Las guerras son como las pandemias: si no existen, hay que inventarlas porque el maná del dinero no puede parar

La salida de las tropas estadounidenses de Afganistán se lamenta o se celebra como una derrota. Esa es la parte política y militar de la cuestión. Pero hay otra parte, que es la económica y se mide por las cuentas de resultados. Esta parte es cada vez más importante porque los ejércitos cada vez están más privatizados, sobre todo el de Estados Unidos, y los traficantes de armas tienen un peso creciente en las políticas de guerra.

En ese sentido la Guerra de Afganistán ha sido una gran victoria: 2,2 billones de dólares de los contribuyentes han pasado de los presupuestos públicos a los bolsillos privados durante más de 20 años de guerra.

A los dirigentes del Pentágono les han acusado de carecer de una estrategia militar, lo cual es verdad. Sin una estrategia no se puede triunfar en una guerra. Ahora bien, si se han producido combates en Afganistán durante 20 años no ha sido sólo para vencer sino también para mantener el flujo del dinero.

Cada vez que el ejército estadounidense se retira de un campo de batalla en el extranjero, en Estados Unidos los medios auguran que los gigantescos presupuestos militares se reducirán. Pero nunca ha ocurrido nada parecido. Cuando cayó la URSS, el presupuesto del Pentágono apenas lo notó porque crece a un ritmo constante del 5 por ciento anual. Pase lo que pase. Cada vez que la cifra se reduce, en los medios aparece una nueva “amenaza” capaz de volverla a aumentar porque las guerras son como las pandemias: si no existen, hay que inventarlas.

El negocio de la industria de guerra estadounidense no consiste en vender armas, sino en vender costes. Dado que los beneficios de las empresas son un porcentaje del coste, cuanto más suban de precio los programas para los que estaban contratados, mayor será el beneficio.

Entre 2008 y 2018, al menos 380 funcionarios de alto rango del Pentágono y oficiales militares se pasaron a los grupos de presión, o a los consejos de adminisración, o se convirtieron en contratistas de defensa. James Mattis, por ejemplo, se jubiló como general de cuatro estrellas, pasó al consejo de administración del principal contratista de defensa, General Dynamics, donde estuvo tres años, llevándose al bolsillo 900.000 dólares. Luego pasó otros dos años como secretario de Defensa de Trump, antes de volver al consejo de General Dynamics.

Hoy la “amenaza” que garantiza el mantemiento del gasto militar es China y en marzo el almirante John C. Aquilino, Comandante del Mando Indo-Pacífico, se refirió a una posible invasión de Taiwán en un futuro próximo. La Armada estadounidense se ha tenido que inventar la Iniciativa de Disuasión del Pacífico para seguir manteniendo el flujo del dinero: 27.000 millones de dólares asegurados para los próximos cinco años.

En julio el Pentágono regaló 37 helicópteros UH-60 al ejército afgano cada uno de los cuales cuesta unos 12 millones de dólares. En total, el regalo de despedida ascendía a 450 millones de dólares, que se sumaban a los 3.300 millones de dólares ya presupuestados para apoyar al ejército afgano durante el próximo año.

La factura de las dos décadas de guerra es de 2,26 billones de dólares, que han caído en los bolsillos de empresas como Lockheed Martin, fabricante de los helicópteros Sikorsky. Los aviones se unen a los 53 UH-60 ya enviados a Asia central en los últimos años.

La mayor parte es chatarra. Pocos de ellos pueden seguir volando, ya que los mecánicos afganos no son capaces de mantener unas máquinas tan complejas. El trabajo lo realizan contratistas estadounidenses muy bien pagados.

Los afganos eran bastante capaces de manejar los helicópteros que habían pilotado antes: el MI-17 ruso, un aparato sencillo y robusto en el que los pilotos y mecánicos locales tenían décadas de experiencia. También tenía la ventaja de poder operar en las partes más altas del país montañoso, algo que el UH-60, deficiente en altitud, es incapaz de hacer.

Durante unos años, el ejército estadounidense compró helicópteros rusos revisados por 4,5 millones de dólares cada uno (como máximo) para pasárselos a los afganos, pero el trato se torció cuando el coronel del ejército a cargo del programa, Norbert Vergez, hizo tratos corruptos con elementos siniestros en Rusia para subir el precio. Vergez se declaró culpable de conflicto de intereses y recibió una ondena simbólica, y el ejército aprovechó para transferir el contrato a Sikorsky/Lockheed.

Los afganos se vieron así obligados a cambiar un arma útil por otra que resultó ser efectivamente inútil. Las tropas estadounidenses, incluso cuando huyeron en medio de la noche de su enorme base de Bagram, no abandonaron descuidadamente el armamento y equipo a quien pudiera necesitarlo. Si dejaron cientos de camiones e porque se llevaron las llaves.

En 2012 el Congreso de Estados Unidos creó una oficina para frenar el despilfarro militar en Afganistán que ha redactado vistosos informes anuales sin ningún efecto práctico. El despilfarro de fondos asociado a la guerra ha sido impresionante.

El Pentágono compró para los afganos 20 aviones bimotor G-222 italianos para el transporte por un coste de 500 millones de dólares. Eran buenos aparatos, pero no podían volar en Afganistán por la altitud y el clima. Tampoco pudieron entrenar a los afganos para que los pilotaran, por lo que los abandonaron inmediatamente después de comprarlos.

Con el paso de los años, el Pentágono comenzó a destinar discretamente su presupuesto de guerra hacia otros destinos, como la financiación de nuevos programas de armamento. El año pasado el desvío de fondos se hizo oficial. La solicitud de dinero para ese año reconocía que 98.000 millones de dólares se destinaban a gastos rutinarios, no a ninguna batalla en el extranjero.

—Andrew Cockburn https://spectatorworld.com/topic/pentagon-rich-afghanistan-military-budget/

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