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La Organización Especial en acción

El 20 de agosto de 1941, a las 11 de la mañana, un joven de 22 años al que llaman Fredo se trasladó a la estación de metro de Barbés, en París, para reconocer el lugar. No lo eligió al azar. Los oficiales de la Wehrmacht que habían ocupado la capital francesa se hospedaban en el cercano hotel Carlton y pasaban por allí con frecuencia. A esa hora de la mañana apenas había viajeros. La estación dibuja una curva y desde su emplazamiento, el jefe de estación no puede ver el vagón de primera, frente al cual había una salida a la calle.

Hasta ese día los nazis habían cumplido su objetivo militar sin ninguna clase de resistencia. Al día siguiente un comando armado de jóvenes militantes comunistas compuesto por Fredo junto con Brustlein, Zalkinov y Gueusquin se sitúan meticulosamente en uno de los arcenes de la estación. Un oficial de la Kriegsmarine, Alfonso Moser, espera la llegada del convoy. Cuando se aproxima reduciendo su velocidad, Fredo le dispara dos veces y el oficial alemán cae fulminado. El comando huye.

El operativo fue criticado por todos, incluso por el general De Gaulle, que acusó a Fredo de «terrorismo individual». En Francia la resistencia empezó contra viento y marea, en medio de reproches y críticas. Nada sucedía al azar. Unos días antes, el 19 de agosto, tras una manifestación junto a la estación de metro de Strasbourg-Saint-Denis, los alemanes habían detenido a Samuel Tyszelman y Henri Gautherot, dos jóvenes militanes comunistas, que fueron fusilados inmediatamente en el bosque de Verrières.

Poco antes el Partido Comunista había creado la Organización Especial para combatir a los nazis con las armas en la mano. Junto con Danielle Casanova y Albert Ouzoulias (coronel André), Fredo dirigía los comandos de la Organización Especial.

Uno de los que participó en el operativo de la estación de metro de Barbés era Gilbert Brustlein, otro militante de las juventudes comunistas francesas que había logrado fugarse de la prisión poco antes. El 20 de octobre de aquel Brustlein ejecutó en Nantes a Karl Hotz, el jefe de la Kommandantur. La prensa de entonces calificó a Brustlein de terrorista y a la resistencia de «bolcheviques», «judíos» y «extranjeros» destinados a los pelotones de fusilamiento.

A partir de entonces en París las acciones de los grupos de combate de la Organización Especial se suceden vertiginosamente. El 3 de septiembre Asher Semhaya dispara dos veces contra un suboficial alemán al que hiere de gravedad; tres días después André Kirschen abate a tiros al teniente Hauffmann; cinco días después Semhaya ejecuta a un oficial alemán en el Bulevar Strasbourg; dos días después Kirschen ejecuta a un suboficial de la Kriegsmarine alemana y en otro lugar otro comando de la Organización Especial acaba con la vida de dos oficiales alemanes más.

Fredo había sido panadero, ferroviario y luego obrero del metal. Militaba en las juventudes comunistas desde los 14 años y tenía una dilatada experiencia militar. Había combatido en España con las Brigadas Internacionales, donde fue herido tres veces y alcanzó el grado de subteniente del Ejército Popular de la República.

Los guerrilleros de la Organización Especial eran miembros de las juventudes del PCF y su edad rondaba los 20 años. Los llamaban «el Batallón de la Juventud» o «Grupos Ardientes».
Desde 1939 el PCF era clandestino y sus militanes se llamaban por apodos. El verdadero nombre de Fredo era Pierre Georges y Danielle Casanova era la guerrillera Vincentella Perini, una dirigente de las juventudes comunistas dotada de una extraordinaria capacidad de organización, tanto de las mujeres como de los estudiantes. Había nacido en Córcega, en 1935 participó en Moscú en el congreso de la internacional comunista juvenil y al año siguiente organizó en Francia el movimiento de solidaridad hacia los antifascistas españoles en guerra.

En 1942 fue detenida por la Gestapo junto a George Politzer y su mujer, siendo asesinada en el campo de concentración de Auschwitz al año siguiente.

Por su parte, el padre de Fredo y su cuñado fueron fusilados por los alemanes como represalia. El propio Fredo fue detenido en París el 30 de noviembre de 1942, siendo salvajemente torturado durante varias semanas, primero por los vichistas y luego por los nazis. Logró fugarse cuando le deportaban a un campo de trabajo, se reincorporó a la guerrilla y luego fue uno de los organizadores de la insurrección de París que desalojó a los alemanes de la capital francesa. Más tarde continuó la guerra con el grado de coronel del ejército francés de liberación, hasta que el 27 de diciembre de 1944 murió al estallarle una mina.

De terrorista Fredo se convirtió en un héroe de la resistencia francesa con el apodo de «coronel Fabien». En el centro de París la antigua Plaza del Combate aún lleva su nombre de guerra. Allí el gran arquitecto comunista Oscar Niemeyer edificó la que desde 1967 fue sede de un Partido Comunista que ya era irreconocible. Con el cambio de siglo organizaron en sus salones un desfile de ropa de la marca Prada…

La sublevación de Kronstadt

En marzo de 1921 los marineros de la fortaleza naval de Kronstadt, en el golfo de Finlandia, se levantaron contra el gobierno bolchevique y establecieron una comuna contrarrevolucionaria que sobrevivió durante 16 días, hasta que el gobierno presidido por Lenin envió al Ejército Rojo a través de un mar helado, que logró aplastarla. Defendiendo la revolución socialista perdieron la vida 1.385 soldados y oficiales del Ejército Rojo; otros 2.577 resultaron heridos.

El motín de Kronstadt es el centro de una polémica histórica en la que chocan tesis diametralmente opuestas. Sucede como con mayo de 1937 en Barcelona: lo que para los comunistas fue una contrarrevolución, los demás lo convierten en una revolución y, a falta de otros méritos, se desviven por apuntarse a ella. Hoy de Kronstadt sólo se acuerdan los anarquistas, pero es porque los demás han desaparecido. Ya no hay mencheviques, ni eseristas, ni zaristas, ni kadetes, ni guardias blancos. Entonces parece que quienes dirigieron Kronstadt fueron ellos, los anarquistas, una vez más enfrentados a los comunistas.

En Kronstadt y en mayo de 1937 se produce otra coincidencia: los anarquistas, que se consideran a sí mismos como revolucionarios, saltan al ruedo rodeados de muy malas compañías. En el caso de Kronstadt van de la mano de los reaccionarios, los zaristas y la guardia blanca, pero también de los reformistas, los mencheviques y los eseristas. La revolución francesa ya forjó una Santa Alianza en el bando opuesto. Las uniones sin principios, las coincidencias oportunistas, son típicas de cualquier revolución, donde siempre aparece, además, alguien que se cree más revolucionario que la misma revolución.

Los comunistas se han quedado solos y con fama de represores, ya no sólo de la reacción sino de los auténticos revolucionarios. ¿Cómo es posible que fuerzas sociales tan dispares aprieten sus filas contra los comunistas? Según los anarquistas Kronstadt fue la tercera revolución rusa, una continuación de las de febrero y octubre de 1917. Si eso es así, ¿cómo es posible que los reaccionarios, lo más negro del zarismo, la apoyen?, ¿es posible que la contrarrevolución defienda la revolución?

El ejemplo más clamoroso de esa Santa Alianza anarco-zarista se produjo el 10 de enero de 1994 cuando Boris Yeltsin se unió a ella para defender oficialmente la revuelta contra el poder soviético y rehabilitar la memoria de los amotinados. Contra la URSS siempre ha valido todo, cualquier argumento es bueno, ni siquiera las mentiras han importado nunca.

No obstante, cualquier mentira tiene las piernas cortas. La declaración de Yeltsin en 1994 condujo a un error capital por parte de los mentirosos, sobre todo de quienes se creen sus propias fabulaciones: abrió los archivos históricos, que luego condujeron a la publicación en 1999 de una enorme colección de documentos originales en la editorial de la Agencia Federal de Archivos de Rusia.

La leyenda de Kronstadt, como todas las demás leyendas antisoviéticas, se hundió. Los documentos confirman, sin ningún género de dudas, la naturaleza contrarrevolucionaria del alzamiento de Kronstadt.

Los impacientes no necesitaron tanto tiempo. En 1970 el historiador Paul Avrich, un anarquista originario de Odesa (Ucrania) y profesor de la Universidad de Queens, en Nueva York, ya descubrió documentos originales, como el “Memorándum para organizar un levantamiento en Kronstadt” de los zaristas en el que se detalla la situación militar y política dentro de la fortaleza y el plan para reclutar a un grupo de marineros para utilizarlos contra los soviets. En su obra sobre el levantamiento Avrich reconoció “que los bolcheviques estaban justificados en someter” a los amotinados de la fortaleza.

Sin embargo, Avrich también afirmó que no había ninguna evidencia de vínculos entre los marineros y los guardias blancos antes de la revuelta. Los comunistas estaban mintiendo al equiparar a ambos. Es más: las pruebas que proporcionaban era harto sospechosas ya que procedían de la Cheka, la temible policía soviética, y consistían en confesiones de los detenidos, seguramente obtenidas bajo torturas, etc.

Los documentos que se publicaron en 1999 son aplastantes y proceden de una gama de fuentes que no puede ser más variopinta, ya que además de las soviéticas, incluye informes de las potencias imperialistas, de los zaristas, mencheviques, eseristas y anarquistas. No hubo ninguna clase de torturas a los detenidos porque no hacía falta. Kronstadt fue una contrarrevolución. Los marineros que dirigieron el motín estaban en contacto y actuaban por cuenta de los zaristas. Las declaraciones de los que confesaron durante su detención coinciden exactamente con los testimonios de los 8.000 que escaparon.

Después de aplastar el motín la Cheka abrió una investigación que llevó a cabo Yakov S. Agranov, quien el 5 de abril de 1921 informó a la dirección de la policía soviética que “el levantamiento adquirió un carácter sistemático y fue dirigido por las experimentadas manos de los viejos generales”, o sea, por los más altos militares zaristas.

A los anarquistas se les llena la boca con la libertad. En la URSS ellos querían soviets libres y cuando hablan de «libres» se refieren a soviets libres de comunistas, por lo que no quieren acordarse de que el levantamiento empezó encarcelando al comisario de la Flota del Báltico, Nikolai Kuzmin y otros dirigentes comunistas para que no pudieran exponer sus puntos de vista en las asambleas y acallar los falsos rumores que propagaba la contrarrevolución. La libertad consiste en que sólo hablen ellos. El testimonio presencial de un comunista sobre la asamblea del soviet fue el siguiente:

“En medio de la conmoción y el pánico se pidió apresuradamente un nuevo voto sobre algo. Unos minutos después, el presidente de la reunión, Petrichenko, silenció a la asamblea y anunció que ‘El Comité Revolucionario, formado por este Presidium y elegido por ustedes, declara: ‘todos los comunistas presentes deben ser detenidos y no deben ser puestos en libertad hasta que se aclare la situación’. En dos o tres minutos, todos los comunistas presentes fuimos detenidos por marineros armados”.

Stepan Petrichenko, según el anarquista Avrich, fue el marino de Kronstad más destacado en la dirección de la revuelta y previamente a ella ya había intentado unirse a los zaristas. Tras su fracaso huyó a Finlandia, se alió con los guardias blancos emigrados para imponer en la URSS una “dictadura militar temporal” que remplazara al gobierno soviético.

Unos 300 comunistas fueron detenidos en la sublevación; muchos más tuvieron que esconderse o huir. Aunque dicen que están en contra del poder, en Kronstadt, lo mismo que en la II República, los anarquistas se apoderaron de las cárceles. El comandante del presidio era el anarquista Stanislav Shustov, quien propuso fusilar a los comunistas detenidos y la amenaza de ejecuciones masivas de comunistas estuvo a punto de cumplirse. En la madrugada del 18 de marzo, Shustov puso una ametralladora fuera de la celda donde estaban 23 presos comunistas, que salvaron su vida gracias al avance del Ejército Rojo sobre el hielo.

Los amotinados suprimeron el soviet, elegido democráticamente, poniendo en su lugar a un “Comité Revolucionario Provisional” que -en contra de lo que dijo Petrichenko- se eligió a sí mismo y declaró que asumía todo el poder en la fortaleza naval, que es la manera en que los anarquistas acaban con el poder: quedándoselo para sí mismos.

Los CJC y el Sindicato Estudiantil

Rafael Boso


(A propósito de un artículo de Guillermo De Tuya, miembro del Buró Político de los CJC y de la Comisión de Movimiento Estudiantil del Comité Central.)



Para los CJC, el «movimiento estudiantil» parece ser que ha llevado consigo un lastre durante décadas y que ya es hora de «superar». Uno de ellos es el reformismo de Estudiantes en Movimiento y otro es la «dirección» del ficticio Sindicato de Estudiantes (lo cúal ya es de por sí curioso que un sindicato ficticio dirija todo un «movimiento» e incluso lo lastre durante décadas). Por tanto, la solución que encuentran es la creación de un sindicato a nivel estatal, que vertebre la «resistencia popular contra el desmantelamiento de la educación pública». Un «sindicato estudiantil a nivel estatal, que supere las divisiones ficticias de corte nacionalista, construido desde la base, donde las asociaciones de centro sean, como en caso de las asambleas de trabajadores, el lugar de decisión.»

Sin embargo, todo esto presenta un problema que parece ser que el Buró Político de los CJC no quiere ver, y es la inexistencia del movimiento estudiantil. A diferencia del movimiento obrero o el movimiento burgués, el movimiento estudiantil por sí solo no es nada. El movimiento estudiantil solo se explica si es hacia algún lado, es decir, como la organización de unos determinados estudiantes que van hacia unos determinados fines. Realmente no hay un movimiento estudiantil, sino muchos movimientos de estudiantes.

Por lo tanto, contrario a lo que dice Guillermo De Tuya, el movimiento estudiantil no se puede entender como un movimiento único con fines objetivos y mucho menos como un movimiento cuya realización es autosuficiente. En pocas palabras: no se puede entender como una lucha económica y, en consecuencia, como una cuestión sindical. 



El derecho a la educación pública (que es lo que los CJC quieren proteger), no es un derecho económico de los estudiantes: es un derecho político. Que debe defenderse y, en consecuencia, vertebrarse, a partir de los que ganaron ese derecho, es decir, la clase obrera y los sectores populares. 



Cuando los estudiantes salen a la calle contra los recortes, no están participando del renombrado «movimiento estudiantil», sino del movimiento obrero (sean conscientes o no). Y no están realizando ninguna lucha sindical. Es un movimiento de estudiantes concretos que se reunen para defender derechos políticos concretos los cuales son intereses objetivos de una clase concreta. Es un grupo de estudiantes que están apoyando una lucha obrera. Al igual que puede haber grupos de intelectuales, de cineastas o de músicos que se solidaricen, apoyen y luchen en ciertas batallas del movimiento proletario. 



La historia así lo demuestra en todos y cada uno de los episodios donde los estudiantes han jugado un importante papel. ¿Por qué luchaban los estudiantes? ¿Acaso los movimientos de estudiantes en México en la década de los 60 no surgieron a raiz del imperialismo norteamericano? ¿Y no surgieron las principales organizaciones estudiantiles del Mayo francés como reacción a la colonización de Argelia y a la guerra del Vietnam, como por ejemplo los comités anticolonialistas o los frentes antifascistas de universitarios? ¿Donde está ahí el sindicalismo estudiantil?


Cuando interviene el llamado «sindicalismo estudiantil» es solamente para ir en contra el movimiento revolucionario. Un claro ejemplo es la conocida «Noche de los lápices» ocurrido en La Plata, Argentina, donde los 10 secuestros de estudiantes a mano de la dictadura de Videla se relacionaron con una protesta para reestablecer el llamado «Boleto Estudiantil», es decir, una reivindicación de naturaleza puramente de estudiantes, para reducir el costo del autobús. Pero realmente esa protesta fue un año antes de los secuestros. Los supervivientes luchan hoy día para destruir este mito y reclaman que si fueron capturados fue por su militancia y lucha consecuente contra la dictadura. 

En España también podemos reclamar experiencias de organizaciones estudiantiles con un sentido político, complementario del movimiento contra el Estado. ¿Revertían las movilizaciones de estudiantes de los 60 formas sindicales o complementaban a las verdaderas formas sindicales que eran los obreros como en el caso de la huelga en el cinturón industrial de Madrid en Octubre del 67? 



Que los estudiantes necesitan organizaciones de corte politizado más allá de reivindicaciones por la educación (que también) es algo que estaba claro en el movimiento comunista español y se materializa con organizaciones como los Comités de Lucha Estudiantil (impulsado por la Organización Marxista Leninista de España) o la Organización Democrática de Estudiantes Antifascistas, cuya publicación (Prensa Libre) trataba temas políticos que denunciaban la reforma del régimen fascista en los 70 y desenmascaraban al carrillismo. El Estado supo que hacer con estos estudiantes que terminaron dando con sus huesos en la cárcel. 



Ya Lenin hablaba de llevar a los estudiantes el programa político, entendiendo que el estudiantado en abstracto no es quien emite las señales y aporta un carácter propio al movimiento político, sino que debe ser el movimiento político quien se interne en el espacio donde se mueve el estudiantado concentrado (como pueden ser las universidades). En 1908, ante una huelga puramente académica en la Universidad de San Petesburgo, Lenin decía a los jóvenes socialdemócratas rusos: «Nuestra tarea estriba en (…) que nuestras viejas consignas -que siguen siendo actuales por completo- de derrocamiento de la autocracia y de convocatoria de la Asamblea Constituyente vuelvan a ser objeto de discusión y piedra de toque de la concentración política de las generaciones lozanas de la democracia». 

Por tanto, no solo basta en las movilizaciones por la educación dar soluciones referentes solo a la educación, en un ejercicio de metafísica cómo acostumbra a hacer los CJC, cuya máxima en estos casos llega a: «por una educación al servicio de la clase obrera y sus hijos/as», algo que no se concreta en nada.





Caeríamos en el más absurdo individualismo y corporativismo diciendo que si en una clase no hay suficientes sillas para los alumnos, es un problema de los alumnos y no de la vulneración de un derecho político. De la misma manera que la falta de camas en un hospital no es un problema del paciente que le toca en concreto esa situación, sino de todos los pacientes: es decir, de todos nosotros, ya que no tenemos lo que nos corresponde. 



Esa especie de religión incuestionable (fruto de dinámicas postmodernistas asumidas por un revisionismo en crisis, como suele ocurrirles con lo que llaman “feminismo de clase” o “ecologismo”) de que es el estudiante quien tiene que luchar por la educación pública, como si fuera, lo que ellos llamarían, el “sujeto natural” de esa lucha, es el verdadero lastre que acarrean todas estas organizaciones llamadas comunistas. No han aprendido nada y están conduciendo a esos movimientos de estudiantes por la educación pública a ser carne de cañón de la pata reformista del régimen (lo que parece no incomodarle mucho al PCPE y CJC) y a desorganizar y a confundir a la lucha popular. 

La conclusión a la cual se quiere llegar es que no tiene sentido alguno hablar de un «Sindicato Estudiantil» que se organice «como en el caso de las asambleas de trabajadores», el estudiantado en general tiene diferentes intereses de clase. De lo que hay que hablar es de organizaciones de estudiantes destinadas a complementar una lucha política, como puede ser la de apoyar al Movimiento de Resistencia Antifascista, es decir, al movimiento independiente (respecto al Estado) de la clase obrera y el pueblo. 






Y aplicar, sobretodo aplicar, nuestros análisis del «movimiento estudiantil» en clave economico-políticas al movimiento obrero. Porque es curioso que Guillermo De Tuya diga que el Sindicato de Estudiantes tiene «claras conexiones con el PSOE y otros elementos antipopulares», que «convoca huelgas fantasmas apoyadas por los mass media» y que provocan la «desmovilización de las y los estudiantes» con estas pantomimas, y sin embargo, los CJC junto a su partido (el PCPE) secunde todas y cada una de los actos, concentraciones, movilizaciones y huelgas de CCOO y UGT, que no es que tengan «claras conexiones con el PSOE», sino que son el PSOE. Que no es que convoquen «huelgas falsas» desde un verticalismo descarado que provoquen la «desmovilización» de los trabajadores, sino que su práctica diaria a favor de ellos mismos, la patronal, provoca la desorganización de la clase obrera.



Solo hay que ver el número de trabajadores sindicados en España y estudiar las luchas obreras más puntales desde la transición hasta hoy, para darnos cuenta que estos «Sindicatos» nunca han contado en nada y cuando lo han hecho siempre ha sido a remolque (después de una negativa sobrepasada por la organización independiente de los obreros). 



Es ahí hacia donde apunta el movimiento obrero. Guillermo De Tuya plantea lo mismo respecto al Sindicato de Estudiantes y Estudiantes en Movimiento (del cual, por cierto, los CJC fueron hasta hace poco uno de sus principales impulsores). Dice que la organización independiente a estas pantomimas se está mostrando «cada día como la fórmula superadora». El Sindicato de Estudiantes es una gota de agua comparado con CCOO y UGT. ¿Hasta cuando los CUO van a dejar de llamar a sus huelgas? ¿Hasta cuando el PCPE va a dejar de crear bloques detrás de estos verdugos del movimiento obrero? ¿Se va a poner a organizar la lucha independiente como pretende hacer en el «movimiento estudiantil» o va a seguir llamando a los jóvenes a afiliarse a las Áreas de Juventud de CCOO y UGT como hacía explícitamente hace poco Ester Cubero, miembro de la dirección de los CJC, en una entrevista? ¿Cuando los CJC y el PCPE van a entender la diferencia entre ir a una huelga falsa (que hay que ir) y secundar, organizar y contribuir a una huelga falsa? 



Resulta que no tienen pelos en la lengua para hablar del Sindicato de Estudiantes como un todo y señalar (correctamente, por cierto) el papel que juega respecto a los estudiantes que se mueven, sin embargo, en vez de hacer lo mismo con los sindicatos del régimen, se limitan a mencionar a unas cúpulas malvadas que tienen secuestradas a las bases revolucionarias. ¿Por qué no especifican, como en el caso del Sindicato de Estudiantes. el lugar que ocupan estos sinvergüenzas en el movimiento obrero? ¿Sería eso dejar de lado a los trabajadores honrados sindicados en CCOO y UGT? ¿Acaso ellos están dejando de lado a los estudiantes honrados del Sindicato de Estudiantes y Estudiantes en Movimiento?



Después de este (obligado) gran paréntesis hay que concluir recalcando que los comunistas deben fomentar e impulsar la creación de organizaciones estudiantiles enfocadas a la lucha contra el Estado, comités de resistencia formados por estudiantes donde se discuta y se realice la labor de complementar el movimiento obrero. Donde se trabaje por hacer llegar a los estudiantes el combate contra todas las vulneraciones de los derechos que realiza este Estado: no solo los de la educación, si no también los de la sanidad, los de la mujer, los de la viviencia, los de la memoria histórica, los de las libertades civiles, los de la soberanía de los pueblos o los del trabajo. No crear un «movimiento estudiantil» abstracto y artificial que tenga sus propios derroteros, sino llevar a las aulas el movimiento independiente de la clase obrera y el pueblo que lleva resistiendo desde hace 75 años a la oligarquía financiera, a sus fuerzas del orden, a sus tribunales políticos y a sus principales capitostes, que se presentan bien en forma de Movimiento Nacional como lo hacían hace unos años o bien en forma de Monarquía Parlamentaria como lo hacen actualmente.


John Bernal, científico y comunista

John D. Bernal (1901-1971) fue un científico y comunista irlandés que destacó por su labor pionera en el ámbito de la cristalografía de rayos X, biología molecular e historia de la ciencia.

Tras realizar estudios en la Universidad de Cambridge y licenciarse en matemáticas y ciencias en 1922 siguió estudios de postgrado bajo la tutela de William Bragg en los laboratorios Davy-Faraday en Londres.

Hacia 1924 logró determinar la estructura molecular del grafito, una forma del carbono. En la Universidad de Cambridge, y junto con su discípula y futura ganadora del Premio Nobel Dorothy Crowfoot Hodgkin, tomó las primeras fotografías de rayos X de cristales proteicos, dando uno de los primeros pasos para los estudios de las macromoléculas orgánicas basados en cristalografía.

No le otorgaron el Premio Nobel a causa de la Guerra Fría, a pesar de que varios de sus discípulos y compañeros de investigación fueron laureados. Justo por entonces la cristalografía de proteínas se convertía en una herramienta clave para el avance de la biología molecular, pero a Bernal le dejaron fuera. Sin embargo, en 1962 sus colegas Max Perutz y John Kendrew se llevaron el Nobel de Química por sus estudios cristalográficos de las proteínas hemoglobina y mioglobina, y Francis Crick, James Watson y Maurice Wilkins obtuvieron el de medicina por sus descubrimientos sobre la estructura de la doble hélice del ADN.

Siempre le entusiasmó la conquista del espacio exterior. El monolito negro que expresa la inteligencia extraterrestre en la saga de novelas de Arthur Clarke («2001 Una odisea del espacio») también procede de Bernal. Fue un pionero de las estaciones espaciales orbitales, verdadera ciencía ficción para aquella época. En 1929 propuso la construcción de una estructura en forma de asteroide hueco y esférico, que se conoció como la Esfera de Bernal, de 16 kilometros de diámetro, capaz de mantener contingentes de 30.000 personas en el espacio de forma permanente.

En 1937 le nombraron miembro de la Royal Society de Londres, la máxima institución científica de Gran Bretaña. En 1958 le nombraron para la Academia de Ciencias de la URSS.

En junio de 1994 la revista francesa de divulgación científica «La Recherche»
publicó un número especial dedicado a un acontecimiento histórico que
se ha querido mantener oculto: el decisivo papel de un comunista en el desembarco de los aliados en las playas de Normandía. Para ello Bernal inventó los llamados puertos prefabricados Mulberry que se usaron en el desembarco y realizó la topografía del terreno y el suelo marino. La Armada Británica le asignó el rango de comandante para minimizar problemas relacionados con tener a un civil al cargo de las fuerzas de desembarco. Tras orquestar el Día D, Bernal desembarcó en Normandía al día siguiente.

Otra de sus aportaciones más importantes concierne al debate sobre el origen de la vida. En los países capitalistas conocemos al soviético Alexander Oparin gracias a que Bernal tradujo su obra al inglés. Pero Bernal propuso sobre el asunto hipótesis novedosas, como la intevención de la arcilla en la formación de quiralidad de las moléculas orgánicas. Luego las investigaciones de James Ferris confirmaron que las arcillas pueden actuar como catalizadores en la formación de las cadenas de ARN. El Premio Nobel Jack Szostak también ha demostrado que las arcillas pueden producir los ácidos grasos que componen las membranas de las células.

Bernal fue profesor en la Universidad de Londres. Junto con el soviético Boris Hessen, revolucionó la historia de la ciencia y sus obras, basadas en el materialismo dialéctico, han tenido gran difusión. En 1939 escribió un libro con el que inició de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, llamado «La función social de la ciencia». En 1954 publicó otra obra maestra «La ciencia en la historia».

Supo generalizar magistralmente los resultados obtenidos por la ciencia en su conjunto, puso de relieve el valor filosófico de la ciencia y su importancia para la historia de la humanidad, aclaró el carácter contradictorio de su desarrollo en las sociedades de clase y su incesante progreso bajo el socialismo.

A la muerte de su amigo, también científico y comunista, Frédéric Joliot-Curie, ocupó la presidencia del Consejo Mundial de la Paz y en 1953 la URSS le concedió el premio Stalin de la Paz por su contribución a la amistad entre las naciones.

En 1923 se afilió al Partido Comunista, una ideología que defendió a capa y espada hasta su muerte, ocurrida en 1971. Por eso en los países capitalistas la obra de Bernal ha sido salvajemente censurada, combatida e ignorada. Sin embargo, después de su muerte, en 1989, se celebró en Hamburgo un Simposio al más alto nivel para conmemorar el 50 aniversario de la publicación de su obra pionera «La función social de la ciencia».

El sainete del ruin Engels

 Juan Manuel Olarieta

El vínculo entre Marx y Engels es tan estrecho que sus biografías son siamesas. La hija pequeña de Marx, Eleanor, escribió: «La vida y la obra de estos dos hombres está tan estrechamente fusionada que es imposible disociarla». También Lafargue, uno de los yernos de Marx, comentó que ambos «forman, por así decirlo, una sola vida». En lo personal mantuvieron una relación tan íntima que siempre fueron la misma familia.

Lo mismo que la vida, la obra de ambos es una misma obra. Siempre ha resultado imposible editar las obras de uno separadas de las del otro. Muchos de los escritos que se atribuyen a uno, los redactó el otro. Algunos de los libros que uno escribió el otro los revisó. Al acabar de redactar «El Capital» en 1867 Marx le escribió a Engels: «Te debo solamente a tí haber podido hacerlo. Sin tu sacrificio no me hubiera sido posible llevar adelante los enormes trabajos necesarios para estos tres volúmenes».

En las luchas políticas se embarcaron en el mismo empeño, con una coordinación que no tiene parangón en la historia. No se les conoce ningún tipo de divergencias entre ellos, ni permitían que nadie hablara mal de uno en presencia del otro, como demuestra una carta de la hija de Kugelmann dirigida en 1928 al Partido Bolchevique en la que narraba los recuerdos suyos y de sus padres sobre Marx, quien había pasado largas jornadas en su casa de Hannover. Describe a Marx como un hombre al que nunca vio sobresaltarse, excepto una vez que escuchó a un militante hablar mal de Engels: «Las relaciones que existen entre Engels y yo son tan estrechas y cordiales que nadie tiene el derecho de inmiscuirse en ellas», dijo Marx.

No obstante, hay unos cuantos trileros empeñados en sostener lo insostenible: oponer el uno al otro. Creen que Engels es un segundón, un escalón inferior a Marx en el que creen haber encontrado un punto débil para atacar al marxismo. Uno de esos trileros fue Sidney Hook, profesor de la Universidad de Nueva York, que reunía dos condiciones indispensables: además de filósofo era un agente de la CIA y la finalidad de sus cursillos fue la de ofrecer a sus alumnos una interpretación realmente «revolucionaria» de Marx, según confesaba en uno de sus libros, que consistía en liberarla de las formulaciones «anticuadas» de Engels. Hook quería refundir a Marx con el pragmatismo, lo mismo que otros lo han intentado con el kantismo, con el hegelismo, con el sicoanálisis… con cualquier cosa menos con el ruin Engels. Desde entonces el marxismo tiene muchos sabores diferentes.

No es algo reciente sino que la burguesía empezó su batalla ideológica contra Engels durante la vida de ambos camaradas, como le escribió a Bernstein un mes después de la muerte de Marx: «El sainete del ruin Engels que ha falseado al bravo Marx se ha representado un número incalculable de veces desde 1844».

El propio Bernstein, que durante un tiempo tuvo la confianza de Engels, estuvo en el meollo del intento de dividir a ambos. En los últimos años de la vida de Engels, la socialdemocracia alemana manipuló la «Introducción» que escribió para una reedición de «Las luchas de clases en Francia» de Marx. Por consiguiente, el intento de desacreditar a Engels y enfrentarle con Marx es un empeño típico del revisionismo y, sin embargo, la desfachatez llega al punto de que algunos le imputan a Engels la degeneración revisionista de la socialdemocracia alemana: no fue víctima sino responsable de ella.

Pero mientras vivió Engels la socialdemocracia alemana no tuvo el coraje de atacarle de frente en el terreno político. Los primeros en hacerlo, los austriacos Victor Adler y Karl Vorländer, plantearon el ataque en términos filosóficos con la pretensión declarada de sustituir el repugnante materialismo dialéctico de Engels por el kantismo. A finales del siglo XIX en el Imperio Austro-Húngaro el revisionismo político se ligó al kantismo filosófico. El verdadero fundador de la socialdemocracia alemana había sido Kant y su verdadero fundamento no era científico sino ético, un ejercicio de la voluntad y un imperativo categórico disfrazado de «praxis». Adler, Vorländer y sus herederos introdujeron al marxismo en las polémicas filosóficas de la burguesía para convertirlo en otra corriente filosófica (burguesa) más, dentro de las varias que existen.

Los revisionistas austriacos pusieron todos y cada uno de los fundamentos filosóficos del ataque, que otros continuaron luego. Empezaron a hablar del marxismo como si fuera una teoría «crítica» de la sociedad, de la existencia de un «sujeto» revolucionario, denostaron el determinismo de Engels, su naturalismo, su metafísica, su dogmatismo, su cientificismo… Mientras Engels decía que Marx había puesto los fundamentos científicos del movimiento obrero, el socialismo científico, los revisionistas decían (y siguen diciendo) que el marxismo no es ciencia sino conciencia, una «cosmovisión» o ideología (crítica, eso sí) acerca de la sociedad en que vivimos. La ciencia, dicen ellos, es otra cosa diferente que nada tiene que ver con el marxismo.

El ataque dio un verdadero vuelco tras la Revolución de 1917, obligando a la burguesía a emplearse a fondo en la tarea de combatir al marxismo. Los que más se empeñaron en ello fueron los miembros de la Escuela de Frankfurt que llevaron la batalla a un frente distinto. Tras las marrullerías de aquellos autores (Adorno, Horckheimer, Habermas, Marcuse) Marx y Engels dejaron de ser los políticos que había creído la burguesía hasta entonces, elevando el marxismo a la categoría más digna de teoría. Desde entonces un puñado de intelectuales están enfrascados en sacar al marxismo de la práctica para convertirlo en una filosofía capaz de competir con otras. Como consecuencia de ello, a lo largo de un siglo el marxismo se ha convertido en algo tan refinado y exquisito que sólo los pensadores dominan la jerga cabalmente. Los demás son muy toscos y primitivos.

Como remate del proceso, aquel puñado de intelectuales burgueses se viste unos ropajes que en absoluto les corresponden. Se llaman a sí mismos «marxianos». En la medida en que la mayor parte de ellos son funcionarios de los aparatos ideológicos del Estado burgués, especialmente de la universidad, ostentan una imagen impecable: representan al marxismo mejor que nadie y sus obras alcanzan un eco que sólo sorprende por su mediocridad.

La experiencia de 100 años prueba que cuando alguno de esos intelectuales ha ingresado en un partido comunista, ha durado poco y se ha visto obligado a salir por la puerta falsa. El comunismo se ha llevado (y se lleva) muy mal con la intelectualidad, mucho peor de lo que imaginamos. A los académicos no se les suele ver en la reunión de una célula de barrio, haciendo pintadas por la noche o en un piquete. Pero como ellos tienen la sartén (de la producción intelectual) por el mango, han presentado las cosas de tal manera que en el choque el comunismo pierde frente a lúcidos escritores, injustamente vilipendiados por los grises burócratas del aparato.

¿Hay algo que aborrezca más un intelectual «marxiano» que el aparato? Sin embargo, aborrecen mucho menos el aparato del Estado burgués que les paga sus cátedras y sus simposios. El prototipo del «marxiano» es el de un funcionario que habla de luchar contra el Estado que le sostiene para que pueda seguir impartiendo lecciones.

La mayor parte de la intelectualidad burguesa mutila al marxismo de manera que sólo tiene en cuenta las obras de Marx y Engels, no sus biografías. Para ellos lo importante son los papeles, no el trabajo de organización, ni las barricadas, ni las huelgas, ni la Primera y la Segunda Internacionales. Pero mientras Marx y Engels trabajaron para la organización, todos esos intelectuales han trabajado siempre contra la organización, contra cualquier clase de organización y su propósito no es otro que el de desorganizar.

Por lo tanto, no sólo los escritos de los intelectuales burgueses, por más «marxianos» que se disfracen, no valen un pimiento, sino que ellos personalmente tampoco han llevado a cabo ninguna clase de tarea de organización que merezca la pena. En la medida en que su tarea ha sido la contraria, desorganizar, dichos intelectuales merecen el mismo tratamiento que Engels dispensó a Dühring.

En 1877 Dühring era profesor de la Universidad de Berlín, uno de los pocos, por no decir el único, que en aquella época se pronunció públicamente a favor del socialismo, lo cual era tanto como pronunciarse hoy a favor del «terrorismo». Era un autor de reconocido prestigio que podía servir como banderín de enganche de un partido entonces incipiente. Pero los escritos de Engels, especialmente el feroz tono que empleó, cayeron como un jarro de agua fría. No se le podía haber ocurrido nada más inoportuno para la socialdemocracia, que tuvo que incluir los artículos de Engels en Vorwärts (Adelante), su periódico. Si Engels es uno de los más odiados por los «marxianos» se debe en gran parte al Anti-Dühring, una de las obras marxistas más difundidas de todos los tiempos.

Dühring vivió casi 50 años después de que Engels publicara los artículos en su contra. Sus viejas simpatías socialistas habían sido una moda efímera de las que, como tantos otros intelectuales, acabó renegando para convertirse en un chovinista, racista y antisemita, autor de obras reaccionarias realmente repugnantes. Lo mismo le sucedió a Hook. Después de su interpretación «revolucionaria» del marxismo defendió la caza de brujas de McCarthy en Estados Unidos. Es típico de la intelectualidad desarraigada: con el mismo ardor con el que sostienen una teoría, defienden luego la contraria.

Engels hizo lo que los intelectuales «marxianos» más repudian: puso al marxismo en movimiento, lo convirtió en una fuerza organizada. Cuando Engels murió no sólo dejó papeles sino cooperativas, sindicatos, partidos y una organización internacional del proletariado con millones de militantes. Esa también es su obra. Ni él ni Marx escribieron para ninguna universidad sino para esa organización, para dotarla de un línea, de un programa y de una ciencia revolucionarias. Su filosofía (que es la misma que la de Marx) es partidista, decía Lenin. Se escribió por y para el proletariado, forma parte integrante de su vanguardia organizada y no tiene ningún sentido fuera de ella.

Los ataques contra Engels van, pues, dirigidos contra las organizaciones del proletariado. Una vez liberado el marxismo de Engels, es decir, de la organización, la burguesía devuelve la filosofía a la teoría, al punto inofensivo en el que puede neutralizarla. De ahí pasa a las universidades, a los libros y a las librerías, en cuyos escaparates compite con otras teorías, otros libros y otras librerías.

Dios los cría y ellos se juntan

Quién
es Pablo Iglesias.
Una
breve
contextualización
del intelectual posmoderno y reformista*

Decía
Gramsci que, a la par que una clase social
fundamental**
nace
(casi siempre, con la única excepción del proletariado, de la
descomposición general del modo de producción anterior -ya se sabe:
la muerte también da vida, que sostenía Engels), a la vez que esta
se forja, crea, asimismo, para consigo, la intelectualidad que
defienda sus intereses de clase (antagónicos con los de otra).
La
crisis del feudalismo empezó con la pérdida de poder económico por
parte de la clase dominante, terreno en el cual sólo conservaba
apenas fuerza en el campo. Los señores feudales tenían que lidiar
en política con el ascenso de una burguesía envalentonada.

Ante
la descomposición del modo de producción feudal, la burguesía, en
su fase incipiente, creó con ella los intelectuales que defendían
sus
intereses
de clase. La Ilustración es el

paradigma
de la filosofía burguesa revolucionaria. Voltaire,
Montesquieu,
Diderot,
Locke, D’Alambert, etc. fueron el cimiento filosófico e ideológico
de la revolución burguesa, que precedió a la revolución política
-la revolución francesa- pero que sucedió a la revolución
económica -la revolución industrial. Un mismo proceso,
evidentemente con sus particularidades, tiene lugar en el seno de
cada clase social
fundamental.

Sin
embargo, no sólo la clase social dominante produce a sus defensores,
sino que, además, en tanto que dominante, produce a los dominados,
con la excepción única del proletariado, ya que la burguesía, a la
que que oprime bajo su dictadura, ya había nacido junto a él. La
condición para que exista la propiedad privada es la privación de
propiedad a un grupo de seres humanos. Más de uno acusaba a la
propiedad privada de «privarnos de todo». La expropiación de la
burguesía a gran parte de la población provoca el surgimiento de la
clase desposeída: el proletariado.

La
clase obrera pronto se organiza. Primero lo hace por motivos de tipo
económico
(salario,
asistencia laboral, condiciones de trabajo, accidentes, etc.); luego,
a medida que se va cohesionando, los socialistas introducen desde
fuera el comunismo y se cambia de miras. La lucha ya no es tanto una
lucha económica como una lucha política, un campo de batalla donde
se hallan dos clases antagónicamente enfrentadas, donde una tiene el
poder y la otra no, y esta última es oprimida de múltiples maneras
por la primera. Los trabajadores han de conquistar el poder mediante
la violencia
para
suprimir su explotación y, con ella, la de toda la humanidad
.

Debido
a la comprensión de la necesidad de la revolución por parte de los
obreros, la burguesía, dueña de todo el poder, se ve obligada a
recurrir a la clase obrera (de nuevo) para perpetuar su orden.
Soborna a una parte de los obreros para que estos introduzcan la
ideología y la política burguesa en el seno de la clase proletaria.

Algo
parecido ocurre en las capas de los intelectuales: muchos defensores
de la política y de la ideología burguesa adoptan el marxismo de
palabra para tergiversarlo, llaman a los obreros (la posmodernidad
hace que ahora sean
ciudadanos
los
apelados) a actos inofensivos, históricamente neutralizados y
asimilados por la clase dominante. Este fenómeno se conoce como
reformismo
o
revisionismo
y
tiene como base social a la pequeña burguesía y, sobre todo, el
grupo mencionado anteriormente, la aristocracia obrera. Sin embargo,
no hay que olvidar que,
aunque
la base social de esta ideología sean los pequeño-burgueses y los
más privilegiados de la clase obrera,

quien produce, quien hace nacer esta política, es la misma
burguesía, la gran burguesía, que siembra la corrupción entre las
filas obreras,
y
es ella quien más sale ganando con esto
.

La
burguesía, creadora del orden económico
y
social
existente, también crea a sus intelectuales.
Es
oportuno, no obstante, hacer una distinción en función de la época
histórica:

los
intelectuales de ahora
no
son de ninguna forma
iguales
a los intelectuales de la Ilustración. Antes de la revolución
burguesa, antes de la toma del poder por parte de la burguesía, esta
necesitaba el conocimiento verdadero del mundo (limitado por el
desarrollo de las fuerzas productivas
y
su posición de clase
)
para transformar la realidad. En este sentido, los intelectuales
burgueses del siglo XVIII y parte del XIX en los países capitalistas
más avanzados eran progresistas, aportaban con su obra a la causa de
la humanidad. Sin embargo, después de haber subido la burguesía al
poder, necesita intelectuales, necesita de ideología que justifique
el statu quo. En este sentido, los intelectuales burgueses se vuelven
reaccionarios. Las distintas ideologías burguesas que tienen lugar
en la fase reaccionaria de
l
dominio de la

burguesía no es más que un
intento
brusco y a la vez rebuscado de legitimar
la
explotación, el saqueo y la masacre del proletariado y de los
pueblos oprimidos.

Ella misma se ve obligada a crear intelectuales de 
distintas
tendencias
 para
controlar
ideológicamente a

la población, pero asimismo cerca el terreno: los 
disidentes de
su orden deben estrictamente encorsetar toda su crítica dentro de
los márgenes 
propios,
es decir, dentro de su Constitución, sus normas y sus leyes.
Las
diferencias no son pues
significativas,
como sí lo eran en su época incipiente.

La
crisis general
en
la que el
capitalismo
se
halla sumergido
exige
a la burguesía
recambiar
las
piezas ya degastadas. El PP y el PSOE, partidos que venían a
sustituir al Movimiento Nacional
(que
ya estaba desgastado en los años 60 y 70, por eso se cambió por el
bipartidismo)
,
se hallan en una profunda crisis. Y sólo desde este contexto podemos
enfocar el auge, promocionados por los poderosos mismos, de muchos
intelectuales
de
izquierda
(Pablo
Iglesias, Juan Carlos Monedero, etc.) que tienen voz en los medios
del régimen, ya sean en formato televisivo (Intereconomía, Cuatro,
La Sexta) o
por
escrito

(Público, El País).
No
son más que un recambio de los actuales políticos decadentes
de
los poderosos; l
a
voz de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía, que no
propone, ni en la teoría ni en la práctica, la superación del modo
de producción capitalista.
Las
tertulias en especial cobran cierto interés respecto a lo que
estamos tratando, donde en un plató televisivo se reúnen todos
los
pregoneros de la clase dominante

a discutir cómodamente
las
distintas maneras de gestionar

un asunto, donde se aparentan incluso
enfados.
Pero
no son más que sillones para todos, charlataneo e incluso risas.
Todo
para distraer al personal, con la que está cayendo
por
otros lares
,
lluvia
de males
que
sólo puede ser combatid
a
por
otra
senda
.
No es más que apariencia: el circo mediático, ahora con
más
mano
izquierda, tiene dueño, tiene Sumo Creador.
Dios
los cría y ellos se juntan
.

Notas:

*
El
autor no se ha encomendado la tarea de elaborar una crítica general
de las concepciones de Pablo Iglesias mediante este artículo, sino
intentar de ilustrar al lector con un esbozo (con las limitaciones
que ello conlleva) de los factores económicos, políticos,
ideológicos, sociales, etc. que propician el actual auge de
intelectuales similares a Pablo Iglesias.
Para
una crítica
algo
más
detallada de este tipo de sujetos, véase el siguiente artículo de
Manuel Navarrete
http://www.insurgente.org/index.php/template/politica/item/9156-el-egorrevisionismo-teor%C3%ADa-y-praxis

**
Cuando
Gramsci dice clase social “fundamental”, se está refiriendo a
aquellas clases que “
históricamente
se
encuentran en disposición de asumir el Poder y la dirección de las
otras clases, como, por ejemplo, la burguesía y el proletariado

(A.
Gramsci,
La
formación de los intelectuales
,
Ed. Grijalbo, Barcelona, 1974)

Para sacar a Newton fuera del armario

A la mayor parte de los científicos no les gusta desprenderse de sus fantasías, aunque critican las de los demás. Han creado un parque temático en torno a sí mismos y a lo que llaman «divulgación científica» que, en numerosas ocasiones, es una ideología, como cualquier otra. Idolatrando a la ciencia se encumbran a sí mismos como pequeños ídolos de barro.

Para saber lo que es la ciencia hay que olvidarse por un momento de sus apestosos aduladores y analizarla históricamente como cualquier otro conocimiento, a la luz de la dialéctica materialista. Lo que la ciencia es no suele coincidir con los succedáneos que ponen en su lugar, porque ese mundillo es como cualquier otro: también vive de sus propias leyendas.

Una de ellas dice que Isaac Newton (1642-1727) es el científico por antonomasia, que realizó aportaciones decisivas a determinados aspectos del conocimiento que han perdurado mucho tiempo después. Como toda leyenda, contiene una verdad relativa que permite descubrir en Newton lo que la ciencia y los científicos son realmente, para lo cual lo primero que hay que hacer es desprenderla de tópicos, como la manzana que le cayó del árbol a Newton mientras dormía la siesta.

A la verdad relativa hay que añadirle luego el resto del iceberg, los manuscritos que a la muerte de Newton fueron heredados por su sobrina, Catherine Barton, varios miles de papeles que encerraban su mundo interior. Aquel legado se troceó, publicándose sólo aquellas partes que alguien consideró como «ciencia auténtica», y rechazando la mayor parte, que fue olvidada porque desde aquel mismo momento los «auténticos científicos» empezaron a forjar la leyenda. Se creyeron mejores que el propio Newton y consideraron que aquellos manuscritos desmerecían su fama de «científico por antonomasia» con la que debía pasar a la posteridad.

La ideología dominante empezó, pues, cuando quienes se consideraron sus más fieles herederos intelectuales metieron un bisturí donde Newton no lo había metido. Si reunimos todos esos trozos dispersos obtenemos una imagen del científico y de la ciencia muy distinta de la que la que ha transmitido la ideología burguesa como “ciencia auténtica”. Merece la pena destacar tres aspectos de Newton que me parecen importantes. El primero es que, aunque reacio al cuerpo a cuerpo, Newton toma partido en una polémica científica con la misma decisión con la que toma partido en las luchas de clases de su época. El segundo es que Newton fue un revolucionario también en el sentido más general de la palabra y, por supuesto, fue eso lo que le condujo a sentar los fundamentos de la mecánica, bien entendido que cualquier revolución en el conocimiento empieza por una crítica del conocimiento establecido. El tercero es que, a diferencia de quienes se consideran como sus herederos, en Newton el conocimiento formaba una unidad, un sistema donde unas partes se pueden diferenciar pero no separar de otras.

Como la mayor parte de los grandes intelectuales, sus inquietudes no se circunscribieron sólo al conocimiento científico, sino a cuestiones de lo más diversas, como las políticas. Quizá uno de los rasgos más olvidados de su biografía sea su participación en la segunda revolución inglesa, donde llegó a ser parlamentario por los “whigs”, el partido liberal que en aquella época era lo más parecido a la extrema izquierda actual. Lo mismo que la revolución cubana llevó al Che Guevara a dirigir el Banco Central, la revolución de 1688 llevó a Newton a dirigir la Casa de la Moneda.

Lo que le condujo a un cargo político tan delicado para la burguesía fue otra circunstancia convenientemente descuidada de su biografía: su interés por la alquimia, un conocimiento precursor de la química hoy profundamente despreciado. Pero a finales del siglo XVII la acuñación de moneda más que conocimientos financieros requería de una pericia metalúrgica que sólo los alquimistas poseían. No es posible entender el atomismo de Newton -y por extensión la física moderna- sin entender su estrecho vínculo con alquimistas como Robert Boyle, autor de la conocida ley de los gases que lleva su apellido. Newton heredó el laboratorio de los alquimistas de Cambridge y escribió un «Index Chemicus» que suma cerca de 2.500 páginas, sin duda la parte más voluminosa de sus reflexiones científicas. Pero como no solo la Iglesia tiene censores sino también la ciencia, después de su muerte la Royal Society dictaminó que aquellos manuscritos no se debían publicar porque carecían de interés científico.

El pensamiento de Newton es ideológicamente ambiguo; refleja el compromiso político de la segunda revolución inglesa entre la aristocracia dominante y la burguesía emergente, por lo que oscila entre el materialismo y el idealismo. Sin duda, los escritos teológicos de Newton demuestran un costado que -incluso- va más allá del idealismo objetivo, con incursiones claramente teológicas y místicas que se dejan sentir en la física clásica. En palabras del científico y comunista británico John Bernal, se trataba de una nueva transacción -otra más- entre la religión y la ciencia.

El materialismo de Newton es, además de mecanicista, puramente embrionario, lo que ha conducido a la física moderna a la ratonera en la que hoy se encuentra. Sus conceptos más básicos, entre otros el movimiento (inclinatio ad quietem) y el espacio (tanquam sensorium dei), apenas soportan ya ese peaje que en el siglo XVII se abonó al idealismo, la teología y la mística. En cuanto escarbas un poco en la física te tropiezas con las Sagradas Escrituras hoy lo mismo que entonces.

En la revolución inglesa el materialismo no desempeñó el mismo papel que en Francia un siglo después. El caso de Hobbes demuestra que en las islas el materialismo y el ateísmo tenían un componente aristocrático, mientras que los movimientos populares revolucionarios adoptaron formas religiosas, que eran otras tantas formas de criticar a la Iglesia en su mismo lenguaje.

La teología de Newton hay que encuadrarla también dentro de los parámetros de la revolución inglesa del siglo XVII. Como en cualquier otro país, en Inglaterra la principal oposición a la revolución procedió de la Iglesia y los escritos de Newton constituyen un ataque en toda línea en su contra que entusiasmó a Voltaire y, a través suyo, a la Ilustración francesa. En primer lugar Newton se enfrentó a la Iglesia como institución, llegando a identificarla con la Bestia del Apocalipsis. En segundo lugar combatió los fundamentos que sustentaban su influencia ideológica y, en particular, el dogma de la Trinidad. Como otros revolucionarios de aquella época, adoptó las tesis arrianas hacia 1673, que fueron declaradas fuera de la ley por el Acta de Tolerancia de 1689.

Por una burla de la historia Newton era entonces profesor del Trinity College en Cambridge, es decir, que el profesor negaba hasta el nombre de la institución a la que pertenecía. Para fundamentar sus prejuicios teológicos Newton rechazó las interpretaciones y estudió hebreo para empaparse de las fuentes originales de los fundadores del cristianismo anteriores al Concilio de Nicea.

Pero también aquí Newton estuvo a la altura del compromiso político de 1688 y no hubo necesidad de que nadie le censurara porque se censuró a sí mismo. Para no ser perseguido nunca tuvo el coraje de salir del armario para defender públicamente sus convicciones. Su caso contrasta poderosamente con el de su sucesor en Cambridge, William Whiston, quien admitió públicamente su arrianismo, por lo que le destituyeron de su cátedra de matemática en la universidad, viéndose obligado a vagabundear el resto de su vida por los bares, intercambiando predicciones sobre calamidades meteorológicas por unas monedas para subsistir.

El pensamiento de Newton forma un sistema en el que sus prejuicios teológicos van de la mano de los filosóficos, como él mismo dejó establecido al titular su principal obra como “filosofía natural”. Pero, ¿cuál fue esa filosofía? El idealismo objetivo, el platonismo, la misma que encontró entre los fundadores originarios del cristianismo y que estaba de moda entonces entre los círculos universitarios de Cambridge, la misma que aparece en varios de sus conceptos físicos y metafísicos, como el de “fuerzas matemáticas” o “cualidades ocultas”.

Lo mismo que en el siglo XVII, también hoy los científicos más mediocres esconden su ateísmo, su teología, su filosofía y todos sus prejuicios políticos en el armario. Siguen con su manía de trocear el conocimiento: la religión llega hasta aquí… la filosofía es aquello otro… las ideologías no les interesan… pero ante todo, ¡vade retro con la lucha de clases! De esa manera se creen los únicos seres humanos que no tienen ni religión, ni ideología, ni filosofía, ni política, ni nada de nada.

El fetichismo por los clásicos

 Juan Manuel Olarieta
El 3 de enero en La Haine Frabetti escribe un artículo relativo a un debate que, según interpreto, versa más sobre la validez que sobre la importancia de que los textos marxistas conduzcan a la lectura de Marx y Engels directamente.

Para defender su postura contraria, Frabetti pone los ejemplos de Newton y Darwin que, según mi criterio, demuestran lo contrario de lo que él pretende. Mi opinión, pues, milita a favor de que cualquier texto científico, del tipo que sea, convoque al lector a recurrir a las fuentes, a los clásicos. Soy un fetichista de los clásicos cada vez más convencido, practico el culto a la personalidad como un rito pagano y sostengo que si alguien quiere saber sobre física debe leer a Galileo y Newton, si quiere saber sobre biología debe leer a Darwin y si quiere saber sobre materialismo histórico debe leer a Marx, Engels y Lenin (no sólo a Marx).

Es más, apoyado en una experiencia secular sostengo que los alumnos tienen el vicio de tergiversar las enseñanzas de sus maestros, aún invocando su nombre, es decir, que se aprovechan del nombre de su maestro para introducir sus propias tesis de contrabando. Dado que pocas veces los alumnos llegan a la altura de los grandes maestros de los que estamos hablando, sus imitadores suelen ser muy deplorables. Es el problema de los newtonistas con Newton, los darwinistas con Darwin y de los marxistas con Marx. Los seguidores -en general- se convierten en una verdadera pesadilla.

No puedo estar más en desacuerdo con Frabetti cuando afirma que «si bien la lectura de los libros de Galileo, Newton o Darwin es fundamental para un epistemólogo o un filósofo de la ciencia, no es ni mucho menos imprescindible para un científico actual», y hasta se atreve a añadir -según sus palabras- que es inadecuada para el profano que desea acercarse a la física o a la biología.

Es un lastre que vienen padeciendo los científicos, al menos desde la implantación del positivismo a mediados del siglo XIX que, a su vez, es una de las causas de la profunda decadencia actual de la ciencia. La filosofía y la ciencia (la epistemología y la ciencia) no son universos separados (lo cual tampoco significa que sean el mismo universo). Los mejores filósofos, incluidos Marx y Engels, han construido su filosofía sobre una ciencia, de la cual eran, además, profundos conocedores, de manera que en su obra no es posible separar al filósofo del científico.

Dado que el positivismo introdujo artificialmente esa separación con un basto machete de sierra, y dado que el positivismo se considera hoy como «la» ciencia por antonomasia, cuando no es otra cosa que ideología burguesa, llegamos al lastimoso panorama actual que nos brindan la inmensa mayoría de los científicos actuales. Nos están dando gato por libre.

Iré aún más allá: todos los intentos llevados a cabo por separar a la filosofía de la ciencia conducen a groseras manipulaciones. Por ejemplo, todos los intentos que a la muerte de Newton llevó a cabo la Royal Society (máxima autoridad científica inglesa) por separar al Newton «realmente científico» del Newton político, matafísico y alquimista son -y siguen siendo- un engaño a los lectores que se ha prolongado durante siglos. Por eso más allá de cuatro generalidades seguimos sin saber quién era Newton, cuál fue su exactamente su teoría, por qué llegó a ella y qué es lo que trató de demostrar.

A falta de referencias directas, lo mismo que el marxismo, la ciencia actual acaba convertida en un rumor, en algo impreciso que los institutos y universidades transmiten de unos (profesores) a otros (alumnos) con la misma infidelidad con la que las leyendas se transmiten de padres a hijos.

Así leemos que -según Frabetti- Kohan ha puesto el concepto de fetichismo en el centro de su pensamiento, mientras que, por el contrario, cualquier marxista tiene otras preocupaciones diferentes y muchísimo mayores que esa, las cuales han estado y están en el centro del pensamiento de todos los marxistas, como el concepto de «partido comunista», por poner un caso. La primera manipulación de las muchas de Kohan sobre Marx, es precisamente esa. La burguesía no necesita desprestigiar al marxismo. Para esa tarea ya tiene a muchos anti-fetichistas, como Kohan, sin ir más lejos.

Me niego a sustituir mi fetichismo por Marx con un fetichismo por Kohan. El que quiera beber agua limpia que vaya a la fuente. Lo demás suele bajar bastante mezclado con porquería.

La producción de samovares y acordeones en la Rusia pre-revolucionaria

Como en el resto de Europa el movimiento revolucionario ruso surge de la revolución de 1848 y, dada la represión zarista, se gesta entre los emigrantes, es decir, fuera de la propia Rusia y en un contacto muy estrecho con las demás corrientes revolucionarias europeas, entre otras la que Marx y Engels encabezaban. El movimiento revolucionario ruso a finales del siglo XIX presenta, pues, tanto rasgos comunes con el resto de Europa junto a otros que son propios y característicos.

En muy poco tiempo, apenas 50 años, ese movimiento atravesó tres etapas fundamentales en las que la influencia del marxismo fue creciendo progresivamente. Inicialmente aparece como un movimiento democrático revolucionario (Chernichevski), posteriormente surge el populismo (Mijailovski), y la tercera etapa se inicia con el grupo Emancipación del Trabajo encabezado por Plejanov, que desemboca en la creación del partido socialdemócrata en 1898.

De dicho partido surgen posteriormente los bolcheviques que, al encabezar la revolución de 1917, desencadenan un proceso de retorno: lo que llegó a Rusia procedente del oeste, regresa de nuevo a Europa occidental, naturalmente profundamente transformado y enriquecido por el leninismo. Desde el punto de vista geográfico, por tanto, a Europa occidental retorna algo de lo que salió de la propia Europa occidental.

La intelectualidad seudomarxista critica ese proceso calificándolo despectivamente como “eurocentrismo”. Pero el marxismo no es una teoría, que es como ellos la consideran, sino una teoría revolucionaria, es decir, deducida de la revolución, un fenómeno que entonces sólo se podía analizar cabalmente en Europa y en ninguna otra parte. Eso es lo que hicieron entonces y lo que hacen ahora los revolucionarios, a diferencia de los profesores de historia, de los escritores y de los diletantes de salón.

A lo largo de varios años Marx y Engels mantuvieron una estrecha relación política, directa e indirecta, con varios exiliados rusos y, como no tenían por costumbre hablar de lo que no sabían, estudiaron ruso para poder conocer mejor el país y discutir con conocimiento de causa. Además de reuniones, ambas partes intercambiaron correspondencia, que en aquella época era una de las principales formas de comunicación. Aquella correspondencia iba dirigida a los personajes de Rusia más insospechados que cabe imaginar y versó sobre los asuntos más variopintos, como es el caso de la carta de Marx a Annenkov (un burgués liberal) sobre Proudhon o la de Engels a Lavrov (un populista) sobre Darwin.

Esa correspondencia demuestra que ya entonces Marx y Engels estaban en el centro del movimiento revolucionario europeo (o sea, mundial) y que sus diferentes corrientes (incluido Bakunin, otro ruso) les consideraban como los más reputados maestros.

Es también remarcable que una correspondencia privada, no destinada a la publicación, resulte de tanta actualidad y tenga tan extraordinaria importancia. En parte esa correspondencia se ha perdido, pero los populistas tradujeron y distribuyeron varias obras, como el Manifiesto Comunista y El Capital, y publicaron en sus revistas algunos artículos de Marx y Engels.

Como no podía ser de otra forma, uno de los debates fundamentales con los rusos fue la singularidad del gran Imperio, un tema recurrente en el movimiento obrero mundial desde siempre, normalmente mal planteado, en la forma de unos supuestos “modelos” (soviético, chino, yugoeslavo), o del “eurocomunismo” y las diversas “vías” hacia el socialismo de Togliatti. En términos filosóficos el debate aludía a la relación entre lo abstracto (modo de producción) y lo concreto (formación histórico-social). Marx y Engels analizan el capitalismo (lo abstracto) en la Inglaterra de su época (lo concreto) y, del mismo modo, el socialismo se analiza en la URSS. Pero al analizar el capitalismo en España no se encuentran “roundsmen” como en Inglaterra, ni al analizar el socialismo en Cuba se encuentran “kulaks” como en la URSS. Un marxista tiene que analizar el capitalismo (o el socialismo) en algún país y en algún tiempo concretos. Lo que no tiene sentido, ni marxista ni de ningún tipo, es hablar del capitalismo como un espectro fantasmagórico, intemporal.

Con el tiempo el mismo vicio ha ido creciendo, cambiando de formato y empeorando cada vez más. Kevin Anderson, uno de los intelectuales seudomarxistas en boga, ha vuelto recientemente al mismo error de la misma manera errónea. Lo llama marxismo unilineal o multilineal (*). Otros dicen que el marxismo es del siglo XIX, que ahora las cosas han cambiado (pero no dicen cuáles) y que hay que retocarlo un poco (o mucho) para poder “aplicarlo” al siglo XXI.

Son variaciones sobre el mismo tema, como el “determinismo” que algunos confunden con el fatalismo, la sucesión inexorable de esos modos de producción que tienen que aparecer por todos los rincones de la historia. En resumen, según algunos el marxismo no es “aplicable” a determinadas sociedades o épocas históricas, que es como decir que la aritmética no es “aplicable” a todos los números.

Los populistas no se oponían al marxismo, sino que decían que no era “aplicable” a Rusia, con lo cual querían decir que Rusia jamás sería un país capitalista. Lo mismo que Togliatti, ellos también creían que el marxismo, lo mismo que el capitalismo, eran “europeos”. Lo verdaderamente ruso era el populismo. Entonces al menos una parte de la cuestión reside en entender lo que es el marxismo.

En 1899 se celebró en San Petersburgo un debate público sobre un tema que llevaba exactamente el título “¿Es posible conciliar el populismo con el marxismo?”, lo cual ya es bastante significativo. Los populistas eran nacionalistas. Lo que preguntaban en realidad era: ¿es posible conciliar a Europa con Rusia?, ¿es Rusia una parte de Europa? Pero es aún más significativo lo que en ella dijo Vorontsov, un populista: los marxistas “europeos” están más ceca del populismo que los “rusos”. Naturalmente que cuando Vorontsov se refería a los “marxistas rusos” ni siquiera se refería a Plejanov sino a oportunistas como Piotr Struvé, presente en aquel acto, es decir, a los “marxistas legales”.

Traer ahora aquel debate aquí puede parecer oportunista en cierta medida porque “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, una de las obras de historia más extraordinarias jamás escritas, a cuya redacción Lenin dedicó tres largos años (1896-1899), dejó las cosas bien claras. El marxismo no sólo se podía “aplicar” a Rusia sino que se “aplicó” de una manera tan magistral que en 1917 condujo al proletariado a la Revolución. Hoy sabemos que los populistas no tenían razón.

Pero aferrarse a esos argumentos “ex post facto” es jugar con ventaja; además de poner las cosas en su sitio, lo cual no es fácil, hay que ponerlas en su época. Una carta de 1877 dirigida por Marx a la revista rusa “El memorial de la patria” trata sobre esto: ¿qué es el marxismo? Afirma que el dirigente populista Mijailovski había “metamorfoseado” su explicación de la génesis del capitalismo en el occidente europeo, convirtiéndola en una “teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino impone a todo pueblo, cualesquiera que sean las circunstancias históricas en que se encuentre”. En otras palabras, los populistas convertían algo histórico en algo suprahistórico.

Los errores de los populistas procedían de dos orígenes distintos: no sólo tenían una concepción distorsionada del marxismo sino que, además, tenían una concepción distorsionada de Rusia, y cuando hoy se leen con un poco de atención esos mismos debates, como el de Anderson, se observa exactamente el mismo error que Marx y Engels observaban en los populistas: son suprahistóricos, es decir, abstracciones, teorías que pretenden suplantar a otras teorías simétricas a ellas. Lo que todas estas teorías tienen en común es que son una exégesis permanente. Están hechas de frases y citas que cuadran casi exactamente con lo que el escritor quiere sostener.

Al leer una obra maestra, como “El desarrollo del capitalismo en Rusia” aparece lo concreto, además de lo abstracto. Más que datos hay detalles. Las publicaciones marxistas son tan exahustivas y minuciosas que al repasarlas un siglo después agobian al lector, como cuando “El Capital” se refiere a los clanes celtas de la alta Escocia, o cuando Lenin dedica un apartado a analizar la orfebrería y la producción de samovares y acordeones en Rusia.

Anderson no habla para nada de acordeones, no habla de nada concreto, no habla de historia sino sobre la historia, después de convertirla en un fantasma. Por ejemplo, larga la siguiente patada: “Un ejemplo común del uso continuado de este modelo unilineal es la máquina de propaganda estatal China, cuando apoda la cultura tibetana como ‘feudal’ y consecuentemente atrasada”. Si los chinos tienen una máquina de propaganda estatal, Anderson tiene el estilo publicitario burgués, que consiste en soltar las frases típicas de los letreros de neón, huérfanas de argumentos, absolutamente vacías, como el resto de su artículo.

Lo de menos es si Anderson tiene razón o no. Lo que es seguro es que no es marxista, lo que se confirma cuando manifiesta las mismas intenciones que Vorontsov en Rusia: conciliar el marxismo con otras corrientes ideológicas, tan oportunistas como él mismo. Es algo típico de quienes no son marxistas, una conclusión que se confirma cuando Anderson busca las diferencias entre Marx y Engels: el primero es multilineal, mientras que Engels cayó en el mismo vicio que la maquinaria de propaganda estatal china.

Un debate o una obra de historia en la que no se habla de cosas como samovares y acordeones podrá resultar interesante, pero no tiene relación con el marxismo. Si además, está repleta de citas de Marx, hay motivos para temer lo peor.

(*) De los ‘Grundrisse’ al ‘Capital’: Temas Multilineales, Marxismo Crítico, 12 de diciembre de 2013, http://marxismocritico.com/2013/12/12/de-los-grundisse-al-capital/

La guerra está cada vez más cerca

El 24 de octubre la revista «Cicero» de Berlín insertó un artículo de Andreas Rinke (*) sobre la vigilancia electrónica de Estados Unidos a los políticos y monopolistas europeos, que expresa la hipocresía continental ante el espionaje a un aliado. ¿Tienen secretos los amigos?, ¿no se fían los europeos de sus aliados? ¿esconden algo a la Casa Blanca?, ¿hay algo de lo que Estados Unidos no se deba enterar?
La amistad es la confianza; el espionaje es la desconfianza. Los amigos se cuentan las intimidades unos a otros espontáneamente. No hace falta vigilarles, y menos a hurtadillas. Si hay secretos es porque los amigos no lo son tanto. Por decirlo de otra manera: si quieres saber los amigos que tienes, enumera los secretos que les cuentas. Si queremos saber los amigos que tiene Estados Unidos, contemos a quiénes vigila y a quiénes no. A sus enemigos les vigila; con sus amigos comparte confidencias. Por lo tanto, tenemos que deducir dos conclusiones. La primera es que si Estados Unidos ha vigilado a Europa (Wikileaks, Snowden, Prism), es porque no prevalece la amistad precisamente. La segunda es que el escándalo que ha organizado la prensa europea (los círculos imperialistas de los que es portavoz) con el asunto es pura hipocresía.
La prensa rusa lo tiene más claro: como Rusia no es precisamente una potencia amistosa hacia Estados Unidos, lo mismo que China, nada de esto les ha sorprendido lo más mínimo. De ahí que su perspectiva sobre el espionaje sea diferente: «A Europa la han puesto en su lugar», titula La Voz de Rusia, quien añade que «los europeos ya no son dueños en su propia casa». Los rusos dicen, además, que Washington no tiene intención de renunciar a lo que califica como un «control total», sobre todo porque invirtieron sumas astronómicas en el espionaje. La vigilancia ha existido, existe y seguirá existiendo, añade un comentarista (28 de octubre). La prensa europea, por el contrario, son unos hipócritas que se rasgan las vestiduras por algo que conocen cabalmente desde hace décadas, mucho antes de los ordenadores e internet.
El control electrónico absoluto de las comunicaciones pone de manifiesto, otra vez, el mito de la neutralidad tecnológica: «los instrumentos no son buenos o malos; depende de cómo se utilicen». Fue un error de moda en los primeros tiempos de internet, cuando la pequeña burguesía intentó recuperar sus viejos sueños de horizontalidad en los que las redes sociales sustituían a las relaciones personales. La realidad iba a quedar engullida por la virtualidad.
El artículo de Rinke va justamente en la línea opuesta y propone una comparación feliz: «Al igual que el primer satélite soviético impulsó a los estadounidenses a salir al espacio, estas revelaciones deben motivar a Europa para subsanar su retraso en las tecnologías de la información».
Pero no es sólo tecnología, ni tampoco retraso exactamente sino algo un poco distinto: al impulsar e imponer el desarrollo de las tecnologías digitales, Estados Unidos tomó la delantera a Europa y por eso monopoliza el tráfico que circula por internet. Lo controla tanto como controlaba antes las comunicaciones vía satélite.
En cualquier país capitalista las comunicaciones son la infraestructura básica del mercado, un sector estratégico. Primero fueron las postas de diligencias, luego los servicios postales y ahora los usuarios postean en los foros. En una guerra no hay bocado más apetecible que el mensajero que lleva el correo, y si los papeles confidenciales no se pueden capturar, se destruyen. Las bombas siempre caen en los nudos de comunicaciones del enemigo, sus estaciones de tren, sus carreteras, sus puertos y sus aeropuertos.
Pero en las guerras, como en todas las demás cosas del mundo, la conciencia marcha con retraso respecto a la realidad presente. Los manuales de Estado Mayor lo expresan diciendo que a ellas los oficiales van con la lección aprendida en la guerra anterior, no con previsiones para la próxima.
Pues bien, no esperes que la siguiente guerra empiece con la invasión de Polonia por una columna de tanques acorazados. Tampoco con un rearme que acumule arsenales de artilugios que quedan obsoletos en muy poco tiempo. Las guerras empiezan cuando los espías se movilizan, observando al enemigo para descubrir sus «verdaderas intenciones» y adelantarse a ellas. La guerra se apoya en la sorpresa. El adversario no va a hacer lo que tú esperas que haga, sino justamente lo contrario. Tu enemigo trata de sorprenderte o, en otros términos: se aprovecha de tu falta de previsión.
Sin embargo, en una guerra no puede haber sorpresas, y la primera sorpresa y, a la vez, la más estúpida es que no esperes su estallido. Cuando logres salir de tu asombro, el enemigo ya te habrá vencido. Tratarás de enviar un mensaje a tu amigo con el móvil para prevenirle y te darás cuenta de que no funciona. Si además te crees la vanguardia de algo, harás el ridículo.
En una guerra el control de las comunicaciones -digitales o no- es el paso previo para su destrucción. Ahora bien, en la actualidad cuando se habla de «destrucción» basta entender «inutilización» en el sentido de que hasta una lavadora tiene en su interior un programa informático para el agua caliente o para lavar en frío, para la ropa blanca o la de color, para el aclarado, el centrifugado, etc. Para destruir una lavadora basta sabotear el sistema informático con el que funciona.
En 2010 Estados Unidos e Israel no necesitaron bombardear las centrales nucleares iraníes para paralizar su funcionamiento. Los drones son ordenadores volantes, los satélites también son ordenadores, los cohetes están teledirigidos y las bombas son «inteligentes». Un componente fundamental de la próxima guerra será, pues, la inutilización de la infraestructura digital del adversario. De ahí que hoy todos los ejércitos imperialistas tengan una división de informática.
Como no le gustaban las sorpresas, Stalin advirtió diez años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, añadiendo que, a diferencia de las anteriores, sería una guerra «de motores». Acertó. Si tú quieres imitarle, adivina si va a estallar otra guerra mundial y en qué se diferenciará de las precedentes. Si quieres imitarle más de cerca, prepárate para ella. No será una guerra informática, pero será un guerra que empiece por la informática.

(*) Andreas Rinke: Der NSA-Skandal hat auch Vorteile, Cicero, Berlín, 24 de octubre de 2013
http://www.cicero.de/kapital/prism-snowden-angela-merkel-merkelphone-deutsche-industrie-nsa-affaere-hat-auch-vorteile-sputnik-schock/56209

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