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Día: 25 de agosto de 2021 (página 1 de 1)

Los colaboradores de la ocupación militar de Afganistán quieren abandonar el país lo más rápidamente posible

La evacuación del aeropuerto de Kabul parece uno de esos “desastres humanitarios” que tanto gustan a las televisiones para explotar las lágrimas del espectador.

No hay ni una palabra sobre el fracaso político y militar de Estados Unidos y la OTAN.

En Afganistán llegaron a estar presentes casi 130.000 mercenarios de Estados Unidos en 2012, imprescindibles para ocupar el país militarmente. En el momento de la evacuación aún quedaban 17.000 en nómina de empresas privadas que complementan la tarea del ejército estadounidense.

En otras palabras, en Afganistán había más mercenarios que soldados regulares. De ellos, 6.147 son estadounidenses, 6.399 son de otros países y 4.286 son afganos. Oficialmente 2.856 estaban a cargo de la “seguridad”, de los que 1.520 portaban armas.

Un mes después del acuerdo de Doha entre Estados Unidos y los talibanes, el número de mercenarios ya había descendido un 40 por ciento.

Además de los 17.000 mercenarios había unos 1.000 contratistas que realizaban misiones encubiertas en nombre de la CIA y otras instituciones públicas estadounidenses. Pero la proporción era entonces de casi seis contratistas privados por cada soldado regular.

Durante esos años, los contratistas se encargaron de asegurar los objetivos sensibles de los aviones y ejércitos de ocupación. A menudo eran el objetivo de la acción militar de los talibanes.

En muchos casos, participaron en operaciones encubiertas a fin de que los resultados negativos se les atribuyeran a ellos y no a las tropas regulares de los distintos Estados de la OTAN que participaron en la ocupación militar.

Estas personas son las que el puente aéreo “humanitario” intenta sacar de Afganistán, aunque las imágenes de los canales de televisión muestran sólo a las mujeres y los niños, familiares de los mercenarios y colaboradores de los ejércitos de la OTAN.

Las noticias prefieren hablar de “intérpretes”, que son imprescindibles en una guerra que ha durado 20 años. En un país ocupado el intérprete es el que habla y hace hablar a la población sometida. Interroga y mediante el fusil exige una respuesta que, a menudo, se convierte en una delación, una detención o una ejecución.

Es lógico que los colaboradores y los “intérpretes” quieran abandonar el país lo más rápido posible. ¿No saben que Roma no paga a los traidores?

Las guerras son como las pandemias: si no existen, hay que inventarlas porque el maná del dinero no puede parar

La salida de las tropas estadounidenses de Afganistán se lamenta o se celebra como una derrota. Esa es la parte política y militar de la cuestión. Pero hay otra parte, que es la económica y se mide por las cuentas de resultados. Esta parte es cada vez más importante porque los ejércitos cada vez están más privatizados, sobre todo el de Estados Unidos, y los traficantes de armas tienen un peso creciente en las políticas de guerra.

En ese sentido la Guerra de Afganistán ha sido una gran victoria: 2,2 billones de dólares de los contribuyentes han pasado de los presupuestos públicos a los bolsillos privados durante más de 20 años de guerra.

A los dirigentes del Pentágono les han acusado de carecer de una estrategia militar, lo cual es verdad. Sin una estrategia no se puede triunfar en una guerra. Ahora bien, si se han producido combates en Afganistán durante 20 años no ha sido sólo para vencer sino también para mantener el flujo del dinero.

Cada vez que el ejército estadounidense se retira de un campo de batalla en el extranjero, en Estados Unidos los medios auguran que los gigantescos presupuestos militares se reducirán. Pero nunca ha ocurrido nada parecido. Cuando cayó la URSS, el presupuesto del Pentágono apenas lo notó porque crece a un ritmo constante del 5 por ciento anual. Pase lo que pase. Cada vez que la cifra se reduce, en los medios aparece una nueva “amenaza” capaz de volverla a aumentar porque las guerras son como las pandemias: si no existen, hay que inventarlas.

El negocio de la industria de guerra estadounidense no consiste en vender armas, sino en vender costes. Dado que los beneficios de las empresas son un porcentaje del coste, cuanto más suban de precio los programas para los que estaban contratados, mayor será el beneficio.

Entre 2008 y 2018, al menos 380 funcionarios de alto rango del Pentágono y oficiales militares se pasaron a los grupos de presión, o a los consejos de adminisración, o se convirtieron en contratistas de defensa. James Mattis, por ejemplo, se jubiló como general de cuatro estrellas, pasó al consejo de administración del principal contratista de defensa, General Dynamics, donde estuvo tres años, llevándose al bolsillo 900.000 dólares. Luego pasó otros dos años como secretario de Defensa de Trump, antes de volver al consejo de General Dynamics.

Hoy la “amenaza” que garantiza el mantemiento del gasto militar es China y en marzo el almirante John C. Aquilino, Comandante del Mando Indo-Pacífico, se refirió a una posible invasión de Taiwán en un futuro próximo. La Armada estadounidense se ha tenido que inventar la Iniciativa de Disuasión del Pacífico para seguir manteniendo el flujo del dinero: 27.000 millones de dólares asegurados para los próximos cinco años.

En julio el Pentágono regaló 37 helicópteros UH-60 al ejército afgano cada uno de los cuales cuesta unos 12 millones de dólares. En total, el regalo de despedida ascendía a 450 millones de dólares, que se sumaban a los 3.300 millones de dólares ya presupuestados para apoyar al ejército afgano durante el próximo año.

La factura de las dos décadas de guerra es de 2,26 billones de dólares, que han caído en los bolsillos de empresas como Lockheed Martin, fabricante de los helicópteros Sikorsky. Los aviones se unen a los 53 UH-60 ya enviados a Asia central en los últimos años.

La mayor parte es chatarra. Pocos de ellos pueden seguir volando, ya que los mecánicos afganos no son capaces de mantener unas máquinas tan complejas. El trabajo lo realizan contratistas estadounidenses muy bien pagados.

Los afganos eran bastante capaces de manejar los helicópteros que habían pilotado antes: el MI-17 ruso, un aparato sencillo y robusto en el que los pilotos y mecánicos locales tenían décadas de experiencia. También tenía la ventaja de poder operar en las partes más altas del país montañoso, algo que el UH-60, deficiente en altitud, es incapaz de hacer.

Durante unos años, el ejército estadounidense compró helicópteros rusos revisados por 4,5 millones de dólares cada uno (como máximo) para pasárselos a los afganos, pero el trato se torció cuando el coronel del ejército a cargo del programa, Norbert Vergez, hizo tratos corruptos con elementos siniestros en Rusia para subir el precio. Vergez se declaró culpable de conflicto de intereses y recibió una ondena simbólica, y el ejército aprovechó para transferir el contrato a Sikorsky/Lockheed.

Los afganos se vieron así obligados a cambiar un arma útil por otra que resultó ser efectivamente inútil. Las tropas estadounidenses, incluso cuando huyeron en medio de la noche de su enorme base de Bagram, no abandonaron descuidadamente el armamento y equipo a quien pudiera necesitarlo. Si dejaron cientos de camiones e porque se llevaron las llaves.

En 2012 el Congreso de Estados Unidos creó una oficina para frenar el despilfarro militar en Afganistán que ha redactado vistosos informes anuales sin ningún efecto práctico. El despilfarro de fondos asociado a la guerra ha sido impresionante.

El Pentágono compró para los afganos 20 aviones bimotor G-222 italianos para el transporte por un coste de 500 millones de dólares. Eran buenos aparatos, pero no podían volar en Afganistán por la altitud y el clima. Tampoco pudieron entrenar a los afganos para que los pilotaran, por lo que los abandonaron inmediatamente después de comprarlos.

Con el paso de los años, el Pentágono comenzó a destinar discretamente su presupuesto de guerra hacia otros destinos, como la financiación de nuevos programas de armamento. El año pasado el desvío de fondos se hizo oficial. La solicitud de dinero para ese año reconocía que 98.000 millones de dólares se destinaban a gastos rutinarios, no a ninguna batalla en el extranjero.

—Andrew Cockburn https://spectatorworld.com/topic/pentagon-rich-afghanistan-military-budget/

Argelia rompe relaciones diplomáticas con Marruecos (al otro lado del Estrecho la guerra está cada vez más cerca)

Como informamos ayer, Argelia había advertido de su intención de “revisar” sus relaciones con Marruecos, y durante una conferencia de prensa celebrada a última hora de la tarde, el ministro argelino de Asuntos Exteriores, Ramtane Lamamra, anunció oficialmente la ruptura de relaciones diplomáticas con el vecino.

Argelia apunta al gobierno marroquí como responsable último de los incendios que asolaron parte del país del MAK (Movimiento por la Autonomía de Kabilya), apoyado por Marruecos y la entidad sionista.

Las relaciones diplomáticas entre Rabat y Tel Aviv se han “normalizado”, dicen los medios en su típico lenguaje vacío. Dicho más claramente, como el gobierno argelino se ha ido acercando cada vez más a Irán, Estados Unidos ha puesto a su peón marroquí en manos de Israel, lo que ha tensado la cuerda de las contradicciones.

En la rueda de prensa Lamamra deploró la admisión de Israel como miembro observador de la Unión Africana, mientras que “todos los Estados norteafricanos […] se oponían a la decisión”, excepto Marruecos.

“No puedo predecir lo que sucederá en el futuro, pero espero que las razones despierten”, continuó el responsable de la diplomacia argelina, añadiendo no obstante que ”los consulados continuarán su trabajo [y que] la ruptura de relaciones no afectará a los argelinos que residen en Marruecos ni a los marroquíes que residen en Argelia”.

La situación ya era muy tensa entre Argel y Rabat desde hace varios años, y especialmente desde que el Frente Polisario, asentado en territorio argelino, anunció en noviembre del año pasado la ruptura del alto el fuego y la reanudación de las hostilidades con Marruecos.

Aparte del comercio, que continuó, las relaciones políticas, diplomáticas y de seguridad entre los dos vecinos llevaban mucho tiempo en un estado de casi muerte cerebral. En cuanto a las fronteras terrestres, llevan 27 años cerradas.

Sobre el otro lado del Estrecho no sólo pesan la maraña de contradicciones de Oriente Medio, sino también las del Sahel, donde la escala de la guerra ya no se puede disimular, lo mismo que en el Sáhara.

La guerra está servida; sólo es cuestión de tiempo.

Australia demuestra que la pesadilla de la ‘nueva normalidad’ no se acabará nunca… si no luchamos

Australia padece el más brutal ataque a los derechos y libertades fundamentales que ha conocido desde su nacimiento como Estado independiente. Es una sociedad fantasmal. No hay bodas. No hay servicios religiosos. Las mascarillas son obligatorias en todas partes para todos.

Las ciudades están completamente confinadas y sometidas a los toques de queda. No es posible viajar de un estado a otro, y mucho menos salir del país. Ni siquiera es posible alejarse más de cinco kilómetros de la casa de cada cual. No se pude salir después de las 9 de la noche o antes de las 5 de la mañana.

El ejército ha desplegado controles de las carreteras para comprobar la documentación de los viajeros y si se han vacunado. La policía irrumpe en los comercios no autorizados y multa a los propietarios, o va de puerta en puerta para asegurarse de que no hay nadie.

A las personas no vacunadas se les dice que no salgan de sus casas. A los que dan positivo en las pruebas de coronavirus les ocurre todo lo contrario: se les obliga a salir de sus casas para recluirse en “hoteles de cuarentena”. No saben cuándo podrán regresar con su familia.

El gobierno recomienda no hablar con los vecinos, no ir de compras, no hacer pedidos por internet y no quitarse las mascarillas, ni siquiera para beber un trago de agua.

La policía reúne a miles de niños en los estadios, sin sus padres, para realizar vacunaciones masivas “voluntarias”.

Los avisos del gobierno se clavan en las puertas de las casas de los que quedan aislados en cuarentena. Las manifestaciones no autorizadas están prohibidas, y si organizas una te arriesgas a una condena de 8 meses de cárcel.

No hay delirio en el que el gobierno australiano no haya incurrido, y cada día la televisión tiene que poner a un “experto” delante de las cámaras para que invente algún pretexto sanitario, que suenan ya absolutamente grotescos. Ha llegado la nueva normalidad.

“Tendremos que seguir viviendo con alguna medida de restricción”, dicen, a pesar de que más del 80 por ciento de la población esté totalmente vacunada. Aunque no haya ningún “caso positivo”, hay que preservar las mascarillas y la distancia social.

Ahora los “expertos” han cambiado de criterio. Dicen que los “hoteles de cuarentena” han sido ineficaces, por lo que están construyendo “campos de coronavirus”. No son temporales y no los llaman “campamentos” sino “centros internamiento”. Ya hay uno en los Territorios del Norte, se está construyendo otro en Melbourne y se acaba de aprobar la construcción de un tercero en Brisbane. Para subrayar que estas normas no son temporales, estos campos no comenzarán a estar operativos hasta el año que viene.

Por ahora, estos “centros de internamiento” están reservados a los viajeros que regresan, que deben someterse a una cuarentena supervisada obligatoria. Pero no es difícil que se conviertan en instalaciones casi permanentes para encerrar a los no vacunados.

El inicio de la revuelta

Pero los australianos han llegando al límite de lo que son capaces de soportar. El 24 de julio, Día Mundial de la Libertad, un gran número de personas salió a la calle a protestar y el pasado fin de semana se produjeron manifestaciones aún mayores en Melbourne, Brisbane y Sídney.

Las protestas públicas son la clave para ganar esta batalla. La negativa a cumplir con las restricciones funciona. El simple hecho de negarse a hacer lo que pretenden imponer, de manera masiva, es invencible. A las personas que tienen que acatar las normas por miedo y por presiones les muestra que no están solas.

Por eso los principales medios de comunicación se esfuerzan por desacreditar las movilizaciones con toda clase de adjetivos, especialmente el de “violentos”. Enumeran el número de policías heridos y no hacen referencia a los manifestantes heridos. Detallan el número de detenciones, manteniendo el anonimato para no humanizar a ningún disidente.

La policía australiana ha enviado cartas amenazantes a periodistas independientes, ha embestido a los manifestantes con sus coches, les han pisado la cabeza, les han rociado con gas pimienta y les han realizado maniobras de asfixia.

En Melbourne 1.500 policías salieron a la calle con equipo antidisturbios, levantaron barricadas por las calles, dispararon balas de goma contra la multitud y rociaron con gas pimienta a los manifestantes.

Huelga de los trabajadores del transporte

El movimiento de protesta es imparable y hay varias luchas en marcha. Los camioneros australianos, muy afectados por el confinamiento, planean una huelga a gran escala para el 31 de agosto y  aconsejan comprar provisiones (*).

Un conductor dijo en un vídeo que los camioneros pretenden “quitar al gobierno de mierda”. Estoy dispuesto a ir a la cárcel para salvar a mi país y a mis hijos, añadió.

Las cadenas de suministro pronto se verán interrumpidas y los camioneros instan a los australianos a abastecerse de víveres para pasar las próximas dos semanas.

Los camioneros de todo el mundo han publicado en internet consejos para impedir que la policía pueda remolcar los vehículos y sacarlos de las autopistas.

Los huelguistas han abierto una página para apoyar económicamente la lucha, que ha sido censurada después de recaudar casi 4.000 dólares para la caja de resistencia.

No es la primera vez que los camioneros australianos bloquean las carreteras para protestar contra las restricciones sanitarias. El mes pasado, varios conductores protestaron por el cierre temporal de una obra en construcción en Sidney aparcando sus vehículos en la autopista y haciendo sonar sus bocinas.

(*) https://www.dailymail.co.uk/news/article-9917753/Australian-truck-drivers-prepare-stage-Covid-protest-blocking-highway.html

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