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Día: 10 de julio de 2024 (página 1 de 1)

Los talibanes no son una banda de rock and roll

Cuando en 2001 cayeron las Torres Gemelas en Nueva York, Donald Rumsfeld acababa de ser nombrado al frente del Pentágono, un cargo en el que se mantuvo hasta 2006, cuando tuvo que dimitir tras la desastrosa campaña militar en Irak, justificada con numerosos embustes, el más conocido de los cuales fue el de las “armas de destrucción masiva”.

Rumsfeld empezó su carrera en 1962 en el banco AG Becker, de donde saltó a en 1969 a una oficina de “lucha contra la pobreza” creada en tiempos de Nixon. Así empezaba su carrera política. Sus dos adjuntos fueron su fiel amigo Franck Carlucci, gestor del fondo de pensiones Carlyle, y Dick Cheney, que llegó a ser vicepresidente de Estados Unidos con Bush hijo.

Fue trepando progresivamente hasta lograr un despacho en la Casa Blanca cuando a Bush padre le nombraron vicepresidente. Nuevamente se sentó en la poltrona con Carlucci y Cheney, una triada de largo aliento entre los “fontaneros” de Washington. Entonces Carlucci comenzaba su carrera en la CIA.

El secretario de Estado, George Shultz, le encargó su primera misión en octubre de 1983. Durante la Guerra de Líbano se produjo un atentado en Beirut de gran envergadura en el que murieron 241 soldados estadounidenses.

El encargo le permitió encontrarse con Sadam Hussein, entonces bendecido por la Casa Blanca, que le apoyaba en su guerra contra Irán. Fue Rumsfeld quien le entregó las armas químicas que provocaron la masacre de los kurdos. Por eso en 2003 Rumsfeld estaba convencido de que Sadam Hussein aún poseía -al menos- una parte de aquellas armas.

La cooperación entre Rumsfeld y Sadam en los ochenta reforzó la presencia estadounidense en el Golfo Pérsico y frenó la influencia de Irán. Al mismo tiempo, la CIA apoyaba a los talibanes afganos, que entonces también eran amigos porque luchaban contra la URSS.

La colaboración con los talibanes tampoco estuvo exenta de una intoxicación característica, que aún pervive en las crónicas periodísticas: la inteligencia estadounidense comenzó a ayudar a los talibanes seis meses antes de la intervención soviética en Afganistán, como confesó el director de la CIA, Robert Gates, en sus memorias y confirmó también Zbigniew Brzezinski.

Según Brzezinski, el 3 de julio de 1979 el presidente Carter firmó la primera directiva sobre la ayuda clandestina a los opositores al gobierno de Kabul. Ese mismo día escribió un memorando al presidente en el que le explicaba que, en su opinión, la ayuda a los talibanes conduciría a una intervención militar del ejército soviético en Afganistán.

La propaganda imperialista atribuyó la responsabilidad de la destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York a Bin Laden que, según decían, se escondía en Afganistán. Por lo tanto, al llegar al Pentágono, Rumsfeld se encontró en la otra orilla del río. Dos viejos amigos, Sadam Hussein y Bin Laden se habían convertido en sus enemigos oficiales.

Así, con estas dos farsas, fue como empezó la “guerra contra el terrorismo” en 2001 con los mismos protagonistas. Sólo había cambiado la presidencia de Estados Unidos. Reagan ya no estaba y Bush padre tampoco porque había colocado a su hijo en la Casa Blanca. Pero el equipo de “fontaneros” (Rumsfeld, Cheney, Carlucci) no había cambiado.

En realidad, quien manejaba los hilos en la sombra era Shultz. El viejo equipo de Reagan se había puesto de acuerdo para llevar al hijo de Bush a la presidencia tras las elecciones de 2000. Antes le tuvieron que convencer de que los talibanes no eran una banda de rock and roll.

Lo contó James Mann en 2004 en su libro “The Rise of the Vulcans”. Los “vulcanos” tampco eran una banda de rock and roll sino el equipo de política exterior formado por Shultz en los años ochenta. Lo integraban Rumsfeld, Cheney, Colin Powell, Paul Wolfowitz, Richard Armitage y Condoleezza Rice. Fue el gabinete de guerra de Bush hijo, reunido con el pretexto de los ataques del 11 de septiembre. Condujo a declarar la fantasmagórica “guerra contra el terrorismo” y a invadir Afganistán e Irak.

Había otros miembros de aquel equipo, entre ellos algunos perros viejos procedentes de los tiempos de Nixon, como Martin Anderson. En 1997 los “vulcanos” habían lanzado el “Proyecto para un nuevo siglo americano”, un ambicioso plan para sostener el imperialismo estadounidense durante otros cien años más. Enviaron una carta al presidente Clinton para que declarara la guerra a Irak y entre los firmantes aparecen Shultz y Rumsfeld.

En un plan de esas dimensiones era necesario buscar un enemigo a la medida, a lo que los ataques a las embajadas estadounidenses en Tanzania y Sudán ayudaron mucho. Aquellos ataques también se atribuyeron a Bin Laden. Se empezaba a diseñar la “guerra contra el terrorismo” y Clinton ordenó bombardear la fábrica farmacéutica Al Shifa en Sudán.

La “guerra contra el terrorismo” no se desencadenó sólo por el derribo de las Torres Gemelas, sino por los envíos de ántrax, que preparon el terreno -típicamente paranoico- de las armas quimicas y las armas de destrucción masiva.

Los intoxicadores dijeron entonces que el laboratorio fabricaba las armas químicas que luego se hicieron famosas. Lo cierto es que Al Shifa lo que fabricaba eran medicamentos genéricos sin licencia.

El bombardeo de un laboratorio farmacéutico en África es imposible de explicar sin tener en cuenta los intereses económicos de Shultz y Rumsfeld en esa industria. Ambos eran accionistas de Gilead. Desde enero de 1997 hasta que se puso al frente del Pentágono en 2001, Rumsfeld fue presidente del consejo de administración de Gilead, el laboratorio que desarrolló el Tamiflú. Según la revista Fortune, Rumsfeld poseía entre 5 y 25 millones de dólares en acciones de la farmacéutica.

El Tamiflú fue un medicamento estelar de la OMS, que se utilizó durante la pandemia de gripe aviar. El Pentágono realizó un pedido de  por valor de 58 millones de dólares para los soldados estadounidenses repartidos por todo el mundo. Como suele ocurrir, el Tamiflú se acabó retirando del mercado porque era tóxico.

(*) https://www.foreignaffairs.com/reviews/capsule-review/2004-09-01/rise-vulcans-history-bushs-war-cabinet-ghost-wars-secret-history

Uno de cada 12 palestinos de Gaza ha sido asesinado: 186.000 en total

A fecha de hoy se contabilizan casi 40.000 asesinatos cometidos en la Franja de Gaza desde la invasión israelí de octubre del año pasado, según datos del Ministerio de Salud de Gaza. Israel cuestiona las cifras, aunque los servicios de inteligencia israelíes, la ONU y la OMS las han reconocido como exactas. Estos datos están respaldados por análisis independientes, que comparan la evolución del número de muertes de personal de la Agencia de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (OOPS) con las cifras comunicadas por el Ministerio.

La recopilación de datos se está volviendo cada vez más compleja para el Ministerio de Salud de Gaza debido a la destrucción de gran parte de la infraestructura. El Ministerio ha tenido que complementar sus informes periódicos, basados ​​en muertes en sus hospitales o víctimas llevadas a los hospitales, con información de medios de comunicación fiables y personal de emergencias. Este cambio afectó inevitablemente a los datos detallados registrados anteriormente. Por lo tanto, el Ministerio de Salud de Gaza ahora informa por separado el número de cadáveres no identificados entre el número total de muertos. El 10 de mayo, el 30 por cien de las 35.091 muertes no habían sido identificadas.

Algunos medios han aprovechado el cambio, destinado a mejorar la calidad de los datos, para cuestionar su veracidad. Sin embargo, el número de muertes notificadas está en gran medida subestimado. Airwars lleva a cabo evaluaciones detalladas de los acontecimientos en la Franja de Gaza y a menudo descubre que no todos los nombres de las víctimas identificables aparecen en la lista del Ministerio.

La ONU estima que al 29 de febrero de este año, el 35 por cien de los edificios de la Franja de Gaza habían sido destruidos, por lo que el número de cuerpos aún enterrados entre los escombros es probablemente considerable, estimado en más de 10.000.

Las guerras tienen impactos indirectos en la salud, más allá del daño directo causado por las hostilidades. Incluso si la guerra terminara de inmediato, en los meses y años venideros se producirían muchas muertes indirectas por causas como enfermedades relacionadas con la reproducción, enfermedades transmisibles y enfermedades no transmisibles. Se espera que el número total de muertes sea extremadamente elevado dada la intensidad de los ataques israelíes, la destrucción de la infraestructura sanitaria, la escasez de alimentos, agua y alojamiento, la incapacidad de la población para huir a un lugar seguro y el agotamiento de la financiación de la UNRWA, una de las pocas organizaciones que siguen activas en la Franja.

En las guerras recientes, las muertes indirectas son de tres a quince veces más numerosas que las muertes directas. Aplicando una estimación prodente de cuatro muertes indirectas por cada muerte directa a las 40.000 muertes reportadas, no es poco realista estimar que hasta 186.000 muertes o más podrían atribuirse a la guerra actual en la Franja de Gaza, según la revista médica The Lancet (*).

Según la población estimada de la Franja de Gaza en 2022 (2.375.259 habitantes), eso representaría entre el 7 y el 9 por cien de la población total de Gaza. Un informe del 7 de febrero de este año estimó, si bien el número de muertes directas fue de 28.000, que sin un alto el fuego, las muertes ascenderían a entre 58.260 (sin epidemia o empeoramiento) y 85.750 (si ambas se produjeran) para el 6 de agosto de este año.

Por eso es imperativo un alto el fuego inmediato y urgente en la Franja, acompañado de medidas que permitan la distribución de suministros médicos, alimentos, agua potable y otros recursos que satisfagan las necesidades más básicas. Al mismo tiempo, es esencial cuantificar el alcance y la naturaleza del sufrimiento causado por esta guerra. Documentar la verdadera escala es crucial para garantizar la rendición de cuentas histórica y reconocer el costo total en vidas humanas.

Es también una obligación legal. Las medidas provisionales establecidas por el Tribunal Internacional de Justicia en enero de este año exigían que Israel “tomara medidas efectivas para prevenir la destrucción y garantizar la preservación de pruebas relacionadas con acusaciones de actos comprendidos en […] la Convención sobre Genocidio”.

(*) https://www.thelancet.com/pdfs/journals/lancet/PIIS0140-6736(24)01169-3.pdf

La herencia soviética en África

En febrero de 1960 se inauguró la Universidad de la Amistad de los Pueblos en Moscú. El objetivo era proporcionar a los estudiantes del Tercer Mundo una educación superior de alto nivel. Entonces nadie se preocupaba por lo que se llamaban “países subdesarrollados”, que empezaban a liberar amarras de las viejas potencias coloniales, que nada habían dejado en pie (y mucho menos universidades).

La iniciativa pasó totalmente desapercibida en los círculos occidentales, pero tuvo un éxito instantáneo. Antes de su apertura recibió cerca de 2.000 solicitudes para 500 plazas disponibles. Las ayudas proporcionadas a cada estudiante seleccionado son apreciables: una asignación mensual, alojamiento en una residencia y, sobre todo, un apoyo educativo impresionante: alrededor de 800 profesores para 4.000 estudiantes.

Los estudiantes africanos fueron tratados como príncipes. Cobraban de 80 a 150 rublos al mes, frente a los 50 a 70 de los becarios soviéticos, cuando el salario medio en Rusia era de unos 100 rublos.

A partir de marzo de 1961 la Universidad tomó el nombre de Patricio Lumumba, el Primer Ministro del Congo que había sido asesinado poco antes por los colonialistas belgas. Tras la caída de la URSS volvió a denominarse Universidad de la Amistad de los Pueblos y el año pasado recuperó el de Patricio Lumumba.

La herencia soviética en África está formada sobre todo por miles de ingenieros, agrónomos, médicos, farmacéuticos, ejecutivos administrativos y del sector privado, técnicos, profesores universitarios y de escuelas secundarias. Han contribuido y siguen contribuyendo a la construcción de los Estados africanos.

A finales de los años ochenta, los etíopes formados en la URSS representaban el 30 por cien de los puestos ejecutivos en el Ministerio de Asuntos Exteriores y casi la mitad de los ejecutivos en los ministerios económicos y las empresas públicas.

Algunos antiguos estudiantes de la URSS y el bloque del este europeo alcanzaron de hecho el nivel más alto en sus países. José Eduardo dos Santos, presidente de Angola desde 1979, estudió en la URSS de 1963 a 1969. Fue el principal dirigente de los estudiantes angoleños en la URSS y se licenció en ingeniería de petróleo y telecomunicaciones en Bakú. Fikre-Selassié Wogderess, Primer Ministro etíope de 1985 a 1987, estudió en el Instituto de Ciencias Sociales de Moscú en 1975. Alemu Abebe, Ministro de Agricultura de Etiopía, estudió medicina veterinaria en Moscú.

En Malí, varios presidentes se formaron detrás del Telón de Acero, entre ellos Alpha Oumar Konaré (1971-1975, Instituto de Historia, Universidad de Varsovia), Amadou Toumani Touré (1974-1975, Escuela Superior de Tropas Aerotransportadas en Riazán, URSS), Dioncounda Traoré (1962-1965, Facultad de Lengua Rusa de Moscú y Facultad de Mecánica y Matemáticas de la Universidad Pública de Moscú).

En el ámbito cultural, la URSS también prestó atención a la formación en las distintas profesiones cinematográficas (operadores, guionistas, directores, críticos de cine, iluminadores). La escuela de cine soviética desempeñó y sigue desempeñando un papel importante en la forma en que los africanos se representan a sí mismos y se oresentan ante el mundo. Entre los cineastas destaca el senegalés Sembene Ousmane, el maliense Souleymane Cissé y el mauritano Abderrahmane Sissako (Tomboctú), por nombrar sólo a algunos que estudiaron en la URSS, principalmente en el Instituto de Cine de Moscú (VGIK).

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