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‘Doctor Zhivago’, una novela del gusto de la CIA

Recientemente la CIA desclasificó 130 documentos que son una parte de los archivos referentes al escritor soviético Boris Pasternak. Su lectura confirma que fue el espionaje estadounidense quien publicó y difundió la novela “Doctor Zhivago” en 1958. Según el libro “The Zhivago Affair”, escrito por los periodistas Peter Finn y Petra Couvée, fue el mayor arma cultural contra el comunismo durante la guerra fría, sobre todo porque, en cumplimiento del plan de la CIA, la mano del gobierno de Estados Unidos no apareció de ninguna forma forma hasta fechas muy recientes.

Una de las consignas del espionaje, fechada en diciembre de 1957, recomienda prestar a la obra de Pasternak una atención especial. “La tirada de ‘Doctor Zhivago’ debe ser máxima y publicarse en el mayor número de redacciones para una ulterior discusión por la opinión pública internacional así como nominarse para los premios Nobel”, dice el documento.

La novela formó parte del programa de distribución de libros que la CIA puso en funcionamiento durante la guerra fría. La agencia de espionaje gastó millones cada año en la traducción y publicación de todo tipo de obras. Entre 1958 y 1991 el programa propagandístico del imperialismo difundió unos 10 millones de libros y periódicos, no solo literarios, sino también de historia, economía e historia del arte, entre otros temas. Los documentos de la CIA señalan que los autores como Pasternak ayudaban activamente con sus obras a destruir el socialismo en la URSS.

Como principal punto de distribución del libro, el espionaje escogió la Exposición Universal que se celebró en Bruselas en 1958, donde participaron 45 países. La CIA no podía distribuir el libro desde el pabellón estadounidense, por lo que utilizó el pabellón del Vaticano, dirigido por un grupo de católicos rusos, sacerdotes y seglares. Para ello la CIA tuvo que imprimir en su propio cuartel general una edición limitada, clandestina y de bolsillo de la novela, lo que se llevó a cabo en julio de 1959, cuando unas 9.000 copias salieron de sus rotativas.

A Pasternak (1890-1960) no se le conoce por sus poemas sino casi exclusivamente por su única novela, “Doctor Zhivago”, que los instrumentos de propaganda del imperialismo convirtieron en un símbolo, un ariete con el que mentir, engañar y criticar hasta el agotamiento a los países socialistas.

Gracias a “Doctor Zhivago”, a Pasternak le dieron el Premio Nóbel de literatura en 1958 y poco tiempo después se rodó una película basada en la novela, que se tradujo a 18 idiomas. Incluso lanzaron colecciones de cromos para que los niños de todo el mundo aprendieran a odiar al socialismo en una operación propagandística que hasta entonces nadie había sido capaz de poner en marcha.

Pero los Premios Nobel son los galardones más manipulados y corrompidos que existen y por eso la propaganda imperialista les da un realce que no tienen. El caso del “Doctor Zhivago” no es una excepción.

Según el reglamento, para optar al Premio Nóbel de literatura, la novela debía estar editada en su idioma original en su propio país y “Doctor Zhivago” estaba aún sin publicar porque la editorial soviética que tenía prevista su difusión la rechazó finalmente en 1956 a causa de la contrarrevolución en Hungría. Pasternak recibió una carta en la cual la editorial le explicaba las razones por las cuales no le publicaban la novela. Dicha carta se difundió en las revistas Novi Mir y Literaturnaia Gazeta y, además de exponer los motivos por los que rechazaban su publicación, contenía una crítica de la novela. Luego también intervino el diario Pravda con una reseña negativa de Doctor Zhivago firmada por D. Zaslavski.

La CIA decidió tomar cartas en el asunto organizando una operación rocambolesca. Pasternak había enviado el manuscrito de la novela a sus amigos en Occidente y la agencia de espionaje se dispuso a robarlo de un avión al que obligaron a aterrizar en Malta durante dos horas, el tiempo suficiente para fotografiar el original que luego editaron en ruso con el sello de la editorial Mutón de La Haya. Para evitar sospechas, utilizaron el mismo papel de imprenta que era corriente en la Unión Soviética. Asimismo, emplearon un tipo de letra especial, común en Rusia, e imprimieron los capítulos de que consta la novela en diferentes lugares con el fin de evitar que se descubriera la falsificación.

Tras la maniobra el libro fue presentado justo a tiempo al comité de los Nobel y los miembros de la Academia Sueca se mostraron muy sorprendidos ante el hecho de que les obsequiaran con varios ejemplares de una novela cuya existencia hasta entonces desconocían, justo a tiempo para que tuvieran en consideración a Pasternak como candidato al Nobel de 1958.

La CIA financió con fondos propios la primera edición en ruso de la novela. Poco después una editorial italiana con fama de izquierdista, Feltrinelli, fue la primera que editó una traducción, contribuyendo a dar carta de legalidad a la trampa al estampar su sello.

Pasternak nunca recibió el Nobel, premio que rechazó públicamente cuatro días después del anuncio. Debió resultar frustrante para él que le premiaran por lo más flojo de sus escritos. En efecto, Pasternak es un escritor cuyo punto fuerte no es la narrativa, sino la poesía. Es uno de las más grandes poetas rusos del siglo XX, pero no recibió el premio gracias a sus versos, que al imperialismo le importaban un bledo, sino a una novela y sólo por el contenido político contrarrevolucionario de la misma.

“Doctor Zhivago” es la única novela de Pasternak. En 1965 fue llevada al cine por el británico David Lean, con Omar Shariff (Yuri Zhivago), Julie Christie (Lara) y Geraldine Chaplin (Tonia) en los papeles principales, con una soberbia banda sonora de Maurice Jarré. La película fue rodada en la España franquista, que no puso más que facilidades para que pudiera realizarse, con gigantescos decorados en el camino de Canillas en Madrid que simulaban al Petrogrado de 1917 y los campos de Soria como magnífica estepa siberiana. Obtuvo cinco Óscar de Hollywood.

Narra los avatares de un médico y su familia durante los últimos años de la Rusia zarista, la guerra civil, la revolución de Octubre y los albores de la URSS. Además del trasfondo político, la obra relata el dilema sentimental de Zhivago, un poeta burgués, además de médico, que se debate entre su esposa y su amante.

La ambigüedad sentimental del doctor Zhivago corre paralela a su ambigüedad política. La novela expone, pues, el punto de vista de un intelectual desbordado por la furia de los acontecimientos revolucionarios de 1917. Es la mirada desconsolada del propio Pasternak, que no es capaz de diferenciar entre la feroz violencia contrarrevolucionaria del zarismo y la justa respuesta de las masas oprimidas. Pero, como suele suceder, el pacifismo no es más que una hipócrita cobertura lanzada, no en contra de los bolcheviques, como a veces se dice, sino de las propias masas oprimidas que se han convertido en protagonistas de su destino gracias a la revolución.

Pero el médico no quiere formar parte de esas masas; no quiere ser actor sino espectador de los acontecimientos porque cree que es eso lo única que le puede permitir convertirse en juez, falsamente imparcial, situado por encima de los bandos en lucha. El intelectual burgués que es Zhivago ya no es dueño de su vida privada, asaltada por el tumulto de los acontecimientos: la guerra mundial, la revolución, la guerra civil… Fuerzas exteriores a su propia persona le arrastran hacia lugares que no son los suyos y le impiden disfrutar de una vida propia, apacible.

El distanciamiento es el emblema de la intelectualidad fría. Los padres y hermanas de Pasternak emigraron a Berlin después de la guerra civil entre rojos y blancos que siguió a la revolución, una época de grandes hambrunas. Leonid se les había adelantado. Viajó para recibir tratamiento médico de los ojos, pero luego decidió quedarse en Alemania en busca de un futuro mejor, para terminar sus días en Gran Bretaña después de la entrada de los nazis al poder. Como buenos intelectuales, los Pasternak huían de la realidad porque se podían permitir ese lujo.

El personaje de Lara está inspirado en Olga Ivinskaya, la amante de Pasternak. Éste había contraído matrimonio en 1922 con Zhenia (Eugenia), una pintora, con quien tuvo un hijo. Pero en los años treinta se enamoró de Zina la mujer de su mejor amigo, con la que terminó casándose y tuvo otro hijo. Al cabo de los años Olga Ivinskaya, junto con su hija, fueron condenadas por cobrar derechos de autor ilegales procedentes de la publicación en el extranjero de “Doctor Zhivago”. Ivinskaya fue condenada a ocho años de trabajos forzados en Siberia y su hija a tres. La oleada de protestas que desencadenaron los países imperialistas logró que fuera librada cuatro años antes de cumplir su condena.

Aunque ha transcurrido más de medio siglo, la manipulación contra la URSS no se ha detenido ni un instante. Una noticia de la BBC de 22 de febrero de 2004 decía que Pasternak había sido un autor prohibido durante 30 años en la Unión Soviética y que sus obras completas iban a ser publicadas por primera vez al año siguiente, es decir, en febrero de 2005, para conmemorar los 115 años del nacimiento del escritor. Es completamente falso. Ya en 1933 se publicaron todos sus poemas en un volumen.

Así sufrían los autores prohibidos y perseguidos en la URSS.

El verdadero sufrimiento es el de los lectores que cada día tienen que soportar la basura propagandística del imperialismo, como la Wikipedia.

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El sombrero de Gessler

N. Bianchi

Bajo este Estado fascista -o de «corte fascistoide» para calmar los ánimos de las «almas bellas»– no existe algo tan noble como es la «política», sino politiquillos sin coturno ni alta estofa. Resulta ya fatigoso volver a citar a José Bergamín cuando decía -y no lo decía un comunista precisamente- que existir es pensar y pensar es comprometerse. A lo que Unamuno -que de comunista nada- le puso esta coda: «pensar es comprometerse… y, a las veces, caer bajo el Código Penal, porque el delito mayor del hombre es haber pensado». Los protoalemanes germánicos tenían este dicho: «Gedanken sind Zollfrei», o sea, los pensamientos no pagan aduanas. Y es del latino Ulpiano este principio: «cogitatienis poenam nemo patitur», esto es, el pensamiento no delinque… mientras no transcienda al exterior, es decir, que cobre fuerza y prenda la pradera.

Se atropella la voluntad de los ciudadanos de una nación como Catalunya y se recurre a la voluntad de la Reina sátrapa de Lewis Carroll en «Alice in Wonderland»: «primero habrá una condena y, después, por supuesto, un juicio legal».

Hay dos clases de «hacer política»: la de fábula y la real. La primera consiste en, «nolens volens», ya que vamos hoy de latinajos, en inclinarse ante el sombrero de Gessler, aquel bailío que impuso -como un vulgar Urquijo en Euskadi, un virrey, un gobernador- a los suizos inclinar la cabeza ante la sola visión de su copete (de su gorra) encima de un palo en un camino -un portazgo, un peaje «político»– y que Guillermo Tell dijo ya te vale y luego pasó, ya saben, lo de la manzana y su hijo y la flecha de su ballesta de reserva para cargarse al bailío si tuviera la mala fortuna de, involuntariamente, matar a su hijo.

Eso es la Constitución española y así la hacen entender: como el sombrero de Gessler.

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La polémica Sartre-Camus

Nicolás Bianchi

En el año 1952 las dos figuras principales del mundo intelectual francés eran Jean-Paul Sartre y Albert Camus, autores de La náusea y La peste, respectivamente. La disputa surgió a propósito de la publicación del ensayo de Camus El hombre rebelde, en octubre de 1951. La reseña del libro le fue confiada a Francis Jeanson a sabiendas de que sería poco benévola. Jeanson, discípulo de Sartre, publicó, efectivamente, un comentario negativo en mayo de 1952 del libro de Camus en la revista Les Temps Modernes, órgano del círculo existencialista sartreano.

Camus sostenía en su ensayo que en el ser humano había una esencia, una naturaleza humana, y que esa esencia se relacionaba con una moral cuyos principios transcendían las contingencias de la Historia. Para Sartre, en cambio, el hombre no tenía esencia, era pura existencia (de aquí el existencialismo como filosofía), un puro hacerse; por ello, la Historia era, precisamente, todo porque la Historia era lo que el hombre hacía en un universo sin Dios. Sartre le insistía a Camus que para revolucionar el orden de las sociedades humanas (=burguesas), era obligatorio que ellos, como intelectuales, se «mancharan las manos». Camus le respondió que él no quería ser «ni víctima ni verdugo» (el «ninismo», como puede verse, no es de hoy), separándose del canon soviético al que se supone que Sartre servía a pie juntillas, y acusando a Sartre de obligar a los artistas e intelectuales a comprometerse y expresar sus ideologías políticas lo que, según Camus, sería una forma de «esclavismo». La polémica entre Sartre y Camus era, en principio, filosófica, pero en la práctica las diferencias se debatían en el campo de la política.

Camus -hoy defendido por personajes como Vargas Llosa-, en su polémica con Sartre, rechazó todas las formas de opresión equiparando el comunismo (o, para un trotskista, el «stalinismo») y el fascismo y/o el nazismo -ideologema todavía muy rentable para los «equidistantes», o sea, los «demócratas»-, es decir, el totalitarismo como mal del siglo, alegando que «el hombre no se reduce a la historia». Para Camus, el que no cree más que en la Historia camina hacia el terror que empezó, para él, guillotinando a Luis XVI.

En Camus el progreso de la libertad consiste en saber liberarla de sus empresas, de sus tareas, o sea, en otras palabras, el no-compromiso (engagement, término muy en boga en aquellos años). Al referirse Sartre a un pasaje de Cartas a un amigo alemán, donde Camus le dice al supuesto soldado nazi: «Durante años han tratado ustedes de hacerme entrar en la historia», replica Sartre: «[…] puesto que se cree fuera, es natural que imponga condiciones antes de ‘entrar adentro’. Igual que la niña que roza el agua caliente con la punta del pie preguntando. ‘¿está muy caliente?’, mira usted la historia con desconfianza, sumerge en ella un dedo que retira al instante y pregunta: ‘¿tiene sentido?’«

Para Jeanson -el autor del texto en definitiva, pero al que Camus, en su respuesta en Les Temps Modernes el 30 de junio de 1952, le ningunea, ni le nombra, dando por hecho que es una «interpósita persona» de Sartre-, Camus sitúa el Mal (con mayúscula) en la historia (con minúscula) y el Bien fuera de ella, es decir, que rechaza la Historia, ahora con mayúsculas. Se trata -añade- «de eliminar toda situación concreta para obtener un puro diálogo de ideas».

De Camus decía Carlos Fernández Liria, filósofo, en un artículo escrito en 2006, que se negó a que el fin justificara los medios. Y que prefirió «equivocarse sin matar a nadie y dejando hablar a los demás, que tener razón en medio del silencio y los cadáveres». Como si los comunistas -dice Liria, que se reclama de tal condición- «nos dedicáramos a ir ametrallando gente a nuestro paso». Es muy fácil -agrega- «ser moral en un mundo que no llega más allá de mis narices». Sartre, según Liria, que está de su lado, denuncia la pretensión de ser moral más allá del compromiso político. Sartre -termina diciendo Liria- «no defendió la Historia contra la Moralidad. Defendió que la elección moral tenía que consistir en elegir un mundo, un mundo bueno, y no en elegirse bueno a uno mismo».

Albert Camus, que nació en la Argelia francesa en 1913, murió en enero de 1960 en un accidente de tráfico yendo de copiloto (el conductor era el famoso editor Gallimard). En 1957, tres años antes, recibió el Premio Nobel de Literatura. Sartre murió en 1980. También le otorgaron el Nobel de Literatura en 1964, pero lo rechazó en plena «guerra fría» y por, entre otras razones, estar posicionado a favor de la entonces llamada «coexistencia pacífica» preconizada por la camarilla de Jruschov.

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Cultura

En la muerte ayer del novelista Ramiro Pinilla

Con 91 años murió ayer el novelista Ramiro Pinilla, una de las plumas más importantes de la literatura vasca del siglo XX. Había nacido en Bilbao en 1923, un mal momento en un siglo de oscuridad casi total. Su nombre y su obra han pasado desapercibidos porque la cultura siempre ha estado reñida con el fascismo. Es posible que nadie recuerde ahora una entrevista en televisión o una reseña de sus novelas en una revista literaria. Su caso demuestra que en el siglo XX ha existido cultura a pesar del fascismo.

Hace ya más de medio siglo que Pinilla obtuvo el Premio Nadal y el Nacional de la Crítica. En 1971 quedó finalista del Premio Planeta. Antes del fallo le llamaron por teléfono para decirle que había ganado y que debía ir a la gala a Barcelona para recogerlo, momento en el cual se consuma el fraude: el primer premio se lo dan al franquista José María Gironella. Para taparle la boca, aquella noche Lara, el propietario de la Editorial, otro franquista, le dio 5.000 pesetas. Así funciona la cultura que, en una sociedad capitalista es un mercancía como cualquier otra.

Un paralelismo entre Gironella y Pinilla daría para mucho. Precisamente para evitar comparaciones entre ambos, la Editorial Planeta demoró seis meses la publicación de “Seno”, la novela finalista de Pinilla.

Gironella fue quien más novelas vendió con el franquismo. Entonces la gente leía aún menos que ahora y, desde luego, casi nadie guardaba novelas en los armarios de su casa, pero es casi seguro que, si había alguna, era “Los cipreses creen en Dios” o “Un millón de muertos” del autor catalán, que forman parte de la mala conciencia del franquismo sobre la guerra civil y sobre sí mismo.

Por el contrario, los escaparates de las librerías ignoraron a Pinilla, que tuvo que crear su propia editorial, Libropueblo, para vender sus novelas llamando a las puertas de las casas porque en un escritor la autenticidad es aún más importante que la veracidad, una sensación que no se puede fabricar y que está en muy pocos autores: Rosalía de Castro, Luis Cernuda, Miguel Hernández…

Como todos los clásicos, Pinilla siempre estuvo fuera del mercado, las modas, la frivolidad y la superficialidad del momento. Sus novelas son lo que siempre fueron las novelas, el arte de contar historias, aunque en su caso la historia no sea más que una: el fin de una época y el inicio de otra distinta. En sus novelas los personajes se repiten y las localizaciones siempre son las mismas, aunque cambia el paisaje: los caseríos se derriban para dejar sitio a los esqueletos de hierro de los altos hornos o los astilleros.

Hay novelistas (Balzac, Zola, Galdós, Sholojov) en los que se describen las clases y la lucha de clases mejor que en cualquier manual. En Pinilla el motor de la historia asume una forma genealógica, biográfica, en un entorno reducido en lo personal, casi exclusivamente familiar, y en lo geográfico, Getxo, un arenal donde una ría y una época se acaban para romperse, como la Santísima Trinidad, en tres pedazos: la oligarquía, la burguesía nacionalista y el proletariado.

En la posguerra el novelista bilbaino tomó partido, formando parte de aquellos comunistas que en 1947, en las condiciones más difíciles que cabía imaginar, desencadenaron una huelga general a lo largo de la ría, la primera que conoció el franquismo. En sus novelas están presentes aquellos acontecimientos, cuando salir a la calle no era divertido sino que significaba quedarse sin pan para comer, o morir defendiendo una barricada, o acabar en la cárcel de Santoña durante muchos años.

No hace tanto que Anasagasti se permitió el lujo de insultar públicamente a Pinilla y su obra. Como buen garrulo, el senador del PNV no tenía ni puta idea, pero ese es otro retrato de los políticos que padecemos. Hace un siglo Pérez Galdós ya dijo que aquí “la política” es una conjugación del verbo comer. Esto no da para más. Es el momento de comerles o de que nos coman, y me refiero al alimento del cuerpo tanto como al del alma.

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Guerra psicológica

El colonialismo ideológico de la posguerra

Siguiendo la pauta del ensayo -ya clásico- de Saunders Stonor, de imprescindible lectura (1), no hace mucho que la cadena de televisión franco-alemana Arte emitió un documental (2) sobre la instrumentalización por la CIA de antiguos nazis para infiltrar y dirigir la cultura progresista en diversos países de Europa. Era el fruto de tres años de investigaciones y mostraba las vías por las cuales el espionaje estadounidense manipuló los círculos artísticos e intelectuales europeos durante la guerra fría.

En toda Europa fueron numerosos los escritores que trabajaron a sueldo de la CIA a través del Congreso para la Libertad de la Cultura, una pantalla que tenía su sede en París y desde donde extendió sus tentáculos por África, Medio Oriente y Latinoamérica. Era una fábrica de anticomunismo que tenía por objetivo sustraer a los intelectuales progresistas de la influencia del marxismo para volverlos contra la URSS.

La revista de cabecera era “Preuves”, dirigida por el sociólogo francés Raymond Arond, al que pusieron de moda y cuyas obras convirtieron entonces en manuales de obligatoria lectura en las facultades universitarias.

En Alemania el Congreso se organizó en 1950 en Berlín, en la zona de ocupación militar estadounidense, aunque también tuvo sucursales en Frankfurt, Colonia y Munich. Su portavoz era la revista “Der Monat”, subvencionada por la CIA hasta 1958. Entre sus colaboradores había periodistas, editores y profesores universitarios.

En Colonia la CIA estableció relaciones provilgiadas con las redacciones de los periódicos y la televisión. Uno de los colaboradores habituales del imperialismo fue el escritor Heinrich Böll, que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1972. Pero en las nóminas del espionaje no faltaron tampoco pintores, historiadores, músicos, cineastas y filósofos.

Las razones eran obvias. En 1945 la URSS no sólo no había sido derrotada en la guerra sino que su influencia era mayor que nunca. Su propia subsistencia era un desafío para las potencias imperialistas que se extendía a todos los terrenos, incluido el ideológico. Era una situación incompatible con el imperialismo, cuya hegemonía también tiene que ser cultural, filosófica, científica, artística, literaria, cinematográfica…

Después de la II Guerra Mundial, en Europa occidental los estadounidenses impusieron sus concepciones de la misma manera que sus armas nucleares y su sistema monetario. El imperialismo no podría dominar si no dispusiera, además de las herramientas militares, diplomáticas y económicas, las de tipo ideológico. El dominio tampoco sería posible si la ideología imperialista se presentara como lo que realmente es: como tal ideología. Para facilitar su penetración tiene que presentarse como la única forma posible de historia, cultura, sicología, arte, filosofía o cine. Es la manera de llegar hasta las escuelas más remotamente alejadas de los centros intelectuales que las han elaborado, cuando los niños empiezan a leer los manuales de adoctrinamiento y sumisión en forma de cuentos o películas de dibujos animados de Walt Disney.

Tras la industria espacial, la segunda exportación más cuantiosa de Estados Unidos es eso que llaman “entretenimiento”, el “show bussines”: la cultura como mercancía. Pero la hegemonía no llegó sólo de la mano de Hollywood. Bajo la cortina de humo del “intercambio” (viajes, becas, cursos, editoriales) se implementó un proyecto para formar a los llamados “hemisphere leaders” (economistas, militares, artistas y periodistas), clones fabricados siguiendo el patrón universitario estadounidense. Para exportar su ideología por todo el mundo, Estados Unidos abrió bibliotecas, fundaciones y centros culturales, estableció agencias de prensa y estaciones de radio, creó instituciones públicas especializadas en propaganda exterior como la USIS (Unites States Information Service) y la USIA (United States Information Agency).

Aún a fecha de hoy una parte muy importante del fondo bibliográfico de las editoriales y las bibliotecas se compone de libros distribuidos (y en buen parte regalados) por las instituciones “educativas” gringas durante la guerra fría. Sólo en 1965 la USIS financió la traducción y distribución de más de 14 millones de libros de muy diverso tipo, con el mismo contenido ideológico y propagandístico, verdaderas obras de encargo. El Reader’s Digest es sólo uno de los ejemplos más conocidos de esa colonización cultural (3). Hace años Jason Epstein lo resumió de la forma siguiente:

“No es cuestión de comprar a unos escritores o a unos universitarios, sino de establecer un sistema de valores arbitrario y ficticio mediante el cual los universitarios obtienen adelantos, los redactores de revistas son pagados, los sabios son subvencionados y sus obras publicadas, no ya, necesariamente, a causa de su valor intríseco, a pesar de que éste sea a veces considerable, sino a causa de su obediencia política […] La CIA y la Fundación Ford, entre otros organismos, han establecido y financiado un aparato de intelectuales seleccionados por sus posturas correctas en la guerra fría” (4).

Pero no bastó con formar los nuevos cuadros intelectuales que iban a dirigir el mundo “libre”; también fueron necesarios nuevos institutos, universidades y centros de investigación que desplazaran a los anteriores, especialmente a las universidades tradicionales y las enseñanzas tradicionales, que se consideraron “anticuadas”. A través de fondos del International Education Board, la Fundación Rockefeller movió los hilos de la “formación” en la Europa de la posguerra. No es una paradoja sino la esencia misma del proyecto: los fondos previstos para la enseñanza no se destinaron a las universidades porque su objetivo no era divulgar los conocimientos ya existentes sino de imponer en Europa lo que en Estados Unidos consideran como nuevo y verdadero conocimiento (filosófico, económico, histórico).

Por ejemplo, a pesar de la oposición de las universidades, Rothschild financió en Francia la construcción del Instituto de biología físico-química que, tras la guerra mundial, pasó a ser financiado por Rockefeller.

En España ocurrió exactamente lo mismo: la fundación del Instituto Nacional de Física y Química, conocido entre los científicos como “el Rockefeller”, se inició en 1926 en Madrid gracias a un préstamo de 420.000 dólares de aquella Fundación. Hasta los arquitectos que levantaron los planos del edificio dejaron constancia del servilismo que acompaña siempre a quienes se acojen a la caridad ajena. En su memoria reconocieron que habían optado por el racionalismo americano frente al europeo y que, además, “se proyectó un orden alargado del estilo llamado colonial norteamericano, y se hizo así pensando en que Rockefeller, que prohibe que su nombre figure en sus donaciones, tuviera un recuerdo, aunque fuera mudo” (5).

Todo esto me lleva a sospechar que es probable que en España el espectacular fracaso escolar y universitario tenga alguna relación con el hecho de que las enseñanzas nazis e imperialistas que los profesores imparten en los centros educativos les revuelven las tripas a los estudiantes.

(1) F.Saunders Stonor, La CIA y la guerra fría cultural, Debate, Madrid, 2001.
(2) La CIA infiltre et contrôle la culture des pays d’Europe, http://www.youtube.com/watch?v=qer-2PB8gfM
(3) Joanne P. Sharp: Condensing the Cold War: Reader’s Digest and american identity, University of Minnesota Press, 2000.
(4) Cfr. Claude Julien: El imperio americano, Nova Terra, Barcelona, 1969, pg.338.
(5) Cfr. C.González Ibáñez y A.Santamaría García (eds.): Física y química en la Colina de los Chopos: 75 años de investigación en el Edificio Rockefeller del CSIC (1932-2007), CSIC, Madrid, 2009.

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Sostiene Cortázar

Nicolás Bianchi

Este año se cumplen 100 del nacimiento del escritor Julio Cortázar. Mucho se ha escrito sobre esta efeméride en su costado puramente estético y literario. Nosotros solo espigaremos someramente su costado «comprometido» o «político», vale decir. Con alguna que otra leve contradicción, habla Cortázar.

«Hay que superar la vieja noción de lo cultural como un bien inmueble e intentar lo imposible para que se convierta en un bien mueble, en un elemento de la vida colectiva que se ofrezca, se dé y se tome, se trueque y se modifique tal como lo hacemos con los bienes de consumo, con el pan, y las bicicletas, y los zapatos».

«Han empujado la palabra ‘cultura’ a la calle como si fuera un carrito de helados o frutas, se la han puesto al pueblo en la mano y en la boca con el gesto simple y cordial del que ofrece un plátano» [esto se escribe en tiempos de la Nicaragua sandinista].

«Un hombre ‘culto’ para quien la cultura es ante todo una difícil adquisición individual, lo que naturalmente reduce el número de quienes la poseen y además los distingue claramente de los que no han accedido a ella».

«Palabras como ‘intelectual’ o ‘latinoamericano’ me hacen levantar instintivamente la guardia. Me considero sobre todo como un ‘cronopio’ que escribe cuentos y novelas sin otro fin que el perseguido ardorosamente por todos los cronopios, es decir, su regocijo personal. A riesgo de decepcionar a los catequistas y a los propugnadores del arte al servicio de las masas, sigo siendo ese cronopio que escribe para su regocijo o sufrimiento personal, sin la menor concesión, sin obligaciones ‘latinoamericanas’ o ‘socialistas’ entendidas como ‘a prioris’ pragmáticos».

«No creo en los universalismos diluidos y teóricos, en las ‘cuidadanías del mundo’ entendidas como un medio para evadir las responsabilidades inmediatas y concretas -Vietnam, Cuba- en nombre de un universalismo más cómodo y menos peligroso» [es una carta que escribe desde Francia al intelectual cubano Roberto Fernández Retamar en 1967 y que publicó ese año Casa de las Américas].

«Comprendí que el socialismo, que hasta entonces me había parecido una corriente histórica aceptable e incluso necesaria, era la única corriente de los tiempos modernos que se basaba en el hecho humano esencial y en el simple principio de que la humanidad empezará verdaderamente a merecer su nombre el día que haya cesado la explotación del hombre por el hombre».

«No creo que la literatura de mera creación imaginativa baste para sentir que me he cumplido como escritor, puesto que mi noción de esa literatura ha cambiado y contiene en sí el conflicto entre la realización individual como la entendía el humanismo, y la realización colectiva como la entiende el socialismo, conflicto -dice Cortázar- que alcanza su expresión quizá más desgarradora en el ‘Marat-Sade’ de Peter Weiss [que en España, en 1968, quisieron adaptar y montar teatralmente Alfonso Sastre y Adolfo Marsillach siendo prohibido al poco, N. B.] Jamás escribiré -continúa Cortázar- expresamente para nadie, minorías o mayorías, y la repercusión que tengan mis libros será siempre un fenómeno accesorio y ajeno a mi tarea; y sin embargo, hoy sé que si alguna vez se pudo ser un gran escritor sin sentirse partícipe del destino histórico inmediato del hombre, ‘en este momento no se puede escribir sin esa participación que es responsabilidad y obligación'» [subrayado mío, N. B.]

«A ningún escritor le exijo que se haga tribuno de la lucha que en tantos frentes se está librando contra el imperialismo en todas sus formas, pero sí que sea testigo de su tiempo [está pensando en A. Camus]. Ya no es posible respetar como se respetó en otro tiempo al escritor que se refugiaba en una libertad mal entendida para dar la espalda a su propio signo humano.

En lo más gratuito que pueda yo escribir asomará siempre una voluntad de contacto con el presente histórico del hombre, una participación en su larga marcha hacia lo mejor de sí mismo como colectividad y humanidad».

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La letralleta

Nicolás Bianchi

No fue una decisión fácil. No para John Ezkerra, ”El Zurdo”. Vivía, no hacía muchas lunas, en un rancho modesto, propietario de pocos acres como pasto para cristianas reses bovinas y ovinas así como una huerta autárquica que abastecía a sus dos hijas y su laboriosa mujer de origen vasco (su fortísimo acento la delataba). Los sábados, John, bajaba al mercado local –vivían en un monte- a intercambiar quesos y leche de oveja (para hacer cuajadas), también lekas y puerros, por monedas bastantes para reparar un apero descompuesto u otro avatar imprevisto. Una economía mercantil, simple y descomplicada, preindustrial, sin plusvalía, fisiócrata, de trueque, yo qué sé. De John Ezkerra, ”El Zurdo”, nunca se oyó decir que fuera un reaccionario amante de relaciones feudovasalláticas ni que fuera cuáquero o metodista puritano, pues tenía transistor y televisión y gustaba de francachelas con camaradas. No desconectó, como suele decirse, del mundanal ruido (porque se dice así, no?) y le gustaba estar informado, aunque siempre pensó, desde que se cayó de un guindo, que la información veraz era para ingenuos y la información falsa dizque desinformación para ilusos. la verdad es ingenua, infantil, y la mentira ilusa, ilusionante, prestímana y para adultos. Así discurría nuestro héroe fumando su pipa al calor de su victoriana chimenea mientras leía –en inglés- al lakista poeta Wordsworth y acariciaba a su setter. Todo muy british, flemático, encantador, ciudadano. Sin pecar de escaso rigor, puede decirse que era un hombre feliz, de una felicidad agraria, descomplicada, ya se dijo esto. Las horas demoraban, cansinas, tac-tic y no tic-tac, casi aburridas en un tiempo abolido, que eso debe ser el paraíso y la parusía: una ritmia arrítmica.

Una vez a la semana, mirándose al espejo –se ignora con qué secreta intención- para recortarse el bigote donde se le pegaban los fideos, pensaba en lo dichoso y suertudo, puritita alacridad, apocatástasis y ataraxia, que era pues se había metamorfoseado –sin llegar a onerosas exageraciones kafkianas- en todo aquello que había combatido cuando era joya y líder, talentoso y carismático. Ya era cincuentón, canoso (herencia genética) y con caries (herencia desconocida). Sus ojos, según sus amantes, lindos (según los buitres, qué más da). La melena rebelde, pero la opinión pública no estaba con este sansón. Se volvió un buen hombre, un buen ciudadano, viendo crecer a sus hijas legítimas y bastardas como si fuera un Borgia antiabortista, aparentando pero sin disimulo, o al revés, según. Todo okey, all right, hasta que…

No lo hagas, John –imploró su bella esposa.
No, papá, no seas cabrón, joputa –suplicaron sus delicadas vástagas.
I’m sorry –dijo nuestro Hamlet-: debo hacerlo.

John Ezkerra cogió del vetusto arcón lo que más temía su familia: la pluma como caduceo y letralleta pues nunca tuvo valor para esgrimir otras armas más letales. Desempolvó el cálamo, entintó, y se fue a desfacer entuertos por polvorientos caminos defendiendo quijotescas causas perdidas rumiando ese tiempo en que llegue… el día menos pensado.