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George Orwell: un policía colonial en Birmania

Al escritor británico Orwell se le conoce por relatos como “Rebelión en la granja” y en España también por su “Homenaje a Cataluña”, en torno a los cuales se le presenta como una gloria literaria y una denuncia del control político y social por parte de los Estados modernos.No hay ni una cosa ni la otra, salvo que a cualquier escrito le llamemos literatura y a la mala conciencia la consideremos como “crítica”. Orwell siempre formó parte de aquello que pretendía denunciar en su peor versión: el Imperio Británico en su época de mayor esplendor.

Orwell nació en la India colonial en una familia cuyo padre era un fabricante de opio, una mercancía que luego traficaba en China, aprovechándose del lubricante que movía a un Imperio en el que el sol no se ponía y la sangre no se secaba nunca.

La venta de opio le permitió a Orwell educarse en Eton, un colegio para que la élite imperialista, militarista y racista británica sostuviera los dominios de la Corona. Hace un siglo a aquella ideología que justificaba la dominación colonial se la llamaba “jingoísmo” y era moneda corriente, tanto en las universidades como en los periódicos.

La policía colonial reclutó a Orwell en Eton y, tras un breve adiestramiento durante un año, le enviaron a Birmania, hoy Myanmar, donde ejerció cinco años su papel represivo, de 1922 a 1927, además de escribir un par de ensayos y un relato de los suyos, “A Burmese Story” (Una historia birmana), publicado cuando había regresado de Asia.

Llama la atención que Orwell no hable en primera persona de sí mismo y del papel que desempeñaba dentro de la administración colonial. Ese artificio es lo que convierte en una crítica lo que hubiera debido ser una autocrítica. Se cree ajeno a los colonos tanto o más que a los colonizados; es posible que también se sintiera por encima de ellos, tanto como para poder despreciar a ambos.

Como en cualquier colonia británica, en Birmania imperaba el apartheid. Los colonos no se relacionaban con los colonizados, no hablaban, no convivían… salvo cuando se trata de mujeres. El protagonista de la historia, Flory, es un capitalista que explota la tala de madera y por 300 rupias ha comprado a una adolescente, llamada Ma Hla May, a sus padres.

En Birmania Orwell no deja de ser “pukka sahib” y mirar por encima del hombro. Se cree dotado de una superioridad que contrasta con la mediocridad, por supuesto de los birmanos, pero también de los colonos. Sin embargo, como en tantos intelectuales de medio pelo, su ascendente es sólo intelectual. Es un policía exquisito en un océano con todas las secuelas de la ignorancia: prejuicios, tópicos, superficialidad…

Los personajes a través de los cuales Orwell quiere describir a los colonizados no son tales, sino apéndices del propio colonialismo, como el magistrado U Po Kyin, un traidor y un renegado que no quiere que el colonialismo se acabe nunca y, en todo caso, aspira a ocupar el lugar de los colonizadores.

Es el punto de llegada de los mediocres: todos son iguales, colonos y colonizados, si unos son malos los otros no le van a a zaga… ¿Qué más da?, ¿qué importa que gobiernen unos u otros si todos quieren lo mismo? Hay toda una batería de frases que la reacción saca a pasear en cuanto se le ven las llagas: más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer…

No obstante, en el Orwell colonialista sobra la paja en el ojo ajeno y falta la viga en el propio. Cuando le envían a Birmania, despuntaba el movimiento anticolonialista, que empezó con un boicot masivo en la Universidad de Rangún (1920-1922) y acabó con la revuelta de 1931 y su feroz represión.

Orwell estaba allí, lo vio, aunque esa era la única realidad que no le interesaba describir en absoluto porque su tarea como comandante de la policía consistía en aplastarla. En 1926 el “anticolonialismo” de Orwell en Birmania era tan fraudulento como lo será su antifascismo diez años después en Barcelona.

Por eso no sorprende nada que desde 1945 el imperialismo haya convertido a Orwell en un fetiche para consumo de la posmodernidad, el progrerío y la intelectualidad cutre. Si les preguntáramos a ellos por la descolonización, nos responderían lo mismo que el policía: Birmania no debe ser independiente porque caería bajo la dominación japonesa, o quizá peor, bajo la soviética.

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El gato y el cocinero

El poeta ruso Iván Krylov
El gran poeta ruso Pushkin ponía a Iván Krylov como uno de los mejores ejemplos de la literatura popular de su país.

Krylov había escrito fábulas en verso, un género que en castellano tiene su contrapartida en autores como Samaniego, muchas de ellas reelaboraciones de las de Esopo y otras basadas en proverbios rusos llenos de sabiduría campesina.

En 1812 escribió el poema “El gato y el cocinero” sobre cierto trabajador de los fogones al que solía acompañar un gato llamado Vaska, aunque no tiene nada que ver con Euskadi.

En un momento de descuido, el gato se apoderó del pastel que el cocinero acababa de preparar, llevándoselo a un rincón. Cuando el cocinero lo vio, comenzó a reprenderle acerca de su mal comportamiento, de que no debía robar, y otros buenos consejos parecidos.

Mientras el cocinero le hablaba, el gato comenzó a devorar el pastel, de manera que cuando acabó el sermón, ya no quedaba nada del postre.

La moraleja es que la retórica no sirve de nada ante los hechos consumados y el empleo de la fuerza. Quien quiere algo debe poner los medios necesarios para conseguirlo, se podría concluir.

La fábula tenía un transfondo político. En 1812 Napoleón había ocupado el ducado de Württemberg y se disponía a hacer lo mismo con Rusia, concentrando sus tropas en Polonia y Prusia.

Entonces el zar Alejandro decidió enviar notas de protesta al embajador francés que, naturalmente, no sirvieron para nada. Los rusos criticaban que el zar no estuviera haciendo nada eficaz para contener el avance francés. Las lamentaciones eran una pérdida de tiempo.

En España también hay muchos cocineros a quienes no les gusta lo que tienen delante y quieren cambiar las cosas. Pero, lo mismo que el cocinero de Krylov, no hacen nada por sí mismos.

Algunos de ellos creen que son los demás quienes deben solucionar los problemas. Por eso votan y, entretanto, el gato se está devorando el pastel.

Colorín colorado, este cuento se ha acabado. Si Ustedes quieren arreglar algo, pónganse a la faena ya. Olvídense de las urnas. Organícense en torno a un programa claro y comprensible. Si ya están organizados, organícense aún mejor y ayuden a que se organicen quienes están a su alrededor.

El capitalismo contra el arte y la cultura

Juan Manuel Olarieta

El paso del feudalismo al capitalismo cambió totalmente la posición social de la intelectualidad y de los productos que elabora en sus diversos campos: música, literatura, pintura… Hasta entonces el intelectual era un criado más de la aristocracia, los reyes, los príncipes y los nobles, a los que las hagiografías describen como “mecenas” y protectores de las artes y las letras.

El capitalismo es un “sálvese quien pueda”, una sociedad diseñada para los triunfadores. El producto de un intelectual se convierte en una especie singular de mercancía que, sin embargo, no es de las que Marx analiza en “El Capital”. Aparecen los “marchantes” que nada tienen que ver con el intelectual sino con su obra. Son los que la compran y venden. Un artista es bueno es bueno si vende mucho y es malo si vende poco, o vende barato, porque el valor de su obra es comercial. Lo dicta el mercado.

El intelectual ya no come la sopa boba. Como todos los demás, tiene que vivir de su trabajo, lo cual está al alcance de muy pocos, por lo que la inmensa mayoría se arruina, vive en la miseria, en los barrios más pobres de las grandes urbes.

Para que los intelectuales puedan vender su cultura (y su incultura), el capitalismo fabrica una de sus grandes entelequias jurídicas, la propiedad intelectual, que es hoy el fundamento de eso que califican como “industria cultural”, cinematográfica, musical, gráfica…

A partir de entonces son muchos los que se escudan en la defensa de la cultura para defender la industria cultural y la propiedad intelectual frente a los piratas y el plagio, no vacilando en imponerles castigos carcelarios.

A eso le llamaron “bohemia” a mediados del siglo XIX, un neologismo acuñado entonces por el francés Henri Murger, autor de “Escenas de la vida bohemia”. Nadie como los propios intelectuales han descrito mejor su vida y la de sus colegas como consecuecia de la penetración del capitalismo en la cultura.

En el siglo XIX la vida del intelectual era igual a la de cualquier artesano arruinado por la industria. Igual de miserable. Un ejemplo es Van Gogh, quien a lo largo de su vida pintó 900 cuadros pero sólo vendió uno de ellos, por más que ahora le califiquen de “genio”.

Las primeras obras de Van Gogh retrataban campesinos, tejedores y mineros. Una de sus primeras acuarelas se titula precisamente “Los pobres y el dinero”.

Las mejores obras de Gorki son autobiográficas, descripciones de un vagabundo que recorre Rusia.

Necesitado de una fuerza de trabajo cualificada, el capitalismo generalizó la enseñanza criando riadas de intelectuales que sobreviven con una dedicación diferente. Aunque para ellos la cultura no es más que un entretenimiento, se consideran su personificación misma. Incluso quisieran vivir de ella (vivir a costa de la cultura), dedicarse plenamente a ella.

Van Gogh retrató a los pobres comiendo patatas en una habitación miserable, como se ve en la imagen de cabecera. La cultura hoy es otra cosa muy diferente: un reflejo de los intelectuales, de la burguesía y la “industria” que la fabrica. Por eso lo que hoy es miserable es la propia cultura: porque refleja la miseria cultural de esa clase social a la que no le interesa el arte sino vivir de él.

Les cuadra como anillo al dedo la descripción que en “Ana Karenina” hizo Tolstoi de Esteban Arkadievich Oblonski, un “progre” de la pequeña nobleza rusa de la segunda mitad del siglo XIX:

“Profesaba firmemente las opiniones sustentadas por la mayoría y por su periódico. Sólo cambiaba de ideas cuando éstas variaban o, dicho con más exactitud, no las cambiaba nunca, sino que se modificaban por sí solas en él sin que ni él mismo se diese cuenta.

“No escogía, pues, orientaciones ni modos de pensar. Antes dejaba que las orientaciones y modos de pensar viniesen a su encuentro, del mismo modo que no elegía el corte de sus sombreros o levitas, sino que se limitaba a aceptar la moda corriente. Como vivía en sociedad y se hallaba en esa edad en que ya se necesita tener opiniones, acogía las ajenas que le convenían. Si optó por el liberalismo y no por el conservadurismo, que también tenía muchos partidarios entre la gente, no fue por convicción íntima, sino porque el liberalismo cuadraba mejor con su género de vida”.

Oblonski, concluye Tolstoi, buscaba “el olvido en el sueño de la vida”.

En su obra “El tejedor en el telar”, pintada en 1884, Van Gogh desdobla la sociedad de su época.
Al fondo, el viejo mundo campesino. En primer plano, el artesano como apéndice humano del telar.

50 años de la muerte del gran novelista estadounidense John Steinbeck

El 20 de diciembre se cumplieron 50 años de la muerte del gran novelista estadounidense John Steinbeck (1902-1968), un autor de la llamada “generación perdida” que había salido desengañada de los ideales que Estados Unidos había vendido en la Primera Guerra Mundial.

William Faulkner, John Dos Passos, Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald y John Steinbeck son los miembros más destacados de aquella “generación perdida”. Algunos se entregaron a una vida disipada y fuera del compromiso político, en el marco de sus trabajos literarios… Steinbeck no lo hizo así. Tuvo una visión crítica de la guerra y de una sociedad americana miserable.

Es la principal figura del nuevo realismo social americano. Nació en Salinas, California, en 1902, hijo del tesorero del condado y de la maestra, en un ambiente de campesinos ricos. Pero Steinbeck se negó a ver las cosas como las veían sus familiares. En lugar de percibir la prosperidad verde de la agricultura en una tierra ubérrima y la riqueza de sus fábricas de conserva, se obstinó en fijarse en los trabajadores agrarios, mexicanos y “okies” (los blancos que habían abandonado el Medio Oeste por la sequía y la depresión) y en la explotación sobre la que se construía la feliz riqueza de los terratenientes.

De joven pasó sus veranos trabajando en ranchos cercanos y más tarde con trabajadores migrantes en las granjas de remolacha de la azucarera Spreckels. En el valle agrícola de Salinas ambientó total o parcialmente varios de sus relatos. Es el caso, por ejemplo, de las novelas “Tortilla Flat” (1935), “De ratones y hombres” (1937) y el libro de cuentos “El poni rojo” (1933), escritos, más o menos, en la misma época, su primera etapa, en la que dio a la imprenta “Los crisantemos”, una obra maestra de la narrativa breve.

Experimentó los aspectos más duros de la vida de los inmigrantes y el lado más oscuro de la naturaleza humana, que le proporcionó material para escribir algunas de sus mejores obras, como las citadas y “Las uvas de la ira” (1939), que sirvió de inspiración para una gran película.

Estudió en la Universidad de Stanford, pero desde muy temprano tuvo que trabajar duramente como albañil, jornalero rural, agrimensor o empleado de tienda, y no llegó a graduarse. En los años treinta describió la pobreza que acompañó a la gran depresión económica y tuvo su primer reconocimiento crítico con la novela Tortilla Flat (1935), por la que recibió la Medalla de Oro literaria concedida por el Commonwealth Club of California a la mejor novela escrita por un californiano. Con este compendio de historias humorísticas, Steinbeck obtuvo cierto éxito. Retrata las aventuras de un grupo de jóvenes sin ocupación y generalmente sin hogar en Monterrey después de la Primera Guerra Mundial.

Otra novela de Steinbeck que tuvo un gran éxito fue “La perla” (1948). El relato cuenta la desventura de un humilde pescador, Kino, y su familia, y pone de manifiesto cómo la hermosa perla que encuentran viene a trastocar su existencia y los aboca a un destino fatal. La obra contiene una amarga crítica a la codicia y la rapacidad, conductas que llevan a la destrucción.

La lectura de las obras de este gran autor, nos sumergen en las realidades de la sociedad capitalista de aquel tiempo, llena de convulsiones sociales, con grandes poderes explotando a migrantes y con la segregación racial de por medio, es decir, exactamente igual que ahora.

Fotograma de la película ‘Las uvas de la ira’ basada en la novela homónima de Steinbeck

Obras cumbre de la literatura universal bajo censura

El novelista ruso Dostoievski
En los últimos cinco años, el Ministerio de Información de Kuwait ha prohibido más de 4.000 libros, entre ellos la famosa novela de Víctor Hugo “Nuestra Señora de París” (1831), “Los hermanos Karamazov” (1880) de Dostoievski y “Cien años de soledad” (1967) del colombiano Gabriel García Márquez.

En los años setenta y noventa Kuwait fue un activo centro editorial con la publicación de la revista cultural Al-Arabi en los países árabes y una serie de libros de divulgación científica, literarios y de otro tipo. Pero en los últimos años, la Cámara de Diputados Kuwait, elegido por sufragio universal -que es una excepción en los países del Golfo Arábigo-, ha estado dominado por la reacción.

Saad al-Anzi, director del Festival Internacional de Literatura de Kuwait que comenzó ayer, dijo que la novela de Dostoievski “Los hermanos Karamazov”, una novela ambientada en la Rusia del siglo XIX, cuestiona la moral, la libertad y la existencia de Dios.

Dostoievski se une a una creciente lista de escritores censurados en este país del Golfo Arábigo que se considera “moderado”, c omo es habitual, pero que adopta tendencias cada vez más reaccionarias tanto en la política como en la sociedad.

Las obras expuestas en la 43 edición del festival, que se extiende hasta el 24 de noviembre, han sido examinadas previamente por una comisión de censura, de acuerdo con la legislación del país.

La comisión, que forma parte del Ministerio de Información, trabaja en el marco de la Ley de 2006 sobre prensa, información y publicaciones, que prevé sanciones contra los editores de literatura y prensa. La ley castiga cualquier insulto al islam o a los tribunales, cualquier amenaza a la seguridad nacional, cualquier incitación al desorden y cualquier acto inmoral.

En septiembre, numerosas personas protestaron dos veces en las calles de la capital contra esta creciente censura.

Balzac y Marx: ‘El reverso de la historia contemporánea’

Martine Gaertner

“Soy un triste profeta”, se lamenta Balzac en una carta a la señora Hanska. ¿Por qué esta tristeza por el futuro si no es porque el futuro avizorado por el escritor en 1848 no se correspondía necesariamente a las preferencias sociales y políticas del individuo Balzac? Balzac no apoyó el progreso de una sociedad que, a mediados del siglo XIX, desafió los cambios debidos a la transformación económica y a la dolorosa implantación del capitalismo. Sus lazos con la señora Hanska, con quien finalmente se casará, refuerzan su inclinación por el trono y la iglesia.

¡Un pionero europeo viaja por las carreteras para encontrar a su amada en Ucrania y atraviesa Alemania quejándose de los revolucionarios cuyas acciones frustran sus proyectos financieros por el alquiler y el beneficio! Sin embargo, en su última novela, ofrece un hueco a las personas que rompen con la vieja sociedad y así comunican a su lector la miseria de los suburbios y dan testimonio del establecimiento del movimiento comunista entre el proletariado. ¿No le da cierta legitimidad la entrada en su formidable máquina de escribir de una figura imaginaria de la intelectualidad comunista?

Nunca han sido tan fuertes en Balzac las tensiones entre los dos autores de sus escritos, la voluntad de decir el mundo lo que quiere y la voluntad de decir lo que ve. Hasta el punto de que la estética de la novela se ve sin duda afectada al mismo tiempo que se forma ante nuestros ojos una formidable nebulosa creativa. Desgraciadamente, el estado de salud del autor, el tiempo dedicado a sus proyectos personales, su matrimonio y los viajes que realiza entre París y Wierszchownia, en Polonia, probablemente nos privarán, para siempre, de que el pintor complete su pintura. Su muerte en agosto de 1850, dos años después de la conclusión de la novela, dejó una sensación de frustración.

‘El iniciado y ‘Madame de la Chanterie’, la toma de partido a favor del orden

“El iniciado” es la continuación de un primer trabajo publicado 4 años antes, “Madame de la Chanterie”, en el que Balzac presenta una asociación llamada benévola, una conspiración secreta fomentada en torno a un aristócrata inspirado en “La imitación de Jesucristo” y anteriormente involucrado en una conspiración de la chouannerie (*). Madame de la Chanterie, condenada a prisión, fue apoyada por cuatro personajes emblemáticos de la sociedad burguesa reaccionaria: un representante de la religión, un soldado, un magistrado y un burgués. Un joven seducido por este grupo decidió unirse. La segunda novela cuenta la historia de la primera prueba sufrida por el héroe, al final de la cual será entronizado definitivamente en la hermandad.

Si la obra aparece como una obra de propaganda, es porque está concebida fríamente como tal. Balzac, aún sin dinero, tiene previsto participar en el concurso Montyon para el bien dotado Prix de Vertu, cuyo objetivo es premiar un libro hecho para las buenas costumbres.

Esta toma de partido deliberada a favor de un orden bien intencionado se manifiesta al final de “El iniciado” en una escena de perdón -la víctima actual es el verdugo de antaño- de una escena llorosa y melodramática que demuestra que los buenos sentimientos no hacen grandes obras. Sin embargo, la novela no puede reducirse a esta disculpa burguesa, porque muestra de manera despiadada una realidad social, la pobreza urbana y la aparición de guetos sociales con la aparición de nuevos elementos, como el comunismo. La novela captura lo nuevo y seduce totalmente.

Me permito aquí informar a mi lector, que no debe sentirse ofendido por la lección, algunos elementos del contexto histórico. De 1842 a 1844 “Madame de la Chanterie” fue publicada en la prensa en 4 partes. En 1847, durante una estancia en Wierschownia, Honoré de Balzac comenzó a escribir “El Iniciado”, mientras Karl Marx lanzaba “El Manifiesto” sobre el blanco papel. El 1 de agosto de 1848 “El Iniciado” apareció en 18 capítulos en “El Espectador Republicano”. Finalmente, en 1854 las dos novelas, publicadas en vida de Balzac, fueron reeditadas en forma de un único libro: “El reverso de la historia contemporánea”.

La exclusión: los suburbios en lugar de París

Clasificadas por Balzac precisamente en la sección “Escenas de la vida parisina”, las dos novelas, reunidas bajo el título “El reverso de la historia contemporánea”, dibujan una sociología parisina que prefigura descaradamente la situación actual de nuestros suburbios. El tema es la miseria social del siglo XIX.

La primera misión confiada a Godefroid, el héroe de la novela, está localizada precisamente: la familia a la que se supone que debe espiar y eventualmente ayudar, vive en un edificio situado en la calle Notre Dame des Champs, detrás del boulevard Montparnasse. Sin embargo, este lugar reúne, bajo la pluma de Balzac, todas las características del moderno suburbio tal y como lo conocemos en 2018.

El lugar está abandonado por la autoridad pública: sin pavimentar, se convierte en un terreno fangoso, en el que las tablas permiten un tráfico peligroso. Es un lugar aislado, desierto y muy peligroso. ¡El señor Bernard le explica a Godefroid que no se puede salir de noche, porque el riesgo menor es que allí te roben! Y la noche empieza a las 6 de la tarde cuando no hay luz. Cuando Godefroid, después de haber informado de su misión a Madame de la Chanterie, quiso volver a su alojamiento de la rue Notre Dame des champs, se negó a dejarle salir a pie y le obligó a tomar un descapotable. La inseguridad se combina con el deterioro de las casas. Las construcciones son feas, de mala calidad. No hay instalaciones confortables.

La población que vive allí sigue siendo miserable. Sin ninguna solidaridad, somos explotados sin piedad. El vicio es feroz. La casera juega a ambos lados para aprovecharse de los más miserables; los niños y los ancianos, los más vulnerables en la escala social, son las víctimas designadas de esta crueldad. La señora Vauthier tiene dos niños pobres y huérfanos que trabajan por una comida miserable. Su día de trabajo es agotador y para ellos no hay salida. El pequeño Nepomuceno explica sin temor que cuando muera, sus huesos serán utilizados para aplastarlos y refinar el azúcar.

La primera preocupación por estas personas desafortunadas privadas de todo: ¡la salud! Está en el centro de las preocupaciones de la familia que Godefroid debe atender, ya que Vanda de Mergi, la hija del señor Bernard, sufre de una extraña enfermedad y depende totalmente de los médicos.

Además, este es el primer paso de la asociación benéfica de Madame de la Chanterie: encontrar 12 médicos que jueguen a su juego, colocar a uno de estos científicos en cada distrito de París para que puedan satisfacer las demandas de los pobres, por supuesto, tratarlos, pero también informar sobre casos sociales. Es difícil recibir tratamiento cuando se es pobre y el pobre señor Bernard sabe muy bien que su aspecto miserable puede retrasar a un médico. ¡El doctor Berton, que vigila el ruinoso barrio de Montparnasse, vive simbólicamente en la calle del Infierno!

La primera iniciativa de Godefroid fue contactar a un famoso médico polaco y, con todo el dinero que tenía, convencerlo de que cuidara de Vanda. La pobreza es descrita por Balzac, la de la ropa gastada, la de las figuras pálidas y hambrientas; nada queda fuera: el precio de la madera, los huevos, la leche, las comidas. Estamos asistiendo a un embargo de deudas, vemos la miseria de un anciano obligado a dormir en la calle y la degradación moral de un niño obligado a robar para sobrevivir.

Balzac pinta un cuadro de un barrio de pobreza flagrante que acumula todos los estigmas de un suburbio actual. Tres ocurrencias de la palabra comunista se hacen en la novela. ¿Se ha utilizado alguna vez el término en el mundo Balzac? Los acontecimientos actuales parecen forzar la pluma del escritor.

El mundo obrero

La primera vez, la palabra es utilizada por Alain, uno de los Hermanos de la Consolación. ¡Su próxima misión consiste en infiltrarse en el proletariado de una gran fábrica, para infiltrarse en 100 ó 120 hogares de trabajadores y mantenerlos en el buen camino! En esta gran fábrica “todos los obreros están infectados con doctrinas comunistas”. “Sueñan con la destrucción social, la matanza de los amos”. “Estos pobres” son “probablemente perdidos por la pobreza antes de ser perdidos por los libros malos”. Si no fuera por los amigos de Alain, “sería la muerte de la industria, del comercio, de las fábricas”.

Alain anticipa que la tarea puede ser larga y que se esconderá bajo el papel de capataz en la planta durante un año. ¿Tendrá éxito en desviar a los trabajadores del comunismo? Balzac ya no mencionará este episodio. Alain reaparece una vez al final de la novela cuando está ausente durante el primer regreso de Godefroid, rue Chanoinesse, donde viven los compañeros, sin mencionar su experiencia laboral.

La implantación de las ideas comunistas en la clase obrera francesa fue detectada ya en el año 48 por Balzac, que parecía estar siguiendo de cerca los acontecimientos políticos. Probablemente no es imposible ver en la mención de las malas obras leídas por los trabajadores una alusión al “Manifiesto del Partido Comunista” de Karl Marx, una publicación muy contemporánea. Balzac se mantiene al tanto de todo lo nuevo.

Sin embargo, las ideas comunistas no sólo se difunden en las clases bajas.

La figura del intelectual comunista

En 1848 un nuevo tipo, con una serie de propiedades especiales, se unió a una colección preexistente en el universo Balzac, la de los médicos brillantes.

Moses Halpersohn es un médico, brillante, emigrante polaco y… comunista. Dos veces se define claramente como tal.

Todo el mundo parece conocer la posición ideológica de este médico tan dotado, que posee la “ciencia innata de los grandes médicos” a los que Godefroid confiará la vida de Vanda y que la salvará. El padre de Vanda dice que sólo basa sus esperanzas en sí mismo y lo describe a Godefroid. Con la duda de utilizar tres puntos de suspensión, añade un último elemento a este retrato: “Por fin es… comunista”. Al final de las discusiones frente a este hombre que a menudo elige a sus pacientes por su riqueza, Godefroid lo desafía recordándole que, como Vanda, es polaco y, además, comunista.

El autor parece bien informado sobre el movimiento revolucionario ya que especifica “este amigo del revolucionario Lelewel”, que es un republicano polaco exiliado en Francia, expulsado y finalmente exiliado en Bélgica.

Estrechamente vinculado a la señora Hanska, una aristócrata polaca, Balzac conoce la situación en Polonia, que está controlada por Rusia. La pareja también tendrá que sufrir el autoritarismo del zar, que no permitirá a la señora Hanska, tras su matrimonio con un francés libre, disponer de sus bienes. Tanto en París como en Alemania, frecuentaba los círculos patrióticos polacos, pero permanecía confinado en un círculo aristocrático. La señora Hanska, por su parte, desconfía de estos emigrantes políticos. En mayo de 1850 tuvo la oportunidad de hacer una parada en Galicia con la condesa Mniszech, suegra de su hija, y aprobó la actitud de su hija, que prefería pagar para no alojar inmigrantes polacos. “Porque dondequiera que estos personajes fueron recibidos, no sólo se arrepintieron del presente, sino también del futuro de todas las personas de estas casas que eran sospechosas de comunismo, socialismo y otros venenos y venenos similares”.

Sin embargo, sorprendentemente, su pertenencia al movimiento comunista no descalifica en modo alguno al médico, que goza de gran prestigio y que ganará fama en su comunidad. El retrato de este personaje es sin embargo paradójico. Balzac cepilla sus rasgos físicos, que están caricaturizados y revelan sus prejuicios antisemitas.

Judío polaco, Halpersohn tiene una nariz “hebrea” (“doblada como una espada de Damasco”, ¡pero su frente es ancha y noble porque es polaco! Además, la comparación de este individuo, un hombre de 56 años, con San José es sorprendente. Su mirada tenía “la expresión curiosa y penetrante de los ojos del judío polaco, esos ojos que parecen tener oídos”.

El nombre del personaje proviene de Halpertine and Son, banqueros judíos de Galicia, que Balzac menciona a menudo en su correspondencia con la señora Hanska. El dinero está ligado al desarrollo del personaje.

Sin embargo, ¿está su codicia relacionada con su carácter “judío” según los prejuicios habituales? No estoy seguro. El autor deja entrever la sombra de una explicación diferente. Porque Halpersohn no se defiende de Godefroid con su avaricia, sino que explica que “cada uno hace el bien a su manera y cree que la avaricia que se me atribuye tiene una razón. El tesoro que estoy recogiendo tiene su destino. Ella es una santa”. ¿A qué compañía se refiere este fan de Lelewel? ¿Este hombre, que no es necesariamente un apasionado de la medicina, que vive en un entorno que no se parece en nada al de un médico, que ha viajado mucho, está comprometido en una empresa colectiva? No lo sabremos porque si las marcas se hacen para un desarrollo de la parcela, Balzac no tuvo la oportunidad de ir más allá en el desarrollo de la ficción.

En cualquier caso, permite discutir el tema de la medicina y enriquecerlo. De hecho, a través de Halpersohn, Balzac se refiere al desarrollo de la investigación, muestra que es consciente de los estudios sobre las neurosis, o sobre la homeopatía. Cita a médicos europeos, especialmente alemanes. Halpersohn, a través de sus viajes, ha adquirido la experiencia más diversificada y completa de la medicina tradicional con prácticas populares.

Balzac demuestra que este hombre irá más allá de los médicos franceses, celoso de su éxito, y tendrá éxito. Comunista, Halpersohn es apreciado por su cliente, la Baronesa de Mergi, que está agradecida por su total recuperación. Este hombre que sabe defenderse del robo también comprende las situaciones delicadas y sabe perdonar. Llega incluso a tratar de ablandar suavemente al abuelo que se sorprendió de la fechoría cometida con todas las buenas intenciones por su nieto. Lo sentimos cerca de la familia del paciente y atento a su felicidad. En resumen, el médico nunca se presenta como inmoral o peligroso, a pesar de sus ideas políticas.

Si el individuo brillante parece imponer su presencia y sus convicciones sobre su autor y sus lectores, para los amigos de Godefroid la lucha contra la propagación de las ideas comunistas entre los pobres es una prioridad.

La lucha contra las ideas comunistas:

el dinero, el nervio de la guerra

Para luchar contra la propagación del mal, la idea de Madame de la Chanterie es crear una organización secreta. Se basa en un grupo muy reducido, funciona de incógnito y pide al nuevo miembro una iniciación psicológica y una prueba antes de la adhesión. En cuanto a un culto, el grupo vive en una residencia común situada por el autor en la rue Chanoinesse. Es la religión católica la que regula su propósito y su vida, ya que se cierne sobre su hábitat situado detrás de Notre Dame de Paris.

Esta organización trabaja con los desafortunados, independientemente de sus antecedentes. Así, el Sr. Bernard, jubilado, antiguo magistrado, se convertirá en su obligación. Pero el autor nos muestra la influencia de los Hermanos de la Consolación sobre los obreros y utiliza el método de las estacas militantes para demostrar su eficacia.

En la primera parte del “Reverso de la historia contemporánea”, Godefroid asiste a una entrevista entre el vicario y un trabajador al que se le niega la ayuda. Entonces descubrimos que era un sinvergüenza. Luego, escucha la conversación de dos desafortunadas personas asistidas por la hermandad y la conversación muestra que las ideas pasan a través de la ofrerta de benevolencia.

Aunque es fácil influir en las familias burguesas desmanteladas, es más difícil llegar a los obreros de las fábricas. La asociación ofrece ayuda financiera para ganárselos, ya que los prestatarios están obligados a pagarla cuando puedan. Atraídos por el préstamo, retenidos por esta deuda de honor, los desafortunados no perderán su tiempo repugnante y se verán obligados a aceptar de esta manera amablemente el orden social existente.

Con un realismo cercano al cinismo más completo, Balzac juzga esta iniciativa por su peso. Mantiene el recorrido bien y el dinero acumulado es equivalente a una fortuna real. El capital inicial, garantizado por un banco amigo, ha crecido durante doce o quince años “como bolas de nieve” y el dinero invertido en estas 2.000 familias cubre fácilmente las cuentas abiertas. En total, casi 5.000 hogares están en manos de la organización.

Así pues, Godefroid comprendió mejor la propuesta de la señora de la Chanterie y sus colegas de marcharse: para gestionar este “capital considerable”, se necesitaba un verdadero contable. Godefroid está dispuesto a intercambiar la aventura social con los pobres para llevar un libro de cuentas.

¿Es la novela capaz de empujar a la juventud de 1848 a emprender el estrecho camino de la militancia piadosa y capitalista? No parece haber sido muy bien recibido. La lectura de esta última novela da la impresión de que se está construyendo un nuevo mundo y que ante nuestros ojos está funcionando un Balzac renovado. ¿Una novela fallida entonces? ¡No!

Karl Marx admira al escritor y reconoce su capacidad de revelar la realidad social. Pero, ¿sospecha que en 1848 esta formidable máquina de escribir estaba en camino de hacer de él y de sus semejantes un personaje de esta vasta comedia humana?

http://lvsl.fr/karl-marx-chez-balzac-lenvers-de-lhistoire-contemporaine

 
(*) La chouannerie fue un levantamiento contrarrevolucionario de los
realistas del oeste de Francia contra los republicanos entre 1793 y
1799, después de la Revolución burguesa.

Rusia: una cadena de montaje para disidentes, exiliados y perseguidos de todo tipo

Mijail Shishkin es un escritor ruso de éxito que ha recibido varios premios literarios y el pasaporte suizo después de publicar una muy documentada historia político-literaria sobre “La Suiza rusa”, que en 2000 le valió el premio del cantón de Zurich.

Podría ser uno de esos rusos que cada año se suman al desfile del 9 de mayo en las calles de Moscú, llevando el retrato de su padre, un veterano de la última guerra mundial, dos veces condecorado con la Orden de la Bandera Roja, y de su tío, que fue fusilado por los nazis.

Pero en 1995 se instaló en Basilea al casarse con una suiza, desde donde hace los típicos llamamientos que entusiasman a los reporteros occidentales, no ya sólo por su oposición a Putin sino incluso para boicotear la Copa del Mundo de Fútbol, sólo por el hecho de que se celebró en Rusia. Según Shishkin, “el deporte se ha convertido para Rusia en la tercera etapa de la guerra”, después de la Guerra Fría y la Caliente.

En sus numerosas entrevistas, el escritor dice que está exiliado en Suiza, algo que también vende mucho en las cadenas de intoxicación. ¿Hay mejor entrevista que la de un disidente ruso?

Son personajes que propician titulares espectaculares, como el de “Le Monde” hace cinco años: “Un escritor ruso se niega a representar al ‘régimen criminal’ de su país”, al que le seguía otra entrada, no menos llamativa: Shishkin rechaza una invitación a la Feria del Libro de Estados Unidos para protestar contra un gobierno al que califica como “hatajo de chorizos”(1).

No nos podemos imaginar que un escritor español rechace una invitación parecida para protestar, ni contra el “régimen de 1939”, ni contra la corrupción institucionalizada.

Pero Rusia se presta al consumo de este tipo de titulares, que luego acompañan los informes de los palurdos de las ONG. Lo que nadie leerá nunca es que Shishkin se fue a vivir a Zurich en 1995 porque se casó con una suiza, lo que nunca le ha impedido publicar y vender muchos libros en su país de origen.

Al casarse con su tercera esposa, rusa, dejo su “exilio” y regresó a Rusia, aunque por poco tiempo, ya que los medios le echaban de menos. Tras el golpe de Estado en Ucrania y la anexión de Crimea, regresó a Suiza y no ha vuelto a Moscú desde entonces.

Pero no son sólo las mujeres o la política lo que le hace vivir a caballo entre uno y otro país. En Rusia el escritor ha sido acusado de plagio, las facultades de filología le ponen como ejemplo de ello e incluso la radio rusa más escuchada, “Ecos del Moscú”, ha dedicado un programa entero a destapar su “copia y pega”(2).

Por el contrario, en Suiza nadie le reprocha nada, posiblemente porque no hay muchos especialistas que sigan la literatura rusa moderna. “Le Monde” nunca dedicará un titular a los plagios de Shishkin.

(1) https://www.lemonde.fr/europe/article/2013/03/08/un-ecrivain-russe-refuse-de-representer-le-regime-criminel-de-son-pays_1845421_3214.html
(2) https://echo.msk.ru/blog/kurvimetr/1027936-echo/

Nuevo canto de amor a Stalingrado

Yo escribí sobre el tiempo y sobre el agua,
describí el luto y su metal morado,
yo escribí sobre el cielo y la manzana,
ahora escribo sobre Stalingrado.

Ya la novia guardó con su pañuelo
el rayo de mi amor enamorado,
ahora mi corazón está en el suelo,
en el humo y la luz de Stalingrado.

Yo toqué con mis manos la camisa
del crepúsculo azul y derrotado:
ahora toco el alba de la vida
naciendo con el sol de Stalingrado.

Yo sé que el viejo joven transitorio
de pluma, como un cisne encuadernado,
desencuaderna su dolor notorio
por mi grito de amor a Stalingrado.

Yo pongo el alma mía donde quiero.
Y no me nutro de papel cansado
adobado de tinta y de tintero.
Nací para cantar a Stalingrado.

Mi voz estuvo con tus grandes muertos
contra tus propios muros machacados,
mi voz sonó como campana y viento
mirándote morir, Stalingrado.

Ahora americanos combatientes
blancos y oscuros como los granados,
matan en el desierto a la serpiente.
Ya no estás sola, Stalingrado.

Francia vuelve a las viejas barricadas
con pabellón de furia enarbolado
sobre las lágrimas recién secadas.
Ya no estás sola, Stalingrado.

Y los grandes leones de Inglaterra
volando sobre el mar huracanado
clavan las garras en la parda tierra.
Ya no estás sola, Stalingrado.

Hoy bajo tus montañas de escarmiento
no sólo están los tuyos enterrados:
temblando está la carne de los muertos
que tocaron tu frente, Stalingrado.

Tu acero azul de orgullo construido,
tu pelo de planetas coronados,
tu baluarte de panes divididos,
tu frontera sombría, Stalingrado.

Tu Patria de martillos y laureles,
la sangre sobre tu esplendor nevado,
la mirada de Stalin a la nieve
tejida con tu sangre, Stalingrado.

Las condecoraciones que tus muertos
han puesto sobre el pecho traspasado
de la tierra, y el estremecimiento
de la muerte y la vida, Stalingrado

La sal profunda que de nuevo traes
al corazón del hombre acongojado
con la rama de rojos capitanes
salidos de tu sangre, Stalingrado.

La esperanza que rompe en los jardines
como la flor del árbol esperado,
la página grabada de fusiles,
las letras de la luz, Stalingrado.

La torre que concibes en la altura,
los altares de piedra ensangrentados,
los defensores de tu edad madura,
los hijos de tu piel, Stalingrado.

Las águilas ardientes de tus piedras,
los metales por tu alma amamantados,
los adioses de lágrimas inmensas
y las olas de amor, Stalingrado.

Los huesos de asesinos malheridos,
los invasores párpados cerrados,
y los conquistadores fugitivos
detrás de tu centella, Stalingrado.

Los que humillaron la curva del Arco
y las aguas del Sena han taladrado
con el consentimiento del esclavo,
se detuvieron en Stalingrado.

Los que Praga la Bella sobre lágrimas,
sobre lo enmudecido y traicionado,
pasaron pisoteando sus heridas,
murieron en Stalingrado.

Los que en la gruta griega han escupido,
la estalactita de cristal truncado
y su clásico azul enrarecido,
ahora ¿dónde están, Stalingrado?

Los que España quemaron y rompieron
dejando el corazón encadenado
de esa madre de encinos y guerreros,
se pudren a tus pies, Stalingrado.

Los que en Holanda, tulipanes y agua
salpicaron de lodo ensangrentado
y esparcieron el látigo y la espada,
ahora duermen en Stalingrado.

Los que en la noche blanca de Noruega
con un aullido de chacal soltado
quemaron esa helada primavera,
enmudecieron en Stalingrado.

Honor a ti por lo que el aire trae,
lo que se ha de cantar y lo cantado,
honor para tus madres y tus hijos
y tus nietos, Stalingrado.

Honor al combatiente de la bruma,
honor al comisario y al soldado,
honor al cielo detrás de tu luna,
honor al sol de Stalingrado.

Guárdame un trozo de violenta espuma,
guárdame un rifle, guárdame un arado,
y que lo pongan en mi sepultura
con una espiga roja de tu estado,
para que sepan, si hay alguna duda,
que he muerto amándote y que me has amado,
y si no he combatido en tu cintura
dejo en tu honor esta granada oscura,
este canto de amor a Stalingrado.

Pablo Neruda

Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismo

Llevan un tiempo los medios de comunicación, especialmente los del grupo Prisa, bombardeándonos con el último producto de Javier Cercas Mena, El monarca de las sombras, que para variar vuelve a la guerra civil para seguir hablándonos de Falange. Ya lo hizo una vez sobre un personaje tan relacionado con Cáceres como Rafael Sánchez Mazas y ahora lo hace sobre su tío abuelo Manuel Mena Martínez. Y si en el caso de otra de sus novelas, El impostor, su protagonista Enric Marco venía a ser el Quijote ahora Cercas ha decidido asociar al fascista de su tío abuelo con el mítico Aquiles. Supongo que igual que en El impostor debió creerse Cervantes ahora se verá como Homero. Da igual que la novela sea plana, insulsa e incluso un tanto tediosa o que una vez más quiera convencernos de que sus novelas no son de ficción. Estamos ante la obsesión de un profesor de literatura por aparecer en sus novelas y querer hacerlas pasar por algo más que un mero relato con voluntad de ser literario.

Algunos llaman a esto novela de no ficción, relato real, novela antigénero, metaliteratura, género degenerado, posliteratura o como les venga en gana, pero quizás pertenezca de lleno al territorio de la egoficción. Lo curioso es que en sus declaraciones a los medios Cercas no habla como un novelista sino como un historiador, lo cual no deja de llamar la atención en alguien que está convencido de que la historia nunca es objetiva. Aunque cuando dice esto no se sabe cuál de sus muchos “yo” habla, si el personal, el literario, el pueblerino, el mentiroso, el cosmopolita, el periodístico o el historiador. A saber.

De esta forma ocurre que, sean cuales sean sus intenciones y por muy literarias que parezcan, lo que sus lectores perciben es que lo que leen pretende pasar por Historia. Y así se produce la paradoja: los historiadores llevamos décadas intentando comprender las causas y consecuencias de la destrucción de la II República y por ahí en medio aparece Cercas disfrazado de historiador e inventándose lo que le viene en gana con el aplauso de los que nunca han querido que se conozca ese pasado.

De entrada conviene situar tanto a Cercas como a su tío abuelo Manuel Mena, a quien considera “un niño inocente”. No se cansa de decir allá por donde va que “murió por culpa de una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero”. No es una reflexión muy elaborada, pero a él le basta, ya que debe pensar que así se le considerará un hombre de izquierdas, un antifranquista. Pero al decir esto olvida que tanto entre los golpistas como entre los defensores de la República hubo gente muy joven, de la misma edad que Mena, y que muchos de ellos sabían perfectamente, al igual que él, por qué y contra qué luchaban.

Así que ni niños ni inocentes ni pandas de hijos de puta. Manuel Mena pudo elegir entre respetar las leyes o actuar al margen de ellas y decidió lo segundo, lo cual no es mal principio para alguien que pensaba iniciar los estudios de Derecho ese mismo año. Se asombraría Cercas si supiera el papel que tuvieron muchos de esos “niños inocentes” en los pueblos que cayeron pronto, como el suyo, en poder de los sublevados.

Según nos cuenta el propio Cercas, uno de sus antepasados, Juan Mena, padre de Manuel, propietario de tierras y ganado, era el cacique del pueblo. Por otra parte su abuelo Francisco Cercas había sido concejal durante el Bienio Negro y fue destituido en febrero del 36. En fecha imprecisa, aunque supongo que sería en los meses del Frente Popular, ambos fueron detenidos y pasaron por la cárcel “acusados de almacenar armas en una finca”. Javier Cercas, al que este hecho lleva a decir: “A estas alturas todo estaba preparado para que el país entero volase en mil pedazos”, los justifica diciendo que, ante el rumor de que los jóvenes socialistas de la Casa del Pueblo fuesen a realizar una matanza de derechistas, la propia Guardia Civil les aconsejó que se protegieran. ¿Y quién se supone que debía defender a los socialistas de esa gente armada y conchabada con la Guardia Civil?

Además, con ello Cercas da crédito a ese tipo de rumores que circularon a posteriori por todos los pueblos con el único objeto de justificar el golpe y la represión. Lo cierto es que su abuelo Francisco Cercas, presidente de la Sociedad de Agricultores, fue igualmente el presidente de la gestora el 20 de julio del 36, jefe local de Falange y alcalde de Ibahernando entre 1937 y 1939. “Un período bastante breve”, añade Cercas sin percatarse de la eternidad que representaron aquellos dos años. Por cierto que en dicha gestora también estaba su tío Juan Domingo Gómez Bulnes, yerno del cacique y que también llegaría a alcalde. Tampoco su bisabuela, la madre de Mena, se cubre de gloria cuando la vemos arremeter contra un vecino que ha luchado por la República con el que se cruza por el pueblo echándole en cara que él viva y su hijo no.

Para Javier Cercas su abuelo Francisco era un “labrador instruido”, “hombre cabal” y “dotado de una autoridad congénita y de una congénita capacidad para ejercerla”, don este muy extendido entre quienes accedieron al poder por vía militar. Añade que había simpatizado con el socialismo y que procedía de Unión Republicana, el partido de Manuel Azaña. Sirva esto de muestra de las mal digeridas lecturas que ha hecho Cercas, ya que no hace falta ser un experto en historia de la República para saber que Unión Republicana nació de una escisión del Partido Radical y que el Partido de Azaña era Izquierda Republicana y no el que él dice.

En cuanto a su abuelo, aparte del disparate de asociarlo al socialismo, más bien encaja en aquellos reaccionarios descolocados por la llegada de la República que se metieron en el Partido Radical para no quedar fuera de la vida política. Sería todo lo cabal y lo congénitamente capacitado que su nieto desee pero lo que debería haber hecho es presentarse a las elecciones. La forma en que llegó a la alcaldía no lo deja en muy buen lugar y sería curioso ver todos los informes políticos que llevaban su firma.

Cercas intenta mostrar la bondad de sus familiares contando cómo ayudaron a algunos izquierdistas. Parece no saber dos cuestiones básicas: que quien en esas situaciones puede salvar vidas es muy probable que también haya tenido la potestad de destruirlas y que raro fue el partidario del golpe que, por lo que pudiera pasar, no contaba en su haber con un rojo salvado. Y digo esto porque desde el desastre nazi en Stalingrado a fines de 1942 y la debacle del fascismo italiano en septiembre de 1943 más de uno empezó a pensar en el nuevo signo de los tiempos. Por suerte para ellos la censura franquista les libró de ver los cadáveres de Mussolini y otros afines colgados en una plaza de Milán en abril de 1945.

Para los que apoyaron el golpe militar y se unieron a fuerzas paramilitares como las banderas de Falange, caso de Francisco Cercas y Manuel Mena, su idea de lo que se traían entre manos era similar a la de un paseo triunfal. Tenían ante sí lo ocurrido en Cáceres, una provincia que había caído casi por completo en cuestión de días. Para esta gente su tarea consistía en ocupar el poder municipal, acabar con la vida de una serie de gente muy concreta, expulsar de todas las instancias locales a las personas relacionadas con la República y reajustar la vida local como poco a la situación existente antes del 14 de abril de 1931. La experiencia republicana debía ser destruida y borrada, como si no hubiera existido.

Pero ocurrió que la marcha triunfal terminó de manera abrupta el 7 de noviembre de 1936 en las puertas de Madrid. Contra todo pronóstico el ejército de la República paró en seco a las diferentes columnas que esperaban ocuparla en poco tiempo. Todos ansiaban celebrar la entrada en Madrid, unos con sus consejos de guerra listos para desinfectar la capital y otros con toda la parafernalia para la celebración de misas al aire libre, y resulta que no solo no lo consiguieron sino que el golpe devino en una guerra interminable, una guerra de verdad y no la escabechina que venían practicando desde julio. La decepción que sufrieron Francisco Cercas y Manuel Mena de la que habla Cercas no era otra cosa que el terrible choque que la guerra de verdad produjo incluso en aquellos que la provocaron. La guerra no era lo que les habían contado.

Nos cuenta Cercas –imposible saber qué hay de verdad en ello– que Manuel Mena, a la altura de 1938, estaba ya harto de la guerra y que si volvía a ella era por un sacrificio personal, para que no tuviera que ir otro de sus hermanos. Lo que le lleva a afirmar que era “un hombre de carne y hueso, un simple muchacho pundonoroso y desengañado de sus ideales y un soldado perdido en guerra ajena”. También “había sido capaz de arriesgar Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismosu vida por valores que […] estaban para él por encima de la vida, aunque no lo estuvieran o aunque para nosotros no lo estuvieran”.

Y añade: “… no murió por la patria… no murió por defenderla… murió por nada…” ¿Le parecerá poco a Cercas que su familia pasase a controlar el pueblo desde el 20 de julio de 1936? ¿No le choca que su abuelo Francisco Cercas, presidente de la primera gestora fascista y alcalde durante la guerra, considerara ya de mayor a los vencedores como una banda de arribistas y desaprensivos, cuando no maleantes, y que sintiera por ellos el mayor desprecio? ¿Acaso no estaban él y su familia entre ellos? Se trata de un fenómeno conocido y que pasó también a fascistas de toda Europa: con el paso de los años aquel pasado negro les empezó a estorbar.

Otro problema es la terminología. Solo dos apuntes. Cercas y otros como él no se cansan de escribir y de hablar de cuándo estalló la guerra civil. Con ello lo que hacen es cubrir con el manto de la guerra unos meses en los que no cabe hablar de guerra alguna, sino simplemente de golpe militar y de represión. El 17 y 18 de julio no estalla guerra alguna, sino que se produce un golpe de estado contra la República, golpe que, como hoy sabemos, venía preparándose desde el mismo día de su proclamación. La guerra vino luego. Primero fue la sublevación, el trasvase a la península del ejército de África, sin el cual poco hubieran podido hacer, y el plan represivo que produjo en pocos meses un genocidio de proporciones desconocidas en nuestro país. En la zona controlada por los fascistas no hubo paseos, sino un plan de exterminio perfectamente organizado por los militares y civiles que movían los hilos de la maquinaria represiva.

Las personas asesinadas en Ibahernando, unas doce, dos de ellas mujeres, no fueron paseadas por un grupo de incontrolados sino que lo fueron por decisión de un comité local presidido por alguien en funciones de comandante militar, comité que, aunque conocido por todos –máxime en un pueblo de dos mil y pico de habitantes–, solía mantenerse en la sombra. Es posible que el comandante militar de Ibahernando fuese un guardia civil y que este estuviese asesorado en las tareas represivas por algunos vecinos. Los componentes de dicho comité no solían mancharse las manos de sangre, para eso estaban el personal subalterno, ya fueran falangistas, guardias o simples voluntarios. Así pues hablar de paseos es ignorar la mecánica represiva puesta en marcha por los sublevados.

Una de las claves de la novela es la ambigüedad, lo cual no es de extrañar si pensamos en la dificultad de convertir a un fascista común que encuentra la muerte en una batalla nada menos que en Aquiles. Veamos un ejemplo. En un momento se puede leer que la Falange fue “la milicia armada de la reacción en el violento expediente de urgencia segregado por la oligarquía para terminar con una democracia que pretendía reducir sus privilegios…” Esto parece que procede de algún libro. Y en otro se asocia esa misma Falange al “idealismo romántico y antiliberal, la radicalidad juvenil, el vitalismo irracionalista y el entusiasmo por los liderazgos carismáticos y los poderes fuertes de aquella ideología de moda en Europa”. Y aquí parece que transcribe a Sánchez Mazas.

Cercas prefiere hablar de falangistas y franquistas más que de fascistas y de fascismo, concepto que solo aparece en relación con Europa. Esta confusión sistemática está en la base de la novela y es continua y obligada, ya que si no existiera no habría forma de salvar al personaje. Parece que este es el destino de Cercas: salvar a fascistas y farsantes como Sánchez Mazas, Enric Marco o Manuel Mena.

El panfleto de Cercas se encuentra en la misma onda de aquella declaración que el gobierno de Felipe González y Alfonso Guerra realizó en 1986 con motivo del cincuenta aniversario del golpe militar. Según parece, pretendían “honrar y enaltecer la memoria de todos los que, en todo tiempo, contribuyeron con su esfuerzo, y muchos de ellos con su vida, a la defensa de la libertad y de la democracia en España”. Y también manifestar “su respeto a quienes, desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su propia existencia”.

Pues bien, este cinismo de calculada ambigüedad es exactamente el mismo que parece inspirar el escrito de Cercas. El PSOE lo hacía por satisfacer a todos, seguir obteniendo más votos que los demás y perpetuarse en el poder. Cercas lo hace para blanquear a través de su tío y de su familia el pasado del fascismo español. También para salvarse a sí mismo de tan negra memoria familiar, con la que no sabe qué hacer. Afirma que solo en la madurez ha dejado de sentir vergüenza por sus orígenes familiares, pero que ya se ha resignado a ellos. Y piensa, imbuido sin duda de la clarividencia histórica que lo caracteriza, que su familia “había sido franquista, o por lo menos había aceptado el franquismo con la misma mansedumbre acrítica que lo había aceptado la mayor parte del país”.

Sin duda le hubiera venido bien un proyecto de investigación similar al que se llevó a cabo en Alemania en los años noventa, titulado “El abuelito no fue nazi. Nacionalsocialismo y holocausto en la memoria familiar”.

Al recordar el entierro celebrado en el pueblo en honor de Manuel Mena Martínez viene a la memoria lo escrito por un vecino de Sanlúcar de Barrameda con motivo de un acontecimiento similar ocurrido allí durante la guerra. Decía: “Rodeada así la vida de este aparato militar y litúrgico, la vida parece una cosa despreciable. Dan ganas de convertirse en muerto”. Eso debieron pensar algunos vecinos de Ibahernando, olvidando que ya había habido muertos.

Desgraciadamente Cercas aporta escasa información sobre los vecinos de su pueblo que fueron asesinados a partir del 20 de julio. Quizás la más citada sea la maestra Sara García, de 22 años, cuyo cadáver apareció en una finca. Como en otras muchas ocasiones el crimen se justifica por motivos externos: porque su novio, un izquierdista, había huido o, también, porque se trató de una venganza de un pretendiente anterior. Conocemos estas historias. Son ya muchos años intentando asociar la represión a cuestiones personales. Hay, sin embargo, otra opción que Cercas no tiene en cuenta: por lo general la gente dedicada a la enseñanza fue asesinada por ser de izquierdas y representar la apuesta más importante realizada en nuestra historia a favor de la educación pública. Por su edad, la maestra Sara García pudo ser una de esas maestras de la generación de la República que no encajaban de ninguna manera en los planes de enseñanza que los sectores más reaccionarios de la sociedad española, con la Iglesia en cabeza, impusieron de inmediato. También fue asesinado otro maestro.

Para justificar el terror que segó vidas en una pequeña localidad en la que hasta ese momento no se había derramado sangre, Cercas recurre a fórmulas que no cuadran con el caso. No se trata ya de dar pábulo a rumores como el de que jóvenes socialistas habían creado una lista con los nombres de los derechistas que había que eliminar, sino de hablar de “la situación explosiva” existente en el pueblo en los meses anteriores al golpe o aludir a los propietarios “asustados por la deriva revolucionaria de la República y sobre todo por la atmósfera de violencia que desde hace meses se respira en Ibahernando”. Tampoco se priva de decirnos que sería raro que Manuel Mena “no respirase allí [Cáceres] la atmósfera de preguerra que se respiraba en todo el país” y que sintiese “la inminencia del estallido violento” que todo el mundo sentía. Cercas está preparando el terreno para el golpe y para su familia.

Al poco tiempo de morir, el nombre de Manuel Mena pasó a denominar una calle del pueblo. Según la ley de memoria histórica esta calle debería desaparecer. Nadie que se sume a un golpe de estado merece una calle. La pregunta que surge ahora, tras la salida al mercado de la novela de Cercas, es quién se atreverá quitar del callejero de Ibahernando al héroe local que su sobrino nieto ha convertido en mito. ¿Qué más da que sirviese por voluntad propia en fuerzas paramilitares como Falange o a las órdenes de golpistas como Yagüe o Barrón? Es más, tal como van los tiempos es muy posible que Javier Cercas, además de dar nombre a la Casa de la Cultura de su pueblo, pase a denominar alguna de las calles cercanas a la de su tío abuelo. El día que eso ocurra se cerrará esta historia. Aquiles y Homero juntos.

La cuestión de fondo del libro de Cercas es dejar sentado que se puede ser “un joven noble y puro y al mismo tiempo luchar por una causa equivocada”, es decir, ser un fascista. Como es lógico, la respuesta del sobrino nieto de Manuel Mena Martínez, en la estela de la declaración del gobierno de González y Guerra en 1986, es que sí.

Este mismo espíritu es el que ha llevado hace poco a un juez de Soria, Carlos Sánchez Sanz, a decidir que el nombre de Yagüe debe seguir unido al de San Leonardo, su pueblo. Esto y un acuerdo de pleno de 2016 en el mismo sentido firmado por PP, PSOE y Ciudadanos. El argumento es similar al de Cercas: una cosa es el Yagüe falangista, guerrero y represor, y otra muy diferente el Yagüe benefactor que convirtió a su pueblo en un oasis soriano. Naturalmente se deja a un lado que la decisión de denominar al pueblo San Leonardo de Yagüe es de enero de 1940, cuando el jefe de la columna de la muerte aún no había derramado su acción benéfica sobre su pueblo.

Y es que Yagüe, como Mena, también entra dentro de ese privilegiado grupo de hombres puros y cabales que dieron vida, cada uno desde su sitio, al fascismo español, igual que “el poeta” Pemán o “el aviador” Ruiz de Alda. ¿Para cuándo la reposición de las plazas y avenidas antaño dedicadas a Franco, el gran benefactor de España? Sería solo el principio. Al fin y al cabo hombres de tan gran corazón como el carnicero de Badajoz no hubo muchos, pero de héroes locales está el país lleno.

Francisco Espinosa Maestre http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Javier-Cercas-mundo-egoficcion_6_622647752.html

Perro yanqui

Yanqui de olfato canino,
cachorro de tu embajada,
que ya suelto, ya en manada,
ladras en nuestro camino:
no conseguirás ladino
llenarnos de sombra el día,
y ante la inútil porfía,
de aquí marcharás al cabo,
sin dientes, collar ni rabo,
ni chapa de policía.

Nicolás Guillén

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