El sastrecillo valiente: Alfonso Sastre

El rigor con que Alfonso Sastre (1926-2021) enfrenta su producción creativa y su pensamiento teórico (sin hablar de su contumaz e indesmayable compromiso político) lo convierte en un maldito, una mezcla de dinosaurio artístico-ideológico y viejo topo orador y horadante. Lo más terrible, según los griegos clásicos, era la condena al ostracismo, al destierro, a la des-socialización, al anacoretismo forzado. A eso condenó el stablishment fáctico a Sastre:a lo marginal, a ser un marginal, un dramaturgo -de lo mejor vivo en Europa-, un autor, marginal.

Y cuando se pregunta ¿dónde estoy?, se responde él mismo que “al margen de las márgenes” y no ve más que corrimientos que lo desplazan a él precisamente ahí:al margen, como un escolio escrito. . . al margen del texto. Está uno situado, sin proponérselo, al margen, desorbitado, fuera de órbita, como un forajido (fora exitus, fuera de lugar), proscrito. Expulsado de la República de las Letras al Reino de Marginalia. Ancha es Marginalia, universo paralelo a la tierra de canallas, donde se obliga a decir “España son ellos”, martillo de herejes.

Poblada y vastísima es la producción literaria y artística de Sastre, trufada de ensayo y poesía, artículos y, por supuesto y ante todo, teatro. Un teatro más representado en Europa que en España, más leído que visto en escena. Ninguneado, represaliado (me contaba Sastre cómo cuando en 1986 se estrenó con éxito enorme su obra “La taberna fantástica” ¡¡escrita en 1965!!, y donde se reveló como actor fabuloso Rafael Álvarez, “El Brujo”, le llamó personalmente para felicitarlo Javier Solana, entonces ministro psoecialista de Cultura y posterior secretario general de la OTAN).

De clara base realista, su teatro quería experimentar con otros elementos que enriquecieran la obra e ideó lo que llamó “tragedia compleja” donde se mezcla lo irrisorio y épico del héroe, lo mismo individual (“La sangre y la ceniza” sobre Miguel Servet) que colectivo (“Crónicas Romanas”). Nuestro Señor Don Quijote, que diría Unamuno, sería modelo “complejo”: se ríe uno, pero con pena. Y todo hilvanado mediante un método que Sastre desarrolló en lo más creativo de su obra como fueron las “tragedias complejas”: la imaginación dialéctica (antes el “distanciamiento” brechtiano) o dilatación imaginaria de la realidad donde se puede dar lo “unheimlich” (lo siniestro de raíz freudiana donde se entremezcla la situación familiar con lo extraño, una suerte de dêja vu) y lo terrorífico, a lo que era muy aficionado.

Sastre, un hombre nuevo frente a tanto marasmo, molicie y pesebrismo.

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