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La Unión Europea: un sueño nazi hecho realidad

Después de 60 años de la firma del Tratado de Roma –por fin– nos hubieran debido contar la verdad. Pero no ha sido así. Siguen con la cantinela de que la unidad europea se ideó después de la II Guerra Mundial y no antes. Dicen que la unidad europea se edificó para superar el nacionalismo y evitar guerras intestinas; que el nazismo había sido una experiencia funesta para Europa y que Europa debía ser lo contrario del nazismo. Siguen tratando de hacernos creer que las naciones conducen al nacionalismo, el cual es perverso por sí mismo porque, a su vez, conduce a la guerra. Quieren hacernos creer que el proyecto de integración europea nació después de la II Guerra Mundial como antídoto contra las rivalidades nacionalistas internas. Aseguran que durante ese conflicto el chovinismo había alcanzado sus mayores cotas y los europeos comprendieron repentinamente que sus pequeños estados respectivos debían quedar unidos por instituciones supranacionales para que la guerra no volviera a causar estragos en el viejo continente.

Sin embargo, es falso que la idea original de la unificación europea sea posterior a la II Guerra Mundial; es falso que esa idea fuera concebida en oposición a la rivalidad imperialista anterior. Por el contrario, no solo los nazis, sino los fascistas y los colaboracionistas de muchos países europeos utilizaron el europeísmo para justificar la agresión. Los nazis, los vichystas, los fascistas italianos y muchos otros pasaron muchos años antes y durante la guerra elaborando sofisticados programas de integración política y económica de Europa.


El modelo alemán

A mediados del siglo XIX Alemania no existía como Estado unificado. Por tanto, cuando estalla la I Guerra Mundial apenas hacía 50 años que Alemania había entrado en el concierto de los Estados europeos con una sola voz. Fue una loca carrera en la que pasaron velozmente de un situación casi feudal al capitalismo monopolista más salvaje, y de los problemas de construcción interna de un Estado federal al trampolín del control de su propia zona de influencia en el exterior. De vértigo. Una vez edificado su propio país, los imperialistas alemanes creyeron que su modelo federal era válido también para su entorno económico. Se convencieron ellos a sí mismos y se esforzaron en con-vencer a los demás. Su federalismo nacional lo convirtieron en un federalismo internacional, o por lo menos europeo. Surgió el pangermanismo porque fuera de las fronteras aún quedaban alemanes por unificar, desde el Báltico hasta el Mar Negro. Esos países que aún quedaban fuera, las reliquias del Imperio austro-húngaro o del zarista, diezmado por la Revolución bolchevique de 1917, estaban muy atrasados con respecto a la locomotora alemana. Incorporarse a Alemania era como incoporarse al siglo XXI partiendo del siglo XVII. Es bien sabido que los imperialistas alemanes, siempre generosos, se declararon dispuestos a compartir con los demás sus conquistas y sus progresos, antes y después de 1933.

Incluso sus planes de integración europea aseguraban que mantendrían intacta la soberanía nacional de los estados miembros de Europa. No se trataba de una incorporación sino de una integración. No podían presentar sus planes al exterior como una expansión imperialista sino como una integración europea. En la futura Europa nazi no habría amos ni siervos sino socios. Eso es lo que dijo su propaganda durante toda la II Guerra Mundial, consagrando enormes esfuerzos a convencer al resto de Europa de que los progresos económicos alemanes, la infraestructura de transporte y la economía en general eran mucho mejores que en el resto de Europa y que, en consecuencia, Europa debía integrarse según el modelo alemán. Más que los alemanes eran los propios europeos los que debían estar interesados en esa integración. El plan de Hitler de establecer una sola entidad política en toda Europa, su necesidad de buscar respaldo en los propios países ocupados, y muchos elementos centrales de la filosofía nazi, todo ello formaba parte de su pensamiento europeísta.

Los proyectos elaborados por los nazis proclamaban que los estados miembros de la futura “Confederación Europea” tenían que asegurar que en su territorio no se cometieran actos incompatibles con la solidaridad europea y las obligaciones europeas. En 1943 en una Nota sobre la fundación de una Confederación Europea, Cecile von Renthe-Fink, que ocupaba el rango diplomático de ministro con Hitler, sostenía que las naciones europeas tenían un desarrollo común; decía que Alemania deseaba unir a Europa sobre una base federal; proclamaba que no había intención de inmiscuirse en los asuntos internos de otros países: “Lo único que se requiere de los estados europeos es que sean miembros leales y proeuropeos de la comunidad y colaboren voluntariamente en sus tareas […] El objeto de la cooperación europea será promover la paz, la seguridad y el bienestar de todos los estados europeos y su población”. No se trataba de que un estado o grupo de estados dominara a otros sino de que se establecería una relación de alianza y lealtad mutua en vez de los métodos imperiales de la era anterior. En un tono similar, Werner Daitz declaraba que “Europa no se puede administrar de forma centralizada: se debe conducir de modo descentralizado”.

Una versión avanzada del plan nazi sobre la futura “Confederación Europea” volvían sobre el tema del federalismo con la esperanza de encontrar así una solución a la rivalidad entre las potencias imperialistas europeas. Argumentaban que el problema europeo era que una multiplicidad de pueblos tenía que vivir en una superficie relativamente reducida en una combinación de unidad e independencia:

“Su unidad debe ser tan firme como para que nunca más pueda haber guerra entre ellos y los intereses externos de Europa se puedan salvaguardar en su conjunto. Al mismo tiempo, los estados europeos deben conservar su libertad e independencia, para actuar de acuerdo con sus diferentes situaciones y misiones nacionales y cumplir su función particular dentro del marco más amplio, en un espíritu alegre y creativo. La fuerza y la seguridad de Europa no dependen de la subordinación impuesta o exigida por una potencia europea a la otra, sino de la unión de todos. El problema europeo solo se puede resolver sobre una base federal por la cual los estados europeos resuelvan por libre voluntad, basados en un reconocimiento de esta necesidad, unirse en una comunidad de estados soberanos. Esta comunidad se puede designar confederación europea”.

Hasta la hoy fracasada Constitución Europea es una iniciativa de los nazis. El borrador nazi de Constitución para la Nueva Europa proclamaba el derecho de cada país a organizar su vida nacional como considere adecuado, siempre que respete sus obligaciones hacia la comunidad europea. Otros documentos repetían la misma idea. La actual guerra es también una guerra por la unidad y libertad de Europa, escribió Renthe-Fink:

“Sus objetivos son crear y garantizar una paz duradera para los países europeos […] eliminar las causas de las guerras europeas, sobre todo el sistema de equilibrio de poder […] superar el particularismo europeo mediante la cooperación libre y pacífica entre los pueblos europeos. La lealtad a Europa no significa sujeción sino cooperación franca basada en igualdad de derechos. Cada pueblo europeo debe participar a su manera en la nueva Europa. El único requerimiento es que los estados europeos sean francamente leales a Europa, de la cual son miembros”.

Finalmente, Renthe-Fink añadía: “Cada estado continental debe permanecer consciente de su responsabilidad hacia la Comunidad Económica Europea”. El autor de los proyectos hitlerianos sostenía que no deseaba una burocracia supranacional, ni siquiera un sistema de conferencias intergubernamentales. Cualquier pretensión supranacional podía generar sospechas hacia las ambiciones imperialistas alemanas.

El europeísmo nazi

El europeísmo es, pues, un invento nazi; ellos fueron los primeros en elaborar planes (económicos y políticos) de integración europea. Si extractáramos algunos discursos de la época de Hitler, Goebbels, Ribbentrop y otros dirigentes nazis sin mencionar la fuente, muchos pensarían que son actuales y que se trata de parlamentarios de la eurocámara.

Mucho antes de llegar al poder, en 1932, el dirigente nazi Alfred Rosenberg ya asistió a un congreso de Europa en Roma. Luego Hitler y todos sus portavoces hicieron frecuentes referencias a Europa durante su época de dominación terrorista, incluso antes de la guerra. Hay varias compilaciones, entre ellas un libro profusamente ilustrado, titulado simplemente Europa, cuya introducción escribió Ribbentrop. En 1937, por ejemplo, declaró en el mitin del partido nazi en Nuremberg que “quizá estemos más interesados en Europa de lo que otros países necesitan estarlo. Nuestro país, nuestro pueblo, nuestra cultura y nuestra economía han surgido de condiciones europeas generales. En consecuencia, debemos ser enemigos de cualquier intento de introducir elementos de discordia y destrucción en esta familia europea de pueblos”.

Poco después, en 1938, Rudolf Hess organizó una presentación en el Congreso del partido Nazi, llamada La lucha por el destino de Europa en el Este, que explicaba por qué la colonización alemana de Rusia llevaría la civilización europea a los bárbaros eslavos.

En 1940 Joseph Goebbels dijo: “Estoy convencido de que dentro de cincuenta años la gente ya no pensará en términos de países”. El jefe nazi de propaganda creía que el federalismo alemán podía ser un modelo para Europa porque la absorción de los estados alemanes por parte del imperio alemán había funcionado. Así los estados europeos se podían integrar armónicamente sin atentar contra su identidad: “Si nosotros, con nuestra perspectiva de la Gran Alemania, no tenemos interés en atentar contra las peculiaridades económicas, culturales o sociales de, por ejemplo, los bávaros y los sajones, tampoco tenemos interés en atentar contra la individualidad económica, social o cultural de, por ejemplo, el pueblo checo”.

Los lacayos europeos de los nazis también aceptaban que Alemania era un modelo: Vidkun Quisling declaró que la Confederación Alemana podía servir como modelo para la cooperación con otros estados europeos. Goebbels aseguraba que “nunca hemos tenido la intención de imponer por la fuerza este nuevo orden o reorganización de Europa. De ningún modo debéis pensar que cuando los alemanes traemos un nuevo orden a Europa lo hacemos con el propósito de sofocar a otros pueblos”. Se explayaba sobre el carácter realista de la integración europea: “A mi juicio la concepción que una nación tiene respecto de su propia libertad se debe armonizar con los hechos actuales y las simples cuestiones de eficiencia y propósito. Así como ningún miembro de una familia tiene derecho a turbar la paz por motivos egoístas, no se puede permitir que ninguna nación europea se interponga en el camino de un proceso general de organización. En el mismo tono, un funcionario del ministerio nazi de Empleo declaró que Alemania podía afirmar que no estaba luchando por sí misma, sino por Europa. Una versión del proyecto nazi de Confederación Europea sostenía que el papel de Alemania en Europa consistía en reconciliar los intereses particulares de los estados europeos con los intereses de Europa en su conjunto. A esta aspiración se sumaba la opinión de que los intereses y necesidades de Alemania están esencial e inseparablemente ligados con los de Europa”.

Con frecuencia los nazis enfatizaban que los estados debían unirse voluntariamente a la nueva Europa. Liderazgo no significa dominación sino protección externa y responsabilidad interna, era su consigna. Hitler y Mussolini no querían sometimiento sino cooperación sincera: “Todos los pueblos europeos que se han probado históricamente son bienvenidos como miembros de la nueva Europa. Su desarrollo nacional y cultural en libertad e independencia está garantizado”. Cínicamente alegaban que los ejemplos de Finlandia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, Croacia y Eslovaquia, países militarmente ocupados todos ellos, demostraban que no había intención de intervenir en los asuntos internos de otros estados: “Nuestro único requerimiento es que los estados europeos sean miembros sinceros y entusiastas de Europa”. Los imperialistas alemanes creyeron encontrar, por fin, un nuevo modo de dirigir Europa sin dominarla: “La idea del liderazgo, que será el concepto dominante de la nueva vida internacional de Europa, es la negación de los métodos imperialistas de una época pasada: significa reconocimiento de la confiada cooperación de estados menores e independientes para abordar las nuevas tareas comunales”.

De la misma manera, Arthur Seyss-Inquart escribió que nadie deseaba ver una Europa dominada por Alemania: “Nuestro único deseo es que surja una Europa que sea realmente europea y consciente de su misión europea”. Después de la invasión de la Unión Soviética, Signal, un periódico de circulación masiva en los tiempos gloriosos del III Reich, señaló también que no habría una Europa alemana: “En realidad los soldados del Reich no solo defienden la causa de su patria sino que protegen cada nación europea digna de ese nombre”. El problema estaba en quienes no eran dignos de ese nombre…

Una constante en la estrategia imperialista nazi consistía en hablar de sus socios y vecinos y pregonar la idea de que la búsqueda común de intereses compartidos había reemplazado a la rivalidad y la competencia capitalistas. Los hitlerianos también fueron pioneros de la globalización y dedicaron mucha atención a asuntos como el sentido europeo de comunidad. Anton Reithinger, gerente del monopolio I. G. Farben, en la conferencia de la Comunidad Económica Europea de 1942, habló del equilibrio entre los diversos intereses de los socios del espacio económico europeo, por una parte, y los intereses comunes de todos los pueblos europeos, por la otra: “Para poner estos intereses en práctica se requiere […] una creencia en la idea europea y en la misión europea de Alemania”.

Los arquitectos de la Nueva Europa

Pero las múltiples declaraciones nazis que se puedan aportar son muy poco comparadas con los planes concretos que dibujaron para la integración económica y política de Europa. No hablamos de que se parezcan a las que luego se pusieron en práctica tras la guerra; lo que estamos diciendo exactamente es que son las mismas, es decir, que la Unión Europea fue diseñada por los nazis.

Los planes nazis de integración europea eran tanto políticos como económicos. Como dijo Heinrich Hunke, se reconoce la necesidad de un orden político para la cooperación económica de los pueblos. Desde mediados de 1941 Goebbels comenzó a intervenir más en la cuestión europea y le dedicó numerosos discursos, mitines y artículos periodísticos. Llenó las páginas de su semanario Das Reich con consignas europeístas: La nueva Europa, El nuevo orden europeo, el Lebensraum de Europa o La visión de una nueva Europa. Entretanto, Ribbentrop señalaba que la lucha contra el bolchevismo, que unía a muchos pueblos del este de Europa, evidenciaba “una creciente unidad moral de Europa dentro del Nuevo Orden que nuestros grandes líderes han proclamado y preparado para el futuro de las naciones civilizadas. Aquí se encuentra el sentido profundo de la guerra contra el bolchevismo. Es signo de la regeneración espiritual de Europa”.

Dentro del Ministerio del Exterior, ese interés culminó con la creación de un comité de Europa en el otoño de 1942. Integraban el comité funcionarios del Ministerio del Exterior y expertos del Instituto para el Estudio de Países Extranjeros. Las luminarias eran Alfred Six, director del Instituto de Asuntos Exteriores -que organizó en 1941 una conferencia llamada La nueva Europa, para 303 estudiantes de 38 países- y Werner Daitz.

En marzo de 1943, se habían trazado planes muy avanzados para una confederación europea. Esos planes adoptaron la forma de constituciones y tratados que delineaban las competencias y la estructura de la futura confederación. El 21 de marzo de 1943 Ribbentrop escribió una nota que comienza así: “Soy de la opinión de que, como ya le he propuesto al Führer en mis actas anteriores, deberíamos proclamar cuanto antes, en cuanto hayamos alcanzado un éxito militar significativo, la Confederación Europea en forma muy específica”. Lo único que paralizó a los nazis en la proclamación oficial de su Confederación Europea fue que el éxito militar significativo que Ribbentrop esperaba no se produjo y las hordas hitlerianas fueron aplastadas en Stalingrado.

El plan de Ribbentrop proponía invitar a los jefes de los estados en cuestión (Alemania, Italia, Francia, Dinamarca, Noruega, Finlandia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Croacia, Serbia, Grecia y España) para firmar el instrumento que daría existencia a la Confederación. Junto al memorándum había un borrador que hablaba del destino común de los pueblos europeos y del objetivo de garantizar que nunca estallen guerras entre ellos. También preveía la abolición de barreras aduaneras entre los estados participantes.

En junio de 1943, un funcionario presentó los elementos básicos de un plan para la nueva Europa a un miembro del Comité de Europa. La sección titulada La organización económica de Europa anticipaba un comercio basado en el principio de la preferencia europea frente a los países no europeos, con el objetivo de llegar a una unión aduanera europea, un centro de clearing europeo y tipos de cambio estables en Europa, con miras a una unión monetaria europea; y la armonización de las condiciones laborales, lo que parece querer decir que todos los trabajadores europeos deberían ingresar en campos de concentración. El proyecto también anticipaba conferencias en cada especialidad (trabajo, agricultura y demás) para decidir las políticas aplicables a toda la Confederación.

Este documento fue seguido en agosto de 1943 por una Nota sobre la fundación de una Confederación Europea en la que Renthe-Fink escribió: “En la tremenda lucha por el futuro de Europa, los alemanes somos campeones de un nuevo y mejor orden donde todos los pueblos europeos hallarán un lugar legítimo y digno. Hasta ahora hemos evitado hacer una propuesta concreta en lo concerniente a la cuestión europea […] Si ahora presentáramos la idea de una solución confederada, basada en la libre cooperación entre naciones independientes, ella consolidaría la confianza de los pueblos europeos en nuestra política y aumentaría su voluntad de seguir nuestra guía y trabajar por nuestra victoria”.

Aunque los principios encarnados en el acto constitutivo de la Confederación Europea anexos al memorándum especificaban que la Confederación era una comunidad de estados soberanos que se garantizaban mutuamente la libertad y la independencia, está claro que, bajo la batuta hitleriana, la confederación ejercería un control casi total sobre los asuntos internos de sus estados miembros: “La economía europea será planificada conjuntamente por los estados miembros según sus intereses comunes y nacionales, decía el documento. El objetivo era incrementar la prosperidad material, la justicia social y la seguridad social en los estados individuales, y desarrollar los recursos materiales y laborales de Europa […] para proteger la economía europea de las crisis y las amenazas económicas externas. Sugería que las barreras aduaneras que impiden aumentar el comercio entre los miembros de la Confederación se eliminarán gradualmente y que el sistema intraeuropeo de comunicaciones por ferrocarril, autopistas y vías fluviales y aéreas se desarrollará de acuerdo con un plan unificado”.

El plan europeo de integración de Renthe-Fink preveía la necesidad de un Consejo Económico compuesto por representantes de los estados miembros, el cual se dividiría en comités destinados al comercio, la industria y la navegación, los asuntos de economía y moneda, las cuestiones laborales y sociales, la alimentación, la agricultura y los bosques. El documento repetía los objetivos definitivos de la Confederación:

“La solución de los problemas económicos, con miras a la inmunidad frente a un bloqueo; la regulación del comercio sobre la base de la preferencia por Europa frente al resto del mundo, con miras a una unión aduanera europea y un mercado libre europeo; un sistema central de clearing europeo y tasas de cambio estables en Europa, con miras a una unión monetaria europea. Los objetivos incluirían la estandarización y mejoramiento de las condiciones de empleo y seguridad social, así como la planificación de largo plazo de la producción industrial, agropecuaria y forestal”.

Como vemos, la producción agropecuaria ocupaba un ligar prominente en los documentos nazis sobre Europa. Era preciso que la agricultura europea fuera autosuficiente.

Los documentos nazis también manifestaban que la integración de Europa era inevitable a causa del desarrollo tecnológico. Solían sostener que la fragmentación de los recursos económicos de Europa era un grave obstáculo para la prosperidad y el progreso social de los diversos países. Se requería coordinación y planificación económica: Con el objeto de alentar el comercio mutuo y crear un gran mercado europeo, se eliminarán progresivamente las aduanas y otras barreras entre los países.

Otro proyecto nazi es lo que cincuenta años después los europeístas llamaron redes transeuropeas, una avanzadilla de la modernidad actual. Según Renthe-Fink, “la experiencia ha mostrado que el actual sistema de comunicaciones de Europa es inadecuado para el aumento de la demanda. La red interna de ferrocarriles, carreteras y líneas aéreas se desarrollará de acuerdo con un plan común”. También el ministro vichysta Jacques Benoist-Méchin, lamentaba la centralización del sistema de transporte francés, como si París fuera el único centro del mundo, y exigía nuevas arterias que se conectaran con las carreteras alemanas e italianas para dar a la infraestructura de transporte de Francia un carácter genuinamente europeo. Un orador de la conferencia sobre la Comunidad Económica Europea proclamó que “el futuro pertenece al transporte motorizado”.

Las sorpresas de los adelantos nazis no tienen fin. Otro ejemplo es el Tratado Europeo contra el terrorismo de 1977, que está literalmente extraído del Pacto entre Hitler y Mussolini, el llamado Pacto Antikomintern, el acuerdo contra los comunistas. Por eso cuando Rumanía se incorporó a la Unión Europea, emitió una declaración contra el comunismo y, al mismo tiempo, rehabilitó con todos los honores la figura de Antonescu, la versión local de Hitler, Mussolini y Franco.

Europa es justamente eso y nada más que eso.

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El león del desierto

La película, estrenada en 1981, relata la biografía de Omar El-Mojtar, un anciano combatiente que se levanta en armas contra los colonialistas -y fascistas- italianos. El levantamiento fracasa y el anciano guerrillero, que interpreta con su habitual maestría Anthony Quinn, es capturado y ahorcado públicamente.

Hasta hace apenas 100 años, Libia era una parte del Imperio Otomano de la que se apoderó Italia. Desde el principio las diferentes tribus del norte de África se opusieron ferozmente a los nuevos amos. Los libios estaban organizados en cofradías o hermandades de tipo feudal, donde los religioso, lo político, lo militar y lo social se fundían.

Las guerras de Libia corrían paralelas a las del Rif, donde los colonialistas españoles enviaron a sus peores carniceros, los legionarios, encabezados por generales como Millán Astray o Franco. Los italianos enviaron en 1932 al general Rodolfo Graziani para aplastar el levantamiento armado de Omar El-Mojtar, “El jeque de los militantes” y “El león del desierto”.

Diez años después de llegar los fascistas al gobierno, Graziani logró capturar a El-Mojtar y lo encerró en el Palacio del Gobierno de Bengasi, a donde fue a visitarle. ¿Quién era aquel anciano indomable que durante años había mantenido la guerra de guerrillas contra el poderoso ejército colonial fascista?

El libro de memorias del general italiano, “Cirenaica pacificata”, escrito al año siguiente, rememora el encuentro. Describe al anciano como un viejo modesto, disminuido y con los pies deformados por la enfermdad de gota que padecía. A pesar de ello, los fascistas le mantenían esposado y encadenado. Cuando el general se acerca, el anciano le tiende la mano, que el otro rechaza. Los fascistas no admiten ninguna clase de treguas.

El colonialismo ejerció de juez y parte abriendo un consejo de guerra contra el guerrillero, que fue presidido por Graziani en persona. Fue la típica farsa que duró una hora y media. En el interrogatorio éste le dice que miles y miles de libios han muerto por su culpa. “¿Merecía la pena?”, le pregunta:

El-Mojtar: Han muerto al servicio de una buena causa. Están en el paraíso
Graziani: Eso es fanatismo religioso.
El-Mojtar: No, eso es fe.

En un momento dado del intercambio, el anciano se siente fatigado y le pide un asiento al general italiano, que accede:

Graziani: Siéntate y escucha. Aún puedes salvar tu vida. Con tu autoridad, ¿puedes lograr la sumisión de los rebeldes de Djebel?

El-Mojtar: Estando preso no puedo hacer nada y, por lo demás, jamás haría eso. Todos hemos jurado morir, uno tras otro, pero no someternos. Yo jamás me sometería por mi propia voluntad. Eso es seguro.

Al día siguiente, los italianos ahorcaron al anciano en el campo de concentración de Soluk ante una muchedumbre de 20.000 personas. Subió al cadalso sujetando sus gafas entre las manos, que se le deslizan de ellas tras el último aliento.

En la escena final de la película, un niño corre hacia el cadáver que cuelga de la soga para recuperarlas, una metáfora de la continuidad de la lucha contra el colonialismo -y el fascismo- en los tiempos que corren. Mueren los héroes ancianos, pero su lucha la continúan desde la infancia otros héroes.

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Guerra psicológica

La guerra sicologica de la invasion de Panamá

En 1989 Panamá fue objeto de un experimento infame, una estrategia de manipulación cuidadosamente diseñada y ejecutada con éxito por una unidad especial de operaciones sicológicas del ejército de los Estados Unidos. Las estrategias e instrumentos usados les dieron resultados exitosos cuyos impactos aún afectan la psique del panameño.

Cuando Estados Unidos bombardeó e invadió Panamá, el 20 de diciembre de 1989, llevaba casi dos años trabajando en una operación de manipulación sicológica que siguió hasta bien entrado el año 1990. Los encargados eran los miembros del 4º Grupo de Operaciones Sicológicas (4th Psychological Operations, PSYOP), hoy conocido como el 4th Military Information Support Group, con sede en el Fuerte Bragg en Carolina del Norte, cuyo lema es “Verbum vincet” (La palabra vencerá).

Como en toda operación de esta naturaleza, se buscaba influir en las “emociones, motivaciones, razonamiento objetivo y a la larga en el comportamiento” de los individuos, grupos y autoridades de ambos países. A los de Panamá, para que aceptaran la invasión como una “liberación”; a los de Estados Unidos, para que vieran la guerra injusta a la que sometían a un país muy pequeño, de menos de 1 por ciento de su población, como un “regalo” de democracia y justicia. Como objetivo no declarado, no sólo de la operación sicológica, sino de todo el proyecto de invasión, se quería contrarrestar al Subcomité del Senado sobre Terrorismo, Drogas y Operaciones Internacionales, dirigido por John Kerry, que desde 1986 sostenía que el gobierno de ese país no había hecho nada en cuanto al narcotráfico en la región y, desligar a Reagan y a Bush (en pleno periodo electoral) de las razones que en ese entonces eran desconocidas por el público y que serían admitidas por la CIA en 1998: que el gobierno estadounidense apoyó a los Contra en Nicaragua, inundando de la droga crack la ciudad de Los Angeles, California para financiarlos. Operación en la que Noriega los había apoyado.

Podría decirse que para el equipo de especialistas en guerra sicológica iba a ser un trabajo fácil. Para que lo fuera más, a los pocos meses de empezar, en febrero de 1989, a Noriega le levantaron cargos por narcotráfico y lavado de dinero. Con ello era más sencillo convencer a la opinión pública de Estados Unidos de que se trataba de un monstruo capaz, él solo, de poner en peligro a los casi 250 millones de habitantes de ese país. En Panamá, donde Noriega tenía problemas crecientes, ni siquiera los que hacían negocios con él lo iban a defender de las acusaciones de Estados Unidos.

Así, antes del conflicto armado, el trabajo involucró la manipulación de medios de comunicación locales e internacionales, trasmisiones de radio, por teléfonos y máquinas de fax (no existía el internet, así que caricaturas, noticias y artículos circulaban como facsímiles); movimientos de tropas y ejercicios en territorio panameño; y el aprovechamiento de cada bravuconada de Noriega, como la golpiza a Ford y el asesinato de su guardaespaldas, la famosa escena con el machete, o la balacera frente al Cuartel Central de las Fuerzas de Defensa en la que murió el infante de marina Robert Paz.

Y durante la guerra consistió en el uso de volantes, camisetas y pancartas previamente diseñadas; la deshabilitación de las transmisiones que se opusieran a la invasión; la publicación en los periódicos de caricaturas creadas para este conflicto por un tal Tim Wallace, alias Lobo, que ni siquiera hablaba español pero que usaba muy bien los elementos de la cultura y la política panameña; noticias controladas en medios impresos, radiales y televisivos (memorable la visita a la casa de Noriega donde se mostraban enormes bolsas blancas con el logo del Banco Nacional de Panamá, llenas de dinero y parafernalia de la utilizada para la santería, religión que en Panamá los más conservadores relacionan con la brujería y en Estados Unidos con el vudú); el uso de altoparlantes con música estridente o mensajes leídos por hispanohablantes; las llamadas telefónicas directas con informaciones o amenazas; la distribución de pancartas alusivas a la extradición de Noriega o a la bienvenida a las tropas invasoras, tanto en cartón como en tela; todo el material necesario para lograr que los miembros del ejército panameño entregaran sus armas y pasaran a formar parte de la nueva policía, para la que ya se habían diseñado hasta las placas (con un mensaje alusivo, de orgullo renovado, a los que aceptaran ser miembros) y los emblemas que siguieron usándose; permisos para portar armas para ser firmadas por las nuevas autoridades y, para los más bravos, carnés de afiliación a los boinas negras arnulfistas con los colores de esa agrupación.

La campaña de manipulación

Tal vez no sabremos nunca si otros actos fueron planificados y su ejecución dirigida por esta organización para convencer a la opinión pública de la supuesta justicia de esta guerra no declarada. Lo que sí sabemos es que Noriega, que en 1970 fue alumno de la Escuela de Operaciones Sicológicas de la Armada de Estados Unidos en Fuerte Gulick, en Panamá, no pudo con la avalancha de información y terminó buscando santuario en la iglesia antes de entregarse a los Estados Unidos, mientras que los miembros de las Fuerzas de Defensa se rindieron rápidamente.

El panameño común, constantemente manipulado por la televisión comercial, fue aun menos capaz de enfrentar esta parte sicológica de la guerra y, a pesar de las imágenes de El Chorrillo incinerado y sus miles de habitantes desplazados, de los carros aplastados en las calles y las historias de vecinos de todos los sectores de la ciudad de Panamá, Colón o Río Hato heridos de bala o muertos por unos muy eficientes soldados, hoy recordamos las imágenes, que le dieron la vuelta al planeta, de la gente celebrando la llegada de las tropas estadounidenses.

Manipulados por una propaganda muy bien tramada, el día después de Navidad, los canales de televisión controlados por los militares ocupantes revelaron que Noriega tenía dos días de estar refugiado en la embajada del Vaticano. No sabemos con certeza por qué demoraron ese tiempo en revelarlo, pero fue una información mantenida en secreto hasta ese momento. Las escenas transmitidas, que podemos ver en internet hoy, muestran el área controlada por tropas estadounidenses en varios vehículos artillados, sobrevolada por enormes helicópteros de guerra, y un grupo de personas que se había reunido en el área durante la tarde, portando pancartas en español y en inglés: “Noriega must be judged not exiled”; “Asilo no! Justicia”; “Otro Noriega nunca más”; “Justicia justicia justicia”. Luego, las personas declarando ante las cámaras de manera contundente sobre la necesidad, no de juzgar a Noriega, sino de entregarlo: “Pero nosotros no estamos de acuerdo en que Noriega se quede aquí en Panamá. Si los gringos vinieron por él, se lo tienen que llevar a él y a los secuaces”. A partir de esa transmisión, la gente comenzó a llegar al área voluntariamente. Recibieron con gusto (aunque no sólo esa noche y en ese lugar) camisetas con las banderas de los dos países, mensajes de bienvenida, paz y agradecimiento por la libertad y la democracia.

Los resultados del experimento

Nadie se preguntó cómo pudo imprimirse ese material a favor de la invasión, si la circulación de las personas estaba restringida y la ciudad de Panamá había sido desmantelada por un saqueo general, sin contar que el país llevaba meses casi detenido, con los bancos cerrados por un largo embargo internacional, y las imprentas y locales publicitarios, entre otros comercios no indispensables, cerrados por falta de dinero.

Preguntas que no se hacían en ese entonces y todavía no se hacen. En la mente de la mayoría de los panameños siguen grabadas varias ideas, que persisten a pesar del paso de los años y de otras evidencias.

Por ejemplo, a pesar de tantos libros de tácticas militares publicados en Estados Unidos en los que se describen las batallas que se dieron en Panamá y Colón, incluyendo la del antiguo aeropuerto de Paitilla, que resultó en la mayor cantidad de muertos para los afamados Navy Seals, la mayoría todavía cree que los estadounidenses no encontraron ninguna resistencia. Aún con la información conocida de médicos, enfermeras y otro personal, además de conductores de ambulancias, carros de bomberos y taxis que pusieron en riesgo su vida, muchos de ellos heridos o muertos tratando de llegar a los hospitales o atendiendo las múltiples emergencias que se dieron esa noche de destrucción, es común que se siga diciendo que durante la invasión el panameño actuó de manera cobarde.

A pesar de la disponibilidad de tantos videos (hoy en internet) tomados por el mismo ejército de los Estados Unidos, mostrando la intensidad del bombardeo al que fue sometido El Chorrillo durante toda la noche, todavía se repite que las viejas casas de madera de ese barrio fueron incendiadas por allegados a Noriega al día siguiente. Casas que, en tiempos de paz, se incendiaban constantemente de forma accidental.

Aunque hoy sabemos que la ubicación de Manuel Antonio Noriega al momento de iniciarse las hostilidades era conocida por Estados Unidos, que manejaba sus operaciones de inteligencia para toda la región desde Panamá, se insiste que los muertos, los miles de desplazados, sobre todo los de El Chorrillo, pero también los llevados desde Río Hato, eran necesarios para atraparlo y sacarlo del poder.

Y se sigue creyendo que el repudiado saqueo era inevitable y no el crimen de guerra que fue, imperdonable para el ejército profesional más poderoso del mundo, que durante esta ocupación militar tenía la obligación de realizar las funciones policiales, bomberiles y de otras organizaciones civiles desmanteladas por ellos desde la primera noche.

Por supuesto, no todos los planes de esta organización funcionaron debidamente, como fue el caso de la música estridente que usaron para amedrentar a Noriega, acto que, aunque cautivó al público, fue muy criticado por diversos expertos militares. Sin embargo, la operación fue tan exitosa que sabemos que mucho de lo que aplicaron en Panamá fue utilizado en mayor escala, y de forma refinada, en las guerras siguientes en las que Estados Unidos participó.

La reconstrucción de la memoria

En Panamá, es indiscutible que el 4th PSYOP Group logró su cometido de influir en la mente de la gente para que aún, casi tres décadas después, vean la invasión y todas sus consecuencias horrorosas como algo inevitable, y como el regalo de una liberación.

Urge ahora a los panameños reconstruir los hechos, revelar la verdad, investigar todo lo relacionado con esta guerra no declarada, contar y nombrar a los muertos, que no pueden seguirse viendo como material descartable en una lucha de poderes, exaltar a los héroes y corregir el daño realizado por estas organizaciones dedicadas a la manipulación sicológica y cultural. Daño más terrible, por sus efectos a largo plazo, que toda la destrucción causada al país por los bombardeos.

J.L. Rodríguez Pittí http://laestrella.com.pa/panama/nacional/guerra-sicologica-invasion-panama/23977148

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Los crímenes de la transición: el ‘caso’ Almería

Diez de mayo de 1981. Aparecen tres cuerpos calcinados dentro de un Ford Fiesta en el barranco de Gérgal, Almería. A punto de cumplirse 36 años del Caso Almería, conocido por el brutal asesinato de Juan Mañas Morales, de 24 años de edad, Luis Manuel Cobo, de 29 y Luis Montero García de 33, confundidos con un comando etarra a finales de la Transición, la nueva Ley de Memoria Democrática andaluza le ha concedido al fin justicia, calificándolos con el rango de víctimas de aquella sangrienta etapa. La ley, aprobada el pasado jueves en el Parlamento andaluz, declara por primera vez a los tres jóvenes, asesinados, como víctimas de aquella represión. En el articulado de la ley memorialista, el rango de víctima se ha ampliado hasta el año 1982.

Francisco Javier Mañas, hermano de Juan, aclara “cómo se ha tardado tanto tiempo en declararlos como víctimas del régimen. Los familiares que estamos vivos necesitábamos una respuesta, un reconocimiento ético de un asesinato que nunca llegó a investigarse hasta el fondo”, destaca el menor de los Mañas a sus 43 años. María, la madre de ambos, sigue sufriendo muchísimo. Es normal. Recuerda la ansiada espera aquel mes de mayo de su hijo y sus amigos para la comunión del pequeño Francisco Javier en el municipio almeriense de Pechina. “En el pueblo aún recuerdan muchos la noticia. Y es que, aunque era un niño de ocho años, nunca me olvidaré que solo tres de los once guardias implicados en el asesinato de mi hermano fueron condenados”.

Juan, Luis Manuel y Luis atravesaban España desde Santander a Pechina. En un vehículo partirían los tres amigos. Tuvieron que parar por culpa de una reparación del coche en la ciudad de Puertollano, donde alquilaron un nuevo automóvil, marca Ford Fiesta […] El diez de mayo de 1981, los cadáveres de los tres jóvenes equivocados aparecieron dentro del Ford Fiesta, calcinados y acribillados a balazos.

Antonio Ramos Espejo, periodista y autor del libro “El Caso Almería. Mil kilómetros al Sur” (Argos Vergara Editorial) afirma con rotundidad que “el llamado Caso Almería pasa por ser uno de los episodios más negros de la democracia española”. El investigador granadino tiene grabada en su mente la escena de los acusados en el juicio celebrado el 14 de junio de 1982. Cuando el presidente del Tribunal que los estaba juzgando preguntó antes de pronunciar la sentencia si los acusados tenían algo que manifestar: el teniente coronel, Carlos Castillo Quero, principal imputado, dijo escuetamente “No. No”, manifestó también el guardia Fernández Llamas. El teniente ayudante contestó: “Lo siento muchísimo”. Sólo estas últimas palabras parecían indicar un mínimo de arrepentimiento.

Cuerpos carbonizados para no dejar huellas

Tres años después del asesinato una carta arrojaría algo de luz al caso Almería. La familia Mañas Morales recibe en 1984 una carta anónima enviada por un guardia civil de la zona. Ramos argumenta que aquella misiva, “describía de forma descarnada lo que más o menos se sabía o se intuía”.

El testimonio anónimo relataba la brutal muerte de aquellos inocentes en un cuartel de Casafuerte (Almería). “Al principio le dieron una gran paliza, especialmente por el guardia C.., perdiendo el conocimiento. Entonces lo mataron con un tiro de pistola que cada uno que recibieron (sic) por separado. Posteriormente, los envolvieron (sic) en mantas (sic), penetrándolos en el Ford Fiesta, en el asiento trasero, ordenando Castillo Quero que fueran volcados en el sitio que no les viera nadie y que se les pegara fuego para que no se conocieran los malos tratos”.

El anónimo guardia civil llega incluso a relatar en su carta que los asesinos utilizaron el dinero que llevaban las víctimas en sus carteras para comprar la gasolina con la que fueron carbonizados. Al final de la carta reclama. “En la actualidad (1984) soy guardia civil, pero no asesino que relata a la familia Mañas las circunstancias en las que murió su hijo y sus compañeros”.

Ninguna de aquellas pruebas sumó más condena para los acusados. Las tres sentencias firmes a tres de los guardia civiles fueron de 24, 15 y 12 años, quedando ocho de ellos impunes. Sin embargo, Ramos apunta que “después del juicio, lo que había quedado más claro es que Juan Mañas, Luis Cobo y Luis Montero no eran etarras y, lo más grave, que sus cuerpos fueron acribillados a balazos y luego quemados para que se borraran las huellas del crimen”. La verdad de los detalles del brutal asesinato nunca se dieron a conocer por parte de los implicados.

Mañas aclara que “la justicia no actúo en aquella etapa tan complicada para España y no sabíamos si conoceremos más detalles en vida”. Por su parte “agradece este reconocimiento como víctimas de parte de la ley andaluza pero saber la verdad hubiera sido lo que más nos hubiera curado a todos los que sufrimos aquello”.

La protección al resto de guardias civiles implicados, fue evidente en la etapa ya política del PSOE en España. “A aquellos criminales siempre los protegieron”, afirma Francisco Javier. “Se le dieron hasta unas viviendas en el pueblo costero de San José. Imagínate la rabia y la impotencia de saber que esta gente sigue sin ningún tipo de condena y encima no se haya pedido ni perdón por parte del Gobierno, como tantas veces ha dicho mi madre María”.

Denegada tres peticiones como víctimas de terrorismo

La familia Mañas nunca ha desistido en buscar el reconocimiento de estos jóvenes como víctimas de aquel crimen de Estado. Ninguna de las tres peticiones realizadas al gobierno en los años 2000, 2003 y 2006 surtieron efecto. Mañas apunta que “en todos los casos, y con diferentes gobiernos del PP y PSOE, nos han comentado que no entran dentro de los parámetros al ser víctimas colaterales de un atentado, no víctimas directas”.

Hasta el año 2014, los familiares del caso Almería no conocieron la noticia de la nueva Ley de Memoria Democrática andaluza. “Nos dijeron que iban a entrar dentro del rango y no queremos indemnizaciones solo buscamos la verdad y que se repare la figura de estos tres jóvenes que murieron de una forma tan injusta”.

La ley andaluza amplía el rango de víctima y el horizonte temporal, respecto a la ley estatal de Memoria Histórica aprobada en el año 2007 por Zapatero. Su artículo extiende el período desde 1931, inicio de la Segunda República hasta el 11 de enero de 1982 cuando entra el vigor el Estatuto de Autonomía.

http://www.publico.es/politica/crimenes-humanidad-olvidare-tres-once.html
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Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismo

Llevan un tiempo los medios de comunicación, especialmente los del grupo Prisa, bombardeándonos con el último producto de Javier Cercas Mena, El monarca de las sombras, que para variar vuelve a la guerra civil para seguir hablándonos de Falange. Ya lo hizo una vez sobre un personaje tan relacionado con Cáceres como Rafael Sánchez Mazas y ahora lo hace sobre su tío abuelo Manuel Mena Martínez. Y si en el caso de otra de sus novelas, El impostor, su protagonista Enric Marco venía a ser el Quijote ahora Cercas ha decidido asociar al fascista de su tío abuelo con el mítico Aquiles. Supongo que igual que en El impostor debió creerse Cervantes ahora se verá como Homero. Da igual que la novela sea plana, insulsa e incluso un tanto tediosa o que una vez más quiera convencernos de que sus novelas no son de ficción. Estamos ante la obsesión de un profesor de literatura por aparecer en sus novelas y querer hacerlas pasar por algo más que un mero relato con voluntad de ser literario.

Algunos llaman a esto novela de no ficción, relato real, novela antigénero, metaliteratura, género degenerado, posliteratura o como les venga en gana, pero quizás pertenezca de lleno al territorio de la egoficción. Lo curioso es que en sus declaraciones a los medios Cercas no habla como un novelista sino como un historiador, lo cual no deja de llamar la atención en alguien que está convencido de que la historia nunca es objetiva. Aunque cuando dice esto no se sabe cuál de sus muchos “yo” habla, si el personal, el literario, el pueblerino, el mentiroso, el cosmopolita, el periodístico o el historiador. A saber.

De esta forma ocurre que, sean cuales sean sus intenciones y por muy literarias que parezcan, lo que sus lectores perciben es que lo que leen pretende pasar por Historia. Y así se produce la paradoja: los historiadores llevamos décadas intentando comprender las causas y consecuencias de la destrucción de la II República y por ahí en medio aparece Cercas disfrazado de historiador e inventándose lo que le viene en gana con el aplauso de los que nunca han querido que se conozca ese pasado.

De entrada conviene situar tanto a Cercas como a su tío abuelo Manuel Mena, a quien considera “un niño inocente”. No se cansa de decir allá por donde va que “murió por culpa de una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero”. No es una reflexión muy elaborada, pero a él le basta, ya que debe pensar que así se le considerará un hombre de izquierdas, un antifranquista. Pero al decir esto olvida que tanto entre los golpistas como entre los defensores de la República hubo gente muy joven, de la misma edad que Mena, y que muchos de ellos sabían perfectamente, al igual que él, por qué y contra qué luchaban.

Así que ni niños ni inocentes ni pandas de hijos de puta. Manuel Mena pudo elegir entre respetar las leyes o actuar al margen de ellas y decidió lo segundo, lo cual no es mal principio para alguien que pensaba iniciar los estudios de Derecho ese mismo año. Se asombraría Cercas si supiera el papel que tuvieron muchos de esos “niños inocentes” en los pueblos que cayeron pronto, como el suyo, en poder de los sublevados.

Según nos cuenta el propio Cercas, uno de sus antepasados, Juan Mena, padre de Manuel, propietario de tierras y ganado, era el cacique del pueblo. Por otra parte su abuelo Francisco Cercas había sido concejal durante el Bienio Negro y fue destituido en febrero del 36. En fecha imprecisa, aunque supongo que sería en los meses del Frente Popular, ambos fueron detenidos y pasaron por la cárcel “acusados de almacenar armas en una finca”. Javier Cercas, al que este hecho lleva a decir: “A estas alturas todo estaba preparado para que el país entero volase en mil pedazos”, los justifica diciendo que, ante el rumor de que los jóvenes socialistas de la Casa del Pueblo fuesen a realizar una matanza de derechistas, la propia Guardia Civil les aconsejó que se protegieran. ¿Y quién se supone que debía defender a los socialistas de esa gente armada y conchabada con la Guardia Civil?

Además, con ello Cercas da crédito a ese tipo de rumores que circularon a posteriori por todos los pueblos con el único objeto de justificar el golpe y la represión. Lo cierto es que su abuelo Francisco Cercas, presidente de la Sociedad de Agricultores, fue igualmente el presidente de la gestora el 20 de julio del 36, jefe local de Falange y alcalde de Ibahernando entre 1937 y 1939. “Un período bastante breve”, añade Cercas sin percatarse de la eternidad que representaron aquellos dos años. Por cierto que en dicha gestora también estaba su tío Juan Domingo Gómez Bulnes, yerno del cacique y que también llegaría a alcalde. Tampoco su bisabuela, la madre de Mena, se cubre de gloria cuando la vemos arremeter contra un vecino que ha luchado por la República con el que se cruza por el pueblo echándole en cara que él viva y su hijo no.

Para Javier Cercas su abuelo Francisco era un “labrador instruido”, “hombre cabal” y “dotado de una autoridad congénita y de una congénita capacidad para ejercerla”, don este muy extendido entre quienes accedieron al poder por vía militar. Añade que había simpatizado con el socialismo y que procedía de Unión Republicana, el partido de Manuel Azaña. Sirva esto de muestra de las mal digeridas lecturas que ha hecho Cercas, ya que no hace falta ser un experto en historia de la República para saber que Unión Republicana nació de una escisión del Partido Radical y que el Partido de Azaña era Izquierda Republicana y no el que él dice.

En cuanto a su abuelo, aparte del disparate de asociarlo al socialismo, más bien encaja en aquellos reaccionarios descolocados por la llegada de la República que se metieron en el Partido Radical para no quedar fuera de la vida política. Sería todo lo cabal y lo congénitamente capacitado que su nieto desee pero lo que debería haber hecho es presentarse a las elecciones. La forma en que llegó a la alcaldía no lo deja en muy buen lugar y sería curioso ver todos los informes políticos que llevaban su firma.

Cercas intenta mostrar la bondad de sus familiares contando cómo ayudaron a algunos izquierdistas. Parece no saber dos cuestiones básicas: que quien en esas situaciones puede salvar vidas es muy probable que también haya tenido la potestad de destruirlas y que raro fue el partidario del golpe que, por lo que pudiera pasar, no contaba en su haber con un rojo salvado. Y digo esto porque desde el desastre nazi en Stalingrado a fines de 1942 y la debacle del fascismo italiano en septiembre de 1943 más de uno empezó a pensar en el nuevo signo de los tiempos. Por suerte para ellos la censura franquista les libró de ver los cadáveres de Mussolini y otros afines colgados en una plaza de Milán en abril de 1945.

Para los que apoyaron el golpe militar y se unieron a fuerzas paramilitares como las banderas de Falange, caso de Francisco Cercas y Manuel Mena, su idea de lo que se traían entre manos era similar a la de un paseo triunfal. Tenían ante sí lo ocurrido en Cáceres, una provincia que había caído casi por completo en cuestión de días. Para esta gente su tarea consistía en ocupar el poder municipal, acabar con la vida de una serie de gente muy concreta, expulsar de todas las instancias locales a las personas relacionadas con la República y reajustar la vida local como poco a la situación existente antes del 14 de abril de 1931. La experiencia republicana debía ser destruida y borrada, como si no hubiera existido.

Pero ocurrió que la marcha triunfal terminó de manera abrupta el 7 de noviembre de 1936 en las puertas de Madrid. Contra todo pronóstico el ejército de la República paró en seco a las diferentes columnas que esperaban ocuparla en poco tiempo. Todos ansiaban celebrar la entrada en Madrid, unos con sus consejos de guerra listos para desinfectar la capital y otros con toda la parafernalia para la celebración de misas al aire libre, y resulta que no solo no lo consiguieron sino que el golpe devino en una guerra interminable, una guerra de verdad y no la escabechina que venían practicando desde julio. La decepción que sufrieron Francisco Cercas y Manuel Mena de la que habla Cercas no era otra cosa que el terrible choque que la guerra de verdad produjo incluso en aquellos que la provocaron. La guerra no era lo que les habían contado.

Nos cuenta Cercas –imposible saber qué hay de verdad en ello– que Manuel Mena, a la altura de 1938, estaba ya harto de la guerra y que si volvía a ella era por un sacrificio personal, para que no tuviera que ir otro de sus hermanos. Lo que le lleva a afirmar que era “un hombre de carne y hueso, un simple muchacho pundonoroso y desengañado de sus ideales y un soldado perdido en guerra ajena”. También “había sido capaz de arriesgar Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismosu vida por valores que […] estaban para él por encima de la vida, aunque no lo estuvieran o aunque para nosotros no lo estuvieran”.

Y añade: “… no murió por la patria… no murió por defenderla… murió por nada…” ¿Le parecerá poco a Cercas que su familia pasase a controlar el pueblo desde el 20 de julio de 1936? ¿No le choca que su abuelo Francisco Cercas, presidente de la primera gestora fascista y alcalde durante la guerra, considerara ya de mayor a los vencedores como una banda de arribistas y desaprensivos, cuando no maleantes, y que sintiera por ellos el mayor desprecio? ¿Acaso no estaban él y su familia entre ellos? Se trata de un fenómeno conocido y que pasó también a fascistas de toda Europa: con el paso de los años aquel pasado negro les empezó a estorbar.

Otro problema es la terminología. Solo dos apuntes. Cercas y otros como él no se cansan de escribir y de hablar de cuándo estalló la guerra civil. Con ello lo que hacen es cubrir con el manto de la guerra unos meses en los que no cabe hablar de guerra alguna, sino simplemente de golpe militar y de represión. El 17 y 18 de julio no estalla guerra alguna, sino que se produce un golpe de estado contra la República, golpe que, como hoy sabemos, venía preparándose desde el mismo día de su proclamación. La guerra vino luego. Primero fue la sublevación, el trasvase a la península del ejército de África, sin el cual poco hubieran podido hacer, y el plan represivo que produjo en pocos meses un genocidio de proporciones desconocidas en nuestro país. En la zona controlada por los fascistas no hubo paseos, sino un plan de exterminio perfectamente organizado por los militares y civiles que movían los hilos de la maquinaria represiva.

Las personas asesinadas en Ibahernando, unas doce, dos de ellas mujeres, no fueron paseadas por un grupo de incontrolados sino que lo fueron por decisión de un comité local presidido por alguien en funciones de comandante militar, comité que, aunque conocido por todos –máxime en un pueblo de dos mil y pico de habitantes–, solía mantenerse en la sombra. Es posible que el comandante militar de Ibahernando fuese un guardia civil y que este estuviese asesorado en las tareas represivas por algunos vecinos. Los componentes de dicho comité no solían mancharse las manos de sangre, para eso estaban el personal subalterno, ya fueran falangistas, guardias o simples voluntarios. Así pues hablar de paseos es ignorar la mecánica represiva puesta en marcha por los sublevados.

Una de las claves de la novela es la ambigüedad, lo cual no es de extrañar si pensamos en la dificultad de convertir a un fascista común que encuentra la muerte en una batalla nada menos que en Aquiles. Veamos un ejemplo. En un momento se puede leer que la Falange fue “la milicia armada de la reacción en el violento expediente de urgencia segregado por la oligarquía para terminar con una democracia que pretendía reducir sus privilegios…” Esto parece que procede de algún libro. Y en otro se asocia esa misma Falange al “idealismo romántico y antiliberal, la radicalidad juvenil, el vitalismo irracionalista y el entusiasmo por los liderazgos carismáticos y los poderes fuertes de aquella ideología de moda en Europa”. Y aquí parece que transcribe a Sánchez Mazas.

Cercas prefiere hablar de falangistas y franquistas más que de fascistas y de fascismo, concepto que solo aparece en relación con Europa. Esta confusión sistemática está en la base de la novela y es continua y obligada, ya que si no existiera no habría forma de salvar al personaje. Parece que este es el destino de Cercas: salvar a fascistas y farsantes como Sánchez Mazas, Enric Marco o Manuel Mena.

El panfleto de Cercas se encuentra en la misma onda de aquella declaración que el gobierno de Felipe González y Alfonso Guerra realizó en 1986 con motivo del cincuenta aniversario del golpe militar. Según parece, pretendían “honrar y enaltecer la memoria de todos los que, en todo tiempo, contribuyeron con su esfuerzo, y muchos de ellos con su vida, a la defensa de la libertad y de la democracia en España”. Y también manifestar “su respeto a quienes, desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su propia existencia”.

Pues bien, este cinismo de calculada ambigüedad es exactamente el mismo que parece inspirar el escrito de Cercas. El PSOE lo hacía por satisfacer a todos, seguir obteniendo más votos que los demás y perpetuarse en el poder. Cercas lo hace para blanquear a través de su tío y de su familia el pasado del fascismo español. También para salvarse a sí mismo de tan negra memoria familiar, con la que no sabe qué hacer. Afirma que solo en la madurez ha dejado de sentir vergüenza por sus orígenes familiares, pero que ya se ha resignado a ellos. Y piensa, imbuido sin duda de la clarividencia histórica que lo caracteriza, que su familia “había sido franquista, o por lo menos había aceptado el franquismo con la misma mansedumbre acrítica que lo había aceptado la mayor parte del país”.

Sin duda le hubiera venido bien un proyecto de investigación similar al que se llevó a cabo en Alemania en los años noventa, titulado “El abuelito no fue nazi. Nacionalsocialismo y holocausto en la memoria familiar”.

Al recordar el entierro celebrado en el pueblo en honor de Manuel Mena Martínez viene a la memoria lo escrito por un vecino de Sanlúcar de Barrameda con motivo de un acontecimiento similar ocurrido allí durante la guerra. Decía: “Rodeada así la vida de este aparato militar y litúrgico, la vida parece una cosa despreciable. Dan ganas de convertirse en muerto”. Eso debieron pensar algunos vecinos de Ibahernando, olvidando que ya había habido muertos.

Desgraciadamente Cercas aporta escasa información sobre los vecinos de su pueblo que fueron asesinados a partir del 20 de julio. Quizás la más citada sea la maestra Sara García, de 22 años, cuyo cadáver apareció en una finca. Como en otras muchas ocasiones el crimen se justifica por motivos externos: porque su novio, un izquierdista, había huido o, también, porque se trató de una venganza de un pretendiente anterior. Conocemos estas historias. Son ya muchos años intentando asociar la represión a cuestiones personales. Hay, sin embargo, otra opción que Cercas no tiene en cuenta: por lo general la gente dedicada a la enseñanza fue asesinada por ser de izquierdas y representar la apuesta más importante realizada en nuestra historia a favor de la educación pública. Por su edad, la maestra Sara García pudo ser una de esas maestras de la generación de la República que no encajaban de ninguna manera en los planes de enseñanza que los sectores más reaccionarios de la sociedad española, con la Iglesia en cabeza, impusieron de inmediato. También fue asesinado otro maestro.

Para justificar el terror que segó vidas en una pequeña localidad en la que hasta ese momento no se había derramado sangre, Cercas recurre a fórmulas que no cuadran con el caso. No se trata ya de dar pábulo a rumores como el de que jóvenes socialistas habían creado una lista con los nombres de los derechistas que había que eliminar, sino de hablar de “la situación explosiva” existente en el pueblo en los meses anteriores al golpe o aludir a los propietarios “asustados por la deriva revolucionaria de la República y sobre todo por la atmósfera de violencia que desde hace meses se respira en Ibahernando”. Tampoco se priva de decirnos que sería raro que Manuel Mena “no respirase allí [Cáceres] la atmósfera de preguerra que se respiraba en todo el país” y que sintiese “la inminencia del estallido violento” que todo el mundo sentía. Cercas está preparando el terreno para el golpe y para su familia.

Al poco tiempo de morir, el nombre de Manuel Mena pasó a denominar una calle del pueblo. Según la ley de memoria histórica esta calle debería desaparecer. Nadie que se sume a un golpe de estado merece una calle. La pregunta que surge ahora, tras la salida al mercado de la novela de Cercas, es quién se atreverá quitar del callejero de Ibahernando al héroe local que su sobrino nieto ha convertido en mito. ¿Qué más da que sirviese por voluntad propia en fuerzas paramilitares como Falange o a las órdenes de golpistas como Yagüe o Barrón? Es más, tal como van los tiempos es muy posible que Javier Cercas, además de dar nombre a la Casa de la Cultura de su pueblo, pase a denominar alguna de las calles cercanas a la de su tío abuelo. El día que eso ocurra se cerrará esta historia. Aquiles y Homero juntos.

La cuestión de fondo del libro de Cercas es dejar sentado que se puede ser “un joven noble y puro y al mismo tiempo luchar por una causa equivocada”, es decir, ser un fascista. Como es lógico, la respuesta del sobrino nieto de Manuel Mena Martínez, en la estela de la declaración del gobierno de González y Guerra en 1986, es que sí.

Este mismo espíritu es el que ha llevado hace poco a un juez de Soria, Carlos Sánchez Sanz, a decidir que el nombre de Yagüe debe seguir unido al de San Leonardo, su pueblo. Esto y un acuerdo de pleno de 2016 en el mismo sentido firmado por PP, PSOE y Ciudadanos. El argumento es similar al de Cercas: una cosa es el Yagüe falangista, guerrero y represor, y otra muy diferente el Yagüe benefactor que convirtió a su pueblo en un oasis soriano. Naturalmente se deja a un lado que la decisión de denominar al pueblo San Leonardo de Yagüe es de enero de 1940, cuando el jefe de la columna de la muerte aún no había derramado su acción benéfica sobre su pueblo.

Y es que Yagüe, como Mena, también entra dentro de ese privilegiado grupo de hombres puros y cabales que dieron vida, cada uno desde su sitio, al fascismo español, igual que “el poeta” Pemán o “el aviador” Ruiz de Alda. ¿Para cuándo la reposición de las plazas y avenidas antaño dedicadas a Franco, el gran benefactor de España? Sería solo el principio. Al fin y al cabo hombres de tan gran corazón como el carnicero de Badajoz no hubo muchos, pero de héroes locales está el país lleno.

Francisco Espinosa Maestre http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Javier-Cercas-mundo-egoficcion_6_622647752.html

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Torturada por los guardias civiles que la detuvieron

Sandra Barrenetxea llega a la Audiencia
El juicio contra cuatro guardias civiles, acusados de agresión sexual, torturas y lesiones a Sandra Barrenetxea vivirá hoy su segunda sesión en la Sección Primera de la Audiencia de Bizkaia. Este miércoles es la propia Barrenetxea la que narra al tribunal lo que vivió en 2010, cuando fue detenida acusada de pertenecer a Ekin y durante los días que permaneció incomunicada.

A su llegada a los juzgados Barrenetxea ha estado arropada por decenas de personas que se han concentrado frente a los juzgados, entre los que se encontraba una representación de EH Bildu. Según ha explicado, el trato inicial fue “correcto” pero después comenzó el tormento. “Fue un shock absoluto”, recuerda.

Barrenetxea ha relatado que le trasladaron a Madrid en coche, acompañada de cuatro agentes: “Me bajaron los pantalones, se reían de mi, me insultaban…”, ha apuntado. Asimismo, ha explicado las prácticas de asfixia que le aplicaron con la bolsa. Cree que fueron los mismos agentes que viajaron con ella en el coche: “Me insultaban, me llamaban puta… Era un caos”.

El juicio se ha parado unos minutos cuando Barrenetxea no ha podido continuar con el relato al recordar las amenazas de violación vividas en dependencias de la Guardia Civil. Tras reanudar la narración, ha señalado que el médico forense “no se preocupó” pese a lo que ella le contaba respecto a golpes y amenazas de dejarla estéril. “Para qué le iba a decir al forense que me habían bajado los pantalones, si no era capaz de darme un analgésico”, ha matizado.

Uno de los momentos más tensos ha llegado cuando Barrenetxea ha mirado a los cuatro guardias civiles juzgados y ha identificado a tres de ellos, tras lo que ha vuelto a romper a llorar.

Tras ello, Carlos Aguilar, letrado de los guardias civiles, ha tratado de desacreditar el estado de Barrenetxea tras su detención en 2010. Sin embargo, Barrenetxea ha defendido que sus denuncias “son coherentes”, aunque ha reconocido que, por lo vivido, “es difícil tener un relato completo”.

Asimismo, ha recordado que “ir a un sicólogo no es un trago fácil. Asumir que no eres capaz de gestionar tú vida”, ha subrayado para explicar su calvario. Pese a ello, ha destacado que no sabe de dónde sacó las fuerzas para negarse a declarar en comisaría. “No quería estar en la cárcel 20 años como me habían amenazado”.

La sesión ha seguido con la declaración por videoconferencia del abogado de oficio que asistió a Barrenetxea en dependencias de la Guardia Civil, cuando estaba incomunicada. No habló con la detenida ni en las dependencias de la Guardia Civil ni en su asistencia en la Audiencia Nacional española.

La acusación particular pide para los encausados penas que suman los 19 años de cárcel por agresión sexual torturas y lesiones, mientras Fiscalía y defensa solicitan su libre absolución al estimar que no cometieron delito ni falta.

http://www.naiz.eus/eu/actualidad/noticia/20170315/el-juicio-por-torturas-continua-hoy-con-el-testimonio-de-sandra-barrenetxea

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Ni terrorismo de Estado ni ostias en vinagre

B.
Parece ser que -lo acabamos de oír a las 12 del mediodía de hoy, día 15- el Tribunal Constitucional ha denegado la indemnización a los familiares de Lasa y Zabala -asesinados por los GAL, o sea, por el Estado- por considerar a éstos miembros de ETA a tenor de lo dicho en su día en el juicio al comandante de la Guardia Civil Rodríguez Galindo. Hubo otras sentencias donde se les declaraba miembros de «la izquierda abertzale», sin más, refugiados en Iparralde (el País Vasco francés).

En otras palabras, aquí no hay dos «terrorismos» sino uno solo: el de ETA. Y los GAL serían una banda, organizada o no, o igual ni banda, pero nada que ver con el Estado. Por eso hubo una Ley Antiterrorista hoy metida con calzador en la Ley de Enjuciamiento Criminal, creo, no estoy seguro. No se va a promulgar una Ley Antiterrorista para aplicarla al propio Estado, es de cajón y de género tonto lo contrario, ¿por qué?, pues porque no existe el terrorismo de Estado y sí el otro, ya saben, el otro. En el fondo, estamos de acuerdo cuando se dice que sólo hay un terrorismo, adivine el lector en cuál estamos pensando.

A todo esto, y dicho con toda ingenuidad, creíamos que estos tiempos estaban «superados», que ya vivíamos en el País de las Piruletas.

Buenos días.

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La descolonización del Sáhara en tiempos de la transición política

Ernesto Valderrey

El antiguo Sáhara español (Sáhara Occidental) ha sido objeto de numerosos estudios, especialmente su abandono por parte de España a finales de 1975. Destaca la comparecencia en marzo de 1978, ante la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados, de diversas
autoridades con responsabilidades en esa descolonización, ministros incluidos, que informaron de sus actuaciones y respondieron a las preguntas de los grupos parlamentarios. Se quiso conocer cómo ese proceso condicionaba en 1978 las decisiones sobre Canarias, Marruecos,
Argelia o el Sáhara (marco de un enfrentamiento armado entre la nueva potencia ocupante, Marruecos y fuerzas saharauis independentistas, el Frente Polisario, que ya actuó contra la anterior potencia ocupante, España).

Desde 1960, en plena ola descolonizadora, nuestro país se vio obligado a informar a la ONU de que administraba territorios no autónomos, aunque disfrazados de provincias, de los que se fue desembarazando (Guinea, Ifni) quedando el Sáhara, reconocimiento que obligaba a garantizar el derecho a la autodeterminación de su población. La retrocesión en 1967 de Ifni a Marruecos no apaciguó las relaciones con este país que reivindicaba también el Sáhara, amén de Ceuta y Melilla.

Además, la pérdida de influencia de España en Guinea, tras su independencia en 1968 (colonia que contó en su momento con ¡partidos políticos, elecciones y gobierno autónomo!) hizo que vacilara en qué hacer con el Sáhara, más cuando no estaba claro qué población debía participar en el proceso de autodeterminación y qué países debían ser tenidos en cuenta. La “desgracia” del rico subsuelo, no solo los fosfatos de Bu Craa, y la posición estratégica del Sáhara, internacionalizan y complican más la disputa.

España, para ir desbloqueando la situación, prepara en 1974 un Estatuto de Autonomía que la primera enfermedad de Franco y otros acontecimientos paralizan. Por ejemplo, Marruecos desencadena contra España una ofensiva diplomática –y de hostigamiento militar de baja intensidad en el Sáhara– de tal forma que consigue que la ONU, además de hacer suya su propuesta de que el Tribunal Internacional de La Haya dictamine sobre los posibles derechos de Marruecos, paralice el referéndum anunciado por España. A mediados del 75 una misión de la ONU visita el territorio, lo que aprovecha el Polisario para un gran despliegue en las calles, con protestas contra la presencia de España, que impactan negativamente en las autoridades españolas, que habían tolerado su actividad política y la del PUNS, un partido más afín.

En noviembre, con la enfermedad que ya se palpa irreversible de Franco, Marruecos concreta su amenaza de  la “Marcha Verde” en apoyo a su distorsionada versión favorable a sus tesis del reciente dictamen del Tribunal Internacional de La Haya. Una operación que monta su ejército, aunque aparecen decenas de miles de civiles desarmados, mujeres y menores incluidos, que desean ocupar pacíficamente el entonces Sáhara español: el conflicto, esta vez en su plano militar y en esas dimensiones, estaba servido.

El contencioso se fue apartando del marco de la ONU (autodeterminación y tener presente a los tres países limítrofes) y se “bilateraliza” entre España y Marruecos, con contactos directos, algunos secretos, que dan pie a los Acuerdos de Madrid de 14 de noviembre del 75, que instauran una administración tripartita provisional (con Mauritania), con unos anexos y que el gobierno español, el 19 de noviembre, de alguna manera legaliza, aunque no publica, al aprobarse, con Juan Carlos como Jefe del Estado interino, la Ley 40/1975 de descolonización del Sáhara, cerrando España su presencia el 28 de febrero de 1976.

Las comparecencias de 1978 se aprobaron gracias a la indisciplina de voto de cuatro diputados de UCD, pues este partido y AP (PP) votaron en contra de su realización. Además, no hay Diario de Sesiones de la Comisión del 12 de enero que aprobó esta medida, cuyo objetivo, según sus promotores (PSOE) no era enjuiciar unas actuaciones y menos exigir responsabilidades; sólo obtener información de los comparecientes, cuya asistencia era voluntaria. Se invitó a doce personalidades que (excepto el Jefe del Estado y la cúpula militar) tuvieron un papel destacado en la descolonización: no comparecieron el ex presidente Arias, por decisión propia y el que fuera embajador en Argelia, por problemas graves de salud.

Todos los grupos preguntaron a los comparecientes, excepto AP. El PCE no lo hizo al entonces Director General de Promoción del Sáhara, el general Blanco (quizás por su pasado como Director General de Seguridad). El PCE no “apretó” mucho y se dio por satisfecho de las respuestas. El PSOE preguntó y repreguntó, pero sin querer “hacer sangre”. Los diputados de UCD fueron los más incisivos, tanto que se dio el hecho cómico de que el PSOE les recordó que no se trataba de poner a nadie “contra las cuerdas”.

Abrieron tres militares, aunque solo uno ocupaba un puesto militar: los otros dos cargos eran de carácter político. El ex Secretario General del Gobierno del Sáhara animó el asunto al decir que el Gobierno cambió de planes, que cabía una opción diferente a la decidida, con alusiones a presiones favorables a Marruecos, citando al ministro Solís y al entorno de la familia Franco. Finalizó el entonces Gobernador General del Sáhara, que esquivó las preguntas sobre decisiones del Gobierno, por no poder entrar a valorarlas, y defendió la subordinación de las Fuerzas Armadas al Gobierno, que quizás era lo que tanto PCE como PSOE querían oír, más cuando Gómez de Salazar era, al comparecer, Capitán General de Madrid.

La segunda tanda, para la Diplomacia, la inició el embajador Piniés, representante en la ONU, antes, durante y después de la descolonización. A su juicio, hubo descoordinación en el Gobierno, siendo la relación con su ministerio, Exteriores, no tan fluida como se precisaba, pesando presiones militares en la decisión final. Le siguió Martín Gamero, embajador en Rabat en 1975 y ministro de Información y Turismo en el primer gobierno del Rey. Cerró el ministro de Exteriores de dicho gobierno, Areilza, que explicó que el presidente Arias no quiso debatir en las Cortes el Acuerdo Tripartito de Madrid, ni su publicación en el Boletín Oficial del Estado, aunque al poco de firmarse se protocolizó ante Naciones Unidas.

Las sesiones finales se reservaron para cuatro ministros del último gobierno de Franco. El de Industria, Álvarez Miranda, disertó sobre los fosfatos, materia de la que era una autoridad mundial y a nivel más “casero”, creador de la empresa pública que inició su explotación en la que siguió, desde abril del 76, como vicepresidente, con capital ahora mayoritario de Marruecos. Se mostró satisfecho por el cumplimiento por su ministerio de la parte correspondiente de los Anexos no públicos del Acuerdo de Madrid. El mismo ABC de 25 de abril del 76 que da cuenta de su nombramiento, nos informa de una reunión del ministro de Comercio, Calvo-Sotelo, con su colega marroquí, en la que se trató, entre otras cuestiones de fosfatos e industria química. Temas en los que debió quedar bien el futuro presidente del Gobierno, por su reciente labor al frente de “Unión de Explosivos Río Tinto”, empresa con intereses en estos campos en… ¡el Sáhara!

El de la Presidencia, Carro (responsable político del territorio a través de la Dirección General de Promoción del Sáhara) era, al comparecer, diputado de AP, pero no intervino en las demás sesiones, pauta de su partido, y eso que AP contaba con dos diputados que habían hecho como ministros de Franco, el doblete: López Bravo en Industria (Fosfatos) y López Rodó, en el entorno de Presidencia (que llevaba el Sáhara) ministro del Plan de Desarrollo, y ambos en Exteriores. Procuró no apartarse del guión de una conferencia suya de marzo del 76 y tuvo diversos incidentes, sobre todo con diputados de UCD. Insistió en la coordinación del gobierno y la continuidad de su política. Como ministro de la Presidencia le tocó explicar en las Cortes de entonces, con Franco ya agonizante, el alcance de la Ley de Descolonización, con la habilidad, por no decir algo más fuerte, de eludir citar los todavía frescos Acuerdos de Madrid del 14, más cuando estos supeditaban su entrada en vigor a la publicación de esa la Ley en el BOE.

Le siguió el ex ministro de Exteriores, Cortina, que criticó las posturas de Marruecos, Argelia y del Polisario al tiempo que resaltaba las vacilaciones de Naciones Unidas, más allá de sus limitaciones como organización y lo más importante; fue el único ex ministro que reconoció sin tapujos un giro del Gobierno hacia una solución bilateral con Marruecos. Eso sí, omitió contar que, con su conocimiento, en octubre del 75, Franco envió para hablar con el rey de Marruecos al segundo jefe de su Casa Militar, general Gavilán.

Cerró el turno Solís, que, aunque comparecía más por su condición de enviado especial de Franco, también ante el Rey Hassan II, fue ministro del Movimiento en el último gobierno de Franco, y de Trabajo en el siguiente: el único de los comparecientes que estuvo en el Gobierno desde mediados del 75 hasta que España abandona el Sáhara en febrero del 76. Optó por un tono dicharachero y consiguió que, ante algunas de sus “ocurrencias”, protestaran los diputados: total, que “se les escapó vivo”, pues con habilidad, sabiendo que era el último en intervenir, desviaba balones hacia anteriores comparecientes. No se molestó cuando un diputado del PSOE le preguntó sobre sus posibles negocios entonces con Marruecos.

En conclusión, las comparecencias no aportaron nada relevante; ni se precisó la naturaleza de los Acuerdos de Madrid de 14 de noviembre del 75 y sus Anexos, ni se pudo concretar en qué momento y cómo se produjo el giro hacia esos Acuerdos. Quedó en el ambiente que un Sáhara independiente, pero progresista y pro argelino, no era la solución deseada por España. Y cuando las preguntas eran incisivas, más de un exministro se negó a contestarlas aduciendo el secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros.

Sirvieron de balón de oxígeno a UCD, que vio –por un tiempo– que al hablar de Marruecos o del Sáhara, no era “el malo”, como le sucedía –en paralelo– en las sesiones del Congreso y del Senado que tenía que sufrir como Gobierno, mucho más duras que estas, más cuando el ministro Oreja fue subsecretario con Areilza.

Estas comparecencias, ya de por sí importantes por su materia, trascienden su objeto, ya que es la primera vez que las nuevas Cortes democráticas, aunque sin “apretar” mucho, consiguen sentar a varias personalidades de la España no democrática, no solo de la de Franco, para dar cuenta de su gestión.

De forma intencionada se dejó fuera de la “causa” a la cúpula de las Fuerzas Armadas, lo que extraña, pues el conflicto político se mezclaba con una casi decisiva perspectiva bélica. No son citados los ministros militares del último gobierno de Franco, ni los del primero del rey Juan Carlos y se procuró eludir esta cuestión en las preguntas, aunque la condición militar de tres de los comparecientes y la naturaleza del conflicto hicieron que saliera el asunto. El ex ministro Carro centró el tema al justificar la retirada, por lo negativo que hubiera sido para la Transición un ejército derrotado o desmoralizado, citando Portugal. De alguna manera defendió la tutela de las Fuerzas Armadas sobre la Transición, sin que nadie le rebatiera.

También resulta curioso, a la vista de las intervenciones, incluidas las de los diputados que preguntaban (con la excepción del ex ministro Carro recordando –en un momento en que se sintió presionado– que había unos órganos responsables “desde las jerarquías más altas”) que parecía que solo el Gobierno decidía, salvando así de responsabilidades políticas de más nivel, a la Jefatura del Estado. Una Jefatura del Estado con unos poderes extraordinarios: con Juan Carlos (tres semanas de interinidad y el resto con plenitud de funciones) y, qué decir de la etapa de Franco, cuando sus indicaciones, aunque no se formalizaran, eran tenidas en cuenta, y ¡cómo! Y más en esta cuestión en la que, por las implicaciones emocionales que tenían para él, nadie se atrevía a actuar con decisión y menos a llevarle la contraria.

http://www.infolibre.es/noticias/foro_milicia_democracia/2017/03/15/el_Sáhara_franco_62527_1861.html
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El asesinato de Agustín Rueda fue uno de los muchos crímenes de Estado de la transición

Agustín Rueda Sierra
Emilio González tenía solo 34 años cuando trabajaba como funcionario de prisiones en unas de cárceles más crudas de la Transición, la vieja prisión de Carabanchel. “En Carabanchel vi palizas, funcionarios que obligaban a los presos a cantar el cara el sol en medio de la galería, insultos, amenazas y nunca se me irá de la memoria el caso del joven Agustín Rueda, que se fue de las manos dentro de aquellos muros en una sola noche”, apunta este exfuncionario de prisiones.

En el transcurso de dos días, del 13 al 14 de marzo de 1978, el preso Agustín Rueda sería asesinado entre los muros de la prisión de Carabanchel. En una etapa ya casi final de Transición española. Esa misma noche, otros siete reclusos resultaron heridos junto a este joven de 25 años. El motivo, la construcción de un túnel clandestino en una habitación situada junto al comedor de la séptima galería de Carabanchel.

Tres días después de aquellos hechos, un juez abrió un procedimiento contra el director de la prisión por un presunto delito de homicidio. El subdirector, un jefe de servicios y nueve funcionarios también fueron juzgados por el asesinato de este recluso. A pesar de la gravedad de los acontecimientos, los acusados lograron salir en libertad condicional.

Las horas previas a la muerte de Agustín Rueda tuvieron un carácter especial de agitación en Carabanchel. Y es que uno de aquellos funcionarios, compañero de Emilio, había descubierto en su ronda habitual un túnel de cuarenta metros previsto para una pronta fuga de la prisión.

González recuerda que aquel día tenía permiso en Carabanchel pero que ya había alertado del intenso caldo de cultivo que estaba latente. La fecha no la olvida. 14 de marzo. 39 años después, cuenta las posibles circunstancias que llevaron al asesinato de este joven.

Emilio llegó a redactar una carta al director de la cárcel por el tratamiento abusivo de aquellos funcionarios, tomando nota de cada uno de sus comportamientos para trasladarlo a la Dirección General de Carabanchel: “Esta Dirección ha dado muestras públicas de confraternización con los implicados de extrema derecha; ha negado cambios de guardias a un funcionario que manifestó su disconformidad con que un preso cantara el Cara al sol, ha colocado a internos de clara ideología de extrema derecha como destinos de máxima confianza en el exterior (internos que exhiben públicamente en la chaqueta sus insignias de Falange o Fuerza Nueva)”.

La carta, con fecha del 14 de marzo de 1978, recalcaba duros episodios de aquellas cárceles a las que había aún que democratizar: “Sin duda fue una etapa muy difícil. Cuando algún interno recibía palizas por no levantar el brazo, no podía evitarlo y le dije a más de uno con malas formas  pero qué estas haciendo”, recuerda. El sector democrático de los funcionarios de Carabanchel estaban aún mal vistos en aquellos años dentro de la prisión.

Dos días después de aquella carta que Emilio escribiría por no soportar la presión, sería asesinado Agustín Rueda. “Murió el 14 de marzo y nunca se me olvidará como cambió el ambiente de la prisión. La autopsia de Rueda revelaría un ‘shock traumático’. Nadie hablaba de la brutal paliza. Ni los trabajadores. Ni sus propios compañeros”, destaca Emilio.

En una segunda carta, firmada el 16 de marzo, el entonces funcionario apelaba al criterio del director para una pronta mejora de la situación, tras el asesinato de Rueda. “Tengo confianza en que usted sabrá dictar las normas oportunas para que estos hechos desgraciados no se repitan, en bien, no solamente de los internos, sino del Cuerpo de Prisiones, que debe tener una actuación acorde con los tiempos que vivimos y no con los del pasado”.

Emilio no define bien en su memoria el rostro del preso Agustín Rueda. “Eran tantos”, afirma. Sin embargo, nadie olvidó aquella trágica noche donde los acontecimientos ocurrieron demasiado rápido.

Durante el mediodía de aquel fatídico día 13 de marzo Agustín Rueda fue llamado a declarar por el asunto de la construcción del túnel. Nadie conoce a ciencia cierta las circunstancias en la que se desarrolló aquel interrogatorio. Tampoco los detalles de las brutales palizas donde la mayoría de sus compañeros salieron con múltiples contusiones, producidas en el abdomen y el tórax.

Al salir de aquel agujero, Rueda no podía soportar el dolor. Estuvo más de seis horas agonizando, junto a la presencia de otro de los presos acusados. Ya no pudo moverse de su colchoneta. Se retorcía casi desmallado e incluso se llegó a hacer sus necesidades encima por la falta de ayuda de aquellos funcionarios.

Pasaron las horas. A las once y media de la mañana del día 14, el director de la cárcel de Carabanchel informaba de la ubicación del cuerpo de Rueda en el hospital penitenciario, ya fallecido. ¿Qué había ocurrido? Se preguntaban muchos trabajadores y los propios compañeros de Rueda.

Su cuerpo tenía hematomas y heridas producidas con vergajazos u otros objetos contundentes. El juez quiso saber entonces el origen de las lesiones. La respuesta de aquellos funcionarios fue contundente y veraz para la justicia: “A nosotros nos parece que estas lesiones las sufrió ayer por la mañana, cuando le estábamos trasladando. Se cayó por las escaleras, ¿sabe?, y cuando fuimos a levantarle nos amenazó con un cuchillo, así es que tuvimos que reducirlo”.

César Lorenzo Rubio, destaca en su libro “Cárceles en llamas. El movimiento de los presos sociales en la Transición” que  de todas las muertes, no precisamente pocas, que se produjeron en las cárceles durante aquellos años, la de Agustín Rueda a manos de un grupo de funcionarios de Carabanchel, por lo salvaje e impune de las circunstancias y avanzado del momento, reviste un carácter excepcional .

Un crimen impune

Lorenzo destaca que las extrañas consecuencias de su asesinato retrasó el juicio casi una década, de forma incomprensible. Y es que Lirón de Robles, jefe de servicios de Carabanchel en la fecha, ya había fallecido por un infarto cuando se celebró el juicio. Las defensas de los funcionarios pretendieron hacer pasar la paliza deliberada a Rueda por una maniobra de autodefensa contra el reo, un argumento que carecía de verosimilitud. “Tampoco pudieron hacer creer que los golpes que produjeron la muerte de Rueda se los propinasen individuos, ajenos a los funcionarios cuyo fin era acabar con la vida de Agustín Rueda para imputarles la muerte a éstos últimos”. Lorenzo aclara que “al no haberse tipificado el delito de torturas en marzo de 1978, se incluyó en el Código Penal, en el artículo 204 bis en una reforma de 1983 y no se les pudo acusar de ello, aunque por la voluntad de causar daño para que confesase pero sin intención de matarlo, encajaba plenamente con el tipo de delito”.

El investigador afirma la escasa condena que recibieron los funcionarios y personal implicado. Fueron acusados de lesiones graves, coacciones e imprudencia temeraria con resultado de muerte, castigadas con penas que, en el mayor de los casos, fue de seis años de prisión menor que no llegaron a cumplir, y una indemnización de cinco millones de pesetas que también eludieron al declararse la mayoría insolventes.

“Puede que Rueda tuviera sólo mala suerte. Lo pillaron en el lugar equivocado en el momento equivocado”, sentencia Lorenzo. Sin embargo, concluye que “se topó con unos funcionarios acostumbrados a administrar el castigo a su antojo en su coto particular, y eso no fue mala suerte, sino una práctica mucho más habitual de lo que llegó a trascender a la opinión pública”.

Fuente: http://www.publico.es/politica/memoria-14-marzo-carabanchel-agustin.html
 
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Camino Oskotz: dirigente comunista navarra fusilada en 1936

Camino Oskotz
Camino Oskotz nació el 11 de abril de 1910 en la calle de Santo Domingo en Pamplona, donde ahora está la librería Abartzuza. Era hija de Antonio y Anastasia.

Maestra de Güesa, valle de Saraitzu/Salazar, en el pirineo navarro. 26 años. Secretaria del Partido Comunista y militante de la Federación de Enseñanza de la UGT de entonces, socialista revolucionaria. Asesinada en Pamplona o en el balcón de Pilatos (ironías de la historia en la Navarra nacionalcatólica y fascista de 1936).

Soltera y compañera de Tomás Ariz (conocido dirigente del Partido Comunista de Euskadi de Pamplona) que ya había sido fusilado antes que Camino, dato que ella seguramente conocía en el momento de su detención.

“A una sima de Urbasa es posible que fuera a parar la maestra Camino Oscoz Urriza, de 26 años, cuya detención y humillaciones relató Galo Vierge en Los culpables”.

Miguel Sánchez Ostiz recoge una crónica cruda y detallada reconstruyendo el calvario de Maria Camino en sus últimas horas.

La detienen el 1 de Agosto. Fue paseada y humillada por Pamplona, varios falangistas, entre ellos el cruel motejado como “toico” le administran grandes dosis de aceite de ricino. Seguramente le rapan pelo y cejas como a tantas “pelonas”. La maltratan y se burlan de ella durante horas en el “Hogar del camarada” de Falange, que se asienta lo que fuera la clausurada Casa del pueblo de los socialistas.

La llevan de nuevo por calles de la ciudad y la Plaza del Castillo para escarnio y sorna de aquella ciudad convertida en circo del horror y la humillación de los “extremistas”, “rojos”, “separatistas” pues el escarmiento iba más lejos que las terribles detenciones y juicios sumarísimos, había que humillar, apalear, herir, ridiculizar… y luego ya la ruleta rusa del “sacrificio” y los “paseos”.

María Camino se encuentra fugazmente con Galo Vierge en la comisaría de la Calle Roncesvalles, donde le interroga “formalmente” Germán Izquierdo Larramendi (qué ironía, en la misma calle donde luego al final del franquismo los grises bajo órdenes de Martín Villa matan a otro Germán con total impunidad en otro escarmiento tardío). A Galo le cuenta entre el llanto y el agotamiento las vejaciones sufridas y él trata de consolarla.

La policía ejerce su papel en el teatro de la arbitrariedad y no remedia la cacería, forman parte deimage10 ella de un modo u otro. Un jefe de Falange cuyo nombre es conocido por Galo y que éste no desvela en “Los culpables” pese a que sólo circula de modo privado (tan alto es el miedo que perdura décadas) habla con el comisario Izquierdo y trasladan a Camino y a Galo a la cárcel.

Al llegar a la cárcel Camino está derrumbada y se apoya en Galo que le anima diciendo que no la perjudicarán más por ser mujer. Una monja-carcelera se hace cargo de Camino….

Según otros testimonios y como recoge (Navarra 1936) Maria Camino pudo acabar en una Sima de Urbasa y ser fusilada el 10 de agosto de 1936…

Camino Oskotz es la Rosa Luxemburg de Iruñea, la Louise Michel de Pamplona, nuestra florecica de la cuesta Santo Domingo, nuestra Maravillas
Lamberto…

Militantes de Iruñerria de la Herritar Batasuna llevamos sus fotos en la mani del día de la mujer trabajadora, el 8 de marzo.


Dos mujeres revolucionarias, feministas proletarias, comunistas…
Dos estrellas rojas en nuestro camino…
¡Hasta la victoria, siempre, compañeras!
Borroka da bide bakarra! [¡La lucha es el único camino!]

https://herritarbatasuna.wordpress.com/2017/03/09/camino-oskotz-y-rosa-luxemburg-estuvieron-en-la-manifestacion-del-8-de-marzo-en-irunea/