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Memoria Histórica

Comunista, independentista, matemático

El año pasado se publicó en Francia un libro del periodista Jean-Charles Deniau titulado “La verdad sobre la muerte de Maurice Audin”, un comunista argelino, militante independentista y profesor de matemáticas en la Universidad de Argel, detenido y desaparecido durante la batalla de 1957 contra el colonialismo.

Fue un crimen de Estado, uno de los muchos que cometieron los colonialistas durante las guerras de liberación nacional de aquella época. No hay nada nuevo que decir sobre el asunto, como no sea volver a repetir, una y otra vez, lo que se sabe, que es mucho, y lo que se sospecha, que es más aún.

Que desde hace más de medio siglo Francia guarde silencio sobre los crímenes que ha cometido en Argelia es, en efecto, una redundancia. El silencio es una parte del terrorismo de Estado, y cuando tanto se habla ahora del terrorismo, precisamente en Francia, hay que empezar hablando del terrorismo promovido, armado, financiado, respaldado y meticulosamente organizado por el Estado francés.

A la casa en la que vivía Audin en Argel llegaron los paracaidistas el 11 de junio de 1957 y nada más se ha vuelto a saber de él, salvo que los criminales estaban a las órdenes del general Massu.

Su caso no es diferente de los otros 3.000 desaparecidos que hubo entre enero y octubre de aquel año, un verdadero agujero demográfico en medio de la “Batalla de Argel” que marcó el punto sin retorno en una guerra sin tregua por sacudirse de encima el yugo colonial.

Audin fue víctima de la paranoia anticomunista de la época. En medio de la guerra fría, para los imperialistas franceses la “Batalla de Argel” formaba parte de la lucha contra el comunismo y contra la URSS, lo que explica el ensañamiento con el profesor de matemáticas.

Había nacido en Beja, Argelia, el 14 de febrero de 1932. Tenía, pues, 25 años y una familia con tres hijos pequeños cuando fue secuestrado por los paracaidistas. También su mujer y sus tres hijos, uno de ellos recién nacido, estuvieron encerrados en la vivienda durante cuatro días, custodiados por los paracaidistas.

Audin militaba en el Partido Comunista de Argelia, que era clandestino desde hacía dos años. Además de sus clases en la universidad, se dedicaba al trabajo sindical. Pocos meses después de su desaparición, Laurent Schwartz leyó en la Universidad de la Sorbona su tesis doctoral, que fue premiada en ausencia.

El gobierno de París y los militares a su servicio lanzaron entonces la típica cortina de humo para consumo de la prensa: tras su detención Audin se había logrado fugar durante un traslado. Naturalmente que ni la policía ni los paracaidistas emprendieron su búsqueda. ¿Para qué?

En 1958 una investigación minuciosa (y censurada) llevada a cabo por el historiador Pierre Vidal-Naquet concluyó que no existió tal fuga y que murió a manos de los paracaidistas, indicando al posibilidad de que falleciera como consecuencia de las torturas de que fue objeto por el teniente Charbonnier durante su interrogatorio en el cuartel de El Biar.

Las memorias que dejó escritas el coronel Yves Godard empezaron a destapar que el asesinato no fue exactamente así, sino peor aún. Tras su detención Audin fue asesinado a sangre fría por Gerard Garcet, uno de los lugartenientes del general Massu.

Cada vez que se levantaba por las mañanas, el general francés redactaba una lista con los combatientes que debían morir y los que debían seguir con vida un poco más de tiempo. Entre la vida y la muerte de aquellos héroes la tortura estaba a medio camino.

En su libro Deniau pone en boca del general Aussaresses, otro criminal de la guerra de Argelia recientemente fallecido, que tras la detención de Audin, él personalmente como responsable de información se encargó de organizar su ejecución encubierta “con la cobertura plena y entera del poder político”. Pero, ¿cómo creer al general mentiroso, a ese que siempre había dicho que el detenido se fugó?

El cuerpo de Audin nunca apareció. A petición de su viuda y después de numerosas protestas, hace dos años Hollande prometió abrir los archivos y, en efecto, a los tres meses a la viuda le llegó un sobre con varios documentos del Ministerio de Defensa tan cuidadosamente seleccionados que no aportaban nada nuevo que no se supiera de antemano.

En enero del año pasado el ministro de Defensa repitió las promesas de contribuir al esclarecimiento de la verdad con todo lo que estuviera al alcance de su mano. Otra burla macabra. El ministro tiene la mano muy corta.

Sirvan estas líneas para recordar a los imperialistas, a todos ellos, que se equivocan si creen que el silencio es sinónimo de olvido. Todo lo contrario.

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La sagrada ideología del holocausto

Juan Manuel Olarieta

Holocausto es un término religioso judío, «shoá», que literalmente se puede traducir como «catástrofe». Es una ceremonia bárbara en la que a dios (yavé) se le ofrece en sacrificio a una víctima humana, a la que luego se le prende fuego. Con el tiempo el ritual se fue llevando a cabo de una manera simbólica, matando a animales en lugar de personas, y entonces la palabra desdobló su significado, pasando a aludir a la entrega de una persona por el bien de los demás.
Después de 1945 el significado de la palabra siguió evolucionando hacia algo cada vez más distinto. Pasó a aludir al genocidio o exterminio sistemático y deliberado de los judíos por motivos religiosos y, en especial, el llevado a cabo en Europa por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Hoy la palabra forma parte de la ideología dominante del imperialismo. Hay un «Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto» y todos la utilizan en singular, el holocausto, sin excepciones, tanto la ONU, como la UNESCO, las ONG, las organizaciones de derechos humanos, los partidos políticos de casi todo el mundo y los medios de intoxicación propagandística.
La palabra es singular porque a lo largo de la historia de la humanidad no ha habido varios holocaustos, sino uno solo, el de los judíos. Según avanza el calendario, lo que oímos cotidianamente en la televisión es lo siguiente:
– las únicas víctimas de los nazis fueron los judíos
– las víctimas más numerosas de los nazis fueron ellos
– el objetivo de los nazis fue el de perseguir a los judíos
– el holocausto ha sido el crimen más monstruoso de la historia
Al utilizar la palabra en singular, palidecen todos los demás exterminios habidos y por haber, lo cual, traído a la actualidad, supone que el fascismo no sólo no tiene nada que ver con el imperialismo sino que le lava la cara. Al fin y al cabo el imperialismo no es tan malo: sólo ha habido un único exterminio y sólo lo cometió un único país, Alemania. Fue una etapa oscura de la historia, una excepción que ya ha pasado, afortunadamente.
En la ideología del holocausto los crímenes más importantes son los que se cometen contra los judíos, los cometen los enemigos de los judíos y los cometen por ser judíos. Los demás crímenes no se televisan.
La mistificación mejora aún más cuando la maquinaria de propaganda consigue pulir un poco su lenguaje: los crímenes cometidos contra los judíos (y contra todos los demás) no fueron consecuencia del imperialismo sino del III Reich, de Hitler o de las SS.
En el holocausto los nazis no diferenciaron entre clases sociales, no atacaron al proletariado judío, por ser proletario sino por ser judío. Atacaron a todos ellos por igual.
La propaganda del holocausto, lo mismo que la propaganda anti-terrorista, se fundamenta en uno de los pilares más poderosos de cualquier manipulación sicológica, el victimismo, que consiste en poner a unas víctimas («las» víctimas por antonomasia) en un lado y a los victimarios en el lado opuesto.
Además, para que sea efectivo, el victimismo únicamente debe tener en cuenta a un tipo de víctimas, en el caso de la Segunda Guerra Mundial, a los judíos, no a los antifascistas, en general.
Para cumplir su función ideológica, la represión nazi tiene que encubrir la política nazi porque es exactamente la misma política que la de cualquier potencia imperialista hoy. Dicho encubrimiento se lleva a cabo equiparando los campos de concentración a las cámaras de gas, es decir, induciendo la imagen de que los nazis querían el exterminio sistemático de los judíos, algo absolutamente imposible, incluso para ellos.
Las pretensiones nazis fueron las de cualquier potencia imperialista, antes y ahora: las de dividir para aplastar la resistencia de la clase obrera mediante la imposición de políticas discriminatorias, racistas y segregacionistas de todo tipo que tienen su origen en el papel reservado al ejército industrial de reserva, fundamentalmente a los desempleados, en las fases más agudas de las crisis del capitalismo.
La ideología del holocausto es religiosa, tan sagrada como la mano de Santa Teresa o el Santo Sudario. Está refrendada al más alto nivel, a escala internacional y sancionada jurídicamente. Quien la niegue o minimice va a la cárcel, se convierte en un cómplice del crimen y de los nazis que lo cometieron. No importa que esté en el otro bando porque no deja de ser otro extremista, y ya se sabe que los extremos, como el Frente Atlético y Riazor Blues, siempre se tocan.
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Comida rápida para el intelecto

Juan Manuel Olarieta

El comentario de Allain Jules sobre el intento del gobierno francés de enterrar a los terroristas del 7 de enero en África (1) es inusualmente lúcido, empezando por su constatación del absoluto silencio mediático al respecto y siguiendo por la opinión «formateada» de los periodistas, para quienes África está ahí abajo sólo para servir a Francia.
Me encanta que califique a los periodistas de trileros («maquignons») pero, sobre todo, me he reído a carcajadas cuando pone el ejemplo del ex-presidente Nicolás Sarkozy, cuyos padres son húngaros: ¿le enterrarán por ello en Hungría? En Europa el racismo se ha convertido en algo obsesivo-compulsivo. Hasta los cadáveres tienen pasaporte. Los racistas te persiguen durante toda tu vida y luego más allá de la muerte. Como Darwin dijo que toda la humanidad procede de África (“Out of Africa”), todos deberíamos ir pensando desde ahora en preparar nuestro sepulcro en Tanzania, o en Uganda, o en Gambia, o en… donde más le guste a cada cual.
Atinado también cuando habla del «prêt-à-penser», la comida rápida del intelecto, y seguramente aún no conocía la petición del Primer Ministro francés para que la prensa no airee las zonas de sombra de los atentados «para no alimentar las teorías de la conspiración», cada vez más abundantes. Un verdadero aluvión, diría yo, tanto que la ministra de Educación, Najat Vallaud-Belkacem, de origen magrebí, ha declarado su preocupación por las constantes burlas contra la versión rápida de lo sucedido.
Es posible que Allain Jules tampoco hubiera leído el editorial que escribe Laurent Joffrin para Libération (2), que es el prototipo del «prêt-à-penser». El periodista francés es la voz de su amo, un lameculos que siguiendo la petición del Primer Ministro, se pronuncia contra aquellos colegas que, cumpliendo con su papel, investigan y por eso mismo tienen cada vez más audiencia, a diferencia de los altavoces de la versión rápida y la comida basura del intelecto, cuya difusión cae en picado.
No es posible atenuar la marea de desconfianza, por más que en su desesperación el editorialista clame que las conspiraciones son la «muleta intelectual de los extremistas», la «antesala de la tiranía». La patología conspirativa, dice Joffrin, no es un ejercicio de democracia sino todo lo contrario, un ataque contra ella, y es que hemos llegado a un punto, el capitalismo monopolista de Estado, que en su decadencia repite lo que en el siglo XVIII decía el Rey Sol: «el Estado soy yo». El Estado son ellos y la democracia también son ellos. Lo que se salga de ahí es tiranía, conspiraciones y extremismo. Lo peor de lo peor.
La plaga no son las teorías de la conspiración, sino las mentiras. Las teorías de la conspiración no gustan porque sean «novelescas», como dice Joffrin, sino porque nadie se cree ya nada de lo que cuentan, ni ellos, los periodistas, ni los políticos a los que encubren. Y en efecto es una patología, pero no por parte nuestra, sino suya. Y también es cierto: los enfermos de conspiración somos igualmente «negacionistas». A todo le decimos que no y ahí está el problema porque en África los imperialistas están acostumbrados a escuchar todo lo contrario, «Sí bwana», que traducido del idioma suajili significa «Sí señor». Están acostumbrados a que los esclavos den la razón a sus amos, a tratar con mayordomos, aduladores y rastreros.
El conspiracionismo no es la antesala de la tiranía sino de la democracia, cuya esencia es estar en desacuerdo, protestar y rebelarse. Que en un país como Francia, que en 1793 legalizó el derecho a la resistencia, incluso armada, es preocupante que un periodista como Joffrin califique de «extremistas» a los que buscan, a los que se esfuerzan por descubrir y aclarar cualquier acontecimiento. Estamos en el pleno ejercicio de nuestro derecho y si a alguien eso le parece «extremo» será porque nos lo quiere arrebatar, o nos lo ha arrebatado ya.
Si Joffrin es periodista en París estará al corriente de las declaraciones del general Vincent Desportes en la Comisión de Asuntos Exteriores de la Asamblea Nacional el 17 de diciembre, una sesión abierta en la que el oficial afirmó que el Califato Islámico lo había creado Estados Unidos (3). ¿Se ha creído Joffrin que el general es otro perturbado por las conspiraciones? Y si está perturbado, ¿por qué los diputados le llaman a declarar como experto en la materia?

Kevin Barrett, editor de la revista Veterans Today, declaró el lunes: «Desde hace tiempo el gobierno británico colabora con los extremistas salafistas y wahabitas que manipula y protege para alcanzar sus propios objetivos políticos». ¿Otro perturbado?

La mierda les va llegar a las orejas. Le Point acaba de publicar que Mohamed Merah, autor de los atentados atribuidos hace dos años a los islamistas en Toulouse, trabajaba para los Renseignements Généraux, la policía secreta francesa.
The Guardian publica que los hermanos Kouachi tenían prohibido volar a Gran Bretaña porque estaban en el listado de terroristas del gobierno de Londres. ¿No sabía nada el gobierno francés?, ¿no estaban en sus listados?
¿Cree el gobierno francés que va tapar la matanza del 7 de enero burlándose de las teorías de la conspiración? Yo más bien creo que ellos van a ser los burlados y que algunos de los capos de los siniestros despachos de la seguridad (policía, servicios secretos, militares) acabarán sentados en el banquillo de los acusados dentro de poco, no sólo por ser unos criminales sino también por ser unos mentirosos.

(1) Quand l’Afrique refuse d’être le dépotoir pour terroristes de la France, 23 de enero
http://allainjules.com/2015/01/23/terrorisme-quand-lafrique-refuse-detre-le-depotoir-pour-terroristes-de-la-france/
(2) http://www.liberation.fr/societe/2015/01/20/bequille-intellectuelle_1185032
(3) http://www.agenceinfolibre.fr/general-v-desportes-les-etats-unis-ont-cree-daech/

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Memoria Histórica

La necesidad de re-escribir otra vez la historia

Lo dijo Alfonso Guerra nada más abandonar el escaño que había “okupado” durante más de 35 años: cuidado con esos que quieren re-escribir la historia, en este caso la historia de la transición, que debe quedar como hasta ahora, como un auténtico cambio.

Los que pretenden re-escribirla incurren en un delito de enaltecimiento del terrorismo, ha sancionado el Tribunal Supremo, empeñado en sepultar bajo mil expedientes judiciales a quienes buscan el polvo bajo el felpudo. No hay alternativa: o bien hay que pasar página, olvidarnos, que es lo que han intentado hasta ahora, o bien, en caso contrario, si la memoria nos persigue como una pesadilla, hay que volver al canon, a la versión oficial.

No sólo está ocurriendo en España, sino en toda Europa occidental, que también tuvo su transición un poco antes, en 1945, y en Europa oriental, que tuvo su transición en 1990, un poco después.

Todas estas transiciones tienen algo en común: que -según Lenin- van a contrapelo de la historia real que cabría esperar, a saber, que en los tiempos del imperialismo la tendencia de los Estados es en el sentido opuesto, de la democracia al fascismo. Un tema apasionante, sin duda, para los historiadores (para los de verdad).

En Europa oriental la caída del telón de acero también necesita re-escribir la historia de lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial, que acabó “contranatura”: quien debió ganar la guerra fue el III Reich y sus aliados. El ejército soviético estropeó el guión porque la propia URSS fue un cuerpo extraño dentro de la historia del siglo pasado que los cronistas no son capacaces de digerir.

“Si no somos capaces de cambiar la historia, cambiemos la manera de contarla”, piensan, y están empeñados en ello. Para eso disponen de los aparatos ideológicos del Estado, de la universidades y de los universitarios que en medio de los archivos polvorientos siguen re-buscando los pelos que Stalin tenía justo en el agujero del culo.

La lucha contra el fascismo, cuyo máximo ejemplo es la Segunda Geurra Mundial, se resume entonces en el desembarco de Normandía, del que La 2 sigue emitiendo un reportaje tras otro, o la máquina Enigma que descrifró los códigos secretos, o los heroicos pilotos de la RAF, o las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, o… cualquier cosa que no sea la URSS

Tras el golpe de Estado de Kiev del pasado año, re-calificado como acción cívica y democrática, la historia, o mejor dicho, la manera de contarla, sigue cambiando. Ahora la versión oficial es que al final de la guerra la URSS invadió primero Ucrania y luego Alemania.

Sin embargo, el desembarco de Normandía no fue una invasión de Francia por parte de Estados Unidos. Ni hablar.

“Díme cómo escribes la historia y te diré quién eres”. El gobierno ucraniano (y el polaco) está poniendo de manifiesto su naturaleza fascista al re-escribir la historia de una manera fascista. Lo mismo va a ocurrir dentro de poco en los países de Europa occidental, cuando en el gobierno se consoliden organizaciones como el Frente Nacional, Pegida y similares.

El 27 de enero se cumple el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz, el símbolo por antonomasia de la barbarie fascista y el canciller polaco, Grzegorz Schetyna, ha dicho a la radio que no fueron los soviéticos sino los ucranianos quienes liberaron a los antifascistas recluidos en ellos.

¿Cómo es posible esta manipulación? Por una sencilla razón: los soviéticos no podían liberar a nadie de nada porque ellos mismos estaban esclavizados por Stalin y el KGB. La estupidez de los imperialistas y de los “historiadores” a su servicio es monumental. Si los soviéticos padecían una brutal y sanguinaria dictadura, ¿cómo es posible que 30 millones de personas dieran su vida para defenderla? Si la URSS armó hasta los dientes a una población humillada y sojuzgada tan salvajemente como dicen, ¿por qué no volvieron sus armas contra los opresores que los gobernaban?

Dado el escaso alcance de su intelecto, los mercenarios de las universidades no se plantean dudas como las siguientes: ¿por que todos los campos de concentración nazis estaban en el este de Europa y no en países como Bélgica, Francia o Dinamarca? ¿No había judíos en esos países o no sólo los judíos fueron encerrados en ellos?

El 27 de enero se conmemora el Día de las Víctimas del Holocausto (judío) y el diario L’Express titulaba ayer en su portada: “Ambiente de guerra fría en el aniversario de la liberación de Auschwitz”. Para no tener que explicar lo inexplicable, el gobierno polaco, en cuyo suelo se encuentra Auschwitz y la mayor parte de los demás campos de concentración, no ha invitado a Putin a los actos oficiales.

Pues bien, la verdad es revolucionaria y, a la inversa, la revolución es patrimonio de la verdad: la liberación del campo de concentración de Auschwitz fue obra del ejército soviético y, por si alguno aún no sabe lo que significa la palabra “soviético”, aclararé que se trataba de un ejército internacional en el que combatieron, entre otros, ucranianos, polacos, rusos… y judíos.

El nieto de uno de aquellos combatientes soviéticos que liberó Auschwitz, Pinchos Fridberg, un judío de nacionalidad letona que se declara contrario a Putin, manifestaba en Twitter (Russia Insider, 21 de enero) su indignación por la exclusión de Rusia de los actos oficiales:

“Soy ciudadano de la Lituania democrática. Esto me da el derecho no sólo para tener sino también para expresar abiertamente una opinión diferente de la opinión oficial. Auschwitz fue liberado por el Ejército Rojo. Mi padre fue un soldado de ese ejército desde diciembre de 1941 hasta el último día de la guerra. Fue herido en combate tres veces cuando luchaba en el frente.

“Puedo traer aquí las fotocopias de los dos documentos, milagrosamente conservados en los archivos de mi familia. Mi padre murió en 1992. Pero si hoy viviera y se enterara de que el país cuyas fuerzas liberaron Auschwitz no participa en los actos conmemorativos de 2015, creo que se sentiría ofendido.

“Putin tiene que ser invitado a Auschwitz”. Es el título de un reciente artículo de Efraim Zuroff, a quien llaman “el último cazador de nazis”. Otra publicación reciente se llama “Boris Nemtsov: no podemos celebrar la liberación de Auschwitz sin Putin”. Difícilmente Nemtsov puede ser considerado sospechoso de respaldar a Putin. “Estoy de acuerdo con Zuroff. Estoy de acuerdo con Nemtsov…”

Pues no. Hay quien no puede salir en una foto que va a dar la vuelta al mundo. Como dice la prensa de Estados Unidos Putin está aislado y debe aparecer como tal, fuera de juego. Pero, ¿aislado de quién?, ¿aislado por quién?

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Cultura

Llamamiento a la yihad de la Internacional Comunista

Casi al final de la película “Rojos” de Warren Beaty, estrenada en 1981, John Reed toma la palabra en la Conferencia de Bakú y su alocución es recibida por los asistentes con un aplauso tan cerrado que el comunista americano queda sorprendido. Tras acabar la reunión se dirige a Zinoviev, que había presidido las sesiones, para preguntarle por los motivos por los que su discurso había tenido tan buena aceptación.

— “Ha sido por tu llamamiento a la guerra santa”, le responde Zinoviev
— “Pero yo no he hablado de guerra santa sino de lucha de clases”, replica Reed sorprendido

Aparentemente fue una mala traducción que a Reed no le agradó absolutamente nada, como el conjunto de aquella extraña Conferencia. Más que traducir, habían interpretado sus palabras, algo que suele ser muy frecuente. Es más, cabe pensar que dicha interpretación no era un error sino algo deliberado porque en el discurso de cierre Zinoviev utilizó el mismo término, yihad, para que a los musulmanes que participaban en la Conferencia no les quedaran dudas: “Hay que desatar una verdadera guerra santa contra los capitalistas ingleses y franceses”, dijo Zinoviev.

Era el 8 setiembre de 1920. Zinoviev calificó a la Conferencia de Bakú como la segunda parte del II Congreso de la III Internacional que se había celebrado en Moscú unas pocas semanas antes, la reunión más ambiciosa convocada hasta entonces por el movimiento comunista internacional. Reunió a 1.900 asistentes, de los que 700 no eran comunistas sino nacionalistas, o lo que hoy calificaríamos como antimperialistas o tercermundistas procedentes de muchos rincones del mundo. La mayor parte de estos últimos eran musulmanes (turcos, azeríes, chechenos, árabes, afganos) aunque también había judíos, hinduístas y otras confesiones religiosas.

El malentendido entre Reed y Zinoviev no era un problema técnico de traducción, sino algo peor. Tiene un trasfondo político e ideológico que llega a la actualidad, sobre todo cuando los marxistas se ven ante un auditorio masivo y heterogéneo, como la Conferencia de Bakú, que es el que todo movimiento revolucionario espera encontrar alguna vez. Zinoviev tenía razón. El marxismo no es, como creía Reed, un vehículo de comunicación de unos marxistas con otros, sino precisamente con los que no son marxistas, con las masas y, entre ellas, con los fieles de una u otra religión. El auditorio no aplaudió a Reed, lo que aplaudió fue la traducción. De ahí la sorpresa del propio Reed por la acogida que tuvieron sus palabras.

Pero pasemos ahora a la segunda cuestión, a las palabras del propio Zinoviev que tampoco fueron ninguna casualidad, ya que su discurso fue aprobado por la dirección de la III Internacional. La alusión de Zinoviev a una “guerra” contra los capitalistas no puede extrañar a ningún marxista. Ahora bien, ¿por qué una guerra precisamente “santa”? Si había miembros de varias confesiones religiosas, ¿por qué utilizar una expresión musulmana que podía crear rechazo entre los demás o un enfrentamiento mutuo entre los asistentes?, ¿cómo es posible que un ateo, un dirigente comunista, utilice una expresión de clara raigambre religiosa?

Como siempre la explicación está en una manipulación, en este caso del sentido de la palabra yihad, que es una expresión propia del idioma árabe. Pero el árabe es al islam lo que el latín al catolicismo, por lo que al aparato ideológico del imperialismo le ha resultado muy sencillo saltar del idioma (árabe) a la religión (islam) creando una amalgama, el yihadismo, para consumo -curiosamente- no de los árabes ni de los islamistas sino de las masas occidentales. Esa manipulación no existía en 1920. Por eso las demás confesiones religiosas -lo mismo que los ateos- no podían experimentar ningún rechazo, ni hacia la yihad ni hacia el islam.

Son los estragos de la ideología dominante. Según los imperialistas el Corán es un llamamiento a la lucha, a la guerra contra los infieles, un caso claro de enaltecimiento del terrorismo, de los degollamientos y el salvajismo. Los islamistas no sólo quieren acabar con nuestro “estilo de vida” tan maravilloso sino que quieren hacerlo por la fuerza y “nosotros” no podemos consentirlo. No debemos permanecer con los brazos cruzados.

Pero eso no es todo. Los aparatos ideológicos del imperialismo nos han inculcado hasta el tuétano que el islam tiene algo exclusivo, la yihad, que no existe en las demás confesiones, que no serían tan agresivas o violentas como el islam, que los musulmanes son los únicos que actúan de esa manera. Pues bien, es absolutamente falso. El mensaje de Jesucristo a sus apóstoles, expuesto en el Evangelio de Mateo (10,34-36), contiene un llamamiento terrorífico que Mahoma jamás pronunció: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido para traer la paz, sino la espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa”.

En la Biblia se pueden encontrar multitud de mensajes parecidos a ese. Por el contrario, en contra de una creencia hoy muy extendida, la palabra yihad sólo aparece tres veces en el Corán, carece de estatuto religioso entre sus fieles y no es tampoco una de las obligaciones religiosas de los musulmanes. Ni siquiera es una palabra de género femenino sino masculino, por lo que en todo caso debería decirse “el yihad”. Al convertirla en femenino los imperialistas la acercan mucho más a la palabra “guerra”, que también es de género femenino. Su traducción más inmediata al castellano no tiene que ver con una lucha armada, que en árabe se designa por la expresión “qital”, que es equivalente a lo que en la cristiandad se entiende como “guerra justa”.

Es entonces cuando empezamos a entender algo de lo que significa la yihad: como todas las ideologías y todas las religiones, el islam tiene una serie de principios que le permiten pronunciarse sobre una guerra, es decir, afirmar su legitimidad y, por lo tanto, rechazarla o apoyarla. En la cristiandad la guerra se regula en base a dos principios generales:

— “ius ad bellum”: las condiciones en las cuales alguien tiene derecho de declarar la guerra a otro legítimamente
— “ius in bello”: las normas que rigen la manera justa de llevar a cabo la guerra

En cualquier religión y, por extensión, en cualquier ideología, esas normas son siempre las mismas. A causa del origen teológico de las normas jurídicas, cualquiera que sea la religión, la guerra santa es siempre la guerra justa, y a la inversa. Los marxistas utilizamos exactamente ese mismo lenguaje y consideramos a unas guerras como justas (revolucionarias) y a otras como injustas, como agresiones o como guerras imperialistas. Por eso en Bakú todos entendieron -y aplaudieron- a Reed y Zinoviev, tanto los ateos como los creyentes: la yihad contra el capitalismo es una causa tan justa que para los creyentes se convertía en sagrada, es decir, en un deber.

Quizá sea posible entender mejor la palabra contrastándola con la palabra castellana “militar”, que tiene un significado doble, porque se refiere tanto al soldado, si es sustantivo, como al afiliado a un partido político, si es un verbo. En el idioma castellano son muy numerosas las derivaciones militares de expresiones políticas, empezando por la definición de Clausewitz de que “la guerra es la continuación de la política por medios violentos”. También son muchos los que asimilan la palabra “revolución” e incluso “lucha” o “huelga” a violencia.

La misma ambigüedad semántica tiene el idioma árabe. En el siglo XII el gran pensador andalusí Averroes (Ibn Rushd) habló de cuatro tipos de yihad: la de la lengua, la de la mano, la del corazón y la de la espada. En el lenguaje árabe corriente la yihad es la disposición interior de alguien para acometer una tarea. Tiene un sentido espiritual: el de mantenerse firme en las creencias religiosas ante un entorno de incredulidad. En el Corán se encuentran expresiones que se pueden traducir como “esfuérzate con toda tu alma” o “haz un esfuerzo en el camino de Dios”.

Pero además de un esfuerzo interior, propio del espíritu, la palabra árabe también tiene el sentido de ejercer una fuerza hacia el exterior. Hay una lucha para cambiar (mejorar) uno mismo (gran yihad) como para cambiar (mejorar) la sociedad (pequeña yihad). Esta última tiene, pues, un claro significado político y, como toda militancia, es un esfuerzo, exige una dedicación y una entrega.

No obstante, aunque no es aceptable una asimilación absoluta entre yihad y violencia o guerra, con el tiempo los ulemas, intérpretes de la ley mulsulmana, fueron ampliando el alcance semántico de la palabra en un sentido más agresivo del que originariamente tenía. Entonces, como los materialistas ya deberíamos saber, el planteamiento del problema cambia significativamente: no se trata de lo que diga la palabra de dios, sino de lo que digan los ulemas, o sea, la historia. ¿Por qué se produjo esa ampliación semántica?, ¿qué factores históricos la provocaron?

La explicación no puede estar en el Corán ni en ninguna creencia sino en la evolución del mundo árabe, su expansión (su emigración) fuera de la Península Arábiga, a la que acompañó el islam (porque junto con los pies también viajan la cabeza y el corazón), así como las escisiones internas que acompañan a toda expansión y, finalmente, el choque con otros pueblos (y con otras creencias y religiones).

Para llevar a las masas a una lucha, a una huelga, a una manifestación o a una guerra, hay que explicar bien claramente que la razón está de parte del convocante, que la decisión es adecuada, acertada y justa. Los creyentes la llaman “santa”, pero eso no cambia las cosas más que para ellos. Pero no nos confundamos. No es la conciencia la que mueve la historia sino al revés. Las masas no van a la lucha por ningún tipo de explicación, ni sindical, ni política, ni militar, ni religiosa. No son los carteles y las octavillas sino las condiciones sociales las que un materialista tiene que averiguar para explicar un determinado acontecimiento.

La consideración de una causa y de una lucha como “sagradas” es lo que -con otras palabras- todo militante discute cada día en sus reuniones: ¿hay que convocar ahora una manifestación?, ¿es conveniente la lucha armada?, ¿en que condiciones es admisible utilizar la violencia?, ¿qué tipo de luchas son acertadas y cuáles contraproducentes?

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‘Doctor Zhivago’, una novela del gusto de la CIA

Recientemente la CIA desclasificó 130 documentos que son una parte de los archivos referentes al escritor soviético Boris Pasternak. Su lectura confirma que fue el espionaje estadounidense quien publicó y difundió la novela “Doctor Zhivago” en 1958. Según el libro “The Zhivago Affair”, escrito por los periodistas Peter Finn y Petra Couvée, fue el mayor arma cultural contra el comunismo durante la guerra fría, sobre todo porque, en cumplimiento del plan de la CIA, la mano del gobierno de Estados Unidos no apareció de ninguna forma forma hasta fechas muy recientes.

Una de las consignas del espionaje, fechada en diciembre de 1957, recomienda prestar a la obra de Pasternak una atención especial. “La tirada de ‘Doctor Zhivago’ debe ser máxima y publicarse en el mayor número de redacciones para una ulterior discusión por la opinión pública internacional así como nominarse para los premios Nobel”, dice el documento.

La novela formó parte del programa de distribución de libros que la CIA puso en funcionamiento durante la guerra fría. La agencia de espionaje gastó millones cada año en la traducción y publicación de todo tipo de obras. Entre 1958 y 1991 el programa propagandístico del imperialismo difundió unos 10 millones de libros y periódicos, no solo literarios, sino también de historia, economía e historia del arte, entre otros temas. Los documentos de la CIA señalan que los autores como Pasternak ayudaban activamente con sus obras a destruir el socialismo en la URSS.

Como principal punto de distribución del libro, el espionaje escogió la Exposición Universal que se celebró en Bruselas en 1958, donde participaron 45 países. La CIA no podía distribuir el libro desde el pabellón estadounidense, por lo que utilizó el pabellón del Vaticano, dirigido por un grupo de católicos rusos, sacerdotes y seglares. Para ello la CIA tuvo que imprimir en su propio cuartel general una edición limitada, clandestina y de bolsillo de la novela, lo que se llevó a cabo en julio de 1959, cuando unas 9.000 copias salieron de sus rotativas.

A Pasternak (1890-1960) no se le conoce por sus poemas sino casi exclusivamente por su única novela, “Doctor Zhivago”, que los instrumentos de propaganda del imperialismo convirtieron en un símbolo, un ariete con el que mentir, engañar y criticar hasta el agotamiento a los países socialistas.

Gracias a “Doctor Zhivago”, a Pasternak le dieron el Premio Nóbel de literatura en 1958 y poco tiempo después se rodó una película basada en la novela, que se tradujo a 18 idiomas. Incluso lanzaron colecciones de cromos para que los niños de todo el mundo aprendieran a odiar al socialismo en una operación propagandística que hasta entonces nadie había sido capaz de poner en marcha.

Pero los Premios Nobel son los galardones más manipulados y corrompidos que existen y por eso la propaganda imperialista les da un realce que no tienen. El caso del “Doctor Zhivago” no es una excepción.

Según el reglamento, para optar al Premio Nóbel de literatura, la novela debía estar editada en su idioma original en su propio país y “Doctor Zhivago” estaba aún sin publicar porque la editorial soviética que tenía prevista su difusión la rechazó finalmente en 1956 a causa de la contrarrevolución en Hungría. Pasternak recibió una carta en la cual la editorial le explicaba las razones por las cuales no le publicaban la novela. Dicha carta se difundió en las revistas Novi Mir y Literaturnaia Gazeta y, además de exponer los motivos por los que rechazaban su publicación, contenía una crítica de la novela. Luego también intervino el diario Pravda con una reseña negativa de Doctor Zhivago firmada por D. Zaslavski.

La CIA decidió tomar cartas en el asunto organizando una operación rocambolesca. Pasternak había enviado el manuscrito de la novela a sus amigos en Occidente y la agencia de espionaje se dispuso a robarlo de un avión al que obligaron a aterrizar en Malta durante dos horas, el tiempo suficiente para fotografiar el original que luego editaron en ruso con el sello de la editorial Mutón de La Haya. Para evitar sospechas, utilizaron el mismo papel de imprenta que era corriente en la Unión Soviética. Asimismo, emplearon un tipo de letra especial, común en Rusia, e imprimieron los capítulos de que consta la novela en diferentes lugares con el fin de evitar que se descubriera la falsificación.

Tras la maniobra el libro fue presentado justo a tiempo al comité de los Nobel y los miembros de la Academia Sueca se mostraron muy sorprendidos ante el hecho de que les obsequiaran con varios ejemplares de una novela cuya existencia hasta entonces desconocían, justo a tiempo para que tuvieran en consideración a Pasternak como candidato al Nobel de 1958.

La CIA financió con fondos propios la primera edición en ruso de la novela. Poco después una editorial italiana con fama de izquierdista, Feltrinelli, fue la primera que editó una traducción, contribuyendo a dar carta de legalidad a la trampa al estampar su sello.

Pasternak nunca recibió el Nobel, premio que rechazó públicamente cuatro días después del anuncio. Debió resultar frustrante para él que le premiaran por lo más flojo de sus escritos. En efecto, Pasternak es un escritor cuyo punto fuerte no es la narrativa, sino la poesía. Es uno de las más grandes poetas rusos del siglo XX, pero no recibió el premio gracias a sus versos, que al imperialismo le importaban un bledo, sino a una novela y sólo por el contenido político contrarrevolucionario de la misma.

“Doctor Zhivago” es la única novela de Pasternak. En 1965 fue llevada al cine por el británico David Lean, con Omar Shariff (Yuri Zhivago), Julie Christie (Lara) y Geraldine Chaplin (Tonia) en los papeles principales, con una soberbia banda sonora de Maurice Jarré. La película fue rodada en la España franquista, que no puso más que facilidades para que pudiera realizarse, con gigantescos decorados en el camino de Canillas en Madrid que simulaban al Petrogrado de 1917 y los campos de Soria como magnífica estepa siberiana. Obtuvo cinco Óscar de Hollywood.

Narra los avatares de un médico y su familia durante los últimos años de la Rusia zarista, la guerra civil, la revolución de Octubre y los albores de la URSS. Además del trasfondo político, la obra relata el dilema sentimental de Zhivago, un poeta burgués, además de médico, que se debate entre su esposa y su amante.

La ambigüedad sentimental del doctor Zhivago corre paralela a su ambigüedad política. La novela expone, pues, el punto de vista de un intelectual desbordado por la furia de los acontecimientos revolucionarios de 1917. Es la mirada desconsolada del propio Pasternak, que no es capaz de diferenciar entre la feroz violencia contrarrevolucionaria del zarismo y la justa respuesta de las masas oprimidas. Pero, como suele suceder, el pacifismo no es más que una hipócrita cobertura lanzada, no en contra de los bolcheviques, como a veces se dice, sino de las propias masas oprimidas que se han convertido en protagonistas de su destino gracias a la revolución.

Pero el médico no quiere formar parte de esas masas; no quiere ser actor sino espectador de los acontecimientos porque cree que es eso lo única que le puede permitir convertirse en juez, falsamente imparcial, situado por encima de los bandos en lucha. El intelectual burgués que es Zhivago ya no es dueño de su vida privada, asaltada por el tumulto de los acontecimientos: la guerra mundial, la revolución, la guerra civil… Fuerzas exteriores a su propia persona le arrastran hacia lugares que no son los suyos y le impiden disfrutar de una vida propia, apacible.

El distanciamiento es el emblema de la intelectualidad fría. Los padres y hermanas de Pasternak emigraron a Berlin después de la guerra civil entre rojos y blancos que siguió a la revolución, una época de grandes hambrunas. Leonid se les había adelantado. Viajó para recibir tratamiento médico de los ojos, pero luego decidió quedarse en Alemania en busca de un futuro mejor, para terminar sus días en Gran Bretaña después de la entrada de los nazis al poder. Como buenos intelectuales, los Pasternak huían de la realidad porque se podían permitir ese lujo.

El personaje de Lara está inspirado en Olga Ivinskaya, la amante de Pasternak. Éste había contraído matrimonio en 1922 con Zhenia (Eugenia), una pintora, con quien tuvo un hijo. Pero en los años treinta se enamoró de Zina la mujer de su mejor amigo, con la que terminó casándose y tuvo otro hijo. Al cabo de los años Olga Ivinskaya, junto con su hija, fueron condenadas por cobrar derechos de autor ilegales procedentes de la publicación en el extranjero de “Doctor Zhivago”. Ivinskaya fue condenada a ocho años de trabajos forzados en Siberia y su hija a tres. La oleada de protestas que desencadenaron los países imperialistas logró que fuera librada cuatro años antes de cumplir su condena.

Aunque ha transcurrido más de medio siglo, la manipulación contra la URSS no se ha detenido ni un instante. Una noticia de la BBC de 22 de febrero de 2004 decía que Pasternak había sido un autor prohibido durante 30 años en la Unión Soviética y que sus obras completas iban a ser publicadas por primera vez al año siguiente, es decir, en febrero de 2005, para conmemorar los 115 años del nacimiento del escritor. Es completamente falso. Ya en 1933 se publicaron todos sus poemas en un volumen.

Así sufrían los autores prohibidos y perseguidos en la URSS.

El verdadero sufrimiento es el de los lectores que cada día tienen que soportar la basura propagandística del imperialismo, como la Wikipedia.

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Marxismo e islamismo

Juan Manuel Olarieta

Hace un siglo y medio que Marx y Engels construyeron el concepto de «conciencia» o de «superestructura», entre otros, en torno a la religión y a la crítica de la misma, y el tiempo les sigue dando la razón. No obstante, hasta quienes se consideran sus seguidores siguen cometiendo los mismos errores de entonces que, en esencia, consisten en pensar que la religiones tienen vida propia, que son algo por sí mismas.
La crítica de Marx y Engels a las religiones y a cualquier otra forma de conciencia consiste en sostener que no son más que un reflejo de algo que está fuera de ellas mismas. Carecen de vida propia. El combate contra la religión en términos religiosos es como la batalla de Don Quijote contra los molinos de viento: no luchan contra la realidad sino contra su alargada sombra.
La influencia de las religiones sobre la humanidad es tan poderosa y dura tanto tiempo que la batalla contra ellas ha adoptado formas religiosas. El caso de Spinoza es el prototipo del ateísmo con una envoltura religiosa.
La lucha contra la religión no es sólo -ni principalmente- ideológica, no va dirigida sólo contra las creencias de los fieles, sino que es política: es una lucha revolucionaria encaminada a derrocar a un poder, a un Estado y a un modo de producción. Ambas luchas son de naturaleza distinta, por más que se dirijan contra la misma religión.
Un movimiento revolucionario debe agrupar a las masas, incluso a los creyentes, para enfrentarse a un Estado que utiliza las religiones, incluida Francia, para apuntalar su dominio.
Las religiones son el ejemplo perfecto de dogmatismo, y presumen de ello. En cualquier religión la palabra de dios es una creencia válida para cualquier tiempo y lugar. Pero los marxistas sabemos -o deberíamos- que eso no es posible. Por lo tanto, afirmar que «todas las religiones son iguales» es una tautología; no dice más que «todas las religiones son religiones».
Un análisis concreto de la situación concreta nos debería llevar a pensar que en distintas condiciones de tiempo y lugar las religiones desempeñan funciones distintas. El islam agrupa hoy a 1.600 millones de creyentes; no puede ser el mismo en países de África, Oriente Medio y Asia que son distintos. Tampoco ha podido ser el mismo a lo largo de la historia.
Las religiones monoteístas, incluida el Islam, tienen un origen y una impronta feudales. A pesar de ser 700 años más moderna que la cristiandad, el islam se ha quedado rezagado no por ninguna ineptitud interna de tipo ideológico, sino porque sus sociedades se han quedado rezagadas y porque en todos los países islámicos el imperialismo ha apoyado y reforzado ese atraso en sus peores versiones.
La religión ha creado los conceptos de «pecado» y de «culpa», transformándolos en el de «responsabilidad» y convirtiéndola, además, en individual y subjetiva. Los creyentes creen en un dios (o en un juez) justiciero que busca chivos expiatorios y cabezas de turco, alguien sobre quien descargar la «culpa». En tales casos es posible condenarle (o absolverle). De no haber sido por su culpa, las cosas hubieran transcurrido de otra manera.
Los científicos y los marxistas no juzgamos (no condenamos ni absolvemos); explicamos o -al menos- lo intentamos. Es algo distinto a lo que hacen los creyentes. Ellos se niegan a explicar porque al encontrar una explicación creen que se minimiza la responsabilidad concreta de cada persona individual. Por ejemplo, los jueces de la Audiencia Nacional, que son como los talibanes, creen que explicar la lucha armada en España (su origen, sus causas, su evolución) significa justificar (e incluso enaltecer) el terrorismo. Ellos no quieren explicar nada; su tarea no es científica sino puro exorcismo. Lo que buscan son cabezas de turco, chivos expiatorios.
Esa es la ideología dominante, la versión oficial, tan ampliamente extendida que la comparten tanto los aparatos represivos del Estado como una gran mayoría de la población, destinada a convertirse en sus víctimas propiciatorias.
El hecho de que la búsqueda de unos «culpables», sea comúnmente compartida, tiene fuerza demostrativa, de tal manera que la lucha contra la religión (y contra la ideología dominante) se convierte en una tarea farragosa, no sólo porque se produce en condiciones de aislamiento social, sino porque se duplica el esfuerzo: primero hay que demostrar que la versión oficial es espuria y luego hay que exponer la tesis en positivo.
La ideología dominante rehuye las explicaciones para apoyarse en las emociones. Para la burguesía el Siglo de las Luces y de la Razón se ha acabado para siempre. No hay vuelta de hoja. Desde el 11 de setiembre de 2001, las sucesivas matanzas se han convertido en el mecanismo más poderoso de manipulación de las masas con llamamientos irracionales a sus más bajos y más primarios instintos, siguiendo el modelo de unidad y unanimidad impuesto por el fascismo en los años veinte del pasado siglo.
Asistimos a una nueva caza de brujas de carácter masivo. El verdadero fanatismo es el que están desatando desde las más altas instancia de los Estados europeos y su objetivo no es una religión, ni un círculo reducido de creyentes fanatizados. No nos confundamos. El objetivo no es la religión. Tratan de distraernos: no vivimos una guerra de religiones ni de civilizaciones sino de clases sociales. Después del ataque a la vanguardia la burguesía ha pasado al asalto de la retaguardia. Una vez destruida la URSS y minimizados los partidos comunistas, van a por toda la clase obrera europea, que ya no tiene en quién apoyarse.
A diferencia de ciertos «marxistas», las clases dominantes sí saben discriminar, no meten todo en el mismo saco. La discriminación es la imposición de divisiones dentro de la clase obrera, el preludio de un ataque a sus sectores más débiles, los inmigrantes, que servirá como modelo para atacar luego al resto. En la medida en que la parte más débil de la clase obrera profesa creencias islámicas, el ataque se disfraza como un ataque a su religión, previamente denostada, ridiculizada y menospreciada.
Para los progresistas y los antifascistas se trata de todo lo contrario; no de defender a una religión sino a la clase obrera en su conjunto, lo cual exige pasar al contra-ataque contra el único enemigo que -a diferencia del Islam- forma parte del poder político en la sociedad europea en la que vivimos: la cristiandad. Si alguien quiere hacer un caballo de batalla de la lucha contra la religión, ahí tiene su mejor adversario. ¿O necesita, una vez más, meterlo todo en el mismo saco?, ¿acaso su coraje sólo les alcanza para atacar a los más débiles?
A la clase obrera europea ya le queda poco que esquilmar. Por consiguiente, una ofensiva de las proporciones que estamos padeciendo sólo tiene una explicación: las potencias imperialistas se preparan para una nueva guerra mundial y, lo mismo que en 1939, necesitan cerrar filas previamente en el frente interior: aplastar la más mínima posibilidad de que encuentren oposición dentro de su propio país.
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Represión

La ley del embudo

A Benjamín Netanyahu nadie le invitó a la manifestación multitudinaria celebrada en París. Es más, Hollande le pidió que no asistiera. Pero el primer ministro israelí no lo necesitaba para presentarse entre los defensores de la libertad de expresión… pocos meses después de masacrar a 2.000 palestinos en Gaza y de invitar a los judíos franceses a instalarse en Israel.

Para los sionistas, como para los nazis, cada cual tiene “su hogar”. Siempre hay un hogar en alguna parte que es el que corresponde a cada cual. El de los judíos no es Francia sino Israel, el de los negros está en África, el de los chinos en Asia y así sucesivamente. Cada uno debería volver a “su tierra”. Se llama segregacionsimo o apartheid.

Pero si Wolinski, uno de los dibujantes asesinados, cuya madre era judía, hubiera vivido en Israel no hubiera podido publicar sus caricaturas, dice un humorista israelí, Ido Amin, al diario Haaretz de Tel Aviv. En Israel nunca hubiera podido publicarse una revista como Charlie Hebdo porque hay una ley que prohibe ofender la sensibilidad religiosa. Difícilmente el hogar de Wolinski hubiera podido estar allá.

La ley que reprime las ofensas a la sensibilidad religiosa es una herencia de la época del Mandato Británico en Palestina. No se trata de una ley contra la difamación, la obscenidad o el racismo, sino una ley draconiana, asegura Ido Amin, que prohíbe representar a Moisés, Jesús o Mahoma de una manera que ofenda a los creyentes.

El caricaturista israelí relata un episodio personal, cuando publicó una caricatura en un periódico criticando la ceremonia de los Kapparot, que consiste en girar un pollo vivo por encima de la cabeza. Considerado como una ofensa religiosa, el asunto se llegó a discutir en el Knesset, el parlamento israelí.

El ministro de la Policía, sigue narrando Amin, comparó su caricatura a las que publicaban los nazis en el periódico Der Stürmer. A petición del ministro, el redactor jefe del periódico en el que trabajaba le interrogó, luego le despidió y finalmente tuvo que dejar de dibujar.

También Charlie Hebdo despidió en 2008 a un dibujante que hizo un chiste sobre el hijo del presidente Sarkozy, que se había casado con una judía. La revista no luchaba contra la censura sino a favor de ella.

Algún ingenuo quizá suponga que la movilización de París puede ayudar a reforzar las maltrechas libertades públicas y, en particular, la libertad de expresión. Pero no se va a producir ninguna ampliación de los derechos y las garantías, sino todo lo contrario. Servirá para que una mayor represión sea ampliamente aceptada.

Al periodista francés Eric Zemmour no le han puesto guardaespaldas porque el Estado defienda la libertad de expresión sino porque propugna la expulsión de los musulmanes franceses fuera de su país (no se sabe a dónde). Lo que el Estado quiere es que pueda continuar propagando el fascismo “libremente”.

Hoy la edición de Le Monde repite la aburrida letanía de los “límites” a los derechos, que se ha convertido en la gran coartada: hablar de los límites antes que de los derechos. Pero esto es la ley del embudo. Unos tienen los derechos y los demás sólo los límites. Tenemos las manos atadas; no nos podemos defender de los ataques fascistas.

Veamos un ejemplo: el grupo de prensa belga Sudpresse publica en sus portadas las fotos de los tres autores de la masacre del 7 de enero con el titular: “Se ha hecho justicia”. El redactor jefe de una de las ediciones, Xavier Lambert, plantea a los jefes sus dudas sobre el acierto de dicho titular y le despiden fulminantemente. ¿Alguien hará una campaña en su favor?, ¿considera Sudpresse que a los rehenes de la tienda judía también se les ha hecho justicia?, ¿qué entienden por justicia?Otro ejemplo: si Zemmour hubiera propuesto con los judíos lo mismo que con los musulmanes, la cosa hubiera sido muy distinta porque en Francia la negación del Holocausto (que se debe escribir con mayúsculas porque fue muy grande) es un delito punible.

Una semana después del atentado del 7 de enero, la fiscalía francesa ya ha abierto 54 causas por apología del terrorismo. El humorista negro Dieudonné acaba de ser detenido esta misma mañana acusado de ese “delito”. Lleva años acosado y perseguido por satirizar al judaísmo. En noviembre de 2007 le condenaron por difamación, injurias y provocación al odio racial. En febrero del año pasado por negación de crímenes contra la humanidad, difamación, provocación al odio racial e injurias públicas. ¿Por qué Charlie Hebdo se puede burlar del islam mientras a Dieudonné le condenan por hacer lo mismo con los judíos? La respuesta la expone el mismo Le Monde: en realidad, sugiere, Dieudonné no es un humorista sino un militante.

Exactamente, es un problema de militancia, de tomar partido. Pero eso no cambia las cosas: ¿por qué este verano el gobierno francés prohibió las manifestaciones en solidaridad con el pueblo palestino, que estaba siendo masacrado en Gaza?

Si a los imperialistas les gusta tanto la libertad de expresión, ¿por qué no dejan en libertad a Assange y a Snowden?

Yo tengo que acudir mañana al Juzgado a firmar mi libertad provisional, como hago cada 15 días, por hablar en una charla. ¿Por qué no me dejan en paz?

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Noticias

El fundamentalismo islámico no es un producto de importación sino de exportación

Juan Manuel Olarieta

Uno de los cuatro judíos asesinados en el supermercado parisino HyperCasher tenía 21 años y se llamaba Yoav Hattab. Era hijo del Gran Rabino de Túnez porque en un país musulmán, como Túnez, por ejemplo, hace siglos que viven y rezan libremente los judíos.

Muchos de los judíos que viven en Túnez y otros países del norte de África fueron expulsados de España en el siglo XVI. Se llaman sefarditas porque para ellos el nombre de España es Sefarad.
Durante los siete siglos que duró su dominación, el Islam español jamás expulsó a los judíos. Fueron expulsados por los fanáticos católicos hispanos y quien los acogió en su seno fueron los países islámicos. ¿A quién están llamando intolerantes?
El padre del joven asesinado, que se llama Benjamin Hattab, dirigía una escuela judía en Túnez porque en un país mulsumán hay escuelas judías.
Hasta hace poco en Túnez gobernaba Ennahdha, un partido islamista, y Benjamin Hattab había convencido a su hijo para que abandonara un país musulmán para estudiar en uno laico y republicano en el que le ha encontrado la muerte, porque crímenes como el del 7 de enero ocurren en París, pero no en Túnez.
Ni siquiera con un partido islamista en el poder los judíos tuvieron ningún problema en Túnez. No fueron perseguidos, no cerraron sus sinagogas, no cerraron sus escuelas, ni fueron asesinados como ha ocurrido en París.
Los crímenes del 7 de enero los han cometido ciudadanos franceses, no ciudadanos tunecinos.
Ningún salafista tunecino se ha presentado delante de la sinagoga o de la escuela que dirige Benjamin Hattab armado con un MK-47 para matar a un judío. Eso ha ocurrido en Nueva York, en París, en Madrid y en Londres. Pero no ha ocurrido en Túnez.
Es verdad que en Gaza murieron 2.000 personas, pero eran palestinas, y no hubo este abrumador despliegue propagandístico. «Una pérdida enorme para Túnez», titulaba el diario Liberation por la muerte de Yoav. Nadie movió ni un dedo por los 2.000 palestinos asesinados, de los que nunca vimos sus rostros ni recordaremos nunca sus nombres. ¿No fueron una pérdida enorme para Palestina?. La pregunta es si a pesar de la desproporción de víctimas los salafistas son peores que los sionistas, o si todos son iguales.
El ministro tunecino de Turismo ha afirmado que hay más salafistas en Francia que en Túnez. Tiene razón. Los asesinos que participaron en la masacre del 7 de enero no llegaron de ningún otro país remoto de Oriente Medio: eran franceses. Nacidos en París y educados en Francia por un sistema público impuesto por la República.
Lo que los hermanos Kouachi y Coulibaly sabían lo habían aprendido en una escuela europea, no en una mezquita ni en una madrasa del Magreb ni de Oriente Medio.
Sus padres fueron emigrantes, pero no eran fundamentalistas. No pudieron enseñar a sus hijos algo que ellos no sabían. Sus padres no conocieron el fundamentalismo en su país de origen, que era musulmán, pero sus hijos sí lo han aprendido en un país laico y republicano.
El islam siempre combatió el salafismo como una herejía ajena a sus creencias religiosas y lo mismo sucedió cuando en el siglo XVIII surge el wahabismo: su propagador Muhammad Ibn Abdel Wahhab tuvo que huir de Arabia. Su doctrina fue acogida por Gran Bretaña como parte integrante de su política colonial, para destruir al Imperio Otomano.
Tras la Revolución de 1917 el fundamentalismo fue impulsado desde los primeros días por el imperialismo para destruir a la Unión Soviética, mucho antes de que los soviéticos ocuparan Afganistán en 1979.
¿Se acuerdan de Lawrence de Arabia? El respaldo imperialista al fundamentalismo islámico siempre ha formado parte de su alianza con los países del golfo y, en particular, Arabia saudí y Qatar, estados teocráticos que han sido otros tantos pilares del imperialismo en Oriente Medio, que han defendido al Estado de Israel y son los mayores rivales de Irán en la región.
El imperialismo no sólo ha cambiado radicalmente la configuración geográfica y política de los países mulsulmanes, sino también su perfil religioso. De Marruecos al Extremo Oriente, en todos los países islámicos lo que el imperialismo ha impulsado son precisamente las corrientes fundamentalistas.
Europa siempre ha exportado fundamentalismo. En todos los países musulmanes, durante la guerra fría el imperialismo fomentó el fundamentalismo como fuerza de choque contra los movimientos progresistas, comunistas y laicos. Las corrientes fundamentalistas son la quintaesencia del tradicionalismo y la reacción. Han impedido el avance político e ideológico del mundo musulman, llevándolo hacia un pasado remoto en el tiempo.
Los aliados del fundamentalismo son los aliados del imperialismo y los enemigos del fundamentalismo son los enemigos del imperialismo. España construyó una de las mayores mezquitas del mundo en pleno centro de Madrid, poniéndola a disposición de los wahabitas saudíes, y ahora se dispone a conceder un canal de televisión a la cadena Al-Yazira, es decir, a disposición también de la autocracia saudí.
El fundamentalismo forma parte parte del sistema de dominación imperialista porque rompe la unidad del Islam y del mundo árabe, poniendo en el primer plano de su lucha a las demás corrientes religiosas y no a los enemigos externos. Por eso las primeras víctimas del fundamentalismo islámico son los islamistas precisamente.
La estrategia del fundamentalismo es un cuerpo muy extraño dentro del mundo islámico: nunca ataca al Estado de Israel, otro de los pilares sobre los que se asienta el imperialismo en Oriente Medio.
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Opinión

De Voltaire a Charlie Hebdo: la miseria del nihilismo

Fuera de Francia la prensa internacional se está esforzando por engañar a sus lectores acerca de la verdadera naturaleza de la revista Charlie Hebdo. Por todas las falsedades basta la presentación de la BBC, que la califica como de “extrema izquierda”, mientras el New Yorker la define de izquierda y anarco-libertaria, “sin una línea ideológica clara”. Pero si no tiene una línea ideológica, ¿cómo afirmar que es anarco-libertaria?

Las explicaciones de los medios coinciden en apuntar a Voltaire como fuente del estilo crítico francés, un autor que no tiene parangón en otras culturas nacionales, por lo que no es fácil de explicar. Sin embargo, cualquiera entiende lo que son las clases sociales y la ideología dominante. No es necesario un esfuerzo muy grande para comprender que los opresores y los oprimidos no están en el mismo plano.

Pues bien, señores: en sus estúpidas explicaciones ustedes están ocultando lo esencial, a saber, que Voltaire tomó partido por los oprimidos, que su acerba crítica se dirigió contra el catolicismo, uno de los pilares del Antiguo Régimen.

Creo que seremos muchos los que estaremos de acuerdo con que existe algo que no tiene la más mínima gracia: reirse de los explotados, de los oprimidos, de los humillados, de todos aquellos, en fin, que han sido sometidos a una condición de inferioridad.

También estaremos de acuerdo en que no hay nada más fácil que reírse de ellos y que lo complicado, lo que te amarga la vida, es lo contrario: utilizar la crítica, como hizo Voltaire, contra los poderosos, los que te pueden hundir, como se la hundieron a él, que tuvo que exiliarse de Francia a causa de sus escritos.

Voltaire no era nihilista, algo que hoy está de moda, típico de esos personajes, algunos de los cuales -incluso- se llaman marxistas, que no están con unos ni con otros. Unos les parecen malos y los otros también. Siempre ponen las cosas en el mismo plano. Obama es un canalla pero Bashar Al Asad (o Milosevic, o Ajmadineyad, o Gadafi) no es mejor que él. Se trata de meter a todos en el mismo paquete, que es el colmo de la ineptitud, algo propio de quienes se creen por encima de las clases y de la lucha de clases.

Por el contrario, el marxismo es esencialmente partidista, es decir, que toma partido en un enfrentamiento, lo cual es la negación del nihilismo. Los explotados no son igual que los explotadores, los agredidos no son igual que los agresores, y si alguien no es capaz de diferenciar entre ambos bandos es porque el asunto le resulta ajeno y, en consecuencia, no es capaz de profundizar en él lo suficiente.

Decía Lenin que el imperialismo es el capitalismo en descomposición, un modo de producción que en su lenta agonía se pudre y todo lo pudre. Los nihilistas no muestran más que esa podredumbre, de la cual -por cierto- forman parte. Como ellos son una mierda creen que todos tienen esa misma condición asquerosa.

Pero Charlie Hebdo ni siquiera era nihilista: formaba parte integrante del aparato ideológico del imperialismo francés. Por eso, a diferencia de Voltaire, sus redactores nunca se tuvieron que exiliar, sino todo lo contrario. Por eso el capitalismo internacional se está volcando para que Charlie Hebdo continúe. La ministra de Cultura, Fleur Pellerin, ha anunciado en la televisión que va a poner un millón de euros a disposición de la revista para garantizar su sostenibilidad a largo plazo. En Estados Unidos Google ha anunciado que a través de su fondo de empresas informáticas y prensa va a destinar 250.000 euros al diario. En Inglaterra The Guardian se ha comprometido a financiar la continuidad con 100.000 libras.

Con una tirada de 60.000 ejemplares, el semanario estaba otra vez al borde del cierre en el momento del atentado. La tirada de la semana que viene, que se hará en los locales del diario Liberation, será de un millón de ejemplares. Tenemos garantizada la provocación para rato.