Yemen: la guerra y la muerte en tiempos del cólera

En medio de la histeria mundial, no podíamos dejar de hablar del cólera, otra de esas “enfermedades infecciosas” de las que hablan los libros de medicina. Pero si no podemos separar la “gripe española” de la Primera Guerra Mundial, tampoco podemos separar al cólera del colonialismo, el Tercer Mundo y la guerra imperialista.

Los expertos pueden decir lo que les de la real gana, que es lo que hacen: no hay manera de tragarse que dicha enfermedad no es consecuencia de la situación política por la que atraviesan los países que lo padecen en la actualidad, como Haití o Yemen.

Lo realmente extraño es que, empujados por las circunstancias, las grandes cadenas de prensa sólo hablen del cólera, si es que hablan, y no de que en Yemen también hay una epidemia de dengue.

Más de tres millones de yemeníes viven en campamentos abarrotados de refugiados y unos 24 millones, más de dos tercios de la población, sobreviven gracias a la caridad del mundo entero. De lo contrario, el país se habría llenado de tumbas.

Lo extraño es que la tierra aún no se haya tragado a toda una población yemení, cruelmente azotada por la hambruna que acompaña a cualquier guerra.

Si la red de atención sanitaria del país era precaria antes de la guerra, ahora las instalaciones están siendo sistemáticamente bombardeadas por los cazas saudíes. “El ya frágil sistema de salud está operando al 50 por ciento de su capacidad”, declara la delegación de la OMS en Yemen.

No hay comida, no hay agua, no hay higiene… Se dan todos los condicionantes necesarios para el exterminio inmisericorde de una población que, por lo demás, no le importa nada a nadie.

18 millones de yemeníes, incluidos 9,2 millones de niños, no tienen acceso directo al agua potable, el saneamiento y la higiene, se lamenta Bismarck Swangin, director de comunicación de UNICEF para Yemen.

Lo interesante es lo que viene después de esa lamentación: “El acceso al agua potable es esencial para prevenir la propagación de enfermedades transmitidas por el agua”, añade Swangin.

Ya ven que la Unicef tampoco sigue los manuales de la medicina convencional y asegura que el origen del cólera radica en… el agua potable.

A este tipo de tinglados en cuanto les aprieta el cuello de la camisa de olvidan de lo que dice el manual. Le ocurrió lo mismo a Médicos Sin Fronteras con el cólera en Haití: se olvidaron del contagio (“contactu” en latín) de unas personas hacia otras para fijarse en que la enfermedad se “propaga” porque la guerra, la contaminación del agua y el hambre, debilitan el organismo humano en lugares de hacinamiento como los campamentos de los refugiados.

La epidemia de cólera comenzó hace tres años en Yemen y ya ha matado a 2.000 personas. Pero nadie ha lanzado las campanas al vuelo. No han cerrado las fronteras. No hay cuarentena. ¿El cólera no se propaga?, ¿tampoco es una enfermedad infecciosa?

Lo que le preocupa a la OMS no es que cólera se propague desde Yemen (o Haití) al mundo entero, sino lo contrario: que el coronavirus alcance Yemen (o Haití). No les preocupa lo que ya está pasando sino lo que puede pasar, lo que quizá ocurra. Más que curar hay que prevenir.

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