político con palabras tales como sostenibilidad, globalización, altermundialista, multitud, activista, casta, transversalidad, decrecimiento, género, antipatriarcado, choque de civilizaciones, daños colaterales, contrainformación…
En la lucha de clases, o sea, en la política de verdad, que es la guerra por otros medios, unas palabras no se añaden a otras sino que las sustituyen. Por ejemplo, «referente» sustituye a «vanguardia» y nadie se pregunta por las razones: eso es lo «razonable». Lo otro ha quedado obsoleto como el Seat 600 o los yogures de Mercadona.
Si no hubiera obsolescencia política, nos aburriríamos solemnemente. Hasta 1985 -hace tres décadas- estuvimos luchando contra la Otan y las bases militares. Lo denunciábamos en las radios libres, publicábamos fanzines y hacíamos interminables marchas los domingos por la mañana a Rota y Torrejón, agotadoras reuniones entre semana… Pero nos cansamos de aquello y no volvimos a hablar del asunto porque se había quedado anticuado. Pasemos a otro asunto, y luego a otro, y luego a un tercero… Si logramos inventar un nuevo problema, un nuevo riesgo, un desafío diferente, lograremos olvidar el viejo. Por ejemplo, no recordaremos que pertenecemos a la Otan, un bloque militar imperialista, criminal, bla, bla, bla…
Los seres humanos, animales políticos, decía Aristóteles, tenemos la fortuna de podernos crear nuestros propios problemas, lo cual es una enorme ventaja sobre los animales apolíticos: si logramos crearnos un problema falso, como los videojuegos, nos olvidaremos del problema verdadero.
Los nuevos lenguajes nos regalan un país a la medida de nuestra necesidad de entretenernos y, los más exaltados tienen, además, la posibilidad de lamentarse de él, quejarse y patalear. Pero nunca más allá de unos 30 años, que es la fecha de caducidad política. Por eso tiene razón Pedro Sánchez: si no utilizamos la palabra crisis, la crisis desaparece. Utilicemos otra palabra para hablar de ella. O mejor aún: hablemos de otra cosa.

El colonialismo ideológico de la posguerra

Juan Manuel Olarieta

Siguiendo la pauta del ensayo -ya clásico- de Saunders Stonor, de imprescindible lectura (1), no hace mucho que la cadena de televisión franco-alemana Arte emitió un documental (2) sobre la instrumentalización por la CIA de antiguos nazis para infiltrar y dirigir la cultura progresista en diversos países de Europa. Era el fruto de tres años de investigaciones y mostraba las vías por las cuales el espionaje estadounidense manipuló los círculos artísticos e intelectuales europeos durante la guerra fría.

En toda Europa fueron numerosos los escritores que trabajaron a sueldo de la CIA a través del Congreso para la Libertad de la Cultura, una pantalla que tenía su sede en París y desde donde extendió sus tentáculos por África, Medio Oriente y Latinoamérica. Era una fábrica de anticomunismo que tenía por objetivo sustraer a los intelectuales progresistas de la influencia del marxismo para volverlos contra la URSS.

La revista de cabecera era «Preuves», dirigida por el sociólogo francés Raymond Arond, al que pusieron de moda y cuyas obras convirtieron entonces en manuales de obligatoria lectura en las facultades universitarias.

En Alemania el Congreso se organizó en 1950 en Berlín, en la zona de ocupación militar estadounidense, aunque también tuvo sucursales en Frankfurt, Colonia y Munich. Su portavoz era la revista «Der Monat», subvencionada por la CIA hasta 1958. Entre sus colaboradores había periodistas, editores y profesores universitarios.

En Colonia la CIA estableció relaciones provilgiadas con las redacciones de los periódicos y la televisión. Uno de los colaboradores habituales del imperialismo fue el escritor Heinrich Böll, que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1972. Pero en las nóminas del espionaje no faltaron tampoco pintores, historiadores, músicos, cineastas y filósofos.

Las razones eran obvias. En 1945 la URSS no sólo no había sido derrotada en la guerra sino que su influencia era mayor que nunca. Su propia subsistencia era un desafío para las potencias imperialistas que se extendía a todos los terrenos, incluido el ideológico. Era una situación incompatible con el imperialismo, cuya hegemonía también tiene que ser cultural, filosófica, científica, artística, literaria, cinematográfica…

Después de la II Guerra Mundial, en Europa occidental los estadounidenses impusieron sus concepciones de la misma manera que sus armas nucleares y su sistema monetario. El imperialismo no podría dominar si no dispusiera, además de las herramientas militares, diplomáticas y económicas, las de tipo ideológico. El dominio tampoco sería posible si la ideología imperialista se presentara como lo que realmente es: como tal ideología. Para facilitar su penetración tiene que presentarse como la única forma posible de historia, cultura, sicología, arte, filosofía o cine. Es la manera de llegar hasta las escuelas más remotamente alejadas de los centros intelectuales que las han elaborado, cuando los niños empiezan a leer los manuales de adoctrinamiento y sumisión en forma de cuentos o películas de dibujos animados de Walt Disney.

Tras la industria espacial, la segunda exportación más cuantiosa de Estados Unidos es eso que llaman «entretenimiento», el «show bussines»: la cultura como mercancía. Pero la hegemonía no llegó sólo de la mano de Hollywood. Bajo la cortina de humo del «intercambio» (viajes, becas, cursos, editoriales) se implementó un proyecto para formar a los llamados «hemisphere leaders» (economistas, militares, artistas y periodistas), clones fabricados siguiendo el patrón universitario estadounidense. Para exportar su ideología por todo el mundo, Estados Unidos abrió bibliotecas, fundaciones y centros culturales, estableció agencias de prensa y estaciones de radio, creó instituciones públicas especializadas en propaganda exterior como la USIS (Unites States Information Service) y la USIA (United States Information Agency).

Aún a fecha de hoy una parte muy importante del fondo bibliográfico de las editoriales y las bibliotecas se compone de libros distribuidos (y en buen parte regalados) por las instituciones «educativas» gringas durante la guerra fría. Sólo en 1965 la USIS financió la traducción y distribución de más de 14 millones de libros de muy diverso tipo, con el mismo contenido ideológico y propagandístico, verdaderas obras de encargo. El Reader’s Digest es sólo uno de los ejemplos más conocidos de esa colonización cultural (3). Hace años Jason Epstein lo resumió de la forma siguiente:

«No es cuestión de comprar a unos escritores o a unos universitarios, sino de establecer un sistema de valores arbitrario y ficticio mediante el cual los universitarios obtienen adelantos, los redactores de revistas son pagados, los sabios son subvencionados y sus obras publicadas, no ya, necesariamente, a causa de su valor intríseco, a pesar de que éste sea a veces considerable, sino a causa de su obediencia política […] La CIA y la Fundación Ford, entre otros organismos, han establecido y financiado un aparato de intelectuales seleccionados por sus posturas correctas en la guerra fría» (4).

Pero no bastó con formar los nuevos cuadros intelectuales que iban a dirigir el mundo «libre»; también fueron necesarios nuevos institutos, universidades y centros de investigación que desplazaran a los anteriores, especialmente a las universidades tradicionales y las enseñanzas tradicionales, que se consideraron «anticuadas». A través de fondos del International Education Board, la Fundación Rockefeller movió los hilos de la «formación» en la Europa de la posguerra. No es una paradoja sino la esencia misma del proyecto: los fondos previstos para la enseñanza no se destinaron a las universidades porque su objetivo no era divulgar los conocimientos ya existentes sino de imponer en Europa lo que en Estados Unidos consideran como nuevo y verdadero conocimiento (filosófico, económico, histórico).

Por ejemplo, a pesar de la oposición de las universidades, Rothschild financió en Francia la construcción del Instituto de biología físico-química que, tras la guerra mundial, pasó a ser financiado por Rockefeller.

En España ocurrió exactamente lo mismo: la fundación del Instituto Nacional de Física y Química, conocido entre los científicos como «el Rockefeller», se inició en 1926 en Madrid gracias a un préstamo de 420.000 dólares de aquella Fundación. Hasta los arquitectos que levantaron los planos del edificio dejaron constancia del servilismo que acompaña siempre a quienes se acojen a la caridad ajena. En su memoria reconocieron que habían optado por el racionalismo americano frente al europeo y que, además, «se proyectó un orden alargado del estilo llamado colonial norteamericano, y se hizo así pensando en que Rockefeller, que prohibe que su nombre figure en sus donaciones, tuviera un recuerdo, aunque fuera mudo» (5).

Todo esto me lleva a sospechar que es probable que en España el espectacular fracaso escolar y universitario tenga alguna relación con el hecho de que las enseñanzas nazis e imperialistas que los profesores imparten en los centros educativos les revuelven las tripas a los estudiantes.

(1) F.Saunders Stonor, La CIA y la guerra fría cultural, Debate, Madrid, 2001.
(2) La CIA infiltre et contrôle la culture des pays d’Europe, http://www.youtube.com/watch?v=qer-2PB8gfM
(3) Joanne P. Sharp: Condensing the Cold War: Reader’s Digest and american identity, University of Minnesota Press, 2000.
(4) Cfr. Claude Julien: El imperio americano, Nova Terra, Barcelona, 1969, pg.338.
(5) Cfr. C.González Ibáñez y A.Santamaría García (eds.): Física y química en la Colina de los Chopos: 75 años de investigación en el Edificio Rockefeller del CSIC (1932-2007), CSIC, Madrid, 2009.

El partido de los mártires

Salam Adil (1924-1963)
Juan Manuel Olarieta

Si a la manera usual medimos la fuerza de un partido comunista por el número de sus militantes, el de Irak fue el más fuerte de Oriente Medio. En la manifestación del Primero de Mayo de 1959 un millón de obreros y campesinos desfilaron bajo sus banderas -y no había otras- por las calles de Bagdad. En aquella época, bajo el gobierno del General Kassem (1958-1963), había 3.500 organizaciones campesinas, de las que un 60 por ciento estaban dirigidas por los comunistas.

Eso es lo que algunos entienden por «fuerza» y no cabe duda de que lo es, sobre todo si, como sucedía entonces en Irak, el partido comunista carecía de rivales: era la principal fuerza organizada, en donde la palabra «organizada» es tan importante -al menos- como la «fuerza». ¿O hemos de entender como fuerza la aglomeración multitudinaria de gente en un concierto de música?

La verdadera fuerza es la organización, algo que no depende sólo de los militantes sino también de la lucha de clases, es decir, que independientemente de la represión que ejerza la burguesía, el proletariado tiene que asegurar la organización de sus fuerzas o, dicho con otras palabras: la vanguardia no puede quedar a merced de la burguesía.

Es lo que sucedió en Irak en 1963, cuando un golpe de Estado de la CIA y sus tentáculos «nacionalistas» locales (baasistas, panarabistas, nasseristas) derribaron al gobierno del General Kassem. No se puede decir que entonces se iniciara la persecución de los comunistas, que ya existía con anterioridad, sino que se intensificó brutalmente. Los «nacionalistas» lanzaron la famosa Proclama Número 13 llamando al exterminio de los comunistas. El Secretario General del Partido Comunista, Husain Ahmad al-Radi, conocido clandestinamente como Salam Adil, fue detenido y torturado hasta la muerte. Las cárceles se llenaron y miles de militantes fueron asesinados en tiroteos callejeros, emboscadas en las montañas o interrogatorios salvajes. En todo el mundo el Partido Comunista de Irak fue conocido como el partido de los mártires, una página legendaria no sólo del movimiento comunista internacional sino de los propios obreros y campesinos de Irak, en cuya memoria la resistencia comunista adquirió un carácter realmente mitológico, y aún pervive.

Pero la posguerra en España ya había demostrado que el exterminio de los comunistas es una tarea imposible. Se trataba de algo más sutil: de doblegarles, forzándoles a que renegaran de sus principios, de su programa y de su ideología, popularizándose entonces una expresión árabe, Al-Baráa, que puede traducirse como «La Renuncia». Si no era posible acabar con los comunistas, había que lograr que renegaran de sí mismos. Los golpistas sabían que después del XX Congreso del PCUS los tiempos eran favorables: si los soviéticos habían renegado, los irakíes no se iban a quedar atrás.

La lucha interna por mantener la identidad comunista en tan difíciles circunstancias de clandestinidad, exilio y cárcel dio lugar a una vasta labor cultural cuya mejor expresión quizá sea el poema de Mudhaffar al-Nawwab escrito en la cárcel en árabe dialectal, es decir, en un leguaje revolucionario que utilizaba expresiones populares. El poema Al-Baráa se hizo tan célebre en todo el mundo árabe, que el gobierno le añadió al escritor tres meses de cárcel adicionales. Se trata de una carta que la madre y la hermana de un comunista preso le escriben para animarle a mantenerse firme en defensa de sus principios y de su dignidad. Acaba de la siguiente manera:

Hijo mío, estréchame entre tus brazos
y cuenta los cabellos blancos que he adquirido al cuidar de tí hasta esta hora.
Pon tus manos en mis cabellos blancos
y jura por mi noble leche materna, gota a gota,
y por la poca vista que me queda,
Dime:
«No claudicaré, tú eres mi madre
y este es mi Partido,
el orgullo de mi padre, que ni él ni yo hemos dejado caer»
.
Dime:
«No destruiré un Partido
que he construido con mis propias manos»
.

El comunismo no está sólo en las obras escogidas de Lenin, sino en la cultura de la resistencia que ha expandido por los cinco continentes con canciones, con pinturas, con teatro, con novelas que forman parte de la historia de un movimiento obrero pletórico de héroes perseguidos, encarcelados, torturados y asesinados por eso que la madre hace jurar a su hijo en el poema: por no renunciar.

Pero demos ahora un salto de medio siglo en la historia de Irak: en julio de 2003, sólo tres meses después de la ocupación de Irak por el imperialismo, se produjo un vergonzoso acto histórico cuando el virrey de la Casa Blanca en Bagdad, Paul Bremer, incluyó a Hamid Majid Musa, secretario general del Partido Comunista entre los 25 cipayos del gobierno provisional. A otro dirigente, Mufid al-Jazairi, le nombró ministro de Cultura, cargo que siguió ocupando en el gobierno títere entre junio de 2004 y marzo de 2005.

En 1959 votaban a los candidatos comunistas hasta los estudiantes de las facultades de teología islámica; en las «elecciones» de enero de 2005 no obtuvieron ni el 1 por ciento de los votos.

El Partido Comunista de Irak no fue destruido ni por el imperialismo ni por sus agentes locales: se autodestruyó a sí mismo. Sucedió lo que el poema de Al-Nawwab trataba de impedir: los comunistas renegaron de sus principios, de su ideología y de su programa. Los llorones se justificarán echando balones fuera («la culpa fue de la represión, o del imperialismo, o de la guerra») pero en Irak, como en cualquier otra parte, los comunistas saben que su verdadera fuerza no es su número sino su ideología, su programa y su estrategia y que cualquier intento de liquidación empieza por ahí: por Al-Baráa.

Los comunistas irakíes destruyeron al partido de los mártires con sus propias manos y, como a los demás, les costará reconstruirlo, sobre todo si creen que su «fuerza» radica en su número, es decir, en llenarlo de afiliados indolentes, fatigados, acobardados y -sobre todo- renegados. «Un partido se fortalece depurándose», le escribía Lassalle a Marx en 1852, o sea, hace un siglo y medio que el movimiento obrero sabe estas cosas (o debería).

Washington se prepara para una nueva guerra mundial

Juan Manuel Olarieta

El año pasado el diario británico The Telegraph (1) desempolvaba una reliquia sacada de los más oscuros archivos de los tiempos del Telón de Acero: en previsión de una Tercera Guerra Mundial los imperialistas tenían preparado incluso el discurso con el que la reina Isabel II anunciaría el inicio de las hostilidades. Como todo ese tipo de previsiones siniestras, tenía hasta uno de esos nombres en clave enigmáticos: Wintex-Cimex 83, en donde la cifra indicaba el año fatídico de 1983 en que la URSS bombardeaba aquel país con armamento químico.

El nombre en clave ocultaba un documento de 130 páginas con todas las previsiones militares propias de una carnicería de esas características. Los autores de ese tipo de planes son siempre sujetos sacados de las mismas alcantarillas podridas: políticos de las altas esferas, militares con muchas estrellas, espías sin escrúpulos, policías siniestros… Los planes contaban con una guerra en la que no faltarían bombardeos nucleares. Sólo en Inglaterra las previsiones sobre muertes ascendían a 33 millones de personas, más que en toda la Segunda Guerra Mundial.

Aquellas ratas de las cloacas no sólo escribieron el discurso de la reina sino también lo que debían poner los titulares de los periódicos. Por ejemplo, la página 2 del diario The Sun tendría este encabezamiento: «Guerra, la palabra que no queríamos imprimir». Es indicativo del control extremo que determinados personajes, los llamados poderes fácticos, los que realmente ostentan el poder, ejercen sobre todo un país y la manera en que lo manipulan.

Han transcurrido 30 años, la URSS ya no existe y el Pacto de Varsovia tampoco. Si los culpables de la guerra han desaparecido deberíamos esperar que la guerra hubiera desaparecido también, pero no es así. Naturalmente, porque los culpables de la guerra no son otros que ellos mismos, los que siempre se presentan como víctimas de ellas, los que siempre tienen la guerra entre sus cálculos, es decir, los imperialistas.

Lo que no ha desaparecido es el imperialismo y, por lo tanto, tampoco han desaparecido las guerras, sino más bien al contrario. Hace un mes y medio, el 31 de julio, la agenda militar aprobada por Obama ordena al Pentágono que se prepare para entablar hasta media docena de guerras simultáneamente, incluyendo guerras contra adversarios que poseen armas nucleares (2).

El documento se titula «Ensuring a Strong Defense for the Future» (Asegurar una defensa potente para el futuro) y ha sido redactado por el Panel Nacional de Defensa, un grupo de antiguos dirigentes civiles y militares nombrados por el Congreso para suministrar una perspectiva crítica de la agenda provisional que el Pentágono ha publicado este año, el plan cuatrienal de defensa 2014.

El Panel de Defensa Nacional está copresidido por William Perry, secretario de Defensa con Clinton, y por el general John Abizaid, antiguo jefe del Comando Central de Estados Unidos. Entre sus miembros hay otros cuatro generales de la reserva, así como Michele Flournoy, antiguo subsecretario de Defensa con Obama, y Eric Edelman, dirigente neoconservador y subsecretario de Defensa en el gobierno de Bush.

Se trata, pues, de un equipo de los dos partidos, republicano y demócrata, que representa a todo el espectro de la alta política y los negocios de Washington en materia de estrategia militar. Su informe se ha publicado bajo los auspicios de un organismo financiado por el gobierno que se dedica al estudio de las guerras modernas, aunque su nombre, US Institute of Peace (Instituto estadounidense de la Paz), aparente lo contrario.

El documento advierte de los peligros a los que Estados Unidos se verá sometido, refiriendo en primer lugar la fuerte expansión de China y Rusia, antes de mencionar a Corea del norte, Irán, Irak, Siria, a todo Oriente Medio y África. Por lo tanto, China y Rusia han sido promovidos al primer lugar entre los objetivos potenciales de un choque militar con Estados Unidos, por delante de los tres países del Eje del Mal que Bush planteó en su famoso discurso de 2002.

El documento indica que durante las dos décadas anteriores, desde el colapso de la URSS en 1991, la doctrina militar de Estados Unidos se ha basado en la previsión de hacer frente a dos grandes guerras de forma simultánea (“two-war construct”). En el momento actual es necesario un cambio radical de esta doctrina porque las amenazas van en aumento y con ellas los escenarios posibles de la guerra mundial:

«Creemos […] que la capacidad de hacer una guerra por todas partes es la condición sine qua non para ser una superpotencia y es, por tanto, esencial para la credibilidad de la estrategia mundial de Estados Unidos en materia de seguridad nacional. En el contexto de las actuales amenazas, Estados Unidos podría, con toda probabilidad, verse obligado a tomar medidas preventivas o a luchar en varias regiones a lo largo de períodos que se superponen: en la península coreana, en los mares de la China oriental y meridional, Oriente Medio, sur de Asia, y por qué no, en Europa. Estados Unidos también se enfrenta la posibilidad de tener que hacer frente a adversarios con armas nucleares. Además, la expansión de Al-Qaeda y sus emanaciones en nuevas partes de África y Oriente Medio requiere que el ejército americano sea capaz de asumir operaciones antiterroristas a escala mundial y defender el territorio americano mientras estemos inmersos en conflictos regionales fuera de nuestras fronteras».

El listado de frentes de combate indica que imperialismo estadounidense se está preparando para luchar en cinco o seis grandes guerras, es decir, una guerra esparcida por todo el mundo.

La estrategia militar pone el foco en China y Rusia como posibles objetivos, dos países que tienen, respectivamente, el segundo y el tercer arsenal nuclear del mundo, por detrás de Estados Unidos.

El documento confirma que el Pacífico es el foco principal de las contradicciones interimperialistas. Por eso apoya la estrategia actual de Obama, basada en un reequilibrio de las fuerzas militares de Estados Unidos respecto a China, describiendo esta iniciativa estratégica, como un esfuerzo por reafirmar «la primacía de la región Asia-Pacífico entre los intereses de seguridad de Estados Unidos».

En cuanto a la eventualidad de que dicha guerra pueda estallar, cabe señalar que el Panel de Defensa Nacional está discutiendo actualmente los posibles factores desencadenantes de una gran guerra, en particular en el Extremo Oriente:

«La proliferación de sistemas cada vez más autónomos, que no requieren de intervención humana, en Asia-Pacífico y Oriente Medio, por ejemplo, tendrá un impacto perjudicial en el mantenimiento de la estabilidad durante una crisis o sobre la gestión de la escalada, si estalla un conflicto. Unido a la proliferación de herramientas cibernéticas ofensivas y defensivas, así como de defensa antiespacial, esos sistemas afectarán seriamente a la relación entre la fuerza militar ofensiva y defensiva en las regiones clave, aumentando así el riesgo de que una crisis degenere rápidamente en un conflicto antes de que los políticos y mandos militares puedan reaccionar a tiempo».

Por decirlo con claridad: una guerra mundial puede estallar sin intervención humana, por la interacción de los aviones no tripulados, sistemas automáticos de respuesta, equipos digitales de comunicaciones y otros.

El salto de una guerra en dos frentes a otra en cinco o seis repartidos por distintos continentes plantea muchos desafíos para los que Estados Unidos no están preparado. Un despliegue militar más vasto supone que los costos económicos se van a multiplicar. Para reducir ese costo, tarde o temprano, los imperialistas estadounidenses tendrán que reducir el porcentaje de voluntarios entre la tropa e imponer el servicio militar obligatorio a fin de reclutarla entre los parados, los emigrantes sin papeles, los presos y los sectores más marginados de la sociedad, e incluso una parte de la clase obrera.

En esa línea el informe estratégico expresa su preocupación por las restricciones presupuestarias que aquejan a Estados Unidos. Sostienen que las limitaciones impuestas a los gastos militares se deben a la carga del gasto sanitario y los programas sociales, cuyo monto se debe reducir para sostener la escalada miliar.

El carácter bipartidista del documento, en fin, testimonia la unidad interna entre todos los componentes de la clase dominante estadounidense en el desencadenamiento de una guerra sin precedentes para salvaguardar su hegemonía y su dominación sobre extensas regiones del mundo.

Esto confirma una vez más la necesidad imperiosa de que el movimiento antifascista denuncie estos planes criminales del imperialismo, se prepare, se organice y luche activamente contra la nueva guerra en ciernes.

(1) Civil servants prepared ‘Queen’s speech’ for outbreak of World War Three, http://www.telegraph.co.uk/news/uknews/queen-elizabeth-II/10212063/Civil-servants-prepared-Queens-speech-for-outbreak-of-World-War-Three.html

(2) http://www.usip.org/sites/default/files/Ensuring-a-Strong-U.S.-Defense-for-the-Future-NDP-Review-of-the-QDR_0.pdf

El yuan, camino de convertirse en una divisa internacional de referencia

Juan Manuel Olarieta

Más que la exportación de mercancías es la exportación de capitales, decía Lenin, la que constituye una de las señas de identidad más significativas del imperialismo. Lo que a partir de 1945 puso a Estados Unidos a la cabeza del imperialismo fue la transformación del dólar en la divisa internacional por excelencia, lograda gracias a la guerra mundial y a los «acuerdos» de Bretton Woods, o sea, al monopolio nuclear.

Cuando los economistas burgueses se refieren a las «fuerzas» de los mercados se olvidan de la Economía Política, es decir, de otras fuerzas que son tan importantes, o más, que los mercados, como los tanques y la amenaza de usarlos.

Que los billetes de un país sean aceptados como dinero por el resto del mundo es el timo de la estampita a gran escala… pero sólo mientras los invitados pagan las facturas del dueño de la casa o, por decirlo con las palabras de Lenin, el imperialismo no es la hegemonía sino la lucha por la hegemonía. Pues bien, uno de los indicadores más relevantes de esa hegemonía son las divisas, que rivalizan entre sí en los mercados financieros internacionales de la misma manera que las potencias imperialistas que las emiten.

También decía Lenin que mientras los acuerdos entre los imperialistas son temporales, los desacuerdos son permanentes. En efecto, los de Bretton Woods, y con ellos la hegemonía financiera de Estados Unidos, se mantuvieron hasta 1970, cuando Nixon rompió la paridad del dólar con el oro. Desde entonces la existencia de un bloque de países socialistas obligó a seguir manteniendo la ficción de Bretton Woods que se acabó en 1999 con el euro, cuyo propósito principal fue competir con el dólar, es decir, un primer intento de Alemania de romper la hegemonía financiera de Estados Unidos, que tuvo éxitos tan espectaculares como el de noviembre de 2000, cuando de Saddam Hussein anunció que sustituía el dólar por el euro en el pago de sus exportaciones petrolíferas, lo cual le costó una guerra que aún no ha terminado, además de su vida. Actualmente una cuarta parte de los países miembros del Fondo Monetario Internacional tiene sus reservas en euros.

La verdadera ofensiva financiera internacional contra Estados Unidos procede del yuan, que este año ha lanzado dos embestidas fuertes. La primera en mayo, cuando procedió a la venta masiva de activos públicos de Estados Unidos en cantidades desconocidas hasta la fecha, por lo que no se ha tratado sólo de un movimiento especulativo por parte de los chinos. Junto con Japón, China es el acreedor más importante de Estados Unidos, es decir, quien le está pagando sus deudas, pero desde 2004 el porcentaje de inversiones chinas -y japonesas- en activos estadounidenses está disminuyendo.

La segunda se produjo en agosto, cuando en Frankfurt se instaló un centro de liquidación de pagos en yuanes que se sumará al de Londres. Aunque China es el primer país comercial del mundo, hasta la fecha los precios seguían nominados en dólares. Ahora ya se puede pagar en yuanes, lo cual va aún más allá de constituir las reservas internacionales de los países en la moneda china. El Deutsche Bank anunció de manera inmediata que se dispone a utilizar este servicio de compensación en yuanes.

A lo largo de todo el año se han sucedido noticias similares. El colosal contrato de suministro de gas firmado el 21 de mayo entre Putin y Xi Jinping por un importe de 400.000 millones dólares para abastecer de gas ruso al coloso chino a partir de 2018 y durante 30 años se pagará en yuanes.

Un significado parecido tiene el auncio de los países Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) en julio de constituir un nuevo banco internacional de desarrollo, con sede en Shanghai, así como un fondo común de reservas de divisas para responder ante futuras crisis financieras. Los nuevos instrumentos financieros ofrecerán a Pekín más vías para canalizar el comercio y las inversiones chinas, favoreciendo el uso del yuan en las transacciones financieras y comerciales con los países emergentes.

Para valorar en sus justos términos la importancia de este fenómeno hay que tener bien presente que los únicos países del mundo que crecen económicamente son los Brics, mientras las viejas potencias se hunden, lo cual confirma por enésima vez otra de las tesis leninistas acerca del desarrollo desigual del imperialismo y desmiente la versión llorona del subdesarrollo, que opone el «norte» contra el «sur» propia de las ONG y los foros sin fronteras. La crisis del capitalismo se manifiesta en la descomposición de los países más fuertes y el ascenso imparable de nuevas potencias, como China, que se enfrentan a los anteriores y les disputan la hegemonía, hasta el punto de imponer divisas diferentes.

Los Brics y los hoy llamados países emergentes demuestran que el epicentro de las contradicciones del imperialismo se sigue desplazando rápidamente, que Europa occidental ha dejado de tener relevancia estratégica y que los intentos desesperados de Estados Unidos por preservar su hegemonía están condenados al fracaso. Este cambio en la correlación de fuerzas conduce a una guerra imperialista que será de proporciones aún más vastas que las dos anteriores.

Teoría marxista de la alienación

Una de las maneras de diferenciar a un idealista de un materialista es que mientras el primero habla del mundo en primera persona, el segundo habla de la persona en función del mundo. El idealismo se empacha de conciencia, e incluso inventa tantos paraísos como conciencias existen acerca de él. El mundo -dicen los idealistas- no es tan importante como la conciencia que tengamos de él. Entonces el discurso del idealista desvaría por todos y cada uno de los meandros de esa conciencia y, sobre todo, de los desvaríos de la conciencia o de la ausencia de conciencia.La alienación es uno de los recursos favoritos del idealismo, y mucho más: es algo casi siquiátrico, hasta el punto de que a veces el alienado es un enajenado, un perturbado mental. Incluso grandes materialistas como Feuerbach resbalaron por esa pendiente al poner a la religión como ejemplo típico de alienación, un fenómeno pernicioso, un engaño, con el que hay que acabar. Por no hablar ya del idealismo, incluso el materialismo burgués juzga la alienación como algo inmoral, rechazable, y a partir de ahí la bola de nieve sigue creciendo imparablemente, al concebir que la tarea revolucionaria debe consistir, lógicamente, en poner lo cierto en lugar de lo incierto en la conciencia de cada cual pero, especialmente, en la de los trabajadores, con un empeño que es típico de los misioneros y evangelizadores religiosos, es decir, a la vez, propagandístico y pedagógico.

Los seudomarxistas toman del idealismo esas concepciones. Por ejemplo, Reconstrucción Comunista, que son los cheerleaders del oportunismo, hace gala de ello en una reciente publicación que convierte a la alienación en la “forma principal de control” y en el “instrumento principal de la dominación” en un Estado democrático. En un confuso lenguaje idealista sostienen que un régimen democrático es “mejor envoltura” que una “dominación autoritaria” porque la burguesía se impone por medio de la alienación que ejerce sobre el proletariado, controlando el Estado, el sistema educativo y los medios de comunicación (1).

En este tipo de concepciones hasta el lenguaje es absurdo. Un régimen político no es ninguna “envoltura”, ni la dominación de clase puede depender de algo -la alienación- que conciben como un fenómeno subjetivo, ideológico. Es como decir que una clase, el proletariado, está sometida porque otra clase, la burguesía, le engaña o le mantiene en una especie de atontamiento a través de los medios de comunicación. Aunque errónea, es una concepción bastante extendida. Parece que la burguesía conoce la verdad pero cuenta algo distinto: una mentira. La consecuencia de este planteamiento idealista es que -a la manera de Feuerbach- la lucha de clases se reduce a una tarea pedagógica que tiene como objetivo destapar el fraude, sacando a los explotados del error en el que viven.

En contra de lo que Reconstrucción Comunista afirma, la burguesía no “ejerce alienación” sobre el proletariado porque ella misma está alienada. Pero los coletivos pequeño burgueses se caracterizan porque denuncian la alienación de los trabajadores, pero nunca su propia alienación como clase. Esto es típico -sobre todo- de la intelectualidad, que considera que quienes están alienados son los que carecen de formación, estudios o eso que llaman “preparación”, que conciben siempre como algo anterior a la acción. Pocos sectores sociales hay más alienados que los intelectuales y, en particular, quienes creen que no se puede salir a la calle sin leerse antes “El Capital”.

Mientras el idealismo pone los fenómenos cabeza abajo el marxismo, que es el materialismo científico, sostiene que la alienación no se origina en la conciencia sino en la actividad y, por consiguiente, en el trabajo: “Nosotros partimos de un hecho económico, actual”, dice Marx (2). Las relaciones de producción capitalistas son inmediatamente relaciones de dominación, de poder. El poder es económico, social y político, y de ahí deriva un poder ideológico en el que la clase que lo detenta no engaña sino que transmite las concepciones de su clase a toda la sociedad: “las ideas dominantes son las de la clase dominante”, dice Marx en una frase conocida. No son, pues, la causa sino más bien la consecuencia.

El marxismo analiza, además, la alienación como una característica de la actividad económica bajo determinadas circunstancias históricas bien definidas, que son el capitalismo y su antecedente inmediato, el mercado, con lo que ello supone, fundamentalmente la propiedad privada. La alienación, pues, ni siquiera tiene que ver exactamente con mercancías, como sostuvo Lukacs (3), sino con la propiedad de las mismas, o sea, con determinadas formas de relaciones de producción mercantiles que surgen en un momento determinado de la historia.

El mercado aparece porque alguien produce no para sí mismo sino para otros. Hay un desdoblamiento de la sociedad entre vendedores y compradores, es decir, una ruptura de la unidad (sociedad) en dos fragmentos (uno se divide en dos). A ese desdoblamiento, que es puramente mercantil, el capitalismo añade otro aún más importante: el de quienes no sólo producen sino que trabajan para otros, por cuenta de otros: “Hasta ahora hemos considerado el extrañamiento, la enajenación del trabajador, sólo en un aspecto, concretamente en su relación con el producto de su trabajo. Pero el extrañamiento no se muestra sólo en el resultado, sino en el acto de la producción, dentro de la actividad productiva misma” (4). Es lo que los idealistas no quieren admitir: la alienación no es nada diferente de la explotación y el trabajo alienado es el trabajo explotado.

Marx no fue nada original. De la economía mercantil y del desdoblamiento entre el valor de uso y el valor de cambio ya habló Aristóteles. Lo que Marx dice es que con el desarrollo de las fuerzas productivas y la división del trabajo, la economía y la sociedad se fragmentan aún más profundamente: el trabajo se desdobla como fuerza de trabajo, el valor de cambio como dinero y el dinero como capital.

Cuando Marx alude a la alienación utiliza una batería de expresiones en alemán que no siempre se traducen de la misma manera y que han creado otra batería de expresiones en castellano verdaderamente laberínticas. Pero todas ellas tienen en común un desdoblamiento y se suelen ilustrar con el ejemplo de la compraventa. Si somos finos, cuando vendemos nuestro coche decimos que lo hemos “enajenado” porque la propiedad privada separa lo propio de lo ajeno (alienus).

Pero con “enajenado” nos podemos referir también a una persona que no es ella misma sino que está “fuera de sí”, que se cree otra distinta, que se desdobla en ella. Lo mismo le ocurre a cualquier creador, que se realiza en su creación, el pintor en su pintura o el poeta en su poema, y entonces decimos que la obra es un desdoblamiento de su creador, hasta el punto de que adquiere vida propia, como el Quijote trasciende a Cervantes o la Quinta Sinfonía a Beethoven.

Ante todo la alienación es objetivación, materialización. Si el trabajo se analiza desde ese punto de vista, como creación, la alienación pierde ese sentido moral repudiable que ha adquirido en el pensamiento burgués. Entonces el trabajo es todo lo contrario, “autoproducción”, como decía Hegel, que es la máxima expresión de la realización personal. El hombre se manifiesta en sus obras, en su actividad, en la práctica.

Para los marxistas la alienación no es unilateral sino una contradicción. No se trata -en absoluto- de erradicarla sino de modificar las condiciones históricas actuales en las que se desenvuelve. Si en lugar de modificación hablamos -más bien- de superación, que es el término que Marx utiliza, podríamos decir que como cualquier otra situación histórica, no es posible suprimir la alienación sino que se trata de superarla a partir de la propia alienación. Para lograrlo lo que hace falta, en palabras de Marx, no es precisamente pedagogía sino “un movimiento que se supera a sí mismo” (5), acabar con la propiedad privada o, para ser más claros: acabar con el trabajo explotado.

La propiedad privada no sólo crea una dualidad recíproca entre lo mío y lo tuyo, sino una dislocación entre lo individual y lo social, entre yo y todos los demás, donde parece que lo de los demás no es mío o no me corresponde a mí. Esa ideología edificada sobre lo cercano e inmediato, característica de la burguesía española desde siempre, ha impregnado profundamente todos los poros de la sociedad, empezando por el “¿Qué hay de lo mío?” y acabando en el provincianismo cutre, también característico, de “¡Viva Cartagena!”

El desdoblamiento de las cosas es paralelo al de las personas. El desarrollo de las fuerzas productivas forma sociedades cada vez mayores (cuantitativamente) pero más fragmentadas (cualitativamente), siendo las clases y la lucha entre ellas la máxima expresión de dicha fragmentación. Pero no es la única y en los “Manuscritos” expone Marx otras muchas consecuencias de dicha fragmentación: la propiedad privada crea necesidades e intereses igualmente privados a los que se subordina el interés público, que debería ser el de la mayoría, e incluso el de toda la sociedad.

Las relaciones mercantiles (el mercado, la compraventa, la propiedad privada) crean la falsa impresión de que todos somos iguales, todos estamos en un mismo plano. Pero las relaciones capitalistas que de ahí surgen son todo lo contrario: donde hay un propietario de medios de producción hay un expropiado. A veces al trabajo explotado se le llama “por cuenta ajena” o sea por cuenta de otro (“alienus”), el propietario de los medios de producción. También se le llama trabajo “dependiente” porque crea dependencia, hace a una parte de la sociedad (proletarios) dependiente de otra (burgueses).

En la sociedad capitalista el trabajo alienado es, pues, el soporte de cualquier otra forma de subordinación (social, política, cultural), la esencia misma del poder de la burguesía como clase. A eso -a la explotación- se refería Marx, y no a otra cosa.

(1) Reconstrucción Comunista, De Acero, núm.4, agosto de 2014, pgs.5 y 7.
(2) Marx, Manuscritos economía y filosofía, Madrid, 1968, pg.105.
(3) Lukacs, Historia y conciencia de clase, México, 1969, pg.123.
(4) Marx, Manuscritos, cit., pg.pg.108.
(5) Marx, Manuscritos, cit., pg.pg.164.

La decapitación de Steven Sotloff tiene su lado oscuro

Juan Manuel Olarieta
Un portavoz del ministerio israelí de Asuntos Exteriores reveló a través de su cuenta de Twitter que Steven Sotloff, el segundo periodista estadounidense decapitado por el EIIL, había nacido en el seno de una familia judía sionista de Miami y que compartía su nacionalidad estadounidense con la israelí.

Inicialmente los detales biográficos se habían mantenido en secreto para no poner en riesgo la vida del supuesto reportero secuestrado que colaboraba con las revistas Time y Foreign Policy. Pero tras su fallecimiento algunos medios han desvelado nuevos datos del pasado de Sotloff: hizo su aliya (retorno a Israel) en 2005, seguido tres años después por un curso de formación en el Centro Interdisciplinario de Herzliya.

Esta última parte, su estancia en Herzliya, desapareció muy pronto de los medios digitales, pero se puede recuperar de la caché de Google. La desaparición tiene su importancia para quienes conocen el mundillo del espionaje: Herzliya es un semillero del Mossad.

De 2008 a 2013 Sotloff viajó por Oriente Medio como periodista independiente. Sus primeros empleos fueron en el Jerusalem Post y en Media Line, dos órganos próximos a la extrema derecha sionista.

Entre 2011 y 2013 Sotloff mantuvo una amistosa correspondencia con un viejo colega de la misma escuela de Herzliya, el  periodista israelí-estadounidense Oren Kessler (1), que vive en Londres, es miembro de la Henry Jackson Society, un influyente equipo de los sectores británicos más reaccionarios e islamófobos.

En una conversación con la revista digital Politico, Kessler reveló que durante sus viajes por los países árabes su amigo Sotloff había fingido ser musulmán. Otros testimonios corroboran que para explicar el origen de su apellido Sotloff afirmó ser de origen checheno.

Site Intelligence Group, el organismo que difundió el vídeo de su decapitación tiene su sede en Bethesda, Maryland, y también está ligado a la inteligencia militar de Estados Unidos e Israel, así como a la ultraderecha sionista. Requerido por varios medios para dar cuenta del origen del vídeo, Site ha afirmado que estaba en un servidor de intercambio de archivos, lo cual es falso.

La fundadora de Site es Rita Katz, hija de un judío irakí ejecutado en la plaza central de Bagdad por espionaje a favor de Israel. Katz creó Site en 2002 y durante seis años se albergó en los mismos servidores que acogen a varios medios digitales judío-estadounidenses.

Desde su llegada a Estados Unidos Katz colaboró tanto con el espionaje imperialista como con organizaciones sionistas, como el «Investigative Project on Terrorism». Se dio a conocer públicamente en 2003 cuando publicó su libro «Cazadora de terroristas» (Terrorist Hunter) en el que relata su infiltración en grupos islamistas.Rita Katz mantiene estrechos vínculos con Richard Clarke, el antiguo jefe de la lucha antiterrorista en Estados Unidos, así como investigadores en el Departamento de Justicia, el Departamento del Tesoro y el Departamento de Seguridad Nacional.

Su tinglado virtual Site sirve de referencia a las unidades antiterroristas de las policías del mundo ya que se dedica a la vigilancia de sitios islamistas de internet, publicando los documentos más truculentos que se atribuyen a Al-Qaeda, o incluso falsificándolos. En 2008 Site presentó una supuesta foto con la que los islamistas ilustraban los estragos de una explosión nuclear en Washington. En realidad la habían tomado de un vídeojuego (2)

Habitualmente Site colabora con un grupo denominado IntelCenter, una rama de iDefense, una empresa de Virgina de seguridad informática que forma parte de Verisign. IntelCenter está dirigido por N. Ben Venzke, que en enero de 2001 publicó un informe minucioso sobre el «ciber-conflicto palestino-israelí». Su personal forma parte de la inteligencia militar. Uno de ellos, Jim Melnick, es un antiguo responsable de operaciones psicológicas en los tiempos en que Donald Rumsfeld era secretario de Defensa, es decir, el encargado de fabricar mentiras.

La empresa analiza las publicaciones de internet sobre Oriente Medio y rastrea su origen y alojamiento. A veces IntelCenter también crea y difunde información, hasta el punto de que parece ser la empresa creadora  del sello As-Sahab, la supuesta editorial videográfica de Al-Qaeda, lo cual conduce a sostener que no sólo Al-Qaeda como organización es un tentáculo del Pentágono sino que el imperialismo produce y difunde sus truculentos vídeos cuando necesita justificar su política intervencionista.

(1) http://www.politico.com/magazine/story/2014/09/mourning-my-almost-friend-steve-sotloff-110525.html

(2) http://www.dcjunkies.com/showthread.php?4927-SITE-mistakes-video-game-image-for-terrorist-planning

La telaraña desinformativa de la CIA

Los espías de la CIA se han enfadado mucho al enterarse de que están perdiendo la guerra de la propaganda. El canal internacional de noticias de 24 horas de Russia Today ha superado a la CNN en visionados en YouTube. El canal ruso llega a unos 100 países con una audiencia potencial de 644 millones de personas. En Reino Unido es la tercera cadena extranjera de mayor audiencia, con 2,5 millones de espectadores, solo después de la BBC Sky News.

A veces no se tiene en cuenta que la CIA no sólo quiere obtener información sino que quiere difundir información, y lo que es más importante: quiere ser la única fuente de información. Es un órgano de propaganda porque la propaganda forma parte de la guerra y la CIA es un instrumento de guerra. La central de espionaje nació en 1948 como una agencia de intoxicación y (des)información durante la guerra fría contra la URSS, y esa ha sido siempre su tarea primordial. En todo el mundo es la CIA la que crea opinión, así como el lenguaje, las palabras, las fotos e incluso los gestos que la acompañan. Cuando escuchas a un periodista o lees el artículo de un “experto” (normalmente un profesor universitario) sobre asuntos tales como la URSS antiguamente o el terrorismo hoy, no te quepa duda: habla la CIA.

Por eso la diferencia entre un periodista y un espía (o un policía) es cada vez menor. Los periodistas informan a los espías (o a los policías) y los espías (o los policías) informan a los periodistas. No hay más que encender la tele para observar que los espías, policías, guardias civiles e incluso la policía local no sólo se dedican a buscar información, que es su trabajo, sino a crear (des)información. Cada vez más. La policía española está al nivel de Belén Esteban, Paquirrín y Jesulín de Ubrique. Ellos saturan la pantalla de noticias; son la fuente de la que manan las noticias.

El enfado de la CIA les ha lanzado a la desesperada a tratar de desmontar el andamiaje propagandístico de los rusos fuera de Rusia, aunque no dicen nada del suyo. Esa parte se la callan. También se callan que el mundo está harto de 70 años de embustes y mentiras de sus sicarios (periodistas, profesores universitarios, tertulianos, columnistas), por lo que buscan otras fuentes de información, que es la base de una opinión libre.

Gracias a la CIA nos hemos enterado de que Russia Today tiene 2.500 periodistas en su nómina y que, además, sus emisiones han convertido a Putin en un tipo “muy popular”, con porcentajes que alcanzan ya al 87 por ciento de los espectadores, algo que contrasta poderosamente con el descrédito de la totalidad de los políticos en Estados Unidos y en toda la Unión Europea.

Desde 1948 nadie ha hecho más por la (des)información que la CIA: por la novela, la pintura, el teatro, la historia, la sociología, el cine… Ha creado periódicos, radios, agencias de corresponsales, editoriales, bibliotecas, universidades… una infatigable labor esparcida por todo el mundo que llega hasta la actualidad: desde hace 70 años seguimos respirando los malos humos de la CIA.

Para desestabilizar, crear descontento social y dar el golpe de Estado en Irán en 1953, una de sus primeras faenas, la CIA entregó sistemáticamente noticias y fotos a la prensa iraní, publicó cuatro libros de lujo sobre temas históricos, políticos o de ficción, con una tirada de diez mil ejemplares cada uno, fundó una revista mensual en farsí destinada a campesinos y personas de bajo nivel cultural, creó 20 bibliotecas móviles e inundó de libros las ya existentes, envió sistemáticamente revistas como Time, Life, Newsweek y Reader’s Digest a los consejos de redacción, a intelectuales, a escritores…

Tras la Operación Mockingbird la CIA puso a todos los medios de comunicación de Estados Unidos a su servicio. Los artífices de aquel Operativo fueron Allen Dulles (creador de la CIA), Richard Helms (periodista y director de la CIA), Philip Graham (editor del Washington Post, el del Watergate) y Frank Wisner, que fue quien puso en marcha el dispositivo. En 1951 se incorporó al programa Cord Meyer, quien llegó a convertirse en su coordinador principal.

A principios de 1950 ya trabajaban para Wisner periodistas en el New York Times, Newsweek y CBS. Entre los nombres de importantes periodistas fichados para la Operación Mockingbird y que, por consiguiente, recibían dinero por cumplir sus indicaciones, estaban periodistas muy conocidos de Estados Unidos, como Joseph Alsop, Steward Alsop (New York Herald Tribune), Ben Bradlee (Newsweek), James Reston (New York Times), Chales Douglas Jackson (Time Magazine), Walter Pincus (Washington Post) y William Baggs (Miami News).

En 1953 la operación ya permitía influir sobre 25 periódicos y agencias de todo el país, entre ellas Time Magazine, dirigida por Henry Luce. En su libro “Mockingbird: The Subversion of the Free Press By the CIA”, Alex Constantine escribió que en los años cincuenta “más de 3.000 personas contratadas por la CIA se vinculaban a este tipo de propaganda”.

Lo que la CIA lamenta de Russia Today es cierto, pero lo que oculta de sí misma también es cierto. Lo más interesante es que, después de 70 años de escuchar las mismas cosas, estamos saturados de sus embustes y nos gusta leer otras noticias diferentes… aunque también sean mentira.

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