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Día: 11 de abril de 2021 (página 1 de 1)

Recicle su viejo ordenador, coche o lavadora, porque se viene una quiebra profunda de la producción de chips

La escasez de semiconductores sigue causando estragos en las cadenas de suministro mundiales de las industrias automotriz y tecnológica. Los fabricantes de semiconductores producen cientos de diferentes tipos de chips. Intel, Qualcomm y Nvidia fabrican algunos de los más caros, pero la escasez no es con los chips más caros. Según Bloomberg, la escasez se encuentra entre los chips controladores de pantalla de un dólar, vitales para la producción en serie. Leer más

Mamá, Pepito no se deja pegar, buaaaahh

Si hay algo que eriza los cabellos y pone la piel de gallina de terror a la burguesía es la violencia organizada del pueblo. Cualquier manifestación de ella, por mínima que sea, pondrá en alerta roja todos sus mecanismos de condena de la misma, lo mismo metafísicos: la violencia genera más violencia, la violencia no sirve de nada, etc., que físicos: todo su aparataje represivo e ideológico puesto en aguardo a la busca y captura de la presa disidente, lo mismo un rapero que un manifestante.

De la primera se encargan los «intelectuales» áulicos, y de la segunda la policía y los medios de desinformación de masas. No toleran la mínima expresión de malestar que se salga de los cauces pacíficos y rebasen el panfilismo lanar. Han aprendido que una chispa puede incendiar la pradera, que decía Lenin.

Lo hechos violentos ocurridos en la Plaza Roja de Vallecas (Madrid) se han producido como reacción defensiva a una provocación de un fascista defendido por esbirros uniformados de corte fascista. Si no, Abascal y su cuadrilla ni se hubieran movido. Los manifestantes fueron a expresar su rechazo y no a reventar nada, pero, aún así, fueron molidos a palos, incluso provocando la bronca infiltrando fascistas tirando piedras y ladrillos para dar pie a la intervención policial. Todo esto es sabido y no merece la pena entrar a «discutir» con gente venal y vendida haciéndoles el juego.

Con el fascismo no se discute, se le combate, como bien decía una leyenda urbana.

Más relevante es saber que no fue a iniciativa popular que se iniciaran los «incidentes», y aún así, todos los voceros del discurso-mantra dominante pierden los nervios y cargan enloquecidamente contra una actitud de autodefensa. Pues qué será el día que pasen al ataque sin complejos, podría decir un castizo. En realidad, se trata de hacer «saber», escarmentar, al pueblo de quién es la calle. Y quién tiene el monopolio de la violencia, esto es, del Estado fascista, como con Franco la calle era de Fraga. No se permitirá ni el menor atisbo de tomas de bastillas ni palacios invernales.

Distinta clase de violencia -esta vez justísima, como la autodefensiva de Vallecas- es, por ejemplo, la habida en las calles de Barcelona cuando el referéndum por la independencia de Catalunya. Noches y noches con las calles en llamas. Enfrentamientos con la Policía, una Policía que recula y retrocede ante los ataques de unos manifestantes no dispuestos a ceder en nada y plantar batalla, bien que desigual, pero firme. O las reacciones, ya en todo el Estado español, por la demencial prisión de Pablo Hasel.

Ya estamos ante una batalla pensada, decidida, firme, aunque no organizada, pues, de estarlo, ya hablaríamos de asonadas, rebeliones y hasta revoluciones. No es así, pero el masajeo y el lavado cerebral -como ocurre con la pandemia actual- continúa, incluso apelando a instintos y bajas conciencias ante un escaparate o un contenedor ardiendo. Pero hay algo cualitativamente distinto que diferencia estas respuestas de otras superiores, y es que estas últimas dejarán mudos a las voces de sus amos. Y a sus brazos armados, paralizados.

Es cuando el niño señorito se quejará llorando ante su mamá-Estado que el niño obrero no se deja ni torear ni pegar.

‘Mi madre no murió por la covid sino por el abandono’, dice la hija de una fallecida en un asilo

Ha pasado un año mamá. Pasa el tiempo pero es como si fuese ayer… Es mi tortura diaria, mi rabia, mi dolor, que el tiempo no me alivia. A veces me ronda en la cabeza que en cualquier momento me llaman para decirme que se han equivocado otra vez y que tú sigues viva. Digo esto porque el no poder despedirnos de ella, el no haber podido acreditar personalmente su fallecimiento hace que tenga dudas de su desenlace, después de las numerosísimas mentiras que nos tuvieron diciendo cada día. A mi madre no la mató el covid, a mi madre la mató el abandono, el estar más de dos semanas atada en una cama, sin los cuidados más básicos y sin un mísero vaso de agua. Si algunos auxiliares o enfermeros, dirigentes de cualquier índole, limpiadores, cocineros que estuvieron allí (en Caser, Santo Ángel), en aquellos días, tienen algo de sensibilidad humana, si alguno cree que tiene algo pendiente que le tortura, lo mejor que puede hacer es contar o denunciar lo que vio y vivió en este centro, así podrá encontrar su descanso, de lo contrario para mí personalmente, es cómplice de la crueldad en la que murieron nuestros padres y madres.

Un responsable del área de la gestión de las residencias me dijo que para la mayoría de ellos ya les había llegado su hora. Y yo le digo a este señor, ¿acaso es usted Dios que todo lo sabe? ¿La hora de morir de una persona es con dolor y sufrimiento? ¿Es estar atadas en la cama semanas sin atención, sin cambio de pañales, sin comer, sin beber? Solos. Abandonados a su suerte. ¿Esa es su hora? ¿Ese es su final? ¡Pues vaya castigo! ¿Por qué y con qué derecho?

Yo he sido su responsable hasta el 1 de marzo que fue la última vez que la vi, después ya no pudo ser por el estado de alarma, que me pareció correcto, pero hasta el día de su fallecimiento, la poquísima información que desde la residencia me llegaba, ha sido para mentir sobre el estado de mi madre. Fueron días de angustia, dolor e impotencia al no saber nada de ella.

Mi madre muere por la mala gestión de la residencia y por las Administraciones públicas que se suponen que tomaron el mando para atender a los residentes de Caser y no hicieron prácticamente nada. Allí fallecieron más de 40 residentes en esas semanas.

Y yo le digo a la justicia:

¿Responsables?… Mi madre es responsabilidad mía, así lo dictó su Señoría. Usted me dejó ese encargo, y no lo he podido cumplir… No me han dejado cumplir ese mandato que me asignó. Aparte del amor que tengo a mi madre y querer cuidarla, es mi deber vigilar para que esté donde esté, viva bien, medicada y atendida correctamente y con dignidad. No me han dejado hacer nada por ella. He pedido socorro, auxilio, he pedido que la trasladaran a un hospital, incluso después de suplicar una
videollamada para ver cómo estaba y ver el deterioro en el que se encontraba, he tenido que luchar para que le dieran agua o ponerle un suero. Son seres indefensos, totalmente dependientes, como niños. Mi deber es proteger a mi madre y como madre proteger a mis hijos y tutelados, pero no me han dejado. Señoría, esto que le expongo, sólo son matices de lo que he podido vivir durante esos días entre el 23 de marzo y el 2 de abril que fue cuando falleció.

A la Administración regional y a la dirección de Caser, le digo:

¿Quiénes son ustedes para decidir su final? ¿Para decidir que ya es su hora? Nuestros padres y madres no necesitaban paliativos para morir, necesitaban cuidados para vivir y esos cuidados son los que les negaron. Se perdió tiempo, un tiempo precioso y preciso que costó las vidas de nuestros padres y madres por la mala gestión de quien presume dirigirnos, un tiempo muy valioso para salvarles la vida. ¿Para 230 residentes no había médicos en toda nuestra Región? ¿Acaso no había suficientes hospitales donde darle una atención digna? Las familias hemos sido maltratadas, nos han mentido sobre nuestros padres y madres, sobre su estado de salud, diciendo por la mañana que estaba bien y 12 horas después habían fallecido. Todo mentiras y esto tiene que tener su condena. Se quedaron solos y esto tiene que ser investigado y condenado. Repito como tantas veces y no me canso porque no lo puedo aceptar: ¿Por qué? ¿Por qué en marzo y abril, en nuestra Región de Murcia, en nuestra queridísima Región, si no había colapso en los hospitales, había UCI, personal, material… no los atendieron con los medios necesarios? ¿Por qué? ¿Por qué se les negó esa oportunidad, ese derecho fundamental que era suyo?

¿Y qué se ha hecho? Nada… Absolutamente nada, sólo consentir y mirar a otro lado. ¡Qué perverso! ¿Es normal que una hija ruegue en repetidas ocasiones una videollamada para despedirse de su madre, para darle el último adiós y que se lo nieguen?, ¿es normal que un marido quiera dar el último “te quiero” a su mujer y se lo nieguen?

¿Pero qué somos como sociedad? ¡Vulneraron sus derechos con sus protocolos de vergüenza! ¡Fueron abandonados a su suerte y esto es maltrato! Por ello, ni olvido ni perdono. Por ello, pedimos y exigimos justicia para los que fallecieron, para los que dejaron morir de la manera más cruel. Pedimos y exigimos una ley de residencias estatal que considere un cambio de modelo como una inversión en calidad de vida y no como un gasto.

Sonia Vivo, miembro de la Plataforma Marea de Residencias, carta a su madre como un homenaje al cumplirse un año de su muerte en la residencia Caser de Santo Ángel

—https://www.laopiniondemurcia.es/comunidad/2021/04/10/madre-murio-covid-abandono-46403561.html

El volcán de una isla caribeña entra en erupción pero evacúan sólo a los vacunados

El viernes el volcán La Soufriere, situado en la isla caribeña de San Vicente, entró en erupción, enviando una columna de ceniza de 10 kilómetros al cielo. Las 16.000 personas que viven en la zona cercana al volcán trataron de huir, pero ¿a dónde?, ¿cómo salir de una isla?

El primer ministro Ralph Gonsalves echó más leña al fuego de la confusión al decir que no iban a ir a ninguna parte sin vacunarse antes. Sólo hay una cosa peor que un volcán echando lava por los costados como si fuera baba: el maldito coronavirus.

Para complicar aún más las cosas, San Vicente recibió su primer envío de vacunas sólo dos días antes de la erupción. Es posible que el gobierno trate de detener la erupción volcánica para que les de tiempo a preparar las jeringuillas…

No hay nada claro. ¿Que pasará con quienes se nieguen a vacunarse?, ¿los dejarán tirados en tierra? “Los cruceros están evacuando a la gente de la isla”, anunció la cadena CBS, añadiendo que “sólo a los vacunados se permitiría salir de la isla”.

En una rueda de prensa el primer ministro confirmó que los evacuados tendrían que recibir la vacuna antes de embarcar en cualquiera de los cruceros que iban a evacuar a la población.

Las islas vecinas de Santa Lucía, Granada, Barbados y Antigua aceptarían a los evacuados, pero sólo si llegaban ya vacunados.

—https://twitter.com/DrewHLive/status/1380907494252290049

El exceso de mortalidad en España durante la pandemia

Por alguna extraña razón, quienes sustentan la doctrina oficial sobre la pandemia suponen que los críticos minusvaloramos su importancia, o quizá el sufrimiento de los enfermos, o sus familiares, o los trabajadores sanitarios. Es muy común decirnos que si hubiéramos tenido alguna víctima cercana cambiaríamos de opinión.

Incluso hay quien se molesta cuando escucha que los fallecidos no lo han sido por un misterioso “covid” sino por cualquier otra razón.

Este tipo de interlocutores han asumido un punto de vista emocional sobre la pandemia, fundamentado sobre el miedo, y no es sencillo introducir algún argumento racional, sobre todo si se trata de cifras.

No obstante, hay que intentarlo, y creo que habrá un acuerdo bastante amplio si afirmo que en una pandemia deben concurrir al menos dos circunstancias: debe existir un exceso de mortalidad y se debe poder imputar el mismo a una enfermedad, catalogada como contagiosa.

Un planteamiento así deja de lado varios aspectos capitales, con los que podría llenarse un extenso tratado. El primero es que los gobiernos han mentido sistemáticamente sobre todos y cada uno de los aspectos de la pandemia, incluida la cifra de muertes, por lo que no queda otra que recurrir a un concepto indirecto como el “exceso de mortalidad”.

El segundo es que esta pandemia es un fenómeno internacional. El tercero es que involucra aspectos capitales que desbordan a la sanidad, incluida la sanidad pública. El cuarto es comprobar si las medidas represivas aprobadas han tenido por objeto contener un contagio realmente y, en caso afirmativo, si han sido proporcionales al problema que trataban de solucionar.

En cuanto a este punto es necesario tener en cuenta que estamos asistiendo a la más brutal intervención del Estado sobre la sociedad que ha conocido la historia, por lo que el problema sanitario ha tenido que ser de unas dimensiones muy importantes. Si no es así, es porque dicha intervención ha tenido otros objetivos diferentes de los sanitarios.

El primer interrogante deja lugar a pocas dudas, a mi juicio: el año pasado en España hubo un importante exceso de mortalidad, superior al que indican las cifras oficiales y que no van a estar lejos de los 80.000 fallecidos. En los cinco años previos a la pandemia, en España murieron 420.000 personas anualmente, como promedio, y es posible que el año pasado llegaran al medio millón. En términos relativos la mortalidad ha crecido, pues, un 19 por ciento.

Son cifras muy elevadas y, sin embargo, no son las mayores que se han conocido en la historia. Desde luego que son inferiores a la epidemia de “gripe española” de hace cien años, cuando el número de fallecidos se multiplicó por cuatro respecto a los años anteriores.

Podemos continuar exponiendo cifras parecidas para realizar comparaciones, más o menos gráficas. Por ejemplo, han muerto y siguen muriendo más enfermos por dolencias que no tienen que ver con la pandemia y, sin embargo, nunca han merecido una atención pública proporcional. Cualquier clase de comparaciones que podamos imaginar ponen de manifiesto que la pandemia no ha sido un fenómeno sanitario extraordinario y que lo único realmente extraordinario han sido las medidas políticas aprobadas.

El aspecto fundamental de la pandemia es, no obstante, averiguar las causas de los fallecimientos, otro aspecto en el cual las versiones oficiales son falsas. Fueron apuntadas por la revista The Lancet y se resumen en que no todo el exceso de mortalidad habido durante la pandemia se puede atribuir a una única enfermedad. En otras palabras, no todos han muerto por la misma enfermedad y, además, esa enfermedad no es única para cada uno de los muertos, es decir, que la inmensa mayoría de ellos fallecieron por efecto de varias comorbilidades anteriores a la pandemia.

El que no entienda esto nunca entenderá nada, ni de esta pandemia ni de ninguna otra, pasada o futura.

A partir de ahí se pueden ir poniendo encima de la mesa otros aspectos, que también son importantes y de los que voy a destacar algunos.

En primer lugar, con la pandemia no ha aparecido ninguna enfermedad nueva que la medicina no conociera y no fuera capaz de tratar. Como en otras pandemias anteriores, el llamado “covid” es un refrito de enfermedades ya conocidas, que se han agrupado bajo una misma denominación y a las que se les ha cambiado el nombre previo que tenían.

En segundo lugar, a falta de autopsias, el exceso de mortalidad no es suficiente por sí mismo para averiguar las causas de los 80.000 fallecimientos y en el futuro habrá que desglosar dicho exceso por tramos de edad, de tiempo y de lugar porque —insisto— la pandemia no es ese fenómeno uniforme que nos quieren hacer creer.

Por ejemplo, durante la pandemia también ha existido un exceso de mortalidad entre las personas dependientes, con una cifra escalofriante de 55.000 muertos. Pero la causa de estas muertes no ha sido ninguna enfermedad, sino el abandono o, si se prefiere, el aislamiento impuesto por el estado de alarma.

Cuando la histeria haya pasado, se demostrará en qué sectores sociales  ha concurrido el exceso de mortalidad, aunque algunos datos ya son suficientemente conocidos, como la avanzada edad de los fallecidos, especialmente en las primeras fases de la pandemia, cuando en España la edad media de los muertos alcanzó los 84 años, uno por encima de la esperanza de vida.

El factor principal que explica el exceso de 80.000 muertes ha sido, pues, el confinamiento, un caso evidente en el que se cumple el principio de que “es peor el remedio que la enfermedad”. En España y en otros países, el confinamiento no se se impone en marzo del año pasado porque haya ningún exceso de mortalidad, sino al revés: dicho exceso es posterior al confinamiento.

Otro ejemplo es El Salvador, que al principio fue puesto como modelo de comportamiento de un gobierno ante la pandemia. Se impuso un confinamiento estricto, con el ejército, la policía y las maras cuidando de que nadie saliera a la calle cuando no había ni un muerto ni contagiado. Los muertos llegaron después.

Entre otras muchas cosas, el confinamiento ha supuesto un “cierre sanitario” que ha desatendido a los enfermos habituales, como los crónicos. Los estragos de esta política no sólo se han manifestaron a lo largo del año pasado, sino que se seguirán comprobando en el futuro.

De ese “cierre” forma parte el colapso hospitalario, cuyo origen no está en el aumento de la carga de trabajo o en los numerosos “casos” aparecidos, sino en los recortes presupuestarios, el cierre de instalaciones, la falta de contrataciones de trabajadores sanitarios y el enorme número de bajas laborales causado por la ola de histerismo, que se triplicaron el año pasado respecto a los anteriores.

Los diré con otras palabras: con la pandemia no hado creció la carga de trabajo hospitalario sino que la misma se repartió entre menos trabajadores.

En suma, el exceso de mortalidad tiene el mismo origen que la pandemia: no es un asunto sanitario sino político y, más en concreto, en España, es responsabilidad del gobierno del PSOE y Podemos y los demás partidos que le han seguido el juego en cada una de las comunidades autónomas.

Es lógico que los medios de comunicación lancen tantas cortinas de humo para tapar ese tipo de responsabilidades y, sobre todo, que el estado de alarma no ha sido la causa del exceso de mortalidad sino todo lo contrario: ha evitado que aumentaran más aún, como se empeña en decir Pedro Sánchez.

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