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Autor: Redacción (página 1341 de 1356)

Un científico ruso anuncia el comienzo de una era glacial

En una entrevista publicada el 19 de setiembre por Ria Novosti (1), el astrofísico ruso Habibullo Abdusamatov aseguraba que en breve comenzará en el hemisferio norte una nueva Pequeña Edad de Hielo y que los primeros efectos de este ciclo frío se comenzarán a notar a partir de este mismo invierno.

Según Abdusamatov, el factor predominante que influye sobre el clima de la Tierra es la actividad solar, que sigue una fluctuación cíclica. En la entrevista sostiene que el ciclo anterior de calentamiento del planeta ha terminado a causa de la reducción de la radiación solar, lo que se transformará en su contrario, un enfriamiento generalizado del clima al que llama “Pequeña Edad de Hielo” que se iniciará en el mes de diciembre.

Los estudios de la alternancia de los períodos de actividad magnética del Sol conducen a pronosticar que el pico de esta nueva Edad de Hielo se producirá alrededor del 2060: “Desde hace más de 17 años la temperatura global no está creciendo, y se está estabilizando. No hay calentamiento desde 1997. La energía de la radiación solar disminuye constantemente desde 1990 y ahora sigue haciéndolo rápidamente. Desde 1990, el sol no calienta la Tierra como antes”.

Abdusamatov reconoce que no puede asegurar con exactitud cuánto disminuirá la temperatura, pero toma como referencia a la Pequeña Edad de Hielo, cuando en la primera mitad del siglo XIX el Támesis, el Sena y otros ríos europeos se congelaban: “Hoy el Támesis fluye durante todo el año, pero en el futuro estará congelado por lo menos durante un par de meses”.

La nueva Edad de Hielo provocará un descenso de un grado y medio de la temperatura, pronostica el científico: “La temperatura media en todo el mundo caerá cerca de un grado y medio cuando empiece la fase de enfriamiento profundo de la Pequeña Edad de Hielo. Se espera aproximadamente entre 2050 y 2070”.

La fase más cruda de frío durará entre 45 y 65 años. Aunque no tendrá las consecuencias que tuvieron las invasiones de hielo en las  eras geológicas anteriores que duraron varios miles de años, la humanidad debe prepararse de antemano para compensar la influencia del enfriamiento en la industria, la agricultura y otros aspectos. Supondrá un retorno a los tiempos prehistóricos glaciales, el último de los cuales apareció hace 80.000 años, en la era Cuaternaria o Pleistoceno.

Durante esa glaciación, en Europa el hielo cubrió la mayor parte de la isla de Gran Bretaña, el norte de Alemania y Polonia y en norteamérica sepultó el territorio de Canadá y la zona de los grandes lagos, en la frontera con Estados Unidos.

Los datos de la Agencia Espacial Europea publicados en diciembre del pasado año (2) apuntan en la línea defendida por Abdusamatov: en contra de las previsiones, la capa del hielo en el Ártico no sólo no ha desaparecido sino que se ha expandido, es más gruesa y más consistente que la media.

La Agencia Europea ha efectuado estas mediciones gracias al satélite CryoSat, que se lanzó en 2010 y que, pese a haber sufrido algunos problemas técnicos el año pasado, ha permitido conocer con exactitud el volumen y el grosor del hielo del Ártico.

La capa de hielo actual es unos 30 centímetros más gruesa que en 2012. Alrededor del 90 por ciento del aumento del volumen de hielo el año pasado se debió al incremento de la cantidad de hielo que ha aguantado más de un verano sin derretirse y solo un 10 por ciento es gracias a la formación de nuevas capas heladas. “No esperábamos que el aumento de la superficie de hielo que ha resistido al verano se reflejara en el volumen, pero así ha sido”, dijo la responsable del estudio, Rachel Tilling.

Últimamente abundan las informaciones sobre el crecimiento del hielo en el Ártico. Un invierno gélido ha dejado 1.580.500 kilómetros cuadrados más de hielo que el año pasado: un aumento del 29 por ciento, un área tres veces el tamaño de España.

En 2009 el director ejecutivo de Greenpeace, Gerd Leipold, tuvo que reconocer a la BBC (3) que erró al predecir que el hielo en el Ártico se derretiría en 2030. Quien no rectificó fue la propia BBC, cuyo pronóstico era que el Ártico se quedaría sin hielo en el verano de 2013.

Está ocurriendo todo lo contrario. No obstante, el hielo en el Ártico se recupera a partir del mínimo alcanzado en 2007.

(1) Ria Novosti, 19 de setiembre, http://ria.ru/interview/20140919/1024726102.html
(2) http://www.dailymail.co.uk/sciencetech/article-2738653/Stunning-satellite-images-summer-ice-cap-thicker-covers-1-7million-square-kilometres-MORE-2-years-ago-despite-Al-Gore-s-prediction-ICE-FREE-now.html
(3) http://news.bbc.co.uk/2/hi/programmes/hardtalk/8184392.stm

El Califato Islámico inicia la retirada de Kobani

Según ha anunciado el canal de la televisión libanesa Al-Mayadine, que cita fuentes de las milicias kurdas, el viernes los terroristas del Califato Islámico iniciaron la retirada de la ciudad de Kobani después de intensos combates. Según esas mismas fuentes, los terroristas se han refugiado en los pueblos vecinos.
Los kurdos de Kobani han publicado imágenes que muestran los cadáveres de los terroristas del Califato Islámico, mientras que a su vez la cadena Al-Mayadine difundía las manifestaciones de júbilo por las calles de Kobani.
Walat Dervich, un alto responsable kurdo de Kobani, ha confiado a la cadena Al-Mayadine que los enfrentamientos, que habían llegado a los tres ejes principales de la ciudad, se habían transladado a la parte exterior de Kobani. «Todos los intentos de los terroristas para apoderarse de Kobani han fallado», ha añadido. «Incapaces de infiltrarse en la ciudad, los terroristas están lanzando ataques con mortero», dijo Walat Dervich, asegurando que después de cinco días el equilibrio de poder ha cambiado, porque las fuerzas kurdas, que hasta este momento estaban a la defensiva, ahora han pasado a la ofensiva.
Unos días antes el Observatorio Sirio de Derechos Humanos anticipó la retirada de los fundamentalistas como consecuencia de las elevadas pérdidas que han padecido ambos bandos. El Observatorio, que se opone al gobierno de Damasco y tiene su sede en Londres, cifra en 550 los muertos desde el inicio de la ofensiva a mediados de setiembre, aunque reconoce que el número se podía llegar a duplicar.
Con tanques T-57 el Califato Islámico llegó a apoderarse en el centro de la ciudad de la Plaza de la Libertad, lo que transformó la guerra en un enfrentamiento callejero. Pero no pudo mantener sus posiciones y algunas fuentes hablan de «desbandada».
No obstante, la agencia Reuters ha detectado hoy bombardeos del Califato sobre las posiciones kurdas, así como el lanzamiento de 28 misiles y choques esporádicos entre ambos contendientes, especialmente en los barrios del este y sur de la ciudad, junto al hospital.
La victoria kurda ha supuesto una sorpresa inesperada para los imperialistas. El miércoles el portavoz del Pentágono, James Kirby, pronosticó que Kobani «podía caer» en manos del Califato Islámico y se mostraba «muy pesimista» sobre las posibilidades de defensa de las fuerzas kurdas.

La expulsión de los bakuninistas

150 años de la fundación de la Primera Internacional (y 13)

No puede pasar desapercibido el crítico momento elegido por los bakuninistas para atacar a la Internacional. Todos los gobiernos europeos, asustados por la revolución comunera de París, habían hecho causa común. Se abrió el momento de la persecuciones contra todo lo que tuviera el más mínimo sesgo proletario y, en primer lugar, a la Internacional, convertida en cabeza de turco. Como escribió Engels:

«Precisamente en este momento en el que todas las fuerzas de la vieja sociedad se han unido para desorganizar la Internacional por medio de la violencia; en el que la unidad y la cohesión son más necesarias que nunca; precisamente en este momento, un grupo pequeño -y que según propia confesión disminuye de día en día- de miembros de la Internacional en un rincón de Suiza ha considerado necesario lanzar a la luz pública una circular para sembrar la discordia entre los miembros de la Asociación».

Plantear en una situación tan delicada una «guerra abierta» -otra más- a la Internacional era ponerse de parte de la burguesía, hacer el juego a la reacción.

Esa «guerra abierta» de los bakuninistas contra la Internacional pronto se hizo sentir en España. Dos hechos la promovieron: la llegada de Lafargue a España y la prohibición de la Internacional.

Tras el aplastamiento de la Comuna de París, en enero de 1872, el gobierno prohibió la Internacional y la dirección de la sección española planteó correctamente su reorganización clandestina para continuar la lucha, dirigiéndose a los afiliados en los siguientes términos:

«Si después de todos nuestros esfuerzos para conseguir nuestra emancipación por las vías pacíficas se nos cierran la puertas de la legalidad, sabremos cumplir con nuestro deber; que cuando toda la clase obrera se ve privada del derecho de asociación, que es como el centro de gravedad, no le queda otro recuso que el triste y funesto de la revolución armada«.

Esta posición era absolutamente justa pero, desde Suiza, Bakunin ordenó otra cosa porque tras la clandestinidad veía el fantasma del Consejo General y de Marx. Textualmente la Alianza dijo que los pequeños grupos clandestinos eran más difíciles de manipular y lejos de someterse a la Alianza, sería la Alianza la que acabaría sometida a ellos. Una vez más se demostraba que la batalla ideológica contra los anarquistas en la Internacional no era más que un problema de línea y de dirección política y que los bakuninistas estaban dispuestos a todo con tal de que nada ni nadie se les escapara de las manos. Su antiautoritarismo, su hipócrita crítica al Consejo General de Londres, no podía ser más falaz. Lo que se estaba poniendo una vez más al descubierto es que ellos nunca pretendieron luchar contra el dirigismo, sino dirigir ellos.

El otro hecho. Con tres años de retraso respecto a Fanelli, tras la Comuna de París llegó a España Pablo Lafargue, internacionalista y yerno de Marx. Fue detenido por la Guardia Civil al presentarse en la frontera, aunque le pusieron en libertad. De nacionalidad francesa, Lafargue había nacido en Cuba y hablaba castellano. Su sorpresa debió ser mayúscula cuando comprobó hasta dónde eran capaces de llegar los bakuninistas y se puso a la tarea de impedir sus manejos reuniéndose con Mesa, Iglesias y otros, hasta un total de nueve internacionalistas en Madrid. Esto, unido a que por aquellas mismas fechas Engels contacta con Mora, es lo que desata las suspicacias de Bakunin.

La nueva situación se pone de relieve en el giro que experimenta el periódico «La Emancipación» que estaba bajo la influencia de algunos de los nueve amigos de Lafargue. Este periódico se dirige al Partido Federal, un partido republicano burgués, pidiéndole que se defina sobre su actitud con respecto a la Internacional, prohibida por el gobierno. Esta anécdota sirve de excusa para expulsar a los nueve internacionalistas que estaban al tanto de las manipulaciones bakuninistas. El hecho es significativo:

– pone de manifiesto el verdadero carácter de los que alardeaban de antiautoritarios y adoptaban medidas disciplinarias extremas

– la carta, si bien contrariaba a la Alianza, expresaba de manera fiel la línea de la Internacional, por lo que la expulsión era irregular

– la Internacional en España se había convertido en una sucursal de la Alianza, sin ninguna relación con las demás secciones regionales

Lafargue asiste a la reunión de la Federación madrileña el 7 de enero de 1872 en la que se discuten los acuerdos de los bakuninistas de Sonvillier y se abre la primera discusión. Luego, en el mes de abril, se celebra el Congreso de Zaragoza de la sección española de la Internacional, al que los expulsados recurrieron, no sólo por su situación sino para que se adoptara en España un acuerdo equivalente al de la Conferencia de Londres ordenando la disolución de la Alianza. Obtienen lo primero pero no lo segundo.

Una torpeza de Bakunin descubre todo el tinglado que tenía montado en España: considerándole de su cofradía, le escribe una carta a Mesa de la que se desprende que la disolución de la Alianza era mentira. Apoyándose en esto, los nueve del círculo de Lafargue cometen a su vez otra torpeza: escriben a todos -ya no se sabe si de la Alianza o de la Internacional, que en España tanto monta- exigiendo su disolución, en cumplimiento de los acuerdos.

El 9 de junio de 1872 son de nuevo expulsados por ello, esta vez de manera definitiva, y crean el 8 de julio la Nueva Federación madrileña, que obtiene del Consejo General de Londres su reconocimiento. La ruptura era ya un hecho en España; aquí el proceso había empezado más tarde, pero se había resuelto antes.

Pero las espadas aún estaban en alto fuera de España. Los bakuninistas seguían reclamando la convocatoria de un Congreso que resolviera definitivamente la cuestión. Este Congreso se reunió en setiembre de 1872 en La Haya, agrupando a 65 delegados de 15 países diferentes. Por vez primera, Marx participó en él personalmente. Bakunin no estaba presente pero sí estaban sus partidarios. A este Congreso la Nueva Federación madrileña envió sus delegados y los bakuninistas españoles los suyos. Ya aparecen, pues, divididos, aunque en España la desproporción cuantitativa era abrumadora a favor de los anarquistas, que se burlaban de los internacionalistas llamándoles «la Federación de los nueve». Fueron éstos los que, pocos años después, fundaron el PSOE.

Ahora bien, sería un craso error considerar que la fuerza del anarquismo en España fue consecuencia de las manipulaciones bakuninistas. Por el contrario, ellos encontraron unas condiciones objetivas plenamente favorables para la expansión de sus ideas, de las que carecían los socialistas. Esas condiciones favorables pueden reconducirse a dos:

– el atraso económico español, donde predominaba la pequeña burguesía, el artesanado, el pequeño taller, el campesinado famélico y el tendero, un terreno abonado para los postulados bakuninistas

– el reformismo del PSOE, su legalismo a ultranza, que dio alas a la fraseología anarquista, a la que se unieron también buena parte de los revolucionarios honestos.

Los bakuninistas abandonaron la reunión de La Haya y los demás crearon una comisión especial para analizar la labor de zapa de la Alianza que recibió numerosos documentos de muchos países: Lafargue y Mesa enviaron información de España, Becker de Suiza y Danielson de Rusia, entre ellos, la carta amenzante que Nechaeiv envió a Liubavin y que éste entregó a Danielson. Algunos de esos documentos llegaron después del Congreso. Tras examinar los documentos, la Internacional tuvo la certeza de que la Alianza continuaba existiendo como sociedad secreta en su interior; la comisión especial propuso expulsar a Bakunin y Guillaume y la propuesta fue aceptada. En la resolución de expulsión se decía que Bakunin era expulsado además por un «asunto personal», el caso Nechaiev. El documento de expulsión, redactado por Engels en nombre del Consejo General, es de una contundencia aplastante:

«Nos hallamos por vez primera en la historia de la lucha de la clase obrera, ante una conspiración secreta urdida en el seno de la propia clase obrera con el fin de hacer saltar no el régimen explotador existente sino la Asociación misma, que le combate con la mayor energía. Se trata de una conspiración contra el propio movimiento proletario«.

De esta dura experiencia dentro de la Internacional, pues, cabe afirmar al menos lo siguiente:

– no se produjo ninguna escisión dentro de la Internacional, sino que los bakuninistas fueron expulsados, a pesar de que pretendieran luego seguir utilizando para su provecho propio las siglas AIT

– no se trató de un enfrentamiento entre Marx y Bakunin, sino de una enfrentamiento de éste contra todas la demás corrientes que había dentro de la Internacional, a las que traicionó

– no se trató de un enfrentamiento de los autoritarios (o sea Marx) contra los antiautoritarios (o sea Bakunin) porque entre los primeros estaban los proudhonianos, que también eran anarquistas y, por tanto, antiautoritarios

– no hubo ningún bloque homogéneo en la Internacional, salvo los bakuninistas, que trataron de aprovechar la situación para apoderarse de ella

– en aquel momento, mientras Bakunin tenía su propia organización, la Alianza de la Social-Democracia, Marx no disponía de ninguna en la que pudiera depositar su confianza e intervenía en la Internacional en nombre propio.

Sobre la cuestión principal, el Congreso de La Haya confirmó plenamente la resolución de la Conferencia, a la cual añadió la frase siguiente casi literalmente tomada del Llamamiento fundacional de la Internacional: «Como los poseedores del suelo y del capital se aprovechan siempre de sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos y mantener sujeto al trabajo, la conquista del poder político es el gran deber del proletariado«.

Marx, Engels y Lafargue siguieron trabajando con los documentos reunidos por la comisión y publicaron en julio de 1873 un folleto basado en esos informes que titularon «La Alianza de la Social Democracia  y la Asociación Internacional de Trabajadores». Poniendo al descubierto sus manejos e intrigas, asestaron un golpe definitivo a los intentos de Bakunin de influir sobre el movimiento obrero europeo.

Al terminar sus trabajos, el Congreso de La Haya aceptó la propuesta de Engels referente al traslado de la sede del Consejo General a Nueva York. En esta época la Internacional no sólo había perdido sus bases en Francia, donde a partir de 1872 el simple hecho de pertenecer a la Internacional era un crimen, sino también en Alemania, e incluso en Inglaterra. Este traslado del organismo central de la Internacional a América era considerado como provisional. Pero ocurrió que el congreso de La Haya fue el último que se celebró en la historia de la Internacional. En 1876, el Consejo General publicó en Nueva York un aviso anunciando que la I Internacional había dejado de existir. Sólo subsistieron la siglas en manos de unos usurpadores…

Fuente: censurada web Antorcha.org

La Conferencia de Londres de la Primera Internacional

150 años de la fundación de la Primera Internacional (12)

En estas condiciones fue convocada, en septiembre de 1871, en Londres, una Conferencia de la Internacional a la que asistió como representante español el anarquista Anselmo Lorenzo, que fue recibido por Marx en su domicilio, donde pernoctó. éste es el retrato que Anselmo Lorenzo hizo de Marx:

«Al cabo de un rato paramos delante de una casa, llamó el cochero y presentóseme un anciano que, encuadrado en el marco de la puerta, recibiendo de frente la luz de un reverbero, parecía la figura venerable de una patriarca producida por la inspiración de eminente artista. Acerquéme con timidez y respeto, anunciándome como delegado de la Federación regional española de la Internacional, y aquel hombre me estrechó entre sus brazos, me besó en la frente, me dirigió palabras afectuosas y me hizo entrar en su casa. Era Carlos Marx».

Ambos estuvieron conversando amigablemente en castellano, pero a lo largo de la Conferencia la imagen de Anselmo Lorenzo cambió. él traía un informe «puramente obrero» y se encontró con algo que no esperaba, con asuntos de profundo calado ideológico y político que le desbordaron completamente. Quedó decepcionado, a pesar de que Marx logró aprobar una resolución en la que saludaba el excelente trabajo de los internacionalistas españoles. Debió apercibirse el ínfimo nivel ideológico y del primitivismo del movimiento obrero español, y trataba de infundirles ánimo.

La Conferencia tuvo que ocuparse fundamentalmente de dos cuestiones. La primera era la antigua cuestión de la lucha política sobre la que había habido discusiones con los anarquistas. Uno de los motivos que incitaron a la Conferencia a ocuparse de ella fue que los bakuninistas continuaban acusando a Marx de falsificar los Estatutos de la Internacional para imponer sus puntos de vista. La resolución, esta vez, proporcionó una respuesta que no podía dejar ninguna duda y significaba la derrota completa de los bakuninistas. La última parte decía:

«Considerando:

Que la reacción desenfrenada reprime por medio de la violencia el movimiento emancipador de los obreros y busca por medio de la fuerza brutal mantener la división en clases y el dominio político de las clases dominantes que de ella resulta;

Que esta organización del proletariado en un partido político es necesaria para asegurar el triunfo de la revolución y de su meta final: la abolición de las clases;

Que la unión de las fuerzas obreras ha sido obtenida ya a través de la lucha económica, y debe ser igualmente una palanca en manos de la clase obrera en su lucha contra el poder político de los explotadores;

La Conferencia recuerda a todos los miembros de la Internacional que, en el plan de combate de la clase obrera, su movimiento económico y su actividad política se encuentran indisolublemente ligadas».

Pero la Conferencia tuvo que ocuparse también de los bakuninistas por otro motivo. El Consejo General estaba cada vez más persuadido de que, a pesar de todas las seguridades dadas por Bakunin, su sociedad secreta continuaba existiendo. Por esta razón, la Conferencia adoptó una resolución prohibiendo en la Internacional la organización de cualquier asociación que tuviera un programa particular. Pero de nuevo los bakuninistas insistieron en que la Alianza estaba disuelta, por lo que se levantó acta de ello, zanjándose la cuestión bajo palabra.

Pero quedaba aún otra cuestión: la Conferencia declaró que la Internacional nada tenía que ver en el asunto Nechaiev, un revolucionario ruso que se aprovechó para sus propios fines de su condición de miembro de la Internacional. Bakunin mantenía relación con S.G. Nechaiev (1847-1882), un estudiante que había huido en marzo de 1869 de Rusia y en el otoño de aquel mismo año regresó al interior. Como Bakunin, también Nechaiev rechazaba la teoría, aunque estaba dotado de una energía excepcional, de una voluntad de hierro; revolucionario entregado en cuerpo y alma a la causa probó posteriormente ante los jueces y en la prisión su coraje inquebrantable y su odio a los explotadores. A diferencia de Bakunin, que siempre estaba dispuesto a las componendas, Nechaiev era intransigente. Mientras Bakunin era un inconsecuente, Nechaiev se distinguía por una lógica sin componendas y sacaba de la teoría de su mentor todas las deducciones prácticas que comportaba.

Un grave acontecimiento lo prueba: el editor Liubavin quería publicar la traducción rusa de «El Capital» y le adelantó a Bakunin una cantidad de dinero para que se pusiera a ello. Pero Bakunin ni tradujo el libro ni devolvió el dinero, lo que le puso en una situación comprometida ante todos los internacionalistas. Para salir del atolladero, por encargo de Bakunin, Nechaiev, en nombre de una inexistente organización, escribió a Liubavin amenazándole de muerte y diciéndole que dejara en paz a Bakunin. No se trataba sólo de dinero, sino de algo mucho más serio: los miembros de la comisión consideraron un abuso que Bakunin actuara en nombre de una organización obrera revolucionaria que todos ligaban a la Internacional con fines personales, para librarse de una deuda. Se ponía de manifiesto también un pésimo estilo de relaciones entre «camaradas» que, por lo demás, cuadraba con las tesis de Bakunin, que ponía en primer plano al lumpenproletariado, al que consideraba como el auténtico promotor de la revolución social, y consideraba que los bandoleros eran el mejor elemento del ejército revolucionario. No a la política, sí al bandolerismo, podría resumirse.

En Moscú Nechaiev organizó un grupo clandestino, «Justicia Popular», compuesto de jóvenes estudiantes, que ejecutó a uno de sus compañeros, llamado Ivanov, por traición. Luego huyó nuevamente al extranjero mientras eran detenidos de los miembros del grupo, que fueron juzgados en el verano de 1871. Durante el juicio la acusación difundió muchos documentos en los que se mezclaba al grupo de Bakunin con la sección rusa de la Internacional. Nechaiev había utilizado en Rusia una credencial de Bakunin que le presentaba como miembro de una supuesta «Alianza Revolucionaria Europea» y que él utilizaba para hacerse pasar por delegado de la Internacional.

Finalmente, Bakunin se separó de su discípulo, pero únicamente porque le espantaba la lógica implacable y simplista de Nechaiev; sin embargo, no osó romper públicamente con él porque Nechaiev guardaba muchos documentos que le comprometían personalmente. En 1872 Nechaiev fue entregado por Suiza a Rusia y murió preso en la fortaleza de Pedro y Pablo.

El Consejo General envió una circular reservada relatando los manejos de Bakunin que exasperó a los anarquistas, porque decían que no se podía dar publicidad a una organización secreta como la suya. La circular fue redactada por Marx y Engels con el título «Las pretendidas escisiones en la Internacional» y se distribuyó en francés por las secciones de la Internacional en todo el mundo. Como era característico en ellos, no entraban para nada en las minucias y provocaciones de los bakuninistas, sino que entraron a fondo en sus concepciones ideológicas, que sometieron a una crítica implacable, demostrando las raíces pequeño burguesas del anarquismo.

Inmediatamente después de la Conferencia de Londres los bakuninistas declararon -según sus propias palabras la «guerra abierta» al Consejo General, al que acusaban de haber amañado la Conferencia e impuesto a toda la Internacional la necesidad de organizar al proletariado en un partido independiente dirigido a la conquista del poder político. Siguieron con su labor fraccional tomando como excusa que lo de Londres había sido una Conferencia y no un Congreso. Las razones para ello eran clarísimas: en setiembre de 1871 la Comuna de París había sido aplastada y en toda Europa se había levantado la veda contra todas las organizaciones proletarias; el Congreso era público y la Conferencia privada, por lo que los nombres de los participantes no se difundían, de modo que tampoco se les podía detener; por lo demás, debía celebrarse una Conferencia porque, como decía Engels, era necesario poner en práctica medidas concretas en relación con la nueva situación, esto es, no era necesario el Congreso porque no se trataba de modificar el Llamamiento ni los Estatutos.

Nada de esto importaba lo más mínimo a los bakuninistas, que celebraron un Congreso por su cuenta en Sonvilliers, Suiza, el 12 de noviembre de 1871, donde gozaban de toda la libertad y de todos los derechos para reunirse a placer. Allí atacaron las facultades del Consejo General diciendo que la secciones regionales debían ser autónomas. Eso decían entonces, pero poco antes, en el Congreso de Basilea, habían sido los mayores defensores de la ampliación de las competencias del Consejo General. Como los falsificadores de la historia presentan los hechos de una forma maniquea, es imprescindible dar a conocer el criterio al respecto de Marx, que no era nada centralista:

«Ciertamente, nadie disputa su autonomía a las secciones; mas es imposible una federación que no ceda algunos poderes a los consejos federales y, en última instancia, al Consejo General. Pero ¿sabe usted quiénes fueron los autores y los defensores de estas resoluciones autoritarias? ¿Los delegados del Consejo General? De ninguna manera. Estas medidas autoritarias fueron propuestas por los delegados belgas, y los Schwitzguebel, los Guillaume y los Bakunin fueron sus más calurosos defensores».

Los bakuninistas, fieles a su escabroso estilo, volvían sobre sus pasos, retorciéndose como culebras, escondiendo los verdaderos motivos de fondo y presentando falsos argumentos de forma. En la forma que ellos la proponían, la autonomía de las secciones no era más que una liquidación de la Internacional, que había nacido para integrar a los movimientos obreros locales en un solo puño.

Fuente: censurada web Antorcha.org

La Comuna de París

150 años de la fundación de la Primera Internacional (11)

Los acontecimientos no tardaron en justificar la desconfianza de Marx respecto a los republicanos franceses. Su conducta infame, su disposición a concluir una alianza con Bismarck antes que consentir la más ligera concesión a la clase obrera, condujeron a la proclamación de la Comuna. Tras tres meses de lucha heroica, este primer ensayo de dictadura del proletariado, efectuado en las condiciones más desfavorables, terminó aplastado. El Consejo General no estaba en condiciones de proporcionar a los franceses la ayuda necesaria. París se encontraba cortada del resto de Francia y del mundo entero por las tropas francesas y alemanas.

La Comuna suscitó simpatías generales. Bakunin y sus partidarios, por el contrario, sacaron de la experiencia conclusiones diferentes. Continuaban combatiendo aún más violentamente toda política y todo Estado, recomendando organizar, en cuanto llegara el momento favorable, comunas en ciudades aisladas que arrastrarían a las demás. Esta estrategia condujo al proletariado español a resultados desastrosos muy poco después.

Marx, que durante la Comuna, como lo prueba una de sus cartas al internacionalista francés Varlin, se había esforzado por mantener relaciones con París, fue encargado por el Consejo General para que escribiera un manifiesto. Asumió la defensa de la Comuna, calumniada por toda la prensa burguesa, y demostró que era una nueva gran etapa del movimiento proletario, que era el prototipo del Estado proletario que asumiría la realización del comunismo. Ya sobre la experiencia de la revolución de 1848, Marx había llegado a la conclusión de que la clase obrera, tras la toma del poder político, no podía limitarse a ocupar el aparato del Estado burgués, sino que era necesario romper toda esta máquina burocrática y policíaca. La experiencia de la Comuna le convenció definitivamente de ello. Una vez dueño del poder, el proletariado se había visto obligado a crear su propio aparato de Estado, adaptado a sus necesidades. Pero el Estado proletario no podía limitarse al marco de una sola ciudad, aunque fuera la capital. El poder del proletariado debía extenderse a todo el país para tener posibilidades de consolidarse.

El aplastamiento de la Comuna tuvo consecuencias extremadamente graves para la Internacional. El movimiento obrero francés quedó prácticamente interrumpido durante varios años. En la Internacional sólo quedó representado por participantes en la Comuna que habían fijado su residencia bien en Inglaterra, bien en Francia, que habían conseguido escapar a las persecuciones, y entre los cuales se desarrollaba la más encarnecida lucha de fracciones, lucha que se transportaba al seno del propio Consejo General.

El movimiento obrero alemán sufrió igualmente duras pruebas. Bebel y Liebknecht, que habían protestado contra la anexión de Alsacia y Lorena y se habían solidarizado con la Comuna de París, fueron detenidos y condenados a prisión en una fortaleza. Schweitzer, que había perdido la confianza de su Partido, se vio obligado a marcharse. Los partidarios de Liebknecht y Bebel, los eisenachianos, continuaron trabajando al margen de los partidarios de Lassalle, y sólo comenzaron a acercarse a estos últimos cuando el Gobierno desplegó sus fuerzas contra ambas partes en lucha. De este modo, la Internacional perdió de un golpe sus dos puntos de apoyo en los dos principales países de la Europa continental.

En el propio movimiento inglés se produjo un viraje. La guerra entre los dos países más desarrollados del continente desde el punto de vista industrial fue beneficiosa para la burguesía inglesa. Se encontró en condiciones de apartar de sus fabulosos beneficios una cierta parte que distribuyó entre los obreros privilegiados. Los sindicatos obtuvieron una mayor libertad de acción. Se suprimieron algunas leyes dirigidas contra los sindicatos. Estas reformas influyeron sobre algunos miembros del Consejo General que jugaban un papel importante en el movimiento sindical. A medida que la Internacional se radicalizaba, muchos de ellos se hacían cada vez más reformistas. La Comuna y los furiosos ataques contra la Internacional que aquélla provocó les asustaban. Se apresuraron a desligarse del manifiesto sobre la Comuna de París, aunque hubiera sido escrito por Marx por mandato del Consejo General. Se produjo sobre este punto una escisión en la sección inglesa de la Internacional.

Fuente: censurada web Antorcha.org

La guerra franco-prusiana

150 años de la fundación de la Primera Internacional (10)

El siguiente Congreso debía tener lugar en Maguncia, en Alemania, pero no pudo reunirse. Inmediatamente después del Congreso de Basilea, las relaciones entre Francia y Alemania se encresparon hasta tal punto que se podía esperar en cualquier momento una declaración de guerra. Bismarck engañó a su viejo maestro Napoleón III y, tras haberse preparado para la contienda, presentó las cosas de modo que ante el mundo Francia apareció como la agresora.

La guerra estalló de un modo completamente inesperado. Ni los obreros franceses, ni los obreros alemanes se encontraban en situación de impedirla. Algunos días después de la declaración de guerra, el Consejo general hizo pública una proclama escrita por Marx. Comenzaba por una cita del Llamamiento fundacional de la Internacional, en la cual se condenaba «la política exterior que se apoya en los prejuicios nacionales, persigue designios criminales y derrocha la sangre y los bienes de los pueblos en guerras de rapiña».

Seguía una requisitoria contra Napoleón III. Marx describía sucintamente la lucha de este último contra la Internacional, que se reforzó cuando los internacionalistas franceses iniciaron una campaña en contra suya. Sea cual sea el modo en que termine la guerra, añade Marx, el II Imperio está condenado. Finalizará como comenzó, por una parodia. Pero todos los gobiernos europeos son culpables. Es preciso no olvidar que son los gobiernos y las clases dominantes de Europa quienes, durante 18 años, han ayudado a Bonaparte a representar la comedia de la restauración del Imperio.

Sin embargo, Marx dirige los golpes más violentos contra su propia patria. Para los alemanes, la guerra actual, dice, es una guerra defensiva. Pero, ¿quién ha situado a Alemania en la necesidad de defenderse? ¿Quién ha dado a Napoleón III la tentación de atacar a Alemania? Prusia. Prusia firmó un acuerdo con Napoleón III contra Austria. Si Prusia hubiera sido vencida, Francia con sus tropas habría invadido Alemania. Ahora bien, ¿qué ha hecho Prusia tras su victoria sobre Austria? En lugar de oponer a la Francia sojuzgada una Alemania libre, no solamente ha conservado intacto el régimen prusiano, sino que le ha añadido los rasgos característicos del régimen bonapartista.

En seis semanas, más o menos, el ejército regular francés fue derrotado plenamente y, el 2 de septiembre, Napoleón III capituló con su ejército en Sedán. El 4 de septiembre fue proclamada en París la República. Contrariamente a la declaración de Prusia, que afirmaba que únicamente combatía al Imperio, continuaron las hostilidades. Tuvo lugar entonces la segunda fase de la guerra, la más larga y la más dura.

Inmediatamente después de la proclamación de la República en Francia, el Consejo General publicó su segundo manifiesto sobre la guerra. Este manifiesto, escrito igualmente por Marx, es, por la profundidad del análisis de la situación del momento y la agudeza de la visión histórica, una de sus obras más geniales. Lo firmó en calidad de secretario del Consejo General no solamente para Alemania, sino también para Rusia, pues poco antes se había constituido en Suiza una sección rusa de la Internacional que había pedido a Marx que fuera su representante en el Consejo General.

En su primer manifiesto Marx predijo que esta guerra se terminaría con la caída del II Imperio. El segundo manifiesto comienza recordando esta predicción. Pero no se había mostrado menos justificada la crítica que Marx había realizado anteriormente de la política prusiana. La guerra de Prusia se había transformado en guerra contra el pueblo francés. Bastante antes de la capitulación de Sedán, desde que se había mostrado como evidente la disgregación del ejército francés, la corriente militar prusiana se había pronunciado por una política de conquista. Marx critica igualmente sin piedad la conducta hipócrita de la burguesía liberal alemana. Sirviéndose de las indicaciones de Engels que, en cuanto especialista, seguía atentamente la marcha de la guerra y que en la primera quincena de agosto había predicho ya la catástrofe de Sedán, Marx analiza los argumentos militares con los que Bismarck justificaba la anexión de Alsacia y Lorena.

Pronunciándose categóricamente contra toda anexión, afirma que una paz basada en la violencia conduciría a resultados diametralmente opuestos a los que se esperaban de ella. La consecuencia de esta paz sería una nueva guerra. Francia querría recuperar sus pérdidas y, con este fin, buscaría la alianza con Rusia. Y de este modo la Rusia zarista, que había perdido su hegemonía tras la guerra de Crimea, se convertiría de nuevo en la dueña de los destinos de Europa. Este pronóstico genial, que es una de las pruebas prácticas más deslumbradoras de la justeza de la concepción materialista de la historia, termina con las siguientes palabras:

«Los patriotas alemanes creen seriamente garantizar de un modo efectivo la paz y la libertad de Alemania, arrojando a Francia a los brazos de Rusia. Si la fortuna de las armas, la borrachera de la victoria y las intrigas dinásticas conducen a la expoliación de territorios franceses, sólo quedan abiertos dos caminos para Alemania. O bien ésta se convertirá en el instrumento consciente de los planes de conquista prusianos, política conforme a la tradición de los Hohenzollern; o bien, al cabo de un lapso de tiempo muy corto, deberá prepararse para una nueva guerra ‘defensiva’; pero esta guerra no será una guerra ‘localizada’, será una guerra de razas, una guerra con eslavos y latinos aliados. Esta es la paz que ‘garantizan’ a Alemania los obtusos patriotas burgueses».

La predicción se cumplió al pie de la letra.

El manifiesto finaliza con la exposición de las tareas políticas que en dicho momento se imponen a la clase obrera. Exhorta a los obreros alemanes a exigir una paz honrosa y al reconocimiento de la República francesa. A los obreros franceses, que se encontraban en una situación aún más embarazosa, Marx aconseja vigilar a los republicanos franceses y utilizar el régimen republicano para desarrollar rápidamente su organización de clase y obtener su emancipación.

Fuente: censurada web Antorcha.org

Las primeras escaramuzas del bakuninismo

150 años de la fundación de la Primera Internacional (9)

Como el espectro de la guerra parecía haber desaparecido hacia el verano de 1869, las cuestiones económicas y políticas volvieron a pasar a primer plano en el Congreso de Basilea. Por vez primera se planteó la cuestión, ya surgida en Bruselas, de la socialización de los medios de producción. Esta vez, los adversarios de la propiedad individual del suelo triunfaron definitivamente. Los proudhonianos sufrieron una derrota total. Pero en este congreso surgieron nuevas divergencias. En efecto, fue en este Congreso donde apareció el representante de una nueva tendencia, el anarquista ruso Bakunin.

La doctrina de Bakunin recuerda a Blanqui: la revolución necesita un grupo de hombres resueltos. Pero, a diferencia de Blanqui, Bakunin no quería oír hablar de la conquista del poder político por el proletariado. Negaba toda lucha política en la medida en que se planteaba en el terreno de la sociedad burguesa. Marx y quienes como él creían necesaria la lucha política, organizar al proletariado para la conquista del poder político, eran, en opinión de Bakunin y sus partidarios, oportunistas que retardaban la llegada de la revolución social. Los bakuninistas presentaron a Marx como una persona que, para la realización de sus ideas, no dudaba en falsificar los Estatutos de la Internacional. Públicamente, en particular en sus cartas y circulares, llenaron a Marx de insultos, sin retroceder incluso ante posturas antisemitas, llegando a acusar a Marx de ser un agente de Bismarck.

Cuando Bakunin se presentó al Congreso de Basilea, tenía ya un grupo considerable de partidarios, principalmente en la Suiza de lengua francesa. Tenía también numerosos contactos en Italia. Su propaganda caló con mayor hondura entre los obreros sin trabajo fijo y los artesanos relojeros, arruinados por la competencia de la gran industria relojera. Había creado su propia organización, la Alianza Internacional de la Social-Democracia, que pretendió ingresar en la Internacional en bloque. El Consejo General se opuso y, aunque se les dijo que debían integrarse en las secciones locales de la Internacional, aunque debían disolver la Alianza. Para entrar dijeron haber disuelto la organización, pero todos los informes ponían de manifiesto lo contrario: la Alianza seguía operando clandestinamente como grupo de presión dentro de la Internacional, al más puro estilo bakuninista. Rusia y España estaban siendo el más claro ejemplo del doble juego de los anarquistas.

La primera batalla se inició sobre una cuestión completamente diferente a la que constituía el desacuerdo de fondo. Bakunin, siguiendo a Saint-Simon, reivindicaba la supresión del derecho de herencia y, de acuerdo con el informe de Marx, los delegados del Consejo General opinaban que esto «agruparía a todo el campesinado y a toda la pequeña burguesía alrededor de la reacción». Como indicaba ya el Manifiesto Comunista, no era más que una medida de transición que tomaría el proletariado cuando se hubiera apoderado del poder político. Mientras tanto, solamente se podía reclamar el aumento del impuesto sobre sucesiones y que se restringiera el derecho a testar. Pero Bakunin no tenía en cuenta las condiciones reales. Lo que le importaba de esta reivindicación era el medio de agitación que representaba. Ninguna resolución alcanzó la mayoría.

Aunque entonces no suscitó discusiones, fue en este Congreso de Basilea donde se ampliaron la competencias del Consejo General. Como luego los bakuninistas trataron de volver sobre sus propios pasos aludiendo a la «autonomía» de las secciones regionales, hay que recordar que se aprobó tal acuerdo, que se aprobó con su voto favorable y que se aprobó en un congreso.

Además estalló otro conflicto entre Bakunin y el viejo W. Liebknecht. El congreso de Basilea fue el primero en que participó un grupo numeroso llegado de Alemania. Para entonces, W. Liebknecht y A. Bebel habían conseguido, tras una dura lucha contra Schweitzer, organizar un partido independiente que, en su Congreso constituyente de Eisenach, había adoptado el programa de la Internacional. El órgano central de este partido había llevado a cabo una campaña contra la actividad de Bakunin en la «Liga de la paz y la libertad», donde había reiterado sus antiguos puntos de vista paneslavistas. Marx se había pronunciado contra esta crítica, pero se le consideraba responsable de todos los actos de los marxistas, entre los cuales se encontraban Liebknecht y Bebel.

Bakunin aprovechó el Congreso para ajustar sus cuentas con Liebknecht. Todo terminó en una reconciliación que, por otra parte, sólo sería temporal. Las espadas seguían en alto.

España era la prueba de ello. En España, bajo el nombre de la Internacional, los bakuninistas introducían sus baratijas ideológicas de contrabando. A España llegó José Fanelli (1828-1877), un italiano antiguo seguidor de Mazzini que hizo gala de un doble rostro en todas sus actividades; aunque era anarquista también era parlamentario, y aunque usaba credenciales de la Internacional, repartía la propaganda de una Alianza que debía estar disuelta.

Fanelli llegó a España coincidiendo con la revolución de setiembre de 1868, enviado por Bakunin. Existían aquí núcleos obreros organizados que no mantenían contacto con la Internacional, aunque un delegado había asistido en 1868 al Congreso. Hasta esa fecha el movimiento obrero en España iba a remolque del radicalismo burgués. La dura represión contra las organizaciones obreras las había conducido hacia el reformismo, en forma de cooperativismo y sociedades de socorros mutuos.

En enero de 1869 Fanelli logró reunir a un grupo que se encargó de organizar la Internacional en España pero no difundió el Llamamiento fundacional ni los Estatutos, sino el programa de la Alianza y la mezcolanza, según sus propios Estatutos, llegaba hasta tal punto que «la Alianza de la Social Democracia española estará constituida por miembros de la Asociación Internacional de Trabajadores». Además, más adelante, añadía: «La Alianza influirá cuanto pueda en el seno de la Federación obrera local para que no tome una marcha reaccionaria y antirrevolucionaria». Por tanto, la Internacional en España no se sometía al Consejo General de Londres, sino a las órdenes que Bakunin dictaba desde Suiza. Su falso antiautoritarismo quedaba así al descubierto.

Dos bakuninistas españoles asistieron al Congreso de Basilea «y a su vuelta a España se pusieron a trabajar más definidamente según las ideas del revolucionario ruso», o sea de Bakunin, escribe el historiador anarquista español Diego Abad de Santillán. Quedaba claro que Bakunin había engañado a la Internacional: no sólo la Alianza no se había disuelto, sino que seguía actuando a la sombra contra los principios aprobados por todos los demás. Siguiendo esta línea, el primer manifiesto de la sección española de la Internacional, redactado en diciembre de 1869, preconizaba el abstencionismo político y dejaba la lucha por la democracia en manos de la burguesía.

El choque de los españoles con la línea de la Internacional era frontal. Luego celebraron un Congreso en Barcelona el 19 de junio de 1970, al que asistieron 90 delegados, donde se leyeron comunicados, no del Consejo General de Londres sino de la sucursales bakuninistas de Suiza y Bélgica llamando a no intervenir en las luchas políticas. Según el historiador anarquista Abad de Santillán, los anarquistas querían evitar en España las discusiones que ellos habían llevado a la Internacional y para eso fundaron una sociedad secreta poco antes de Congreso de Barcelona, con el fin de manipularlo e imponer sus tesis sin ningún debate. Meses después esta situación fue reconocida por el propio Bakunin en una carta al anarquista español González Morago de fecha 21 de mayo de 1872, aunque responsabilizó de ella a Fanelli: «Al ayudarnos a echar los primeros fundamentos tanto de la Internacional como de la Alianza en España, Fanelli cometió una falta de organización de la que se sienten ahora los efectos. Confundió la Internacional con la Alianza y por eso mismo ha provocado a los amigos de Madrid, a fundar la Internacional con el programa de la Alianza». Tampoco esto era verdad: él era el único responsable de aquella estafa política.

Los anarquistas españoles empezaron así a cocerse con su propio jugo.

Los siguientes Congresos de la Internacional

150 años de la fundación de la Primera Internacional (8)

En el siguiente Congreso, celebrado en Lausana (Suiza), se planteó la cuestión de la participación de la «Liga de la paz y la libertad», una organización burguesa pacifista radicada en Ginebra de la que Bakunin formaba parte. Triunfaron los partidarios de la participación. Sólo en el siguiente Congreso, en Bruselas, triunfó el punto de vista del Consejo General y se propuso a la «Liga» que se adhiriera a la Internacional, y a sus miembros que se afiliaran a la sección de la Internacional de su país.

Marx tampoco participó en estos dos Congresos. El Congreso de Lausana no había terminado aún cuando apareció el primer tomo de «El Capital». El Congreso siguiente, celebrado en Bruselas en 1868, adoptó, a propuesta de la delegación alemana, una resolución que recomendaba a los obreros de todos los países el estudio de «El Capital». Esta resolución subrayaba el inmenso mérito de Marx: era «el primer economista que ha sometido al capital a un análisis detallado, reduciéndolo a sus elementos fundamentales».

En el congreso de Bruselas se examinó, entre otras, la cuestión de la influencia de las máquinas sobre la situación de la clase obrera, así como los temas de las huelgas y la propiedad agraria. Las resoluciones adoptadas representaban más o menos compromisos; pero, sin embargo, por vez primera, el punto de vista del socialismo o, como se decía entonces, del colectivismo, triunfó contra los franceses. Se reconoció la necesidad de socializar los medios de transporte y de comunicación, así como el suelo. Pero esta resolución no fue adoptada en su forma definitiva hasta el siguiente congreso, celebrado en Basilea en 1869.

La cuestión política capital que ocupó a la Internacional tras el congreso de Lausana fue la de la guerra y los medios a emplear para combatirla. La guerra de 1866, que se había terminado con la victoria de Prusia sobre Austria, había hecho nacer en Europa la opinión de que esta guerra debía conducir fatalmente, en un futuro próximo, a otra guerra entre Francia y Prusia. Un 1867, las relaciones entre ambos países comenzaron a ser cada vez más tensas. Las aventuras coloniales que había emprendido Napoleón III para realzar su prestigio habían debilitado grandemente su situación. Bajo la presión de los grandes financieros, Napoleón III había emprendido la expedición de México, que indispuso acremente a Estados Unidos. Estados Unidos eran categóricamente hostiles a toda tentativa de las potencias europeas de inmiscuirse en los asuntos del continente. El plan de Napoleón III fracasó estrepitosamente y tenía que reparar su desventura en Europa, pero aquí también la mala suerte le perseguía. Obligado a hacer concesiones en política interior, esperaba, a través de alguna anexión en Europa, incrementar los dominios de Francia y consolidar de este modo su situación. En 1867 estalló el asunto de Luxemburgo; tras todo tipo de tentativas infructuosas para obtener algún territorio en la orilla izquierda del Rhin, Napoleón III intentó comprar a Holanda el gran ducado de Luxemburgo, que hasta 1866 había pertenecido a la Confederación germánica, pero cuyo jefe supremo era el rey de Holanda. Había existido anteriormente en el ducado una guarnición prusiana que había debido retirarse. La noticia de un acuerdo entre Napoleón III y Holanda provocó la efervescencia entre los chovinistas alemanes. La guerra estaba a punto de estallar, pero Napoleón, que no se encontraba preparado, se batió en retirada. Con este motivo su prestigio sufrió considerablemente, viéndose obligado a realizar nuevas concesiones.

En el momento de celebrarse el Congreso de Bruselas, la situación revestía tal gravedad que se esperaba cada día el comienzo de la guerra. Todo el mundo estaba persuadido de que se iniciaría en el momento en que Francia y Prusia hubieran terminado sus preparativas y encontrado un pretexto favorable. Para el movimiento obrero, que se desarrollaba día a día, particularmente en el continente, surgía la cuestión alarmante de los medios a emplear para impedir esta guerra que, es fácil de comprender, supondría un golpe desastroso tanto para los obreros franceses como para los alemanes. Este es el motivo de que la Internacional, a partir de 1868, cuando ya representaba una fuerza considerable y se encontraba a la cabeza del movimiento obrero internacional, no pudiera dejar de ocuparse vivamente de este problema. Tras animados debates, el congreso de Bruselas, a lo largo del cual algunos delegados habían pedido organizar una huelga general en caso de guerra, y otros demostrado que sólo el socialismo podía poner fin a la guerra, adoptó una resolución de compromiso bastante confusa.

Fuente: censurada web Antorcha.org

El Congreso de Ginebra de la Primera Internacional

150 años de la fundación de la Primera Internacional (7)

El Congreso se reunió en Ginebra en septiembre de 1866, cuando Prusia había vencido ya a Austria y los obreros ingleses parecía que habían conseguido una gran victoria política sobre la burguesía. Comenzó con un escándalo; habían llegado de Francia, además de los proudhonistas, blanquistas que pretendían participar en los trabajos del Congreso. Casi todos eran estudiantes muy revolucionarios y, entre ellos, el futuro comisario de Justicia de la Comuna de París, Protot. Aunque carecían de ninguna credencial, metían más ruido que todos los demás. Al final se les expulsó sin contemplaciones.

Cuando finalmente se consiguió iniciar los trabajos, la batalla principal se desarrolló entre los proudhonianos y la delegación del Consejo General, compuesta por Eccarius y obreros ingleses. Marx ni pudo ni quiso asistir; no hubiera podido asistir porque estaba ocupado en la redacción definitiva del primer tomo de «El capital», enfermo y estrechamente vigilado por policías franceses y alemanes; sólo con muchas dificultades hubiera podido efectuar el viaje. Tenía muchos temores acerca del Congreso, pero quedó satisfecho de los resultados alcanzados. Escribió para la delegación una informe muy detallado sobre todos los puntos del orden del día: «Lo limité intencionadamente a los puntos que hacen posible un acuerdo inmediato para la acción conjunta de los obreros», escribió en una carta a Kugelmann. Era imprescindible abrir la Internacional a todas las corrientes del movimiento obrero, en aquel momento aún incipiente.

Los delegados franceses también presentaron un informe detallado, que era una exposición de las ideas económicas de Proudhon. Denunciaron el trabajo de la mujer, declarando que la propia naturaleza le había fijado su lugar en la casa, que la mujer debía ocuparse de su familia y no trabajar en una fábrica. Rechazaban las huelgas y los sindicatos, defendían el cooperativismo, y particularmente la organización de los intercambios sobre las bases del mutualismo. La condición básica para ello era, en su opinión, concluir acuerdos entre las diferentes cooperativas y la organización del crédito gratuito. Insistían incluso en que el congreso ratificara la organización del crédito internacional, pero sólo consiguieron sacar a flote una resolución que recomendaba a todas las secciones de la Internacional que se ocuparan del estudio de la cuestión del crédito y de la unificación de todas las sociedades obreras de crédito. También se opusieron a la limitación legal de la jornada de trabajo.

Fueron combatidos por los delegados londinenses y alemanes. En cada punto del orden día, estos últimos proponían como resolución un párrafo apropiado del informe de Marx, que ponía en primer plano todas las reivindicaciones de la clase obrera. Este informe pedía que la Internacional consagrara toda su actividad a la agrupación de los esfuerzos dispersos de la clase obrera. Era necesario crear una alianza que permitiera a los obreros de los diferentes países no sólo sentir su fraternidad de combate, sino también de actuar como luchadores de un ejército liberador único. Era necesario organizar la solidaridad internacional en las huelgas, impedir que se reemplazara a los obreros de un país con obreros extranjeros.

Una de las tareas principales que preconizaba Marx era el estudio metódico, científico, de la situación de la clase obrera en todos los países, que debía emprenderse por iniciativa propia de los obreros. Todos los materiales que se reunieran deberían ser enviados al Consejo general, el cual los elaboraría. Marx indicaba en sus grandes rasgos las cuestiones fundamentales sobre las que debía tratar esta encuesta obrera.

La cuestión de los sindicatos levantó vivos debates. Los franceses criticaban las huelgas y toda organización de resistencia contra los capitalistas. Sólo en la cooperación veían la salvación de los obreros. Los delegados londinenses les proponían, en forma de resolución, la parte del informe de Marx sobre los sindicatos. Fue adoptada por el Congreso, pero provocó los mismos malentendidos que las restantes decisiones de la I Internacional. Durante mucho tiempo no fue conocido el texto exacto; los alemanes sólo lo conocían por una traducción insuficiente de Becker en «El Precursor»; la traducción francesa era aún peor. La resolución repetía, bajo una formulación aún más clara, cuanto Marx había dicho en la «Miseria de la filosofía» y en el «Manifiesto Comunista» sobre los sindicatos, núcleo fundamental de la organización de clase del proletariado. Además, indicaba las tareas del momento para los sindicatos, y los defectos en que caen fatalmente cuando se transforman en organizaciones economicistas.

En la lucha entre el capital y los asalariados, éstos se encuentran en condiciones muy desventajosas porque el capital es una fuerza social concentrada en las manos de un capitalista, mientras que el obrero sólo dispone de su fuerza de trabajo individual. Por este motivo no puede existir un contrato libre entre el capitalista y el obrero. Cuando los proudhonianos hablaban de un contrato libre y justo, mostraban simplemente que no comprendían el mecanismo de la explotación capitalista. El contrato entre el capital y el trabajo no se puede concluir en condiciones justas, incluso desde el punto de vista de una sociedad que sitúa la propiedad de los medios materiales de vida y de trabajo en una parte, y la energía productiva viva en otra. Tras cada capitalista se encuentra la fuerza de la sociedad. A esta fuerza, los obreros no pueden oponer más que su número, la fuerza social de que disponen. Pero la fuerza del número, de la masa, se reduce al mínimo por la división de los obreros, creada y mantenida por la inevitable concurrencia entre los mismos. Para suprimirla nacieron los sindicatos. Su tarea inmediata se limitó, en los momentos iniciales, a las necesidades diarias; buscaron los medios para frenar los abusos continuos del capital; en una palabra, se ocuparon de las cuestiones del salario y de la jornada de trabajo del obrero. A pesar de las afirmaciones de los proudhonianos, esto era imprescindible.

Pero los sindicatos juegan además otro papel no menos importante, que los proudhonianos de 1866 eran incapaces de comprender, lo mismo que su maestro en 1847. Inconscientemente, los sindicatos han sido y son todavía centros de organización para la clase obrera para la supresión del propio régimen de asalariado.

Inicialmente los sindicatos, absorbidos por su lucha local y directa contra el capital, no comprendieron la fuerza de su acción dirigida contra el sistema de esclavitud asalariada. Por ello se mantuvieron separados de los movimientos políticos.

Marx indicó los primeros síntomas de que entonces los sindicatos comenzaban a comprender su misión histórica. Entre estos síntomas cita la participación de los sindicatos ingleses en la lucha por el sufragio universal, la resolución que adoptaron en su conferencia de Sheffield, en la que recomendaban a todos los sindicatos su adhesión a la Internacional.

En definitiva, Marx, que hasta entonces había polemizado principalmente contra los proudhonianos, se vuelve contra los sindicalistas estrechos, que querían limitar las tareas de los sindicatos a las cuestiones del salario y de la jornada laboral. Los sindicatos debían además actuar como centros organizadores de la clase obrera para su total emancipación; debían secundar todo movimiento social y político con este fin. Considerándose como los representantes de la clase obrera, debían atraer a sus filas a todos los obreros, velar por sus intereses, mostrar al mundo entero que sus aspiraciones no eran limitadas y que pretendían la liberación de millones de oprimidos de todo el mundo.

Los debates sobre la cuestión sindical en el congreso de Ginebra presentaron un gran interés. Los delegados londinenses defendieron muy inteligentemente sus posturas. Para ellos, la resolución no era más que una consecuencia del amplio informe de Marx que, por desgracia, eran los únicos que lo conocían. En efecto, cuando el Consejo general examinó las cuestiones que debían ser planteadas en el orden del día del futuro Congreso, habían surgido profundas divergencias entre las opiniones de los distintos miembros. Por este motivo, Marx había leído al Consejo general un informe detallado en el subrayaba la importancia de los sindicatos en el régimen de producción capitalista. Aprovechó la ocasión para exponer de una forma asequible, su teoría del valor y de la plusvalía, para explicarles la interdependencia entre el salario, el beneficio y el precio de las mercancías. Las actas de estas sesiones del Consejo general impresionan aún hoy por su seriedad y su profundidad, dignas de una sociedad científica. Toda la autoridad, todas las adquisiciones de esta nueva ciencia económica marxista eran puestas al servicio de la clase obrera.

Los delegados londinenses también defendieron con habilidad la resolución de Marx sobre la jornada de ocho horas. Al contrario que los franceses, demostraron con Marx que «la condición previa, sin la cual toda tentativa de mejora y liberación de la clase obrera seguiría siendo infructuosa, es la limitación legal de la jornada obrera». Era necesario restaurar la energía de los obreros y asegurarles un desarrollo intelectual, de solidaridad y actividad política. De acuerdo con la propuesta del Consejo General, el Congreso fijó en ocho horas el límite legal de la jornada de trabajo. Como esta limitación era una reivindicación de los obreros de Estados Unidos, el Congreso hizo de ella la plataforma general de la clase obrera de todo el mundo. El trabajo nocturno no se permitiría más que en casos excepcionales en ciertas ramas de la producción, o en ciertas profesiones determinadas estrictamente por la ley. Pero debería tenderse a la supresión total del trabajo nocturno.

En su informe, Marx no examinaba en detalle la cuestión del trabajo de la mujer. Había considerado suficiente decir que el apartado sobre la reducción de la jornada de trabajo se refería a todos los obreros, tanto hombres como mujeres. Sin embargo, había especificado que estas últimas no debían ser empleadas en ningún tipo de trabajo nocturno, que no podrían verse obligadas a realizar un trabajo perjudicial a su organismo, ni ejercer un oficio que exigiera el manejo de sustancias venenosas o perjudiciales a la salud. Sin embargo, como la mayoría de los franceses y los suizos se oponían categóricamente al trabajo de la mujer, el Congreso declaró que era mejor prohibir el trabajo de la mujer, pero que allí donde se efectuara era necesario reducirlo a los límites indicados por Marx.

Por el contrario, las tesis de Marx sobre el trabajo de los niños fueron adoptadas íntegramente, sin ninguna enmienda proudhoniana. Se decía en ellas que la tendencia de la industria contemporánea a que los adolescentes de ambos sexos colaboren en el trabajo de producción social era progresista, aunque bajo el dominio del capital, se transforme en una horrible plaga. En una sociedad racionalmente organizada, según Marx, todo niño, a partir de los nueve años de edad, debía ser un trabajador productivo. Del mismo modo, ningún adulto en buen estado de salud podía librarse del cumplimiento de esta ley de la naturaleza: trabajar para tener la posibilidad de comer, y trabajar no sólo intelectualmente, sino también físicamente. En este sentido, Marx propone todo un programa de combinación del trabajo físico con el trabajo intelectual, el desarrollo politécnico que haga conocer a los niños las bases científicas de los procesos de producción.

En su informe, Marx abordó igualmente la cuestión de la cooperación y aprovechó este punto no sólo para criticar las divisiones existentes entre los cooperativistas puros, sino también para subrayar la condición esencial para el éxito del movimiento cooperativo. Como en el Llamamiento fundacional, dio un lugar preferente a las cooperativas de producción, y no a las de consumo: «Pero no es de las cooperativas, cualesquiera que fueran «-añade-« de donde se puede esperar la supresión del régimen capitalista. Para esto, eran necesarios cambios profundos que se extendieran a toda la sociedad que sólo son posibles por intermedio de una fuerza social organizada, el poder estatal, que debe pasar de las manos de los capitalistas y de los propietarios de las tierras a los de la clase obrera». También en este punto, Marx proclama la necesidad de la conquista del poder político por la clase obrera.

El proyecto de Estatutos fue aprobado sin ninguna modificación. La tentativa de los franceses (quienes habían planteado ya esta cuestión en la Conferencia de Londres) de considerar como «obrero» únicamente a las personas ocupadas en un trabajo físico, y de excluir por consiguiente a los representantes del trabajo intelectual, fue fuertemente combatida. Los delegados ingleses declararon que si se aceptaba la propuesta de los franceses sería necesario comenzar excluyendo al propio Marx, que tanto había hecho por la Internacional.

El Congreso de Ginebra jugó un papel importante como instrumento de propaganda. Todas sus resoluciones formulando las reivindicaciones primordiales de la clase obrera, que habían sido escritas casi exclusivamente por Marx, entraron en el programa mínimo práctico de todos los partidos obreros. El Congreso tuvo un eco inmenso en todos los países, dio un fuerte impulso al desarrollo del movimiento obrero internacional, adquiriendo la Internacional una rápida popularidad. Atrajo la atención de algunas organizaciones burguesas, entre ellas la bakuninista, que intentaron aprovecharse de ella para sus propios fines.

Fuente: censurada web Antorcha.org

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