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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 22 de 60)

Contagio y clases sociales: lo que los manuales de medicina no cuentan sobre el carbunco

El carbunco fue una de las primeras infecciones estudiadas a finales del siglo XIX por los fundadores de la doctrina microbiana: Pasteur y Koch.Como la mayor parte de las enfermedades calificadas como “contagiosas”, por no decir todas, el carbunco era una plaga para la clase obrera y para los pobres y marginados en general.

El éxito de la microbiología emergente radicó en el encubrimiento de los problemas sociales como problemas médicos. Según Pasteur y Koch las causas de las plagas que asolaban a los obreros en aquella época no tenían su origen en las insalubres condiciones de trabajo y de vida sino en los microbios.

En la ideología burguesa ninguna enfermedad conoce de clases sociales ni de diferencias de clase, y menos las contagiosas. El concepto de “accidente de trabajo” y el de “enfermedad laboral” no han sido un descubrimiento científico, ni de los médicos, sino una conquista de la clase obrera que, en sí misma, es una denuncia de la explotación capitalista.

El capitalismo no era responsable de la enfermedad y la muerte de los trabajadores y por eso los microscopios de Pasteur y Koch no apuntaban a la explotación sino a una bacteria, el Bacillus anthracis. Naturalmente, una vez conocida la causa, con el progreso científico, la enfermedad tenía cura dentro del propio capitalismo.

La mejor demostración de la condición de clase del carbunco es que Pasteur y Koch no estudiaron la enfermedad porque les preocuparan los trabajadores sino porque les preocupaban los ganaderos. El carbunco destruía las cabañas ganaderas y por eso los veterinarios la conocían mejor que los médicos.

El carbunco se contrae por el contacto directo de los trabajadores (curtidores, peleteros, colchoneros, pastores, traperos, esquiladores o cardadores de lana) con ciertos animales o sus restos. No es una enfermedad infecciosa que se propaga por las poblaciones humanas, sino propia exclusivamente de los trabajadores de determinados sectores económicos.

Tampoco es una enfermedad grave si se contrae por vía cutánea, que representa casi la totalidad de los casos.

En contacto con el aire el Bacillus anthracis forma esporas que se depositan en los pastos, donde son capaces de resistir largo tiempo hasta que son ingeridas por el ganado, desde donde se transmiten a los seres humanos.

Como cualquier otra teoría científica, la microbiología afirma que si se conoce la causa, se le puede poner remedio a la enfermedad y, lo que es aún mejor: prevenirla. Para cualquier enfermedad infecciosa se puede encontrar el microbio que la origina y, por lo tanto, su remedio correspondiente. Incluso el argumento se puede volver del revés: si los remedios médicos lograron erradicar la enfermedad es porque habían combatido eficazmente el microbio que la provocaba.

Sin embargo, el carbunco no es una enfermedad que haya remitido por ningún antibiótico ni vacuna, sino por la modificación de los sistemas de producción fabriles, la sustitución de la lana como materia prima textil por los productos sintéticos, la fabricación de colchones de muelle o el retroceso de la economía pastoril y ganadera.

Antes de Pasteur y Koch, en Inglaterra la enfermedad de los trabajadores textiles por carbunco promovió en 1880 la promulgación de las normas Bradford para la manipulación de las balas de lana, que exigían tomar precauciones y modificar las condiciones de manipulación de la materia prima (1).

En los centros de trabajo donde las normas Bradford se implantaron, los casos de carbunco entre los obreros desaparecieron. Si la desaparición no fue completa, se debió a que hubo capitalistas que no las aplicaron, normalmente porque encarecían o complicaban los procesos productivos en los talleres.

En 1921 la Oficina Internacional del Trabajo celebró en Ginebra una reunión sobre el carbunco, de donde surgieron medidas que seguían teniendo relación con las condiciones de trabajo más que con remedios de tipo médico.

Las expectativas creadas por Pasteur ante la Academia de Ciencias de París sobre el descubrimiento de una vacuna para prevenir el carbunco resultaron absolutamente falsas.

Pasteur, que fue uno de los primeros mercachifles de la medicina, organizó un carnaval público en 1881 con un desproporcionado despliegue mediático que ha pasado a la historia, en la que se omite sistemáticamente el fraude que cometió. El relato anovelado del acontecimiento ha quedado como el “experimentum crucis” de la vacunación y se agota en sí mismo, en su propia ficción. Tomó 50 corderos, vacunando a la mitad de ellos y utilizó al resto de testigos. Luego les inoculó a todos el bacilo, falleciendo exactamente aquellos que no habían sido vacunados. La prensa alabó el milagro que habían contemplado sus ojos atónitos y ahí parece haber acabado la historia, la experiencia y la misma ciencia…

Se trata una narración triunfalista, dice Collier (2), ensalzada hasta la caricatura, característica de los genios que con sus maravillosos experimentos lo dejaron todo atado y bien atado de una vez y para siempre; la ciencia y la medicina triunfaron sobre la enfermedad, porque se trataba justamente de eso, de una enfermedad microbiana carente de otras connotaciones.

El propio éxito publicitario de la vacuna, que recorrió el mundo entero, provocó que a Pasteur le llovieran peticiones de la pócima milagrosa por parte de los ganaderos cuya cabaña diezmaba el carbunco.

Es la parte de la historia que falta por contar: la conversión del experimento crucial en una cruz de experimento. Lo cierto es que nunca se llegó a fabricar una vacuna estabilizada, por lo que cuantas veces se inoculó en todo el mundo, provocó dos consecuencias contradictorias: o bien la atenuación del bacilo era tan grande que no causaba ninguna reacción inmunitaria, o bien en otras era tan pequeña que provocaba la enfermedad que debía prevenir.

Según Paul de Kruif, a medida que se distribuía la vacuna, las quejas de los ganaderos se fueron amontonando sobre la mesa de Pasteur: “Las ovejas morían de carbunco; pero no de la enfermedad natural adquirida en los campos contaminados, sino de carbunco producido por las mismas vacunas que debían salvarlas. De otros lugares llegaban también noticias alarmantes: las vacunas que habían costado tanto dinero, no surtían efecto; ganaderos que después de vacunar rebaños enteros se habían acostado dando gracias a Dios por la existencia de Pasteur, una mañana encontraban los campos cubiertos de ovejas muertas; ovejas que debiendo quedar inmunizadas, habían muerto víctima de las esporas de carbunco escondidas en los pastizales. Pasteur empezó a odiar las cartas; hubiera querido taparse los oídos para no percibir los comentarios irónicos que por por todas partes surgían y, por último, sucedió lo peor que podía suceder: aquel alemán molesto, Koch, publicó un informe científico, frío y terriblemente exacto, en que dejó comprobado que la vacuna anticarbuncosa no tenía ningún valor práctico” (3).

Con la vacuna del carbunco se cumple aquello de que “es peor el remedio que la enfermedad”. Resultaba tan peligrosa que algunos países restringieron su utilización sólo para el ganado. Aunque posteriormente fue mejorada (4), la vacuna siempre fue un fracaso, si bien “en este terreno la verdad no es siempre lo más importante”, escribe Kruif. Gracias a que, incluso en materia de salud, la verdad no es lo más importante, la vacunación contra el carbunco se impuso por decreto en varios países y Pasteur guardó silencio porque el volumen de negocio crecía de manera espectacular.

Entonces la vacuna dejó de ser una cuestión veterinaria para transformarse en política. Como consecuencia del peligro, algunos veterinarios se opusieron a la vacunación de los animales. En España muchos profesores de veterinaria criticaron la vacunación, entre ellos Juan Ramón y Vidal y Braulio García Carrión porque, aseguraba este último que “no había carbunco en España” y que “era muy malo traer virus que pudieran producir la afección” (5).

En 1886 otro catedrático, Santiago de la Villa, llegó a afirmar que con el tiempo la teoría microbiana de la enfermedad sería juzgada “como la más grande vergüenza del último tercio del siglo XIX”. Al año siguiente escribió que las enfermedades amainarían con una higiene rigurosa. Los descubrimientos de Pasteur no sólo eran “innecesarios” sino también “perjudiciales” porque difundían las enfermedades: “¡Jamás, jamás nos haremos solidarios de semejante desatino, siquiera este desatino fuese defendido por todos los reputados sabios del mundo!” (6).

Ya ven que la oposición a las vacunas no ha nacido ahora; es tan antigua como las vacunas y la han defendido tanto médicos como veterinarios.

Para acabar: un siglo después nadie se acordaría de la historia del carbunco de no ser por el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de setiembre de 2001. La paranoia del derribo fue acompañada del envío de esporas de Bacillus anthracis por correo y, según cuentan, varias personas fallecieron a causa de ello.

(1) P.W.J.Bartrip: The Home Office and the dangerous trades. Regulating occupational disease in victorian and edwardian britain, Nueva York, 2002, pgs.233 y stes.; Chris Holmes: Spores, plagues and history. The story of anthrax, Durban, Texas, 2003, pgs.92 y stes.
(2) Sarah Elizabeth Collier: The conquest of woolsorters’ disease (industrial anthrax) that never happened, 2007 (http://www.lib.ncsu.edu/resolver/1840.16/2391). Cfr. M. Bucchi: The public science of Louis Pasteur. The experiment on anthrax vaccine in the popular press of the time, en History and Philosophy of the Life Sciences, vol.19, 1997, pgs. 181 y stes.
(3) Paul de Kruif: Cazadores de microbios, Porrúa, México, 2010, pg.161.
(4) Nicolas Stamatin en 1931 y Max Sterne en 1937 mejoraron la vacuna contra el carbunco que, en cualquier caso, siguió siendo peligrosa y el porcentaje de éxito escaso. En seres humanos A.Sclavo creó otra vacuna con suero procedente de mulos a los que se les inoculó el bacilo, pero los resultados siguieron siendo dudosos, a pesar de lo cual fue adoptado como protocolo médico, hasta que a partir de 1945 se generalizó el empleo de antibióticos (P.C.Turnbull: Anthrax vaccines: past, present and future, en Vaccine, vol.9, 1991, pgs.533 y stes.; E.Shlyakhov, J.Blancou y E.Rubinstein: Les vaccins contre la fièvre charbonneuse des animaux, de Louis Pasteur à nos jours, en Revue de Science et Technologie, vol.15, 1996, pgs.853 y stes.). El ejército de Estados Unidos dispone de una vacuna contra el carbunco registrada desde 1967, pero el estudio científico sobre el que se apoya nunca se ha publicado.
(5) ¿Qué ha hecho la Liga?, en Gaceta Médico-Veterinaria, 28 de enero de 1887.
(6) Microbiazo, en La Veterinaria Española, núm. 1040, 10 de setiembre de 1886; ¡Microbiazo! ¡Microbiazos!, en La Veterinaria Española, núm. 1063, 30 de abril de 1887.

Contagio: con la lepra dios castiga a los pueblos malditos

A lo largo de la historia de la humanidad la lepra ha sido una enfermedad que ha causado estragos entre las poblaciones, por lo que adquirió un aura mítica y mística. Los libros sagrados de las religiones monoteístas hablan de ella porque la consideran como un castigo divino. El evangelio de Lucas (17:11-19) relata el encuentro de Jesucristo con los diez leprosos, que “se pararon de lejos”, es decir, guardando la debida distancia, lo mismo que ahora dice la televisión que debemos hacer: evitar el contacto para evitar el contagio.

En cuanto que, erróneamente, se consideraba una de tantas enfermedades contagiosas, que castigaba a masas y pueblos enteros, la lepra tampoco se consideró una dolencia individual o privada, sino algo que permitía intervenir de una manera draconiana contra minorías, chivos expiatorios a los que calificaban de “apestados”.

La respuesta social frente a los apestados siempre ha sido la misma: el tabú, la prohibición de contacto, el confinamiento o incluso el encarcelamiento. Eso fueron históricamente los lazaretos y las leproserías, como el de la isla de San Simón, en la ría de Vigo, un lugar de confinamiento tanto de leprosos como de otro tipo de enfermedades supuestamente contagiosas.

Tras la guerra, la isla de San Simón se convirtió en una cárcel en la que encerraron a los antifascistas y una de sus características más importantes es que estaba junto a un puerto marítimo porque siempre fue un lugar para confinar en cuarentena a todos aquellos barcos en los que se declaraba un epidemia.

Antes de conocer sus causas, ya en el siglo XVII, la lepra había sido controlada, gracias a una dilatada experiencia empírica.

Sin embargo, el pánico estaba arraigado tanto entre la población como entre los científicos, de manera que, pese a menguar el impacto de la enfermedad, los tratados de medicina empezaron a hablar de que existían dos tipologías: los leprosos auténticos y los semileprosos. Los primeros habían desaparecido en gran medida pero subsistían los segundos.

Aunque la experiencia empírica demostraba que la enfermedad no era contagiosa, los manuales de medicina divulgaron que era hereditaria, por lo que a partir del siglo XVII empezó a aparecer -por arte de magia- un supuesto colectivo de semienfermos cuyo mal se transmitía de padres a hijos como la maldición del pecado original.

Se denominaron “agotes” y fueron confinados en los Pirineos, en los pueblos del norte de Nafarroa. Un avance científico abría el camino a una deformación ideológica, con sus lamentables secuelas de marginación, legal y social, seguidas durante siglos (1).

Al igual que los leprosos, los agotes fueron internados, se les marcó con distintivos en sus ropas para que la población no tuviera ningún contacto con ellos y se decía que olían mal (fetidez, halitosis), lo mismo que los gitanos, los moros y los judíos, etc. En castellano la palabra “peste” no sólo designa a una enfermedad sino también al mal olor, e incluso a la suciedad.

Hoy día subsiste el apellido “Agote” o “Argote” que aún recuerda a los descendientes de aquellas poblaciones “apestosas”.

Como a cualquier otro monstruo, los médicos extraían sangre a los agotes e hicieron toda clase de experimentos con ellos, lanzándose las más absurdas teorías acerca de su origen porque -no cabían dudas- tales personas no podían tener el mismo origen que el resto de las personas “normales”: eran una raza distinta y las razas distintas siempre llegan hasta aquí desde algún lugar bien remoto.

Es algo que tienen en común todas las enfermedades consideradas como “contagiosas”: siempre son extranjeros, proceden de fuera, por lo que hay que confinarlos, impedir el contacto con ellos, etc.

De los diez leprosos del evangelio de Lucas, al menos uno de ellos era “extranjero”. Fue el único que se acercó a Jesucristo para agradecerle el milagro de la curación.

Con los agotes también había que adoptar precauciones: sólo podían casarse entre ellos porque -una vez más- la mezcla, el contacto sexual, volvía a presentarse como arriesgada. Lo que se había iniciado como un problema médico, en vías de resolución, degeneró en un problema étnico. La pureza se convertía en una cuestión de salud pública. Los agotes eran falsos enfermos, eso que hoy llamaríamos “un grupo de riesgo”, una condición equívoca impuesta por las seudociencias como un pesado fardo que debieron soportar de padres a hijos poblaciones completas durante siglos porque, como bien saben en Nafarroa, la marginación de los agotes llega hasta los años setenta del siglo pasado.

En 1947 un estudiante de medicina argentino de 22 años, Meny Bergel, defendió la teoría metabólica de la lepra, que chocó con la teoría bacteriana vigente desde que la expuso Hansen en 1873, según la cual la lepra está causada por un bacilo que lleva su nombre.

Con varios libros editados y 215 publicaciones científicas, Bergel es uno de los grandes y más ignorados científicos del siglo pasado. Demostró que la lepra no es una patología infecciosa, ni está causada por el bacilo de Hansen, ni tampoco se trata con antibióticos, sino que la produce el “estrés oxidativo” y, por lo tanto, se trata con antioxidantes (2).

Se inició así una sorda batalla que se prolonga desde hace setenta años, pero en 2005 siete leprólogos de la Universidad de Madras, en India, confirmaron la tesis de Bergel (3), aunque es dudoso que los defensores de la tesis dominante reconozcan un error tan prolongado sin quedar en evidencia.

En occidente los científicos se miran al espejo y se gustan a sí mismos. No conocen otra cosa que su propio universo y, desde luego, no valoran nada que no publiquen sus propias revistas científicas en Estados Unidos. Un investigador argentino que habría merecido el Premio Nobel es un asboluto desconocido y a unos científicos de la India tampoco se les puede tomar ni en consideración.Pero no es necesario leer nada, no hace falta: cualquiera que haya trabajado en una leprosería sabe que esa enfermedad no se contagia. El Che, que era médico, lo sabía y no tuvo ningún inconveniente en asistir a unos leprosos que yacían abandonados y marginados. No le contagiaron nada, ni a él ni a nadie. Jamás.

Es una vergüenza que hayamos llegado al siglo XXI y sigamos igual que siempre.

(1) Christian Delacampagne: Racismo y occidente, Argos Vergara, Barcelona, 1983, pgs.92 y stes.
(2) Una doctrina terapéutica basada en los procesos de óxido-reducción. Su aplicación en el tratamiento de la lepra, en Revista Argentina de Dermatosifilología, 1947, vol.87, pg.513; Metabolic theory of leprosy, Diorky Editores, Madrid, 1998.
(3) R.Vijayaraghavan y otros: Protective role of vitamine E on the oxidative stress in Hansen’s disease (leprosy) patients, en European Journal of Clinical Nutrition, 2005, vol.59, pgs.1121 y stes.; R.Vijayaraghavan y otros: Vitamin E reduces reactive oxygen species mediated damage to bio-molecules in leprosy during multi-drug therapy, en Current Trends in Biotechnology and Pharmacy, 2009, vol.3, pg.4.

Otro discurso del método científico

El científico francés René Descartes (1596-1650)
Juan Manuel Olarieta

A lo largo de su evolución la ciencia siempre se ha enfrentado al saber establecido, que es como una foto que las generaciones pasadas legan a las nuevas y con el paso del tiempo se queda amarillenta y difuminada.

Pero la ciencia no es otra cosa que un desarrollo que no se puede detener nunca. En un futuro cualquiera de sus postulados será mejorado, perfeccionado y, en definitiva, superado por nuevos descubrimientos y nuevas formulaciones.

Sin embargo, en su avance, las innovaciones tropiezan a cada paso con quienes se aferran a los conocimientos aprendidos en la universidad y en los libros. Así ocurrió en el Renacimiento, cuando la iglesia católica dominaba la difusión científica a través de sus propios canales, donde aparecía entremezclada con otro tipo de conocimientos ideológicos, como los religiosos.

La iglesia convirtió el conocimiento, el científico y el que no lo era, en una dogma, que es el máximo ejemplo de saber establecido. El núcleo vertebrador del mismo era la escolástica, una cierta versión del pensamiento de Aristóteles acomodada por el cristianismo.

Las batallas de los científicos del Renacimiento, de las cuales la de Galileo es la más conocida, no era contra una iglesia, ni contra todas ellas; ni siquiera era una batalla contra el dogmatismo. Ante todo fue una batalla contra el saber establecido, contra el contenido de las enseñanzas que se impartían en la época y que habían quedado obsoletas. Era la lucha de una minoría contra la mayoría o, en otros términos, contra la ideología dominante.

Cualquier ideología dominante no es falsa por el hecho de ser ideología, ni tampoco por el hecho de ser dominante. Es falsa porque sostiene concepciones caducas. Cuando Engels define la ideología como una “conciencia falsa” no se refiere a la falsedad de la lógica formal, metafísica, sino a la falsidad dialéctica, es decir, a la pretensión de sus defensores de convertir un conocimiento en una foto, en algo ahistórico, abstracto, absoluto, intemporal e independiente de las condiciones en las que surgió. “Aquí no hay nada absoluto y todo es relativo”, concluye Engels (1).

El ejemplo moderno más característico de esa ideología es el “dogma central de la genética” formulado por Francis Crick hace 60 años que, además de ser una formulación absurda, era falsa, lo cual no impide que se siga repitiendo hasta la actualidad de mil formas distintas, incluso incorporándose al habla corriente.

Por su propia naturaleza, la ideología dominante se repite en los mismos términos, a pesar de que haya quedado desfasada. Incluso aunque en su momento un determiando postulado haya tenido un carácter científico, ha sido mejorado por otros posteriores. Francis Bacon lo calificó como un “espejo infiel”. Una vez superado, quienes se aferran a él, lo convierten en un “ídolo”, en el sentido que le dio Bacon al término (2) y que es la esencia de la ideología.

Del mismo modo que la mayoría repite los postulados de la ideología dominante, también hay quien le tiene gusto a llevar la contraria por sistema. Pero si la ideología dominante no es falsa por sí misma, sus opositores no necesariamente expresan un avance del conocimiento por el hecho mismo de su marginalidad.

Hay muchos denominados “marxistas” para quienes la crítica de la ideología dominante lo es todo o que el marxismo es una crítica de la sociedad en la que vivimos o del pensamiento que legado por ella. Sin embargo, aunque la crítica es un momento fundamental del marxismo, no es lo más importante.

También es un error creer que cualquier ataque es una crítica. Por ejemplo, hay quien aprovecha los errores que cometen quienes formulan determinadas tesis científicas para repudiarlas en bloque. La crítica no se ejerce sólo contra determinados argumentos, ni contra determinadas exposiciones, ni contra determinados defensores de una concepción sino contra su núcleo fundamental. Para criticar el idealismo no basta con emprenderla contra los segundones sino contra sus baluartes más fuertes, como Platón, o Leibniz, o Hegel.

El escepticismo no es una crítica. Quien expone una duda sólo comienza una crítica, pero debe continuar. No se puede limitar a esa fase inicial. Sin embargo, los escépticos suelen permanecer “fuera de juego” por lo que nunca impulsan el conocimiento, no proponen nada diferente. Sólo siembran dudas, tanto de una determinada tesis como de su contraria.

Una moda no es una crítica. La pura innovación lingüística, la sustitución de un conocimiento por otro tampoco es una crítica. Un vino añejo no cambia al embotellarse; tampoco cambia al cambiar la etiqueta de la botella. Los que siguen las modas y la corrientes del momento hacen juegos de palabras. También forman parte de esos segundones que nunca mejoran el original. No aportan nada nuevo y, cuando lo hacen, lo empeoran, por lo que siempre es preferible recurrir a un autor clásico que a un epígono carente de verdadera originalidad.

Quien niega de forma sistemática tampoco es un crítico sino un nihilista. Una crítica no es sólo un rechazo, por argumentado que esté. No persigue provocar un vacío. Los críticos musicales, deportivos, cinematográficos y similares entran en esta categoría porque jamás pueden sustituir a quien ha compuesto la canción, jugado el partido o rodado la película. Están fuera de la práctica: un crítico así no es un compositor, ni un deportista, ni un cineasta.

El relativismo no es una crítica porque pone al conocimiento (la tesis) y a sus críticos (la antítesis) en el mismo plano, es decir, convierte a un movimiento en otra foto fija. El conocimiento y su crítica no ocupan el mismo espacio sino que se suceden en el tiempo. La una sigue inmediatamente al otro. Es su consecuencia.

El crítico hace suyo el conocimiento que critica. La ciencia no es nada diferente de su crítica. De hecho no es más que una autocrítica o, en palabras de Descartes, la reforma “de mis propios pensamientos” (3). De ahí se desprende la crítica de Bacon a la “policía de la ciencia”, que tiene dos vicios comunes: el los cíentificos que repudian la crítica y el de los críticos que repudian la ciencia.

Hace cien años la teoría de la relatividad no acabó con la mecánica de Newton sino que la incorporó en un sistema más amplio y más general, poniendo de manifiesto su carácter limitado y parcial. A pesar de ello, la mecánica sigue siendo una ciencia válida y las universidades siguen impartiendo lecciones basadas en los viejos postulados de Newton.

No obstante, en Einstein no aparece un crítica explícita de la mecánica clásica y mucho menos un rechazo. Por el contrario, lo que logra es una asimilación que descubre los límites de validez de su precedente.

En su sentido dialéctico, el método científico no es otra cosa que el recorrido que sigue el conocimiento. No es nada diferente de él sino la ciencia en marcha y como el desarrollo del saber sigue siempre los mismos caminos, en todas y cada una de las disciplinas científicas, se puede hablar de método y, por decirlo de manera redundante, de “método dialéctico”.

(1) Engels, Carta a Schmidt, Obras Escogidas, tomo II, pgs.527 y stes.
(2) Francis Bacon, Novum Organum, Barcelona, 2002, pgs.31 y stes.
(3) Descartes, Discurso del método, Madrid, 1980, pg.82.

Memoria histórica: cuando el fascismo es la pescadilla que se muerde la cola

Salvador Puig Antich
Juan Manuel Olarieta

En España siguen ocurriendo cosas como éstas: un juzgado de Madrid condena a Teresa Rodríguez por un mensaje en Twitter en el que llama “asesino” al ministro franquista Utrera Molina que en 1974 no indultó a Puig Antich.

Es un asunto que concierne tanto a la censura como al fascismo, si es que ambas cosas se pueden analizar por separado; pero ahora pasaré por encima del primer aspecto.

Han pasado más de 40 años desde la aprobación de una nueva Constitución y, sin embargo, parece que fue ayer. El fascismo vuelve a la actualidad, unas veces como pesadilla, como un mal sueño, aunque sobre todo vuelve como realidad.

¿Cómo es posible que 40 años después este tipo de asuntos salten recurrentemente, una y otra vez?

Porque no ha cambiado nada, porque España sigue siendo el mismo Estado que se creó en 1939 tras una guerra civil.

El fascismo en España se presenta hoy con dos caras: la de quienes niegan que España sea un Estado fascista y la de quienes lo dicen, pero no saben lo que es fascismo.

No es muy complicado de entender: si hoy España fuera un país democrático no volverían a ponerse encima de la mesa a cada paso ninguno de los problemas de la memoria histórica. Pero como no lo es, es decir, como este país alardea de algo que carece, las trampas salen a relucir a cada paso.

Como, además, los antifascistas no han sido capaces de acabar con el fascismo en la realidad, trasladan su impotencia desde la lucha de clases hacia los tribunales. Quieren que la legalidad (que sigue siendo fascista) les entregue en un juicio lo que no han logrado en las calles.

Esos antifascistas plantean el problema del revés: un Estado (y un país) no se democratiza a golpe de leyes, juicios y sentencias. Es más, si este Estado fuera democrático, no serían necesarias leyes, ni juicios, ni sentencias porque en todo pleito hay dos partes y en un país democrático no es posible un juicio sobre la memoria histórica en el que alguien defienda a la otra parte: al fascismo.

De ahí que todos los juicios sobre la memoria histórica sean como la pescadilla que se muerde la cola, para unos, los fascistas, y para los otros, los antifascistas.

Si España hubiera cambiado, si hubiera habido una transición, no serían necesarias leyes, como la de la memoria histórica. Todos los cargos públicos harían reverencias a quienes como Puig Antich lucharon contra el fascismo, habría monumentos a su memoria, habría calles con su nombre, los juicios franquistas se tendrían por nulos y habrían indemnizado a las víctimas y a sus familiares.

Los verdugos, como Utrera Molina, serían denostados y sería un delito hacer apología de ellos y enaltecerlos.

Sin embargo, está ocurriendo al revés. Los que se sientan en el banquillo son siempre los antifascistas. La ley, los jueces y las sentencias amparan a los verdugos, hasta el punto que la fiscalía considera que el odio al nazismo es un crimen. El Tribunal Supremo condena a los independentistas catalanes por un delito, el de sedición, que es el mismo que imponía el Tribunal de Orden Público a los trabajadores en huelga en los viejos tiempos.

Este tipo de fenómenos ocurren en pleno siglo XXI no por las leyes, ni por los jueces, ni por los fiscales sino porque seguimos viviendo bajo el fascismo, por más que intenten disimularlo.

Fascismo y control total en los países de la Unión Europea

Panóptico: control total y vigilancia absoluta
Juan Manuel Olarieta

El pasado 21 de diciembre el gobierno francés creó por decreto el Servicio Nacional de Recolección de Datos de Viajes (SNDV), que registrará todos que realicen los pasajeros sobre territorio galo.

Los pretextos son siempre los mismos: la seguridad del Estado y otros trucos parecidos; la realidad es que los países europeos están metidos de llenos en el fascismo, la represión y el control masivo.

El decreto encarga al SNDV la recopilación de los datos de cada viaje que se haga por cualquier medio de transporte: reservas, facturación y embarques tanto si es por avión como marítimo o terrestre, incluidas las tripulaciones.

La idea es trazar las rutas de los pasajeros. Inicialmente, con el PNR (“Passenger Name Record”, Registro de Identificación del Pasajero), era sólo el avión. “Ahora se está extendiendo al transporte marítimo y ferroviario”, explicó la dirección de la policía francesa.

El PNR se aprobó en 2016 a escala europea con el pretexto del terrorismo y los delitos graves (*), mientras que el SNDV se centrará en las personas que viajen por Francia y apoyará a los ministerios de Defensa, Interior, Aduanas y Transportes.

En Europa la vida de las personas ha acabado en manos de la policía. Cada vez hay menos servicios educativos y más entelequias represivas. Lo que se renuevan son los argumentos y, a medida que los viejos se desgastan, aparecen otros sacados de las primeras planas de la televisión, esos con los que los diputados se llenan la boca: terrorismo, inmigración, narcotráfico…

Basta con soportar un par de minutos el reciente debate electoral en Madrid para comprobar los estragos de la minipolítica, o sea, la manera en que los encantadores de serpientes mantienen entretenidos a otros bocazas como ellos con debates absolutamente irrelevantes, el alpiste que oculta las verdaderas medidas políticas, la política con mayúsculas. Es la mejor manera de que pase desapercibida.

El fascismo se inocula así en las venas, gota a gota, como en los hospitales. El siguiente paso también lo darán, mientras los partidos domesticados nos hacen mirar para otro lado. Nos obligarán a llevar el pasaporte en la mano para andar por la calle; o quizá nos estampen un código de barras en la frente para que la policía no nos almacene en un campo de internamiento “sólo para refugiados”.

Como vemos, el fascismo no es sólo ni principalmente Vox, ni ninguna “ultraderecha”, otro de esos cebos con los que mantienen divertido al personal posmoderno. El fascismo es la Unión Europea, el fascismo es el Estado francés, el fascismo es el control total y el fascismo es la vigilancia permanente.

Espero que, por más que insistan los oportunistas de siempre, no seamos tan idiotas como para creer que los refugiados son los demás y, sobre todo, no sigamos tragando con la ecuación que identifica al fascismo con la “ultraderecha”.

(*) https://ec.europa.eu/home-affairs/what-we-do/policies/police-cooperation/information-exchange/pnr_en

‘Joker’: un personaje literario convertido en antihéroe por el cine estadounidense

La película de Todd Phillips, Joker, tiene un largo recorrido argumental porque, como decía Antonio Machado, toda creación cultural que no es de origen popular, está plagiada. Tan interesante como el argumento es el recorrido histórico de la trama, que no comienza en Estados Unidos con los tebeos de Batman.

Los payasos y los bufones son uno de los recursos más viejos del teatro porque son la antesala del poder político desde los tiempos de “Edipo Rey”, una tragedia de Sófocles donde hasta el título está mal traducido: es “Edipo Tirano”, o sea, un usurpador que reina de manera ilegítima.

Edipo personaliza el poder político. Reina porque ha matado a su padre, aunque no sabía que era su padre (no es consciente de que la víctima es su padre). Tanto en la tragedia como en la realidad, el poder político se fundamenta en la violencia. El Estado español, por ejemplo, nació de una guerra entre vecinos o, lo que es mucho peor, “fratricida”, entre hermanos.

Un rey y un Estado nunca se desprenden de ese tipo de manchas, por más tiempo que transcurra. La falta de legitimidad es su “pecado original” del que sólo es posible liberarse acabando con él, como en cualquier tragedia griega: matando al rey. “El que a hierro mata a hierro muere”.

Traído a la posmodernidad, el rey Edipo es el patriarcado porque, además de matar a su padre, Edipo se casa con su madre, aunque tampoco sabía que era su madre (no es consciente de dicha condición). En cuanto se apoya sobre la fuerza, el poder se representa en una figura varonil.

Lo mismo que Luis XIV, Edipo podría decir que “El Estado soy yo”. El rey se rodea de una corte de personajes variopintos, convirtiéndose en un Estado o, como se dice ahora, en “El Sistema”, que no cubre sólo los aspectos públicos, sino también los privados porque en una monarquía los unos no se pueden separar de los otros.

En el Estado ambas cosas coexisten: los validos ponen la cara seria de la política y los bufones la divertida, aunque la diferencia entre ambos se va reduciendo, es decir, que cada vez más los políticos parecen unos payasos. En 1981 un payaso, Coluche, se presentó a las elecciones presidenciales francesas y un 15 por ciento del censo estaba dispuesto a votarle. El fundador del Movimiento 5 Estrellas en Italia es un payaso profesional: Beppe Grillo. El actual Presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, también es un payaso. ¿No es Trump un payaso? Si te fijas en Pablo Iglesias te das cuenta de que es más de lo mismo: un payaso. Si te fijas en las elecciones te das cuenta de que son una payasada cabal.

A esa unidad dialéctica de personajes trágicos y cómicos Shakespeare los llamaba “jester” (arlequín) o “fool” (loco), personajes caracterizados por la doblez, que permite en un caso el disfraz y en el otro la demencia (1).

En la Biblia la risa es un síntoma del Mal. Dice el Diccionario Oxford que en inglés “loco” se aplica a las personas viciosas e impías. También es alguien que no está en su “sano juicio”, que actúa o se comporta de manera estúpida, un tonto o un simple. En el teatro de Shakespeare, lo mismo que en la vida real, no queda claro si alguien está loco o se lo hace, es decir, si simula su locura para hacer y decir lo que otros no pueden.

El payaso Coluche se presentó a las elecciones cuando le despidieron de la televisión por criticar al Presidente de la República. Después le despidieron de la campaña electoral a base de amenazas. Un documental titulado “Coluche: un payaso enemigo del Estado”, de  Jean Louis Perez y Michel Despratx, relata las presiones de la policía secreta para que desistiera de su empeño por alcanzar la presidencia (2).¿Elecciones libres, dicen? ¡Qué risa! Lo de Coluche fue una doble prohibición porque el humor y la censura van de la mano. Los humoristas de hoy son los bufones modernos. Dicen lo que otros no se atreven o no pueden y al revés: dicen en forma de chiste lo que no se atreverían a decir en serio. A medida que la censura arrecia, el humor se dispara. Por eso los monologuistas se han puesto de moda en España, donde hay programas de televisión a medio camino entre risas y veras.

Desde la Edad Media los bufones no faltan en ninguna corte real, ni en la casa de ningún noble. La burguesía los contrata para que le acompañen y diviertan. Están en las tabernas para atraer al público. Los carnavales y fiestas se rodean de ellos. En el circo y en el teatro nunca fueron personajes secundarios. El público esperaba impaciente que los payasos aparecieran en escena. El arlequín es la figura central de la Commedia dell’Arte. En “Las Meninas”, lo mismo que en otros cuadros de Velázquez, los personajes más grotescos, como los enanos, están en el primer plano. Lo mismo hizo Víctor Hugo en su drama “El rey se divierte”, seguido luego por la ópera “Rigoletto” de Verdi.

La obra cumbre del Renacimiento es el “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam porque el bufón es tan importante como el político. Siempre van juntos, como Don Quijote y Sancho Panza. Del bufón sabemos que se disfraza para hacernos reir. Sin embargo, cuando se trata de un político creemos que va en serio. No somos conscientes de que también está disfrazado, que tiene dos caras.

La palabra bufón procede del italiano y significa “buhonero”, personajes bohemios que recorrían los pueblos haciendo reir a los vecinos. Las compañías de teatro acogían a los marginados de la sociedad, locos, tontos, enanos, la mujer barbuda, los jorobados y delincuentes en busca y captura. El desdoblamiento entre la persona y el personaje es como una borrachera: el momento de decir la verdad.

Desde los tiempos de Sófocles, los cómicos son personajes populares, divertidos, como Sancho Panza, mientras los príncipes aparecen como gente solemne, trágica. Unos dicen la verdad, los otros se esconden detrás de sus máscaras.

La verdad es revolucionaria y la revolución no es otra cosa que matar al rey y al padre, al “sistema”, una tarea que incumbe sólo a las masas populares.

Una de las óperas más representadas en el pasado siglo fue “I Pagliacci” (Los Payasos) de Ruggero Leoncavallo, estrenada en 1892. Es la historia de un payaso que asesina a su esposa (“violencia de genero”). Los personajes son cómicos ambulantes que recorren los pueblos. Algunos se visten de payasos para la función, pero otros no lo necesitan porque son personajes reales, como El Jorobado. “I Pagliacci” es teatro dentro del teatro. Mezcla la realidad con la ficción. El crimen se comete en plena representación. Después de matar a su esposa, El Payaso mata al amante y exclama: “¡La commedia è finita!” Se ha acabado la comedia (ficción) y empieza el drama (realidad).

Otro de los relatos de Victor Hugo es “El hombre que se ríe”, publicado en 1869. El personaje, Gwynplaine, tiene una larga biografía, como Edipo. De niño fue secuestrado en Inglaterra por unos bandidos que le desfiguraron el rostro, dejándole una sonrisa permanente. Es un paria que acaba adoptado por un vagabundo que monta con él un espectáculo cómico itinerante.

En un determinado momento, la trama da un giro cuando se descubre que las clases sociales no son lo que parecen: Gwynplaine es hijo de un noble inglés y, una vez reconocido como tal, da un discurso en la Cámara de los Lores en el que ataca los privilegios de la nobleza. Los duques, los condes y los marqueses se ríen de él abiertamente…

Desde 2006 es muy socorrida la película australiana “Vendetta” y, sobre todo, su máscara, la enésima variante del payaso de la sonrisa permanente que reivindica la figura de Guy Fawkes y la traslada a un futuro distópico, fascista. Tres siglos antes, en 1606 Guy Fawkes dirigió la fallida Conspiración de la Pólvora, un acontecimiento que ha permanecido en la tradición popular inglesa. La trama consistía en matar al rey Jaime I y a los miembros del Parlamento. El exterminio de la clase dominante tiene un efecto liberador.

Pero triunfaron los malos y cada 5 de noviembre lo que Inglaterra celebra es la quema de Guy Fawkes, aunque a la larga ocurre como en el fútbol: los goles no premian el buen juego. “Merecimos ganar pero hemos perdido”. Pierde el Estado, aunque sólo sea de una manera simbólica.

Ahora la película “Joker” relata la biografía de un cómico frustrado que siempre ha vivido con una madre inestable y nunca ha conocido a su padre. Ha pasado por el siquiátrico y trabaja en la calle vestido de payaso. Se cree hijo de un magnate y político local, parecido a Gwynplaine. Mata a tres pijos pero, como el Guy Fawkes de “Vendetta”, no queda estigmatizado sino al revés: se convierte en un héroe y los parias le imitan poniéndose una máscara para protestar.

En manos de Hollywood, la luz artística y literaria de la lucha entre las clases sociales ha desaparecido. El largo discurso filosófico de Víctor Hugo sobre la pobreza también. No hay clases sociales, sólo buenos y malos porque enmedio está Alan Moore, el guionista de la viñeta cómica que luego dio lugar a “Vendetta”. Según Moore, los buenos más buenos pueden convertirse en malos muy malvados de la noche a la mañana. Depende de las circunstancias. Cualquiera puede tener un mal día que le convierte en un monstruo capaz de lo peor.

A Edipo su padre le abandonó recién nacido en el monte. A Moisés también, aunque para salvarle la vida. Lo mismo ocurrió con Gwynplaine. Un día aciago nos transforma en sujetos resentidos, nihilistas, a los que no nos importa ejercer nuestra propia “vendetta” con el primero que se cruza en nuestro camino, con quien menos culpa tiene. La víctima se convierte en verdugo. Son los asesinos en serie, ese tipo de perfiles que las facultades gringas de sicología califican como “sociópatas”, otra de las muchas tonteorías que se sacan del armario.

“Joker” es el antihéroe rechazado por una mujer de la que se enamora. Pero si en la película suscita rechazo, en el espectador suscita entusiasmo. De la saga ha surgido una camada de seguidores, llamados “incels” en inglés: “solteros involuntarios”. El año pasado Alek Minassian, con 25 años, mató a 10 personas con un coche bomba en Toronto. Unas horas antes escribió en su perfil de Facebook: “La rebelión de los incels ya ha comenzado”. Más que solteros (y misóginos) se debería traducir por “solitarios” y, desde luego, “rechazados”. No hacen reir por más que se disfracen de payasos.

No se puede hablar de rebelión cuando, en medio de un enfado rompemos los platos. El recurrente nihilismo actual de quien prende fuego a la barricada pone encima de la mesa que las semilas de la revuelta están ahí, preparadas y dispuestas; pero hacen falta más ingredientes. Quien salga a la mar en un velero sabe que habrá viento, pero lo más importante es cerciorarse de que haya un timón porque, de lo contrario, no irá a ninguna parte.

Hoy los payasos ¿son enemigos del Estado o son el Estado? Es una pregunta que no estoy en condiciones de responder…

(1) El “fool” inglés es el “fou” francés, personajes que se profesionalizan como comediantes (jester) a comienzos del siglo XIII. El conocido teatro de variedades “Folies Bergère” de París no lleva ese nombre por casualidad. El “jester” es un derivado de la canción de gesta. Si el juglar recitaba poemas, el “jester” contaba cuentos.
(2) https://www.youtube.com/watch?v=y-SUXwjRxlU

Más información:
— ¿Votarás a Batman o a Joker?

Licencia para matar: la policía francesa ha asesinado a 676 personas desde 1977

La hermana de Traoré, uno de los crímenes policiales
Juan Manuel Olarieta

En Francia hay varios colectivos que realizan recuentos de los crímenes que comete la policía (1) y las cifras son espeluznantes.

Para este año el recuento arroja la cifra de 26 personas asesinadas en el curso de las intervenciones policiales, dos de ellas por funcionarios fuera de servicio.

Desde 1977 hasta ahora se registran un total de 676 muertes. El año más mortífero fue 2017 con 36 muertes en plenas elecciones presidenciales.

El contexto no es menos sorprendente porque, en contra la histeria mediática, el terrorismo es casi irrelevante desde el punto de vista de la contabilidad mortífera: sólo representa el 3 por ciento de las operaciones en el período 1977-2019 y el 7 por ciento en el período 2013-2019.

El balance es de 14 presuntos terroristas muertos por la policía, de un total de 180 muertes registradas en los seis años.

Otro mito es creer que cuando la policía recurre a la violencia letal, es principalmente ante un peligro inminente que amenaza sus vidas o las de otros. Sin embargo, según los recuentos, sólo uno de cada cuatro casos involucra a una víctima armada.

Naturalmente, que la víctima vaya armada no significa que haya utilizado su arma. Sólo en un caso de cada diez hay un previo ataque a la policía; en la inmensa mayoría de las ocasiones la policía dispara sin ningún motivo, es decir, que se trata de verdaderas ejecuciones extrajudiciales al más puro estilo colombiano.

El 10 por ciento de los asesinatos se produjeron por una afixia causada por la inmovilización de la víctima, como el estrangulamiento.

Se han producido 69 muertes dentro de una comisaría de policía o cuartel de la gendarmería o durante un traslado de prisión.

Las armas “no letales” también matan. En diez años han causado la muerte a 14 personas y 3 en lo que llevamos de año.

De los 676 asesinatos registrados, 77 fueron cometidos por funcionarios fuera de servicio. Más de la mitad de ellos son casos de violencia conyugal o doméstica: el agente utiliza su arma de servicio para “resolver” litigios conyugales, e incluso contra sus hijos o suegros.

¿Por qué tienen en cuenta estos casos? Porque, como se decía aquí en los tiempos del franquismo, “la policía siempre está de servicio”. En Francia también. Un decreto de 1995 estipula que las obligaciones de un policía no acaban con la jornada laboral.

Desde 2017 la legislación francesa favorece que la policía mantenga sus armas fuera de servicio y las consecuencias saltan a la vista.

En relación con uno de estos crímenes, el de Adama Traoré, en abril L’Express constataba (2) que en los tres años transcurridos desde entonces el comité de solidaridad se había “politizado” y que estaba realizando labores de denuncia por los barrios de París junto a la “extrema izquierda”.

“Donde hay opresión, hay resistencia”. Nadie se puede extrañar que, al ver el reguero de sangre, en las manifestaciones de París, que se suceden ininterrupidamente desde hace un año, más de uno vaya con el mechero preparado para prenderle fuego a todo lo que pilla por delante.

(1) Colectivo Vidas Robadas https://www.viesvolees.org/ ¡Urgente! Nuestra policía asesina http://www.urgence-notre-police-assassine.fr/
(2) https://www.lexpress.fr/actualite/societe/le-tres-politique-comite-pour-adama_2071133.html

Cuando los fondos buitre vuelan por el cielo, algún cadáver se pudre sobre el terreno

Juan Manuel Olarieta

Los fondos buitre son una manifestación del capitalismo en su etapa decadente y última, pero no suponen ninguna novedad que no fuera conocida en el siglo XIX. La gigantesca concentración de capital experimentada a lo largo de décadas es lo que los ha puesto en un primer plano.

Su presencia está en las grandes sociedades por acciones (“anónimas”), en las que el capital experimenta un desdoblamiento entre propietarios (accionistas) y gerentes, como ya explicó Marx.

Bajo el imperialismo esa duplicidad se desarrolla hasta sus últimos extremos, ya que las sociedades por acciones se convierten en el prototipo del capital y, sobre todo, del capital monopolista, así como por la fusión entre la industria y la banca, es decir, el surgimiento del capital financiero.

Ese mecanismo financiero permite que una minoría (del capital) se imponga por encima de la mayoría, dando lugar a esos escándalos que periódicamente jalonan los titulares de las noticias acerca de fraudes y bancarrotas que arruinan a los “pequeños accionistas”.

A pesar de ser minoritarios en términos cuantitativos, los monopolios están dirigidos por el contubernio entre un reducido número de propietarios y los gerentes.

La mayor parte de las acciones forman una parte del capital, llamado “flotante”, que representa la masa pasiva del capital, que se limita a acudir a las juntas de accionistas pero carece de peso en la administración del monopolio. Son los vividores, esos rentistas ociosos de los que hablaba Lenin (1), la casta de parásitos engendrada por el capitalismo contemporáneo que no necesitan dar un palo al agua porque viven del “corte de cupón”, es decir, del dinero que han invertido en comprar acciones y de la rentabilidad de las mismas.

Una minoría es el “núcleo duro” que controla la gestión, poniendo de manifiesto que en cualquier monopolio tan importante -al menos- como la propiedad es la gestión (“el día a día”).

Este mecanismo financiero tiene la ventaja de poder controlar más empresas con menos dinero y, por lo tanto, de repartir el riesgo. Los grandes capitalistas no necesitan poner todos los huevos en la misma cesta. Los fondos de inversión reparten su dinero entre múltiples monopolios, muchas bolsas de valores del mundo y muchas divisas diferentes.

Otra de las ventajas es que la rentabilidad se duplica. El accionista obtiene un lucro económico no sólo por el dividendo, es decir, por los beneficios que obtiene el monopolio, sino también por la venta de sus acciones, y esta operación puede ser mucho más rápida y rentable que la anterior.

Así surge la especulación más típica. El capitalista no necesita esperar un año a que el monopolio reparta beneficios; no tiene más que comprar y vender acciones en la bolsa para lucrarse (o arruinarse) con la diferencia de precio de un día para otro.

Son los grandes y pequeños “pelotazos”. Nadie se puede extrañar de que el Banco de Santander comprara otro, el Banco Popular, por el módico precio de un euro y alguien pensará que por ese dinero a él también le hubiera interesado tener su propio banco…

Los fondos de inversión característicos ponen su dinero en monopolios estables sobre cuya gestión influyen. Los fondos buitre buscan monopolios inestables o provocan la inestabilidad para que caiga la cotización de las acciones, comprarlas a buen precio, reflotarlas y luego revenderlas.

En una época, como la actual, en la que el capitalismo agoniza, los carroñeros están a la orden del día, lo que se expresa en titulares periodísticos como “Los fondos buitre toman el control de las casas de apuestas” (2). La noticia informaba de que desde el mes de julio de este año los 3.000 locales de Sportium están en manos de Cirsa, una filial del fondo buitre Blackstone. A ellos hay que añadir cuatro casinos, 37 bingos, 29.900 tragaperras, 178 salones de juego…

La voracidad burguesa no tiene límites. La jungla capitalista no sólo está llena de monopolios que pasan por dificultades económicas, sino también de Estados endeudados hasta las cejas y cuyas obligaciones se cotizan por los suelos en cualquier bolsa de valores del mundo.

El paisaje capitalista de cada día está repleto de este tipo de personajes: presas y depredadores, monopolios y Estados que agonizan lentamente, rentistas, parásitos y carroñeros al acecho de su próxima víctima. “El mundo ha quedado dividido en un puñado de Estados usureros y una mayoría gigantesca de Estados deudores”, escribió Lenin (3).

“El Estado rentista es el Estado del capitalismo parasitario y en descomposición, y esta circunstancia no puede dejar de reflejarse tanto en todas las condiciones político-sociales de los países correspondientes, en general, como en las dos tendencias fundamentales del movimiento obrero en particular”, añadió (4).

Los fondos buitre reflejan, pues, al capitalismo típico de su última etapa: la de decadencia. Pero eso es sólo una parte. Junto a ellos están los países carroñeros y parásitos, así como esa tendencia dentro del movimiento obrero que se mueve en la misma dirección parasitaria y decrépita. Algún día habrá que hablar más despacio de esos movimientos políticos y sociales caracterizados por la degeneración y la descomposición de la sociedad actual, porque cuando Lenin hablaba de que el imperialismo significaba la crisis del capitalismo, no se refería sólo a una crisis económica sino a una crisis general de la sociedad actual, de la que no escapa nadie.

Por eso cuando los fondos buitre vuelan por el cielo, es porque algún cadáver se está pudriendo sobre el terreno. Pero tan importante como mirar hacia arriba es mirar hacia abajo y descubrir la carroña que hay alrededor.

(1) Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Pekín, 1972, pg.127
(2) www.vozpopuli.com/economia-y-finanzas/empresas/fondos-buitre-control-apuesta-Espana_0_1264974505.html
(3) Lenin, op.cit., pg.129.
(3) Cit., pg.130.

Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: el hambre, la guerra, la peste y el… pico del petróleo

El origen de los mitos apocalípticos es la Biblia, donde todas las catástrofes imaginables tuvieron acogida, empezando por el Diluvio Universal y acabando por el temible Juicio Final. Las seudociencias no han hecho más que dar una apariencia consistente al mito, de tal manera que se puedan propagar en las universidades, los documentales de la televisión o las páginas web.

En 1798 el reverendo Malthus añadió su profecía sobre la población y los recursos que hoy los economistas siguen inculcando porque no hay nada mejor que el miedo a los cambios y al futuro, para acabar preconizando que no hay tal futuro, o que el futuro es peor que el presente, o que vamos a peor, que el mundo se acaba…

Son los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: el hambre, la guerra, la peste y, sobre todo, el Anticristo. Hoy se han convertido en una subida de las temperaturas, desaparición de los glaciares, deshielo de los polos norte y sur, subida de los niveles de las aguas marinas, acidificación de los océanos, contaminación, sequías, acontecimientos meteorológicos extremos (huracanes, tsunamis, tornados, riadas), extinciones de seres vivos (incluida la propia humanidad), agotamiento de los acuíferos, consumismo, extractivismo, veganismo, enfermedades y plagas, sostenibilidad, presión demográfica, agotamiento de los recursos, pico del petróleo, refugiados climáticos…

Lo que en Malthus era sólo una escasez de alimentos y, por lo tanto, la aparición del hambre, los economistas lo han transformado hoy en una escasez de todo, en una presión sobre los recursos en general porque la burguesía tiene una concepción parasitaria de la humanidad como “bocas para alimentar” y no como “fuerza de trabajo”.

En 1997 la revista británica The Economist revisó las predicciones ecologistas que se habían esbozado hasta entonces y todas ellas resultaron ser falsas. El semanario recordaba que en 1865 el economista William Stanley Jevons pronosticó una escasez de carbón en Inglaterra en su obra “La cuestión del carbón” (1). Más de un siglo después Thatcher cerró las minas pero el carbón aún no se había agotado.

El mito de la escasez del petróleo (“pico del petróleo”) aparece en Estados Unidos a principios del siglo XX y sus profetas lo mantienen hasta el día de hoy, cada vez más con más parches y retoques para que parezca algo siempre novedoso, posmoderno.

En 1968 el biólogo Paul Ehrlich publicó su obra “La bomba de la población”, que los medios se encargaron de difundir hasta el aburrimiento porque profetizaba una explosión incontrolable, con hambrunas para la década siguiente que nunca llegaron.

Poco después, en otro fraude publicitario de gran alcance, el Club de Roma lanzó la misma amenaza: presión demográfica y agotamiento de los recursos, para lo cual había que “limitar el crecimiento económico”. Los grandes monopolistas fueron los impulsores de la tonteoría del decrecimiento.

Era una justificación del imperialismo: los países subdesarrollados querían salir de la miseria y había que impedírselo en nombre de la humanidad. El progreso es sólo para unos pocos.

La ley del desarrollo desigual del capitalismo estanca a los países más fuertes y promueve a los más atrasados, como en el caso de las potencias emergentes. El gráfico del Fondo Monetario Internacional expresa bastante bien el significado del decrecimiento como un intento desesperado de las potencias tradicionales para mantener su primacía.

El imperialismo, escribió Lenin, no se modifica de la misma manera en todos sus protagonistas, “ya que es imposible el desarrollo igual de las distintas empresas, trusts, ramas industriales y países” (2). El capitalismo moderno presenta una tendencia a la descomposición que no excluye su contrario: un rápido crecimiento de ciertos sectores industriales y países enteros.

En la etapa actual, cuando el capitalismo se desarrolla, lo hace una manera “cada vez más desigual”, decía Lenin, y “esa desigualdad se manifiesta asimismo de un modo particular en la descomposición de los países más fuertes en capital (Inglaterra)” (3).

El New Deal Verde y las políticas ecologistas son el intento de invertir esa tendencia para preservar en la cúspide a las viejas y decrépitas potencias imperialistas, convirtiendo al Tercer Mundo en una reserva de la biosfera en la que puedan ir de safari o de turismo durante las vacaciones.

(1) https://www.economist.com/christmas-specials/1997/12/18/plenty-of-gloom
(2) Lenin, El imperialismo fase superior de capitalismo, Pekín, 1972, pg.154.
(3) Lenin, El imperialismo, pg.161.

Los mecanismos de reproducción de la ideología dominante

Juan Manuel Olarieta

La ideología burguesa es dominante por el monopolio de los medios de información, que no son sólo las grandes cadenas de comunicación, sino también otras instituciones, como la universidad, las redes sociales, el cine, la publicidad o las editoriales. Del mismo modo que el Estado acapara el monopolio de la violencia para la burguesía, los medios acaparan la difusión de su ideología de clase y una (la violencia) es tan decisivo como la otra (la ideología).

El monopolio ideológico burgués no es importante, como a veces suponen algunos, porque alcanza a una audiencia multitudinaria sino porque repite un mismo mensaje constantemente. Un contenido es ideológico porque es reproductivo y, en consecuencia, exactamente igual a otro anterior. A veces llega a ser abrumador, intoxicador. Cuando un mismo mensaje prolifera y lo escuchamos repetido muchas veces, es porque forma parte de la ideología dominante. Lo mismo ocurre cuando escuchamos el mismo mensaje en medios diferentes o en boca de muchas personas diferentes.

La comunicación es una industria que se autofinancia porque gana dinero. Por eso en la actualidad la mayor parte de las cadenas son prvadas. Es un negocio que emplea a legiones de personas cuyo medio de vida es la reproducción de los mismos contenidos. Son profesionales de ello y las noticias son mercancías que se venden a los consumidores. Cuantos más consumidores tenga un mensaje, mayor es el negocio; el medio gana más dinero y el mensaje llega más lejos. Por eso las mercancías son difíciles de diferenciar de sus respectivas marcas comerciales y a veces decimos la marca (Dodotis) en lugar de la mercancía (pañal). Por eso los programas de televisión y la radio no son más que publicidad encubierta.

Una ideología es tanto más dominante cuanto más funcional resulta el mensaje para la burguesía que lo patrocina. La ideología dominante circula sin rozamiento y por eso puede tener un recorrido tan largo. Por eso la ideología dominante está en todos y en todas partes, a diferencia de la ciencia.

La ideología dominante no necesita demostrar nada. Por eso sus mensajes son tan simples. Se limitan a repetir algo que todos conocen de antemano y que han oído muchas veces. Una ideología es lo más parecido a un acto de fe. De ahí que las religiones sean el uno de los mejores ejemplos de ideología, capaces de llegar a millones de personas a lo largo de muchos siglos.

La ideología dominante no sólo tiene un contenido intelectual sino emocional. Especialmente las religiones crean poderosos vínculos afectivos entre sus fieles apelando a sus sentimientos, el más importante de los cuales es el miedo y, sobre todo, el miedo a la libertad.

La dominación ideológica invierte la carga de la prueba. A quien se opone a la ideología dominante se le exigen pruebas y argumentos. Por ejemplo, son los ateos los que deben demostrar que dios no existe. Eso convierte a la crítica de la ideología dominante en un acto complejo, que supone la realización de un esfuerzo, no sólo por parte del que expone sino también por parte del que escucha. El trabajo crítico es doble; consiste en negar primero la tesis para sustituirla luego por otra superior, más acabada. Por eso la elaboración crítica es una única creativa, innovadora.

La ideología dominante pone las etiquetas (es el sujeto); la crítica es etiquetada (es el objeto). A un crítico se le tacha de ser la oveja negra, un bicho raro, un personaje polémico, singular. Por el contrario, el que se limita a reproducir la ideología dominante es intercambiable por cualquier otro. Un medio cambia de redactor lo mismo que una radio cambia de micrófono. El mensaje no depende del medio, ni de la agencia de noticias, ni del periodista. A diferencia de ellos, los críticos son insustituibles. Hay informaciones que sólo se pueden leer en determinados medios o a determinados pensadores. Un mensaje crítico aparece muy vinculado a su origen, al que lo elaboró. Eso facilita la agresión dominante. Permite atacar al mensajero además de atacar al mensaje. Basta matar al mensajero para matar su mensaje. A veces basta desacreditar al mensajero para desacreditar al mensaje.

La ideología dominante se sostiene sobre las apariencias; la crítica sobre las esencias. A veces se dice que una determinada información burguesa no llega a la raíz de los acontecimientos. Los medios dominantes se llenan así de anécdotas, curiosidades y vulgaridades que no alcanzan para nada al fondo de asunto. La burguesía es superficial. Cuando un medio o un reportaje se rellena con anécdotas es porque quiere ocultar las raíces. La esencia explica las apariencias y éstas ocultan a la anterior.

Un libro repleto de anécdotas muestra una realidad fragmentada; una explicación esencial suministra un marco mucho más coherente de ella y de sus causas. Como escribió Aristóteles, el único conocimiento realmente científico es el que pone las causas encima de la mesa y, por lo tanto, descubre su esencia.

Las apariencias entran por los sentidos, mientras que la esencia requiere un esfuerzo intelectual, que se añade al anterior. Por eso la prensa se llena de fotos y por eso una imagen vale más que mil palabras.

Las apariencias y las imágenes fabrican consumidores pasivos, agarrotados por la ley del mínimo esfuerzo y la rutina. La crítica necesita indagadores, personajes inquietos que no se conformen con los decorados.

Para la burguesía escribir es un medio de vida; para el proletariado es una necesidad: la de sobrevivir.

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