La web más censurada en internet

Día: 23 de octubre de 2021 (página 1 de 1)

Réquiem por la muerte de un criminal de guerra: el general Colin Powell

Hace unos días murió Colin Powell, el secretario de Estado que en 2003 engañó al mundo entero con las armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein. Powell, general del ejército, falleció como consecuencia de las vacunas contra el coronavirus que le fueron administradas una semanas antes.

Era un conocido criminal de guerra que inició su ascenso militar en la Guerra de Vietnam en 1963 con el grado de capitán. Lo mismo que hoy en Siria, entonces el ejército estadounidense no estaba en Vietnam de manera oficial, así que Powell fingía ser asesor del ejército sudvietnamita.

El destacamento que capitaneaba Powell quemó las aldeas del valle de A Shau en una política conocida de “tierra quemada”. Algunos asesores estadounidenses calificaron de brutal y contraproducente esta estrategia aplicada en Vietnam, mientras que Powell la defendió, incluso en las memorias que publicó en 1995: “Mi viaje por América”.

Powell regresó a Vietnam en 1968 con el grado de comandante de Estado Mayor adscrito a la División Americal. Esta vez la ocupación militar estdounidensee ya era oficial, sin tapujos. La División Americal es la 23 de Infantería, conocida por la masacre de My Lai, en la que fueron torturados, violados y asesinados 500 civiles vetnamitas.

A finales de 1968 Powell fue ascendido al cargo de G3, es decir, jefe de operaciones de la división, saltando por encima de otro oficiales que tenían preferencia.

Un joven especialista de cuarta clase, Tom Glen, que servía en un pelotón de morteros, le escribió una carta al general Creighton Abrams, comandante de las fuerzas estadounidenses en Vietnam. Acusó a la División Americal de brutalidad sistemática hacia los civiles. La carta cayó encima de la mesa de Powell (1).

“La actitud del soldado medio hacia el pueblo vietnamita y el trato que recibe es, con demasiada frecuencia, una negación total de todo lo que nuestro país intenta conseguir en el campo de las relaciones humanas”, escribió Glen. “Lejos de contentarse con referirse a los vietnamitas como ‘sucios amarillos’ o ‘descuidados’ tanto en los hechos como en los pensamientos, demasiados soldados estadounidenses parecen ignorar su propia humanidad; y con esta actitud infligen humillaciones, tanto psicológicas como físicas, a los ciudadanos vietnamitas que sólo pueden tener un efecto debilitador en los esfuerzos por unir al pueblo en la lealtad al gobierno de Saigón, especialmente cuando tales actos se llevan a cabo a nivel de unidad y adquieren así la apariencia de una política aprobada”.

Los vietnamitas huían de los estadounidenses, relataba Glen, que “por gusto, disparan indiscriminadamente a los hogares vietnamitas y, sin provocación ni causa, disparan a la propia gente”. Los sospechosos de ser del Vietcong eran tratados con crueldad gratuita. “Llevados por emociones exacerbadas que delatan un odio repugnante, y armados con un vocabulario consistente en ‘Tú, vietcong’, los soldados ‘interrogan’ rutinariamente por medio de la tortura, que fue presentada como un hábito particular del enemigo. Las palizas violentas y la tortura con la punta de un cuchillo son formas habituales de interrogar a los prisioneros o de convencer a un sospechoso de que es, efectivamente, un vietcong”.

“Sería realmente terrible tener que creer que un soldado estadounidense que alberga tal intolerancia racial y desprecio por la justicia y los sentimientos humanos es un prototipo de todo el carácter nacional estadounidense; sin embargo, la presencia de tales soldados da credibilidad a tales creencias… Lo que se ha descrito aquí lo he visto no sólo en mi propia unidad, sino en otras con las que hemos trabajado, y me temo que esto es general. Si este es realmente el caso, es un problema que no puede pasarse por alto, pero que quizás pueda erradicarse con una aplicación más firme de los códigos del MACV (Mando de Asistencia Militar de Vietnam) y de los Convenios de Ginebra”.

La denuncia de Glen no era nueva. Otros militares también protestaron contra el trato que recibían los civiles como enemigos. La masacre de My Lai fue sólo una parte del comportamiento violento que se había convertido en rutina en la División Americal.

Powell se encargó de guardar la denuncia de Glen un el cajón, sin abrir ninguna investigación. El 13 de diciembre de 1968 redactó una respuesta. No reconoció que hubiera habido ningún tipo de delito. Afirmó que a los soldados estadounidenses en Vietnam se les había enseñado a tratar a los vietnamitas con cortesía y respeto. Las tropas americanas también habían recibido un curso de una hora sobre cómo tratar a los prisioneros de guerra según las Convenciones de Ginebra, señalaba Powell. “Puede haber casos aislados de maltrato a civiles y prisioneros de guerra”, escribió. Pero “eso no refleja en absoluto la actitud general de la División”.

En la nota Powell criticaba a Glen por no haberse quejado antes y haber sido más específico en su carta. Como buen lacayo, escrbió exactamente de lo que sus superiores querían leer. “En refutación directa de la imagen” que mostraba Glen, decía Powell, “está el hecho de que las relaciones entre los soldados estadounidenses y el pueblo vietnamita son excelentes”.

Fue necesario que un soldado de infantería, Ron Ridenhour, destapara la matanza de My Lai para reconstruir la verdad sobre las atrocidades cometidas por el ejército estadounidense en Vietnam. De vuelta a Estados Unidos, Ridenhour entrevistó a los colegas que habían participado en la masacre y redactó un informe, que remitió al Inspector General del Ejército.

Fue entonces cuando se celebraron los consejos de guerra contra los oficiales y soldados implicados en la matanza. Pero Powell había cumplido con su papel encubridor, lo que propició su ascenso en el escalafón militar. Powell siempre alegó que desconocía la masacre de My Lai porque fue anterior a su llegada a la División Americal.

En cuanto a La carta de Glen, desapareció de los archivos, aunque fue desenterrada unos años después por los periodistas británicos Michael Bilton y Kevin Sims para su libro “Four Hours in My Lai”.

En sus memorias, Powell no menciona que tapó la denuncia de Glen, e incluso incluye una justificación de la brutalidad de las tropas estadounidense contra la población. En un pasaje escalofriante, describe la práctica habitual de asesinar a civiles vietnamitas desarmados:

“Recuerdo una expresión que utilizábamos en el campo […] Si un helicóptero veía a un campesino en pijama negro que parecía un poco sospechoso, un posible MAM (2), el piloto giraba y disparaba delante de él. Si se movía, su movimiento se consideraba una prueba de intención hostil, y el siguiente asalto no era frente a él, sino sobre él. ¿Brutal? Tal vez sí. Pero un competente comandante de batallón con el que había servido en Gelnhausen [Alemania Occidental], el teniente coronel Walter Pritchard, fue asesinado por un francotirador enemigo mientras observaba a los MAM (2) desde un helicóptero. Y Pritchard era sólo uno de los muchos. La naturaleza del combate, matar o morir, tiende a embotar la percepción del bien y el mal”.

Los “combates” a los que se refiere Powell consisten en acribillar a civiles desarmados o, en otras palabras, son crímenes de guerra.

(*) https://consortiumnews.com/2018/03/17/behind-colin-powells-legend-my-lai/
(**) MAM: jerga militar estadounidense para nombrar a los civiles adultos o en edad militar, que se asimilan a guerrilleros camuflados

Más información:
— La masacre de My Lai: símbolo de los crímenes imperalistas en Vietnam
— 50 años de la gran matanza de Estados Unidos en My Lai durante la Guerra de Vietnam
— My Lai

Una base militar de Estados Unidos en Siria queda bloqueada por la guerra electrónica

La base militar de Estados Unidos en Al-Tanf, en la encrucijada de Siria con Irak y Jordania, ha quedado bloqueada por un dispositivo de guerra electrónica.

Las provocaciones de Estados Unidos contra los militares rusos y sirios, así como la agresión contra las formaciones iraníes y pro-iraníes en el territorio de la República Árabe, han dado lugar al bloqueo de dicha base militar.

En la zona de la base están interferidas casi todas las estaciones de radar, los sistemas de defensa aérea, las comunicaciones por satélite y el sistema de posicionamiento por GPS.

A juzgar por la zona afectada por esta interferencia, se trata de un sistema de guerra electrónica bastante potente. El radio de la “zona muerta” es de unos 120-150 kilómetros y afecta no sólo al territorio de Siria, sino también a los de las vecinas Jordania e Irak.

En la zona se han interrupido las comunicaciones móviles y por satélite. Al mismo tiempo, las instalaciones de GPS y una serie de sistemas electrónicos directamente relacionados con el intercambio de información con los satélites, no funcionan.

Así lo demuestra, entre otras cosas, la imposibilidad de rastrear aeronaves que sobrevuelan la zona.

El uso de contramedidas electrónicas crea obstáculos muy serios para Estados Unidos y varios otros países en el uso de drones y cazas F-35, que necesariamente deben mantener la comunicación con varias naves espaciales.

Desde la base de Al-Tanf el ejército de Estados Unidos dirige la actividad de las organizaciones yihadists que operan en Siria e Irak.

En Italia el coronavirus ha matado mucho menos que una simple gripe

En Italia el coronavirus ha matado mucho menos que una simple gripe, según el último informe oficial del ISS (Instituto Superior de Sanidad) sobre la mortalidad por covid que no se actualizaba desde julio.

El diario Il Tempo ha analizado las estadísticas de mortalidad publicadas por el INS (1). Los datos ponen de manifiesto la diferencia entre la “muerte por covid“ y la “muerte con covid”. La mayoría de las muertes ocurridas durante los dos últimos años de restricciones y privaciones se debieron principalmente al estado previo de los pacientes tuvierean o no tuvieran covid.

Sólo el 2,9 por cien de las muertes registradas desde finales de febrero de 2020 se cree que se deben al covid-19. De las 130.468 muertes registradas por las estadísticas oficiales en el momento de la elaboración del nuevo informe, sólo 3.783 se deberían al poder del propio virus.

Todos los demás italianos que murieron tenían entre una y cinco enfermedades que, según el SSI, les dejaban pocas esperanzas. Incluso el 67,7 por cien habría tenido más de tres enfermedades contemporáneas juntas, y el 18 por ciento al menos dos juntas.

El 65,8 por ciento de los italianos fallecidos tras infectarse con covid tenían la presión arterial alta. El 23,5 por ciento también sufría demencia, el 29,3 por ciento añadía la diabetes a sus dolencias, el 24,8 por ciento también tenía fibrilación auricular. El 17,4 por ciento ya tenía los pulmones afectados. El 16,3 por ciento había tenido cáncer en los últimos 5 años. El 15,7 por ciento padecía insuficiencia cardíaca. Más de uno de cada diez era obeso. Más de uno de cada diez había sufrido un ictus, y otros, aunque en menor proporción, tenían problemas hepáticos graves, diálisis y enfermedades autoinmunes.

Como la incidencia del covid en el total de fallecidos es inferior al 3 por ciento, “no se explica el alarmismo que ha llevado a una determinada línea política a impulsar con tanta insistencia la vacuna y las restricciones consideradas como prerrogativa para salir de la emergencia sanitaria”, comenta el diario Il Giornale d’Italia (2).

Las cifras no justifican el confinamiento, ni las restricciones, ni la campaña de vacunación, ni la obligatoriedad del pasaporte sanitario.

El ISS no había publicado ninguna actualización desde julio y los últimos acontecimientos sugieren el motivo. Justificar casi 24 meses de restricciones y un impulso draconiano hacia la exigencia de vacunas con un 2,9 por ciento es vergonzoso, dice el periódico.

“Es precisamente en el alarmismo sobre las muertes, y no sólo sobre los contagios, en lo que se han basado las autoridades para tomar decisiones que, en ocasiones, han llevado a la privación de la libertad individual”, añade. Muchas de ellas siguen vigentes hoy en día.

“Si la situación parece así menos alarmante de lo que a veces se describe, ¿cómo se pueden justificar las restricciones aún vigentes?”, se pregunta el periódico. “Para decirlo como Shakespeare, en muchos casos, en detrimento de la libertad de muchos, y contando con el destino (aunque trágico) de unos pocos, se ha hecho mucho ruido y pocas nueces”.

Como venimos diciendo aquí desde el comienzo de la pandemia, los toques de queda y las restricciones no se justifican con ningún dato sanitario. Son medidas políticas, económicas y sociales exclusivamente.

(1) https://www.iltempo.it/attualita/2021/10/21/news/rapporto-iss-morti-covid-malattie-patologie-come-influenza-pandemia-disastro-mortalita-bechis-29134543/
(2) https://www.ilgiornaleditalia.it/news/salute/302848/covid-l-ultimo-rapporto-dell-iss-fa-luce-sui-discutibili-allarmismi-i-morti-di-covid-sono-una-minoranza.html

Fascistas, negacionistas y antivacunas

Recientemente en Francia se produjo un acontecimiento que marca los ejes políticos sobre los que se ha construido la pandemia desde el primer minuto. El Partido Socialista presentó un proyecto de ley en el Senado para imponer la vacunación obligatoria en el país galo. Sólo votaron a favor sus propios senadores, por lo que el proyecto no fue aprobado… afortunadamente.

Los reformistas han sido la columna vertebral de las medidas de represión política que han venido adoptando las potencias capitalistas en sus propios países y en el mundo entero. Tras ellos han desfilado la corte de colectivos y medios políticos, sindicales y sociales que alardean de ser alternativos, antisistema e incluso “revolucionarios”, lo cual significa que estos últimos no son más que el brazo largo de los anteriores, es decir, que carecen de una política propia.

No obstante, a medida que con el tiempo los agujeros de la pandemia van saliendo a la luz, dichos colectivos se callan la boca, esperando que todo pase y quede convenientemente enterrado. Otros empiezan a asomar la oreja. Por ejemplo, el sindicato de enfermería SATSE coloca carteles en los hospitales donde se puede leer que para vacunar es necesaria la prescripción médica.

Lo dicen ahora, cuando ya han vacunado al 85 por ciento de los adultos, suponemos que sin la correspondiente prescripción médica, es decir, de manera ilegal, por lo que se mantiene el mismo tono desde el primer estado de alarma, que también fue ilegal.

Es la gran paradoja. Vivimos en un país donde las instituciones públicas se llenan la boca con el respeto a la ley… excepto cuando la ley no le interesa a nadie. En tal caso, no pasa nada. Da lo mismo y seguimos adelante con restricciones, mascarillas y vacunas. “Hicimos lo que teníamos que hacer”, dicen.

Nadie ha exigido responsabilidades al gobierno que impuso a toda la población una medida ilegal, ni a los gobiernos autonómicos, ni a los partidos que votaron a favor de las restricciones, porque llevamos un año y medio escuchando un único mensaje uniforme, sin fisuras por parte de nadie y eso siempre da una sensación de impunidad, de que “todo vale”, lo legal y lo ilegal.

Si al SATSE se le ha ocurrido ahora colocar un cartel disonante es porque le ven las orejas al lobo: en la medida en que las vacunas se están convirtiendo en una carnicería, con consecuencias lesivas que se prolongarán a lo largo del tiempo, van a aparecer cada vez más exigencias de responsabilidades por parte de las víctimas de la vacunación, que van a alcanzar a todos, empezando por los más inmediatos: los médicos y el personal sanitario.

La historia no olvida este tipo de responsabilidades, por más que, como en el caso de la colza, transcurran 40 años. Del mismo modo, en lo sucesivo y durante décadas, todas y cada una de las medidas políticas y sanitarias serán juzgadas muy severamente en todos los terrenos: político, médico y científico. Con ellas serán juzgados los colectivos y los medios que las han amparado o que se han callado.

Que a nadie le quepa ninguna duda: la mierda va a seguir saliendo, el torrente será cada vez mayor y dará lugar a enconadas controversias que van a dejar malparados, no sólo a los autores, sino también a los cómplices y encubridores, como se dice en el lenguaje jurídico, que afectará muy especialmente a los reformistas y a quienes les hacen el juego con una empalagosa retórica seudorrevolucionaria.

Como ocurrió durante la transición, la demagogia de la izquierda domesticada ha querido esconder sus propias responsabilidades atribuyendo etiquetas políticas a las diversas corrientes críticas hacia la pandemia, las restricciones o las vacunas, especialmente la de que no hay alternativa al mensaje dominante… excepto que se trata de la “extrema derecha” o que le hacen el juego.

Es justamente al revés: desde el gobierno, el reformismo ha pretendido arrojar a los críticos a los brazos de la reacción. El cambio de signo se ha producido cuando se han dado cuenta de que hay muchos más críticos de los que suponían y que en el futuro el número va a seguir aumentando.

A pesar de una campaña feroz de desprecio, el movimiento crítico con la pandemia no ha hecho más que crecer y acabará organizándose, por encima de su carácter heterogéneo porque, en efecto, la primera mentira empezó cuando le atribuyeron una naturaleza compacta de la que carece. Tanto desde el punto de vista político, como científico y médico, los críticos son una amalgama.

Pero es verdad, y a nadie le puede caber ninguna duda de que hay muchos reaccionarios y fascistas dentro de ese movimiento que intentan pescar en río revuelto, sobre todo aprovechando un gobierno, como el actual, del PSOE y Podemos. Es un terreno intimidante. Muchos empiezan a intuir que algo huele mal, pero no quieren ser tachados de “negacionistas” y se guardan sus reservas para que sean otros los que den la cara.

Hasta ahora la oposición a la pandemia ha sido diversa porque su origen es doctrinal y hay decenas de corrientes en materia de salud pública que llevan décadas estudiando este tipo de fenómenos, naturalmente silenciadas, cuando no aborrecidas.

El panorama cambiará en cuanto se formen colectivos de afectados por las vacunas, es decir, cuando ya no haya ningún remedio, salvo el de protestar, el de que indemnicen a las víctimas y atiendan sus lesiones, porque una vacunación indiscriminada de las proporciones que estamos conociendo, además de cadáveres, va a crear una sociedad de enfermos, de personas dependientes, necesitadas de un fármaco que les cure el daño que les ha causado el anterior.

Cuando ese momento llegue, el escenario se llenará de plañideras que se subirán al carro de los damnificados y sujetarán una pancarta en la calle. Entonces no podrán decir que son fascistas, negacionistas o antivacunas. Pero habrá que recordarles que no hicieron nada cuando podían hacerlo y que deben tomar nota para las sucesivas pandemias que nos aguardan.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies