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El subconsciente anticapitalista

Yago Paris

En una escena del principio de “El circo”, Charlot deambula por una feria, entre atracciones y puestos de comida callejera. Un ladrón ha ocultado en uno de los bolsillos del protagonista, sin que este último se haya percatado, una cartera repleta de dinero que acaba de robar. Cuando el delincuente trata de recuperarla,  un policía lo pilla con las manos en la masa y lo arresta. El agente de la ley le entrega la cartera al vagabundo intrepretado por Charles Chaplin porque cree que le pertenece.

Charlot, un pobre diablo que vive en la calle, es un ser sin maldad que sobrevive gracias a su picaresca —en la escena anterior, preso del hambre, había desarrollado un gag donde se comía el perrito caliente de un niño. Vive de la forma más honrada posible, sin mayor aspiración que encontrar un techo cada noche y alguna migaja que llevarse al estómago. Todo cambia cuando recibe la cartera.

Para tomar conciencia de que ahora posee mucho dinero gracias a un giro del destino, el personaje interpretado por Charles Chaplin sigue el proceso básico del payaso: detenerse ante lo que acaba de suceder, comprenderlo y reaccionar de manera consecuente expresando con total franqueza los sentimientos que le suscita la situación. El vagabundo, que ha vivido toda la escena al lado de un puesto de perritos calientes, cambia de carácter de manera radical, dejando atrás su sonrisa afable y su inofensiva picaresca para dar paso a un estado mental transitorio dominado por el capitalismo.

Se siente un ser superior al resto por tener la cartera llena, con la potestad de maltratar al prójimo. Se gira hacia el dependiente del puesto y, sin dudarlo, comienza a gritarle y a hacer aspavientos, indicándole que prepare una buena tanda de comida. El gag se desarrolla en segundo plano, como si el autor no le prestase especial atención al momento. Rodada con la lejanía del plano americano, la situación termina al instante, como si fuera un mero nexo con el que dar paso a la siguiente escena.

El circo es uno de los muchos ejemplos donde el actor y director inglés mostró su ideología de izquierdas. En este caso, la cinta aborda el mundo del circo, y cómo la parte artística del espectáculo ha sido aplastada por la gestión capitalista, por la cual la disciplina militar y el uso de la violencia contra los artistas están a la orden del día. En su conjunto, el filme se construye como un alegato en favor de la expresión artística entendida como acto puro, espontáneo, que no puede ejecutarse como si de una ecuación matemática se tratase. Aunque loable, parece evidente que la reflexión es un tanto ingenua, o, cuando menos, tremendamente simplista, si lo que se quiere es establecer un retrato veraz de todo lo que implica el arte.

Al mismo tiempo, llama la atención que el gag de la cartera, ese al que el creador apenas ha prestado atención y que para muchos espectadores habrá pasado desapercibido, acabe siendo, por su lucidez y por las múltiples capas de lectura, la mayor crítica al capitalismo que presenta la película. Como si fuera de manera subconsciente, da la impresión de que Chaplin volcó su ideología en ese pequeño gag sin que pareciera que fuera realmente consciente de lo que estaba haciendo.

https://insertoscine.com/2019/03/06/el-subconsciente-anticapitalista/

El capitalismo contra el arte y la cultura

Juan Manuel Olarieta

El paso del feudalismo al capitalismo cambió totalmente la posición social de la intelectualidad y de los productos que elabora en sus diversos campos: música, literatura, pintura… Hasta entonces el intelectual era un criado más de la aristocracia, los reyes, los príncipes y los nobles, a los que las hagiografías describen como “mecenas” y protectores de las artes y las letras.

El capitalismo es un “sálvese quien pueda”, una sociedad diseñada para los triunfadores. El producto de un intelectual se convierte en una especie singular de mercancía que, sin embargo, no es de las que Marx analiza en “El Capital”. Aparecen los “marchantes” que nada tienen que ver con el intelectual sino con su obra. Son los que la compran y venden. Un artista es bueno es bueno si vende mucho y es malo si vende poco, o vende barato, porque el valor de su obra es comercial. Lo dicta el mercado.

El intelectual ya no come la sopa boba. Como todos los demás, tiene que vivir de su trabajo, lo cual está al alcance de muy pocos, por lo que la inmensa mayoría se arruina, vive en la miseria, en los barrios más pobres de las grandes urbes.

Para que los intelectuales puedan vender su cultura (y su incultura), el capitalismo fabrica una de sus grandes entelequias jurídicas, la propiedad intelectual, que es hoy el fundamento de eso que califican como “industria cultural”, cinematográfica, musical, gráfica…

A partir de entonces son muchos los que se escudan en la defensa de la cultura para defender la industria cultural y la propiedad intelectual frente a los piratas y el plagio, no vacilando en imponerles castigos carcelarios.

A eso le llamaron “bohemia” a mediados del siglo XIX, un neologismo acuñado entonces por el francés Henri Murger, autor de “Escenas de la vida bohemia”. Nadie como los propios intelectuales han descrito mejor su vida y la de sus colegas como consecuecia de la penetración del capitalismo en la cultura.

En el siglo XIX la vida del intelectual era igual a la de cualquier artesano arruinado por la industria. Igual de miserable. Un ejemplo es Van Gogh, quien a lo largo de su vida pintó 900 cuadros pero sólo vendió uno de ellos, por más que ahora le califiquen de “genio”.

Las primeras obras de Van Gogh retrataban campesinos, tejedores y mineros. Una de sus primeras acuarelas se titula precisamente “Los pobres y el dinero”.

Las mejores obras de Gorki son autobiográficas, descripciones de un vagabundo que recorre Rusia.

Necesitado de una fuerza de trabajo cualificada, el capitalismo generalizó la enseñanza criando riadas de intelectuales que sobreviven con una dedicación diferente. Aunque para ellos la cultura no es más que un entretenimiento, se consideran su personificación misma. Incluso quisieran vivir de ella (vivir a costa de la cultura), dedicarse plenamente a ella.

Van Gogh retrató a los pobres comiendo patatas en una habitación miserable, como se ve en la imagen de cabecera. La cultura hoy es otra cosa muy diferente: un reflejo de los intelectuales, de la burguesía y la “industria” que la fabrica. Por eso lo que hoy es miserable es la propia cultura: porque refleja la miseria cultural de esa clase social a la que no le interesa el arte sino vivir de él.

Les cuadra como anillo al dedo la descripción que en “Ana Karenina” hizo Tolstoi de Esteban Arkadievich Oblonski, un “progre” de la pequeña nobleza rusa de la segunda mitad del siglo XIX:

“Profesaba firmemente las opiniones sustentadas por la mayoría y por su periódico. Sólo cambiaba de ideas cuando éstas variaban o, dicho con más exactitud, no las cambiaba nunca, sino que se modificaban por sí solas en él sin que ni él mismo se diese cuenta.

“No escogía, pues, orientaciones ni modos de pensar. Antes dejaba que las orientaciones y modos de pensar viniesen a su encuentro, del mismo modo que no elegía el corte de sus sombreros o levitas, sino que se limitaba a aceptar la moda corriente. Como vivía en sociedad y se hallaba en esa edad en que ya se necesita tener opiniones, acogía las ajenas que le convenían. Si optó por el liberalismo y no por el conservadurismo, que también tenía muchos partidarios entre la gente, no fue por convicción íntima, sino porque el liberalismo cuadraba mejor con su género de vida”.

Oblonski, concluye Tolstoi, buscaba “el olvido en el sueño de la vida”.

En su obra “El tejedor en el telar”, pintada en 1884, Van Gogh desdobla la sociedad de su época.
Al fondo, el viejo mundo campesino. En primer plano, el artesano como apéndice humano del telar.

Casi todos los ‘bobos’ votan a Podemos (a diferencia de los ‘bonobos’)

En 2000 el sociólogo estadounidense David Brooks escribió un libro titulado “Los bobos en el paraíso: la nueva clase alta y cómo lo lograron”, en el que sustituye el término “yupi” de los años ochenta por el de “bobo”.Los filólogos que gustan de remontar el Amazonas sabrán que el término “bobo” es más bien de origen francés y que sus primeras huellas se rastrean hasta la novela “Bel-Ami” de Guy de Maupassant, escrita nada menos que en 1885, por lo que la sociología sigue sin descubrir nada nuevo.

El “bobo” es el “pequeño burgués bohemio” cuyo hábitat natural es siempre la capital (Nueva York, París, Madrid). Más aún: es el viejo “burgués gentilhombre” de Molière, aquel que hablaba en prosa sin saberlo.

Quizá el “bobo” de hoy tenga un poco más de cultura; quizá sea precisamente un “cultureta”, ese tipo de esponja que absorbe y exuda la ideología dominante a través de los nuevos medios digitales, desde los videojuegos hasta YouTube. Es un gilipollas que ha pasado por la universidad y casi seguro que tiene un máster de esos que se venden  y se compran a precio de oro.

“Económicamente está a la derecha e ideológicamente a la izquierda”, dice un experto, en referencia a “la izquierda caviar”, exquisita, ese conglomerado de intelectuales que resumen lo que la contracultura ha impuesto como menú políticamente correcto y saludable: feminista, ecologista, “gay friendly”, animalista, vegano…

El “bobo” es enemigo del menú del día, alguien que se puede permitir el lujo de elegir y luego pagar la cuenta.

Una subespecie del “bobo” es el “lili” (liberal libertario) en donde la “nueva izquierda” que arrastra los pies desde mayo del 68 converge con “la ultraderecha”. Son los “ex” frustrados y fatigados, que reniegan de sí mismos, aunque no lleguen a los extremos de Sánchez Dragó o Paco Frutos. Ya no son lo que fueron. Es posible que no sean nada, pero otros más jóvenes han tomado el relevo de esa nada.

Desde Rousseau, la pequeña burguesía es el patrón de la clase media y, por extensión, de un país o de una época. El “pequebús” es la vara de medir, sobre todo en el terreno ideológico, donde la prensa sepia y las altas finanzas no tienen nada que decir. Al contrario. Los llamados “líderes de opinión” son los “bobos”.

Tienen mucho en común con el “burgués gentilhombre” de Molière. No es que aparenten algo que no son sino que no aparentan lo que son. De ahí que hayan abandonado su universo provinciano para “gentrificar” los barrios del centro de la gran capital, donde conviven de manera cosmopolita con los ancianos al borde del desahucio y los pakistaníes que reparan móviles.

Los anglosajones tienen una batería de expresiones para referirse a ellos: liberal de limusina, socialista champán, “dink” (dos sueldos y sin hijos)… Además de invadir los barrios más castizos, se han apoderado de la gastronomía popular y quieren pagar la cuenta con tarjeta de crédito, aunque eso no es lo peor: antes la cuenta dependía de la cantidad de comida, mientras que ahora es “degustación”, o sea, que pagamos más cuanto menos comemos.

En los ochenta los “yupis” votaban al PSOE. ¿A quién votan hoy los “bobos”? ¡Joder!, ¡vaya pregunta! ¿A quién va a ser? ¡A Podemos! Para tener una imagen exacta de un ”bobo“ no hay más que mirar una foto de Pablo Iglesias, Íñigo Errejon y similares. Son de esos que te los imaginas yendo en bicicleta a la oficina, por mucho que haga un frío del carajo. Pero, ¿hay algo en este mundo peor que la emisión de gases de efecto invernadero?

En las tabernas ya no se puede fumar. Si pides un vino te preguntan si quieres un reserva cosecha de 1998. En los restaurantes tampoco ponen cuchara sobre el mantel. Se acabaron los platos de oreja, riñones o gallinejas. Los clientes son posmodernos, bien afeitados y con gomina en el flequillo. No ves a nadie metiéndose un palillo entre los dientes. Están hipnotizados por su móvil.

Ese paisaje urbano demuestra que, en contra de lo que opinan los sociólogos, los “bobos” no son una clase social sino una tribu urbana, un modo de vida creado por lo que hoy se llaman “comics” y antes tebeos. La realidad imita al arte. A los “bobos” la infancia les dura más tiempo porque pasan el rato entre juguetes y videojuegos.

(Este artículo sobre los “bobos” continuará porque ahora me tengo que ir al foro, pero os prometo que próximamente hablaremos de otra categoría sociológica diferente, los “bonobos”, que son aquellos “burgueses no bohemios”. ¿Os habíais creído que la lucha de clases era algo simple o qué?)

Más información:
– Fascismo y ultraderecha: un fenómeno que no se mide con la vara LGTBI
– La degeneración política del eco-pacifismo

Un club de fútbol inglés homenajea a las Brigadas Internacionales que combatieron al fascismo en España

Un modesto club de fútbol inglés, el Clapton Community FC, ha conmemorado el 80 aniversario de la disolución de las Brigadas Internacionales, en las postrimerías de la Guerra Civil española, con una camiseta antifascista que homenajea a la II República española y a las propias Brigadas Internacionales.

“En la conmemoración del 80 aniversario del final de la Guerra Civil española, nuestra segunda equipación (la primera es rojiblanca) está inspirada en la bandera de la República española y adornada con la estrella de tres puntas de las Brigadas Internacionales, que viajaron a España para intentar frenar la marea fascista”, ha anunciado el club en su página web.

Agrupados en las Brigadas Internacionales, más de 35.000 jóvenes voluntarios, hombres y mujeres, de 53 Estados –entre ellos, Reino Unido– acudieron a España entre 1936 y 1938 en auxilio del Gobierno legítimo de la II República –atacado por el golpe de Estado franquista apoyado por nazis alemanes y fascistas italianos– y de los pueblos de España, amenazados por el fascismo español e internacional. En un caso de solidaridad internacional inédito en la historia, aquellos voluntarios llegaron a España dispuestos a dar su vida por la libertad y contra el fascismo, y más de 9.000 de ellos acabaron dándola.

Según datos de la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales, más de 8.900 brigadistas procedieron de Francia, más de 3.100 de Polonia, más de 3.000 de Italia, más de 2.300 de Estados Unidos, más de 2.200 de Alemania, más de 2.000 de los países balcánicos, más de 1.800 de Reino Unido, más de 1.700 de Bélgica, más de 1.000 de la antigua Checoslovaquia… La mayoría de ellos procedían de organizaciones políticas o sociales de izquierdas –fundamentalmente, comunistas–, y la primera operación en la que participaron fue la defensa de Madrid, tanto en los combates de la Casa de Campo como en los de la Ciudad Universitaria. El Clapton los homenajea ahora con su segunda camiseta, tricolor como la bandera de la II República y que en la parte posterior del cuello incluye las palabras “No pasarán”, precisamente el lema con el que la II República resistió durante meses el asedio fascista sobre la ciudad de Madrid.

Según ha informado el club inglés, la camiseta está producida por el fabricante italiano Rage Sport “con material procedente de compañías que pagan a sus trabajadores de una forma justa y adecuada” y las de todas las tallas están a la venta en su propia web al precio de 25 libras esterlinas, es decir por algo menos de 28 euros, frente a los casi 90 que cuesta la del Real Madrid, los 85 de la del FC Barcelona o los 65 euros de la del Racing de Santander.

El Clapton Community FC es un club amateur del barrio londinense de Forest Gate conocido por la ideología de izquierdas de sus aficionados y por sus iniciativas sociales y compite en la Essex Senior League, una de las categorías regionales del fútbol inglés. La junta de aficionados que dirige el club sometió a votación el diseño de la segunda equipación, y resultó elegida la elástica antifascista que conmemora los 80 años de la disolución de las Brigadas Internacionales.

“Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras,
una esparcida frente de mundiales cabellos,
cubierta de horizontes, barcos y cordilleras,
con arena y con nieve, tú eres uno de aquéllos”

Miguel Hernández: Al soldado internacional caído en España, 1938.

https://www.eldiariocantabria.es/articulo/memoria/club-futbol-ingles-conmemora-80-anos-disolucion-brigadas-internacionales-camiseta-homenajea-ii-republica-quienes-viajaron-espana-intentar-frenar-marea-fascista/20180827194120049691.html

El trabajo de difusión ‘cultural’ de la CIA contra la URSS durante la Guerra Fría

El Washington Post acaba de descubrir ahora (*) que la CIA publicó y distribuyó la novela épica de Boris Pasternak, Doctor Zhivago, para socavar a la URSS, pero para los historiadores de la Guerra Fría y los que vivían al otro lado del Telón de Acero, es una noticia muy vieja.

Desde su mismo origen en 1947 la CIA comprendió que para derrocar a la Unión Soviética, además de bombas, eran necesarias pinturas, sinfonías y prosa.

A finales de la década de 1940, en el apogeo de la Guerra Fría, la CIA empezó a darse cuenta de que la Revolución de Octubre había conquistado a muchos artistas, escritores y científicos de Europa Occidental.

En 1950 creó el Congreso para la Libertad de la Cultura con el objetivo de socavar el prestigio de la URSS y ganar los corazones y las mentes de los intelectuales progresistas europeos.

La intelectualidad europea sabía que Estados Unidos era una sociedad capitalista, comercial y filistea que carecía de una tradiciones culturales, lo que Hugh Wilford, autor de varios libros sobre operaciones secretas de la CIA durante la Guerra Fría, califica como “prejuicios culturales antiamericanos”.

Los libros eran un arma y “Doctor Zhivago” fue sólo uno de los que fueron subsidiados. Sus autores fueron promocionados a lo más alto, alcanzado el Premio Nobel de Literatura gracias al espionaje, mientras vetaban a otros novelistas, como Gorki.

“Creo que ‘Archipiélago de Gulag’ fue aún más importante que ‘Doctor Zhivago’, como ejemplo de propaganda exitosa desde el punto de vista estadounidense”, dice Serguei Jruschov, hijo del ex primer ministro soviético y miembro del Instituto Watson de Estudios Internacionales de la Universidad de Brown.

Jruschov se refiere a la novela histórica del Premio Nobel Alexander Soljenitsin, que estuvo preso en un campo de trabajo soviético y en su novela detalla la vida dentro de las cárceles.

“Y también diría que las ‘Veinte cartas a un amigo’ de Svetlana Alliluyeva [la hija de Stalin] fue la más dolorosa en la época de Brezhnev”, añade Jruschov. A Svetlana le pagaron casi un millón de dólares por su novela.

“Conseguir esos libros en la Unión Soviética era relativamente fácil”, dice Jruschov. “A la gente de la embajada estadounidense [en Moscú] le gustaba conocer a artistas y periodistas y, por supuesto, les hablaban de las llamadas ‘artes no oficiales’ en la Unión Soviética, cuando se hablaba de escultura, pintura, música, escritura y normalmente distribuían libros y panfletos al pueblo soviético”, dice Serguei Kruschev.

“Era ilegal en ese momento, pero en realidad todos sabían que lo estaban haciendo”, añade.

El Congreso para la Libertad de la Cultura financió numerosas revistas literarias y culturales, incluyendo la revista británica “Encounter” y, con pleno conocimiento de causa, la “Revue de Paris”.

Fue la sombra detrás de conciertos patrocinados, como la actuación de una orquesta sinfónica de Boston en abril de 1952 en un festival de música en París.

La elección de la música para la interpretación no es casual. La CIA coronaba a Igor Stravinsky, uno de los compositores más famosos de su tiempo y crítico declarado de la URSS.

La CIA incluso financió la versión animada de “Rebelión en la granja” de George Orwell.

Para financiar estas actividades, la CIA lavó dinero en secreto a través de una variedad de organizaciones culturales en América y Europa.

En la Unión Soviética se consideraba que el denominado “arte moderno” reflejaba la decadencia de la burguesía occidental y muchos artistas huyeron, entre ellos Vasili Kandinsky y Mark Rothko.

La CIA gastó millones de dólares para subsidiar el movimiento artístico neoyorquino de los años 50 conocido como “expresionismo abstracto”, un estilo de pintura practicado por Rothko y Jackson Pollack, artistas poco apreciados por los estadounidenses de aquella época.

El espionaje les apoyó, organizando exposiciones de pintura por toda Europa y les ayudó a difundir el “arte abstracto” como una tendencia mundial.

La difusión del expresionismo abstracto ayudó a que la intelectualidad europea progresivamente pasara a inclinarse del lado del imperialismo durante la Guerra Fría, afirma Hugh Wilford, profesor de historia en la Universidad pública de California.

Hoy en día, es difícil imaginar a los maestros de espías americanos como mecenas del arte, pero “en aquel momento había algunos tipos bastante sofisticados navegando por la CIA”, dice Wilford.

“Probablemente apreciaban el papel de los mecenas culturales porque habían sido formados en una especie de escuela preparatoria, las clases de Ivy League de las que formaban parte personas como Nelson Rockefeller y [el editor del New York Herald Tribune] John Hay Whitney”.

«Así que era lógico que esta organización, entonces bastante aristocrática, la CIA, hiciera esto», dice Wilford.

El Congreso para la Libertad de la Cultura, que llegó a tener oficinas en 35 países y cerca de 300 empleados, fue clausurado en los años sesenta.

(*) http://www.washingtonpost.com/world/national-security/during-cold-war-cia-used-doctor-zhivago-as-a-tool-to-undermine-soviet-union/%2f2014%2f04%2f05%2f2ef3d9c6-b9ee-11e3-9a05-c739f29ccb08_story.html

Más información:

– El colonialismo ideológico de la posguerra
– La CIA estudia a los teóricos franceses: cómo desmantelar a la izquierda cultural
– A la CIA siempre le gustaron más los intelectuales de la ‘nueva izquierda’
– Bajo los adoquines ya no hay arena de playa
– El expresionismo abstracto
 

Bein Sports padece la mayor operación de sabotaje de la historia de la televisión

La cadena de televisión Bein Sports, propiedad de Qatar, posee en exclusiva para Oriente Medio los derechos de retransmisión de los partidos del Mundial de Fútbol que se celebrará en Rusia dentro de muy pocos días.

La cadena qatarí está siendo objeto de ataques piratas desde Arabia saudí que desvían la señal de televisión (1). La señal pirata la transmite el proveedor de satélites Arabsat, con sede en Riad, cuyos principales accionistas son los jeques saudíes.

Desde agosto de 2017 en Arabia saudí los partidos de Bein Sports se emiten en una cadena de televisión pirata llamada BeOutQ, que se puede interpretar como “Fuera Qatar”.

Es la mayor operación de sabotaje de la historia de la televisión, un robo multimillonario en el que se han invertido importantes recursos y conocimientos industriales. Desconocida hasta entonces por el panorama televisivo local, BeOutQ se ha hecho un hueco en el universo mediático de Oriente Medio reproduciendo la misma señal que Bein Sports pero con diez segundos de retraso.

Poniendo su logotipo BeOutQ sobre el del grupo qatarí, los piratas del Golfo pretenden socavar el monopolio deportivo qatarí en un momento eminentemente delicado, como es la Copa del Mundo de fútbol en la que compiten cuatro equipos árabes (Marruecos, Arabia saudí, Túnez, Egipto).

Los índices de audiencia se van a disparar y como la suscripción a la cadena pirata cuesta sólo 107 dólares al año, Bein Sports tendrá una considerable pérdida de ingresos.

Es otro reflejo más de la crisis interna que desde el año pasado sacude a los países del Golfo Pérsico, que también alcanza a los campos de fútbol.

Arabia saudí, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Egipto tratan de aislar a Qatar y, según el sitio web de noticias suizo The Local (2), han solicitado a la FIFA que revoque la decisión tomada en Zurich en diciembre de 2010 de concederle la organización de la Copa Mundial de Fútbol de 2022.

Este nuevo conflicto llega casi un año después de que Riad impusiera un bloqueo a Qatar y destruyera el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).

El Ministro de Asuntos Exteriores de Emiratos Árabes Unidos, Anwar Gargash, ha admitido que la crisis actual podría terminar tan pronto como Doha se retirara de la Copa Mundial dentro de cuatro años.

El fúbol y su maná están en peligro y Washington ha tenido que incluir a Arabia saudí en la lista negra de países infractores de los derechos de propiedad intelectual. Es la primera vez en una década.

(1) http://www.middleeasteye.net/fr/opinions/comment-l-arabie-saoudite-souhait-pi-ger-bein-sports-687240303
(2) http://www.lefigaro.fr/flash-actu/2017/07/16/97001-20170716FILWWW00030-qatar-ses-adversaires-demandent-son-retrait-du-mondial-2022.php

El casoplón del Príncipe

Rebeca Quintans

Hace casi 20 años, a finales de 1999 se desvelaron los planes para la construcción del “casoplón” del entonces príncipe Felipe de Borbón. Fue gracias a investigaciones periodísticas que se empezaron a conocer detalles, como que costaba 705 millones de pesetas (unos 4 millones y medio de euros), y produjo una conmoción en la opinión pública. Pero no sólo por el dinero, sino por lo que representaba, simbólicamente, con respecto a la personalidad y estilo de vida del heredero de una institución simbólica.

“Hay millones de jóvenes a los que les extraña que la principal promoción pública en vivienda haya sido una residencia de más de 700 millones de pesetas en la Zarzuela”, dijo Gaspar Llamazares, entonces líder de Izquierda Unida. “Parece como un mesón de carretera. Es una muestra de la incultura de la Casa Real, que debería asesorarse adecuadamente”, sentenció el arquitecto Ricardo Aroca. “¡Queremos un pisito como el del principito!”, gritaron en las calles los jóvenes condenados a no poder independizarse de sus padres.

Felipe, que por entonces estaba en la treintena y soltero, era el único con casa propia de los 10 herederos de las casas reales europeas, y quedó retratado como un niño pijo que quería vivir como un rey ya antes de serlo. No eran para menos detalles como los 110 metros reservados para el dormitorio principal, o la piscina de diseño de 180 metros de doble figura geométrica (un rectángulo de 15 metros de largo unido a un círculo de 10 metros de diámetro).

Visible por su altura desde la construcción principal de la Zarzuela (a un kilómetro de distancia), en sus cuatro plantas, el palacio reunía todo lo necesario para varias familias completas: once dormitorios, nueve baños, seis aseos, seis cuartos de servicio, tres salas de estar, una sala de espera, cuatro despachos, dos salas de audiencia, dos salas de consejo, un comedor, una terraza, tres offices, una cocina, cuatro vestidores, cuatro vestuarios, tres ascensores, una cava, una despensa, un muelle de carga, una buhardilla, dos salas de máquinas y 20 plazas de garaje (aunque los empleados deberían emplear un parking exterior). Siguiendo el patrón inglés de “arriba y abajo”, el servicio se situó en el sótano (900 metros cuadrados); los controles de seguridad y salas de audiencias, en la planta baja; la zona más íntima y familiar, en el primer piso. En la buhardilla, la zona más misteriosa de la casa: un loft de 600 metros cuadrados, bien iluminado por unas ventanas encastradas entre las tejas, para uso exclusivo y confidencial del principito, ahora rey. Nunca se informó de su función ni de su decoración: un gimnasio, una sauna, un calabozo sexual… Chi lo sa?

Hace casi 20 años que nos escandalizamos por este canto a la libertad, al derecho a la intimidad y a vivir como quisiera, del principito; pero el tiempo, el implacable, el que pasó… parece no haber dejado una huella demasiado triste. En España el poder aguanta los vendavales políticos resistiendo, aferrándose a la silla mientras espera a que los que vociferan se agoten en el intento, sencillamente… Y les funciona. Otra crisis superada. Siempre ganan. Gran parte de la nueva izquierda política, que sólo ve en Felipe a un hombre agradable y muy preparado, ya no se indigna con estas cosas de pijo, siempre que no se le pille robando ni se salga de madre en los límites de su papel de árbitro protector de los valores constitucionales. El casoplón y otras manías del rey pasan tan desapercibidas como su afición a la caza y su creciente lista de amigotes imputados. ¿Por qué será? ¿Ya no está mal visto ser un pijo?

‘El Real Madrid ha sido siempre tan poderoso por estar al servicio de la columna vertebral del Estado’

Agustín Monzón

Cuando Santiago Bernabéu murió, el 2 de junio de 1978, daba ya nombre al estadio del club que había presidido durante casi 35 años y al que había llevado a convertirse en el equipo más laureado del panorama futbolístico mundial. Si el Real Madrid era entonces leyenda viva del fútbol internacional se debía, en gran medida, a la labor de aquel hombre nacido en Almansa, de escasa significación política o económica, que había empeñado la mayor parte de su vida en engrandecer unos colores que se enfundó por primera vez siendo un niño.

Según se recoge en el Libro de Oro del Real Madrid, publicado en 1952, con motivo de los 50 años de la entidad, Santiago Bernabéu “es para el Real Madrid como para España fue Felipe II: su mejor rey”. Un monarca que, sin embargo, hasta ese momento, apenas había cosechado éxitos deportivos desde su llegada a la presidencia del Real Madrid, en septiembre de 1943.

El equipo cuyos mandos asumió Bernabéu era un proyecto deshecho. Tras protagonizar una etapa prometedora entre 1931 y 1936, coincidiendo con el régimen republicano, “el Real Madrid sufrió especialmente las repercusiones negativas de la Guerra Civil; el conflicto bélico le partió por el eje”, apunta el profesor Ángel Bahamonde en su obra El Real Madrid en la historia de España, en la que explica que el equipo blanco “se enfrentó a una especie de hora cero en abril de 1939; sin dinero, sin plantilla, sin directiva, sin socios y con el estadio seriamente dañado, y bajo sospecha política”. Los primeros años bajo el nuevo régimen supondrían poco más que un mero ejercicio de supervivencia.

Por eso resulta especialmente meritorio el envidiable palmarés que los madridistas lucían al término del mandato -y de la vida- de Bernabéu. Un éxito que se había fraguado, casi desde cero, en pleno franquismo, una coincidencia temporal que durante mucho tiempo, y aun hoy, ensombreció los méritos del club, denostado bajo la etiqueta de “equipo del régimen”.

A lo largo de su vida, el histórico dirigente blanco combatió con contundencia estas acusaciones. “Eso es mentira. Jamás hemos tenido influencia con los políticos. Ni con Franco. A ver, ¿qué nos ha dado? Ni una sola peseta. Lo que pasa es que los hijos de puta, que también son criaturas de Dios, cada año abundan más”, llegó a decir una vez muerto el dictador.

Lo cierto es que Bernabéu podía aducir no solo una larga serie de desencuentros con los responsables del deporte durante el régimen franquista, también famosos encontronazos con relevantes personalidades del régimen (llegó a vetar la entrada al estadio al general José Millán-Astray) y, sobre todo, la falta de apoyo público en algunos movimientos clave en su gestión: la construcción de un nuevo estadio, al poco de asumir la presidencia, y el intento en 1973 de recalificar los terrenos donde se levantaba el Santiago Bernabéu, una operación con la que trataba de obtener fondos suficientes para recuperar la hegemonía europea.

Pero nada de esto implica que las relaciones entre el Real Madrid y el régimen fueran siempre tirantes. Al contrario. Por momentos la armonía entre el uno y el otro fue muy estrecha. Como reconocería el propio Raimundo Saporta, mano derecha de Bernabéu en la directiva, “el Madrid ha sido siempre tan poderoso por estar al servicio de la columna vertebral del Estado”.

Son, no obstante, los éxitos del Real Madrid los que empujan al régimen a buscar una relación más estrecha con el conjunto blanco, más que lo contrario. Así el diario El País publicaría, el mismo día del entierro de Bernabéu, que “más que ser el Madrid el equipo del régimen y Bernabéu un hombre apoyado por éste, como se ha dicho, fue el régimen el que se favoreció de la tarea de Bernabéu”.

A medida que las victorias del Real Madrid en las competiciones europeas aumentaban su prestigio internacional, el régimen franquista vio en el club blanco una eficaz máquina de propaganda que no se podía desaprovechar. “Al régimen le vino muy bien encontrar un club que paseara en triunfo el nombre de España por medio mundo y, por ello, además de utilizarlo, le prestó apoyo en ocasiones”, observa Julián García Candau en el libro Bernabéu, presidente.

Pero Bernabéu no contó con ningún respaldo institucional en el momento de poner los cimientos del Real Madrid legendario que legaría en el momento de su muerte. Pieza clave fue la construcción del nuevo estadio, en un Paseo de la Castellana aún en vías de desarrollo, que favoreció un espectacular auge del número de socios (de 15.000 en 1946 pasaría a 46.000 solo dos años después), y de las recaudaciones, base fundamental en aquella época del poderío económico de los clubes de fútbol.

Aquel estadio inaugurado a finales de 1947, con capacidad para más de 100.000 espectadores (la mayoría de pie), y sufragado mediante la emisión de obligaciones de deuda -el sorprendente respaldo de la afición, pese a la escasez de éxitos deportivos resultó fundamental-, dispararía los recursos en manos del club a un nivel sin parangón en España y al que solo podían aproximarse los grandes clubs de Italia e Inglaterra.

Sin este movimiento sería difícil explicar los grandes fichajes de la década de los 50, como los de Alfredo Di Stefano, Paco Gento, Raymond Kopa o Ferenc Puskas ni, por supuesto, la hegemonía alcanzada en Europa, con la obtención en cinco años consecutivos de la recién inaugurada Copa de Europa.

Precisamente, fue Bernabéu uno de los grandes impulsores de aquel torneo, ideado por varios redactores del periódico galo L’Equipe, al comprender que podía ser una ocasión ideal para poner de relieve el poderío del Real Madrid. El acierto de aquella decisión quedó pronto patente. “Los triunfos en las primeras cinco copas de Europas repercutieron directamente en la trayectoria del Real Madrid y en todos los órdenes de su actividad, hasta convertirlo en el principal referente de la modernidad futbolística a escala mundial”, considera Bahamonde.

El camino del éxito

El camino hasta aquel éxito no había resultado nada sencillo. “Bernabéu había elaborado un proyecto de enormes dimensiones que parecía utópico a la altura de 1944, pero en el que creyó con firmeza y que repetía machaconamente”, afirma el catedrático de la Universidad Carlos III, quien añade que el almanseño tenía “ suficiente personalidad, voluntad y capacidad de trabajo para llevar las riendas del equipo, así como suficiente generosidad y cercanía para suscitar afectos, un sentido muy desarrollado de la fidelidad y una gran capacidad de liderazgo y de autoridad para el ejercicio del poder”.

Las tres décadas y media de Bernabéu al frente del Real Madrid estarían marcados por el carácter presidencialista de su sistema de mando, en el que reservaba para sí el valor representativo y simbólico del club, al tiempo que también fijaba las grandes líneas de actuación y no dejaba de participar muy directamente en decisiones deportivas, como los fichajes. Incluso, en ocasiones, bajaría hasta el vestuario para alentar a sus jugadores con discursos encendidos que serían bautizados como “santiaguinas”.

De él diría la revista Triunfo que “dirigió los destinos del Real Madrid, como Franco, caudillo invicto, ejerció los de España”, y el periodista Francisco Cerecedo señaló que había “conseguido que su liderazgo sea indiscutible y que toda disconformidad con su gestión sea identificada como un ataque a las más profundas esencias del club”.

Como es lógico, no todos los que le conocieron guardaron un recuerdo afable de él y el periodista Gregorio Morán lo definiría como “brutal y grosero, se consideraba imprescindible como un caudillo, y como buen caudillo no permitía que nadie que no fuera él afectara a sus súbditos. Nadie tan arrogante como él”.

Poco importaban sus defectos y sus fracasos -porque lo cierto es que el glorioso ciclo de la segunda mitad de los 50 ya no tendría igual en los años posteriores- a una hinchada que veía en él al hombre que había hecho resurgir al Real Madrid de sus cenizas y lo había proyectado a lo más alto del fútbol mundial.

Por eso, con su muerte, el madridismo pudo experimentar una inquietante sensación de vacío. Saporta, su fiel escudero durante tantos años, auguró entonces que “después del mito viene la nada”. Pero el mito nunca se marchó.

https://www.elindependiente.com/tendencias/2018/05/25/santiago-bernabeu-caudillo-futbol-forjo-imperio/


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El franquismo contra la cultura: la quema de libros en la España más negra (1936–1939)

Cuando se habla de quema de libros en el siglo XX, la imagen que suele venir a la retina es la Beberplatz de Berlín el 10 de mayo de 1933, escenario de una gran hoguera en la que ardieron miles de ejemplares de obras consideradas “antialemanas”. Ni que decir tiene que, a lo largo de la historia, ha habido muchos otros episodios de fuego purificador, desde el incendio de la biblioteca de Alejandría pasando por la quema de libros de Confucio en China durante la dinastía Qin, o el auto de fe de octubre de 1861 en Barcelona en el que fueron pasto de las llamas 300 volúmenes espiritistas, por citar solo tres de ellos. Menos conocido es el hecho de que, desde el golpe de julio de 1936 hasta el final de la guerra, numerosas piras se encendieron en las ciudades y pueblos de la España nacional en las que ardieron gran número de publicaciones tildadas de “antiespañolas” y “envenenadoras del alma popular”.En los primeras días del conflicto no se habían dictado todavía órdenes por parte de los nuevos gobernadores civiles sobre la prohibición de la literatura disolvente, pero el modus operandi de los sublevados incluía siempre la destrucción del “material peligroso” que constituían determinadas obras. Así, a la entrada de las fuerzas requetés en varias localidades de La Rioja, lo primero que hicieron fue depurar las bibliotecas y quemar los archivos de las distintas sedes sindicales, donde se suponía que existía “literatura perniciosa”.

En Córdoba, ya el 19 de julio una de las prioridades de los sublevados era también la limpieza de librerías y kioscos como lo señalaba el Jefe de Orden Público y teniente general de la Guardia Civil Bruno Ibáñez Gálvez en una nota publicada por el ABC de Sevilla el 26 de septiembre:

“En nuestra querida capital, al día siguiente de iniciarse el movimiento del Ejército salvador de España, por bravos muchachos de Falange Española fueron recogidos de kioscos y librerías centenares de ejemplares de esa escoria de la literatura que fueron quemados como merecían. Asimismo, muy recientemente, los valientes y abnegados Requetés realizaron análoga labor, recogiendo también otro gran número de ejemplares de esas malditas lecturas que deben desaparecer para siempre del pueblo español”.

En Palma, el primer día del golpe, el 19 de julio de 1936, según testimonio del cenetista Manuel Pérez (Osuna, Sevilla, 1887–Río de Janeiro, 1964), atrapado en la isla con motivo del congreso constituyente de la regional de la CNT en Baleares, los sublevados actuaron de forma similar:

“Ocupados los centros oficiales donde los rebeldes no hallaron la menor resistencia, se inició el asalto a las organizaciones obreras y a los locales donde tenían su residencia las agrupaciones de izquierdas. Nada escapó a la furia vandálica de las hordas fascistas. Después de destrozarlo todo: muebles, cuadros, instrumentos de trabajo, etc., recordando los autos de fe de la Santa Inquisición, hicieron hogueras con los libros que encontraron en las bibliotecas”.

La aversión a los libros llegó hasta extremos delirantes como recoge Josep Massot i Muntaner en Cultura i vida a Mallorca entre la guerra i la postguerra (1930–1950), (Abadia de Montserrat, 1978):

“L’odi contra els llibres m’ha estat confirmat per un testimoni de primer ordre: a Inca, per exemple, foren cremades totes les obres en català d’una biblioteca pública –entre les quals el primer volum del Diccionari Català–Valencià–Balear– i la biblioteca pública circulant de Sencelles –prou considerable– fou assaltada i, després de fer un caramull amb els llibres hom hi defecà al damunt”.

Por esas mismas fechas, en la localidad abulense de Barco, los libros de la Agrupación Socialista, los de la Sociedad de Oficios Varios y los de la Agrupación de Trabajadores de la Tierra “fueron destruidos por las Milicias a su llegada a esta localidad en los preliminares del Glorioso Movimiento Nacional”.

En Soria, el jefe de la Biblioteca Pública de la ciudad castellana, refiere, según José Andrés de Blas y Fernando Larraz en la primera entrega de “La Guerra Civil española y el mundo del libro. Censura y represión cultural (1936–1937)” que “en los primeros días del Movimiento Nacional, se dispuso la recogida inmediata de los pocos ejemplares que, sin destruir, quedaban en esta plaza, ya que, al pasar por Soria, la columna de requetés del general Mola, prendió fuego a los libros que había en un kiosco dedicado a dicho comercio y los que fueron recogidos después sufrieron la misma suerte en una dependencia de este Gobierno Civil”.

En la localidad cacereña de Herrera de Alcántara tuvo lugar una “expurga” de obras en la Biblioteca Municipal “verificada en los primeros días del Movimiento Glorioso” en la que se quemaron los libros considerados como literatura disolvente, según informó el consistorio del pueblo al Ministerio de Educación Nacional cuando este asumió las competencias en materia de bibliotecas.

En Córdoba se quemaron los libros de segunda mano de los puestos de la plaza de la Corredera como cuenta el escritor y abogado Carmelo Casaño Salido en su libro Nuestra ciudad (apuntes del recuerdo y las cosas) (Delegación de Cultura, Ayuntamiento de Córdoba, 1984):

“Un día desaparecieron los libros. Los compraron al peso y se los llevaron a Las Tendillas, para quemarlos, porque estaban celebrando las Misiones. La tarde de aquel domingo, después del sermón de un jesuita con bonete, ardieron, crepitando, los viejos libros que dormían en la Corredera. Definitivamente murieron todos: el Ars Amandi y La vida de San Esperanto. Él echó en la pira dos novelas de Hugo Wast, y todavía le duele la mano cuando lo recuerda”.

La censura de libros quedó bajo control militar en las primeras semanas de la guerra. De hecho muchos títulos incautados, que no fueron quemados, también fueron custodiados por las autoridades militares. El bando del 28 de julio de 1936, que declaraba el estado de guerra, imponía la censura previa de todo impreso o documento destinado a la publicidad o difusión. Posteriormente, la censura se estableció por orden del 29 de mayo de 1937 aunque se tendría que esperar hasta el 23 de abril de 1938 para su regulación con la Ley de Prensa, impulsada por Ramón Serrano Suñer y que tenía como objetivo que los españoles leyesen “noticias basadas exclusivamente en la verdad y en la responsabilidad”. Esta era la “noble idea” de la que debía impregnarse toda la prensa.

El periódico Arriba España de Pamplona en su primer número del 1 de agosto incitaba a la destrucción de libros en estos términos: “¡Camarada! Tienes obligación de perseguir al judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas, ¡Camaradas! ¡ Por Dios y por la patria!” Su director era el clérigo falangista Fermín Yzurdiaga, que acabaría siendo Jefe Nacional de prensa y Propaganda.

La diatriba del órgano oficial de Falange Española en Navarra fue seguida al pie de la letra por los soldados requetés que ocuparon Tolosa, el 11 de agosto. Los franquistas apilaron en la plaza Zaharra de la localidad guipuzcoana los libros de la imprenta de Ixaka López Mendizábal, los volúmenes en euskera de la biblioteca municipal, los de las escuelas y los quemaron.

El 14 de agosto los soldados del coronel Yagüe entran en Badajoz y, según informaba el Jefe de la Biblioteca Provincial de la capital pacense, a requerimiento de Javier Lasso de la Vega al hacerse cargo de la Jefatura de Archivos y Bibliotecas, organismo creado a fines de marzo de 1938:

“Pocos días después de conquistada esta capital por las tropas nacionales, se realizó, por elementos heterogéneos afectos al movimiento, una visita de inspección y requisa por todas las librerías y kioscos en los que se recogieron cuantos libros de carácter extremista y pornográfico fueron hallados y se reunieron en la Oficina de Censura Militar donde una vez comprobada la tendencia perniciosa fueron condenados al fuego”.

La primera gran quema pública se produjo, sin embargo, en La Coruña el 19 de agosto de 1936. Más de 1.000 libros ardieron en varias hogueras en la dársena del puerto de la ciudad gallega, frente al Club Náutico. Se trataba de obras de autores como Blasco Ibáñez, Ortega y Gasset, Pío Baroja o Miguel de Unamuno junto a la biblioteca personal del diputado de Izquierda Republicana y presidente del Consejo entre mayo y junio de aquel año, Santiago Casares Quiroga (La Coruña, 1884–París, 1950) y la del centro de estudios sociales “Germinal” de la urbe coruñesa.

El acto presidido por un sacerdote apellidado Maseda (que hizo la selección de volúmenes a incendiar) fue recogido en el periódico El Ideal Gallego el 19 de agosto:

“A orillas del mar, para que el mar se lleve los restos de tanta podredumbre y de tanta miseria, la Falange está quemando montones de libros y folletos de criminal propaganda comunista y antiespañola y de repugnante literatura pornográfica”.

En Galicia también se incautaron los bienes de la sociedad “Alianza Republicana” de Carballo, en La Coruña, cuya documentación se conserva. Se decomisaron en los locales el Reglamento de la Sociedad y el Libro de Actas. El gobernador civil dispuso la destrucción del material confiscado con estas palabras: “Debo manifestarle que procede sean quemados los libros y demás documentos incautados y los fondos que existan deberán remitirlos a esta Delegación”.

La inquina en contra de las lenguas no castellanas provocó el asalto y la quema de los libros de la editorial gallega Nós y su director, Anxel Gasol, fue fusilado.

En Oviedo, tras la entrada el dia 8 de agosto de una Columna Gallega, de inmediato se clausura la B.P.C. (Biblioteca Popular Circulante) y parte de la directiva sufre la represión política o el exilio. La biblioteca es expurgada y las obras de Felipe Trigo, Blasco Ibáñez o José María Carretero arden en la Pedrera, seleccionadas por el poeta Casimiro Cienfuegos, entre otros.

En estos primeros meses de la guerra no solamente las bibliotecas y librerías fueron blanco de la ira de los sublevados sino que también la padecieron los propietarios en sus personas.

La primera disposición de la Junta de Defensa Nacional, organismo de gobierno de la España sublevada hasta el 30 de septiembre, sobre depuración de bibliotecas y el control de las lecturas fue la Orden del 4 de septiembre en la que acusaba al Ministerio de Instrucción republicano de haber difundido obras marxistas entre la infancia. Por ello era necesario hacer desaparecer esas publicaciones de escuelas y bibliotecas y obligaba a la destrucción de las mismas, autorizando solo aquellas “aquellas cuyo contenido responda a los sanos principios de la Religión y de la Moral, y que exalten con su ejemplo el patriotismo de la niñez”.

Ese mismo día Queipo de Llano hacía público su bando número 25 en cuyo segundo punto se obligaba a todos los establecimientos editoriales, a las librerías y a los kioscos radicados en la Segunda División Orgánica a entregar todas las publicaciones prohibidas a las autoridades militares en un plazo improrrogable de 48 horas. Y en el tercer punto se hacía extensiva esta obligación a todos los particulares, a entidades públicas y a corporaciones privadas.

Atendiendo a esta bando, los falangistas de Sevilla, según el testimonio del delegado de Propaganda, Antonio Bahamonde, recorrieron las editoriales y librerías. Las obras de autores que, según su criterio, eran de tendencia marxista, eran requisadas y destruidas allí mismo.

El carácter indiscriminado de la purga lo puso de manifiesto incluso un historiador poco sospechoso de afinidad con el bando republicano como Rafael Abella en La vida cotidiana durante la guerra civil. La España nacional (Planeta, 1973):

“En cuanto a la censura de libros, su implantación tuvo características inicialmente draconianas en expurgo de bibliotecas públicas y privadas y retirada de la venta de toda la literatura conceptuada de pornográfica, de marxista, de ácrata o de disolvente, término en el que incluía lo que era de matiz contrario a la línea del Movimiento. Desde Nakens a a Martín de Lucenay, desde Belda a Kropotkin se quemaron en grandes piras que, a modo de autos de fe, convirtieron en humo un montón de letra impresa considerada nefasta– y, en ciertos casos con razón–, para los españoles. Y digo en ciertos casos porque al socaire de esta depuración se destruyeron muchos libros de editoriales tachadas de peligrosas –Cenit, Oriente, Ulises, España– y otros tantos editados por Biblioteca Nueva, por Pueyo y por Espasa–Calpe. Entidades significadas en lo literario más que en lo social”.

El 23 de diciembre de 1936, la Junta Técnica del Estado –creada por Franco en octubre del mismo año y sucesora de la Junta de Defensa Nacional de España– promulgó un Decreto que declaraba ilícitas todo tipo de publicaciones socialistas, comunistas, libertarias, pornográficas y disolventes.

Esta disposición legal contemplaba sanciones contra aquellos que incumplieran su aplicación. Las infracciones implicaban una multa de 5.000 pesetas y si se reincidía aquella aumentaba un quíntuplo y además llevaba aparejada la pérdida de empleo público, o bien la inhabilitación del sancionado para el ejercicio de la industria editorial o de librería, así como el cierre del respectivo establecimiento.

En estos primeros meses de la guerra algunos libreros y bibliotecarios pagaron con la vida su compromiso con la cultura. Es el caso del librero Miguel d’Iom de Ceuta, asesinado en una de las sacas por los sublevados junto a otros militantes anarquistas de la ciudad. No fue un caso aislado.

En agosto la prensa cordobesa informaba de la detención del librero, editor e impresor Rogelio Luque (Priego, Córdoba, 1897– Córdoba, 1936), librepensador, naturista y esperantista. Editó y colaboró en numerosas revistas culturales como Popular, La Pluma, Biblis y Quijote y fundó, con su hermano la librería Luque que, con diferentes emplazamientos, pervivió hasta los años noventa. Los rebeldes lo fusilaron el 16 de agosto.

Pilar Salvo, maestra de Zaragoza, responsable de una biblioteca infantil fue asesinada en aquel mismo mes.

Juana María Capdeviele

Juana María Capdeviele Sanmartín (Madrid, 1905–Rábade, Lugo, 1936), pedagoga y bibliotecaria, fue la primera mujer jefa de una biblioteca de facultad (la de Filosofía y Letras) de la Universidad Central de Madrid, puesto al que accedió en 1933. Además desarrolló una importante labor como jefa técnica de la biblioteca del Ateneo de la capital española. En 1936 se casó con Francisco Pérez Carballo, el cual sería designado, tras la victoria del Frente Popular, gobernador civil de La Coruña.En el ejercicio de su cargo fue apresado y asesinado el 25 de julio. Al llamar al Gobierno Civil para tener noticias de su esposo, se le comunicó que sería recogida –estaba embarazada–, y conducida junto a él. Sin embargo, fue detenida y encarcelada y se la puso al tanto de la trágica suerte de su cónyuge. En la noche del 18 de agosto fue asesinada y se encontró su cuerpo con dos tiros en las proximidades de Rábade, en Lugo.

Los profesionales que habían permanecido en la zona gubernamental fueron sancionados a posteriori a medida que los franquistas iban ocupando los territorios. Así, María Moliner (Paniza, Zaragoza, 1900–Madrid, 1981), una de las máximas responsables del servicio de bibliotecas durante la guerra en Valencia y autora del Plan de Bibliotecas Públicas de 1938, fue expedientada por colaborar con la política republicana. Carmen Caamaño fue separada definitivamente del Cuerpo de Archivos y Bibliotecas por orden del 29 de julio de 1939 a causa de su militancia política, por citar solamente dos casos.

La primera biblioteca universitaria purgada fue la de Valladolid en 1937 de la que se quemaron miles de libros en varias hogueras y algo parecido sucedió en la de Santiago de Compostela donde los libros de Castelao sufrieron un destino incierto. Tales acciones contaron con el apoyo de rectores como el de la Universidad de Zaragoza, Gonzalo Calamita Álvarez.

El 16 de septiembre de 1937 se promulgó otra normativa sobre la formación de comisiones depuradoras de las bibliotecas públicas y centros de lectura en cada distrito universitario. En todos los distritos universitarios debían formarse comisiones depuradoras presididas por el rector o un delegado suyo y formada por un catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras, un representante de la autoridad eclesiástica, un funcionario del Cuerpo de Facultativos de Archiveros y Bibliotecarios, un representante de la autoridad militar, otro de la Delegación de Cultura de FET de las JONS y otro de la Asociación Católica de Padres de Familia. Las comisiones debían retirar aquellos “libros, revistas, publicaciones, grabados e impresos que contengan en su texto láminas o estampados con exposición de ideas disolventes, conceptos inmorales, propaganda de de doctrinas marxistas y todo cuanto signifique falta de respeto a la dignidad de nuestro glorioso Ejército, atentados a la unidad de la Patria, menosprecio de la Religión Católica y de cuanto se oponga al significado y fines de nuestra Cruzada Nacional.

Estas comisiones, una vez analizados los fondos, debían enviar a la Comisión de Cultura y Enseñanza las listas con los títulos de las publicaciones que considerasen un peligro para los lectores. En la Comisión de El Ferrol participó el escritor Gonzalo Torrente Ballester. Después la Comisión de Cultura examinarían los listados haciendo la siguiente clasificación: por un lado las obras pornográficas de carácter vulgar sin ningún mérito literario. Por otro las publicaciones destinadas a propaganda revolucionaria o a la difusión de ideas subversivas sin contenido ideológico de valor esencial. Y finalmente, aquellos libros y folletos con mérito literario o científico, que por su contenido ideológico pudieran ser nocivos para los lectores “ingenuos o no suficientemente preparados para la lectura”. Los dos primeros grupos serían destruidos, mientras que el último permanecería guardado en los respectivos establecimientos en espacios restringidos. Estas obras sólo podrían ser consultadas con un permiso especial. La sala con libros prohibidos empezaron a proliferar a partir de entonces, los llamados infiernos. El infierno de la Biblioteca Pública de Oviedo no fue abierto al público hasta 1975.

Como se ha comentado anteriormente, uno de los motivos de la purga de libros era la destrucción de las publicaciones que “menospreciaban” la religión católica. En tal empeño, los rebeldes contaron con la colaboración, salvo en contadas excepciones, de las autoridades eclesiásticas. Un ejemplo de ello es la pastoral del obispo de Palencia, Manuel González y García (Sevilla,1877–Madrid,1940) “Lecciones de la tragedia presente. Preparando soluciones para la posguerra”, de noviembre de 1937 donde abogaba por la desinfección cultural y por la reconstrucción del pensamiento sobre las ruinas del liberalismo secularizador. El prelado acusaba al gobierno republicano de haber promovido la difusión de una literatura extranjerizante, anticatólica y pornográfica:

“Libros sobre cuestiones sexuales se vendían donde quiera rápidamente, y era una gran cantidad de prosa tóxica y pornográfica se ofrecía abiertamente en los quioscos. Ganapanes, aprendices, muchachas de servir, mozuelas de taller, elementos generalmente jóvenes y poco preparados, rodeaban los tenderetes de aquella baja mercancía, que el gobierno republicano ofrecía al pueblo para que… se ilustrase. La campaña pornográfica iba junto con la propaganda comunista. Había interés en debilitar el sentimiento y la dignidad de la institución familiar y de todas aquellas fuerzas morales que fuesen obstáculo a la demagogia moscovita”.

Manuel González García fue canonizado por el Papa Francisco en marzo del 2016 en Roma. A la ceremonia asistió una delegación española presidida por el entonces ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, el alcalde de Palencia, Alfonso Polanco Rebolleda y la presidenta de la Diputación, Ángeles Armisén Pedrejón. Las campanas de la ciudad castellana repicaron ese día para celebrarlo.

El jesuita Constancio Eguía Ruiz (Santander, 1871–?) se distinguió, igualmente, por su ataque al libro porque consideraba que las publicaciones difundidas durante la República eran una de las mayores responsables de la tragedia de la guerra civil. Arremetió contra los sellos más innovadores que se hicieron eco de la literatura antibelicista y social de entreguerras y de la teoría política y social como Zeus, Cenit, CIAP, Hoy, Caro Raggio e incluso contra firmas convencionales como Espasa–Calpe, Revista de Occidente y Dossat que se habían dejado arrastrar al incluir colecciones y títulos “malignos” para hacer negocio y estar en boga.

En mayo de 1938, el obispo de Salamanca Enrique Pla y Daniel (Barcelona, 1876– Toledo, 1968) publicó otra pastoral titulada Los delitos del Pensamiento y los falsos ídolos intelectuales, menos conocida que la de Las dos ciudades, un duro alegato contra el liberalismo, origen de todos los males y contra la libertades de prensa, creación y lectura.

La Iglesia “adora la Verdad, pero no es fetichista del libro, porque sabe que hay libros buenos y libros malos, libros benéficos y libros venenosos y corruptores. ¡El fetichismo del libro, de los intelectuales! ¿Podrán medirse los estragos que ha causado, sobre todo desde fines del siglo décimo octavo, el no querer distinguir entre libros buenos y malos y dar beligerancia a cuanto se presente en tipos de imprenta en tipos de imprenta? Esta ha sido la tesis del liberalismo”.

El papel de FET de las JONS fue también decisivo. Así, en 1938 el falangista Fernando García Montoto, furibundo partidario de la quema de libros, folletos, periódicos y de la eliminación física de sus autores en En el amanecer de España (Tetuán, Imprenta Hispana, 1938) denunciaba en estos términos las preversidades de ciertas obras:

“Significa que el libro y la prensa mal inspirados –verdaderamente estupefacientes del alma– habían intoxicado ya la conciencia colectiva, aletargándola. Significa, en fin, que el Enemigo estaba a punto de conseguir su objeto, de corromper la médula de un gran pueblo. Guerra, por tanto, al libro malo. Imitemos el ejemplo que nos brinda Cervantes en el capítulo sexto de su Obra inmortal”.

E incitaba a encender hogueras en todos los pueblos para destruir los libros envenenadores del alma popular:

“Y que un día próximo se alcen en las plazas públicas de todos los pueblos de la nueva España las llamas justicieras de fogatas, que al destruir definitivamente los tóxicos del espíritu almacenados en librerías y bibliotecas, purifiquen el ambiente, librándolo de sus mismas contaminadores. ¡Arriba España! ¡Viva Franco! ¡Viva España!”

La exhortación de García Montoto a hacer piras con los libros malignos fue seguida al pie de la letra por los falangistas que habían ocupado Madrid el 28 de marzo de 1939. Un mes después, el 30 de abril, tuvo lugar lo que el periódico Ya calificaba en su edición del 2 de mayo como “Auto de Fe en la Universidad Central”. Era la manera que tenía el Sindicato Español Universitario (SEU) de celebrar la Fiesta del Libro. El periódico nacionalcatólico reproducía el discurso que pronunció para la ocasión Antonio de Luna, catedrático de Derecho, que había permanecido en la ciudad durante la guerra formando parte de la Quinta columna. En 1940 fue apartado de su cátedra.

Don Antonio Luna comenzó su discurso con la lectura de un pasaje del Quijote y, finalmente, se leyó el acta del auto de fe, redactada en rudos y rotundos términos: “Para edificar a España Una, Grande y Libre, condenamos al fuego los libros separatistas, los liberales, los marxistas, los de la leyenda negra, los anticatólicos, los del romanticismo enfermizo, los pesimistas, los pornográficos, los de un modernismo extravagante, los cursis, los cobardes, los seudocientíficos, los textos malos y los periódicos chabacanos. E incluimos en nuestro índice a Sabino Arana, Juan Jacobo Rousseau, Carlos Marx, Voltaire, Lamartine, Máximo Gorki, Remarque, Freud y al Heraldo de Madrid. Prendido fuego al sucio montón de papeles, con alegre y purificador chiporroteo, la juventud universitaria, brazo en alto, cantó con ardimiento y valentía el Cara al Sol.

Francesc Tur https://serhistorico.net/2018/04/04/el–bibliocausto–en–la–espana–de–franco–1936–1939/

Un fascista posa satisfecho tras quemar libros en Tolosa, Gipuzkoa

El COI no ‘invitará’ a 15 atletas rusos a pesar de la anulación de sus sanciones

Como estaba previsto, el Comité Olímpico Internacional (COI) no se apea del burro porque las sanciones por dopaje no van dirigidas contra unos u otros atletas rusos sino contra Rusia, es decir, porque el COI no es un organismo deportivo sino político que sigue las normas de bloque impuestas por Estados Unidos.

Ya lo hemos dicho en otra entrada: ningún atleta tiene derecho a participar en unos Juegos Olímpicos por sus marcas sino gracias a una “invitación” generosa del COI, que hace de su capa un sayo y por eso no invitará a los Juegos Olímpicos de Pyeongchang a 13 atletas rusos y dos entrenadores, a pesar de que el Tribunal de Arbitraje Deportivo anuló sus sanciones vitalicias.

En un comunicado publicado el lunes, el COI anunció que rechaza por unanimidad invitar a 15 atletas y entrenadores, a pesar de que todos ellos forman parte del grupo de 28 deportistas rusos cuyas acusaciones de dopaje han sido retiradas.

El documento del COI es de risa: “Después de un análisis detallado realizado por la Comisión, sus miembros indicaron la presencia de elementos y / o pruebas” que no habían podido estudiar antes porque no tienen acceso a todos los datos y, en especial, a un información adicional sobre el laboratorio antidopaje de Moscú, restos de sustancias prohibidas y pruebas que demuestran la existencia de manipulación, entre otros.

En otras palabras: aunque el Tribunal de Arbitraje Deportivo diga que no, nosotros creemos que sí.

El año pasado el Comité Olímpico Internacional retiró a varios deportistas rusos las medallas que ganaron en los Juegos Olímpicos de Sochi 2014 basándose en la investigación de una comisión encabezada por Denis Oswald. Este órgano llevó a cabo una verificación de datos recogidos sobre el dopaje y la manipulación de las muestras de sangre en los Juegos Olímpicos de la ciudad rusa del Mar Negro.

Esta verificación no mostró la presencia de sustancias prohibidas en las pruebas de dopaje de los atletas rusos. Sin embargo, en los tubos de análisis se detectaron arañazos, así como elevados niveles de sal en algunas de las muestras. A partir de estos hallazgos, la comisión de Oswald concluyó que los tubos de ensayo habían sido manipulados.

Como los ogros rusos son así de retorcidos, no basta con analizar las muestras de sangre de los atletas sino también los recipientes que las contienen, no sea que el microscopio detecte que tienen arañazos, o sal, o…

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