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El sastrecillo valiente: Alfonso Sastre

El rigor con que Alfonso Sastre (1926-2021) enfrenta su producción creativa y su pensamiento teórico (sin hablar de su contumaz e indesmayable compromiso político) lo convierte en un maldito, una mezcla de dinosaurio artístico-ideológico y viejo topo orador y horadante. Lo más terrible, según los griegos clásicos, era la condena al ostracismo, al destierro, a la des-socialización, al anacoretismo forzado. A eso condenó el stablishment fáctico a Sastre:a lo marginal, a ser un marginal, un dramaturgo -de lo mejor vivo en Europa-, un autor, marginal.

Y cuando se pregunta ¿dónde estoy?, se responde él mismo que “al margen de las márgenes” y no ve más que corrimientos que lo desplazan a él precisamente ahí:al margen, como un escolio escrito. . . al margen del texto. Está uno situado, sin proponérselo, al margen, desorbitado, fuera de órbita, como un forajido (fora exitus, fuera de lugar), proscrito. Expulsado de la República de las Letras al Reino de Marginalia. Ancha es Marginalia, universo paralelo a la tierra de canallas, donde se obliga a decir “España son ellos”, martillo de herejes.

Poblada y vastísima es la producción literaria y artística de Sastre, trufada de ensayo y poesía, artículos y, por supuesto y ante todo, teatro. Un teatro más representado en Europa que en España, más leído que visto en escena. Ninguneado, represaliado (me contaba Sastre cómo cuando en 1986 se estrenó con éxito enorme su obra “La taberna fantástica” ¡¡escrita en 1965!!, y donde se reveló como actor fabuloso Rafael Álvarez, “El Brujo”, le llamó personalmente para felicitarlo Javier Solana, entonces ministro psoecialista de Cultura y posterior secretario general de la OTAN).

De clara base realista, su teatro quería experimentar con otros elementos que enriquecieran la obra e ideó lo que llamó “tragedia compleja” donde se mezcla lo irrisorio y épico del héroe, lo mismo individual (“La sangre y la ceniza” sobre Miguel Servet) que colectivo (“Crónicas Romanas”). Nuestro Señor Don Quijote, que diría Unamuno, sería modelo “complejo”: se ríe uno, pero con pena. Y todo hilvanado mediante un método que Sastre desarrolló en lo más creativo de su obra como fueron las “tragedias complejas”: la imaginación dialéctica (antes el “distanciamiento” brechtiano) o dilatación imaginaria de la realidad donde se puede dar lo “unheimlich” (lo siniestro de raíz freudiana donde se entremezcla la situación familiar con lo extraño, una suerte de dêja vu) y lo terrorífico, a lo que era muy aficionado.

Sastre, un hombre nuevo frente a tanto marasmo, molicie y pesebrismo.

Producción literaria y lucha de clases

“Estamos en efecto ante el hecho que el aparato burgués de producción y publicación tiene la capacidad de asimilar e incluso propagar cantidades sorprendentes de temas revolucionarios, sin poner por eso seriamente en cuestión ni su propia existencia ni la existencia de la clase que lo posee… Afirmo además que una parte considerable de la literatura llamada de izquierda no ha tenido otra función social que la de extraer de la situación política cada vez nuevos efectos; para el entretenimiento del público”
(Walter Benjamin. Ponencia presentada en El Instituto para el estudio del fascismo. París, 27 de abril de 1934)

Dando un vistazo a las subvenciones concedidas por el Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya en 2020, hay una cantidad de literatura aparentemente de izquierdas o “radical” que está financiada por esta Consellería. La pregunta que surge es: ¿cómo se puede entender que un gobierno extremadamente neoliberal (el más neoliberal de toda España) subvencione ediciones aparentemente de izquierdas?

Seguramente la reflexión que hacía Walter Benjamin en 1934 la podemos dar por actualizada como si los años no hubieran pasado. Y a continuación, repasando los catálogos editoriales “radicales” podemos preguntarnos si su contribución es para espolear la necesidad organizativa del proletariado o es para entretenimiento de un público que se autocalifica de “progre”.

Indigenismos, tercermundismos, LGTBI, movimientismos, feminismos posmodernos, refugiadismos, neomarxismos interclasistas, trotskismos, antistalinismos… e incluso comunismos que afirman que tal concepto no es un “proyecto” sino una “práctica” (como dice Isabelle Garo) alejando la perspectiva acuñada por Marx de “subvertir todas las relaciones sociales en las cuales el ser humano es un ser envilecido, humillado, abandonado, despreciable”.

Si se quisiera decir que la diferencia es relativa o de interpretación semántica se estaría faltando a la verdad, atendiendo al que se desprende de la interpretación del contexto y la intención de la afirmación que hace la autora.

Si nos situamos en la intención de un proyecto, entendido como una cuestión en la conducta humana, es el establecimiento de un plan propuesto para realizar aquello que se piensa llevar a desempeño, y evidentemente el plan tiene un objetivo, que en el caso del comunismo es la supresión de las clases en la sociedad, las desigualdades que configuren su existencia y un nuevo modelo civilizatorio.

Por el contrario práctica, es la aplicación de ciertos preceptos, ciertas reglas, etc., aplicación de aquello que se ha aprendido, donde se funden, cuando no confunden, los hábitos y obviamente las tradiciones, simplemente una cotidianidad de comportarse de una manera determinada, que simplemente puede ser la forma más adecuada de comportamiento en función de unos parámetros que se pueden haber logrado personalmente o por influencia del entorno social, donde no es exigible ningún proyecto o plan como una gran estrategia colectiva y con una finalidad transformadora.

Ahora bien, si la intención es la de la llevar a la práctica un proyecto, entendido como lo que ahora es muy habitual denominar trabajos docentes o estudios técnicos, para darles mayor “entidad”, lo que acaba siendo una práctica es el ejercicio de una profesión, lejos de lo que tiene que ser la pretensión de querer impulsar y especialmente instaurar el proyecto del comunismo.

Hay una coincidencia en la literatura “radical” para obviar dos cuestiones básicas: la necesidad de la organización con militantes que piensen con su propia cabeza como condición indispensable para serlo; y que el comunismo plantea una alternativa civilizatoria que va más allá de la economía y la política, que hunde sus raíces en la ciencia, en todo el entramado que se denomina cultura y también evidentemente tiene que aspirar a configurar como referente una ética proletaria.

La necesidad partidaria tiene que servir para organizar la resistencia, y para subvertir constantemente el orden establecido; el proyecto de nueva civilización como hito a tener en cuenta y la organización subordinada a este hito.

Como ya en su momento advirtió Evgeni Pasukanis que lo importante no es solo lo que el Estado hace, sino también la forma en que lo lleva a cabo. En ambos casos, la neutralidad no tiene cabida, puesto que cada aspecto de la organización y accionar estatal expresa y refuerza su naturaleza de clase. Y aquí podemos incluir la práctica del “subvencionismo” hacia centenares de asociaciones de los más variados colores, muchas de ellas se nombran radicales e incluso antisistema.

Podemos considerar que el Estado, como representante de una clase, objetivo de la cual es la reproducción de las relaciones sociales existentes en una escala siempre creciente, no hace “gastos” cuando reparte subvenciones, sino que realiza siempre “inversiones”. Inversiones de las cuales piensa sacar un rendimiento que está caracterizado no tanto por su estatus monetario, sino para asegurarse el consenso, o el disenso “dentro de un orden”.

Asociaciones con el modernísimo nombre de organizaciones no gubernamentales, las cuales el Banco Mundial las define como “organizaciones privadas que persiguen actividades para aliviar el sufrimiento, promover los intereses de los pobres, proteger el medio ambiente, brindar servicios sociales básicos o realizar actividades para el desarrollo de la comunidad”. Así la producción literaria, a imagen y semblanza de lo que dicta el Banco Mundial, reafirma el sistema de dominación con una vestimenta progresista e incluso radical.
Las tesis justificativas de los receptores se amparan en que “si existe un dinero que en realidad lo aportan los ciudadanos. Si este dinero puede utilizarse en proyectos emancipadores, ¿no es mejor que lo utilicen organizaciones progresistas?

Pero tal vez hay que plantear otra pregunta: ¿desde la perspectiva de un cambio radical, es lícita la colaboración con los respectivos gobiernos aceptando sus subvenciones?
Y ante la reclamación que la producción literaria tiene una función educativa, podemos recoger las palabras de Francisco Ferrer Guardia, en el Boletín nº 5 del año cuatro de la Escuela Moderna, donde escribió “A propósito de las subvencionas” lo siguiente:

“Tristeza e indignación nos causó leer la lista de subvencionas que el Ayuntamiento de Barcelona votó para ciertas sociedades populares que fomentan la enseñanza. Vimos cantidades destinadas a fraternidades republicanas y otros centros similares, y no solamente estas corporaciones no han rechazado la subvención, sino que han votado mensajes de agradecimiento al concejal del distrito o al Ayuntamiento en pleno.

“Que suceda esto entre gente católica y ultraconservadora se comprende, ya que el predominio de la Iglesia y de la sociedad capitalista sólo puede mantenerse gracias al sistema de caridad y protección bien entendidas con que dichas entidades saben contener al pueblo desheredado, siempre conformado y siempre confiado en la bondad de sus amos. Pero que los republicanos se transforman de revolucionarios que deben ser en pedigüeños, cual cristianos humildísimos, eso sí que no podemos verlo sin dar la voz de alerta a los que de buena fe militan en el campo republicano.

“Que tiendan de ese modo la mano pedigüeña los hombres que en son de protesta revolucionaría se unen para cambiar de régimen; que admitan y agradezcan dádivas humillantes y no sepan confiar en la energía que tiene que dar la convicción de su razón y de su fuerza, lo repetimos, entristece e indigna”.

Quién lo escribió, pagó su osadía de enfrentarse a la estructura educacional al ser fusilado el 13 de octubre de 1909 en el cementerio de Santa Eulàlia. La burguesía catalana ya podía respirar tranquila, disponía del monopolio educativo, y los radicales subvencionados ya no tendrían de esconder sus vergüenzas.

Que existan producciones editoriales con voluntad de colaborar a la construcción de organizaciones comunistas y ser portavoces de un cambio civilizatorio, es loable. Pero al mismo tiempo hace falta que estas producciones sean financiadas por los revolucionarios y no por la clase antagónica. Que los contenidos no sirvan para pintar de varios colores el rojo encendido de la bandera proletaria, que no sirvan para despreciar ni envilecer los intentos fracasados de construcción de nuevas sociedades, sino de críticas constructivas para tenerlas en cuenta en el presente y futuro.

Y, que sirvan para denunciar los intentos de diluir el comunismo dentro de una simulación de defensa del comunismo.

El triunfo de la medicina cínica

Si el teatro español está obsesionado con los curas, al francés le ocurre lo mismo con los médicos. Ya lo vimos con Moliere y podemos insistir con Jules Romains, que hace un siglo escribió otra obra clásica, “El triunfo de la medicina”, que en 1951 inspiró una película dirigida por Guy Lefranc (1).

Si Moliere puso al enfermo en el centro del escenario, Romains pone al médico, y el espectador actual no puede dejar de pensar que le hablan de algo muy cercano. En efecto, no es la primera vez que la medicina se introduce en un túnel bochornoso, ni mucho menos.

Tampoco es sólo literatura. Hace 20 años el “Journal of Medical Humanities” se hizo eco de la obra de Romains para hablar del “cinismo médico” (2), lo cual resultará hoy aún mucho más cercano que en 1922, cuando Romains escribió el libreto y Mussolini llegaba al gobierno de Italia. ¿No han visto a la horda de cínicos por la televisión? Cada vez es más difícil saber si nos están hablando de ciencia o sólo es un espectáculo con guión previo. ¿Dónde acaba la realidad y empieza a funcionar la imaginación, el show y el teatro?

En la obra de Romains, el protagonista, el doctor Knock, confiesa que escribió su tesis doctoral sobre “Los estados de salud imaginarios”, con una conclusión muy simple: quien se siente bien “está realmente enfermo y no lo sabe”. Por lo tanto, también los que se se encuentran bien de salud deberían ir al médico.

Knock trabaja en un pequeño pueblo cuyos vecinos sólo le visitan ocasionalmente porque no padecen ninguna enfermedad y urde un plan para aumentar su consulta y que también el farmacéutico se beneficie. Primero habla con el maestro porque no educa a sus alumnos en materia de higiene y salud. Le propone que imparta una conferencia sobre los peligros de la fiebre tifoidea. Luego hace lo mismo con el pregonero, que en aquellos tiempos desempeñaba la función que hoy cumplen los medios de intoxicación.

Al final de la obra, el único hotel de la localidad se ha convertido en un hospital y cuando el doctor anuncia a los vecinos que traslada su consulta a otra ciudad, se oponen porque están muy enfermos y necesitan de sus cuidados.

A través del doctor Knock, la obra expone el punto de vista de los “expertos”, porque lo importante, dice Knock, no es el enfermo sino la medicina, es decir, eso que hoy llaman “ciencia”. “Sólo me preocupa el bienestar de la medicina”, concluye. La salud es una palabra vacía, añade Knock. Habría que eliminarla del vocabulario.

Romains anticipa la medicalización de la sociedad, donde los manuales de medicina se han llenado de nuevos “síndromes” y “enfermedades emergentes” que le dejan a uno postrado. Requieren el auxilio de otro, de un “experto” que te reconforta, se preocupa de tí y te receta pastillas, cada vez más pastillas. De esta manera la medicina y los fármacos se han convertido hoy en el centro de la vida de muchas personas, especialmente los ancianos.

Cualquiera que lea los catálogos de síntomas elaborados por los “expertos” de las comunidades autónomas se apercibirá de que “todo es covid” y lo mismo ha ocurrido recintemente en Inglaterra cuando uno de los asesores del gobierno, Calum Semple, ha tratado de introducir el dolor de cabeza, la fatiga, la diarrea y el dolor de garganta como “covid” (3). Afortunadamente, en un momento en el que quieren empezar la desescalada, los medios se han echado encima de este cretino gubernamental. Estamos en otra etapa. Necesitan pasar de la intoxicación a la desintoxicación. Ya no pueden seguir inflando las cifras como al principio de la pandemia.

(1) https://www.youtube.com/watch?v=U-NtO0uKhyo
(2) https://mh.bmj.com/content/28/1/14
(3) https://www.thetimes.co.uk/article/5fd1fc80-da57-11eb-b92f-5fe539a30c29

Más información:
— 400 años de negacionismo: el Caso Moliere

Oda a Lenin

Poema de Pablo Neruda a Lenin, como escribiera otro a Stalin, rindiendo homenaje a dos líderes mundiales y universales del movimiento obrero victorioso. Hablaría el enemigo de clase de ‘culto a la personalidad’ y no sabe bien uno si ello obedece a complejos psicoanalíticos que envidian oscuramente en el enemigo lo que desearían tener como tótems e ídolos propios de su clase a quienes venerar sin tener que recurrir a quienes en el fondo tal vez admiren como los líderes nazifascistas Hitler y Mussolini. Pero ocurre que estos últimos fueron derrotados por una alianza antifascista en la que el papel principal fue desempeñado por el pueblo y Ejército Rojo soviético y su cabeza visible, Stalin. Algo insoportable así que, por lo tanto, había que igualar a ambos regímenes, el nazifascismo y el socialismo o comunismo y, por supuesto, insacular como ‘dictadores totalitarios’ a sus líderes, de modo que tenemos a Hitler y Stalin, tanto monta, monta tanto. Y en medio, ‘voilâ’, los demócratas y las democracias burguesas. Unas democracias burguesas como finales de la historia, y como barrera insalvable hacia el comunismo, pero no hacia una vuelta al fascismo con el que, o bien no se ha roto (caso español), o se coquetea o amenaza a las masas con volver a él, esto es, unas democracias contrarrevolucionarias. E incapaces de crear ‘héroes’ a pesar de intentarlo. Ahora los ‘protagonistas’ o son deportistas o miembros de las fuerzas represivas loando, a la mínima de cambio y si la ocasión la pintan calva, las ‘gestas’ de un guardia civil ‘salvando’ vidas de niños marroquíes en Ceuta o en un monte pelado. O unos sanitarios a quienes, luego de campañas mediáticas mareantes, se insta a aplaudir porque son ‘héroes’… olvidados a los tres días, y a fabricar nuevas heroicidades…

Ocurre que en situaciones-límite se ve de qué pasta y barro está hecha la gente. Y quién se pone del lado del pueblo y quién contra él. Y Stalin y Lenin lo dieron todo por el pueblo, y es por eso que se les adora y se les dedican odas, como hizo el poeta comunista Pablo Neruda, vate de odas a lo sencillo y lo telúrico.Como lo eran estos dos gigantes revolucionarios.

‘¿Qué es esto? -se preguntaban los obispos-, se ha movido la tierra, no podremos seguir vendiendo el cielo’.

I

Lenin para cantarte/debo decir adiós a las palabras;
debo escribir con árboles, con ruedas, con arados, con cereales.
Eres concreto como/los hechos y la tierra.
No existió nunca/un hombre más terrestre
que V. Ulianov.
Hay otros hombres altos/que como las iglesias acostumbran
conversar con las nubes/son altos hombres solitarios.
Lenin sostuvo un pacto con la tierra
Vio más lejos que nadie.
Los hombres, /los ríos/las colinas/las estepas,
eran un libro abierto/y él leía/leía más lejos que todos/más claro que
ninguno.
Él miraba profundo/en el pueblo, /en el hombre,
miraba al hombre como a un pozo
lo examinaba como/si fuera un mineral desconocido/que hubiera descubierto.
Había que sacar las aguas del pozo,
había que elevar la luz dinámica,
el tesoro secreto
de los pueblos,
para que todo germinara y naciera,
para ser dignos del tiempo y de la tierra.

II

Cuidad de confundirlo con un frío ingeniero,
cuidad de confundirlo con un místico ardiente.
Su inteligencia ardió sin ser jamás cenizas,
la muerte no ha helado aún su corazón de fuego.

III

Me gusta ver a Lenin pescando en la transparencia
del lago Razliv, y aquellas aguas son
como un pequeño espejo perdido entre la hierba
del vasto Norte frío y plateado:
soledades aquellas, hurañas soledades,
plantas martirizadas por la noche y la nieve,
el ártico silbido del viento en su cabaña.
Me gusta verlo allí solitario escuchando
el aguacero, el tembloroso vuelo
de las tórtolas,
la intensa pulsación del bosque puro.
Lenin atento al bosque y a la vida,
escuchando los pasos del viento y de la historia
en la solemnidad de la naturaleza.

IV

Fueron algunos hombres solo estudio
libro profundo, apasionada ciencia,
y otros hombres tuvieron
como virtud del alma el movimiento.
Lenin tuvo dos alas,
el movimiento y la sabiduría.
Creó en el pensamiento,
descifró los enigmas,
fue rompiendo las máscaras
de la verdad y del hombre
y estaba en todas partes,
estaba al mismo tiempo en todas partes.

V

Así, Lenin, tus manos trabajaron
y tu razón no conoció el descanso
hasta que desde todo el horizonte
se divisó una nueva forma,
era una estatua ensangrentada,
era una victoriosa con harapos,
era una niña bella como la luz,
llena de cicatrices, manchada por el humo.
Desde remotas tierras los pueblos la miraron:
era ella, no cabía duda,
era la Revolución.
El viejo corazón del mundo latió de otra manera.

VI

Lenin, hombre terrestre,
tu hija ha llegado al cielo.
Tu mano/mueve ahora/claras constelaciones.
La misma mano/que firmó decretos
sobre el pan y la tierra/para el pueblo,
la misma mano/se convirtió en planeta:
el hombre que tú hiciste se construyó una estrella.

VII

Todo ha cambiado, pero
fue duro el tiempo/y ásperos los días.
Durante cuarenta años aullaron
los lobos junto a las fronteras:
quisieron derribar la estatua viva,
quisieron calcinar sus ojos verdes,
por hambre y fuego/y gas y muerte
quisieron que muriera
tu hija, Lenin,
la victoria
la extensa, firme, dulce, fuerte y alta
Unión Soviética.
No pudieron.
Faltó el pan, el carbón, faltó la vida
del cielo cayó la lluvia, nieve, sangre,
sobre las pobres casas incendiadas,
pero entre el humo/y a la luz del fuego
los pueblos más remotos vieron la estatua viva
defenderse y crecer crecer crecer
hasta que su valiente corazón
se transformó en metal invulnerable.

VIII

Lenin, gracias te damos los lejanos.
Desde entonces, tus decisiones,
desde tus pasos rápidos y tus rápidos ojos
no están los pueblos solos
en la lucha por la alegría.
La inmensa patria dura,
la que aguantó el asedio,
la guerra, la amenaza,
es torre inquebrantable.
Ya no pueden matarla.
Y así viven los hombres otra vida,
y comen otro pan
con esperanza,
porque en el centro de la tierra existe
la hija de Lenin, clara y decisiva.

IX

Gracias, Lenin,
por la energía y la enseñanza,
gracias por la firmeza,
gracias por Leningrado y las estepas,
gracias por la batalla y por la paz
gracias por el trigo infinito,
gracias por las escuelas,
gracias por tus pequeños
titánicos soldados,
gracias por este aire que respiro en tu tierra
que no se parece a otro aire:
es espacio fragante,
es electricidad de enérgicas montañas.
Gracias, Lenin,
por el aire y el pan y la esperanza.

(Pablo Neruda, Navegaciones y regresos)

Cuéntame un cuento y verás qué contento

Érase una vez,
un lobito bueno,
al que maltrataban
todos los corderos,
y había, también,
un príncipe malo,
una bruja hermosa
y un ladrón honrado.
Todas estas cosas
había una vez
cuando yo soñaba
un mundo al revés.
(José Agustín Goytisolo)

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos,
y sé todos los cuentos.
(León Felipe)

Siempre nos han contado el mismo cuento: curas, estafadores, politicastros, charlatanes, logreros, hijos de puta, banqueros, militronchos, intelectualillos áulicos y apesebrados, plumíferos de tres centavos, sindicalistas vendeobreros, y ahora la plaga de los “expertos” cantamañanas de pacotilla.

Entre la metáfora y el concepto

La poesía, dicho a modo de conclusión provisoria, es o bien arte de evasión que reivindica un estatuto propio con sus gramatiquerías y efluvios, o bien compromiso con uno y el resto. Por supuesto, conscientes de la simplificación, existen los matices estagiritas tipo «el ser se dice de muchas maneras» y los ismos: romanticismo, simbolismo, modernismo, ultraísmo, etc., etc. En última instancia, es una apuesta por «el arte por el arte» nacido de y contra los efectos antiestéticos de una inicial revolución industrial (Unamuno, que escribió versos aunque no lo parezca, abominaba las chimeneas de las fábricas). Una poesía antiburguesa en sentido estetizante. de «buen gusto», sin mezclar la literatura con la poluta realidad (el humo de esas chimeneas), al decir de, pongamos, Jean Cocteau. (Sin embargo, esa revolución industrial, esa chimeneas y esos humos, inspirarán a poetas futuristas como Marinetti, luego fascista).

A ello se opondría, lo ponemos adrede, César Vallejo, también antiburgués pero por razones diametralmente distintas, apostrofando contra lo que denominaba «literatura de pijama» o de gabinete, y echando pestes de la metafísica y la psicología (más precisamente el psicoanálisis). Nada de complejos, libidos, intuiciones (bergsonismo muy de moda que estudiara un precoz Antonio Machado) ni sueños (freudianos). El método de creación artística es y debe ser consciente, realista, experimental y científico. Y las musas son cazcarrias en los bajos del pantalón. «Soy hombre antes que español», dirá el zamorano León Felipe, aunque no le pregunten. Y el peruano
Vallejo, viajero por la Rusia revolucionaria (con cuatro chavos suyos y sin ser enviado por nadie, por ningún periódico, que era lo normal) de la que volvió (por dificultades con el idioma o por quedarse sin un kopek) entusiasmado y cambiado él mismo, tuvo que pagar un precio por su integridad: «mi dilema es el de todos los días: o me vendo o me arruino». Reacio a los artificios y malabarismos de las vanguardias (lo que sería su «Trilce»), le gustaba citar la frase del escritor norteamericano socialista Upton Sinclair: «el artista que triunfa en su época es un hombre que simpatiza con las clases dominantes de dicha época, cuyos intereses e ideales interpreta, identificándose con ellos». No hay literatura apolítica ni la habrá nunca (ni música, aunque aquí nos centramos más bien en la literatura), en otras palabras. Ni siquiera el escapista Poême du haschís de Baudelaire huyendo del Tedio, del spleen, soltando amarras con la canónica inspiración romántica sustituida por la estimulación artificial y paradisíaca. Abismado por el malditismo, Baudelaire, flanêur y revolucionario en las barricadas parisinas de 1848, se vuelve sobre sí mismo (gastada la herencia paterna) para hundirse en la destrucción; se le llamará perverso y, sobre todo, decadente. No así un Víctor Hugo, romántico, que concibe al poeta como un profeta que ilumina el porvenir, por lo tanto, con una misión sagrada, frente al sufriente bardo baudeleriano (pero ambos inoculados de druidismo). O el trovador como medium de Neruda. Kant considera a la poesía como la más sublime de las bellas artes, la más superior. El vate portugués A. Caeiro, a quien Pessoa tiene por su maestro, dirá que el mundo no existe (para el poeta genuino, se entiende) para ser pensado, las cosas sólo existen y existen, en todo caso, para ser percibidas, rematará el luso aquejado de solipsismo berkeleyano (de Berkeley). O a lo Alexander Pope, londinense, que asegura que «todo lo que es está bien». Para Nietszche, que no era poeta precisamente, el hombre usa el intelecto la mayoría de las veces para la simulación. San Juan de la Cruz, por último en esta mezcla heteróclita de númenes y daimones, se apoyará en un místico y humilde «no sé qué» al no encontrar verso cenital que lo acople a Dios que, en realidad, es una suerte de neoplatonismo no confeso que le transporte iónicamente al Uno cerrando los ojos -o poniéndolos en blanco- a todo lo externo. Un poeta místico a lo divino. Lírico puro, preñado de amor casi profano, como Santa Teresa, según se entiende la poesía al menos por Aristóteles (el Estagirita de más arriba) en su Poética y son sus cualidades: la subjetividad, su existencia en el presente y el desprecio por la lógica racional. La aversión a la lírica provendría de su negación a perderse en el tremedal ciudadano, en el mundanal ruido, ¿no es cierto? Ella no es la voz colectiva; contrariamente, es la exaltación del individuo.

II

La poeta María Ángeles Maeso dijo que es lugar común aseverar que la poesía, por el hecho de circular fuera del mercado y ante la escasez de receptores, está a salvo de servidumbre alguna, ya que su roma inserción social la mantiene impoluta y en una especie de reserva espiritual por donde fluyen los emocionantes y hermosos ríos de aguas cristalinas. No se lee poesía -continúa- porque se le tiene miedo. Porque la gran poesía desnuda las cosas. Como «palabra en el tiempo» definió Machado la poesía y oímos de escolares. Y sin embargo… Sin embargo, Platón expulsa a los poetas en el Libro X de La República de la ciudad ideal. Y lo hace por dos razones: por su distancia respecto a la verdad, y por estar dirigida al nivel inferior del alma dizque aquella parte que se encarga de la conservación a un nivel animal que se orienta al descanso, el placer y los instintos básicos, lo que no es bueno para la ciudadanía.

Platón muestra que la realidad está compuesta de ideas a partir de las cuales esta realidad se va estructurando (Roberto Vilchis). Cada cosa existente parte de una idea perfecta y verdadera. Cada una de estas ideas ha sido concebida por un creador y modificada o moldeada por un artífice, un artesano, que no es sino un imitador que utiliza la idea a su conveniencia por lo que la vuelve algo irreal, ya que no utiliza la verdadera esencia de las cosas creadas, sino que realiza su propia versión de la idea. Estos imitadores son los poetas que hacen uso de los sentimientos y las emociones, lo cual para Platón es lo que corrompe el alma enajenada por los deseos y pasiones que le alejan de la verdad quedándose en la apariencia. Así pues, los objetos sensibles no son más que débiles y pálidas semejanzas de unas realidades inmutables y eternas, que son las Ideas (ahora con mayúscula), y estas resultan accesibles sólo a la parte inteligente y razonadora del alma (que en la Edad Media se llamará «sustancia» de eco aristotélico), lo inteligible, y no lo sensible, que se adquieren por los sentidos que engañan o no son de fiar. Célebre es su alegoría de la caverna.

Platón -se ha escrito que toda filosofía es un eterno retorno a Platón- ve un peligro grande en algo que a nosotros nos parece totalmente inofensivo: la poesía. En su polis ideal quedarían fuera, discúlpese el anacronismo, Dante, Shakespeare, Goethe, Lorca, Leopardi, etc. Sucede que Platón está pensando en filosofía y como filósofo, y no poeta. Ocurre también que aunque tradicionalmente se ha afirmado que La República (380 a.C.) trata de la justicia como tema principal, y en concreto la formación del Estado, se puede aseverar que se trata de un corpus sobre la educación. Así lo entendió Eric Havelock para poder comprender mejor los ataques de Platón a la poesía y al arte.

La relación entre poesía y filosofía, entre la metáfora (poesía) y el concepto (filosofía), entre el verso y la proposición, siempre se ha desarrollado en medio de una permanente tensión entre ambas. Mientras el filósofo se propone explicitar su pensamiento de manera exacta y racional sirviéndose de conceptos, el poeta, por su parte, es hombre de imágenes y ritmos que posee una forma de expresión exaltada, inspirada y emotiva. La poesía es un saber que le viene del exterior, de la inspiración divina (enthousiasmos) y su naturaleza imitativa o mimética, o de las musas que se apoderan del alma, como erinias, o gorgonas, y la domina, y de ahí que los poetas no pueden crear cuando son abandonados por ellas porque, en fin, no les pertenece. Y, por tanto, no están orientados por el conocimiento. Platón
-ya le vamos entendiendo- considera que la poesía debe tener un carácter pedagógico, didascálico (los poetas fueron los primeros maestros). Platón considera que el mundo que debe aparecer en las composiciones poéticas es el mundo verdaderamente real, aquel que nos conduce a la virtud, no el de las apariencias, lo que le lleva a sugerir que la poesía debe imitar al mundo no como es, sino como debería ser (un mundo esquemático sin lucha de clases o un comunismo platónico de gobernantes que renuncian a la propiedad privada de motu proprio). El efecto de la imitación de la realidad se designa como mímesis. Platón tomaba la imitación como una copia pasiva y fidedigna del mundo exterior (la Naturaleza). Aristóteles transforma su teoría de la imitación. Imitar ahora consistirá en presentar las cosas más o menos bellas de lo que son. Y es que el arte imita a la Naturaleza dejando al artista libertad de enfoque. Sin embargo, el marmóreo y circunspecto Platón se mantiene en el mismo plano. Y, por ello, propone una condena a los fabricantes de imitaciones -aun en cuanto creadores, no plagiarios, entiéndase-, a los «falsificadores de la realidad», como llama a los poetas (extienda el lector, si gusta, el término a la realidad actual), y por los que se pedirá su expulsión de la polis. Entonces, en la biblioteca de la ciudad ideal platónica, ¿estarían prohibidos los poetas, y muchos más, que citamos anteriormente? Eduardo Zazo estima que la expulsión de los poetas -que muestran vicios propiamente humanos en los dioses, como les acusa Jenófanes de antropomorfizarlos: «a los dioses les achacan Homero y Hesíodo todo aquello que entre los hombres es motivo de vergüenza y de reproche: robar, adulterar y engañarse unos a otros»- sólo se entiende como crítica de la tradición oral. Leemos poesía y pensamos en Baudelaire, Cernuda, Rilke o Canetti. Pero Homero -referente como poeta para Platón- no es, como estos poetas nombrados, un poeta literario o estético. Homero es eminentemente un poeta oral. La escritura alfabética no aparece en Grecia hasta el siglo VII antes de nuestra era. En época de Platón se conocía a los poetas principalmente… de oídas, a través del oído, vale decir, apenas se los leía. El rapsoda recitaba sus yambos con acompañamiento musical (la lira, la cítara) y, acaso, baile.

La función tradicional del poeta era conocer todas las cosas humanas y divinas, cosa que nuestros poetas modernos no tienen, desde luego. Sin embargo, esta es la misión habitual y vocacional -el sofismo es otra cosa- de un poeta en una sociedad que no conoce la escritura: transmitir el saber socialmente relevante. En su época, la poesía ya no era capaz de dar a conocer todas las cosas humanas en relación a la virtud y el vicio. Ese papel le correspondía, según Platón, a la filosofía. Importa decir que el ateniense no está interesado en juzgar los méritos estéticos de la poesía, sino en desacreditar su función social y educativa. Propone una nueva paideia en la que los poetas no son necesarios. El sistema educativo tradicional griego, basado en los poetas, como se dijo, es sometido a examen y condenado (o suspendido). No han de admitirse en la ciudad más que los himnos a los dioses y los encomios a los héroes, leemos. Platón no expulsa a Baudelaire del Parnaso; expulsa a Homero y a la tradición oral poético-mimética. Si no absuelto, tenemos a Platón con circunstancias atenuantes.

III

Sin temor a exagerar, se podría aventurar que lo que obsesiona a Platón es, a tenor de su cosmovisión, el mundo de las apariencias que, en lenguaje actual, sería la ideología entendida como falsa conciencia frente a la Idea platónica o Noúmeno kantiano incognoscible (o Absoluto hegeliano) que queda más allá de los límites de la experiencia y no es accesible a la contemplación del hombre. Por un lado se irrita, y por otro desconsuela a los mortales sin jerarquía.

María Zambrano, orteguiana y platonizante, dirá que el filósofo quiere poseer la palabra, convertirse en su dueño. El poeta es su esclavo; se consagra y se consume en ella. El filósofo se dirige hacia el ser oculto tras la apariencia, mientras que el poeta se queda sumido en estas apariencias. Diferenciar realidad de apariencia, eso es conocimiento. Haciendo un paréntesis, es como una semiosis (que no es ningún virus) en que Lo Real es la palabra dicha off the record pensando que no se (te) oye por el micrófono, y la Realidad la apariencia discursivizada, narrativizada, hecha palabra y pasapuré para consumo de la plebe. La verdad está en lo dicho creyendo que no se oye y, por tanto, no tiene repercusión, y la mentira, el engaño, en lo que se dice a conciencia, a voz en grito y machaconamente, conformando, performativamente, la Realidad, lo que existe, lo que hay, volviendo a A. Pope, No se trata de lapsus exactamente. Zambrano, en otro diapasón, viene a decir que, si el poeta comunica pensamientos, verdades tales o mejores que el filósofo, lo hace sin pensar, puesto que estas vienen dadas por la inspiración que le ofrecen las musas. De suerte que el filósofo dice verdades pensando y el poeta las dice sin pensar, pues está en un estado alterado, como poseído, sisnestésico. Un trabalenguas místico, mágico, que tiene su aquel. Hegel concluirá que la filosofía piensa en conceptos y la imaginación poética en intuiciones, cada una a su manera y mediante medios diferentes. Es lo que Sócrates temía: «es de las apariencias de donde viene la persuasión, y no la verdad». El mundo se convierte en un gran teatro, en una caverna, en una representación carnavalizada con disfraces, máscaras y antifaces.

¿Apariencia y todo apariencia? El filósofo Pedro Fernández Liria nos insta encarecidamente a desterrar la idea de que la filosofía -póngase poesía- es una huida del mundo real hacia la pura vida contemplativa (¿eso quedaría para la poesía?). El filósofo -el poeta- es lo contrario del nihilista, la antítesis del poeta vulgar que simplemente se evade de una realidad que le horroriza o le aburre. De lo único que la filosofía -la poesía- representa una huida es de la apariencia y de la ignorancia. Es decir, el hombre vive en un mundo de apariencias; aunque fueran perfectos e infalibles nunca podrían conocer «lo real»; solamente podrían conocer la apariencia y la copia, no el original. Rasgar ese velo de Maya es propósito de una élite para Platón, de una aristocracia bienpensante y bienhechora. De reyes-filósofos. Y es aquí donde ya tomamos distancias del amigo Platón.

400 años de negacionismo: el Caso Moliere

Hace falta mucha mala leche para representar “El enfermo imaginario” de Moliere en medio de una pandemia, como está haciendo la Compañía Nacional de Teatro Clásico en Madrid, bajo la dirección de Josep Maria Flotats.

Es una crítica brutal y corrosiva de la sociedad de hace 400 años a través de sus médicos y sus enfermos. Por eso los más grandes, como Moliere, son clásicos. No importa el momento en el que sus obras se representen: parece que han sido escritas para hoy mismo.

En la obra Moliere habla de sí mismo y aclara que “no se mete con los médicos, sino con la ridiculez de la medicina”. Hasta la época moderna eso ha sido bastante habitual. Que el cómico francés critique “el cuento de la medicina” se puede explicar; que haga lo mismo con los enfermos, aunque sean imaginarios, puede enfadar a más de uno. Está feo burlarse de los que sufren. Hoy sería encarcelado por un delito de odio.

Sin embargo, para Moliere los médicos y los enfermos son dos partes de la misma ecuación, de tal manera que al final de la obra el enfermo (imaginario) acaba logrando el título de médico (igualmente imaginario). Es la negación de la negación. Los enfermos necesitan un médico, pero estos también necesitan enfermos, y si no los tienen se los inventan, los crean y los fabrican.

La producción mundial de enfermos está alcanzando ahora su culminación con la pandemia, todo un mercado que aún está por explorar.

Moliere tiene varias obras maestras sobre medicina, además de “El enfermo imaginario”. Lo mismo que hoy, los médicos del siglo XVII trataban de impresionar a sus pacientes vistiéndose de una manera solemne y hablando una jerga incomprensible. Como entonces no existía el Sars-Cov2 ni el ARN, recurrían al latín y al griego para demostrar nuestra ignorancia.

“Clysterium donare, postea saignare, ensuita purgare” (primero meter una lavativa, luego hacer una sangría y finalmente purgar). En el siglo XVII era una fórmula tan mágica como hoy las vacunas, y la escena del médico recorriendo el escenario con una lavativa gigantesca en la mano para metérsela por el culo al enfermo (imaginario) es tan potente como la de Pfizer a la caza de millones de personas sanas para hacer lo mismo… aunque sea por otro orificio distinto.

Al comediante francés no le bastó con los médicos y la emprende con la enseñanza, las universidades y los catedráticos, que hace 400 años hacían lo mismo que hacen hoy universidadades, como la Rey Juan Carlos, entre otras: vender títulos de medicina y de cualquier otra disciplina al primer patán que se presenta acreditado por enchufes, recomendaciones o simplemente poniendo el dinero encima de la mesa.

Lamentablemente ya no hay apenas autores clásicos en ninguna disciplina, ni del arte ni de la ciencia, y a medida que alguien se acerca a las universidades, la situación empeora. La enseñanza mutila casi por completo el más mínimo sentido crítico de los alumnos. El atrevimiento salvaje de Moliere ha sido erradicado y el mundo se ha llenado de tabúes, de los cuales la medicina no es más que un triste ejemplo.

Wuhan 400: el virus más mortífero que han inventado los militares chinos

El novelista Dean Koontz
En 1981 una novela de ciencia ficción escrita por un autor estadounidense, Dean Koontz, anticipó una pandemia mundial de virus cuyo foco infeccioso había comenzado en Wuhan (*).

En la primera edición, Koontz llamó al virus Gorki 400, aunque en 2008 lo cambió por otro que ha resultado premonitorio: Wuhan 400, que es mucho más sonoro que el lamentable Covid-19, e incluso que coronavirus.

La novela se titula “Los ojos de las tinieblas”. La publicó inicialmente bajo seudónimo y luego se reeditó en 1989.

Como es natural en la cultura anglosajona, el virus no era de origen natural sino un arma biológica fabricada por los malvados científicos chinos, al servicio del Ejército Popular de Liberación.

Ademas de un mediocre novelista, Koontz es un autor reaccionario, católico y aficionado a las especulaciones paranormales.

El virus novelístico se incuba en 4 horas y es mortal al cien por cien. Nadie se salva a las 24 horas de quedar contagiado.

Uno se puede quedar aterrorizado tanto si ve la televisión como leyendo este tipo de novelas basura.

(*) https://www.amazon.com/Eyes-Darkness-Thriller-Dean-Koontz/dp/0425224864

‘Joker’: un personaje literario convertido en antihéroe por el cine estadounidense

La película de Todd Phillips, Joker, tiene un largo recorrido argumental porque, como decía Antonio Machado, toda creación cultural que no es de origen popular, está plagiada. Tan interesante como el argumento es el recorrido histórico de la trama, que no comienza en Estados Unidos con los tebeos de Batman.

Los payasos y los bufones son uno de los recursos más viejos del teatro porque son la antesala del poder político desde los tiempos de “Edipo Rey”, una tragedia de Sófocles donde hasta el título está mal traducido: es “Edipo Tirano”, o sea, un usurpador que reina de manera ilegítima.

Edipo personaliza el poder político. Reina porque ha matado a su padre, aunque no sabía que era su padre (no es consciente de que la víctima es su padre). Tanto en la tragedia como en la realidad, el poder político se fundamenta en la violencia. El Estado español, por ejemplo, nació de una guerra entre vecinos o, lo que es mucho peor, “fratricida”, entre hermanos.

Un rey y un Estado nunca se desprenden de ese tipo de manchas, por más tiempo que transcurra. La falta de legitimidad es su “pecado original” del que sólo es posible liberarse acabando con él, como en cualquier tragedia griega: matando al rey. “El que a hierro mata a hierro muere”.

Traído a la posmodernidad, el rey Edipo es el patriarcado porque, además de matar a su padre, Edipo se casa con su madre, aunque tampoco sabía que era su madre (no es consciente de dicha condición). En cuanto se apoya sobre la fuerza, el poder se representa en una figura varonil.

Lo mismo que Luis XIV, Edipo podría decir que “El Estado soy yo”. El rey se rodea de una corte de personajes variopintos, convirtiéndose en un Estado o, como se dice ahora, en “El Sistema”, que no cubre sólo los aspectos públicos, sino también los privados porque en una monarquía los unos no se pueden separar de los otros.

En el Estado ambas cosas coexisten: los validos ponen la cara seria de la política y los bufones la divertida, aunque la diferencia entre ambos se va reduciendo, es decir, que cada vez más los políticos parecen unos payasos. En 1981 un payaso, Coluche, se presentó a las elecciones presidenciales francesas y un 15 por ciento del censo estaba dispuesto a votarle. El fundador del Movimiento 5 Estrellas en Italia es un payaso profesional: Beppe Grillo. El actual Presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, también es un payaso. ¿No es Trump un payaso? Si te fijas en Pablo Iglesias te das cuenta de que es más de lo mismo: un payaso. Si te fijas en las elecciones te das cuenta de que son una payasada cabal.

A esa unidad dialéctica de personajes trágicos y cómicos Shakespeare los llamaba “jester” (arlequín) o “fool” (loco), personajes caracterizados por la doblez, que permite en un caso el disfraz y en el otro la demencia (1).

En la Biblia la risa es un síntoma del Mal. Dice el Diccionario Oxford que en inglés “loco” se aplica a las personas viciosas e impías. También es alguien que no está en su “sano juicio”, que actúa o se comporta de manera estúpida, un tonto o un simple. En el teatro de Shakespeare, lo mismo que en la vida real, no queda claro si alguien está loco o se lo hace, es decir, si simula su locura para hacer y decir lo que otros no pueden.

El payaso Coluche se presentó a las elecciones cuando le despidieron de la televisión por criticar al Presidente de la República. Después le despidieron de la campaña electoral a base de amenazas. Un documental titulado “Coluche: un payaso enemigo del Estado”, de  Jean Louis Perez y Michel Despratx, relata las presiones de la policía secreta para que desistiera de su empeño por alcanzar la presidencia (2).¿Elecciones libres, dicen? ¡Qué risa! Lo de Coluche fue una doble prohibición porque el humor y la censura van de la mano. Los humoristas de hoy son los bufones modernos. Dicen lo que otros no se atreven o no pueden y al revés: dicen en forma de chiste lo que no se atreverían a decir en serio. A medida que la censura arrecia, el humor se dispara. Por eso los monologuistas se han puesto de moda en España, donde hay programas de televisión a medio camino entre risas y veras.

Desde la Edad Media los bufones no faltan en ninguna corte real, ni en la casa de ningún noble. La burguesía los contrata para que le acompañen y diviertan. Están en las tabernas para atraer al público. Los carnavales y fiestas se rodean de ellos. En el circo y en el teatro nunca fueron personajes secundarios. El público esperaba impaciente que los payasos aparecieran en escena. El arlequín es la figura central de la Commedia dell’Arte. En “Las Meninas”, lo mismo que en otros cuadros de Velázquez, los personajes más grotescos, como los enanos, están en el primer plano. Lo mismo hizo Víctor Hugo en su drama “El rey se divierte”, seguido luego por la ópera “Rigoletto” de Verdi.

La obra cumbre del Renacimiento es el “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam porque el bufón es tan importante como el político. Siempre van juntos, como Don Quijote y Sancho Panza. Del bufón sabemos que se disfraza para hacernos reir. Sin embargo, cuando se trata de un político creemos que va en serio. No somos conscientes de que también está disfrazado, que tiene dos caras.

La palabra bufón procede del italiano y significa “buhonero”, personajes bohemios que recorrían los pueblos haciendo reir a los vecinos. Las compañías de teatro acogían a los marginados de la sociedad, locos, tontos, enanos, la mujer barbuda, los jorobados y delincuentes en busca y captura. El desdoblamiento entre la persona y el personaje es como una borrachera: el momento de decir la verdad.

Desde los tiempos de Sófocles, los cómicos son personajes populares, divertidos, como Sancho Panza, mientras los príncipes aparecen como gente solemne, trágica. Unos dicen la verdad, los otros se esconden detrás de sus máscaras.

La verdad es revolucionaria y la revolución no es otra cosa que matar al rey y al padre, al “sistema”, una tarea que incumbe sólo a las masas populares.

Una de las óperas más representadas en el pasado siglo fue “I Pagliacci” (Los Payasos) de Ruggero Leoncavallo, estrenada en 1892. Es la historia de un payaso que asesina a su esposa (“violencia de genero”). Los personajes son cómicos ambulantes que recorren los pueblos. Algunos se visten de payasos para la función, pero otros no lo necesitan porque son personajes reales, como El Jorobado. “I Pagliacci” es teatro dentro del teatro. Mezcla la realidad con la ficción. El crimen se comete en plena representación. Después de matar a su esposa, El Payaso mata al amante y exclama: “¡La commedia è finita!” Se ha acabado la comedia (ficción) y empieza el drama (realidad).

Otro de los relatos de Victor Hugo es “El hombre que se ríe”, publicado en 1869. El personaje, Gwynplaine, tiene una larga biografía, como Edipo. De niño fue secuestrado en Inglaterra por unos bandidos que le desfiguraron el rostro, dejándole una sonrisa permanente. Es un paria que acaba adoptado por un vagabundo que monta con él un espectáculo cómico itinerante.

En un determinado momento, la trama da un giro cuando se descubre que las clases sociales no son lo que parecen: Gwynplaine es hijo de un noble inglés y, una vez reconocido como tal, da un discurso en la Cámara de los Lores en el que ataca los privilegios de la nobleza. Los duques, los condes y los marqueses se ríen de él abiertamente…

Desde 2006 es muy socorrida la película australiana “Vendetta” y, sobre todo, su máscara, la enésima variante del payaso de la sonrisa permanente que reivindica la figura de Guy Fawkes y la traslada a un futuro distópico, fascista. Tres siglos antes, en 1606 Guy Fawkes dirigió la fallida Conspiración de la Pólvora, un acontecimiento que ha permanecido en la tradición popular inglesa. La trama consistía en matar al rey Jaime I y a los miembros del Parlamento. El exterminio de la clase dominante tiene un efecto liberador.

Pero triunfaron los malos y cada 5 de noviembre lo que Inglaterra celebra es la quema de Guy Fawkes, aunque a la larga ocurre como en el fútbol: los goles no premian el buen juego. “Merecimos ganar pero hemos perdido”. Pierde el Estado, aunque sólo sea de una manera simbólica.

Ahora la película “Joker” relata la biografía de un cómico frustrado que siempre ha vivido con una madre inestable y nunca ha conocido a su padre. Ha pasado por el siquiátrico y trabaja en la calle vestido de payaso. Se cree hijo de un magnate y político local, parecido a Gwynplaine. Mata a tres pijos pero, como el Guy Fawkes de “Vendetta”, no queda estigmatizado sino al revés: se convierte en un héroe y los parias le imitan poniéndose una máscara para protestar.

En manos de Hollywood, la luz artística y literaria de la lucha entre las clases sociales ha desaparecido. El largo discurso filosófico de Víctor Hugo sobre la pobreza también. No hay clases sociales, sólo buenos y malos porque enmedio está Alan Moore, el guionista de la viñeta cómica que luego dio lugar a “Vendetta”. Según Moore, los buenos más buenos pueden convertirse en malos muy malvados de la noche a la mañana. Depende de las circunstancias. Cualquiera puede tener un mal día que le convierte en un monstruo capaz de lo peor.

A Edipo su padre le abandonó recién nacido en el monte. A Moisés también, aunque para salvarle la vida. Lo mismo ocurrió con Gwynplaine. Un día aciago nos transforma en sujetos resentidos, nihilistas, a los que no nos importa ejercer nuestra propia “vendetta” con el primero que se cruza en nuestro camino, con quien menos culpa tiene. La víctima se convierte en verdugo. Son los asesinos en serie, ese tipo de perfiles que las facultades gringas de sicología califican como “sociópatas”, otra de las muchas tonteorías que se sacan del armario.

“Joker” es el antihéroe rechazado por una mujer de la que se enamora. Pero si en la película suscita rechazo, en el espectador suscita entusiasmo. De la saga ha surgido una camada de seguidores, llamados “incels” en inglés: “solteros involuntarios”. El año pasado Alek Minassian, con 25 años, mató a 10 personas con un coche bomba en Toronto. Unas horas antes escribió en su perfil de Facebook: “La rebelión de los incels ya ha comenzado”. Más que solteros (y misóginos) se debería traducir por “solitarios” y, desde luego, “rechazados”. No hacen reir por más que se disfracen de payasos.

No se puede hablar de rebelión cuando, en medio de un enfado rompemos los platos. El recurrente nihilismo actual de quien prende fuego a la barricada pone encima de la mesa que las semilas de la revuelta están ahí, preparadas y dispuestas; pero hacen falta más ingredientes. Quien salga a la mar en un velero sabe que habrá viento, pero lo más importante es cerciorarse de que haya un timón porque, de lo contrario, no irá a ninguna parte.

Hoy los payasos ¿son enemigos del Estado o son el Estado? Es una pregunta que no estoy en condiciones de responder…

(1) El “fool” inglés es el “fou” francés, personajes que se profesionalizan como comediantes (jester) a comienzos del siglo XIII. El conocido teatro de variedades “Folies Bergère” de París no lleva ese nombre por casualidad. El “jester” es un derivado de la canción de gesta. Si el juglar recitaba poemas, el “jester” contaba cuentos.
(2) https://www.youtube.com/watch?v=y-SUXwjRxlU

Más información:
— ¿Votarás a Batman o a Joker?

‘Cuando los criminales de la OTAN bombardean Serbia, ahí está mi sitio’ (Peter Handke, Premio Nobel de Literatura)

Peter Handke, Premio Nobel de Literatura
Este año el Premio Nobel de Literatura nos ha sorprendido porque es políticamente muy incorrecto: ha recaído en el poeta y dramaturgo austríaco Peter Handke, acerbo crítico de la criminal intervención de la OTAN en los Balcanes.

Ya ven: en lugar de glosar los enormes méritos literarios de Handke, nos vamos directos al grano: la lucha antimperialista, tan prostituida en las últimas décadas. Las consecuencias las podemos adelantar: los medios van a ceñirse a los méritos literarios de Handke para descuidar los políticos. Por lo tanto, nosotros podemos descuidar el aspecto literario para cargar las tintas en la posición política de Handke.

Durante la Guerra de los Balcanes Handke escribió “Justicia para Serbia”, que tuvo un efecto parecido al “Yo acuso” de Zola en Alemania, el país responsable de la destrucción de Yugoeslavia. Aquí pasó desapercibido porque en aquella época los intelectuales costrosos comían de la mano del PSOE.

La Guerra de los Balcanes fue la primera en la que participó Alemania desde 1945. En plena contienda, Handke viajó a Serbia y luego se desplazó también a Kosovo. Cuando el imperialismo encarceló a Milosevic, fue a la cárcel a visitarlo, lo que le dio la ocasión de escribir más artículos esclarecedores contra la farsa y el ridículo de la propaganda imperialista. Fue como una entrevista con el mismísimo demonio. Le insultaron, le despreciaron, le calumniaron… En un mundo en el que todos dicen amén, a Handke le acusaron de “negacionista”.

Demostró mucho coraje porque, sobre todo los intelectuales, se dejan llevar dulcemente por la corriente, río abajo, singularmente en Alemania, que considera los Balcanes como su patio trasero. ¿Ya nadie se acuerda que la Primera Guerra Mundial estalló en Sarajevo?

El caso del escritor austriaco es todavía más apasionante por un motivo: porque fue atacado por autores repugnantes como Jürgen Habermas, al que algunos filósofos hispánicos tienen como un maestro del seudomarxismo, tan en boga.

Pues bien, nosotros afirmamos que Habermas, lo mismo que Adorno y demás fantoches de la llamada “Escuela de Frankfurt” son acérrimos enemigos del marxismo desde que surgieron hace ya un siglo, y añadimos que la misma consideración nos merecen los que hoy hacen apología de sus obras, todos ellos sesudos profesores y académicos empeñados en reconvertir el marxismo en algo que nunca fue: una teoría.

Estamos con Handke y contra Habermas. Preferimos a un católico como Handke, que no alardea de marxismo, frente a otro que lo prostituye, y lo que decimos de Habermas lo hacemos extensivo a todos esos grupos exquisitos, posmodernos, seudorrevolucionarios e izquierdistas, que cagan sin ensuciarse el culo.

Ocurrió lo de siempre; lo mismo que en 1936. Fue necesaria una guerra para ponerlos al descubierto. Empezaron a babear y a lavarle la cara al imperialismo y su “guerra humanitaria”, exactamente lo mismo que luego hicieron en el Cáucaso y finalmente en Siria. Podemos hacer un esfuerzo para imaginar que una organización posmoderna puede cometer un error y ponerse del lado del imperialismo en un momento dado. Pero el problema no es que se equivoquen: en todas las guerras imperialistas están siempre con los agresores porque forman parte de su dispositivo. Ese es su papel y por eso la Internacional Comunista los calificó de “socialimperialistas” (socialistas de boquilla, imperialistas de hecho).

Es posible que algunos sean muy olvidadizos y tiren pelillos a la mar. Nosotros no; nosotros apuntamos las matrículas de los sicarios (no sólo las de sus patronos). Es cuestión de memoria histórica.

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