La web más censurada en internet

Etiqueta: Humor (página 4 de 5)

Estado de Derecho

Bianchi

(Estamos en un bar infame, un antro, con piso desigual, de madera alabeada, con serrín y escupideras, un mostrador de pizarra donde se apunta la cuenta del cliente con tiza, en la pared un reloj parado a las cinco “ocló”, hora taurina, garcialorquiana, bergaminesca acaso, un futbolín antiguo de madera, no de metal, y una máquina de petacos averiada, un bote de guindillas picantes de cojones, una tasca cutre, ¿no es cierto? Detrás de la barra está Cansado y entra Faemino. No hay ningún paisano más. No decimos la hora porque no la sabemos, y cuando no sabemos de algo, nos callamos; o escuchamos o, sencillamente, pedimos la hora. Además, ya hemos dicho que el reloj estaba parado)

– Faemino: buenas…
– Cansado (detrás del mostrador, como ya sabe el amable lector): está usted en su derecho.
– F: ?!
– C: qué va a ser, señor?
– F: un vino tinto, por favor.
– C: le asiste ese derecho, caballero.
– F (confundido y pelín mosqueado): ¿derecho de – o a-  qué, si se puede saber?
– C: de pedir lo que guste y esté en mi mano servirle, pues mi provisión, como ve, es limitada pero infinita, como el Universo (suena “Across the Universe”, de Lennon)
– F: venga ese vino, pues (imita a Camilo José Cela, probado celtíbero cabrío)
– C: es legítimo.
– F (ya seguro de que está delante de un paranoico): ¿lo qué?
– C: su sagrado derecho a pedir un vino tinto y, si le place, con sifón, que para eso es usted un ciudadano libre, milord.
– F: como que, según usted, mesonero, o “mesero”, como dicen en México (pronúnciese la equis como jota, háganme ese favor), estoy en mi derecho inalienable (se ve que es cultillo el hombre)
– C (lo de “inalienable” le ha sonado como si le insultara y se pone estupendo): corresto, perdón: correcto.
– F: ¿puede ponerme un boquerón de aquellos que se divisan en lontananza (el surrealismo aflora por momentos), mesié?
– C: cómo no, está usted en su derecho, “mein führer”.
– F: y usted en el deber de servírmelo, supongo Livingstone.
– C: es una suposición legítima, correcta, míster Stanley (decididamente versallescos).
– F: y legal.
– C: completamente, sire.
– F: se ajusta a derecho.
– C: y es reglamentario, canciller.
– F: me maravilla y, si me apura, aún diría más, me asombra su escrúpulo formal y material con los derechos de la plebe y el mester de juglaría, algo admirable, ciertamente, caro amigo, debe ser el progreso en este retablo de maravillas, oiga, fascinante, y no digo más.
– C (abrumado ante semejante “speech” inesperado): es su derecho, sencillamente, no me sonroje, fui acomodador de cine antes que fraile, a ver si la vamos a tener…
– F: entiendo, pues, que estoy facultado para ejercer mi derecho a pedir un mero vaso de vino, ¿no es así?
– C: exacto, “asín” es; es usted un lince, un hacha, un campeón.
– F (que ya no está tan cierto de si está majara o le está tomando el pelo): en otras palabras, que estoy autorizado y en mi derecho de solicitar, con su venia, un espléndido vaso de vino de Valdepeñas.
– C: en efecto, le asiste la Constitución, por si no fuera poco y ahí es nada, probo ciudadano.
– F (cada vez más mosca, pero se contiene): algo legítimo.
– C: y constitucional, ya le digo, míster.
– F: impresionante, qué alivio, amigo mío, ¡¡viva España!!
– C: ¡arriba!
– F: nunca me habían tratado así, lo confieso.
– C: vivimos en un Estado de Derecho, eso es todo.
– F: y le parecerá barro, ¡albricias! ponga otro vino, “sivuplé”.
– C: al instante, crack,
– F: asombroso, “amazing”.
– C: son doscientos millones de euros.
– F. ¿por dos vinos?
– C: sí, y por la charleta que no tiene precio.
– F: “wonderful”, “marvilleaux”, “zoragarria”, como dicen los vascos.
– C: usted mismo.

Carta a los sobrecogedores

Bianchi

Me gustaría ofrecer auxilio espiritual, que no acomodo material pues que este va de suyo y es consustancial a la condición de manilargo y varilarguero sobrecogedor dizque sus dineros son fundados, probos y sudados, no sucios ni en entredicho.

Acudo, pues, súbito, en socorro de quien tal vez, por escrúpulo o remilgo, se sienta cohibido, cariacontecido y reconcomido, cual católico preconciliar, por ver que su fortuna crece y se enriquece como maná celestial y le atosigan y se autolacera por mala conciencia con citas impertinentes amén de intempestivas de cariz bíblico-neotestamentario tales como: «¡Ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestra consolación!» (Lc.6.24). O la clásica y demoledora que dice: «Es más fácil que un camello entre en el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos» (Mt.19.24). ¿Cómo compaginar la fe con estas «sobrecogedoras» sinecuras sobrevenidas en diferido?

Vayan otras citas bíblicas para serenar almas atormentadas por hormigueos de conciencia (cuando veas un pobre, no te hurgues la conciencia como quien se hurga la nariz, nos reconfortaba el otro día El Roto a los bienhechores de la humanidad toda). Nuestro Señor Jesucristo no fustiga a los ricos por el hecho de serlo: lo que condena es el mal uso de las riquezas. Los ricos pueden ser discípulos del Señor. A los ricos Epulones no los aleja de sí (la expulsión de los mercaderes del Templo fue un mal día de quien no entendía la economía mercantil o economía de bazar de aquella época, y la actual a juzgar por los zocos árabes y mercados persas), sino que, decimos, les advierte del peligro de la abundancia de bienes y les aconseja: «Granjeaos amigos con las riquezas» (Lucas, 16.9). Este es el sentir cristiano, como atestigua el tarsiota Pablo en su carta a Timoteo: «A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas, sino en Dios, que nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquemos el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera».

No caigamos, pues, en el error de condenar a los ricos por el hecho de serlo. Hay hombres con pingüe hacienda que son buenos: trabajan y no se dedican a la buena vida; crean riqueza y empleo y viven limpiamente; son esposos fieles y padres abnegados. No continúo por celo de abrumar al lector.

Buenas tardes.

Una aplicación para móvil permite involucrar a ETA en más de mil asuntos cotidianos

Desde un simple resbalón en la ducha hasta una angina de pecho o un embarazo no deseado, la  nueva aplicación “ETA Again” reformula automáticamente cualquier hecho, por muy inverosímil que éste sea, y lo relaciona directamente con la banda criminal.

La aplicación, disponible tanto para Android como para iOS, funciona mediante la voz del propio usuario y le permite culpabilizar a ETA en apenas diez milésimas de segundo. Basta con pronunciar al micrófono del teléfono el contratiempo o la perturbación sufrida por el usuario, sin necesidad de plantearse estrafalarias elucubraciones. A una frase sencilla y doméstica como “Hostia puta, que daño, me acabo de pillar los huevos en las fauces de un cocodrilo de siete metros de eslora” la aplicación responde “Ha sido ETA”.

El usuario puede elegir entre varias construcciones sintácticas de diversa complejidad, tales como “Ha sido ETA, te lo juro por Merkel” o “La banda separatista ha vuelto a actuar, esta vez mediante un cocodrilo de siete metros de eslora”, aunque la sencillez y la concreción suelen ser las fórmulas más usadas.

“Yo no sabía que lo de mi astigmatismo era cosa de los separatistas hasta que me bajé ETA Again”, ha dicho el propio ministro del Interior, Fernández Díaz.

Fuente: http://rokambol.com/una-aplicacion-para-movil-permite-involucrar-eta-en-mas-de-mil-asuntos-cotidianos-2/

La has cagado

La sociedad contemporánea se divide en animales y animalistas. Hasta ahora sabíamos de estos últimos, pero el 28 de setiembre de 2002 el primer grupo organizó en las calles de Estrasburgo, en pleno corazón de la Europa civilizada, una recolección de excrementos caninos para sensibilizar a eso que ahora llaman “la ciudadanía” acerca de esta acuciante problemática que es peor que el barro los días de lluvia.

Podían haberse preocupado de las cagadas de los concejales en los plenos municipales, pero no. Las de perro son peores.

Desde entonces han pasado 13 años y la mierda se amontona cada día en las calles y jardines. Cerca de Londres, en Barking, los enemigos del mejor amigo del hombre han dado un paso más en esta lucha por la civilización urbana. Ya que los animalistas que pasean en compañía de sus perros no se preocupan de sus deyecciones públicas, el ayuntamiento se dispone a sancionarles con multas disuasorias, quizá con el propósito de que adiestren a los cuadrúpedos para que salgan cagados de casa, como hacemos los demás animales (normalmente).

Pero, ¿cómo identificar al propietario del perro que hace sus necesidades fisiológicas en plena calle, impúdicamente, a la vista de todos?, ¿cómo diferenciar a un mocordo canino de uno humano?, ¿cómo averiguar a quién corresponde cada uno de los mocordos?

El ayuntamiento de Braking tiene la solución, que esperamos que pronto llegue a los ayuntamientos hispánicos y se incorpore a las próximas ordenanzas municipales de cada ciudad, especialmente de las más turísticas. Se trata de obtener el ADN de cada perro que pretenda acceder a un parque y llevar un detallado registro de cada perro y de cada uno de sus propietarios. De esa manera cuando la policía municipal encuentre una deposición, si sospecha que es de origen perruno, deberá recoger una muestra a fin de que los laboratorios analicen cuidadosamente la mierda y previa extracción del ADN identifiquen al perro y al propietario del mismo.

Es una medida pionera en Europa que asimila a los perros con los delincuentes, a quienes también se les extrae el ADN por si las moscas.

Dado que es posible que Ustedes hablen el idioma inglés al mismo nivel que Ana Botella, desde ahora les recordamos que Barking, el municipio británico cercano a Londres, lleva un nombre perruno que significa “ladrar”. Los desaprensivos propietarios de perros no podrán escaquearse de su obligación de llevar el DNI canino, además del suyo propio, ya que no podrán entrar en los parques sin exhibirlo previamente.

Afortunadamente la ciencia avanza una barbaridad y los minuciosos análisis de ADN permitirán, por fin, erradicar la mierda canina de los parques y jardines. Según el diario The Times, el coste de cada cagada que no se retire del césped será sancionada con 80 libras esterlinas, unos 110 euros.

El concejal Darren Rodwell ha saludado la innovación como se merece: “ha nacido el pasaporte canino del siglo XXI”, ha dicho eufórico a la prensa. En España también sería necesaria una buena tertulia en La Sexta a fin de concienciar a “la ciudadanía” sobre tan acuciante asunto. Debemos salir de la mierda que nos rodea por culpa de los perros y de sus dueños.

Pantagruel y Carpanta

N.B.
Yo, Carpanta, quedé con Pantagruel -que se separó de Gargantúa por crueldad mental al descubrir que era transexual- en un txoko vasco -como llaman allí a los ventorros- para celebrar algún aniversario de lo que llamaban la «nueva cocina vasca» y tal y tal. Allí, en la Sociedad Trimalción, sita en la calle Satyricón junto a la tasca Al Fondo Hay Sitio, fuimos recibidos por el anfitrión Caius Apicius y su sobrino meritorio Lúculo. Su pretensión: asombrarnos con platos revolucionarios (sic).
Salve -saludamos Pantagruel y yo-, Caius Apicius, los que venimos a jamar y jalar, cata y cala mediante, te saludan, ¿qué has preparado hoy, gran estratega? ¿Con qué nos vas a sorprender? Salve, plebeyos, dice él, hoy distraeré vuestro gárrulo paladar con ambrosías inenarrables. Para empezar, he hecho una sopa de tierra… ¿De tierra, Caius? Sí, gañanes, pero de tierra vietnamita (un chistoso dijo que, entonces, será de tierra roja comunista), probad a qué sabe y opinad en este mundo libre y de economía libre de mercado. Sabe -decimos- a tierra de cojones, sea roja o aceitunada. Ajajá, eso le da autenticidad, dice Caius triunfal, mientras nos pasa un rústico botijo de agua que nos supo a gloria. Excelente y exótico, decimos, ¿y cuánto vale este manjar de dioses?, preguntamos como destripaterrones que somos. Oh, gente vulgar, esta papaverina no tiene precio. Ya -digo yo-, o sea que es gratis. ¡Jajajá, qué divertido eres, Carpanta!, dice Caius.
¿Y de segundo plato qué tenemos?, pregunta Panta(gruel). Hummm, sólo de decirlo, engordo. Veréis, tragaldabas, hojaldre de ladrillo de adobe palentino con genuino sabor bajomedieval, degustad y decir y opinad en este mundo afortunadamente libre, pero libre, libre, libre de cojones. Joer, qué rico, oye, yo es que me chupo los dedos, dice Panta, y el hedonista epicúreo Carpanta, o sea, yo, con lo mismo, ergo: ¿cuánto cuesta esta novena maravilla del mundo mundial? Jejejé -ríe flojo Caius-, ¿acaso los dioses ponemos precio al néctar? Detenéos en su valor de uso y no en su valor de cambio. No somos economistas -continúa este Arzak, que es quien publicitaba la sopa de tierra… vietnamita, que eso lo ví yo por la tele hace unos años-, somos restauradores y, si me apuras, filósofos, y, si me apuras más, hasta cómicos como Argiñano haciendo la competencia a Faemino y Cansado, como se quejaba este último, no sabemos si bromeando o no o qué. Hacemos feliz a la gente -de toda clase y condición- por el estómago y somos estómagos agradecidos.
Pasamos al tercer plato que fue la endivia y la envidia -no es un juego de palabras- de don Salpicón y su escudero Sancho, allí presentes. Y que consistía en espuma de salmón sin espuma y sin salmón («volavérunt», lo llamaba él en un alarde de ingenio) con pizcas de sal desalada, salsa aguachirri y dos granos de nuez moscada y mosqueada. Qué, ¿a qué sabe? A nada, decimos, no sabe a nada, pero es extraordinario, exquisito. Esa era la idea -dice este extraterrestre de lo culinario-, que no sepa a nada, porque nada ya es algo, y que me perdone Heidegger que fue cocinero ario antes que fraile nazi, para que se vea que los chefs somos gente leída. Y no me preguntes -se dirige a mí- cuánto vale pues soy artista. No se ha hecho la miel para la boca del asno.
En los postres, con la andorga ahíta de nada, haciendo bachilleradas quijotescas y borborigmos (eructando) sanchopancescos, Caius, ebrio de apoteosis en el ágape, nos pasmó con un mousse de hierba de vaca ensilada -así se dice para los legos: son esos enormes bultos forrados en plástico que se ven en los campos- con un dado de tocino de cielo braseado que nos devolvió la fe en Dios. De copa tomamos un «horujo», con hache, pues -según Apicius- era mejor -vasodilatador, dijo, como si fuera Juan Benet, escritor ya fallecido y olvidado y gran amante del güisqui, como tantos en esa profesión- que el orujo sin hache, o sea, sin ache.
Luego jugamos al mus riéndonos de un paleto que entró y pidió duelos y quebrantos.

Un mal sueño

N.B.

Tanto trabajo para nada. Tanta molestia para acabar siendo juzgado por un tribunal popular. Tanto afán por defender la democracia y las libertades individuales del ciudadano para terminar en un banquillo. No hay justicia humana. Sólo creo ya en la justicia divina. Espero que ahora, delante del pelotón, aunque no sea Aureliano Buendía, Dios me acoja en su misericordioso seno y tenga piedad y perdone a mis verdugos, que no saben lo que hacen. Mi pobre esposa, mis hijos, ¿quién cuidará de ellos sin mí y sin los emolumentos de mi honrado y probo trabajo? Decididamente, es este un mundo cruel. Sólo de pensar que una hija mía me salió comunista me revuelve el estómago.
¿Qué he hecho mal? Ni siquiera ha venido a visitarme ahora que estoy en capilla, lo que demuestra su inhumanidad y así me decían en la academia. Pero ahora bien lo veo en la práctica. Renegar de un padre, de su oficio, no tiene perdón de Dios. Cuando salí del campo -mi origen es rural-, mi madre me dijo: «hijo, gánate el pan con el sudor de tu frente y no con la del de enfrente». Así lo hice, aunque se murió antes de saber lo que hacía y a qué me dedicaba. Hubiera estado orgullosa. Y vea, Padre, cómo me salió mi hija de la gran… Lo siento, Padre, me sulfuro, pero se me pasa, soy un ser humano. Y lo soy hasta tal extremo que mi vida ha sido normal, incluso anodina y aburrida. Tenía amigos, pocos y del gremio, es verdad, pero leales, jugaba al naipe, le daba al trago como buen macho, piropeaba con gracia y salero a las mujeres de buen ver, llevaba a mis hijas al colegio, despedía a mi santa con un casto beso y discutía de fútbol con los colegas en la cantina como cualquier hombre de bien. ¿Cuál es mi delito, Padre? Porque ha de saber que yo soy un hombre de bien, corriente y moliente. Y respetuoso con las ideas (políticas) de cada cual y todo quisque. Es difícil que me gane nadie a demócrata. No fui antifranquista porque un funcionario público, como era mi caso, un hombre de ley y orden, no sabe de regímenes y sirve a todos por igual y con lealtad casi perruna. Soy apolítico, Padre. Y ahora, véame (solloza): ¡me van a fusilar! ¡Y todo por haber servido a la Patria!
Yo ya sé que no soy perfecto, Padre. Usted sabe que mi «trabajo», mi profesión, tan noble como otra cualquiera, y tan digna, fue ser un torturador. Lo hice lo mejor que pude y supe, modestamente hablando. Siempre me esforcé por hacer cada vez mejor mi «trabajo», ¿sabe usted? Siempre tuve mi despacho. Allí interrogaba hábilmente, científicamente, hasta leí a Garofalo, que nadie sabe quién es, y al eminente doctor Vallejo-Nájera -que decía que los comunistas tenían un gen tarado-, a toda, digo, la escoria comunista y antifascista. Lo hacía con esmero y tratando, repito, de perfeccionar la técnica de las sevicias si me permite este cultismo en el argot jurídico-policíaco, para que vea que uno no es un cualquiera ni un manazas. Era el puto amo, perdón, Padre, un hacha. Yo soy un vocacional, ¿sabe? Me condecoraron, me ascendieron, sobre todo el gobierno del PSOE. Uno de los que me van a fusilar cayó en mis garras, ejem. quise decir manos, deformación profesional, ya sabe, la costumbre. Usted, Padre, no vio sus ojos inyectados en sangre, si me permite esta licencia de novelucha barata policíaca. Es gente vengativa, gentuza, purria. Le torturé y va el tipo y me fusila, ya digo, gente vengativa. Son salvajes, incivilizados, talibanes, yijadistas. ¡¡Gentes sin alma, no como nosotros, Padre !! Dios se apiade de ellos. A mí me dan lástima, la verdad sea dicha. Sobre todo porque irán todos al infierno y no al cielo como yo, que soy un hombre de bien, como, p.e., Bono.
Despierto de la pesadilla, del mal sueño, ¡qué sudores!, ¡qué terrores! Ya pasó todo: vuelvo a estar en un Estado de Derecho, qué alivio. Voy a poner las noticias a ver cuántos puntos han marcado los hermanos Gasol en la NBA.

Parménides y la Constitución

Nicolás Bianchi
Como aplicado ciclotímico, me tumbé en el diván de mi psiquiatra favorito, un psquiatra antiguo, pero que guardaba las formas: ¡trataba a sus pacientes en un diván! (y no sentados como vulgares burgueses). Verá, doc, ahora relaciono a la sacrosanta y bendita Constitución española con el gran metafísico Parménides de Elea quien, como no ignorará, por la cantidad de títulos y diplomas que veo colgados de su pared, polemizó con el materialista -y noble de cuna- Heráclito de Éfeso.
Para el aristócrata Heráclito una cosa es y no es al mismo tiempo y todo es devenir. Ya sabe: nunca te bañas dos veces en el Eurotas, en el mismo río (espartano; yo lo hice). Parménides encontraba esto absurdo y estableció el principio de identidad básico en lógica formal: el ser, es; el no ser, no es. Según esto, el Ser (otrosí=la Constitución como las Tablas de la Ley de Moisés) es Único. No puede haber dos seres, pues si los hubiera, entonces lo que distingue al uno del otro «es» en el uno pero «no es» en el otro, ¿vamos pillando? Y, ¿qué habría entre ellos? El no-ser. Y esto es, se mire como se mire, contradictorio, amigo mío. Además, el ser es Eterno. Si no lo fuera, tendría principio y tendría fin. Si tiene principio es que antes de principiar el ser habría el no-ser. Pero admitir que hay no-ser es admitir que el no ser, es, ¿me sigue, doc? O sea, que antes de que el ser fuese, había también el ser: no hubo principio ni «big bang» ni cristo que lo fundó: sólo materia. Ni tampoco hay fin ni «happy end», o sea, que es posible que Paco Jémez llegue a entrenar al Madrid alguna vez (ya lo hizo Benito Floro).
Todavía hay más, míster: El ser parmenídeo es Inmutable, no puede cambiar (como la totémica Constitución), puesto que todo cambio es dejar de ser lo que era para ser lo que no era, y tanto en el dejar de ser como en el llegar a ser va implícito el ser del no ser o cágate lorito, lo cual es contradictorio.
Pero, agárrese que hay curva, el ser es Infinito, no tiene límites, no está en ninguna parte. Estar en una parte es encontrarse en algo más extenso y, por consiguiente, tener límites. Pero esto no es posible, señor Licenciado, que ya veo sus ojos chiribitas, porque si tiene límites, y llegamos a ellos, supongamos, imaginemos, ¿qué cojones hay un centímetro más allá y allende el límite, ein? El no ser. Y ya hemos convenido en que esto no puede ser, aversimeentiende.
Y ya llegamos a lo último, respire mesié. El ser es como la Constitución, Inmóvil. Porque moverse es dejar de estar en un lugar para estar en otro. Por consiguiente, que decía el encantador de serpientes Felipe González, tal vez porque él mismo lo fuera, una serpiente venenosa, un áspid, el ser, que es lo más extenso que hay, no puede estar en ningún lugar, y esto es así y va a misa, mire usted. El movimiento no existe, pero eso, dice Parménides, se lo dejo a mi discípulo Zenón, que, por cierto, es de mi pueblo, Elea.
Luego vino el gran Diógenes el Cínico (o, en griego, Quínico, de can, perro, por hacer lo que le salía de los cojones sin robar un dracma a diferencia de los «cínicos» de ahora) y demostró el muy empirista que el movimiento se demuestra andando. O como cuando Platón (el de «las anchas espaldas»: Platón) definió al hombre como un bípedo implume y va Diógenes y se planta en el ágora, en la plaza pública, con un gallo y, desplumándole, dijo: he aquí el hombre de Platón. Ingenioso, ¿no es cierto? Toda la metafísica transformada en un chiste surrealista y la Constitución española en un fórceps con vocación sub speciae aeternitatis.

Humor y mala baba

Nicolás Bianchi

En su obra «Ensayo general sobre lo cómico», el dramaturgo Alfonso Sastre afirma la relatividad de lo cómico. Para él, no hay una realidad cómica objetiva -algo absolutamente cómico- , sino que lo cómico es una realidad histórica y cultural.
Luego nos dice -y dice muy bien- que la risa tiene una fuente esencialmente crítica, irónica y disconforme con lo que sucede, una risa carnavalesca. Opina que la risa -la «buena risa», la inteligente- ha sido siempre un importante signo espiritual, afirmativo de la cultura crítica en la historia. ¿Habría una «mala risa»? Según Sastre, por ejemplo, no es plausible tomar a Sócrates como objetivo de unas burlas en «Las nubes», y por eso la comedia ha servido muchas veces a causas reaccionarias; en el caso de Aristófanes, escribió valientes comedias antibelicistas, pero también hizo críticas cómicas al espíritu de lo nuevo. Y así tenemos dos dimensiones del humor: crítica (política) y desinteresada (apolítica). El humor crítico, añade nuestro sastrecillo valiente, lo puede ser bajo ideología de derecha o de izquierda.
Al cristianismo nunca le hizo gracia la risa, sobre todo desde que pasó a ser un constantinismo (de Constantino el Grande -hubo más- y su Edicto de Milán de 313 declarando la libertad de cultos incluido el cristianismo) organizado o un agustinismo político (de Agustín de Hipona) hegemónico. Tampoco parece que al Islam le haga maldita gracia ver a su profeta Mahoma en ofensivas viñetas. ¿Será que las religiones organizadas y lo cómico se repelen? Sospecho que para Sastre las viñetas sobre Mahoma -aquellas que se publicaron en 2006 en un periódico danés de extrema derecha- serían un ejemplo de «mala risa» (y del peor estilo) en el improbable caso de que, siquiera, estuviéramos hablando de humor. Y es que estamos en el terreno semoviente y resbaladizo del humor político que, cuando es agresivo y arrogante, como era el que hacía Charlie Hebdo a costa del islamismo, y no gratuitamente, por cierto, levanta ampollas. La primera el sacrosanto derecho a la libertad de expresión como derecho absoluto, lo mismo para ponerle límites aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que exacerbándolo y magnificando acríticamente. ¿Los musulmabes son unos sosos que no saben reírse de sí mismos y de su profeta? Parece que no, que tienen muy malas pulgas porque, se supone, y así se dice, pero no está claro, el humor consistiría en la capacidad de reírnos de nosotros mismos, o ahí empezaría (el humor). Hummm, no sé, no sé… Pienso que un musulmán es capaz de esto -de reírse de sí mismo- pero ocurre que se siente vejado e insultado -y el Corán para ellos es algo más que una religión- por la mala baba de un dudoso «humor occidental» con lo que este semantema connota y comporta. Si te quieres reír de ti mismo, vale, allá tú, pero si te vas a reír de Mahoma, mi profeta, te vas a reír de tu puta madre, vienen a decir pelín cáusticamente. Bueno, el papa Francisco dijo que es normal darle un puñetazo a quien se meta con tu madre, claro que no dijo matar…
Personalmente, como ateo, comunista y fanático del equipo vasco del Athletic (que viste igual que Estudiantes de la Plata) donde sólo juegan vascos -Luis María Anson diría «once españoles»-, debería abstraerme de esta polémica y hasta situarme por encima viendo cómo la risa dominante -occidental- se pitorrea de una religión que el cliché tacha de «fundamentalista». Pensaría que la preocupación por lo absoluto es un síntoma de patología que hurta la alegría de vivir. Habría que reírse de la filosofía, la religión, el Estado, pues todo es ligero y relativo y… posmoderno. Y, sin embargo, me posiciono. Y lo hago del lado musulmán, aunque sólo sea porque cuando se dice «nosotros, los occidentales», me incluyen sin pedirme permiso. Y menos cuando ahora fumo con narguile. Salud. 

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies