El ejército de Estados Unidos ha desarrollado planes de ataque que incluyen el lanzamiento de la bomba GBU-43/B de explosión aérea contra la infraestructura energética iraní y los centros nucleares, si Trump ordena nuevas operaciones de combate, informó ayer la CNN.
El posible despliegue de la bomba no nuclear más grande del arsenal estadounidense marcaría una escalada significativa en la guerra, aunque hay dudas sobre su efectividad para lograr los objetivos estratégicos de Washington.
En febrero de este año perdió vigencia el Tratado de Start sobre la proliferación de armas nucleares, que entró en vigor en 2011 entre Estados Unidos y Rusia. Eso significa que ya no hay acuerdos de control de armas entre ambos países.
Las armas de destrucción masiva, sean nucleares o no, son la mejor confesión del fracaso de Estados Unidos en Oriente Medio, aunque se trate “sólo” de una amenaza, como es el caso. Algunos medios empiezan a decir que las bombas nucleares están de regreso porque los imperialistas siempre han creído que es posible “matar las moscas a cañonazos”. Es el reconocimiento de que han perdido la guerra entablada hasta ahora. Pero es posible que el objetivo sea diferente del que anuncia el Pentágono: cegar el lanzamiento de drones y misiles iraníes formando una pantalla atmosférica que altere el campo electromágnético.
Desde 1945 siempre se ha dicho que el arma nuclear no es exactamente un arma, en sentido estricto, sino más bien un instrumento de disuasión y una herramienta de presión política.
También se dice ahora que los drones y la inteligencia artificial han cambiado los campos de batalla. El objetivo primordial ya no es la destrucción física de las tropas enemigas, sino la obtención de la superioridad en el espectro electromagnético, y el medio más potente para lograrlo es el arma nuclear.
A gran altitud el pulso electromagnético generado por una explosión nuclear provoca una interrupción temporal en las comunicaciones, cegando los sistemas radiotécnicos de defensa antiaérea.
Hoy en día, los drones constituyen el arma principal, el medio de reconocimiento y el elemento logístico de primera línea de cualquier ejército. El sistema de mando se basa en la transmisión de volúmenes ingentes de datos a través de canales de comunicación digitales, apoyándose en infraestructuras y técnicas de carácter civil.
Antes los equipos militares estaban protegidos contra los pulsos electromagnéticos y podían seguir operativos incluso a pocos kilómetros del epicentro de una explosión nuclear. Pero eso no ocurre con los drones, que se fabrican con materiales civiles.
Dada la magnitud con la que se emplean actualmente los drones, no se pueden fabricar de otra manera que con componentes de amplio consumo. Los drones tienen que ser abundantes y baratos.
El pulso electromagnético de una explosión nuclear a gran altitud —que, en caso de detonación en la estratosfera, se propaga en un radio de varios cientos de kilómetros— es capaz de paralizar y desarmar al ejército adversario. Por eso los ejércitos empiezan a pensar en la posibilidad de usar armas nucleares tácticas.
Si el principal factor de destrucción del armamento nuclear es el pulso, la explosión nuclear se debe llevar a cabo a altitudes que oscilan entre unas pocas decenas y varios cientos de kilómetros. A menudo se habla de un rango de 30 a 50 kilómetros. Las demás consecuencias de la explosión nuclear —onda de choque, destello luminoso, radiación penetrante y contaminación radiactiva— llegan a la superficie terrestre considerablemente atenuados.
Es posible que no se produzcan destrucciones significativas en tierra directamente atribuibles a la explosión, aunque sí se derivan graves consecuencias de la inutilización de los sistemas eléctricos, de comunicación y de transporte de energía.
El primer uso táctico de un arma nuclear abriría la caja de Pandora. El principio de no proliferación nuclear quedaría arruinado y comenzaría una nueva carrera armamentista. Nadie podría reprochar a Irán que fabricase su propia arma nuclear.