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Día: 20 de septiembre de 2021 (página 1 de 1)

Pfizer retira de la venta sus pastillas para dejar de fumar porque provocan cáncer

Es peor el remedio que la enfermedad. Pfizer ha retirado todos los lotes de su tratamiento antitabaco, Champix, debido a los altos niveles de agentes cancerígenos llamados nitrosaminas en las pastillas.

La empresa farmacéutica interrumpió la distribución del medicamento en junio, y ya ha retirado varios lotes del mismo hasta ahora.

En un comunicado, Pfizer pidió a los mayoristas y distribuidores que dejaran de utilizar y distribuir los comprimidos inmediatamente (*).

La empresa dijo que no había riesgo inmediato para los pacientes que toman Chantix, pero les aconsejó que consultaran con su proveedor de atención médica para comprobar la disponibilidad de tratamientos alternativos.

En 2019 la multinacional consiguió que la seguridad social financiara su medicamento.

Champix, llamado Chantix en Estados Unidos, fue aprobado por la FDA en mayo de 2006 como medicamento de venta con receta para ayudar a los adultos mayores de 18 años a dejar de fumar y suele utilizarse durante 12 a 24 semanas.

La retirada llega tras una fuerte campaña de las multinacionales farmacéuticas contra el vapeo, que trataron de sustituir por sus propios remedios.

(*) https://cdn.pfizer.com/pfizercom/2021-09/Press-Release-Chantix-All-Lots-16SEP21.pdf

La campaña de vacunación es una campaña publicitaria como otra cualquiera

En una sociedad capitalista sólo se vende y sólo tiene salida en los mercados aquello que se promociona. Las vacunas, como cualquier otra mercancía, las han vendido las grandes empresas mundiales de publicidad, subcontratadas por los gobiernos para fabricar una “imagen de marca” con ayuda de “expertos” y periodistas.

Las empresas publicitarias, como las farmacéuticas, son empresas privadas, que llenan sus bolsillos con adjudicaciones, licitaciones y dinero público, en definitiva. California, por ejemplo, subcontrató la distribución de vacunas a la empresa Blue Shield, una compañía de seguros de salud, por 15 millones de dólares, más otros 13 millones de dólares para la multinacional McKinsey, uno de los grandes gigantes mundiales de la publicidad.

Lo mismo hicieron otros 25 estados. “La campaña de vacunación estadounidense llegó a depender de gigantes mundiales como McKinsey y Boston Consulting Group”, concluye el Washington Post (*), lo cual es muy extraño: la logística de las vacunas se encomendó a empresas publicitarias que nada tienen que ver con ello, porque lo importante no era el transporte ni la inoculación sino el lavado de cerebro publicitario o, como dice el periódico, “generar confianza” en las vacunas.

Otra empresa publicitaria Deloitte, trabajó en 10 estados. Boston Consulting Group recibió millones de dólares del gobierno federal para coordinar la planificación de las vacunas, además de otros 11 estados que también contrataron a la misma empresa, en algunos casos pagándole para que resolviera las deficiencias de la planificación federal.

No tiene nada que ver con “salvar vidas”. Se venden vacunas como se venden candidatos a las elecciones. Algunos contratistas publicitarios contribuyeron a las campañas electorales y a los proyectos de los políticos electos que luego se convirtieron en clientes, lo que ha provocado acusaciones de favoritismo, y… un favor se paga con otro. Por ejemplo, el gobernador de California, Gavin Newsom, subcontrató a Blue Shield porque es su cajero, el holding que financia sus campañas políticas.

Además de la publicidad, los gobiernos también subcontrataron el rastreo de contactos, por lo que dependan cada vez más de las empresas privadas para salvaguardar la salud pública. Las empresas, no sólo las farmacéutcas, están deseando que haya nuevas pandemias y enfermedades para volver a firmar más contratos.

Por 4,9 millones de dólares, los CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades) también encargaron a Boston Consulting Group la planificación de la distribución y administración de vacunas, según un contrato firmado con la empresa en septiembre del año pasado y ampliado este marzo por otros 4,7 millones de dólares.

Desde que comenzó la pandemia, Boston Consulting Group ha obtenido contratos con el Departamento de Salud y Servicios Humanos, la agencia matriz de los CDC, por valor de más de 165 millones de dólares.

Las empresas consultoras carecen de experiencia en logística y vacunación y ahora los medios se lamentan de que no cumplieron sus compromisos. Nadie sabe cuáles fueron esos compromisos, por la opacidad de las cláusulas. Las empresas realizaban servicios rudimentarios, como tomar notas durante las llamadas entre los estados y los CDC, y luego organizar esa información en diapositivas para las presentaciones promocionales.

No fueron los médicos, sino Boston Consulting Group, quien convocó a la burocracia sanitaria de siete estados del noreste para discutir políticas que iban desde la inmunización de personas de fuera del estado, hasta la aceleración de las inoculaciones en los asilos de ancianos.

Ha sido una privatización encubierta. Los recortes en los presupuestos en sanidad acabaron en contratos millonarios de publicidad con empresas privadas. Debido a la falta de fondos públicos para la sanidad, Pensilvania contrató a Boston Consulting Group por casi 13 millones de dólares porque su sistema de salud era incapaz de vacunar a la población masivamente.

Ohio recurrió a McKinsey, firmando un contrato de 6 millones de dólares que posteriormente se amplió por otros 2,6 millones para vender la moto de las vacunas a los medios de comunicación.

Los estados que no subcontrataron la vacunación a empresas privadas fueron los que más dinero gastan en salud. Vermont, el primer estado en suministrar una dosis al 80 por ciento de los residentes, no contrató consultores. Tampoco lo hizo Colorado, el estado con mejores resultados en las Montañas Rocosas, ni Nuevo México, en el suroeste. Estos estados gastan más per cápita en salud pública que Pensilvania u Ohio.

(*) https://www.washingtonpost.com/health/2021/08/22/private-consultants-vaccination-drive-outsourced/

De ratones y mujeres

Tengo una amiga con un ratón en casa. No es que haya acudido a mí histérica y me lo haya confesado pidiéndome solución rápida por ser yo defensor de los animales, ni por tanto pretende con ello que le solucione el «problema». Porque no hay tal. El roedor vive en su casa desde hace algo más de un año; emprende sus correrías cuando toca y se abastece de lo que pilla cuando procede. ¿Cómo consiguió el pequeño entrar en la vivienda de mi amiga?, se preguntarán ustedes. (Y si no lo hacen es lo mismo, porque lo voy a contar de igual manera). Pues por la puerta, el sitio más lógico incluso para un ratón. O no tanto. En realidad, nuestro amigo ingresó en su nuevo hogar en estado de semiinconsciencia, tendido cuan largo era sobre el fondo de una caja de zapatos, cubículo perfecto para su traslado desde la calle, donde no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, menos si tenemos en cuenta que acababa de ser rescatado de las fauces de un gato callejero, quien, quizá sin mala intención, dio rienda suelta por un momento a su ancestral instinto. (Nadie le culpa por ello).

Imagino que durante los primeros días le invadiría el desconcierto ―al ratón, digo―, pero enseguida pareció amoldarse con pasmosa naturalidad a su nuevo hábitat. Bien es cierto que a ello ayudó el hecho de que mi amiga le procurase desde el inicio el condumio necesario en cantidad suficiente, y él lo agradece no dejando ni rastro de los presentes. Mi amiga no lo ve con frecuencia, pues es sabido que los ratones son grandes amantes de la discreción, pero escucha a diario sus patitas cuando al anochecer él despierta y se dispone a iniciar su particular jornada. Sabe que le espera su platito de cereales ―de los del desayuno de humanos, de marca, pues a lo bueno se acostumbra uno enseguida―, mas no es ésa su comida favorita, pues tal honor se lo lleva la harina integral: pasión es lo que tiene por ella. Porque en casa de mi amiga se hace pan a diario, con productos naturales y sin conservantes, con lo que es fácil adivinar de dónde le viene al muy pendenciero la salud de hierro de la que parece gozar hasta la fecha, por cuanto conviene aportar como dato adicional que nuestro protagonista pasó en pocas semanas de esmirriado a rollizo.

Durante meses el ratoncito confió en sus anfitriones, dado que estos nunca mostraron hacia él el menor atisbo de agresividad. Pero todo cambió el día en que trataron de capturarlo con el loable deseo de ofrecerle la libertad en el campo. El susto que se llevó el pequeñajo al verse acorralado en el pasillo por la pareja de grandullones hizo que a partir de entonces perdiera toda fe en los humanos, lo que en cierta forma refuerza la tesis de que los animales ―ratones incluidos― poseen una inteligencia bastante mayor que la que nuestro antropocentrismo les atribuye.

No será la primera vez que una visita advierte de repente la presencia del enano y pega un brinco en la silla, situación que mi amiga trata de reconducir con un lacónico “no te preocupes, es de casa”. La visita despeja entonces las exiguas dudas que albergaba sobre el equilibrio emocional de la dueña: piensa que está loca. Y algo de ello debe de haber, pues en una sociedad que masacra a inocentes animales en masa por los motivos más triviales, adoptar a un ratón como refugiado necesariamente tiene que suponer por fuerza algún tipo de síndrome ético no diagnosticado hasta la fecha.

A mi amiga le horroriza pensar que alguien pueda enterarse de su secreto fuera de su círculo más íntimo, y de hecho yo no creo estar desvelándolo si la mantengo a ella en el anonimato. A veces me cuenta entre cómplice y emocionada detalles de su convivencia diaria con un ser que tiene sus horarios, sus preferencias, e incluso sus manías. Me hace partícipe de su particular experiencia: compartir piso con un pequeño duende que con toda seguridad envejecerá con dignidad, a buen recaudo de los monstruos humanos que hemos endosado a los roedores la poco amigable etiqueta de “plaga a exterminar”, como si nosotros no fuéramos de hecho la peste más destructiva que el mundo haya conocido. Él acabará sus días sin haber sentido nunca los insoportables retortijones del veneno, sin haber sido perseguido por una horda de jovencitos con aviesas intenciones, sin haberse visto en la necesidad de vivir exiliado en el permanente destierro de las alcantarillas. Él es un ratón feliz, o al menos todo lo razonablemente feliz que pueda ser un ratón. Porque los ratones sienten, créanme. Eligen entre diferentes posibilidades si se les da la oportunidad. Y ―¿sorpresa?― optan por aquello que les ofrece sensaciones agradables, al tiempo que rechazan el dolor. Ser ratón no implica necesariamente ser imbécil, como ya habrán adivinado.

Apuesto a que pocos de ustedes conocen una historia como la de mi amiga y su ratón. Y de conocerla, hay muchos boletos para que esté protagonizada por una mujer. Porque es este un apartado especialmente significativo para quienes hemos estudiado en algún grado el fenómeno de nuestro comportamiento con los animales. Tal vez sea una chaladura de las mías, pero me dio por pensar que las mujeres han acabado desarrollando una especial empatía hacia los más débiles: las víctimas humanas y animales. Si algo de eso hay, tengo pocas dudas de que tal virtud les viene dada por conocer bien lo que significa ser pateada, golpeada, expulsada de casa; conocer lo que es verte sin hijos y sin futuro, ser paria entre las parias. Son muchos siglos de estigma de mujer, y eso pesa como una cruz de cemento. Pero sobre todo lo saben por la experiencia ancestral de haber cuidado de la prole, adquiriendo la habilidad de dar la teta al bebé, hacer la comida y mantener la choza en condiciones razonablemente dignas. Otro día hablamos de las habilidades masculinas, que también las hay. Pero hoy tocan las chicas.

Recuerdo haber asistido como público a una conferencia del cineasta Juanma Bajo Ulloa en Barcelona, hace de esto ya unos cuantos años. Confesaba Juanma en un momento dado que en las fiestas brutas de los pueblos donde se martirizan animales él solo veía hombres, que las gradas de las plazas de toros estaban ocupadas fundamentalmente por hombres, que quienes cazan animales por diversión son hombres en su práctica totalidad… y que en aquella sala veía sobre todo mujeres. Podría pensarse que el bueno de Juanma recurría por la siempre fructífera corrección política el aplauso fácil de la audiencia. Apenas le conozco en lo personal (cumplimos con el preceptivo interés mutuo por el otro al cruzarnos en el barrio), pero seguro estoy de que lo decía con absoluto convencimiento, y de que era su corazón quien hablaba por él.

Una epidemia de despidos, ERTE y liquidación de los derechos de los trabajadores

Todas y cada una de las medidas adoptadas por el gobierno del PSOE y Podemos con el pretexto de la pandemia son ilegales, e incluso contrarias a las libertades fundamentales reconocidas por el derecho internacional. La llamada “crisis sanitaria” ha servido para dar un Golpe de Estado en la mayor parte de los países, que ha llegado a alcanzar cotas aberrantes.

Por si eso no fuera suficiente, los aparatos represivos han aprovechado las medidas excepcionales para iniciar auténticas cacerías, lo que ha conducido al caos y a un fraude generalizado, cuyas víctimas han sido los trabajadores, que padecieron despidos y ERTE en sus empresas. A finales del mes pasado, casi 300.000 trabajadores seguían sometidos a los ERTE.

La Inspección de Trabajo ha detectado fraude en uno de cada seis ERTE que ha analizado, un total de más de 5.000 infracciones que han supuesto sanciones por valor de 26 millones de euros.

Los fraudes consistían en mantener la empresa activa, a pesar de estar sumida en un ERTE de suspensión, o trabajar más horas de las establecidas.

Esta semana el Tribunal Supremo abre un proceso por el fraude de algunos de dichos ERTE, que afectan a Ryanair y ArcelorMittal, que la Audiencia Nacional ya declaró ilegales, junto con los despidos masivos de Zener Plus. El juicio afecta a más de 8.000 trabajadores y la Fiscalía ha pedido que acuerde la nulidad.

En abril del año pasado la siderúrgica ArcelorMittal impuso un ERTE para más de 8.000 trabajadores en lo que la Audiencia Nacional definió como un uso “torticero” de las normas de emergencia en materia laboral en una empresa cuyo ERTE había comenzado en 2009.

En octubre del año pasado la Audiencia Nacional también declaró fraudulento el ERTE de Ryanair, que afectaba a más de 200 trabajadores. La aerolínea había incluido de forma fraudulenta a más de 180 trabajadores de Canarias despedidos en un ERE que también había sido anulado por los tribunales. La empresa los readmitió sólo para poder incluirles en el nuevo ERTE pandémico y de esa manera trató de eludir el abono de los salarios de tramitación.

El año pasado la empresa Zener afrontó un total de 65 despidos, casi una tercera parte de la plantilla, entre contratos temporales, despidos disciplinarios y trabajadores despedidos tras el periodo de prueba, que los tribunales declararon nulos… Todos y cada uno de ellos en todas y cada una de las modalidades que utilizó la empresa.

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