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Negocio + Ideología = Hollywood

No abundan los estudios sobre el poder ideológico de Hollywood, sobre todo en las películas que tratan -más o menos explícitamente- de la política exterior de Estados Unidos. Por eso es conveniente publicitar el libro publicado en 2010 por el académico británico Matthew Alford sobre la relación entre la industria cinematográfica y la hegemonía estadounidense.

Alford revisa docenas de obras estrenadas desde principios de la década de 1990, desde éxitos de taquilla hasta películas independientes. Descubre la manera en que reflejan la acción estadounidense en todo el mundo y su influencia civil y militar. “La propaganda de Hollywood” analiza el funcionamiento interno de una industria politizada, muy sensible a las preocupaciones de Washington, el Pentágono y Wall Street.

Cada año en la ceremonia de los Óscar, Hollywood invita al mundo a compartir la ilusión de que la industria trabaja por el bien de la humanidad, ofreciendo un entretenimiento magnífico y conmovedor que lleva alegría, ternura, tristeza, películas ricas tanto en impresionantes escenas de acción como en promesas reconfortantes. Ante la autocelebración festiva, olvidamos que el mundo del cine es una industria con ánimo de lucro que, como todas las grandes industrias, está firmemente centralizada y mucho más preocupada por llenar el bolsillo que por crear un arte que alimente nuestros sueños.

Hollywood opera dentro de parámetros ideológicos bien definidos. La industria cinematográfica busca constantemente la gloria y el dinero pero, sin embargo, es una industria cultural. Las mercancías que comercializa se componen de personajes, imágenes, historias, experiencias y, a su manera, ideas, elementos que afectan directamente a la conciencia pública. Si el objetivo principal de los grandes estudios es obtener beneficios sustanciales, tienen otro, se asuma o no explícitamente: el control ideológico. Hollywood nunca se aventura más allá del marco del sistema de creencias dominante, que representa como si fuera una representación natural y auténtica de la vida. Por lo tanto, podría ser más apropiado describir a la industria cinematográfica no sólo como dedicada al control ideológico, sino también al autocontrol ideológico.

Los jefes de la industria argumentarían que nuestra sociedad es una democracia cultural cuyos productos finales no están determinados por la ideología, sino que son generados por muchas elecciones libres dentro de un mercado libre. A sus ojos, es la mano invisible de Adam Smith la que va desde el corazón de Hollywood hasta el centro de las ciudades. Para hacer dinero para sus accionistas, la industria debe llegar a los mercados más extensos posibles, es decir, debe dar a las personas lo que quieren.

Según los magnates de Hollywood, la cultura popular es producto de la demanda popular. Si el negocio del cine ofrece películas nulas, dicen, es porque eso es lo que el público aprecia; eso es lo que vende. Las personas prefieren que las entretengan y las distraigan en lugar de que las informen y las detengan.

Pero, como decía Marx, la producción engendra la demanda, y no al revés. Más que el gusto del público, lo que determina el tamaño de su audiencia es la fuerza de la publicidad y las distribuidoras de las películas. Millones de personas han visto las secuelas de “Rambo”, producciones extravagantes que glorifican los actos más militaristas y sangrientos. Cada uno de los episodios de “Rambo” se estrenó en más de 2.000 salas de cine en Estados Unidos tras campañas publicitarias multimillonarias.

En 2001, a pesar de unas críticas merecidas, Disney decidió extender la explotación de “Pearl Harbor” a siete meses en lugar de los usuales dos o cuatro, lo que significó que un éxito de taquilla para el verano se proyectó finalmente hasta diciembre. Con una distribución tan invasiva, era imposible que una película tan floja como “Pearl Harbor” no llegara a un gran número de personas.

Sólo unos pocos miles de personas han visto alguna vez “La sal de la tierra”, una película de bajo presupuesto de 1954 sobre las luchas de los obreros mexicanos en Estados Unidos. Esa vibrante y llamativa película, conservada décadas más tarde por la Biblioteca del Congreso y el Museo de Arte Moderno de Nueva York, estuvo sometida a todo tipo de restricciones durante su producción y distribución, y tuvo que contentarse con una corta vida en la pantalla, con sólo once pequeños exhibidores.

Si las películas disidentes como “La sal de la tierra” no llegan a un público amplio, ¿no será porque se las mantiene alejadas debido a la distribución mínima y la publicidad limitada que reciben? Sin fondos suficientes, deben confiar en el boca a boca y en las críticas que, a menudo, son políticamente hostiles. Eso contrasta con las campañas publicitarias multimillonarias que promueven la creación de mercados masivos para películas supuestamente más famosas. Si “Rambo” o una película como “Pearl Harbor” tienen una audiencia de millones de espectadores, entonces ¿por qué es necesario gastar una fortuna en publicidad con el único objetivo de construir una audiencia masiva?

La demanda no crea, pues, la oferta. La primera condición necesaria para cualquier consumo es la disponibilidad del producto. Ya se trate de películas, programas de televisión o refrescos, el consumo dependerá en gran medida de la distribución y la visibilidad del producto. Una película que se estrena en todos los multicines de Estados Unidos llega a un público amplio no porque haya una ola espontánea de demanda desde abajo, sino porque se está comercializando con una explosión desde arriba.

Con el tiempo, al público se le condiciona a aceptar películas fáciles, superficiales, mediocres y políticamente sesgadas. Con un embalaje suficiente, los consumidores ven incluso lo que no les entusiasma. Rara vez expuestos a otra cosa, están más inclinados a buscar distracción en lo que se les ofrece.

Pero este argumento no debe ser exagerado. El público no es maleable a voluntad. La oferta no siempre crea demanda. Algunas ofertas de Hollywood son un fracaso abyecto, a pesar de la abundante publicidad y de una distribución agresiva. A pesar de sus declaraciones sobre la importancia de dar a la audiencia lo que quieren, los directores de los estudios a menudo se equivocan. Las preferencias del público pueden ser difíciles de predecir, especialmente cuando la percepción que uno tiene de ellas está influenciada por sus propias inclinaciones ideológicas.

Durante más de dos décadas, incluyendo todos los años setenta y ochenta, expertos de los principales medios de comunicación repitieron que el público norteamericano se ganaba con un estado de ánimo reaccionario. Los jefes de las estaciones de televisión y de los principales estudios se unieron rápidamente al coro, en lo que finalmente se convirtió en uno de los intentos más largos de profecía autocumplida de la historia. Como habían decidido que la nación se dejaba abrumar por un estado de ánimo reaccionario, se lanzaron a promover ese estado de ánimo. Las emisoras de televisión produjeron series como Walking Tall, Strike Force y Today’s FBI (1981-1982) que tuvieron audiencias lamentables y se interrumpieron rápidamente. Volvió a ocurrir en la década de 2000 con series como Agence Matrix (2003-2004), Las chicas espías (2002-2004) y Espías de Estado (2001-2003), esta última apoyada por la CIA.

Lo mismo ocurrió con la industria cinematográfica. “Elegidos para la gloria” (The Right Stuff, 1983), una película sobre las aventuras espaciales estadounidenses, fracasó en la taquilla. Películas de acción como Cobra (1986), Rambo III (1988) y “The Dead Pool” (La lista negra, 1988), la quinta y última película de la saga “Harry El Sucio”, también fracasaron. Gracias a campañas publicitarias multimillonarias, tuvieron un buen comienzo en su primer fin de semana, pero luego colapsaron rápidamente.

Inchon (1982), otra película bélica reaccionaria, con un presupuesto de 48 millones de dólares y entre 10 y 20 millones de dólares en publicidad, tenía todo lo que se supone que el público quiere: un reparto prestigioso, una producción espectacular, una historia de amor, escenas sangrientas de batallas, un patrioterismo exacerbado, una reescritura simplista de la historia política y una trama alucinante sobre agresores comunistas listos para matar que están siendo liberados por un héroe de guerra reaccionario… Sin embargo, fue otro desastre en la taquilla. Incluso los espectadores más condicionados se cansan a veces de consumir la misma tontería una y otra vez.

Decir que la industria cinematográfica ofrece a la gente lo que la gente quiere es una explicación demasiado simple. Los grandes estudios nos imponen lo que creen que queremos, y a menudo promocionan películas que nunca hemos pedido y que no nos gustan especialmente. Pero con suficiente publicidad y distribución, incluso estas películas están destinadas a llegar a mucha más gente que las películas disidentes con financiación escasa, a las que no se les da una distribución adecuada o publicidad masiva.

Una de las películas que hizo grande al cine soviético: ‘La Huelga’ de Serguei Eisenstein

Dos oscuras chimeneas de la fábrica, que se alzan hacia un cielo partido por un cable eléctrico, vomitan su humo negro. Sin avisar aparece un enorme burgués, reconocible por su estado de forma, que observa a sus empleados caminar como hormigas. Un título nos dice que todo está en calma en este mundo de hierro donde hasta el cielo está atravesado por vigas metálicas que encierran a los trabajadores como en un aviario.

Luego viene un gigantesco “HO” (“pero”, en ruso). Sin previo aviso, la O, círculo, símbolo de unidad e igualdad, ataca la H, cuadrada y rectilínea, haciéndola caer.

Bajo una rueda que gira -símbolo de la imperturbable y opresiva máquina- las sombras se juntan y susurran algo. Tiene lugar otro encuentro en el reflejo de un charco y, además, en la dirección opuesta. El decoro capitalista por un lado. A partir de ahí, la voluntad de derrocar el orden establecido se desarrolla gradualmente.

Eisenstein tiene 25 años cuando rueda esta película. Antiguo estudiante de ingeniería y veterano de la Guerra Civil, ha estado trabajando en todos los campos de las artes durante el último año. Es un firme partidario del socialismo y su proyecto es un ciclo de 7 películas que retratan los pasos hacia la Revolución de Octubre. Sólo “La Huelga” verá la luz del día.

Es una película de propaganda sin matices, totalmente comprometida con la causa del Partido Bolchevique y forma parte del objetivo de Eisenstein de educar al proletariado y hacerlo consciente de su fuerza. El poder de los capitalistas es fruto sólo del trabajo de los proletarios; bastaría con organizarlos para que ese poder se derrumbe, como lo demuestra el que los trabajadores paren la rueda con un simple cruce de brazos.

Como es habitual en las películas soviéticas de la época, el tono está lleno de contrastres: los obreros son valientes y virtuosos, los burgueses y sus secuaces, engañosos y grotescos, comparados con animales tan amigables como el mono, el zorro o el bulldog. Las imágenes de animales sacrificados en un matadero se intercalan con la masacre de los huelguistas.

Pero es un error reducir “La Huelga” a su aspecto propagandístico porque -ante todo- es un manifiesto que presenta a Eisenstein como un verdadero cineasta del movimiento y el equilibrio. En “La Huelga” no hay un personaje héroe porque la individualización de los protagonistas se consideraba entonces como un elemento del espectáculo burgués. El héroe son las masas proletarias, a veces encarnadas por ese joven trabajador anónimo con cuerpo de atleta.

La masa se rueda como una corriente continua e interminable diseñada para sumergirlo todo. Regularmente avanza frente a la cámara, como para cruzar la pantalla e invertir la realidad. Frente a esta fuerza vital del proletariado, la fuerza mortal de la burguesía y sus aliados, el ejército y la mafia, es todo lo contrario. Aparecen varias veces emergiendo de la tierra como un ejército demoníaco.

La mayor parte de la película es un gran duelo en forma de ballet entre las diferentes líneas de fuerza. Después de haber pasado por el teatro, Eisenstein sabe que quien domina el espacio está en una posición dominante. Por lo tanto, la masa proletaria trata de invertir ese espacio y los capitalistas se empeñan por impedirlo. Varias veces los soldados están en primer plano como para separar a los huelguistas de la cámara (y por lo tanto del público, es decir, de la realidad). Luego los huelguistas retroceden, pero por un instante, un trabajador se interpone entre ellos y la pantalla, esta vez para detener el desastre y reanudar el duelo. En cuanto al final, el ejército finalmente supera el levantamiento y vemos a los trabajadores atrapados y acorralados en pequeños rincones del campo.

El martirio de los trabajadores es el tema principal de la película y Eisenstein hace todo lo posible para que la masacre final sea chocante para alimentar el fuego de la revuelta. Con este propósito perfila su famoso montaje de atracción, que había teorizado un año antes. Se trata de editar imágenes impactantes con las escenas de la película para resaltar el horror de la última. Así, la matanza de los trabajadores se compara con la del gran jefe con una forma alta de prensar su limón (el limón atacando el cuero del zapato) o incluso más convincente, con la matanza de una vaca desafortunada en un matadero.

Animales hay muchos en La Huelga. La vaca mártir, por supuesto, los animales con los que se relacionan los soplones, pero también hay osos, cabras, cuervos, caballos y gatitos. Estos últimos, presentes en casi toda la segunda parte, parecen estar intrínsecamente ligados al mundo del trabajo y encarnan la franqueza de la huelga. Cuando el movimiento se ve amenazado, son los gatos los que culpan de los golpes: la mujer de un obrero amenaza con dejarlo si no vuelve a trabajar, un gatito se lleva un zapato en la pelea; los gatos muertos y colgados adornan el marcador de los bandidos que ayudarán a aplastar la revuelta, y cuando el ejército mata a los obreros, vemos a un niño tirar un gatito desde el tercer piso, poco antes de que un niño sea arrojado en el vacío por un soldado.

Es sin duda uno de los principales temas que Eisenstein explora: la amenaza de inocencia, la corrupción de la franqueza. Al mundo armonioso, poblado por los hijos de los proletarios se opone el mundo de la fábrica metálica y asesina (el suicidio de un obrero mostrado como si fueran las propias máquinas las que lo mataran).

Los trabajadores son filmados en un grupo indistinto, alegremente caótico y aéreo, los capitalistas están aislados, solos en sus aviones o rígidamente dispuestos en cuadrados, vitrificados, similares a las máquinas de las que se creen dueños. En Eisenstein el capitalismo divide y encierra a la gente; impide el nacimiento de este mundo idílico cercano al ideal de la naturaleza que es el comunismo al que aspira el director.

La Huelga es una película que irradia tanta fuerza que su tema trasciende todas las épocas. Casi se puede decir que en su primer largometraje Eisenstein inventa el cine. O por lo menos se debe reconocer que crea una nueva forma de cine, imitada pero nunca superada.

Una película propia de renegados del movimiento estadounidense contra el racismo: ‘The Black Klansman’

Stallworth presenta su libro racista
La última película del director de cine Spike Lee, “The Black Klansman”, es pura basura propagandística cuyo objetivo es transmitir el mensaje de que el FBI y la policía no sólo no eran racistas sino que siempre han luchado contra el racismo y los crímenes raciales en Estados Unidos.

Ambientada en 1979, la película convierte en héroe a Ron Stallworth, un policía infiltrado durante tres años (no durante dos como dice la película) dentro de las organizaciones del movimiento negro.

Tras su jubilación, Stallworth escribió un libro de memorias publicado por la típica editorial especializada en obras escritas por policías. Este libro es el que ha servido de base para el guión de la película, con las claves que necesariamente tienen que gustar, sobre todo en una película.

Todo comienza con que el FBI y la policía no son racistas, por más que algunos o muchos de sus miembros lo fueran. Más bien al contrario, lo mismo que el Estado del que forma parte, la policía es equidistante, tanto de los racistas como de quienes los combaten. Ya saben: los unos y otros, la extrema derecha y la extrema izquierda… El discurso favorito de los mequetrefes.

El FBI y la policía tratan a ambos bandos por igual y se infiltran en las organizaciones de unos u otros para desarticularlos a todos ellos.

Esa es la película, que es igual a muchas otras, con la diferencia de que tanto Spike Lee como Ron Stallworth son negros, por lo que en esta ocasión no cabe decir que es una película de blancos hechas para hablar de los problemas de los negros. No. Es una película de renegados o traidores al movimiento negro estadounidense y, naturalmente, a la historia.

A Spike Lee le han pagado más de 200.000 dólares por participar en una campaña publicitaria “para mejorar las relaciones con las comunidades minoritarias” y parece que la película forma parte de esa campaña.

Desde que se destapó el programa Cointelpro del FBI, se sabe que la policía (y Ron Stallworth) no fue neutral sino que trató de destruir el movimiento contra el racismo y, por lo tanto, que formaban parte de un racismo institucionalizado.

La documentación de Cointelpro muestra que la infiltración policial en las organizaciones progresistas tenía por objeto provocar luchas intestinas, destruir la buena imagen de las organizaciones, provocar altercados y preparar el asesinato de los dirigentes por parte de la policía.

Es cierto que el FBI también se infiltró en movimientos racistas, como el KKK, pero con objetivos muy diferentes. No se trataba de acabar con el racismo y las organizaciones racistas, que siguen existiendo, sino para utilizarlas como ariete en la lucha contra sus opuestos, atacarlos y amedrentarlos.

El fascismo, el racismo y el yihadismo han probado muchas veces en muchos países el papel que desempeña la policía en su control y dirección, incluidos sus crímenes, en los que la policía actua de manera encubierta a través de ese tipo de tentáculos.

Los bombardeos de las iglesias negras en Birmingham, el asesinato en Selma de un militante por los derechos civiles de Detroit, la masacre de Greensboro de miembros del Partido Comunista Obrero en 1979, entre otros, no fueron cometidos por racistas, cuyo papel es el de meros ejecutores.

Son crímenes cometidos con “mando a distancia”.

Más información:
– Cointelpro, una guerra más que sucia contra los movimientos revolucionarios de Estados Unidos
– El FBI desata la ofensiva contra los Panteras Negras
– Cointelpro: la guerra del FBI contra las librerías negras

– Extremistas de identidad negra: el FBI busca nuevos enemigos al agotar a los anteriores
– El chantaje del FBI a Martin Luther King

Señor Klein: a todo cerdo le llega su San Martín

Estamos en 1942, en plena ocupación de Francia por los nazis. Robert Klein es un marchante de arte que compra obras maestras a precios de ganga a los judíos que intentan huir de la deportación.

En medio de la guerra, del terror y de la persecución, Klein vive muy confortablemente y sólo tiene que preocuparse por sí mismo, por vivir cada dia mejor.

Hasta que una mañana aparece en la puerta de su casa un periódico destinado a los judíos marcados con la estrella amarilla y Klein descubre un homónimo que perturba su buena vida porque, además de judío, el otro señor Klein es miembro de la resistencia antifascista.

Klein hace lo que haría cualquier buen ciudadano: lo denuncia a la policía, e incluso va más allá; asume las funciones de policía y se pone a buscar al “otro señor Klein” para sacudirse el problema de encima y mostrarle a la policía que es un colaboracionista de corazón.

Sin embargo, el denunciante acaba siendo el denunciado. La Gestapo y la policía empiezan a seguirle los pasos. ¿Quién se esconde bajo ese tal señor Klein que denuncia a otro señor Klein?

Así comienza la película que Joseph Losey dirigió en 1976. Hay una mujer desnuda que tapa sus tetas ante un médico que debe diagnosticar su “grado de judaísmo”. En realidad no es un médico sino más bien un veterinario, uno de esos “científicos” de mirada fría y aséptica que tiene que justificar la deportación y, finalmente, la muerte. Sin motivos personales, ni morales, ni políticos, ni ideológicos… Pura y exclusivamente científico-médicos.

Es una película sobre la indiferencia humana ante el sufrimiento ajeno… que finalmente no resulta ser tan ajeno. Podía ser el tan repetido poema de Brecht, pero tras la cámara está Losey, director de otra película inquietante, “El sirviente”, donde los papeles se invierten al más puro estilo hegeliano: el esclavo acaba haciéndose el amo (y a la inversa).

En lugar de “Señor Klein”, en España la película la hubieran titulado “A todo cerdo le llega su San Martín”, pero en otros lares son más elegantes. Los cerdos se caracterizan precisamente por revolcarse en medio de la porquería, que es la nota diferencial de las sociedades capitalistas en donde, como el “Señor Klein” todos creen que la cosa no va con ellos. Primero fueron los terroristas, luego los catalanes, ahora los raperos…

La película es también una reflexión sobre la identidad, sobre lo que somos y lo que creemos ser. A cada paso debemos preguntarnos si somos judíos, terroristas o raperos. Es un debate a medio camino entre la sociedad y la biología, un tema bastante antiguo ya sobre el que se ha escrito una numerosa basura seudocientífica por parte de unos (sociólogos) y otros (biólogos).

El marchante integrado, estandarte del burgués, acaba marginado y desintegrado, algo coherente con una sociedad, como la francesa de 1942 que, lo mismo que la actual, está dominada por la sospecha, la delación, la intriga… En fin, una cloaca en la que sólo pueden vivir los cerdos.

Son sociedades en las que impera la policía, que es la que detiene a Klein en París cuando se estaba buscando a sí mismo. Le sorprenden en compañía de los mismos judíos de los que se había aprovechado antes y todos ellos acaban en los trenes que conducen a Auschwitz.

Los guionistas de la película, entre los que estaba el griego Costa Gavras, tomaron el nombre de Klein de un personaje real, entrevistado por Marcel Ophüls, para su excelente y polémico documental de 1969 “Le Chagrin et La Pitié” acerca de un tabú francés: la colaboración de la población con los ocupantes nazis, el mismo argumento que la película “Lacombe Lucien” de Louis Malle reprodujo en 1974.

Aquel personaje se llamaba Marius Klein. Era un comerciante alsaciano que, para evitar ser confundido con un judío a causa de su apellido, publicó anuncios en la prensa, dejando muy claro que era francés de pura cepa, aceptando así, sin cuestionar en absoluto, la ocupción nazi.

Todo tiene un por qué; hasta las películas se cuecen en las peores pesadillas y conducen a otras pesadillas aún peores. Losey fue un cineasta estadounidense que se refugió en Europa a causa de la Caza de Brujas en Hollywood. Huyó de una pocilga para retratar otra.

El destino de todos los Klein es Auschwitz. “Quién soy yo para vivir bien”, es la pregunta con la que acaba la película.

Los raperos dan un paso adelante en la cárcel Modelo de Barcelona


La estrategia era sencilla: si una quincena de raperos puede ir a prisión por sus canciones, cuantos más raperos canten esas letras, más raperos seguirán su camino y más faena para la Audiencia Nacional, que se verá desbordada por su obsesión de encarcelar a personas por expresar sus ideas en canciones. Así fue como, en una fulminante convocatoria tras la condena a Valtonyc, primero por Twitter y después, vía e-mail y teléfono, la Modelo se convirtió el 25 de marzo en el plató ideal para rodar el vídeo del tema “Los borbones son unos ladrones”.
Frank T, Elphomega, Los Chikos del Maíz, La Ira, Rapsusklei, César Strawberry, Machete en Boca, Tríbade y Homes Llúdriga, entre muchos otros, acudieron a la llamada. Unas de Madrid y otros de Málaga. Algunos desde su ciudad y otros, en plena gira, durmiendo apenas tres horas para dar la cara por Valtonyc, Pablo Hasel y el colectivo La Insurgencia, condenados todos a penas que van de dos a cinco años de cárcel.  Rapeando en la Modelo y defendiendo de forma activa y desafiante la libertad de expresión.
La cultura hip-hop tomó todos los rincones de la cárcel barcelonesa. En el patio de entrada, una mesa con bebida, quesos y una pata de jamón servían de tentempié para raperos y cámaras repartidos por pasillos, celdas y locutorios. Los bailarines de “breaking” y “popping” hacían sus piruetas sobre el polvoriento suelo de las galerías. Los grafiteros, subidos a andamios, pintaban los muros del patio. Nadie estaba desocupado. Y si lo estaba, pronto encontraba tarea. Elphomega salió a la calle a por más cerveza. Había 60 gargantas que aclarar.
Nadie llegó a la Modelo de vacío. Todos habían grabado unos versos para la canción “Los borbones son unos ladrones”. La mayoría escogieron algunos de esos por los que Valtonyc, Hasel y La Insurgencia han sido condenados, pero también hubo quien aportó rimas de cosecha propia. Los músicos que no pudieron viajar a Barcelona ese día han firmado su aportación a distancia. Es el caso de los grupos valencianos Zoo y La Raíz y la rapera argentina Sara Hebe.
Aquel domingo, mientras unos se ponían a las órdenes del rodaje, otros comentaban la situación que les había reunido allí. César Strawberry, de Def Con Dos, dudaba que Valtonyc y Hasel lleguen a entrar en prisión. Unos metros más allá, el veterano Frank T mostraba su apoyo al joven Elgio. La presencia del madrileño ha sido especialmente significativa, pues presenta el programa de rap “La cuarta parte” de la emisora estatal Radio 3. Habrá que ver si suena en su programa, pero, en cualquier caso, esta iniciativa dinamita el silencio que, en líneas generales, ha mantenido el hip-hop español ante estos juicios.

Cuando llegó la hora de realizar los planos colectivos, César Strawberry  sacó de su maleta una aparatosa cadena de plástico que, sujeta a sus dos orejas, le tapaba la boca. “Es mi mordaza”, explicaba a quien le preguntaba. Era la hora de cantar el estribillo. Y agrupados al fondo de la cuarta galería, todos gritaron:
“Libertad de expresión
Tomando posiciones
Que retumben las prisiones
Los Borbones son unos ladrones”
Y luego, en catalán:
“Llibertat d’expressió
Prenem posicions
Que ressonin les presons
Ni jutges ni fiscals ni Borbons”
La misma foto familiar se repitió después en el patio de deportes, pero esta vez también se sumaron otros músicos que, sin pertenecer a la comunidad hip-hop, quisieron mostrar su apoyo a la causa. Allí estaban miembros de KOP, Gossos, Txarango, la Companyia Elèctrica Dharma, Smoking Souls y Pirat’s Sound Sistema, entre otros. Algunos participaron en el primer No Callarem que se celebró en el 2017 en Badalona o en el que se organizó en otoño en Sabadell.
Mientras la fotógrafa de este diario les retrataba, Toni El Sucio bromeaba con Nega: “Por fin, la foto que tantos quieren: Los Chikos del Maíz en la cárcel”. En otro rincón, las integrantes de La Ira rodaban los últimos planos. Este lunes se podrá ver y descargar de la red. Las aportaciones económicas irán destinadas a costear los juicios de Pablo Hasél, Valtonyc y La Insurgencia y se sumarán a los actos organizados por la plataforma No Callarem para esta semana.

https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20180408/videoclip-raperos-carcel-modelo-6743170

Marlene Dietrich: la musa de los comunistas de todo el mundo

La actriz alemana Marlene Dietrich es una de las grandes musas del siglo XX, un mito que la burguesía ha utilizado para esconder su enorme personalidad como mujer de arraigadas convicciones comunistas y antifascistas. De hecho, el nombre de “Marlene” es un acrónimo formado para homenajear a Marx y Lenin y huir el suyo propio: Magdalena o “Lena” para sus familiares más cercanos.

A diferencia de otras actrices de Hollywodd, Marlene era una mujer con una extraordinaria formación artística. Estudió música y al trasladarse a vivir a Weimar descubrió la filosofía y la literatura, de la que fue siempre una apasionada.

Una inflamación en la mano la obligó a abandonar el apredizaje del violón y la condujo al teatro. Se matriculó en la prestigiosa escuela dramática de Max Reinhardt e inmediatamente intervino en su primera película como actriz: “Tragedia de amor” de Joe May.

Alterna el cine con el teatro y el music-hall, donde la conoció el gran director de cine Joseph von Sternberg, iniciando ambos una fructífera carrera en el “séptimo arte”, con películas inolvidables y canciones que marcaron una época, como “Ich bin von Kopf bis Fuß auf Liebe eingestellt” (Estoy hecha para el amor de la cabeza a los pies), que se conoce en el mundo entero por su título en inglés: “Falling in love again”.

Otra canción que le abrirá las puertas del mundo entero fue la conocida “Lili Marlene”, a la que le presta su propio nombre para inmortalizar a los fundadores del socialismo científico. La primera vez que la cantó fue delante de los soldados que combatían al fascismo en los campos de batalla.

El mito que Marlene ha dejado al mundo comienza en 1930 cuando interviene en la película de Von Sternberg “El ángel azul”, que muestra todo su enorme magnetismo.

El éxito la lleva a las filas de la Paramount, la multinacional de la gran pantalla.

Tras la proclamación del III Reich en 1933, Marlene huye con Von Sternberg hacia Francia, donde el embajador hitleriano le propone regresar para convertirla en el emblema del nuevo régimen, algo que rechazó. Incluso rechazó también a su propia hermana, Liesel, porque se había casado con un nazi, George Will, que dirigía la producción cinematográfica de la Wehrmacht, el ejército alemán.

La actriz viajó a Hollywood en compañía de Von Sternberg y asumió la nacionalidad estadounidense en 1938.

Como tantos otros comunistas estadounidenses, partició activamente en la Segunda Guerra Mundial en las filas del ejército, visitando los campos de batalla para animar a los soldados que combatían a sus “conciudadanos” alemanes, porque ella era así: internacionalista. Siempre puso por delante las diferencias políticas e ideológicas, no las nacionales.

Ya hizo lo propio en la Primera Guerra Mundial, cuando tenía 14 años: el 14 de julio de 1915, aniversario de la Revolución Francesa, cortó rosas blancas para entregárselas a los soldados franceses que estaban presos en los campos de concentración.

En Estados Unidos “El ángel azul” no tuvo tanto éxito como “Morocco”, otra colaboración del dúo que formaba con Von Sternberg. “Él me ha creado”, dijo la actriz del director en sus memorias. Pero también trabajó con directores como Henry Hathaway, Ernst Lubitsch, Billy Wilder, Alfred Hitchcock, Fritz Lang, Orson Welles o Richard Quine, en una larga carrera artística que no acabó hasta 1978, cuando acabó el rodaje de “Just a gigolo” de David Hemmings.

El ejército de Estados Unidos la condecoró con la Medalla de la Libertad. El francés también la condecoró en 1949 y la nombró comandante honoraria por los servicios prestados en la lucha contra el fascismo. Mitterrand, Presidente entonces de la República francesa, quiso organizar un acto oficial en el Elíseo, que ella rechazó.

Marlene murió en 1992 en París, donde vivió los últimos años de su vida. Era un 6 de mayo, justo el día en el que el Festival de cine de Cannes le rendía homenaje.

Está enterrada en el cementerio de Schöneberg, en Berlín. Su tumba, donde yace con su madre, sólo está identificada por un nombre de guerra legendario, “Marlene” y un epitafio: “Yazco aquí en conmemoración de mis días”.

Las 6 manipulaciones imprescindibles para convertir el rap en un delito

Juan Manuel Olarieta

Un rap no puede ser delito porque es una canción, música. A partir de aquí, cualquier otra explicación sobra. Para justificar la represión política los jueces y la prensa encubren ese hecho elemental y hacen una primera mutilación: sólo hablan de las letras. Lo que es delito no es la canción sino la letra, dicen.

Cualquier crítico musical, literario o artístico pondría el grito en el cielo por una manipulación de ese calibre que ni se ha hecho ni se hace jamás con ninguna obra artística. A nadie se le ocurre juzgar la ópera Nabucco de Verdi por su letra, escrita por Temistocle Solera, un llamamiento panfletario a la lucha por la liberación de los esclavos, que reclaman una canción de “crudo lamento que infunda valor a nuestro padecimiento”.

Si la canción de Verdi no fuera “cruda” no expresaría el horror de la esclavitud, del que son víctimas los esclavos, ya que los negreros no tienen ninguna clase de padecimiento por ello, es decir, que se trata de una diferencia de clase.

2 La segunda manipulación es que una canción es un conjunto de sonidos armónicos que entran en nuestra cabeza y en nuestro corazón por el oído, la mayor parte de las veces durante un concierto en directo, donde el sonido se vincula a una imagen en movimiento y a un ambiente en el que participan muchas personas.

El rap no es un artículo periodístico, no es un ensayo, ni una tesis doctoral, ni un libro, ni un mitin, ni una conferencia. No se dirige a la cabeza sino a las tripas. Como cualquier obra de arte, su tarea fundamental no es explicar nada, ni argumentar, ni razonar. Expresa y transmite un estado de ánimo compartido por los explotados y oprimidos: cabreo, rabia, mala hostia…

3 La tercera manipulación es tan grave como las dos anteriores: la letra de un rap se compone de varios versos, no de prosa. Convertir al verso en prosa, romper la rima y el ritmo y lo transforma en un texto plano, como si fuera la lección magistral de una catedrático de obstetricia.

Esta manipulación conduce a una paradoja: todos hablan del derecho a la libertad de expresión, pero nadie cae en la cuenta de que el rap no sólo es eso sino mucho más, una creación artística y, por lo tanto, lo que ahora está en juego es el rap mismo, un estilo musical cuya supervivencia pende de un hilo a causa de la censura y con la complicidad de los músicos domesticados que nunca levantan la voz.

4 La cuarta manipulación deriva de la anterior: cuando un cretino que -lamentablemente- tiene la sartén por el mango convierte un verso en un texto que se lee sobre el papel, vuelven a ocurrir otras dos cosas paradójicas: o bien el cretino hace una interpretación literal del texto, o si eso no le resulta favorable, entonces hace una interpretación indirecta o metafórica.

El caso es que el resultado tiene que ser el esperado: el rap es delito. Para ello podemos interpretar los textos de tal manera que ocurra así siempre.

Una de las grandes virtudes del rap es que ha reverdecido el viejo arte de la retórica, una disciplina apolillada desde hace dos siglos que enseña a exponer un tema tanto como a “leerlo” después.

Pues bien, resulta que lo que los jueces y periodistas juzgan y analizan no es ninguna canción, como ellos creen, sino su propia interpretación de la misma. Se juzgan y analizan a sí mismos porque cualquier otro es capaz de hacer una interpretación diferente.

5 La quinta manipulación es el truco más viejo del mundo que los periodistas practican desde siempre: extractar versos sueltos de un tema, un poema o una canción. Se aíslan unos versos de otros y se sacan de contexto porque de esa manera lo blanco parece negro y lo negro blanco.

La selección no es aleatoria ni inocente: hay que coger los versos más rotundos, más contundentes, más hiperbólicos, como esa amenaza de ponerle a alquien un arma de destrucción masiva en el culo. Hace falta ser un cínico redomado para sostener que ese tipo de versos son capaces de infundir miedo a alguien.

6 La sexta manipulación consiste en recomponer de nuevo las piezas del rompecabezas. Es muy fácil. Basta con poner a unos versos al lado de otros. Así unos versos ayudan a interpretar a los otros, aunque pertenezcan a un tema distinto.

Las gentes de Corea del norte según el cine de Corea del sur

Un país demonizado es aquel del que se puede decir cualquier bobada porque nadie va a levantar para protestar por una idiotez. Por ejemplo, Corea del norte, un muñeco de feria, un país del que se puede colar cualquier desinformación porque, entre otras cosas, queda muy lejos. No sabemos nada, pero tampoco nos interesa saber.

De esa manera se ha creado un patrón de país, de sociedad y, naturalmente, de personas. Cabría esperar que en Corea del sur conocieran un poco más a sus vecinos del norte, que viven tan cerca y hablan el mismo idioma. Muchos de ellos son familiares entre sí. ¿Qué opinan de ellos?

Naturalmente las agencias de prensa tienen que mostrar otro estereotipo. Para eso les pagan. Pero, ¿cuál es la imagen que muestra el cine? El crítico Antoine Coppola ha dedicado a ello un interesante artículo (*), del que cabe deducir que esa imagen ha cambiado con el tiempo, ha seguido una evolución, condicionada por la situación política internacional.

Ahora podríamos ponernos pedantes y constatar que el cine es ideología, una superestructura que refleja la correlación de fuerzas, etc. No es así. Hasta hace bien poco, el cine surcoreano ha sido subvencionado para crear un artificio falso entre sus espectadores, muy aficionados al séptimo arte, un entusiasmo que comparten con los del norte: 200 millones de espectadores anuales.

El cine surcoreano no ha sido otra cosa que otro aparato de desinformación adicional, de manera que, una vez liberado de esas ataduras, la presentación del vecino ha cambiado. Ya no lo pintan tan negro. Los espectadores se han enterado de que en el norte hay personas buenas, incluso muy buenas.

En los noventa, dice Coppola, el cine del sur mostró una imagen politizada, tópica, de los norcoreanos que, entre otras cosas, sirvió para esconder las propias vergüenzas de un sur sometido hasta 1988 por una de las más repugnantes dictaduras fascistas de la posguerra, asociada a Estados Unidos.

En ese cine, el norcoreano era un comunista y el mejor comunista es el comunista muerto. Pero esa tesis es contraproducente porque supone que todos los habitantes del norte están de acuerdo con su Estado, y no es eso lo que se pretende demostrar, sino todo lo contrario: el norte es malo porque hay norcoreanos que no son comunistas y carece de libertad; no les permiten elegir en el supermercado de los partidos políticos.

A partir de los noventa, el cine del sur cambia el centro de gravedad: los norcoreanos son personas como nosotros mismos, hay de todo, no se puede generalizar… Es una imagen más cercana que siempre encaja bien con el vecino de arriba, con el que hay que esforzarse por llevarse bien, por convivir.

Es la “Revolución de las Candelas” de finales de 2016, el acercamiento de las dos Coreas que no está gustando nada en Washington: conversaciones mutuas, sin Estados Unidos como intermediario, y participación conjunta en los Juegos Olímpicos de Pyeongchang. Incluso los coreanos descubren su historia común y su enemigo común, Japón, al que achacan con una única voz la esclavización sexual de las mujeres coreanas durante la Segunda Guerra Mundial.

Es la reconciliación nacional a la coreana. La película “Joint Security Area” de Park Chan-wook relata la amistad de dos coreanos, uno del sur y otro del norte, mantenida en secreto que, por encima de diferencias ideológicas, como debe ser, pone la nacionalidad común. Otras películas imputan la división entre las dos Coreas a los países extranjeros (Estados Unidos, China, URSS, Japón), que han sembrado la discordia en la península, donde no hay diferencias sustanciales entre la población.

En el nuevo cine coreano la política ya queda muy lejos. A uno u otro lado del paralelo los coreanos son una gran familia a la que los avatares de la vida han desperdigado por distintos rincones del mundo y que debe reunirse para celebrar el cumpleaños de una abuela anciana. En el argumento de “Taegucki” aparece un soldado del sur para quien sólo cuenta la familia, lo que no le impide pasar con sus armas al norte. En “Welcome To Dongmakeol” el escenario es una pequeña aldea en la que unos y otros se reencuentran con sus raíces comunes, algo que sólo es posible porque los del norte no son tan malos como habíamos creído hasta ahora.

Pero en Corea del sur los guiones de cine cambian con los cambios de gobierno. Cuando llegan los hijos de MacArthur, “la derechona”, se acaba el diálogo entre unos y otros, vuelve el cine de la Guerra Fría, el anticomunismo primario, la guerra contra la invasión comunista, las torturas, el norcoreano hambriento, fanatizado y sanguinario…

En la película “Berlin File” el guión no escapa a otro tópico que no podía quedar ausente: tanto si viven en el sur como en el norte, los de abajo son personas sencillas manipuladas por los de arriba, cuyas acciones están dirigidas por móviles abyectos. El protagonista es un espía nordista traicionado por sus jefes. La infantería y la tropa de línea no son malos. Corea no tendría ningún problema si los del norte y el sur acabaran con sus respectos Estados Mayores.

Cuando el cine coreano es independiente, como “Jiseul”, una película presentada en el Festival de Sundance, el guión cambia radicalmente. Si el espectador no está atento a los títulos de crédito puede creer que se trata de la repugnante propaganda nordista. La historia es insólita: la matanza de comunistas perpetrada por la ONU y el ejército del sur en la isla de Jeju.

¿Sólo habían oído hablar Ustedes de las masacres cometidas por los feroces comunistas del norte? La película, basada en hechos reales, les mostrará otro rostro de la historia… al estilo coreano de su propia reconciliación nacional. Para que ello sea posible, el argumento necesita despolitizarse porque las verdaderas víctimas sólo son tales si no toman partido. Los inocentes son apolíticos; al resto (que son muy pocos) se los puede matar.

(*) https://asialyst.com/fr/2018/02/12/nouvelle-image-nord-coreens-cinema-seoul/

Exposición de pintura soviética en Málaga

Fabricación de acero, Alexander Kuprin, 1930
El fin de semana pasado la sede en Málaga del Museo Público de Arte Ruso de San Petersburgoha abrió su nueva exposición anual, dedicada a la pintura soviética de 1930 a 1950.

Previamente, el visitante se tiene que preparar para oir y leer muchas chorradas, pero el sacrificio merece la pena.

Descubrirá que el arte soviético (al que califican como “realismo socialista”) no fue nada homogéneo, ya que la exposición muestra muy distintas tendencias.

A través de 132 obras, la exposición “Radiante porvenir” indica la complejidad del arte soviético, tan complejha por lo menos como el arte de cuaklquier optro país. “Todo fue más complejo e interesante de lo que se piensa”, destaca en una visita guiada la comisaria de la exposición y directora artística del Museo de San Petersburgo, Evgenia Petrova.

En el arte soviético se desarrolló una variedad de estilos, géneros y temas con  diferentes significados ideológicos. El canon existente del trabajo realista socialista, además de la veracidad ideológica, sugería espectacularidad, narración, didacticismo. Estaba dirigido a los sectores más amplios de la población.

Ya en las primeras salas están presentes Lenin y Stalin, desde los momentos preparatorios de la Revolución por parte del primero o en la juventud del segundo, durante su deportación a Siberia por sus actividades revolucionarias.

En algunas obras los artistas se fijan en personajes anónimos de la sociedad, como una universitaria o una trabajadora, muchas veces femeninos, porque la mujer «tenía en la época soviética un rol muy protagonista», según Petrova.

En la década de 1920 y principios de la de 1930, el desarrollo estilístico del arte soviético estaba en marcha. Las obras de estos años incluyen una amplia gama de tradiciones cultivadas desde el arte arcaico al constructivismo; sin embargo, como resultado de la lucha, a mediados de los años 30, contra el formalismo se estableció como lenguaje oficial el realismo.

Un lugar importante en el complejo temático del realismo socialista fue ocupado por obras dedicadas al trabajo. Los artistas cantaron los éxitos de la industrialización, la construcción y la agricultura; en el camino de la colectivización, alabaron a los obreros avanzados y los campesinos koljosianos.

Muchos artistas dedicaron su trabajo al ejército y la armada: maniobras militares y desfiles, retratos e imágenes colectivas de soldados y comandantes, el equipamiento militar, la historia revolucionaria de las fuerzas armadas soviéticas; estas historias estaban llenas de eventos festivos, que organizaba periódicamente la dirección política del Ejército Rojo.

Las brillantes imágenes del arte soviético están dedicadas también a los temas de la juventud, la cultura física y el deporte. En la URSS el deporte tuvo una gran importancia, y la exposición le dedica una sala que, además, recorre acontecimientos históricos como la Segunda Guerra Mundial y, dentro de ésta, la batalla de Sebastopol o el sitio de Leningrado.

Asimismo, el museo presenta dos nuevas exposiciones temporales, la primera titulada «La mirada viajera», que muestra los numerosos viajes que plasmaron los artistas de ese país durante los siglos XIX y XX. Lugares tan diversos como Egipto, Palestina, Marruecos, Italia, Francia, España, Alemania, Suiza, Holanda, India, Estados Unidos, China o Japón fueron reproducidos por sus pinceles, y reunidos ahora en Málaga pueden ayudar a ver Rusia “como un país no tan cerrado como se piensa”, a juicio de la comisaria.

En los campos de la paz, Andrei Mylnikov, 1950

Los Papeles del Pentágono: lo que va de la realidad a la gran pantalla

La última película de Steven Spielberg sobre los Papeles del Pentágono (“The Post”) es una excusa para que los espectadores, sobre todo los más jóvenes, descubran un período de la historia del siglo XX, la Guerra de Vietnam, que influyó mucho en los más veteranos.

El guión relata la filtración a la prensa (New York Times y Washington Post) en 1971 de una masa gigantesca de material documental sobre la Guerra de Vietnam. Es lo más viejo del mundo: la historia oficial, todo lo que sobre Vietnam habían contado en Estados Unidos desde los tiempos de Truman, era mentira, pero algunos tragan con carros y carretas, hasta que llega la maravillosa prensa “made in USA” y les saca de su estupor.

¿Qué había contado esa prensa antes de la filtración de 1971? Las mismas mentiras que los portavoces de la Casa Blanca, los políticos y los parlamentarios.

Luego llega Hollywood para que saquemos la siguiente conclusión y nos la metamos en nuestra cabeza: una prensa libre como la que disfrutan en Estados Unidos (y no en otros países como la URSS) es imprescindible porque sirve de contrapeso al poder político y bla, bla, bla, bla, bla… Los verdaderos héroes de la democracia no son los políticos sino los periodistas y bla, bla, bla, bla….

Vean una de las primeras mentiras: los Papeles del Pentágono son 4.000 volúmenes de documentos que ningún periódico ha publicado nunca, entre otras razones porque es materialmente imposible.

La segunda mentira: el filtrador, un espía con mala conciencia llamado Daniel Ellsberg, tampoco filtró todos los papeles sino sólo algunos. Por ejemplo, no informó de que el presidente Johnson estaba negociando la retirada con los malvados (el Vietcong).

La tercera: la publicación de los Papeles no supuso ningún riesgo para la prensa porque lo autorizó expresamente el Tribunal Supremo. El levantamiento del secreto para que se pudieran difundir íntegramente no se levantó hasta… 2011. Sólo pasaron 40 años más.

La cuarta es muy importante: el Tribunal Supremo autorizó la publicación parcial de algunos de los documentos porque en Estados Unidos las movilizaciones contra la guerra eran un clamor popular, una insurrección cotidiana. De lo contrario hubieran dado el acostumbrado carpetazo.

Moraleja: sin una lucha tenaz en la calle, no hay leyes, ni derechos, ni tribunales, ni libertades, ni democracia, ni nada de nada.

Robert MacNamara
Aquí ya hemos desnudado en más de una ocasión al Washington Post, entre otros estafadores, sobre los que podemos seguir contando batallitas sin parar, como su silencio en el caso Irán-Contra: el presidente Reagan vendiendo armas clandestinamente al eterno enemigo iraní en 1981 para financiar así a los terroristas que luchaban contra el gobierno sandinista en Nicaragua (también clandestinamente).

El Washington Post conoció desde el primer momento que su país estaba financiando a los teroristas nicaragüenses (¿les suena esto?) y no lo publicó. ¿Dónde quedó su heroísmo?, ¿dónde estaba la prensa independiente?, ¿dónde los contrapesos del poder político?

Pero la cosa es aún más fuerte: la afamada editora del periódico, Katherine Graham (Meryl Streep en la pantalla), había pasado un fin de semana en compañía del no menos famoso Henri Kissinger hablando de los papeles antes de su publicación. Nadie se los filtró; ya los conocía.

En la película la larga velada se resuelve con un cara a cara entre Graham y Robert MacNamara, secretario de Defensa de 1961 a 1968 bajo las presidencias de Kennedy y Johnson. La editora demuestra mucha familiaridad con el jefe del Pentágono y le reprocha haber ordenado la compilación de toda la gran masa documental y, a pesar de ello, continuar con la guerra de agresión que los imperialistas no podían ganar.

Al aspecto fundamental de todos los Pepeles del Pentágono, las movilizaciones populares, hay que sumarle, pues, el otro punto capital: que en las altas esferas todos sabían, al menos desde 1971, incluida la prensa, incluido MacNamara, que habían perdido la guerra. Pero, ¿qué hubiera ocurrido si creyeran que la podían ganar?

La deducción es: la publicación de los Papeles del Pentágono no se hizo con propósitos pacifistas, sino para presionar a la Casa Blanca a fin de que buscara una salida honrosa, negociada, que disimulara una derrota en toda regla. No se trataba de la paz sino de guardar las apariencias.

No podemos dejar de mencionar al presidente Nixon, porque la publicación de los papeles se produce dos años antes del Golpe de Estado periodístico de Watergate. Nixon es el presidente más amortizado del siglo XX y en Washigton sus alias circulaban de boca en boca: “Dick” el mentiroso, el tramposo, el estafador…

Nixon abandonó la paridad del dólar con el oro, bombardeó Camboya salvajemente (más de medio millón de toneladas) sin autorización del Congreso, negociaba con la URSS y con China, orquestó el Golpe de Estado contra Allende en Chile en 1973… La película deja claro que en 1971 los demócratas ya preparaban la caída de su presidente, como ahora preparan la de Trump.

¿Qué deben esperar de la película? Una extraordinaria puesta en escena, como todas las de Steven Spielberg, un sionista de primera línea, que en 2006 financió al criminal Estado de Israel con un millón de dólares por la criminal agresión contra Gaza. Spielberg está en la línea de todos los demócratas “made in USA”. Forma parte de eso mismo que denuncia.

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