Categorías
Memoria Histórica Noticias

Nuevas revelaciones sobre el asesinato del dirigente comunista belga Julien Lahaut

El secretario general del Partido Comunista de Bélgica, Julian Lahaut, fue asesinado en la puerta de su casa el 18 de agosto de 1950, en plena guerra fría. El crimen quedó impune. Nadie se preocupó jamás de investigar, ni de detener, ni de juzgar a los autores. A lo poco que el sumario judicial había indagado, le prendieron fuego. Entonces aquello no importaba nada porque el muerto era un conocido dirigente comunista, que entonces era tan insultante como decir hoy que era yihadista. Hay determinadas etiquetas de los medios de comunicación que son como una condena a muerte.

Afortunadamente la memoria histórica sigue viva y, aunque ya no pueda convertirse en denuncia política, por el paso del tiempo, sigue teniendo vigencia, por encima de las ocultaciones y las mentiras. En 1985 Rudi Van Doorslaer y Etienne Verhoeven escribieron el primer libro sobre el asesinato, apuntando a las cloacas del Estado modernos, que son siempre las mismas: OTAN, espías, capitalistas…

En 2008 el Senado encargó al Ceges (Centro Estudios Guerra y Sociedades Contemporáneas) una investigación que llevaron a cabo Emmanuel Gérard, Widukind de Ridder y Françoise Muller, quienes presentaron el martes sus conclusiones, en las que sitúan el crimen en las coordenadas de la Guerra Fría, es decir, la OTAN, Gladio, policías paralelas, redes anticomunistas y financieros agradecidos.

No ha sido una sorpresa para nadie que entre los asesinos aparezca cada vez con más insistencia el nombre de André Moyen, el subdirector del contraespionaje militar belga, un viejo pistolero de los años más oscuros de la Guerra Fría, que es tanto como decir un mercenario de la OTAN. Su carrera de asesino empezó en la Alemania nazi y terminó en los turbios manejos con los que Bélgica llevó a cabo la descolonización de sus posesiones en África y Asia.

Pero los mercenarios como Moyen son el último eslabón. Junto a ellos están siempre los cajeros, en este caso la patronal belga en pleno: la Société Générale, Brufina y la Unión Minera. Los asesinatos políticos, como el de Lahaut, no son jamás obra de unos u otros, y menos de unos pistoleros. Ni siquiera es suficiente afirmar que son crímenes “de Estado” si junto al Estado no se ponen a los grandes capitalistas y financieros.

En el amplio elenco de complicidades están, además, los partidos políticos. El crimen jamás se hubiera podido mantener oculto durante medio siglo sin la participación de todos los partidos políticos burgueses de la época y en particular de la social-democracia, que en aquel momento encabezaba el Ministerio del Interior.

Pero hablar de silencio es muy poco. No es que los representantes políticos no hablaran del asunto sino todo lo contrario: hablaron para justificarlo. A fin de cuentas, se decía en aquella época, Lahaut no era un patriota, no servía a Bélgica sino a intereses extranjeros: a Moscú. Su asesinato fue un alivio tan grande para la burguesía que al gobierno no le bastó con la sangre derramada sino que, además, emprendió una feroz campaña anticomunista. El Partido Comunista fue expulsado del Consejo de Estado y se desencadenó una caza de brujas, como en Estados Unidos y en Alemania, para depurar a fondo todas las instituciones públicas.

Naturalmente que en aquella época la etiqueta de “comunista” se la ponían como luego pusieron la de “terrorista” o la de “yihadista”. Se empleó para que en el aparato de Estado no quedara ni la más mínima sombra de progresismo. El Estado monopolista quedó reservado para la reacción pura y dura. De aquellos viejos polvos llegan ahora a Europa los nuevos lodos neonazis, xenófobos y racistas.

Desde 1950 no ha faltado ni un solo verano en el que los antifascistas belgas no se reúnan ante la puerta de la vivienda de Julien Lahaut, recordando su memoria y que en todo el mundo lo que sostiene a la burguesía en el poder no es otra cosa que el terror, el asesinato y la represión.

Más información:
—Juan Manuel Olarieta, El hombre que llevaba el Sol en su bolsillo y repartía un poco a cada uno

Categorías
Noticias

El derecho a existir es previo al derecho a decidir

Juan Manuel Olarieta
Una de las grandes adquisiciones de cualquier ciencia son los conceptos. Son su quintaesencia y se obtienen después de años de desarrollo del conocimiento. Expresan la esencia de algo, lo que ese algo es. En ese momento de madurez del saber siempre hay alguien capaz de dar una definición suficientemente precisa del concepto.

Los conceptos y las categorías científicas, decía Lenin, ayudan a “conocer y dirigir” la naturaleza, la historia y la sociedad. Pero no se pueden tomar de una manera arbitraria ni mecánica, añade, sino que hay que  “deducirlas” partiendo de lo más simple, de lo fundamental.

Son tan importantes que, como escribió también Lenin, forman parte de las “categorías” sin las cuales la ciencia deja de ser un conocimiento articulado y preciso deducido del mundo real.

Por tratarse de descripciones, las definiciones son siempre un acercamiento a la realidad, algo aproximado, que es imposible de agotar. Es lo que le ocurre al concepto de “nación”, que es fundamental en el materialismo histórico.

Las naciones surgen con el capitalismo y, consecuentemente, es la burguesía quien formula su concepto. Por lo tanto, como cualquier otra categoría científica es algo acotado históricamente, es decir, ha tenido un principio y tendrá un final posteriormente. Por lo tanto, es absurdo hablar de naciones sin relacionar su surgimiento con el capitalismo. No hay naciones antes del surgimiento capitalismo. A diferencia del vino, las naciones no son añejas. Una nación tampoco es más nación que otra por el hecho de que tenga una historia anterior, porque tenga precedentes o una historia más dilatada en el tiempo.

Por situarlo históricamente, el concepto de nación surge en 1800 cuando la burguesía era una clase revolucionaria, en su época de ascenso. Como consecuencia del diferente desarrollo del capitalismo en cada país, la burguesía no dio uno único concepto de nación sino dos muy diferentes que son los que llegan hasta la actualidad.

Hay un concepto “alemán” de nación que surge del idealismo clásico y del romanticismo. Es el que hoy está más extendido y describe las naciones por sus rasgos culturales, antropológicos o su idioma. Se trata de una consecuencia del atraso y de la división política de Alemania en aquella época y lo que pretende es buscar la identidad de la nación alemana por encima de su división política.

Hay un concepto “francés” de nación que surge como consecuencia de las revoluciones burguesas triunfantes, especialmente de la francesa y se caracteriza por su carácter político. Es el único concepto científico de nación. No hay otro. Ello es consecuencia del diferente grado de desarrollo en Alemania y Francia. Sólo un país que había llevado a cabo una revolución, como Francia, podía tener un concepto científico de esta naturaleza.

A pesar de su origen alemán, Marx y Engels tienen ese concepto “francés” de nación, el más avanzado, que toman directamente de la burguesía francesa. Ese concepto lo definió Stalin años después y es el que utiliza el movimiento comunista internacional. En esencia ese concepto de nación afirma dos cosas.

Primero, que las naciones son homogéneas, es decir, forman una unidad que es la misma en todas partes; lo que confiere unidad a una nación es el capitalismo, una economía basada en el mercado y en el intercambio que rompe la fragmentación interna propia del feudalismo y logra que los pueblos tengan identidad propia y característica y, en definitiva, se reconozcan a sí mismos como iguales

Segundo, que la naciones se diferencian unas frente a otras como tales unidades compactas y, por lo tanto, titulares de los mismos derechos.

Ahora bien, como suele ocurrir frecuentemente, una cosa es que alguien tenga derechos y otra distinta es que (los demás) se los reconozcan. Es la esencia de la opresión nacional planteada jurídicamente, donde lo fundamental no es el derecho a decidir sino el derecho a existir (como tal nación). Para que una nación pueda ejercitar sus derechos (decidir) antes debe existir y debe ser reconocida como tal.

Para mantener la opresión nacional, durante la transición los fascistas aparentaron burdamente que se pasaban de frenada e impusieron el “café para todos”, de tal modo que La Rioja se equiparó a naciones como Galicia, Catalunya o Euskal Herria. El estilo fascista ha tenido un éxito rotundo entre la pequeña burguesía, que ha inventado “naciones” por todas partes, surgidas como los caracoles tras al aguacero de los setenta. El “Estado de las Autonomías“, pues, se edificó para distraer la atención y perpetuar la opresión nacional, no para acabar con ella. Aquellas poblaciones que no forman naciones, no tienen derechos nacionales. Tendrán otro tipo de derechos, pero no esos.

Aquí y ahora la esencia de la opresión nacional es bien concreta: ¿reconoce el Estado español que Euskal Herria es una nación?, ¿lo ha reconocido alguna vez? Para que los vascos no se enfaden diré que esa pregunta hay que hacérsela también al Estado francés. Pero en ambos casos la pregunta no cambia la esencia del planteamiento: no se trata de si reconocen que Euskal Herria es una nación oprimida, sino algo mucho más simple aún: si reconocen que es una nación. El hecho de que la respuesta sea obviamente negativa es el fundamento de la opresión nacional. Esa opresión no es de naturaleza cultural, ni lingüística, sino política porque deriva de la naturaleza política de un Estado, por más que tenga manifestaciones de opresión cultural y de otro tipo que, no obstante, son siempre consecuencia de una opresión política.

Siguiendo con el planteamiento jurídico, hoy la lucha contra la opresión nacional está encaminada a conquistar el derecho a existir, el reconocimiento de Euskal Herria como nación, del que deriva el derecho a decidir de manera necesaria. Esa lucha no se dirige, pues, contra otra nación sino contra un Estado y tiene todas las connotaciones políticas propias del mismo, es decir, depende de la naturaleza política del Estado opresor y de la clase que lo regenta.

Las consecuencias de este planteamiento me parecen obvias: un movimiento (nacional o de cualquier otro tipo) que no sabe contra quién lucha está condenado al fracaso y, a la inversa, un movimiento que a cada paso fracasa de manera repetitiva es consecuencia de que no sabe contra quién se enfrenta, quién es su enemigo. Es infantilismo; le ocurre como los niños: no sabe lo que quiere. De ahí deriva esa frustración típica de una permanente inmadurez. Son movimientos frustrados que generan frustración a su alrededor.

Dada la confusión imperante creo necesario recordar otra obviedad: la lucha contra la opresión que llevan a cabo hoy las naciones oprimidas, es una parte, una de las varias luchas existentes, por lo que contra el Estado convergen numerosos movimientos que, además, son de diferente tipo. Lo que facilita la tarea de lucha contra la opresión nacional es eso precisamente: convergen en lo mismo a pesar de ser diferentes, y más aún, convergen a pesar de que hay quien pretende aprovechar esa diferencia para impedir la convergencia, es decir, para impedir que la convergencia se lleve a cabo de manera consciente y organizada y se convierta en toda una estrategia.

Cualquier línea política diferente a la que acabo de exponer está condenada al fracaso irremediablemente. Esa es justamente la experiencia de 2007. ¿A qué fracaso me refiero? Al del propio movimiento de liberación nacional, que no dará ni un sólo paso hacia adelante mientras no reconozca que sus enemigos no están sólo fuera, sino también dentro de sus filas. Esos enemigos se oponen a aquello por lo que dicen estar luchando. Son enemigos declarados de la independencia y el socialismo por más que se llenen la boca con ese tipo de consignas.

Categorías
Noticias

La teoría del marco autónomo de la lucha de clases

Juan Manuel Olarieta

A lo largo de su historia los movimientos populares y revolucionarios en Euskal Herria han padecido dos golpes bajos que han condicionado su evolución y la siguen condicionando a fecha de hoy. El primero es el más importante y surge con la guerra civil, que alguno allá califica como “española”, es decir, ajena a la propia Euskal Herria, y consiste en que los comunistas (PCE) cedieron la dirección de la lucha contra el fascismo a los nacionalistas (PNV), lo que condujo al rápido hundimiento del “frente norte”.

El segundo es consecuencia del primero y, como era de esperar, conduce a otro fracaso. Se trata de que en 2007 la izquierda abertzale traiciona sus propios postulados y vuelve a rendir el “frente norte”. En el medio siglo de confusa historia de la izquiera abertzale lo extraño, casi imposible de hacer comprensible fuera de allá, es precisamente que durante esos 50 años mantuviera en alto la bandera, lo cual demuestra que, por encima de la extraordinaria debilidad subjetiva, de las erróneas teorías en boga, en Euskal Herria existen factores objetivos (económicos, sociales, nacionales, culturales) muy favorables para el movimiento revolucionario o, como dicen por allá, para la independencia y el socialismo.

En descargo de los vascos hay que decir que no es la primera vez que las luchas nacionales se enredan en la confusión y la perplejidad con la lucha de clases. Más bien casi siempre ha sucedido de esa manera y, sin embargo, da la impresión de que es la primera vez que ocurre, como si cada nación tuviera algo peculiar que la diferencia absolutamente de todas las demás. Allá a ese espejismo lo califican como el “marco autónomo de la lucha de clases”, no precisamente para aclarar nada sino para confundir toda vía más.

En cuanto nación, Euskal Herria es como cualquier otra nación; en cuanto oprimida, Euskal Herria también es igual que cualquier otra nación oprimida y debo añadir, además, que la opresión nacional no es algo que acabemos de descubrir ahora sino que tiene una historia bastante larga y que de ella ya escribieron algo Marx, Engels, Lenin y otros.

Al esforzarse en buscar singularidades, los partidarios del “marco autónomo” pasan por alto las regularidades y, por lo tanto, lo experiencia histórica, por lo que así es muy difícil avanzar ni un solo paso.

Pero a “los otros” les pasa lo mismo: se aferran a las regularidades para pasar por alto las singularidades y no hacen más que repetir las frases trilladas, el copia y pega de los escritos de Marx y Engels que, al proceder de obras muy “completas”, lo dejaron ya todo resuelto.

Una de las singularidades que no suele concurrir en otras naciones oprimidas es que Euskal Herria siempre ha sido un área en la que el capitalismo ha estado más desarrollado, por lo que tiene un proletariado muy fuerte y con una enorme experiencia de lucha, es decir, que tiene unas condiciones inmejorables para la revolución y esa situación objetiva explica que, a pesar de la absoluta ineptitud de las organizaciones que hablan en su nombre, haya logrado llegar hasta donde está ahora mismo.

Si a ese componente le añadimos que las consignas de independencia y socialismo están al cabo de la calle, parece que ya se ha avanzado una buena parte del recorrido. Pero no es así porque los comunistas, o sea, la vanguardia, aún no han superado el seguidismo de 1936, lo cual significa que no son tal vanguardia ni lo serán nunca (a este paso). La existencia de una vanguardia en Euskal Herria significa que el proletariado debe asumir en sus manos la dirección del movimiento. Pero, ¿de qué movimiento estamos hablando? Naturalmente que se trata del movimiento obrero, de la lucha de clases, pero se trata exactamente igual de asumir la dirección del movimiento nacional, es decir, de la lucha contra la opresión nacional. En Euskal Herria jamás se conseguirá nada no sólo sin la participación del proletariado, sino sin su dirección. Absolutamente nada.

No pretendo aclarar ahora lo que significa “dirigir”, algo que está mucho menos claro de lo que parece. Me limitaré a afirmar que el proletariado dirige con su propio partido, sus propios métodos, su propia estrategia y su propia ideología, que no sólo no tienen nada que ver con los de las demás clases sociales sino que están enfrentados a ellas. Cuando en ciertos medios en Euskal Herria prolifera con abundancia una terminología característica, opuesta al socialismo científico, es porque la burguesía (la grande y la pequeña) siguen pretendiendo mantener la dirección del movimiento para conducirlo a un tercer fracaso que “demuestre” de forma irrefutable que las pretensiones de la clase obrera son irrealizables. La expresión “marco autónomo” forma parte de esa verborrea burguesa, pero en Euskal Herria abundan otras expresiones de ese tipo, o muy parecidas.

A lo largo de su historia Euskal Herria jamás ha sido ningún “marco autónomo” o, en todo caso, habría dos, uno en el norte y otro en el sur que poco tienen en común entre sí, fuera del hecho de formar parte de una misma nación, hasta tal punto que durante años la resistencia luchaba en el sur contra un Estado fascista y se refugiaba en el norte en un Estado democrático. La teoría del “marco autónomo” es fruto de la esquizofrenia de quienes hacen una cosa y dicen la contraria. Sin embargo, para poder dirigir hay que disponer de una teoría que sea plenamente científica, es decir, que no se contradiga con los hechos más obvios que pretende explicar.

Si algo caracteriza a la lucha de clases es que carece de ningún “marco”, incluso de un marco circunscrito a un determinado Estado, porque es esencialmente internacional y lo es en todos los sentidos posibles de esa palabra, pero especialmente en uno característico: además de sus propios intereses como clase social, el proletariado está en contra de cualquier forma de opresión, sea la que sea. En la actual época imperialista, la clase obrera no sólo debe, pues, participar en la lucha contra la opresión, en general, sino que debe asumir su dirección.

La naturaleza internacional del proletariado tiene un aspecto que a la burguesía (grande y pequeña) le resulta extraordinariamente sorprendente: allá donde haya un proletario y un partido proletario se distinguirá de cualquier otro porque reconocerá inmediatamente la condición de Euskal Herria como nación oprimida y, consecuentemente, asumirá como propia dicha lucha, sobre todo frente a la nación opresora. El marxismo no sólo ha explicado esto de todas las formas posibles, sino que lo ha puesto en práctica desde el primer momento.

Traídos esos principios básicos a lo más concreto, significa que la liberación nacional de Euskal Herria no sólo incumbe a la clase obrera vasca, ni tampoco incumbe sólo a toda la nación vasca, sino que es parte integrante del programa del proletariado español y de quienes se consideran como su vanguardia. ¿No solemos repetir como loros que un pueblo no puede ser libre si oprime a otro? Pues apliquémonos el cuento y luchemos contra la opresión nacional de Euskal Herria también en Trujillo, Sigüenza y Aranda de Duero. Lo que diferencia a un comunista de cualquier otro es que no habla de la independencia de Euskal Herria en Arrasate sino en lugares así.

Se puede explicar lo mismo de muchas maneras diferentes, todas las cuales resultarán estériles para una clase social, la burguesía, que no es capaz de ver más allá de su “marco nacional” pero que es necesario que el proletariado lo tenga muy presente. No tiene nada que ver con las famosas y fantasmagóricas “alianzas” con las que la burguesía se llena la boca, especialmente cuando es tan pequeña que las alianzas le resultan imprescindibles. Lo que estoy diciendo es que el proletariado español es el mayor valedor de los derechos de Euskal Herria como nación oprimida, es decir, que dicha lucha corresponde a la clase obrera española como cosa propia. Por eso -afortunadamente- la lucha de Euskal Herria no tiene ningún “marco” y por eso la verborrea burguesa (dentro y fuera de Euskal Herria) se concentra en encerrarla dentro de un “marco” para que no salga de ahí.

Más de uno estará pensando ahora en que eso es una mera declaración de buenas intenciones y que -fuera de Euskal Herria- las cosas son muy diferentes. Tampoco es así: las cosas están igual de confusas dentro que fuera de Euskal Herria y para ello no es necesario hacer sociología de campo y preguntar por las calles. Estoy hablando de los principios fundamentales del marxismo y lo realmente preocupante no es lo que un sondeo por la calle pueda poner de manifiesto sino la evidencia de que quienes se creen paladines del proletariado siguen aferrados a sus viejos errores como si en ellos les fuera la vida. No me cabe duda de que si demuestran tanto cariño a sus teorías es porque son las que corresponden a su clase social, que no es el proletariado precisamente.

Categorías
Noticias

70 años de la Conferencia de Yalta

En febrero se cumplieron 70 años de la celebración de la Conferencia de Yalta, casi al final de la II Guerra Mundial, que dio lugar a la famosa foto en la que aparecen juntos Churchill, Roosvelt y Stalin. Yalta era una pequeña localidad soviética a orillas del Mar Negro, en Crimea, recién liberada por el Ejército Rojo.La imagen transmitida por los propagandistas del imperialismo acerca de los acuerdos firmados en Yalta es la misma que la del Pacto Molotov-Von Ribbentrop. Se trataría de un nuevo reparto del mundo entre potencias, esta vez con las potencias occidentales, marginando a la mayor parte de los países y, por supuesto, de las colonias. Esta leyenda incluye coeficientes y porcentajes de influencia sobre cada país concreto; como ejemplos evidentes de tal proceder soviético mencionan la división de Alemania y la imposición por el Ejército Rojo de las democracias populares en el este de Europa a punta de bayoneta.

No obstante, la tesis del reparto del mundo carece totalmente de base histórica; su único punto de apoyo son las Memorias de Winston Churchill, destacado político ultrareaccionario que fue de los primeros en promover la intervención del imperialismo contra la naciente Revolución soviética. Semejante infundio no tiene otro objeto que el de desacreditar la política exterior de los soviets, política que se ha caracterizado siempre por el respeto al principio de no injerencia en los asuntos internos de otros países, tratando de identificar dicha política con la que practican los países imperialistas, con la política de dominación y hegemonía mundiales. Como se hizo en 1939, también el Tratado de Yalta igualaría a la Unión Soviética con Estados Unidos o con Gran Bretaña: todos actúan de la misma manera prepotente, quiere ser la moraleja de dicha exposición. Si antes se decía que Stalin y Hitler eran lo mismo, ahora también puede equipararse a Stalin con Roosvelt o Churchill. La Unión Soviética también sería un país imperialista.

Al menos esta tesis elevaba el rango ínfimo hasta entonces otorgado a la Unión Soviética; los publicistas occidentales se rendían ante la evidencia de que no se trataba de un país débil y a punto de desmoronarse, como lo habían presentado hasta entonces.

También aquí las cosas sucedieron de forma bien distinta. Indudablemente la Unión Soviética defendió sus intereses como país, pero esos intereses no estaban en contradicción, sino más bien al contrario, plenamente conformes con los de la inmensa mayoría de países y pueblos del mundo, muchos de los cuales aún no habían logrado desligarse del colonialismo. La prueba evidente de ello es la Carta de las Naciones Unidas, donde la Unión Soviética logró plasmar los principios que hasta entonces habían guiado su política internacional, especialmente, el derecho a la autodeterminación y a la igualdad de todos los Estados.

Toda una nueva era de relaciones internacionales comenzó entonces, abriendo el camino a la descolonización.

Durante la guerra la Unión Soviética logró romper el aislamiento diplomático que había imperado durante la preguerra, derivado de la hostilidad y el intervencionismo que practicaron los Estados imperialistas contra la revolución. No por ello desaparecieron las discordias, pero, a pesar de los altibajos, se puso de manifiesto la existencia de un mecanismo regular de comunicaciones y consultas acerca de proyectos, planes operativos, etc. Esto se convirtió en una costumbre, en un trato normal entre potencias que tenía como misión discutir los problemas más acuciantes derivados de la guerra, negociar las diferencias entre ambas partes aliadas -la Unión Soviética de un lado y el bloque capitalista de otro- de manera que la diplomacia ocupara el lugar de la fuerza y de las injerencias en los asuntos internos de los demás. Por supuesto, esto no era una prueba de buena voluntad de las potencias imperialistas occidentales sino que derivaba del papel fundamental desempeñado por la Unión Soviética en la derrota del fascismo, frente a una participación sensiblemente más reducida que tuvieron Estados Unidos, Gran Bretaña, y naturalmente Francia, cuyo gobierno capituló y colaboró con el fascismo. En la guerra, el socialismo había demostrado su fortaleza, mientras que los expertos de los países occidentales habían previsto una rápida y catastrófica derrota del poder soviético. Tras la batalla de Stalingrado, el bloque occidental cayó en la cuenta de que ya no había lugar en el mundo para que ellos pudieran dictar sus condiciones unilateralmente como sucedió tras la I Guerra Mundial. La Unión Soviética había hecho buena demostración de su fortaleza y de que podía codearse en plano de igualdad con cualquier potencia imperialista. Su presencia y su prestigio en la arena internacional eran evidentes y sólo se podía tratar con ella en plano de igualdad. Ya no sólo no eran posibles intervenciones ni injerencias en su territorio, sino que en todos los asuntos mundiales se debía contar con el socialismo: el capitalismo ya no tenía las manos libres para manejar el mundo a sus anchas.

En verdad este mecanismo de comunicaciones y consultas mutuas entre la Unión Soviética y las potencias capitalistas duró bien poco, y numerosos problemas quedaron sin una solución negociada. Algunas instituciones como el Comité de Ministros de Asuntos Exteriores de las tres potencias, pronto quedaron estancadas: su funcionamiento se redujo a una serie de reuniones interminables que nunca llegaban a acuerdos concretos que satisfacieran a las dos partes implicadas. Es más, cuando tales acuerdos se lograron, incluido el Tratado de Yalta, los compromisos raras veces fueron más allá de la letra escrita. Surgió el problema de la interpretación de las cláusulas de los acuerdos, del cumplimiento de las obligaciones de cada uno que cada parte interpretaba de manera diferente; en otras ocasiones esas obligaciones firmadas eran olvidadas con enorme facilidad.

La fórmula más elevada en que cristalizó este sistema de mutuas consultas fueron las Conferencias-cumbre de Jefes de Estado, y otras de menor rango diplomático. Una de estas Conferencias se celebró en Moscú en octubre de 1943. Ya en aquel año surgieron importantes fricciones sobre los dos más importantes problemas del orden del día: los de Alemania y Polonia, dos cuestiones de las que llevaron al enfrentamiento de la guerra fría y que cristalizaron en la ruptura casi total de relaciones entre los Estados vencedores. En esta Conferencia Roosvelt propuso la división de Alemania en cinco Estados separados más dos zonas internacionales. Churchill, por su parte, planteó aislar y castigar a Prusia, por un lado, y fragmentar el resto del país, integrándolo en una Federación del Danubio con objeto de abarcar bajo el mismo techo a todos los países centroeuropeos en los que la lucha contra el fascismo hacia presagiar la revolución; sobra decir que tal Federación quedaría bajo la tutela del Imperio Británico. Por su parte, Stalin no expuso ningún plan para desmembrar Alemania, con excepción de Austria; su interés primordial versaba sobre el control tripartito de las potencias vencedoras durante la posguerra con objeto de garantizar su desmilitarización y su pacifismo. Era ésta la única fórmula que podía poner freno al revanchismo, al irredentismo y al nacionalismo que había supuesto para Hitler la plataforma desde la que alzarse al poder e iniciar su escalada de conquistas y agresiones.

En cuanto a Polonia, las potencias occidentales exigían a la Unión Soviética el reconocimiento del gobierno polaco en el exilio, formado por los viejos aristócratas reaccionarios que habían traicionado a su pueblo, practicando una activa política antisoviética.

En la Conferencia de Quebec, celebrada en setiembre de 1944, comenzaron a aparecer divergencias entre los propios estadounidenses sobre el trato a Alemania en la posguerra, indicativas de una rápida evolución de criterio. Inicialmente Morgenthau, secretario del Tesoro, expuso un plan de una dureza extrema que conducía a reducir su industria pesada, transformando a Alemania en un país agrícola, subordinado y colonizado por las economías de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. En lo que a la división de Alemania concierne, era partidario de preservar una estricta separación entre todos los fragmentos resultantes de la partición del país. Este criterio de Morgenthau era compartido por el presidente Roosvelt. Mientras tanto Winant, embajador norteamercano en Londres, comenzó a defender que Alemania no podía ser tratada con una dureza excesiva y, además, atenuaba la división con una posterior confederación de los Estados resultantes. Esta era la tesis -que se impondrá inmediatamente después de la Conferencia- de Cordel Hull y del Departamento de Estado, compartida también por Stimson.

Lo que quedó claramente establecido ya entonces fue que, incluso en el caso de Alemania, no hubo más propuestas de división que las que pusieron sobre la mesa negociadora Roosvelt y Churchill.

La creación de la ONU

Cinco meses después, en Yalta, se repiten las mismas tesis con los mismos protagonistas. Aquella conferencia celebrada en Crimea en febrero de 1945, fue la más importante de las cumbres de Jefes de Estado de la guerra mundial. En ella se plantearon no ya únicamente cuestiones relativas a las operaciones finales de la guerra, sino primordialmente las que hacían referencia a los problemas previsibles de la posguerra. Y eran éstas precisamente los que dividían más profundamente a la coalición antihitleriana. Con el Ejército Rojo a 50 kilómetros de Berlín y los aliados a 500 se discutieron infinidad de temas. Se trató de la creación de la ONU, tema ya discutido en la Conferencia de Dumbarton Oaks en agosto de 1944, y consolidado definitivamente en San Francisco en abril de 1945. Sobre el tema de la ONU hubo una cuestión -el derecho de veto de las grandes potencias- que se discutió ya entonces como hoy día, y que reflejaba bastante acertadamente lo que antes hemos expuesto sobre el papel que la Unión Soviética había alcanzado en todos los asuntos internacionales. El derecho de veto fue una conquista tanto de la Unión Soviética como de todos los pueblos del mundo, especialmente los que tras la guerra iniciaban la construcción del socialismo y aquellos otros que se estaban emancipando de las ataduras coloniales. Transigir en el principio de un país, un voto hubiera transformado a la ONU en un apéndice de la política imperialista occidental, como lo fue en su tiempo la Sociedad de Naciones, lo que en definitiva condujo a su bancarrota. Si pensamos por un momento que ni siquiera el dicho de veto que se reservó la Unión Soviética impidió que en sus primeros años la ONU adoptara toda una serie de acuerdos y decisiones enfilados contra el socialismo y los pueblos coloniales, si recordamos que la agresión imperialista contra la República Democrática y Popular de Corea se llevó a cabo bajo la bandera de las Naciones Unidas, entonces caeremos en la cuenta de la importancia que el derecho de veto tuvo para la defensa de la paz mundial y de las conquistas revolucionarias de todos los pueblos del mundo, que tuvieron en la Unión Soviética un tribuno y un defensor consecuente de sus derechos. Esto es lo que reconoce Rostow cuando sostiene que “en un mundo estructurado como el de finales la Segunda Guerra Mundial, el fortalecimiento de la Asamblea, aumentaba en cierto grado la influencia americana en las Naciones Unidas y disminuía la de la Unión Soviética… En 1945, sobre la base de un país un voto, ambos quedaban en minoría y mayoría respecto al poder político mundial” (1). Dejar las cuestiones capitales del mundo al voto mayoritario de la Asamblea hubiera supuesto legalizar la política belicista y rapaz del imperialismo, y revestirla de un ropaje seudodemocrático.Otro de los temas tratados fue el del futuro de los países liberados de la ocupación fascista, problema arduo a causa de la bancarrota de los gobiernos respectivos y de la efervescencia política en la que se encontraban. Se arbitró un sistema bastante ambiguo de control e inspección conjuntos de las tres potencias que tendría por misión supervisar la celebración de elecciones libres, la firma de los armisticios y la formación de los gobiernos subsiguientes.

Es evidente que la tesis del reparto del mundo es incongruente con este acuerdo de celebrar elecciones libres bajo control de las tres potencias: cualquier reparto de las esferas de influencia en los países liberados de Europa central hubiera hecho innecesarias la celebración de elecciones. Por lo demás, hay que tener en cuenta que los Estados Unidos se oponían a este viejo sistema de dominación imperialista y, dada la subordinación de la política exterior británica de finales de la guerra a la norteamericana, es muy dudoso que Churchill se aventurara a tomar tal iniciativa, o bien, que una vez adoptado dicho acuerdo con la Unión Soviética, lo mantuviera contra la opinión de Roosvelt. El gobierno estadounidense era contrario a una política colonial a la antigua usanza y, por tanto, a un reparto de las esferas de influencia y de los territorios. Siguiendo a Wilson, pretendía superar el rancio colonialismo británico y enunciar una serie de principios abstractos que no le sometieran a ninguna responsabilidad concreta en el futuro. En suma, todo conduce a pensar que la mención de Churchill en sus Memorias no es más que una de sus características diatribas contra el socialismo, un intento de confundir -y en buena parte lo ha logrado- y de hacer pasar como política exterior soviética lo que no es sino un fiel reflejo de las prácticas colonialistas del decadente Imperio Británico.

La liberación de Polonia

La celebración de elecciones libres era particularmente difícil en Polonia, donde coexistían el gobierno de Londres junto al gobierno del interior, formado en base a los representantes de las fuerzas patrióticas que, junto al Ejército Rojo, habían liberado al país del ocupante nazi. Este segundo gobierno era el que verdaderamente contaba con el apoyo popular, como lo demostró en las elecciones que se celebraron en enero de 1947 en las que obtuvo un rotundo éxito. A pesar de que Polonia debía su independencia a la Revolución rusa, sus gobernantes habían practicado una política muy hostil a la Unión Soviética, y su pueblo se hallaba sujeto a una brutal dictadura fascista, sostenida por los altos jerarcas militares. Polonia había invadido la Unión Soviética tras la Revolución de Octubre y fomentado a la aristocracia zarista y a los guardias blancos con el fin de prolongar la guerra civil, el caos y el derrocamiento del poder soviético. Polonia ambicionaba extensos territorios de la Ucrania soviética y de Bielorrusia, así como de Rutenia, Lituania, Eslovaquia (la zona de Teschin} y otras regiones a repartir con Hungría formando una Federación bajo la tutela de Polonia. Según relata Ciano, ministro fascista italiano de Asuntos Exteriores, en su Diario, “los polacos no se resignaban a considerar como definitiva la frontera con Checoslovaquia y confían aún en alcanzar una frontera común con Hungría. La preocupación por el problema ucraniano domina silenciosamente el corazón polaco, aunque Beck subraya a menudo, con complacencia y sin convicción, las seguridades recibidas por Hitler a este respecto […] Resumiendo las impresiones y trasladándolas al plano de nuestros intereses, me parece justo llegar a la conclusión de que seria ligero afirmar que Polonia es un país conquistado para el sistema del Eje o del Triángulo, pero que sería demasiado pesimista calificarlo como francamente hostil” (2).Tal era el panorama que presentaba el gobierno polaco antes de la invasión de su país por la Alemania hitleriana, y que en su exilio londinense perseguía con mayor tenacidad, si cabe, a pesar de que el Ejército Rojo había liberado a su país de la dominación fascista. Esto es tan más grave cuanto que entre la Unión Soviética y Polonia existían una serie de acuerdos de amistad y cooperación que el gobierno exiliado se negaba obstinadamente en cumplir. La lucha del gobierno exiliado se enfilaba más hacia el socialismo que hacia el ocupante nazi. Ellos tomaban como excusa el litigio existente en la frontera polaco-soviética, haciendo de ésto el centro de su política exterior con el fin de entorpecer las relaciones entre la Unión Soviética y las potencias occidentales. Para la etapa de posguerra, el gobierno exiliado mantenía sus aspiraciones de grandeza, de hegemonía centroeuropea a costa de sus vecinos. Según relato del artífice de la política exterior de Roosvelt, Harry Hopkins, la tesis de A. Eden (Ministro de Asuntos Exteriores británico) era que Sikorski (Presidente del gobierno polaco en el exilio) está haciendo a los polacos más mal que bien. Polonia tiene -decía Eden- grandes ambiciones para después de la guerra y piensan que con Rusia debilitada por la contienda y Alemania aplastada, Polonia se convertirá en el Estado más poderoso de esos parajes del mundo. Eso a Eden se le figura completamente ajeno a la realidad. Polonia desea poseer la Prusia oriental, y tanto Eden como el Presidente [se refiere a Roosvelt] entienden que debe atendérsele en ésto (3). Eran éstas las perspectivas que ofrecía el gobierno polaco en el exilio; su asentamiento en la posguerra hubiera llevado a una serie interminable de conflictos fronterizos y de todo tipo que hubieran desestabilizado toda la situación creada en la posguerra en Europa central, todos los avances logrados por los pueblos en la lucha contra la invasión de la Wehrmacht. En síntesis, la política chovinista, hegemonista y agresiva de los exiliados hubiera dado carta de naturaleza en la Europa de la posguerra a los conflictos fronterizos, a las reivindicaciones territoriales y a los permanentes conflictos y guerras nacionales.

Tras una feroz campaña antisoviética lanzada desde Londres por el gobierno polaco en el exilio y la retirada hacia el norte de África de las tropas polacas dislocadas en el frente este, cuando más necesarias eran a causa de la batalla de Stalingrado, a pesar de ser tropas adiestradas y equipadas por el Ejército Rojo, la Unión Soviética rompió sus relaciones diplomáticas con el gobierno en el exilio el 23 de abril de 1943. Entonces, bajo la dirección del Partido Obrero Polaco y con el apoyo de la Unión Soviética, se formó la Unión de Patriotas Polacos y la División Kosciuszko, al mando del coronel polaco Berlinger, quienes comenzaron la verdadera lucha contra la Wehrmacht y contra el traidor gobierno en el exilio. En diciembre de 1943 se formó la Krajowa Rada Narodowa (o Consejo Nacional polaco, máximo organismo decisorio, quien hacía las veces de Parlamento nacional) el cual, a su vez, eligió un Comité Polaco de Liberación Nacional, que comenzó a ejercer las funciones administrativas conforme el país iba siendo liberado de la ocupación, y que en un principio tenía su sede en Lublin, donde hacía las veces de Gobierno provisional. Igualmente, la División Kosciuszko fue incrementando sus efectivos y su prestigio en la lucha de liberación nacional, tanto en el frente, junto al Ejército Rojo, como en la retaguardia, formando parte de la lucha guerrillera en territorio polaco. De aquí surgió el Armjia Ludowa (Ejército Popular) que contaba con 286.000 combatientes, frente a los 125.000 de que disponía el Armjia Krajowa (Ejército Nacional) dependiente del gobierno en el exilio.

Cuando el Ejército Rojo cruzó la frontera soviético-polaca en persecución de la Wehrmacht, Stalin envió un comunicado oficial a Churchill en el que decía: “El problema de la administración del territorio polaco se nos ha planteado en la práctica. No queremos establecer ni estableceremos nuestra administración en el territorio de Polonia, porque no queremos inmiscuirnos en sus asuntos internos. Esto concierne a los propios polacos. Hemos juzgado necesario, pues, establecer contactos con el Comité Polaco de Liberación Nacional recientemente constituido por el Consejo Nacional de Polonia que fue formado en Varsovia a fines del año pasado y está integrado por representantes de los Partidos y agrupaciones democráticos, de lo cual Vd. ya estará informado por su embajador en Moscú. El Comité Polaco de Liberación Nacional se propone instituir su administración en territorio polaco, cosa que esperamos pueda realizarse. No hemos encontrado en Polonia otras fuerzas capaces de formar una administración polaca. Las tituladas organizaciones clandestinas, dirigidas por el gobierno polaco en Londres han demostrado ser efímeras y carecer de influencia. No puedo considerar al Comité Polaco como el gobierno de Polonia, pero puede ser que sirva en el futuro como núcleo para formar un gobierno polaco provisional compuesto de elementos democráticos”.

A pesar de esta clara postura, Stalin se declaró dispuesto a entrevistarse con el Presidente del gobierno polaco en el exilio, Mikolaczyk que había sustituido a Sikorski en el cargo, así como a mantener conversaciones entre ambas partes con el fin de colaborar para la más rápida liberación de Polonia. Mikolaczyk viajó a Moscú el 3 de agosto, pero se negó a cualquier forma de colaboración con el Comité Polaco de Liberación Nacional. Sus exigencias se basaban en el reconocimiento del gobierno exiliado como el único y legítimo del país, por lo que las demás fuerzas políticas y militares que actuaban en Polonia debían supeditarse a las directrices de los exiliados. Igualmente se opuso a la petición del CPLN de que fuese restaurada la Constitución de 1921, punto de partida para la democratización futura del país. Únicamente reconoció la torpe campaña de desprestigio que se estaba llevando desde Londres por parte de los exiliados polacos contra la Unión Soviética y el Ejército Rojo.

En consecuencia, los esfuerzos del gobierno exiliado de Londres y de sus fuerzas en el interior continuaban, lo mismo que en la preguerra, enfilados hacia un Ejército y un país que lo estaba dando todo por la liberación de sus vecinos. De esta manera la oligarquía polaca continuaba favoreciendo, aún desde el exilio, los planes del nazismo y socavaba la necesaria unidad para sacudirse el yugo del ocupante. Esta política les condujo a una absurda pugna competitiva con el CPLN con el fin de demostrar a los ojos del mundo que contaba con el respaldo de la gran mayoría del pueblo polaco. El último y más trágico episodio de estas ansias aventureras de los exiliados fue el alzamiento de Varsovia, que acabó en una gigantesca masacre popular a manos del Ejército y la policía hitlerianas.

En el fondo lo que se cuestionaba era si Polonia continuaría siendo en la posguerra un puente para las provocaciones y las agresiones contra la Unión Soviética y sus otros vecinos, o si por el contrario la reaccionaria camarilla aristocrática refugiada en Londres iba a ser apartada dejando paso a un gobierno de las fuerzas patrióticas y populares interesadas en democratizar el país, mantener relaciones pacíficas y cordiales con todos los países adyacentes. Era evidente que la Unión Soviética no podía tolerar ya más focos conflictivos en sus fronteras que desembocaran en excusas para desencadenar agresiones e invasiones de su territorio; la Unión Soviética exigía a sus vecinos, y ahora se encontraba en condiciones de llevarlo a cabo, el respeto a los principios de la coexistencia pacífica, a la inviolabilidad de fronteras y a la no injerencia en los asuntos internos. El centro de Europa y los Balcanes no podían ser, una vez más, esa hoguera interminable de conflictos, bajo la excusa de reivindicaciones territoriales seculares ni bajo cualquier otra.

La división de Alemania

Más trascendental, si cabe, era el problema de Alemania. En Yalta las potencias occidentales continuaron con su propuesta de desmembración. A pesar de que Truman contó diez años después en sus Memorias que “mi idea era una Alemania unificada con un gobierno centralizado en Berlín”, todos sus esfuerzos y los de su predecesor, F.D.Roosvelt, así como los de Churchill coincidían en tratar de lograr que las zonas de ocupación militar se transformaran en fronteras políticas definitivas. No menos radical era la postura francesa que, aunque no participó en Yalta, también mantenía posiciones similares, pues, según cuenta R. Aron, en el Consejo de Control el representante francés vetó toda creación de cualquier presunta administración central para toda Alemania. Es que el general De Gaulle se mantenía fiel a su fórmula: nada de Reich, sino varias Alemanias; “quería facilitar no la restauración de Alemania, sino el nacimiento de dos Estados alemanes” (4).Estos planes se lograron frustrar en un principio gracias a la insistencia soviética en establecer cuatro áreas de control bajo el mando conjunto de las cuatro potencias que, según se especificaba en las resoluciones, sólo tendrían un carácter provisional. Para llevar a cabo esos planes se constituyó la Comisión Aliada para el Control de Alemania a la que se refiere Aron, que tuvo una vida muy breve y no logró poner de acuerdo a las cuatro potencias en su propósito de alcanzar una Alemania unificada, pacífica y desmilitarizada, a causa de la labor obstruccionista de las potencias occidentales, empeñadas en enredar las conversaciones, prolongarlas interminablemente con objeto de no obtener ningún acuerdo conjunto, ningún compromiso concreto y mantener permanentemente la situación de una Alemania dividida y enfrentada. Las consecuencias de esta postura occidental se dejó sentir fuertemente en la posguerra. Esto no era ninguna casualidad sino una política premeditada, perfectamente planificada por los Estados Mayores del imperialismo: se trataba de reproducir la situación creada en la posguerra anterior, de atomizar Europa central, balcanizarla, eternizar las rivalidades nacionales. Esto daría la posibilidad de que Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos quedaran como árbitros de la situación, de las rivalidades entre los pequeños Estados, y en definitiva el que pudieran actuar en las fronteras de la Unión Soviética a sus anchas. El mantener una hoguera permanente a las puertas de la Unión Soviética y en una zona donde el movimiento revolucionario iba en ascenso proporcionaría al imperialismo la coartada necesaria para nuevas injerencias e invasiones contra el socialismo. Tampoco iban a ser despreciables las consecuencias para la propia Alemania: dividida y enfrentada, se le abría el camino para un nuevo rearme, se le daban nuevas energías al revanchismo, al irredentismo y a un nacionalismo hitleriano de nuevo cuño que perseguiría la reunificación alemana a costa del aplastamiento de la República Democrática Alemana y, en definitiva, de la comunidad de países socialistas a la que se había integrado una parte del pueblo alemán.

Además de la oposición a la política del gobierno polaco en el exilio y al desmembramiento de Alemania, las propuestas de Stalin en Yalta contenían otros aspectos constructivos para la rápida derrota del fascismo y la configuración de las relaciones internacionales en la posguerra. Proponía el juicio público y el castigo de los criminales de guerra; la supresión del nazismo y la creación de una Alemania unificada, pacífica, democrática e independiente; la liquidación de la industria de guerra, y finalmente, el resarcimiento, aunque fuera parcial y simbólico, de los daños ocasionados a los países ocupados, si bien habría de tenerse en cuenta la situación económica de Alemania y las necesidades del pueblo alemán. En concreto, una declaración oficial del gobierno soviético decía: “Nuestro fin inquebrantable es destruir el militarismo y el nazismo alemán y crear la garantía de que Alemania jamás volverá a estar en condiciones de perturbar la paz en todo el mundo […] En nuestro propósito no cabe el exterminio del pueblo alemán”.

Muy distintos eran los propósitos de las potencias imperialistas, crudamente expuestos por Morgenthau que, en definitiva, consistían en vengarse y humillar al pueblo alemán, que no de los auténticos responsables de la masacre con quienes el imperialismo tenía buenas relaciones que no tardarían en estrecharse todavía más al final de la guerra.

Esta línea política no duró mucho a causa del auge revolucionario en Europa central. De un extremo las potencias occidentales se pasaron rápidamente al otro, y comenzaron a fomentar la industrialización, el rearme y el revanchismo germano-occidental. Fue así como en la posguerra fueron instalados en los cargos dirigentes de la República Federal Alemana gran parte de los viejos dirigentes hitlerianos, ahora transformados en demócrata-cristianos o socialdemócratas.

Las indemnizaciones de guerra

La Unión Soviética fijó el monto de las indemnizaciones que se le debían en 20.000 millones de dólares, muy por debajo de los daños materiales ocasionados, y que aún posteriormente rebajaría a la mitad. Sobre la cuestión de las reparaciones se discutió en Yalta acerca de la experiencia que se guardaba de la Primera Guerra Mundial, en la que estas indemnizaciones supusieron una carga sobre las espaldas de la clase obrera alemana mientras que para el nazismo constituyeron un argumento para desatar la demagogia revanchista. Esto agudizó sensiblemente la lucha de clases en Alemania en el periodo de entreguerras, y así, mientras la oligarquía reaccionaria apretaba filas en torno a Hitler, las masas populares no se dejaban someter pacíficamente.So pena de colapsar toda la economía alemana no se podía repetir el error de exigir nuevamente reparaciones en moneda. Por esto, en Yalta y luego en Postdam el acuerdo adoptó la forma siguiente: cada uno de los aliados tomaría las reparaciones, desmontando de ella el aparato industrial excedentario, de acuerdo con los niveles autorizados de producción. Fue la Unión Soviética quien insistió precisamente en que las reparaciones se hiciesen efectivas en especie, ante todo a costa de industria de fabricación de material bélico, con lo que de esta manera se garantizaba, al mismo tiempo, el desarme de Alemania para el futuro. El deseo de las potencias occidentales era, naturalmente, que las indemnizaciones se pagaran en dinero, lo que ya tras la Primera Guerra Mundial había supuesto un gran negocio para la gran banca internacional y las finanzas que se hicieron los dueños de la economía alemana durante los años veinte. Aparte de esto, la experiencia había demostrado que Alemania fue desposeída de todos los capitales que tenía en el exterior a finales de la guerra anterior. De país acreedor se transformó en un país deudor, presa de los créditos abusivos y de la inflación que ello ocasionaba automáticamente. Las reparaciones monetarias, por consiguiente, amén de ser inviables, no conducirían sino a nuevas tensiones para Alemania, a situaciones que recrudecerían la política reaccionaria de la camarilla neohitleriana que se iba a instalar en la República Federal Alemana en la posguerra. Era, pues, uno de los aspectos fundamentales de las reparaciones el que se hicieran efectivas en especie, sobre los bienes existentes en Alemania en el momento de la derrota y nunca sobre la base de obligaciones futuras o aplazadas que hipotecaran el futuro de la economía germana.

Sin embargo, cuando la Unión Soviética comenzó a desmantelar las industrias de guerra alemanas en la zona que ocupaba, se lanzó contra ella la acusación de saqueo y de perseguir el botín de guerra. Aparte de lo ya dicho acerca de los acuerdos de Yalta en los que se basaba la actuación soviética, hay que hacer constar que el asunto tiene un trasfondo importante que es lo que forzaba a la propaganda imperialista contra el poder soviético: se trataba del descubrimiento de que buena parte de la industria de guerra que estaban desmantelando los soviéticos era copropiedad de los monopolistas anglo-norteamericanos, los cuales, como era lógico exigían una compensación económica de la Unión Soviética. Se puso entonces al descubierto la escandalosa doble política del imperialismo internacional y toda la propaganda que se difundió (y que se continúa difundiendo) contra la Unión Soviética por este asunto no pudo ocultar la complicidad de los trusts occidentales con el nazismo por mucho que intentaran desligar sus intereses privados de la gran matanza a la que contribuyeron. Lo que tantas veces se había desmentido presentándolo, a su vez, como falsa propaganda bolchevique se aclaró ahora definitivamente, cuando los grandes capitalistas occidentales veían expropiadas sus posesiones en los países del Eje y exigían que no se les asimilara con el fascismo cuando en realidad le habían sostenido y apoyado hasta el punto de instalarle sus fábricas de destrucción y de muerte. Naturalmente ni la Unión Soviética ni nadie podía separar las responsabilidades de unos y otros.

Pese a ello, algunos monopolistas occidentales organizaron un fantástico negocio con la derrota de Alemania y fueron quienes verdaderamente se lanzaron al saqueo de los países derrotados, especialmente de su oro. Algunos monopolistas yanquis supieron convertir en negocio las atrocidades cometidas por los nazis. Las instalaciones para las cámaras de gas de las fábricas de la muerte fascistas fueron vendidas por firmas alemanas estrechamente ligadas a monopolistas yanquis. Los carros de la muerte se fabricaron en las fábricas alemanas pertenecientes a Ford y a la General Motors. El Bank of International Settlements de Basilea, cuyo director era el banquero neoyorquino Thomas Mackintrik, compraba al Reich Bank alemán el oro robado por los hitlerianos, así como los dientes de oro de las personas asesinadas en los campos de concentración.

Por el contrario, la política soviética de cobrarse las indemnizaciones sobre la industria de guerra alemana estaba de acuerdo con el Tratado de Yalta. El propio Truman en sus Memorias manifiesta que las reparaciones debían provenir de la riqueza nacional de Alemania existente en el momento de su colapso, concediendo atención preferente a la remoción de la maquinaria industrial, instalaciones y fábricas. Y una declaración oficial del gobierno norteamericano, firmada por Truman ratificaba: Ahora y siempre la política fundamental de los Estados Unidos ha consistido en que el potencial bélico de Alemania sea destruido y se impida su resurgimiento dentro de lo posible, mediante el traslado o destrucción de fábricas, material u otros bienes. La actuación de la Unión Soviética se ajustó en todo momento a estas directrices tanto en lo relativo a las reparaciones como en lo referente a la desmilitarización de Alemania; sería el imperialismo occidental quien pronto olvidaría sus compromisos fomentando, una vez más, el revanchismo y el rearme de Alemania occidental.

A la Conferencia de Yalta siguió la de Postdam (Berlín) cinco meses más tarde. El cambio de clima en las relaciones entre los vencedores se hizo entonces mucho más patente, desde los deseos de amistad y cooperación hacia el enfrentamiento abierto y la política de guerra fría. Acontecimientos muy importantes se sucedieron entre ambas Conferencias. El Comité Polaco de Liberación Nacional o gobierno de Lublin accedió a ser ampliado integrando a algunos elementos del gobierno en el exilio; entre otros pasó a formar parte del gobierno como Vicepresidente Mikolaczyk el 21 de junio de 1945; el 5 de julio este gobierno era reconocido por Gran Bretaña y Estados Unidos como el único legitimo de Polonia. No por ello menguó la propaganda imperialista acerca del expansionismo soviético y de la imposición de gobiernos títeres en centro-europa y los Balcanes. Gestos como el del CPLN no eran la prueba de buena voluntad y de distensión que exigían las potencias occidentales, sino que por el contrario era tomadas como signos de debilidad que, según los estrategas del imperialismo, había que aprovechar para imponer su dictado en la zona. De ahí que esta actuación del CPLN, como otras de los demás gobiernos legítimos de Europa oriental, lejos de obligar al imperialismo a guardar silencio no hacía más que avivar la propaganda de los monopolios contra la Unión Soviética y por la reconquista de Europa central y los Balcanes.

La primera bomba atómica

En este sentido actuó también la explosión de la primera bomba atómica en plan experimental en Alamogordo (Estados Unidos) que se realizó precisamente el día anterior de abrirse la Conferencia de Postdam. El imperialismo norteamericano se vio enormemente fortalecido en sus posiciones con esta nueva baza entre sus manos. Esto arreció la demagogia antisoviética e hizo más intransigentes -si cabe- a los norteamericanos en sus propuestas y negociaciones. Pensaron que podían apostar fuerte y lograr que sus compañeros de viaje en la Conferencia se atasen al carro que ellos iban a guiar. No tuvieron contratiempos con Gran Bretaña, pero no tardaron en caer en la cuenta que la Unión Soviética no cedería ante el chantaje nuclear. Tampoco es casualidad que dos semanas después de finalizar la Conferencia, el mando norteamericano se decidiera llevar a la práctica su experimento nuclear, esta vez en vivo, haciendo explotar dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Y todo esto se llevó a cabo por el conocido método del imperialismo, es decir, sin contar con los aliados de guerra, precipitadamente y con inconfesables objetivos colaterales.Por lo que se refiere a las conversaciones de Postdam, la mayor parte de las cuestiones giraron en torno a los países liberados. Truman y, con mayor virulencia aún, Churchill, comenzaron acusando a Stalin de no respetar los acuerdos de Yalta, de tratar de imponer en Europa oriental y los Balcanes regímenes comunistas y satélites de Moscú a causa de la presencia en la zona del Ejército Rojo. Los norteamericanos exigían una acción conjunta para reorganizar los gobiernos de Bulgaria y Rumanía de manera que todos los grupos democráticos participasen en ellos. Ni siquiera el CPLN se libraba de las críticas, a pesar de haber ampliado su composición con miembros del gobierno exiliado. Era objeto especial de crítica la demarcación fronteriza que se delimitó de mutuo acuerdo con la Unión Soviética.

En suma, el imperialismo acusaba a la Unión Soviética de no respetar los acuerdos de Yalta en lo referente al control tripartito de los países liberados y a la celebración de elecciones libres. Pero de lo que las potencias occidentales no querían ni hablar era de las manipulaciones que había llevado a cabo, las que estaban efectuando y las que harían en un futuro bien próximo. Allá donde las intromisiones soviéticas no les paraban los pies, los gobiernos occidentales hacían y deshacían a su antojo sin contar con tan incómodo compañero de viaje, tratando de aupar en los más altos sillones ministeriales, incluso por la fuerza de las armas, a los más sanguinarios tiranos, aunque se tratara de viejos colaboradores de Hitler. El único requisito para tal ascenso es que fuesen buenos amigos de occidente, del mundo libre, lo que siempre ha sido sinónimo de títeres del amo que todo lo dirige desde la metrópoli.

En el caso de Italia, los británicos y estadounidenses negociaron por sí solos la capitulación y no concedieron al representante soviético un puesto en la Comisión de control del armisticio, sino sólo en el Consejo consultivo interaliado, organismo que nunca tuvo funciones efectivas. Pero se pueden citar muchos más casos similares demostrativos de que quienes estaban violando los acuerdos de Yalta eran precisamente las potencias imperialistas.

Algunos de ellos son bastante conocidos, como los de Grecia o Japón, y otros no tanto, como los de Siria o Líbano. Aquí, por ejemplo, fue Francia quien, tras su inicial derrota a manos del III Reich, trató de recuperar el terreno perdido con respecto a las demás potencias capitalistas y volver a conquistar las colonias perdidas. Siria y Líbano habían sido mandatos franceses de la Sociedad de Naciones, lo que era una fórmula legal para continuar con el régimen colonial bajo una apariencia de legitimación. Pero en el curso de la guerra el imperialismo anglo-norteamericano se vio obligado a reconocer su independencia con el fin de utilizar a estos países en la lucha contra el fascismo. Tras la guerra habían ingresado en la ONU como miembros soberanos de pleno derecho, a pesar de lo cual tropas expedicionarias francesas desembarcaron en ambos países con objeto de volver al estado de cosas anterior. Incluso llegaron a bombardear algunas ciudades sirias, entre ellas Damasco, la capital.

Los Balcanes

Pero esto, naturalmente, no constituía para el imperialismo ninguna forma de manejo, sino el ejercicio legitimo de sus derechos. Por el contrario, el ascenso revolucionario en Europa central y los Balcanes no podía ser sino fruto de las bayonetas del Ejército Rojo. Por ello, poco después de la Conferencia de Postdam, el 18 de agosto de 1946, el Secretario de Estado norteamericano, J.F. Byrnes, emitía una declaración oficial de su gobierno en contra de las elecciones en Bulgaria, clamorosamente ganadas por el Frente de la Patria (integrado por comunistas, la Unión Agraria, los socialdemócratas, el circulo Zvenó, los radicales y otros) que era la organización que representaba la unidad de todas las fuerzas populares que habían combatido contra el fascismo, contra el gobierno reaccionario que había permitido la ocupación alemana contribuyendo activamente a la agresión contra la Unión Soviética y a la represión del movimiento revolucionario en los Balcanes.El establecimiento del régimen democrático-popular en Bulgaria fue consecuencia directa de la lucha armada contra el ocupante fascista. En una serie de lugares los grupos numéricamente débiles de guerrilleros se transformaron en destacamentos organizados que contaban con el amplio apoyo del pueblo. A fines de 1943 y principios de 1944 un Ejército de cien mil soldados y gendarmes bajo mando fascista participó en la lucha contra el movimiento de los guerrilleros. El 26 de agosto de 1944 el Comité Central del Partido planteó la tarea del derrocamiento inmediato, por un levantamiento armado, del Consejo de Regencia fascista y del gobierno de Bagrianov, así como de la formación de un gobierno del Frente de la Patria. Cuando el 7 de setiembre el Ejército soviético penetró en territorio de Bulgaria, el levantamiento armado estaba ya en su apogeo. La huelga general de los mineros de Pernik, la huelga de los tranviarios y las manifestaciones de los trabajadores de Sofía, la huelga general de Plovdiv y Gabrovo, la toma por asalto de las cárceles de Pleven, Varna y Sliven fueron acompañadas de la ocupación de una serie de ciudades y aldeas por los destacamentos guerrilleros. Bajo la presión del Ejército soviético, las hordas alemanas abandonaron rápidamente el país. Los soldados búlgaros se negaban a cumplir las órdenes de los oficiales reaccionarios y se pasaban a los guerrilleros. El 9 de setiembre bajo el poderoso golpe de las masas populares unidas, ayudadas por los destacamentos guerrilleros y por los soldados y oficiales revolucionarios, fue derribada la dictadura monarco-fascista y se formó el primer gobierno del Frente de la Patria.Esto es lo que el imperialismo llamaba expansionismo soviético. Frenar ese expansionismo soviético era sinónimo de frenar el movimiento revolucionario que, al igual que en Bulgaria, se estaba desarrollando en toda la Europa central y en los Balcanes. Con la excusa de supervisar el proceso de elecciones libres en esta zona, las potencias capitalistas trataban de torcer el curso natural de los acontecimientos, ejercer todo tipo de presiones, injerirse en los asuntos internos de otros países y hacer valer el peso de la presencia militar que deseaban tener aquí como en otras áreas que manejaban a sus anchas. En la misma Bulgaria para impedir el levantamiento popular en maduración, la camarilla monarco-fascista se dirigió, por medio del gobierno de Bagrianov y después del gobierno de Muraviev-Guichev, al Estado Mayor anglo-americano con una proposición de capitulación incondicional, esperando que una ocupación anglo-americana dejaría impunes sus crímenes y con los quebrantados cimientos del régimen monarco-capitalista en Bulgaria.

En realidad no había nada que supervisar: se celebraron elecciones por el conocido y democrático sistema del sufragio libre y secreto y el Frente de la Patria obtuvo el 70 por ciento de los votos para la Gran Asamblea Nacional, de los cuales más de 50 por ciento fueron obtenidos por los diputados comunistas. Esto dejaba patente que las fuerzas antifascistas, democráticas y revolucionarias habían vencido tanto por la vía de las armas como por la de los votos. Demostraba que el Frente de la Patria, que agrupaba a todas esas fuerzas gozaba del amplio apoyo del pueblo búlgaro.

Checoslovaquia

Y lo mismo podemos decir de los demás países de la zona que se libraron de la esclavitud capitalista en la posguerra. Por ejemplo, en Checoslovaquia en las primeras elecciones parlamentarias tras la derrota de los invasores, las de mayo de 1946, solamente el Partido Comunista obtiene el 38 por ciento de los votos, constituyéndose en el mayor Partido del país por lo que se le encarga la formación de gobierno a su Secretario General, K.Gottwald, quien incluyó entre sus ministros a algunos socialdemócratas, por lo que entre ambos Partidos agrupaban el 51 por ciento de los escrutinios, formando de esta manera un gobierno con mayoría de votos. Con el transcurso del tiempo esta mayoría no haría sino consolidarse y ampliarse gracias a una extraordinaria gestión económica y social de los comunistas y sus aliados desde el gobierno. En lo que podemos considerar un auténtico y real milagro económico Checoslovaquia recupera en menos de un año la producción industrial de la preguerra. Por ello en las elecciones del 30 de mayo de 1948 el Frente Nacional amplia su base electoral hasta obtener el 90 por ciento de los votos; todo esto a pesar de que en el intermedio entre ambas consultas electorales numerosos reaccionarios habían desertado del Frente Nacional y se habían pasado abiertamente a las filas de los enemigos del gobierno dirigido por los comunistas hasta el punto de urdir una serie de complots armados para hacerse con el poder con la ayuda de los Ejércitos aliados que esperaban en la frontera occidental el momento de intervenir.En consecuencia, es evidente que si bien el Ejército soviético contribuyó decisivamente al desarrollo de la revolución en esta zona al derrotar al grueso de las fuerzas de la Wehrmacht y al impedir la intervención de los Ejércitos aliados, no es menos cierto que en estos países, como en otros que no gozaban de tan favorables condiciones, la bancarrota y la descomposición total de las viejas camarillas gobernantes que, o bien se hallaban en el exilio o se sostenían gracias a los ocupantes hitlerianos, abría el terreno para que las masas populares y los combatientes antifascistas se hicieran con el poder. Las elecciones que se celebraron corroboraron ampliamente esta tendencia. Cuando los imperialistas hablaban de supervisar estas elecciones lo que en realidad pretendían era, por una parte, frenar el proceso revolucionario, y por el otro, mantener permanente en la zona un foco de conflictos internacionales y agresiones enfilado contra la Unión Soviética. Para el imperialismo era necesario evitar que la Unión Soviética tuviese siquiera un momento de tregua tras la enorme sangría humana y material que le había supuesto la guerra. El socialismo, presa de la enorme devastación ocasionada por la guerra y con continuos enfrentamientos con sus vecinos, caería exhausta a los pies del capitalismo. Para ello era vital, dentro de los planes anglo-norteamericanos, evitar que la revolución se consolidara en el este de Europa y los Balcanes, que el socialismo no pudiera garantizar su seguridad y sus fronteras, que Europa no fuese, ahora menos que nunca, un área de paz.

Soldados y economistas

Tampoco hay que perder de vista que, junto con sus Ejércitos, el imperialismo llevaba sus equipos de economistas. Directamente del mando supremo del Ejército estadounidense en Europa surgieron el grupo de organizaciones económicas europeas que más tarde desembocarían en el Plan Marshall y en el Mercado Común.Los planes del imperialismo al pretender supervisar e inmiscuirse en el proceso revolucionario que experimentaban los países de la zona eran esos justamente: llevar sus ejércitos para aplastar el movimiento de masas y las organizaciones guerrilleras; instalar a sus expertos económicos para reconstruir el capitalismo, y finalmente, hacer los preparativos para una nueva agresión a la Unión Soviética. La consigna que encubría estas intenciones era la de que el este de Europa y los Balcanes no debían ser zona de influencia de nadie, lo que equivalía a decir que estaban a merced de cualquiera, sobre todo de los Estados Unidos, la única potencia beneficiada por la guerra. Estados Unidos no había padecido la guerra en su territorio, por lo que sus bajas humanas eran bastante más reducidas que las de otros países beligerantes. Por contra, los monopolios dedicados al armamento y gran cantidad de industrias obtuvieron gigantescos beneficios con los suministros al gobierno y la exportación al exterior. Mientras tanto, la Unión Soviética y los países de Europa oriental y los Balcanes habían sufrido cuantiosas pérdidas, siendo bastantes los que se hallaban en una completa ruina, padeciendo en extensas regiones la población hambre, enfermedades y toda suerte de calamidades. En estas condiciones la pretendida no influencia de nadie era la cortina que encubría la necesidad de esos pueblos de subordinarse al imperialismo norteamericano, si la revolución no se consolidaba.

Pero mientras el imperialismo establecía este estatuto para los pueblos de la zona, extensas áreas repartidas por todo el planeta eran tomadas como plazas de armas de Estados Unidos y Gran Bretaña, como zonas para su seguridad estratégica. Estas zonas de seguridad no eran contiguas, ni mucho menos, a las fronteras de sus países, sino que se repartían por todo el mundo y alcanzaban territorios contiguos a la Unión Soviética. A la inversa, el imperialismo se negaba a que la Unión Soviética estimase como zona para su seguridad a los países vecinos de Europa oriental y los Balcanes.

La Unión Soviética no podía tener una zona de seguridad ni en sus propias fronteras; Estados Unidos y Gran Bretaña las podían extender, por el contrario, a miles de kilómetros de las suyas, sobre todo si se trataba de la periferia de la Unión Soviética en la que instalaron tras la guerra un cordón de bases militares y de espionaje. Es más, las pretensiones del imperialismo llegaban al extremo de pretender obtener bases áreas de aviones e hidroaviones en el interior del territorio soviético. Es el caso de sus reclamaciones sobre las islas Kuriles que, según el Tratado de Yalta, correspondían a la Unión Soviética. Stalin contestaba así a las exigencias de Truman: “Las peticiones de esta naturaleza se dirigen generalmente a un Estado conquistado o bien a un Estado aliado que no se encuentra en situación de defender con sus propios medios ciertas partes de sus territorios y, en vista de ello, se muestra dispuesto a conceder a sus aliados una base adecuada. No creo que la Unión Soviética pueda ser incluida entre tales Estados”.

Las zonas de seguridad estadounidenses eran de goma, alcanzaban a todo el mundo y se prolongaban por todos los rincones. Pero a la Unión Soviética se le negaba su seguridad al borde mismo de su frontera. También Gran Bretaña podía mantener sus propias áreas de seguridad, y así, según Truman, Churchill estaba decidido a conseguir que Inglaterra mantuviese o incluso aumentase su control sobre el Mediterráneo. En suma, que para el imperialismo era indescifrable dónde terminaba su seguridad y dónde comenzaba su área de expansión y de dominación colonial, pues -como continúa Truman- el Mediterráneo era de importancia vital para Inglaterra, porque constituía la ruta principal hacia la India y Australia.

Eran, pues, estos des países quienes en realidad hacían lo que estaban achacando a la Unión Soviética. El socialismo, protegiendo la revolución en el este de Europa y en los Balcanes, garantizaba al mismo tiempo la seguridad de sus fronteras en una zona tradicionalmente conflictiva. Por contra, era el imperialismo quien, bajo la excusa de su seguridad, instalaba bases militares y se inmiscuía en los asuntos internos de todos los países, por lejanos que estuviesen de sus fronteras.

El Pacífico, por ejemplo, estaba destinado por Truman a ser un lago interior de los Estados Unidos. Ésta era, según ellos, la única manera de garantizar la seguridad de su país, aunque fuese a costa de liquidar la independencia de otros países como Filipinas o Japón, donde el imperialismo norteamericano se preocupaba muy poco del control tripartito, las elecciones libres o la soberanía nacional. Truman recordaba que el Pacífico había servido poco antes de la guerra como base de agresión contra ellos: “Eran las islas Marshall, Marianas y Carolinas, incluidas además centenares de islas y pequeños archipiélagos, con unos 50.000 nativos. El área total era pequeña -escasamente ochocientas millas cuadradas- pero comprendía una gran región del Pacífico occidental. En manos de una potencia enemiga, podían nuevamente usarse para desplazarnos de aquella área y bloquearnos de las Filipinas y Guam, así como de las posiciones británicas y holandesas en aquella parte del mundo. Podían también emplearse para combatir nuestras líneas de comunicación con Nueva Zelanda y Australia. Estas líneas se habían puesto bajo el control japonés al final de la Primera Guerra Mundial e inmediatamente después de esto se habían fortificado y cerrado a los que no eran japoneses. Como bases de operaciones para los japoneses nos estorbaron mucho durante la guerra, y era comprensible que nos interesasen no sólo como fideicomisos, sino también en el caso de algunas, como áreas estratégicas especiales dentro de un sistema de fideicomiso […] Con la victoria en el Pacífico ahora asegurada, ya que las fuerzas norteamericanas expulsaban a los japoneses de sus islas fortificadas una después de otra, el control de estas islas durante el tiempo de paz suponía una importancia creciente en el desarrollo de la política norteamericana de posguerra”.

La política norteamericana era clara: donde el Ejército Rojo tenía una presencia efectiva eran necesarias elecciones y un control de las tres potencias, o sea, había que dejar paso a la intervención anglo-norteamericana; pero donde ellos estaban presentes nadie se podía inmiscuir. Las hipócritas palabras de Truman en sus Memorias lo dejan bien claro: “A pesar de nuestro vivo deseo de que Rusia entrara en guerra contra el Japón, la experiencia de Postdam hacía que yo estuviese decidido a evitar que los rusos participaran en absoluto en el control del Japón […] Adopté la determinación de conceder al general MacArthur el mando y control absolutos del Japón después de la victoria. La táctica rusa no podría perturbar de esta manera nuestra acción en el Pacífico. La fuerza es la única cosa que entienden los rusos. Y si bien confiaba que algún día sería posible convencer a Rusia de que colaborase en pro de la paz, yo sabía que no debía permitírseles ninguna clase de control sobre el Japón” (5).

(1) W.W.Rostow: Los Estados Unidos en la palestra mundial, Tecnos, Madrid, 1962, pg.167.
(2) Ciano: Diario, pg.86
(3) R.E. Sherwood: Roosvelt y Hopkins; una historia íntima, Ed. Janés, Barcelona, 1950, pg.242.
(4) La República imperial, Alianza Editorial, Madrid, 1976, pg.67.
(5) H.S.Truman: Memorias: 1945, año de decisiones, Ed.Vergara, Barcelona, 1956, tomo II, pgs.10 y 171.

Categorías
Memoria Histórica

Stalin sobre la revolución china

Aunque son muchos los que suponen lo contrario, hay muy pocas intervenciones de Stalin en la Internacional Comunista, al menos que sean conocidas. Aún hay menos referencias suyas acerca del desarrollo de la revolución en China. La mayor parte de sus intervenciones -por no decir todas- son réplicas derivadas de la traición del Kuomintang en 1927 y las repercusiones internas que tuvo dentro del Partido bolchevique. No abundan, sin embargo, las opiniones directas de Stalin sobre la revolución china.

El discurso de 30 de noviembre de 1926 ante la comisión china de la Internacional es una excepción muy poco conocida, que merece la pena recordar. No es un artículo sino una opinión emitida en vivo que, posteriormente, se documentó en las actas. Tiene un carácter crítico, es decir, que Stalin se opone a los informes que los miembros de la comisión china habían redactado sobre la puesta en práctica de la línea política del PCCh.

Su intervención reúne dos de las mejores virtudes que siempre acompañaron a Stalin. En primer lugar, desde el principio pone de manifiesto su modestia, ya que reconoce que no dispone de todos los materiales necesarios para hacer una exposición completa sobre la situación en China. En segundo lugar, es uno de los documentos más claros, más sencillos y más sintéticos sobre las peculiaridades de China y de la revolución china.

El discurso de Stalin no es, pues, interesante sólo por sus opiniones sobre China, sino también porque es una joya del estilo argumentativo de los marxistas, que se ha perdido hace tiempo. Es conveniente aclarar también que Stalin se está dirigiendo directa y personalmente a aquellos a los que critica, como demuestran las actas.

El dirigente bolchevique empieza por una cuestión formal, criticando el pésimo estilo con el que están redactados los informes que tiene en la mano. Son ese tipo de devocionarios repletos de citas de Lenin sacadas de acá y allá e incorporadas por los pelos a una argumentación que, la mayor parte de las veces, está más vacía que la olla de un mendigo.

En aquel caso, los responsables de los asuntos de China en la Internacional Comunista se aferraban a una frase de Lenin en la que equiparaba al país asiático con la Rusia de 1905 lo cual, dice Stalin, es sólo una parte del asunto: China se parece a Rusia en 1905 pero también es diferente a ella. A partir de ahí, Stalin utiliza el contraste para exponer los rasgos fundamentales propios y característicos de la revolución china.

Lo mismo que en Rusia en 1905, en China la revolución también es de naturaleza democrático-burguesa, dice Stalin, pero adopta una forma diferente porque es una “revolución de liberación nacional”. Es toda una declaración de principios que podría ayudar a todos esos independentistas que quieren ser comunistas y no saben cómo. La lucha contra el imperialismo, dice Stalin en 1926, “juega un papel preponderante en China”. Naturalmente que tras la ocupación de China por Japón en 1934, lo preponderante se convirtió en omnipresente.

En un movimiento de esas características, como en todo movimiento de masas, se plantean dos asuntos estrechamente relacionados. El primero es el movimiento en sí mismo, las clases sociales que participan en él, especialmente el campesinado, su naturaleza burguesa, nacional y antimperialista a la vez. No creo necesario repetir que la falta de homogeneidad de un movimiento así no excluye que tuviera un carácter revolucionario.

El segundo es la dirección de dicho movimiento, que sí tiene que ser homogénea “e incumbe fatalmente al proletariado chino”. En apoyo de esa dirección juega la existencia de la URSS, dice Stalin: “Si antiguamente, antes de la época de la revolución mundial, el movimiento de liberación nacional era una parte del movimiento democrático en general, hoy, tras la victoria de la revolución soviética en Rusia y el comienzo de la época de la revolución mundial, es una parte de la revolución proletaria mundial”.

La Internacional Comunista, apunta también Stalin, no está sabiendo analizar la intervención imperialista en China y, por lo tanto, tampoco la guerra civil. Detrás de los choques entre los “señores de la guerra”, los generales del ejército y las mesnadas feudales estaban unos u otros imperialistas. Además, Stalin diferencia entre las distintas formas de intervencionismo imperialista entre unas u otras potencias, poniendo de manifiesto que la posición “dulce” de algunos imperialistas, como los japoneses o los estadounidenses, aparentemente favorables al gobierno nacionalista de Cantón, era falsa.

La fragmentación política de China, típicamente feudal, como cualquier clase de división del enemigo de clase, es uno de los factores más favorables para un movimiento revolucionario. Dentro de aquel complejo panorama, los nacionalistas y los comunistas, aunque formaban un único frente, con su propio gobierno, no eran más que una de tantas facciones que combatían en China. En 1926 dicho gobierno había desencadenado la “marcha hacia el norte”, una expedición militar para aplastar al ejército contrarrevolucionario afincado en Pekín.

La forma en que dicha “marcha” se estaba desarrollando había creado otra concepción errónea en la Internacional Comunista, dice Stalin, que también se reproduce en la actualidad. Aunque la expedición parecía una lucha entre dos ejércitos, se trataba de “un desarrollo de la revolución china”. Detrás de la forma militar que revestían los acontecimientos, había que ver una lucha política y social: “Las tropas revolucionarias chinas son un factor de los más importantes de lucha de los obreros y campesinos por su emancipación”.

A partir de esta constatación, Stalin desarrolla una exposición sobre la forma militar que los movimientos revolucionarios han desarrollado desde el siglo XVIII, cuando los levantamientos populares se enfrentaban desarmados a un ejército regular. Por el contrario, en China quien se enfrenta al ejército es “el pueblo en armas representado por su ejército revolucionario”. Es otra de las ventajas que tiene la revolución china, añade Stalin, quien expone una concepción político-militar de la revolución, que a lo largo del siglo XX se haría típica, pero que en 1926 era totalmente novedosa.

Como consecuencia de esa característica, los comunistas chinos deben “emprender seriamente el estudio del arte militar” y prestar atención al trabajo en el seno del ejército, bien entendido que se trataba del ejército de Cantón, es decir, de un ejército adiestrado y equipado por la Internacional Comunista para los nacionalistas del Kuomintang y del que formaban parte también los comunistas chinos.

Luego Stalin analiza el aspecto político-militar de la revolución china en relación con la intervención en ella del campesinado, volviendo a criticar las equiparaciones que estaba llevando a cabo la Internacional Comunista en China con los soviets. La Internacional Comunista tenía muy presente el papel que el campesinado desempeñaría en la revolución china, pero no de una manera suficiente. Creía que la movilización del campesinado podría romper el frente único antimperialista. A diferencia de la III Internacional, Stalin dice que hay que acabar con la “neutralidad” hacia los campesinos. La revolución en el campo fortalecerá el frente antimperialista.

También aparecen diferencias en la forma en que se debería empezar a organizar al campesinado. A diferencia de la Internacional Comunista, Stalin considera que en aquel momento no se podía empezar por crear soviets campesinos en China. Destaca el peso social abrumador de la población rural en la sociedad china y propone empezar por crear comités campesinos. Sin embargo, ese punto de partida nunca podrá ser suficiente para movilizar tan gigantesca masa de campesinos. Para ello es necesario “el aparato de un nuevo poder nacional revolucionario”, con lo que Stalin anticipa lo que luego fueron las “zonas rojas”, esto es, amplias regiones dominadas por el movimiento revolucionario.

Pero eso tampoco será suficiente, por lo que Stalin introduce un tercer factor de organización del campesinado: el ejército revolucionario. Es otra de las novedades que Stalin introduce en el acervo marxista. Hasta entonces las organizaciones revolucionarias únicamente habían hablado de organizar a las masas en formaciones sindicales, políticas o culturales. La organización militar había sido olvidada, y así continúa.

En fin, estas consideraciones de Stalin tanto acerca del aspecto nacional como del militar de la revolución china, van más allá del lugar y el momento en el que se expusieron. Conciernen a todos los países del mundo porque se refieren a la fase imperialista en la que vivimos ahora.

Categorías
Noticias

La CIA no dirigió la transición española

Juan Manuel Olarieta

Las supuestas revelaciones del general Monzón, un antiguo miembro de los servicios de inteligencia de la época del fascismo, transmiten dos erróneas concepciones de la transición: que fue un cambio ficticio y, además, que se llevó a cabo bajo la batuta de la CIA. Esas concepciones son tan falsas como aquella aquellas que equiparan la transición a una traición o a una transacción.

Para que haya una traición previamente tiene que haber una confianza, lo cual supone admitir que quienes así la consideran ahora anteriormente sostuvieron algún tipo de ilusiones con las organizaciones reformistas que participaron en ella, fundamentalmente el PCE. Se trata de aquellos a quienes el cambio les ha sabido a poco. Ellos querían más o querían algo distinto. ¿Una revolución acaso?

En lo que a mí personalmente me concierne jamás me sentí traicionado por el cambio que se produjo en los años setenta, con lo cual defiendo que -en efecto- existió un cambio. Tampoco me sentí defraudado por quienes lo llevaron a cabo, los fascistas, ni por aquellos, como el PCE, que colaboraron con los fascistas en dicho cambio. Por lo tanto, yo procuro no hablar de traición.

Tampoco hubo transacción alguna porque los reformistas no tenían nada que vender a cambio, sino sólo a sí mismos, su dignidad. Pero yo creo que carecían de ella. Sólo se prestaron al juego porque sin ellos, es decir, sin la parafernalia de partidos y colectivos, el fascismo hubiera seguido en blanco y negro y una “democracia” necesita color. En fin, los partidos reformistas se vendieron a sí mismos, se prestaron a dejarse utilizar en beneficio de los planes fascistas.

Además, el general Monzón pone en primer plano a Estados Unidos, a terceros países, con pleno desconocimiento de la naturaleza del imperialismo y, más en concreto, de su política exterior en los años setenta, es decir, en plena guerra fría, no sólo con respecto a España sino a otros países con los que se puede comparar, como Portugal, Chile o Italia, por ejemplo. Situados a ese nivel, la transición se hubiera debido analizar en relación con la posición del imperialismo respecto a la Revolución de los Claveles, el golpe de Estado en Chile o a las turbias acciones de Gladio en Italia.

Ese tipo de análisis se hubiera tenido que complementar con su simétrico, la política exterior española, para lo cual habría que haber entendido que el imperialismo no es esa pirámide que muchos imaginan en sus fantasías, que bajo el imperialismo no existe ni puede existir una sumisión a los dictados de cualquier potencia por grande que sea, ni siquiera en el caso de un país de segunda división en el tablero internacional, como es España.

Esa imagen piramidal que se suele vincular con cierta concepción de la “hegemonía” es errónea, incluso en aquella época de la guerra fría, incluso para el antecedente inmediato de la Unión Europea, que entonces se llamaba “Mercado Común”, e incluso para España. Si eso no está claro, es imposible aclarar que la transición fue -entre otras cosas- un giro de la política exterior española para sacudirse el peso de Estados Unidos y acercarse al “Mercado Común”, bien entendido que no se trataba sólo de incorporarse al mismo sino de asociarse a una política exterior diferente, propia de ciertos países de Europa, en la que España pudiera tener una mayor autonomía, para lo cual hay que tener en cuenta que entonces España no pertenecía a la OTAN, ni había firmado el Pacto de No Proliferación Nuclear (“armas de destrucción masiva”), ni había reconocido al Estado de Israel, por poner algunos ejemplos ilustrativos.

En todos los países del mundo, la política exterior está estrechamente asociada a la política militar, incluso físicamente, es decir, que son militares o, mejor dicho, un cierto tipo de militares, quienes la diseñan. En España ocurre lo mismo, con la salvedad de que aquí el franquismo destaca precisamente por el peso de los altos oficiales dentro del conjunto del aparato del Estado y de que la estúpida personalización que ha llevado a cabo la historiografía en la figura de Franco, contribuye también a distorsionar la política exterior del régimen.

El verdadero núcleo del franquismo y de los cambios introducidos por el franquismo no fue Franco, un general africanista del ejército de Tierra, sino Carrero Blanco, un almirante de la Armada. El ejecutor material del giro en la política exterior del franquismo fue uno de sus colaboradores: el bilbaíno Fernando Castiella, quien permaneció entre 1957 y 1969, doce años clave, al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Cuando murió Castiella en la transición, el ministro de Asuntos Exteriores era otro vasco, Oreja Aguirre, quien en un discurso rindió homenaje a su predecesor, de quien pronunció dos frases para recordar. La primera es que “Gibraltar no era una obsesión de Castiella, Gibraltar fue para él, y lo es para nosotros, la clave de toda una concepción de la política exterior de España”. La segunda es aún más interesante: “El Estado español ha carecido de una auténtica política exterior en los dos últimos siglos de su historia […] Castiella supone, precisamente, una de las pocas excepciones, un raro momento en el que se pretende planificar ordenadamente una actuación permanente”. En definitiva, Oreja Aguirre se declaró un continuador de la política exterior de su predecesor en el cargo, es decir, que también en lo que a la política exterior se refiere, la transición fue una continuación del franquismo. Pero no de cualquier política, sino de la que se puso en marcha en los años sesenta.

En aquella época, la referencia europea no era Alemania, como ahora, sino Francia y lo que Carrero pretendía para España es lo mismo que De Gaulle estaba llevando a cabo al otro lado de los Pirineos, en donde el ejército a pesar de pertenecer a la OTAN, quedaba fuera de su estructura militar y mantenía una política exterior alejada de Estados Unidos, para lo cual impuso la nuclearización del país, tanto militar como civil.

Es una obviedad recordar que la política exterior también está asociada a la interior, a la política sin más y, en el caso de Carrero, hay que insistir en que fue él quien creó los servicios de inteligencia fascistas, que son los mismos, e incluso las mismas personas, que siguen en la actualidad, incluído el general Monzón, ahora jubilado.

Es interesante que en sus memorias el general recuerde a otro general, Díez Alegría, que entonces estaba situado por encima de él en la cadena de mando y que también procedía de los servicios secretos militares. Pues bien, en aquella época el general Díez Alegría estaba considerado como el militar liberal (“aperturista”, se decía entonces) por antonomasia y hay que recordar que en 1974 fue depurado del ejército a causa de un viaje a Bucarest, es decir, al otro lado del Telón de Acero, para negociar la transición con Carrillo en nombre del franquismo.

Como consecuencia de aquel viaje, una parte del ejército, ligada a la CIA, presionó para depurarle del Alto Estado Mayor y marcar a los negociadores una línea roja que no se podía cruzar: el régimen nunca legalizaría al PCE.

Aparentemente el general Díez Alegría tiró la toalla. Dejó su puesto para que otro general de los servicios secretos militares, Gutiérrez Mellado, auténtico baluarte del gobierno de Suárez, siguiera la misma línea de cambios que la inteligencia militar tenía trazada desde los tiempos de Carrero Blanco, incluso en lo que a la legalización del PCE concierne.

Hubo varios factores que contribuyeron a ello y, por lo tanto, a que una parte del ejército se sintiera traicionada por dicha legalización, ya que les habían prometido que, en efecto, el PCE jamás sería legalizado, ya que para eso habían ganado la guerra civil que, en la retórica fascista, había sido una guerra contra el comunismo.

No es el momento ahora de exponer dichos factores, que están relacionados -sobre todo- con el hecho de que en aquella época el PCE ya era una piltrafa. Lo interesante es poner de manifiesto las divisiones internas del régimen que, en el caso de los militares, reflejaban la política de Estados Unidos respecto a España y a otros países: Estados Unidos siempre se opuso -desde un principio- a los cambios que el régimen fascista pretendió introducir para sucederse a sí mismo. Por lo tanto, la CIA no sólo no patrocinó la transición sino que se opuso frontalmente a ella, como se opuso a los cambios que se trataron de llevar a cabo en otros países en aquella misma época, especialmente en Portugal, Chile e Italia.

Esta oposición es lo que explica que en aquellos años se desencadenara la oleada de crímenes fascistas y la aparición de bandas parapoliciales del tipo de las que hoy se califican como “neonazis”. Entre otras cosas, la transición se caracteriza también por la aparición de grupos como la Triple A o los Guerrilleros de Cristo Rey que, en buena parte, procedían de terceros países, como Italia, en donde eran una prolongación de la OTAN. Su papel consistió en intimidar a las masas y sacarlas de la calle, impedir “la violencia” de tal manera que todo se pudiera manejar en los despachos, como les gusta a los servicios secretos.

Es un error concebir al franquismo como un régimen monolítico, sobre todo en su última etapa. Pero también es un error considerar que la CIA o Estados Unidos en su conjunto pudieran manejar los hilos del un país, por débil que sea, como si fuera una marioneta. Ahora bien, lo importante es tener en cuenta que si el franquismo no funcionaba como una unidad, ¿con qué parte del mismo se alineó la CIA?, ¿con los que querían cambiarlo? Si alguien piensa de esa manera no sólo no conoce lo que es el imperialismo, sino que tampoco conoce la España de la segunda mitad del siglo pasado.

Categorías
Noticias

En el imperialismo el tamaño tampoco lo es todo

Juan Manuel Olarieta

Los imperialistas, decía Lenin, se reparten el mundo según su fuerza, su influencia y su poder. En las sociedades por acciones ocurre lo mismo. No existe el principio “un accionista, un voto” sino que tienes tantos votos como acciones. No votan los accionistas sino las acciones.
Pero si en una empresa capitalista las acciones son una forma de medir la fuerza de cada accionista, en el mundo eso no está tan claro. ¿Quién es el más fuerte?, ¿aquel cuyo PIB es mayor?, ¿el que exporta más?
Bajo el imperialismo la fuerza no es sólo económica sino también militar. Pero a esa tesis también se le puede dar la vuelta: la potencia dominante es aquella que tiene un ejército más poderoso y se lo puede pagar. No basta tener muchos tanques sino que es necesario llenarlos de gasolina para que funcionen. El pez grande no siempre se come al pequeño. La historia conoce casos de grandes ejércitos que acabaron derrotados frente a otros más pequeños.
Un ejército pequeño bien parapetado en un punto estratégico puede hacer frente a uno más grande. También puede crecer y superar en tamaño a su rival.
Pero aunque es importante, el tamaño tampoco lo es todo, ni en el terreno económico ni en el militar. En última instancia, la potencia de un ejército sólo se puede medir en el campo de batalla. Mientras ese momento no llegue, los rivales nunca ceden el terreno por las buenas al contrario. Se aferran a las posiciones que tienen adquiridas.
Es lo que está haciendo hoy Estados Unidos. Desde hace cinco años el Congreso bloquea la reforma del Fondo Monetario Internacional porque es una institución que manejan cómodamente desde la posguerra. Pero 60 años después la correlación de fuerzas en el mundo ha cambiado. Los grandes han decrecido y los pequeños, como China, se han hecho mayores. Quieren tener más votos en las reuniones. y los mayores se resisten.
Los orientales son pacientes, pero no tanto. Si no pueden entrar por la puerta, entran por la ventana. Si el Fondo Monetario Internacional no refleja la nueva correlación de fuerzas, crean uno nuevo y lo llaman Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras.
Este Banco se creó en octubre del año pasado y ahora China ha puesto encima de la mesa 50.000 millones de dólares, una cantidad que parece poco frente a los 223.000 millones del Fondo Monetario Internacional. Es una comparación engañosa. El Fondo tiene mucho dinero pero muchas más necesidades. El dinero del Fondo no es tanto como parece porque se trata de una institución agobiada por los mendigos que le piden cada vez más préstamos. En fin, hace años que el Fondo parece haber llegado a su máximo.
Por el contrario, al Banco Asiático se han unido ya 27 países que están hartos del chantaje permanente de Estados Unidos y los préstamos del Fondo. Pero lo más interesante es analizar quiénes son esos 27 países que han entrado en el proyecto, porque es posible que la etiqueta de “asiático” que lleva el Banco le de un aire regional que no tiene. Sobre todo, hay que tener en cuenta que hoy el centro de gravedad del capitalismo ya no está en Wall Street, ni en la City, ni en Frankfurt. Está en el Pacífico.
En paralelo hay más detalles imprescindibles a tener en cuenta. Uno de ellos es que Estados Unidos está impulsando el TTIP, el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones, para dejar a China fuera de juego hasta tal punto que exigió a los países europeos, y en particular al Reino Unido, que no se sumaran al Banco Asiático.
En consecuencia, el TTIP y el Banco Asiático son proyectos rivales y el primer país europeo que ha hecho caso omiso a las exigencias de Estados Unidos ha sido su más fiel socio, Inglaterra, que ha corrido a entrar en el Banco Asiático como socio fundador. Todos los países se han apresurado para hacerse un hueco en el nuevo Banco como fundadores, un plazo que acabó ayer. A Estados Unidos le han traicionado todos y cada uno de sus socios, incluidos los más serviles. Australia es otro ejemplo, pero también Alemania y Francia.
Hasta Suiza se ha unido al nuevo Banco. En el comunicado de adhesión como socio fundador, los suizos dicen: “El Banco [Asiático] tiene el potencial para convertirse en una importante parte nueva de la arquitectura financiera internacional y desempeñar un papel clave en la financiación de una infraestructura urgentemente necesaria en Asia”.
La sede de la nueva criatura financiera no está en Nueva York, ni en Ginebra, ni en Londres, sino en Pekín. No sólo se postula como una alternativa al Fondo Monetario Internacional, sino también al Banco Mundial y al Banco Asiático de Desarrollo, controlado por Tokio y Washington.
En su descomposición, el capitalismo es cada vez más una economía financiera, es decir, de papel, préstamos, deudas, acciones y billetes, por un lado, y de oro, por el otro. En esa carrera el dólar se está quedando arrinconado y con él la potencia que lo emite: Estados Unidos. En la medida en que la exportación de capitales se haga en divisas como el yuan, los demás países dejarán de pagar las ingentes deudas de Estados Unidos y, por lo tanto, los gastos que conlleva su hegemonía. Tendrán muchos tanques, pero no podrán llenar sus depósitos de gasolina.
A partir de hoy los papeles se escribirán en caracteres chinos.
Categorías
Noticias

El pensamiento filosófico de Mao Zedong

Juan Manuel Olarieta

El capítulo VIII y último de la obra del francés Vincent Gouysse, “Comprender las divergencias sino-albanesas” lleva el contundente titulo de “Las falsificaciones maoístas en el ámbito del conocimiento”. Es un extracto tomado de la obra de Vasillaq Kureta “La esencia antimarxista de las concepciones filosóficas del pensamiento Mao Zedong”, publicada en 1984.
Sin mayores explicaciones Kureta llena a Mao de los peores adjetivos. Además de “ignorante“ en materia de filosofía, Mao también era subjetivista, metafísico, mecanicista, ecléctico y pragmático. Lo peor de lo peor. Si eso fuera cierto quedarían en el aire varios hechos importantes.
El primero consiste en explicar cómo fue posible que alguien que cometió tan serios errores fuera capaz de organizar una revolución en su país, una de las más importantes del pasado siglo. Si como dice Kureta las concepciones de Mao “están al servicio de los intereses de clase de la pequeña burguesía y de la burguesía china”, ¿cómo fue posible que la III Internacional y el Partido Comunista de China lo admitieran?, ¿cómo fue posible que la pequeña burguesía y la burguesía china se mantuvieran al frente de una revolución?
El segundo consiste en explicar cómo fue posible que si -como afirma Kureta- las concepciones antimarxistas de Mao se contienen -entre otras- en obras como “Sobre la práctica”, aparecida en 1937, la III Internacional las pasara por alto, y luego el PCUS durante 30 años y el Partido del Trabajo de Albania durante 50 años. ¿Cómo es posible que nadie se apercibiera de errores tan importantes durante tanto tiempo? Si dichos errores fueron advertidos por alguien, ¿cómo fue posible que no se corrigieran?
Aquí y allá Kureta lleva a cabo una recopilación de errores a los que no les encuentra explicación, por lo que queda sin aclarar lo fundamental, a saber, que los escritos filosóficos de Mao, como cualquier otro escrito filosófico, responden a los problemas de la revolución china y, en síntesis, se puede decir que consistieron en una mala aplicación de la línea política trazada por la III Internacional.
Lo mismo que el PCE en España, el PCCh no encuentra su propio camino hasta 1934, con el consabido coste de fracasos y derrotas muy dolorosas que se prolongan a lo largo de varios años. La III Internacional, el PCCh y Mao personalmente analizaron dichos errores y los corrigieron en el terreno político, ideológico y social. Pero Mao fue más allá y le añadió el componente filosófico que dichos errores ponían de manifiesto, lo cual constituyó un mérito por su parte.
Eso no significa que en la respuesta a los errores cometidos hasta 1934, de los que Mao fue partícipe, no existiera un deslizamiento hacia su contrario, que es lo que los escritos filosóficos de Mao ponen de manifiesto y que, por lo demás, es algo muy habitual en cualquier tipo de debate, porque el marxismo es como afinar las cuerdas de una guitarra: siempre se pueden tensar demasiado y los sonidos agudos se convierten en graves, y al revés. Es lo que Mao dice en una cita que inserta el propio Kureta:
“Cuando se han cometido demasiados errores, necesariamente las cosas pasan a su lado opuesto. Esto es marxismo. Una cosa se convierte en su contrario cuando llega al extremo; cuando los errores se han amontonado, no se hará esperar la llegada de la luz” (Algunas experiencias en la historia de nuestro partido, 1956).
Si se analizan los escritos filosóficos de Mao es posible advertir que tratando de combatir el dogmatismo, Mao se desliza hacia errores que se pueden calificar como pragmatismo y empirismo, y es posible añadir que se trata de errores que persistieron después a lo largo del tiempo como otras tantas señas de identidad del PCCh que explican el derrotero posterior de la revolución, es decir, la vía china hacia el capitalismo.
Eso no significa, en absoluto, que las obras filosóficas de Mao sean antimarxistas, como sostiene Kureta, ni que Mao falsifique el marxismo, ni que haya un “contraste radical de principio”. La lección que cabe extraer aquí, como en otras experiencias, es que en una revolución no basta con tener una línea política perfectamente dibujada sobre unos cuantos folios. Es imprescindible afinarla constantemente, desarrollarla y corregir los errores que se puedan advertir en su aplicación.
La crítica de Kureta no contribuye para nada a aclarar una experiencia tan importante para el movimiento comunista internacional y, por consiguiente, añade más confusión a la confusión ya existente. El objetivo de Kureta es desacreditar a Mao y ensuciar su imagen. Al peor estilo, no expone los errores reales de su obra, sino que se los inventa.
Por ejemplo, en el segundo bloque de su crítica a Mao, que trata sobre la práctica, Kureta tiene oportunidad de profundizar en la lucha de Mao contra el dogmatismo, en su concepto de “línea de masas”, pero evade la cuestión y se enreda criticando concepciones que no son propias de Mao, quien plantea correctamente la relación entre la teoría y la práctica en el terreno filosófico, pero no siempre es consecuente con ella en el terreno político e ideológico.
A la crítica de Kureta, el blog Bitácora de un Nicaragüense que digitaliza la obra de Gouysse, añade que el pensamiento de Mao está “profundamente determinado por la filosofía premarxista china”, mencionando expresamente la influencia Lao-Tsé, Confucio y Mencio, por un lado, y la “teosofía budista” por el otro. En realidad, cualquier clase de pensamiento filosófico, incluido el marxista, está sumergido en influencias parecidas a esas, la mayor parte de las veces inconscientemente.
Pero ahí Mao tiene ventaja porque el pensamiento chino tradicional, a diferencia del occidental, es profundamente dialéctico, por lo que el origen de sus errores no radica ahí.
El blog Bitácora de un Nicaragüense imputa a Mao la búsqueda del camino medio, las zonas intermedias (la teoría de los tres mundos) y el equilibrio-convivencia entre clases antagónicas en la construcción del socialismo, lo cual sería una forma de idealismo. Es lo mismo que los trotskistas imputaron a Stalin: que era un centrista. Pero a un afinador de guitarras no se le puede imputar que no se pase por un lado o por el otro. En eso consiste su tarea precisamente.
Por lo demás, la Bitácora de un Nicaragüense refiere asuntos diferentes correspondientes a épocas diferentes de la revolución china que se deberían analizar con mucho más detalle, en lugar de meterlo todo en el mismo saco.
La manera habitual en que los marxistas abordan estos problemas son extraordinariamente confusas. Así Kureta repite muchas veces unos supuestos errores que Mao comete al relacionar la verdad absoluta con la verdad relativa. A veces da la impresión de que una es lo contrario de la otra, como si el error fuera siempre lo contrario de la verdad. Por ejemplo, así se interpreta normalmente la definición de Engels de ideología como “conciencia falsa”.
Lo erróneo no es siempre necesariamente lo contrario de lo verdadero. La tesis de Engels y Lenin sobre sobre la verdad absoluta y la relativa pone manifiesto un desarrollo o una aproximación de una hacia otra: una verdad es relativa porque es una etapa hacia la verdad absoluta, que no alcanzará nunca. Es como cuando se mide una distancia entre dos astros en años-luz. Dichas mediciones son verdades relativas porque se aproximan a la distancia real y, a medida que los conocimientos y la técnica progresan, esa medida es cada vez más exacta. Pero por afinada que parezca, siempre tiene un “margen de error”.
Luego la verdad contiene en sí misma al error. El “margen de error” podrá ser mayor o menor, pero a nadie se le ocurre decir que una medición es falsa porque tenga un “margen de error”. Desde Gauss, es decir, desde hace 200 años aproximadamente la teoría del error forma parte de la matemática y de la ciencia.
La tesis de Engels sobre la falsedad de la ideología es una de las más profundas del marxismo, e incluso de toda la historia de la filosofía y se puede resumir diciendo que, en efecto, una tesis cualquiera puede ser errónea por varios motivos pero, sobre todo, porque tiene por absoluta una verdad que sólo es relativa. Sucede siempre que alguien cree que algo es perfecto, eterno, acabado, objetivo, exacto o puro.
Las abstracciones que Marx y Engels criticaron en “La ideología alemana” son un ejemplo de esa “conciencia falsa” que se caracteriza por su falta de “terrenalidad”, de concreción. La misma crítica se puede dirigir hoy a esos marxistas, como Kureta, que coleccionan frases del estilo de “la verdad siempre es concreta” para construir un cúmulo de argumentaciones abstractas. Lo concreto aparece mezclado; es lo híbrido, lo impuro, lo que está en medio de dos contrarios, en pleno proceso de cambio, ese tipo situaciones ambiguas, como lo semifeudal, entre el ser y el no-ser que tantas polémicas han provocado siempre.
Se puede decir, pues, que un conocimiento, aunque sea verdadero, se convierte en erróneo cuando no es consciente de sus propias limitaciones, de que sólo es una verdad relativa y, por consiguiente, una verdad condicionada por su origen cultural, filosófico, nacional, social, histórico, religioso o por otros factores, como el estado de la técnica en un momento determinado.
Pero también se puede decir lo mismo de una tesis que marcha en la dirección contraria: no sólo no desarrolla el conocimiento sino que lo introduce en un callejón sin salida. Lo mismo que en la lucha de clases, también en la filosofía y en la ciencia es fundamental el primer paso, que consiste en tomar el camino correcto.
El marxismo tiene un método para tratar los errores, que empieza siempre por ponerlos encima de la mesa, cualesquiera que sean. Pero se equivocan tanto los que no reconocen los errores, como los que ven errores por todas partes y los que no buscan otra cosa que los errores (preferiblemente los de los demás). Todos ellos tienen un problema de afinación.
Como parte de una verdad relativa, los errores de Mao se deben poner en relación con una verdad absoluta: durante más de medio siglo Mao participó activamente en una de las revoluciones mas importantes del siglo pasado, dirigió una larga guerra y luchó contra el imperialismo japónes y el estadounidense. ¿Todo fueron equivocaciones?, ¿es esa larga lucha propia de burgueses?, ¿proceden así los revisionistas?
Categorías
Noticias

Ni victoria ni derrota, sino todo lo contrario

Juan Manuel Olarieta
El viernes el director de la CIA John Brennan dijo ante el Consejo de Relaciones Exteriores que Estados Unidos no pretende el hundimiento del gobierno de Damasco porque dejaría el campo libre al Califato Islámico, y mencionó a Rusia expresamente para decir que Putin tampoco lo quiere.
Las palabras de Brennan suscitan dos tipos de conclusiones, de las que eliminaré toda referencia al hecho de que el Califato Islámico no es otra cosa que un brazo de los propios imperialistas.
La primera de ellas es que teníamos razón todos los que hemos venido asegurando que en Siria no había una «oposición moderada», es decir, que a partir de 2011 la alternativa a Al-Assad es el Califato Islámico y que la excusa imperialista de apoyar a la oposición moderada sólo servía para justificar el apoyo al Califato Islámico.
En una interesante entrevista en Alfadaiya, la televisión siria, el periodista libanés Nasser Kandil aseguró (1) que la atención puesta en los crímenes atroces del Califato Islámico ha sido tan intensa que a su lado el Frente Al-Nusra parece una organización moderada, o lo que es lo mismo: el Califato Islámico ha dejado a la rama siria de Al-Qaeda como una organización moderada.
Naturalmente que en Siria siempre ha habido una oposición al gobierno baasista, duramente reprimida. También es cierto que las reivindicaciones populares que desencadenaron las movilizaciones de 2011 eran y son justas. Pero me parece indiscutible que en 2011 el imperialismo se puso a la cabeza de la lucha contra el gobierno de Al-Assad y desencadenó una guerra, lo que cambió completamente la situación y, con ella, la naturaleza de la propia lucha contra el gobierno baasista.
De las palabras de Brennan se desprende que hoy no hay una tercera posición. No hay más alternativa al gobierno de Damasco que el Califato Islámico y que mientras esa situación no cambie, la batalla está planteada en esos términos y la posición del imperialismo está muy clara: aunque hablen de «oposición moderada» apoyan al Califato Islámico, apoyan el terrorismo y cada uno de sus horrendos crímenes.
La segunda deducción que se desprende de las palabras de Brennan es que, lo mismo que en otras regiones del mundo, desde Afganistán hasta Libia, al imperialismo no le interesa que en Siria ganen unos u otros. Ni siquiera le interesa ganar la guerra; lo que le interesa es la guerra misma. Es la política del caos controlado o, como dice algún medio, el «equilibrio dentro de la crisis».
Las palabras de Brenan me recuerdan a las que pronunció John Kerry en una reunión celebrada en julio de 2013 en el Palacio de Congresos del Mar Muerto, en Jordania: «Queremos evitar una situación de vencedores y vencidos en la region».
Este tipo de declaraciones explican mejor que nada las paradojas de las guerras, unas recientes y otras no tanto, en Oriente Medio, el norte de África y el Sahel: el imperialismo promueve el terrorismo fundamentalista al mismo tiempo que «lucha» contra él o, dicho en otras palabras, el imperialismo necesita sus propios enemigos en ciertas regiones del mundo. Necesita un cierto tipo de enemigos, aquellos que cumplen un cierto papel, que no es precisamente el de la lucha contra el imperialismo.
Ahora bien, en Oriente Medio funciona desde siempre el juego de las siete sillas: siempre hay un perdedor y la derrota del Califato Islámico en Siria va a tener una primera consecuencia inevitable: la de reconocer la victoria del gobierno de Damasco, que no sería más que el principio de otra serie de victorias en cadena, como la de Irán y, naturalmente, la de Hezbollah.
Por lo tanto, un desenlace así de la guerra de Siria llegaría muy lejos. ¿Qué pensarán en Tel-Aviv del fortalecimiento de Irán y Hezbollah?
Pero no sólo perdería Israel sino también los países del Golfo y, en particular, Arabia saudí, y sería su segunda derrota en muy poco tiempo. Ya había perdido en 2012 en Yemen.
En la entrevista Kandil sostiene que Turquía sería uno de los países más perjudicados por el nuevo reparto de cartas en Oriente Medio. La victoria kurda en Kobani es lo que Turquía había tratado de evitar. Por eso nunca formaron parte de la coalición internacional. Para la revista Newsweek (2), Turquía había instrumentalizado a los takfiristas para derrotar a los kurdos. Turquía está en el bando perdedor y acabará perdiendo Kurdistán. Tras su victoria los kurdos salen victoriosos, pierde el Califato Islámico, pierde Turquía… y posiblemente pierda también el gobierno de Damasco.
La derrota del Califato Islámico en Kobani pone en evidencia todas sus limitaciones y, lo que es peor, marca una pauta. No es fácil explicar qué motivos les llevaron a atacar la ciudad fronteriza kurda, pero es evidente que no fueron de tipo confesional. No tenían nada que ver con su salafismo. Pero tampoco tenía ningún sentido apoderarse de Quneitra o Tikrit.
La pregunta es relevante porque John Kerry había reconocido que Kobani no tenía un carácter estratégico (3). Sin embargo, para asaltar esa ciudad, el Califato Islámico tuvo que abandonar puntos que sí eran estratégicos, como Idleb o Alepo. Algunos dicen que quisieron obtener un paso fronterizo hacia Turquía. Pero ya tenían otros dos.
Hay quien sostiene que era una táctica de distracción, que el verdadero objetivo era atracar Bagdad, o bien que Kobani atrajo la atención hacia otras acciones de mayor envergadura en Irak.
Según Kandil el objetivo del Califato Islámico fue acercarse a Irbil, la capital del Kurdistán irakí, lo que tampoco tiene ningún objetivo confesional. Pero para el Pentágono Irbil, como Samarra, es un «muro de fuego», la línea que no se puede cruzar sin el debido salvoconducto.
No cabe duda de que la victoria kurda en Kobani ha fortalecido a Massud Barzani, el dirigente del autoproclamado Estado independiente kurdo de Irak. «La resistencia siria vencerá», aseguró Barzani. «Saldremos de esta guerra como vencedores». Pero los que se apuntan la victoria no son los kurdos de Siria sino los de Irak, las marionetas de Israel. Nada menos que 12 dirigentes kurdos le han rendido pleitesía a Barzani. Ya no es necesario que los takfiristas se hagan con Kobani.
Pero, ¿por qué han sido los kurdos irakíes los que se han apuntado la victoria en Kobani, y no los sirios?
Los policías de todos los países se preguntan: después de la derrota, ¿qué ocurrirá con los terroristas del Califato Islámico?, ¿a dónde irán?, ¿volverán a Londres?, ¿a París? A los del Califato Islámico no los quieren ni en Ryad, donde los jeques rezan para que la guerra de Siria no se acabe nunca. Es la manera de mantenerlos entretenidos.

(1) Alfadaiya, 9 de noviembre, https://www.youtube.com/watch?v=hpRL3c5Qm_Q
(2) ISIS Sees Turkey as Its Ally: Former Islamic State Member Reveals Turkish Army Cooperation, 7 de noviembre de 2014.
(3) Pourquoi Kobané n’est pas une ville stratégique pour les USA, http://tempsreel.nouvelobs.com/monde/20141009.OBS1700/pourquoi-kobane-n-est-pas-une-ville-strategique-pour-les-usa.html

Categorías
Economía

La ley de la pauperización creciente

Hasta la crisis de 2007 la burguesía engañaba a los estudiantes de las Facultades de Economía asegurando que el capitalismo había creado una sociedad de abundancia que, además, nunca tendría fin. A diferencia del siglo XIX, vivíamos en la era del consumo y el bienestar.

Una vez más, las teorías burguesas se han dado de bruces con la realidad. Ya no engañan a nadie, por lo que todos vuelven sus ojos hacia Marx, quien demostró que el capitalismo es sinónimo de pauperismo, no como consecuencia de la crisis sino como una tendencia general e inevitable, es decir, como una auténtica ley del capitalismo. Marx la calificaba como una ley general de la acumulación capitalista.

El pauperismo no es un problema de nivel de vida, de comparación puramente cuantitativa de una época histórica con otra sino que tiene varias facetas distintas, de las que se pueden destacar tres.

1. El pauperismo internacional

El pauperismo supone, en primer lugar, un empeoramiento en las condiciones de existencia de los países dependientes. Son muchas las cifras que periódicamente se exhiben sobre esta cuestión, a cada cual más dramática y escandalosa. Con ello se demuestra que la diferencia entre las metrópolis imperialistas y los países dependientes se ensancha a pasos agigantados y que, además, las condiciones de existencia en estos países se deterioran progresivamente, con consecuencias que son sobradamente conocidas y no necesitan nigún tipo de aclaraciones.

El verdadero problema de los países dependientes no es sólo la carestía; no se trata de que no tengan sino de que deben. Con la crisis la deuda exterior de muchos países se ha multiplicado, asfixiando cualquier posibilidad de escapar del dogal en que están atrapados por las grandes potencias. La deuda exterior es un instrumento de dominación. Aprovechando su situación ruinosa, las potencias imperialistas y sus instituciones financieras (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional) vienen imponiendo draconianas políticas de ajuste.

De ese modo, mientras los países dependientes padecen toda suerte de calamidades, cada vez más monstruosas, entre las grandes potencias aparecen sectores parasitarios y rentistas que acaparan fabulosas riquezas.

En las metrópilis imperialistas el pauperismo es compatible con la existencia de un reducido sector de obreros aristócratas. El imperialismo es un sistema de soborno de una parte de los trabajadores, de creación de una aristocracia obrera corrompida y cómplice de las maniobras de los monopolistas. Las crecientes dificultades del capital necesitan de auxiliares suyos dentro de las filas obreras: de los reformistas, de los sindicatos amarillos y otros colaboracionistas. El capitalismo actual ha entrado en su fase imperialista, caracterizada por la agonía, la decadencia y la putrefacción de todo el tejido social. En el plano político esta fase última del capitalismo sustituye la democracia por el fascismo, la paz por la guerra, la libertad por la reacción. La descomposición penetra por todos los poros de la sociedad y no deja ámbito exento de la podredumbre burguesa.

2. La pauperización de la clase obrera

En segundo lugar, bajo el capitalismo el proletariado experimenta un proceso creciente de pauperización, es decir, es cada vez más pobre. El principio establecido por Marx, según el cual el salario se fija por la cantidad necesaria para la reproducción de la fuerza de trabajo, no se puede identificar con la ley de bronce de los salarios, con el mínimo fisiológico imprescindible para el sustento cotidiano del trabajador. Para Marx los salarios oscilan entre un mínimo de mera supervivencia y un valor real por encima de él, ya que no depende sólo de las necesidades físicas, sino también de las necesidades sociales, tal como se hallan históricamente determinadas (1).

Las necesidades de la clase obrera son sociales, también las impone el capitalismo. Lo que los burgueses califican de incremento en el nivel de vida no es más que un cambio histórico en la estructura del gasto, del consumo de la clase obrera. El porcentaje que los trabajadores dedican a alimentación por ejemplo, se ha reducido, pero el resto no les sobra y no lo pueden ahorrar porque si el gasto ha cambiado es porque las necesidades han cambiado, y además de alimentarse los trabajadores tienen otras necesidades tan imprescindibles como la alimentación. Si disponen de lavadora no es en concepto de lujo o para mejora de su bienestar sino porque no pueden lavar la ropa en el río más próximo. El cambio en la estructura del gasto demuestra un cambio en las necesidades de los trabajadores y no una mejora en su situación objetiva.

La condición material de la clase obrera no es hoy mejor que hace 150 años; es simplemente distinta porque el capitalismo ha creado necesidades distintas. Desde ese punto de vista no cabe duda que la situación de la clase obrera sigue siendo la misma: el salario sigue siendo una medida de las necesidades de reproducción de la fuerza de trabajo. Las previsiones de Marx sobre la proletarización y el empobrecimiento creciente de la clase obrera son, pues, absolutamente exactas y responden a leyes inexorables del capitalismo. La condición de la clase obrera empeora con el avance del capitalismo.

La acumulación tiene que incrementar el sector de la producción dedicado a fabricar bienes de consumo; una parte de la acumulación se tiene que destinar a incrementar el capital variable; el desarrollo de ese sector dedicado a la fabricación de bienes de consumo es también fundamental porque contribuye a abaratar el coste de la mano de obra. Esta es la clave para analizar la cuestión de la pauperización de la clase obrera: el sector dedicado a la fabricación de medios de producción crece más rápidamente que el dedicado a fabricar bienes de consumo, pero eso no significa que éste no crezca en absoluto.

El que los salarios reales aumenten no significa que no sea válida la ley general de la acumulación capitalista; sólo significa que ha aumentado el valor de la fuerza de trabajo o, lo que es lo mismo, que han aumentado sus necesidades de reproducción. Cada vez las necesidades son mayores y cada vez, por tanto, hay menos posibilidades de satisfacerlas: “Justamente porque la producción crece, y en la misma medida en que esto sucede, se incrementan también las necesidades, deseos y pretensiones, y la pobreza relativa puede crecer en tanto se aminora la absoluta” (2). La prueba más evidente de ello es que los trabajadores no pueden ahorrar, que sus ingresos se consumen casi diariamente. Si los obreros pudieran ahorrar cantidades importantes de dinero, no irían a trabajar y eso es justamente lo primero que ocurre cuando les toca la lotería. Está comprobado, por ejemplo, que los salarios no pueden subir indefindamente, porque por encima de un determinado nivel salarial, los obreros lo que hacen es reducir su jornada de trabajo o aumentar su periodo de vacaciones. El capitalismo necesita permanentemente un volumen de población en busca de empleo y eso sólo es posible cuando no tienen otra cosa que ofrecer que su fuerza de trabajo, cuando el proletariado está desposeído de toda propiedad sobre los medios de producción: “La existencia de una clase que no posee nada más que su capacidad de trabajo es una premisa necesaria para que exista el capital”, dice Marx (3).

Hay toda una serie de indicadores estadísticos para demostrar la pauperización creciente de la clase obrera. La evolución de los salarios reales se utiliza para comprobar la evolución en el tiempo de la remuneración de los trabajadores. Así en España, entre 1994 y 2007 se produjo una caída importante de los salarios reales, es decir, perdieron poder adquisitivo de forma sistemática: se empobrecieron.

Pero las estadísticas burguesas tienen su trampa. El nivel de los salarios es un promedio de la remuneración de los trabajadores ocupados. Por tanto, no tiene en cuenta a los desempleados ni, en consecuencia, al volumen de los desempleados. De aquí se deduce que si se calculara el salario medio sobre la base de toda la fuerza de trabajo, esté ocupada o no, el descenso de los salarios resultaría verdaderamente vertiginoso.

Desde 2009 España no publica la tasa de cobertura del desempleo, es decir, la relación entre el número de parados registrados y los que reciben algún tipo de prestación, pero a partir de la crisis es obvio que el número de parados va en la dirección opuesta a las prestaciones que percibían. Como consecuencia de ello, más de 4 millones de parados registrados oficialmente no cobra ninguna clase de prestación.

Mucho más grave es el descenso del salario mínimo en términos reales. En los años ochenta perdió un 10 por ciento de su poder adquisitivo. En 2003 los trabajadores que percibían este salario tenían la capacidad adquisitiva correspondiente a 1975.

En España este salario mínimo afecta a unos 400.000 trabajadores en activo y a un número importante de parados que cobran el seguro de desempleo. El 27 por ciento de los trabajadores cobra salarios por debajo del mínimo, es decir, menos de 800.000 pesetas al año y casi tres millones de personas perciben ingresos inferiores a esa cuantía.

3. La pauperización relativa de la clase obrera

Si la pauperización se analiza relativamente, el acierto de la ley marxista es indiscutible, porque confirma la creciente penetración de las relaciones de producción capitalistas en todas las esferas de la vida y la desaparición de los modos de vida independientes, de la pequeña producción, del comercio individual y de las profesiones liberales, que es justamente la situación que, como hemos visto, se ha producido.

Relativamente, la situación de la clase obrera con respecto a la burguesía es infinitamente peor que hace siglo y medio; el abismo entre las condiciones de vida de ambas clases se ha ensanchado. Hay muchos más trabajadores que antes y muchos menos capitalistas pero, sin embargo, la parte de la renta que corresponde a los capitalistas crece, mientras se reduce la que corresponde a los trabajadores. El capitalismo exhibe un dramático contraste entre las condiciones de vida del proletariado y la gigantesca acumulación de riquezas alcanzada, de la cual únicamente pueden beneficiarse un puñado de oligarcas. La burguesía impide que el desarrollo de las fuerzas productivas se utilice para mejorar la calidad de vida y de trabajo de millones de trabajadores, que tienen vedado el acceso al tiempo libre, a la cultura, a los servicios y a la mayor parte de las posibilidades de expansión personal creadas bajo el capitalismo. Pero este modo de producción no puede entenderse de otra forma, no podría funcionar elevando los salarios y el consumo de las masas, disminuyendo la explotación y generalizando el disfrute de las riquezas obtenidas.

Marx explicó las razones por las que, aún en el supuesto de que crezcan los salarios reales de los trabajadores, se produce un empobrecimiento relativo: “Un aumento sensible del salario presupone un crecimiento veloz del capital productivo. A su vez, este veloz crecimiento del capital productivo provoca un desarrollo no menos veloz de riquezas, de lujo, de necesidades y goces sociales. Por tanto, aunque los goces del obrero hayan aumentado, la satisfacción social que producen es ahora menor, comparada con los goces mayores del capitalista, inasequibles para el obrero y con el nivel de desarrollo de la sociedad y los medimos, consiguientemente, por ella, y no por los objetos con que los satisfacemos. Y como tienen carácter social son siempre relativos […] Por tanto, si con el rápido incremento del capital, aumentan los ingresos del obrero, al mismo tiempo se ahonda el abismo social que separa al obrero del capitalista, y crece, a la par, el poder del capital sobre el trabajo, la dependencia de éste con respecto al capital […] Si el capital crece rápidamente, pueden aumentar también los salarios, pero aumentarán con rapidez incomparablemente mayor las ganancias del capitalista. La situación material del obrero habrá mejorado, pero a costa de su situación social. El abismo social que le separa del capitalista se habrá ahondado” (4).

Una comparación entre la evolución de los ingresos de burgueses y obreros tiene que tener en cuenta la evolución de la productividad que, al crecer, aumenta la parte de la plusvalía de la que se apropian los capitalistas. Como Marx previno, aunque los salarios suban, la productividad sube siempre mucho más; así en España entre 1975 y 1993 los salarios crecieron a un ritmo anual de 1’9 por cien mientras la productividad creció al 2’6 por ciento anual, por lo que los capitalistas se van quedando cada vez con una parte mayor de la producción.

Los capitalistas también se van quedando cada vez con una parte mayor de la renta nacional. La participación de los salarios en ella mide la situación relativa de los trabajadores en relación con las demás clases sociales. En España a principios de los ochenta los asalariados recibían el 73 por ciento de la renta, mientras que en 1992 el porcentaje bajó al 69 por ciento y en 2010 era sólo el 61 por ciento.

La creciente precariedad en el empleo es también otro indicador del empobrecimiento alcanzado por los trabajadores, ya que les impide realizar cualquier tipo de planes de futuro, dado su incierto porvenir laboral.

Los contratos basura, que no dan derecho al cobro del seguro de desempleo, suman medio millón, bajo las denominaciones de contrato de aprendizaje, en prácticas o a tiempo parcial. Los trabajadores a tiempo parcial cobran un 23 por ciento menos.

La creciente movilidad geográfica de los trabajadores es otro índice del progresivo deterioro de las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera forzando a muchos trabajadores al desarraigo, al nomadismo.

La frustración profesional de los titulados es otro rasgo que ha aparecido en los últimos tiempos: sólo el 22 por ciento de los titulados trabaja en el oficio para el que se les ha capacitado; la mayoría o están en el paro o desempeñan tareas no cualificadas. Los académicos que afirman la creciente cualificación de la mano de obra en base al dato de que un porcentaje cada vez mayor de los obreros tienen estudios, silencian que, en realidad, esos estudios no tienen nada que ver con el trabajo que realmente desempeñan.

Este empobrecimiento brutal de las masas obreras anuncia el final próximo del capitalismo: “Para oprimir a una clase -escribieron Marx y Engels- es preciso asegurarle unas condiciones que le permitan, por lo menos, arrastrar su existencia de esclavitud. El siervo, en pleno régimen de servidumbre, llegó a miembro de la comuna, lo mismo que el pequeño burgués llegó a elevarse a la categoría de burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por el contrario, lejos de elevarse con el progreso de la industria desciende siempre más y más por debajo de las condiciones de vida de su propia clase. El trabajador cae en la miseria y el pauperismo crece más rápidamente todavía que la población y la riqueza. Es, pues, evidente que la burguesía ya no es capaz de seguir desempeñando el papel de clase dominante de la sociedad ni de imponer a ésta, como su ley reguladora, las condiciones de existencia de su clase. No es capaz de dominar, porque no es capaz de asegurar a su esclavo la existencia, ni siquiera dentro del marco de la esclavitud, porque se ve obligada a dejarle caer hasta el punto de tener que mantenerle, en lugar de ser mantenida por él” (5).

(1) Marx, El Capital, Fondo de Cultura Económica, III-50, págs. 793-794.
(2) Marx, Manuscritos, Filosofía y economía, Alianza Editorial, pág. 60.
(3) Marx, Trabajo asalariado y capital, en Obras Escogidas, tomo I, pg. 77.
(4) Marx, Trabajo asalariado y capital, en Obras Escogidas, tomo I, pgs. 80 y 84.
(5) Marx y Engels: Manifiesto Comunista, en Obras Escogidas, tomo I, págs. 30-31.