Cuando Estados Unidos bombardeó un laboratorio farmacéutico en Sudán

El año pasado murió Donald Rumsfeld, que estaba al frente del Pentágono en el momento de los atentados del 11 de setiembre de 2001. Entonces las cabezas de turco empezaron a tomar cuerpo en dos de los mejores representantes del Eje del Mal: Sadam Hussein y Bin Laden.

Pero ninguno de ellos era tan malo 20 años antes, cuando George Schultz, secretario de Estado, encargó a Rumsfeld que realizara una de esas giras discretas por Oriente Medio, de las que no aparecen en las noticias.

Saddam Hussein fue uno de los amigos que Rumsfeld visitó durante su viaje. Todavía no le habían colocado en el Eje del Mal porque estaba en guerra con Irán y a Rumsfeld no le importó entregarle lo que le pidiera, especialmente el armamento químico con el que gaseó a los kurdos.

El tiempo pasa muy rápido. En sólo 20 años a Saddam Hussein le cambiaron al bando de los enemigos y sólo entonces descubrieron que tenía armas de destrucción masiva. Empezó una guerra con 20 años de retraso.

En los ochenta, Estados Unidos (el triunvirato Reagan, Shultz, Rumsfeld) tenía otro buen amigo en Oriente Medio: Osama Bin Laden, un agente de campo de la CIA (“Tim Osman”) al que habían puesto al frente de la lucha contra los soviéticos en Afganistán (1).

Pero, lo mismo que Saddam, “Tim Osman” sólo fue un socio hasta que dejó de serlo. Al empezar la “guerra contra el terrorismo” también le cambiaron el bando. En tiempos de Bush el triunvirato (Reagan, Shultz, Rumsfeld) se había reconvertido en una pandilla de colegas de esos de toda la vida: Rumsfeld (Pentágono), Cheney (vicepresidencia) y Carlucci (CIA) con película propia (2).

Esta banda llevaba tiempo presionando para desatar una guerra en Oriente Medio. En 1997 escribieron una carta a Clinton para que declarara la guerra a Irak y, ante el poco éxito, al año siguiente empezaron los atentados contra las embajadas estadounidenses en Tanzania y Sudán. Luego le montaron el escańdalo de Monica Lewinsky.

Las presiones le obligaron a Clinton a una acción singular: el bombardeo del laboratorio farmacéutico Al Shifa en Sudán, acusado de fabricar armas químicas. Los principales medios de comunicación de todo el mundo se manifestaron como tienen por costumbre: apoyo incondicional a cualquier agresión que proceda de Estados Unidos.

El ataque, en el que dispararon 14 misiles, mató a un trabajador e hirió a otros once. Se había inaugurado un año antes y empleaba a más de 300 trabajadores, produciendo medicamentos tanto para uso humano como veterinario.

Se supo muy pronto que los pretextos invocados por Clinton y sus portavoces eran mentira y quedó acuñada la expresión “wag the dog”, que da titulo a otra película paródica a la que ya le dedicamos una entrada. En castellano se tradujo por “Cortina de humo” (3), aunque también se podría traducir muy libremente por “a otro perro con ese hueso”. En Irak no había armas de destrucción masiva y la fábrica sudanesa no elaboraba armas químicas.

Al Shifa no era una instalación militar, ni secreta. No ocultaba nada extraño. Había sido visitada por funcionarios de la Organización Mundial de la Salud y los estudiantes de la escuela local de farmacia recibían una parte de su formación en sus dependencias. Incluso los niños la visitaban como parte de sus actividades extraescolares.

El laboratorio producía antibióticos y jarabes para la malaria, así como medicamentos para la hipertensión, la diabetes, la úlcera, la tuberculosis y el reumatismo. Elaboraba la mitad del suministro del fármaco típico para la malaria, la cloroquina. Una gran parte de los medicamentos veterinarios utilizados en Sudán procedían de aquellas instalaciones. El país se enfrentó a una escasez inmediata de suministros críticos, pero los medios no contaron nada de aquello.

¿Por qué destruir un laboratorio farmacéutico en África?

¿Por qué destruir un laboratorio farmacéutico en África? Las cortinas de humo siguen en marcha. No hay mas que leer las tonteorías de la Wikipedia. La hipótesis más escabrosa asegura que su dueño real era Bin Laden, que había vivido una temporada en Sudán, bajo la protección del gobierno de Jartum.

Otros creen que el bombardeo se hizo para tapar las aventuras sexuales de Clinton con su becaria. En un país corrompido, lo inmoral eran los escarceos del Presidente con Lewinsky, no el bombardeo de un lejano país de África.

En los ochenta Sudán era el sexto mayor receptor de ayuda militar estadounidense, pero una década después la historia volvió a dar uno de esos giros insospechados que convierten a los amigos en enemigos, y a la inversa. El dinero pasó a financiar a los grupos armados del sur, mientras aislaba e imponía sanciones económicas al gobierno de Jartum.

Tras décadas de guerra, el hambre y las enfermedades eran una maldición escondida detrás de las consabidas invocaciones de las ONG humanitarias sobre la pertinaz sequía. En este contexto es en el que se produce el ataque contra Al Shifa, que vendía medicamentos a precios que representaban una media del 20 por cien de los precios de los mismos productos en el mercado internacional. Con la subvención del gobierno, el 15 por cien de los medicamentos se distribuían gratuitamente a los pobres.

Hoy Clinton dirige una fundación para defender la salud y los derechos humanos en el mundo. “Ha reunido más de 313 millones de dólares para investigar y desarrollar nuevas vacunas, medicinas y diagnósticos”, dice la CNN (4).

La destrucción de Al Shifa supuso que un país indigente gastara más dinero para importar medicamentos sustitutivos de los monpolios farmacéuticos. No existen estimaciones fiables de cuántos niños y adultos perecieron por la falta de medicamentos debido a la agresión, pero Jonathan Belke escribió en el Boston Globe que el bombardeo fue un crimen contra la humanidad.

Los más conspiranoicos creen que los instigadores de la destrucción del laboratorio sudanés fueron dos personas con intereses en la industria farmacéutica, Shultz y Rumsfeld, accionistas de la multinacional Gilead y competidores del laboratorio sudanés, que fabricaba remedios genéricos.

Desde 1997 hasta que se convirtió en Secretario de Defensa en 2001, Rumsfeld, fue presidente del consejo de administración de Gilead, que desarrolló el Tamiflú, un medicamento inservible que se vendió masivamente durante la pandemia de gripe aviar. El Pentágono gastó 58 millones de dólares en Tamiflú para las tropas estadounidenses repartidas a los largo de los cinco continentes. Pero el mayor desembolso procedió de países, como España, que compraron millones de dosis que fueron a parar directamente a la basura.

Los intentos se seguir con el engaño del Tamiflú durante la pandemia de “covid” no cuajaron. Había que repartir el pastel con otras multinacionales, como Pfizer, mientras los antivirales africanos quedaban desacreditados por los “expertos”. Fue como si el laboratorio hubiera sido bombardeado una segunda vez.

Una parte de los medicamentos que se producían en Al Shifa se exportaban a Irak, que en aquel momento estaba sometido a las sanciones de Estados Unidos. Lo autorizaba el programa de la ONU “Petróleo por alimentos”. Pero Estados Unidos está por encima de la ONU y quería transmitir un mensaje claro: de ninguna manera se puede ayudar a un enemigo de Estados Unidos.

Tras Sudán llegaría el turno de Irak, donde los pretextos seguían con un formato similar: 18 laboratorios fabricaban armas químicas, aseguró el Secretario de Estado, Colin Powell, ante la ONU. Pero si en Sudán destruyeron un laboratorio, en Irak destruyeron el país entero.

(1) http://whatreallyhappened.com/WRHARTICLES/binladen_cia.html
(2) https://www.filmaffinity.com/es/film170500.html
(3) http://www.filmaffinity.com/es/film194582.html https://mpr21.info/alienacion-cortina-de-humo-fabrica-de/
(4) https://cnnespanol.cnn.com/2016/08/24/que-es-la-fundacion-clinton-y-por-que-esta-envuelta-en-la-controversia/

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