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El legado de Franco continúa en el panorama político español

Un reportaje en buena parte centrado en la ciudad de Valencia sirve al diario New York Times para recordar hoy al mundo que España aún no ha superado la división social fruto de la Guerra Civil. Trata de explicar cómo a los 40 años de la muerte de Franco no se conmemora oficialmente el comienzo de la Transición y cómo alcaldes de los “ayuntamientos del cambio” están poniendo el acento, de nuevo, en el callejero de las grandes ciudades españolas.

“En Valencia, la tercera ciudad más grande de España, delator y acusado de la Guerra Civil española son honrados uno al lado del otro, al menos en su callejero”, comienza el relato del reportaje en la cabecera estadounidense. Recuerda que la capital levantina llama a una avenida Joan Baptista Peset Aleixandre, médico y rector universitario de izquierdas que coordinó hospitales en la zona durante el conflicto. Una calle paralela lleva el nombre de otro médico, Marco Merenciano, un fascista que presentó cargos y testificó contra el primero, que fue asesinado en 1941 en el muro de un cementerio.

“Los nombres de las calles y otros símbolos del franquismo, no solo aquí, sino en toda España, dan buena muestra no solo de cómo el legado de Franco permanece incrustado en el panorama político y físico de España, sino del fracaso de una democracia madura a la hora de lidiar con este problema”, sostiene el reportaje. Recoge las iniciativas de Joan Ribó, alcalde de Valencia, y Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, para cumplir con la ley de Memoria Histórica puesta en marcha por el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, que quedó sin fondos desde la llegada del PP al Gobierno.

El hecho de que Merenciano tenga una calle propia es «un escándalo», según Joan Ribó. “Es difícil de creer que todavía estemos honrando a personas vinculadas a la represión franquista, algo que claramente no se da en relación con el nazismo en Alemania o el fascismo en Italia”.

New York Times también recoge la visión contrapuesta: “Los conservadores entienden que ya se han eliminado las estatuas de Franco y otros símbolos importantes de su régimen”.

También critican que “las administraciones de izquierda no han mostrado el mismo celo a la hora de discutir las atrocidades de guerra cometidas por los opositores de Franco”, se lee en el reportaje, que recoge declaraciones de la delegada del Gobierno en Madrid, Concepción Dancausa: “Es un debate estéril, impulsado por los políticos, que solo ayuda a aumentar las divergencias dentro del pueblo español», sostiene.

Para otra cabecera internacional la lectura es parecida, pero con otra narrativa: The Guardian destaca que 40 años después de la muerte del dictador, los “indignados” reclaman una democracia total una transición real desde el pasado del país. El artículo destaca a Podemos como la formación emergente que más clama por una nueva transición que clausure, legalmente, guerra y dictadura.

“Aunque pocos en Alemania o Italia pagarían abiertamente por un homenaje a Adolf Hitler o Benito Mussolini, los partidarios franquistas de todo el país y del exterior se reunirán durante una misa en la tumba del dictador español en la basílica en el Valle de los Caídos, la imponente construcción tallada en el granito de las montañas que cercanas a Madrid”, informa el diario. También recuerda que la Fundación Franco Francisco, dedicada a celebrar la vida y la obra del dictador, llevará a cabo una cena para destacar los logros de largo gobierno de Franco.

Un gran negocio llamado franquismo

Juan March
Julián Vadillo

El 21 de agosto de 1942 Franco dijo lo siguiente en un discurso en Lugo: “Nuestra Cruzada es la única lucha en la que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos”. Lo que es cierto cuando comprobamos cómo grandes familias de este país (los Gómez-Acebo, Aguirre Gonzalo, Banús, Fierro, Oriol y Urquijo, etc.) medraron a la sombra del dictador. Pero no sólo se benefició a esas familias. El propio Franco hizo su fortuna a partir del golpe de Estado contra la República.

Como ha mostrado el historiador Ángel Viñas, Franco comenzó la Guerra con el sueldo congelado y la acabó con 32 millones de pesetas de la época (el equivalente actual a 388 millones de euros). Para Viñas, esta fuente de riqueza podría venir por la donación de café que el dictador brasileño Gentulio Vargas dio a Franco, que se enriqueció personalmente en su venta.

Y es que el entramado de corruptelas y enriquecimientos del franquismo parte desde su origen. El golpe de Estado de julio de 1936 no habría sido posible sin la ayuda financiera que el banquero Juan March brindó a Franco. La compra de armamento, los negocios con nazis y fascistas, tuvieron a March como protagonista. A cambio, éste consiguió de Franco el monopolio bancario y financiero.

La fortuna de Juan March creció durante el franquismo, con la fundación de empresas que prosperaron a la sombra del régimen y que aún existen. Los March siguen presentes en consejos de administración de empresas importantes de España (ACS, Acerinox, Prosegur, etc.). March fundó en 1951 Fuerzas Eléctricas de Cataluña (FECSA), que se hizo con el monopolio de la producción eléctrica catalana. Sobrevivió al franquismo y fue una de las impulsoras de la central nuclear de Ascó hasta su absorción por parte de Endesa. Una empresa que reportó enormes beneficios a los March.

Junto a estos incrementos de riqueza hay que analizar cómo se realizaron algunas obras públicas del franquismo. Las imágenes de Franco inaugurando pantanos, pueblos reconstruidos, canales de riego o el faraónico Valle de los Caídos, tienen detrás una triste historia. De una parte, las concesiones a empresas adictas al régimen. De otra, el uso como mano de obra esclava de los presos políticos.

Gracias a la investigación de historiadores como José Luis Gutiérrez Molina, sabemos que el Canal del Guadalquivir utilizó hasta 2.000 presos políticos como mano de obra esclava bajo el auspicio del llamado Patronato de Redención de Penas por el Trabajo, utilizado para aminorar las condenas. Mano de obra expuesta a un peligro vital, sin ningún tipo de garantía y que reportó al Estado enormes beneficios. Alrededor del Canal se instalaron auténticos campos de concentración.

La Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones también se benefició de esa mano de obra esclava.

Pero el monumento por excelencia que encarnó la utilización de presos políticos y que no sólo benefició al Estado sino a empresas privadas, fue el Valle de los Caídos. Franco eligió el emplazamiento de Cuelgamuros para realizar una faraónica construcción donde hacer su propia tumba. La concesión de la construcción del Valle de los Caídos recayó sobre las siguientes empresas: San Román, filial de Agromán, y Estudios y Construcciones Molán y Banús. Posteriormente se uniría Huarte y Cía.

Todas estas empresas utilizaron mano de obra esclava, los presos republicanos. El periodista Rafael Torres cifra en 20.000
los presos republicanos que participaron en la construcción del Valle de los Caídos. El también periodista Fernando Olmeda,
ha documentado que en el Valle trabajaron 141 batallones de presos.

Isaias Lafuente dio un paso más y cuantificó los beneficios del franquismo por el uso de esa mano de obra: 130.000 millones de pesetas (unos 780 millones de euros). Esa mano de obra esclava fue la base del beneficio económico de las empresas. Si un trabajador les costaba 10,50 pesetas por día, el preso político sólo recibía 50 céntimos, tal como ha explicado en más de una ocasión Nicolás Sánchez-Albornoz, que estuvo preso en el Valle de los Caídos en 1947 y que huyó de España.

Los grandes empresarios de esta construcción fundaron incluso entidades bancarias posteriores como el Banco Guipuzcoano de José María Aguirre Gonzalo, uno de los fundadores de Agromán. También José Banús, quien se benefició de distintas concesiones del régimen en construcciones como Puerto Banús. Allí todavía sus descendientes explotan el beneficio del turismo de alto standing (entre ellos la familia real saudí).

Muchas de estas empresas siguen existiendo hoy en día. Los beneficios que consiguieron en su momento explotando la mano de obra esclava siguen cotizando en el IBEX 35. Durante el franquismo se inauguraron también las puertas giratorias. Son varios los ministros de Franco que, por las concesiones que hacían a determinas empresas, acabaron sentados en los Consejos de Adminis­tración de esas mismas empresas. Algunos de esos altos cargos franquistas consiguieron también importantes puestos en la banca española.

En 1993, el periodista Jesús Hermida entrevistaba a la plana mayor del PP. Un PP pujante que apuntaba a la Moncloa. En ese programa televisivo se sacó la conclusión que dicho partido era una derecha moderna, sin vínculos con el franquismo. Allí se sentaron José María Aznar, Mariano Rajoy, Rodrigo Rato, Javier Arenas, etc.

Pero a pesar de ese intento de desvinculación del franquismo, lo cierto es que muchos de esos políticos habían crecido al calor del régimen y sus familias se beneficiaron de las concesiones del mismo. Ramón Rato, padre de Rodrigo Rato, había fundado Radio Nacional de España con Millán Astray y Dionisio Ridriejo, y era propietario del Banco del Norte y el Banco Murciano. Y el propio Aznar es nieto de Manuel Aznar, uno de los periodistas de cabecera del régimen franquista y que también formó parte del Banco Urquijo.

El franquismo no sólo fue una maquinaria represiva sino también una gran empresa y un negocio que, en la actualidad, sigue reportando beneficios.

A los negocios que el dictador facilitó se deben sumar los beneficios que la propia familia del dictador tuvo y tiene. Propiedad adquiridas durante la dictadura que hoy siguen reportando beneficio, ya sea por su explotación o su venta, a los descendientes del dictador. El caso más conocido es el del Pazo de Meiras en A Coruña.

https://www.diagonalperiodico.net/saberes/28387-gran-negocio-llamado-franquismo.html

Palomares

Bianchi

En enero de 2016 se cumplirán cincuenta años del «incidente» de Palomares. El día 17 de enero de 1966, sobre el cielo de Palomares, una aldea almeriense próxima al Mediterráneo, dos aviones militares norteamericanos, un B-52, prototipo de bombardero estadounidense utilizado para devastar las selvas vietnamitas, y el avión nodriza que le abastecía de combustible en pleno vuelo, chocaron entre sí y cayeron a tierra en medio de una gigantesca bola de fuego. De las cuatro bombas atómicas de hidrógeno que portaba el B-52, dos se rompieron al estrellarse contra el suelo lo que provocó una grave contaminación de uranio y plutonio.

Aquello, como no podía ser de otra forma, se trató de ocultar, pero entre lo que se filtró reproduciremos las declaraciones -de un cinismo sublime- del embajador de los EE. UU en España que manifestó -con un morro que se lo pisa- que ese «accidente nuclear» habría traído consigo la modernización de toda esa comarca almeriense: «estos pueblos eran desconocidos y hoy -entonces- tienen fama universal (…) Sí, en efecto, probablemente hemos metido a esas gentesen el tiempoen nuestro tiempoen un tiempo de bombas atómicas» (diario «Arriba», órgano del Movimiento Nacional, 3-4-1966).

Con no menor desparpajo hijoputil, un plumilla llegó a escribir que el «accidente»«ancla firmemente a la región (?) de Palomares en el mapa turístico de España» («Arriba», 10-3-66). La prensa venal franquista, encima, riéndole las «gracias» al embajador yanqui quien, por cierto, protagonizara el célebre baño que se dio en aguas almerienses junto a Fraga Iribarne, con su meyba, ministro de Información y Turismo a la sazón, para hacer ver que allí no había pasado nada, oiga. No faltaron quienes dudaron de que aquella playa fuera almeriense…

En 1968 Isabel Álvarez de Toledo y Maura, Duquesa de Medina Sidonia -con el tiempo conocida como la «Duquesa Roja»-, escribió un libro sobre Palomares donde, por una parte, reconstruía unos hechos en buena medida desconocidos para la opinión pública española, sometida a un «silencio impuesto» y «la mentira oficial», y por otra parte, denunciaba la precaria situación sanitaria y económica de los campesinos y pescadores de la zona contaminada. Mutilado el texto por la censura de la época, llamada entonces «consulta previa», y relegado después, en la Transición, al olvido, el valioso manuscrito sigue inédito hasta ahora, como quien dice.

Al principio, la consigna oficial fue negar toda peligrosidad derivada del «accidente». Cuando se rescató del mar la cuarta bomba, los técnicos norteamericanos reconocieron, sin embargo y a toro pasado, la destrucción apocalíptica que se habría producido en el caso de haberse provocado una reacción en cadena de alguna de ellas: «el paisaje se hubiera transformado en algo muy parecido a un cráter lunar, en un radio de 15 kilómetros. Palomares, Villaricos, Mojácar, Cuevas de Almanzora (donde nació, haremos una digresión, el fascista y presunto periodista Carlos Herrera que seguro que hoy restaría importancia a aquel «incidente» que estuvo a punto de matar a sus propios paisanos), Vera y Garrucha hubieran quedado completamente arrasadas y sin ningún vestigio de vida animal o vegetal. Más de 60. 000 muertos amén de que la lluvia radiactiva hubiera caído en una extensión mínima de 800 kms. cuadrados» («El Alcázar», 4-5-66 y «Pueblo»). Como dice la autora, los 24 megatones de la bomba recuperada del mar «suponían una potencia cinco mil veces superior a la de aquella ‘modesta’ (comillas mías) bomba que destruyó Hiroshima». Más tarde se supo que la contaminación radiactiva registrada en Palomares fue la más grave contaminación de plutonio registrada hasta entonces en el mundo. Los vecinos desinformados totalmente. Al revés, como coña, como típica estampa de Celtiberia Show, la bomba del «tío Pedro» -no confundir con el «Tío Pepe» de la Puerta del Sol madrileña, es broma- constituyó la máxima atracción -como ese resto de basura espacial que ha caído hace pocos días en un pueblito de Murcia, en Mula-. A su alrededor había «recuerdos» para todos: pedazos de metal anormalmente gruesos, piezas inidentificables y otros «souvenirs». Los chiquillos jugaban con lo que encontraban de restos del ostión de los aviones siniestrados. Los mayores, más «científicos», trataban de averiguar su composición cortando trozos a navaja. Se manipulaba la bomba H sin precaución ni miedo ni nada. Lejos de nosotros burlarnos de gentes sencillas -algo que no nos lo permitiríamos jamás-, pero la cosa tiene ribetes de humor (negro) berlanguiano. Además, ¿por qué iban a tener miedo o adoptar precauciones si el propio ministro, Fraga Iribarne, disipaba con su habitual contundencia toda duda razonable declarando que «puedo asegurar rotundamente que no hay en la tierra ni en el mar ningún tipo de contaminación» («Arriba», 13-2-66). Y se dio un chapuzón para convencer a los «conspiranoicos» de entonces. Grande don Manuel, cómo te echamos de menos.

A Emilio Romero, director del diario «Pueblo» (órgano de los sindicatos verticales franquistas), que no sonará mucho a nuestros miles y miles y centenares de miles de nuestros lectores, qué digo miles, ¡¡millones!!, era entonces, cuando sólo había una televisión, aunque hoy, para el caso, casi lo mismo en cuanto a la emisión de mensajes-consignas y el masajeo del personal, era, digo, tan «popular» como el recién desaparecido, servil y amanerado, Jesús Hermida, que ya sonará más y que, por cierto, hiciera sus primeras armas en el diario de Emilio Romero, «Pueblo». A este «busto parlante» (soltaba peroratas y homilías en TVE -en blanco y negro- para aleccionar a la chusma), a Romero, decíamos, le costaba creer que toda una duquesa se pusiera al lado del pueblo y apoyara sus reivindicaciones. No le entraba en la cabeza y, la verdad, algo de razón ya llevaba, pues lo de la duquesa y su deriva, como se dice hoy, no era precisamente la norma…

Terminaremos diciendo que en 1985 (antes había que leer «Le Monde» para enterarse de «lo de Palomares», el que supiera francés, claro, y a su corresponsal -muy odiado por Fraga- José Antonio Novais, o «France Soir» o la agencia «France Press» del país vecino) apareció el único libro específico sobre Palomares publicado por un español hasta la fecha: «Las bombas de Palomares, ayer y hoy». Madrid. Ediciones Libertarias, hoy inédito, aunque se agotó en su día pese a la mala distribución. El autor fue Rafael Lorente, diplomático psoecialista vinculado a Tierno Galván -el «Profesor»– y buen conocedor de la costa almeriense hasta tal extremo que fue testigo presencial y de excepción del «accidente», pues se encontraba el aciago lunes del 17 de enero de 1966 en la playa de Mojácar y vio el choque de los aviones sobre el cielo azul y acudió enseguida a Palomares a fisgar. Sus declaraciones al diario «Le Monde» fueron decisivas en la difusión internacional de la cosa. Lorente no aceptaba en su libro la versión oficial USA y mantenía, basándose en su observación directa y en la otros testigos oculares, que fueron tres -y no dos- los aviones que se fostiaron: dos bombarderos B-52 y un avión cisterna KC-135. Lorente se quedó ciego a los dos años del «accidente» y murió en 1900 de cáncer.

Hoy, quienes niegan a los catalanes decidir qué cosa quieran ser, si separarse o no, siguen vendiendo su solar al imperialismo yanqui con sus bases navales y aéreas. Claro que, como dice la prensa adicta -al igual que la prensa franquista de entonces-, eso «crea puestos de trabajo». Unos patriotas es lo que son. Y nosotros unos insensatos desagradecidos.

Para acabar con el fascismo hay que construir el socialismo

Según una reciente investigación del Centro para la Investigación de la Historia de Postdam, en Berlín, en la posguerra numerosos funcionarios del Ministerio del Interior de Alemania tenían un pasado nazi.

La información ha sido proporcionada por la cadena alemana Deutsche Welle. Un equipo de historiadores encabezado por Frank Bösch, director del Centro, ha estudiado los expedientes personales de los funcionarios de dicho Ministerio entre 1945 y 1970.

En 1950 la mitad de los funcionarios eran antiguos nazis y muchos de ellos habían servido en unidades militares de las SS. Entre 1956 y 1961 la cifra era aún mayor, sobre todo entre los altos cargos: un 66 por ciento eran nazis.

Los historiadores exponen varias causas de este fenómeno. Una de ellas es que, fuera de las filas nazis, en la posguerra no había personal cualificado para ejercer funciones públicas, al menos en un Ministerio tan especial como es el de Interior.

Otra de las explicaciones es que los nazis mintieron sobre su pasado, a lo cual hay que añadir que los expedientes de depuración fueron ineficaces o que simplemente hicieron la “vista gorda” para mantener a los nazis en los aparatos del Estado.

Sin embargo, es mucho más interesante constatar que en la posguerra siguió existiendo entre los nazis una red de ayuda que promocionaba a sus viejos colegas de armas para que alcanzaron los puestos más elevados de poder en la República Federal Alemana.

Como consecuencia de ello, en la posguerra muchos de los encargados de “defender las libertades públicas” en Alemania fueron los nazis.

La situación contrasta con la República Democrática Alemana, la Alemania del este, donde los fascistas fueron juzgados, depurados y en los casos más graves, ejecutados.

No se puede acabar con el fascismo manteniendo el viejo Estado, sino que hay que construir otro nuevo; hay que hacer la revolución socialista.

Las bobadas de Pérez-Reverte sobre la guerra civil

David Becerra

Cuando Gulliver naufraga en Lilliput y con el tiempo llega más o menos a integrarse en la vida social de ese pueblo habitado por seres diminutos, se sorprende al descubrir que esas personas en apariencia inofensivas se encuentran en guerra permanente con sus iguales que viven en una isla vecina, en Blefuscu. El enfrentamiento tiene su causa en el modo en que cascan los huevos: unos deciden hacerlo por la parte gruesa, mientras que los otros lo hacen por la parte superior del huevo, más estrecha. A los ojos de Gulliver, el motivo que desencadena la guerra resulta absurdo. Como absurdas -extrapola el lector- son todas las guerras; las causas son siempre ridículas en comparación con las nefastas consecuencias de un conflicto bélico.

Sin embargo, lo que no cuenta la novela de Jonathan Swift es que seguramente si Lilliput se enfrenta a Blefuscu no es por la forma de cascar los huevos; la causa se encontraría en la necesidad de conquistar el territorio vecino y expoliar sus riquezas. Los huevos no son más que el pretexto para iniciar la guerra, el discurso ideológico -o la trampa- que toda clase dominante requiere para legitimar una guerra. Las guerras no son absurdas; al contrario, son siempre políticas.

‘La Guerra Civil contada a los jóvenes’, de Arturo Pérez-Reverte -publicada por Alfaguara e ilustrada por Fernando Vicente-, les hace a sus lectores la misma trampa que los liliputienses le hicieron a Gulliver. Despolitiza la Guerra Civil convirtiéndola en un absurdo, como si el pueblo español, en guerra constante contra sí mismo, hubiera iniciado una guerra por su vocación sempiterna de no saber convivir en paz. La Guerra Civil se describe como un absurdo, como si en vez de causas políticas –la agresión del fascismo contra un Gobierno legítimo y democrático– encontrara su motivo en la forma de cascar los huevos.

Una guerra fratricida

‘La Guerra Civil contada a los jóvenes’ nos habla de un absurdo -no de un conflicto histórico. Desde el prólogo mismo se encarga su autor de desplazar cualquier lectura histórica -política y social- de la guerra a favor de un relato fratricida de la misma. «Todas las guerras son malas, pero la guerra civil es la peor de todas, pues enfrenta al amigo con el amigo, al vecino con el vecino, al hermano contra el hermano». No hay conflicto político, simplemente un enfrentamiento entre hermanos, supuestamente iguales.

Como decía el filósofo español -exiliado en México- Adolfo Sánchez Vázquez, «al presentar la guerra como una guerra entre hermanos, igualmente brutales o igualmente nobles, como si los agresores y los agredidos, los verdugos y las víctimas, fueran igualmente culpables o inocentes, se pretende ocultar que la sangrienta Guerra Civil le fue impuesta al pueblo español por el fascismo nacional y extranjero, y que aquel, al resistir la agresión en las condiciones más desventajosas, no hacía más que cumplir con lo que su dignidad exigía». El relato fratricida borra, pues, las verdaderas causas que determinaron el conflicto y asimismo diluye las responsabilidades de los autores de la barbarie al presentar la guerra como un enfrentamiento entre hermanos.

Del mismo modo, se subraya en el libro que la guerra dio lugar a los llamados «móviles personales», esto es, que «bajo pretextos políticos se realizaron robos y solventaron venganzas personales». Estamos de nuevo ante un intento de mostrar la Guerra Civil como un conflicto despolitizado donde los hechos no sucedieron por cuestiones políticas sino que fue un escenario donde se escenificaron rencillas personales, protagonizas por personajes movidos por el odio y el rencor. Llama la atención que en un libro tan breve como este, se conceda tanta importancia a sucesos que, como señala el historiador José Luis Ledesma, «no parece que puedan explicar toda, ni siquiera una parte considerable, una violencia que solo era posible en el marco de la guerra». ¿Por qué -tendremos que preguntarnos- no se habla de las causas políticas, que fueron las que en verdad desencadenaron la guerra, y sí el libro se detiene en estos anecdóticos crímenes personales? Parece que subyace un interés por borrar la historia de esta historia.

La Guerra Civil tuvo sin duda ese componente fratricida que enfrentó a familias, hermanos, padres e hijos, e incluso a vecinos; pero su lectura no puede reducirse a eso. No se puede negar que, en la guerra, participaron sentimientos como el odio o la venganza, y deben reconocerse como síntomas del conflicto, pero no como elementos determinantes que lo originan. Confundir las causas con las consecuencias, lo determinante y lo determinado, puede provocar un falseamiento total o parcial de la historia. Y eso sucede en ‘La Guerra Civil contada a los jóvenes’ de Pérez-Reverte.

Visión teleológica de la República

El libro de Arturo Pérez-Reverte reproduce una visión de la República que coincide sobremanera con la que se encargaron de edificar los historiadores revisionistas -y mucho antes, los mismos ideólogos del franquismo. La República se define en el libro de Reverte como sinónimo de caos, de inestabilidad, de conflicto constante en las calles. Todo ello para justificar “la confrontación inevitable”. Según su descripción, la República estaba condenada a desembocar en una guerra civil. La descripción de la República se hace desde su final; se ofrece en el libro una definición teleológica que borra la sustancialidad o la autonomía histórica del periodo republicano -que solo existe para explicar la guerra, reduciendo la República a mera causa o antecedente.

Cuando se hace crítica literaria -y acaso no otra cosa se debe hacer ante un libro de historia que en el fondo no hace más que ofrecer una ficción de lo que fue la Guerra Civil-, es más importante leer los silencios que las palabras escritas. En el silencio se puede observar el compromiso del texto con el poder.

En ‘La Guerra Civil contada a los jóvenes’, llaman la atención sus múltiples -y significantes- silencios. De la misma manera que el libro se detiene a presentar el periodo republicano como un estado de caos permanente, no dice ni una sola palabra de sus logros y reformas. Ni reforma agraria, ni voto femenino, ni reforma educativa aparecen en el libro. Ni una palabra.

Poner silencio sobre este asunto no solo contribuye a que el lector desconozca la verdadera historia de la República, sino que además sirve al autor para presentar la Guerra Civil como ese absurdo que se propone presentar: Reverte no muestra el golpe de Estado como una reacción de la oligarquía ante las reformas republicanas, sino como el resultado de una tensión entre «dos fuerzas enfrentadas» -quienes no se sabe muy bien por qué se enfrentan-  que, por medio de un relato equidistante que sobrevuela todo el texto, se reparten las responsabilidades entre los dos ‘bandos’. Pero, hay que recordarlo una vez más, la República no era un bando, sino un Gobierno legítimo y democrático. Entre víctimas y verdugos no hay simetría.

El final feliz de la transición

La importancia que el libro concede a la República no se la concede sin embargo al franquismo. Suele ocurrir en muchos libros sobre la Guerra Civil, que incluyen en un mismo volumen República y guerra, en vez de hacer lo que sería más oportuno: Guerra Civil y franquismo -donde sí existe una relación inmediata de causa/efecto. Los efectos sobre el imaginario colectivo son evidentes: se vincula la Guerra Civil -y las connotaciones negativas que carga el conflicto- con la República y no con el franquismo. La estructura de un libro -y la distribución de sus temas-  nunca es inocente.

Reverte apenas se detiene a explicar la dictadura. Salta rápidamente de la Segunda Guerra Mundial y de la existencia del maquis a la modélica transición. El libro termina con un final feliz protagonizado por dos grandes hombres -el rey Juan Carlos y Adolfo Suárez- que con grandes gestos decidieron traer la democracia a España. «España -dice Reverte- se convirtió en una monarquía parlamentaria por decisión personal del rey Juan Carlos». Ni una palabra más, ni una sola referencia a las luchas y a la resistencia del pueblo español que sufrió torturas y cárceles por pretender conquistar la libertad y la democracia; ni una sola palabra a los héroes anónimos que, desde las calles y la clandestinidad, hicieron posible que la correlación de fuerzas cambiara para que el régimen no pudiera perpetuar su poder. Esos personajes anónimos son borrados de la historia para convertir en héroe al monarca que heredó del dictador la jefatura del Estado y que juró fidelidad a los principios del Movimiento.

La desconfianza hacia los jóvenes

El libro de Reverte sobre la guerra civil está dirigido -lo dice el subtítulo- a los jóvenes. Parece que Reverte anda, de un tiempo a esta parte, preocupado por la adquisición de conocimiento de los jóvenes. Sin embargo, más bien parece que lo que pretende es limitar su conocimiento. Hace un año presentó a los jóvenes una edición recortada de ‘El Quijote’ (que analizamos aquí). Inquieta la visión que pueda tener Pérez-Reverte de los jóvenes. A juzgar por el estilo de su texto, pareciera que cree que son limitados, incapaces de leer textos complejos, con una extensión mayor que los 600 caracteres que, más o menos, ocupa cada uno de los 30 capítulos del libro. Se intuye, en esta obra, a un autor que desconfía de la inteligencia de sus lectores. Y, cuando eso ocurre, el peor beneficiado es siempre el libro.

Por otro lado, el libro no cumple su función didáctica. El libro habla de grandes acontecimientos que tuvieron lugar en el transcurso de la guerra -desde el caso Unamuno, hasta Guernica, pasando por algunas de las batallas clave, como la de Brunete o la del Ebro-, pero nunca se indican las fechas. El lector tiene que acudir a los anexos del libro y consultar la cronología para poder ubicar en el tiempo histórico lo que está leyendo.

La historia desaparece de este ensayo histórico. Pero no es un descuido. Forma parte del proyecto de deshistorizar la Guerra Civil. Al borrar las huellas históricas -las causas políticas y sociales que determinaron la existencia de la guerra-, el lector saca la conclusión de que los españoles se mataron por una causa absurda y ridícula como es la de cascar un huevo por su parte ancha o estrecha. Pero la Guerra Civil no fue eso, sino un golpe de Estado fascista que reacciona contra las reformas -esas que no aparecen- que puso en marcha un Gobierno legítimo durante la República. Arturo Pérez-Reverte nos ha hecho trampa como le hicieron a Gulliver: nos oculta el verdadero móvil que hay detrás de una guerra. Puede parecer que una guerra es absurda y que no es posible encontrar explicación a la misma; pero sí es posible encontrarla, simplemente hay que tener voluntad de querer hacerlo. En la historia, no en los huevos.

Fuente: http://www.elconfidencial.com/cultura/2015-11-11/perez-reverte-guerra-civil-contada-a-los-jovenes_1091187/

Parque Jurásico

Bianchi

Viejos y aviejados dinosaurios protagonistas de esta farsa que fue la llamada Transición de la Dictadura franquista a la II Restauración monarco-fascista (la I fue con Cánovas del Castillo) y le llaman «democracia» y no lo es, como se decía en el 15-M, que en vez de estar en el museo de la historia junto a la rueca, son paseados por las televisiones privadas para soltar sus ventosidades reaccionarias a más no poder. Hablamos, por ejemplo, del socialfascista, machista y chulo de playa, Joaquín Leguina, expresidente «socialista» de  Madrid; del patán grosero con ínfulas de orador en la peana que se mira a sí mismo en el espejo para verse cual Cicerón José Luis Corcuera, exministro de la patada en la puerta (del Interior) y antiguo electricista de Altos Hornos de Vizcaya militando en UGT y ya fogueándose para engañar y vender a los obreros; Enrique Múgica, ex-Defensor del Pueblo, qué sarcasmo, responsable de la muerte en huelga de hambre de comunistas presos por lo que tendrá que responder ante la justicia popular algún día, aunque, la verdad, le vimos (ayer mismo sin ir más lejos) bastante pachucho y no dará tiempo; Cristina Alberdi, exrojilla y presunta feminista de té a las cinco ocló (con pastitas inglesas) con gesto agrio y amargado como quien sabe que miente para mantener la piscina del chalé en la sierra; o Nicolás Redondo Terreros, tertulisto en la cadena COPE (de la Conferencia Episcopal) dirigido por el fascista Carlos Herrera, un tipo enfermo de vanidad, etc.

Lo que les caracteriza -y alguno más que olvido en este momento- a estos currutacos de medio pelo es que son del PsoE y sólo salen en la cadena del «Tea Party» televisivo español: 13Tv, el canal de los curas, o, antes, Intereconomía (donde en 2013 «debutó» Pablo Iglesias, cuya aspiración máxima es presentar un programa de televisión una vez abandonada la «experiencia política», agotadora pero enriquecedora, dirá este arribista); en otras cadenas (privadas) no les quieren. Y no les quieren por carrozas, discurso fascista y apolillado con olor a naftalina y gente acabada, irreconocible y degenerada. Alfonso Guerra, el que habló de «cepillarse» el nuevo Estatuto de Autonomía catalán, porque le parecía demasiado poco subordinado al Estado, sale vomitando que el asunto catalán se arregla mediante la fuerza y se apoya en un precedente, aquel de la II República donde la autonomía catalana fue suspendida en 1932, creo, escribo de memoria, sin saber siquiera este parásito que no la hincado en su puta vida, los motivos, pero seguro que sabiendo que ese «argumento» el primero que lo sacó a relucir fue otro dinosaurio: Fraga Iribarne, que incluso invocó el art. 155 de la Prostitución española, pero para decir que nunca debía utilizarse. Se asombraría Don Manuel viendo a estos aventajados cachorros fascistas.

Renovarse o morir, es la consigna de los sistemas capitalistas. O sea, más de lo mismo, pero que parezca otra cosa, otro producto. Una ley de hierro saturnal que devora sus propios hijos (de puta). Ahora toca exhibir a gente joven tipo Pablo Iglesias, Albert Rivera, Alberto Garzón, etc. que le cogen gusto al plató televisivo y se pavonean -mientras van adquiriendo «tablas»– como gallos y gallitos.

Es -lo escribí el otro día- la «farandulización» de la política, su espectacularización como un show que quiere hacer del espectador un «espectaculotariado» (ya se sabe que el proletariado no existe), que decían los situacionistas (un grupo anarcoide -lo decimos sin ningún afán peyorativo- de la época del Mayo del 68 que, por cierto, no fue sólo parisino).

Patético lo de esta gente. O, para los que ya somos veteranos del Vietnam, del Vietminh, personajes irrisorios, es decir, objetos de risa y de lástima, como payasos profesionales con perdón de los «clowns».

España fue el refugio de los criminales de guerra nazis

Otto Skorzeny
La ficha de Franz Liesau Zacharias, un alemán que residía en el número 52 de la madrileña calle de Alcalá, es espeluznante. Fue escrita en 1945 y retrata en pocas líneas las atrocidades del nazismo. “Este hombre se hace llamar doctor. En realidad fue agente del servicio de contraespionaje [la Abwehr, de dependencia militar] involucrado en la compra de animales del Marruecos español y de la Guinea española para fines experimentales en Alemania, entre ellos la propagación de horribles enfermedades, como la peste, en los campos de concentración”. Liesau murió de viejo en Madrid, a finales de 1992. Tenía 84 años y estaba acompañado de su esposa, una alemana 24 años más joven. Nadie, salvo su familia y amigos, se interesó por su muerte. Era uno de los numerosos agentes de la Abwehr, las SS o la Gestapo (policías políticas de Hitler) que residían en España y cuya repatriación y entrega a Alemania fue solicitada a Franco por los Aliados al terminar la II Guerra Mundial. Su nombre y el de otros 103 alemanes aparecen en un documento fechado en 1945 que lo reproduce en su integridad en el Archivo General del Ministerio de Asuntos Exteriores. Es una de las célebres listas negras. Tiene 11 folios, está escrita a máquina y en inglés. Su título, Lista de repatriación. Fue redactada por los servicios de espionaje de los Aliados (principalmente Francia, Reino Unido y Estados Unidos) y remitida al dictador para exigirle la expulsión de todos ellos y su entrega a la nueva Alemania. ¿Qué ocurrió con estos presuntos colaboradores del nazismo? ¿Fueron entregados finalmente? ¿Queda alguno de ellos con vida? El destino del agente de la Abwehr Franz Liesau fue similar al del resto de sus compañeros. La gran mayoría consiguió el amparo del régimen franquista, y los más influyentes hasta lograron la nacionalidad española. Casi todos ellos han muerto. Muchos, en territorio español. Este periódico sólo ha podido localizar con vida a Hans Jurestschke, un profesor emérito de literatura alemana que impartió clases hasta 1979 en la Universidad Complutense de Madrid. Tiene más de ochenta años.

La viuda de Liesau descuelga el teléfono con naturalidad. Vive en Pozuelo (60.000 habitantes), una localidad próxima a Madrid, y no pone objeciones a las preguntas del periodista. Unas preguntas delicadas sobre algo que ocurrió hace 52 años. La lectura de la ficha negra de su esposo no parece sorprenderle demasiado. Y dice con acento aparentemente alemán: “Es cierto que trabajó para la Abwehr en España. Pero lo hizo porque le obligaron. De esa forma salvó su vida, porque querían enviarle a combatir a Rusia. Mi marido era doctor en Ciencias Naturales. Me contó que le pidieron que consiguiera monos. No sé si los obtuvo. Tampoco me dijo para qué clase de experimentos eran esos animales. Yo vine a España en el año 1955, hasta ese año no le conocí”.

La esposa del agente alemán, colaborador del almirante Canaris, fundador de la Abwehr, asegura que su marido no era nazi. “Vino muy joven a España, consiguió un trabajo en Tabacalera y pasó la guerra civil en Sevilla. Después se trasladó a Madrid, y al estallar la guerra sus compatriotas en España lo denunciaron para que se incorporara al Ejercito alemán. Al final, como hablaba castellano y era biólogo, le ordenaron que regresara a España y les consiguiera monos de África para experimentos”. Franz Liesau consiguió finalmente la nacionalidad española y se dedicó a negocios de maquinaria.

Quien sí se ha llevado una formidable sorpresa con la llamada de este periódico ha sido Federico Lipperheide, consejero del Banco Bilbao Vizcaya e hijo de Friedrich Lipperheide Henke, el conocido empresario vasco de origen alemán fallecido en 1993, a los 95 años. Su padre es el número 58 de los 104 presuntos agentes de Hitler en España. Los Aliados sólo le dedican en su ficha cuatro líneas. Pero son muy comprometedoras: “Miembro de las SS y de la Organización de Espionaje de la Marina en Bilbao. Utiliza una tapadera comercial. Domicilio: calle de San Agustín (Bilbao)”.

Su hijo, que entonces tenía 17 años, lo niega con rotundidad: “Eso es falso. Mi padre les tenía hasta odio. Es cierto que tuvo amigos del Ejército alemán y recuerdo haberlos visto alguna vez en mi casa. Pero nada más. Incluso le acusaron de alta traición en 1942 [en plena guerra] y tuvo que ir a Alemania porque Hisma (una organización industrial germana) le acusó de vender mineral para los Aliados. Al final se aclaró y se levantó la acusación contra él”.

Los dos hermanos Lipperheide, Friedrich y José, tuvieron graves problemas con los Aliados nada más concluir la II Guerra Mundial. José -que muchos años más tarde, en 1982, sería secuestrado por ETA y después liberado tras pagar rescate- consiguió rápidamente la nacionalidad española gracias al parentesco de su esposa con Esteban Bilbao, entonces presidente de las Cortes franquistas. Friedrich no tuvo tanta suerte y permaneció huido durante algún tiempo. “A mi padre le prestaron ayuda de tipo político en España. Estaba en las listas negras de los Aliados y pedían su repatriación a Alemania. Pero nunca le encontraban. Le informaban de cuándo iba a aparecer la policía para que se escondiera”, relata su hijo. El consejero del BBV, banco tradicionalmente ligado a las empresas de su padre, asegura que éste “sufrió muchísimo anímicamente” durante aquellos años posteriores a la guerra. “Los fondos que los alemanes podían manejar en España se limitaron a 10.000 pesetas mensuales, y hubo denuncias contra mi padre porque decían que gastaba más”.

Cuando se le informa de que las acusaciones de muchas otras fichas de la lista han sido reconocidas como ciertas por las familias de los implicados, Federico Lipperheide señala: “Si hubiera tenido algo que ver con las SS, no me le habría dicho… Habría que preguntar a personas de su edad que le conocieron. Seguro que dicen que era falso”. Los Lipperheide nacieron en Neheim (Alemania) y llegaron a España con 17 años, en el momento en que Vizcaya vivía su apogeo en los sectores minero e industrial. Crearon la empresa Lipperheide y Guzmán, SA, luego denominada Minerales Electrolíticos, SA; y luego, Industrias Reunidas Minero-Metalúrgicas. Frederich se orientó más tarde hacia el sector químico y del plástico.

La desconfianza y recelo de los Aliados hacia esta familia de emprendedores quedó patente en las reuniones celebradas a partir de 1945 para el bloqueo de los bienes alemanes en España. Emilio de Navasqüés y Ruiz de Velasco, subsecretario de Economía Exterior, señala, en un documento sobre adjudicación de bienes alemanes en España, fechado el 3 de enero de 1948: “Para las químicas se ha constituido un pool [grupo] económico en el que entra el 75% de la industria química española. Los Aliados no quieren que Unquinesa participe en este pool, dada la personalidad del señor Lipperheide”.

El número 7 de la lista negra lo ocupó todo un general, un general de las SS llamado Johannes E. F. Bernhardt, que presidía Sofindus, un grupo estatal de 16 empresas alemanas en España creado con fondos de Hisma (grupo empresarial alemán) “recaudados” en la Península durante la guerra civil. Lo componían empresas químicas, navieras (Ibérica, Bachi, Comercial Marítima de Transportes), mineras (Mauritania, Sierra de Gredos), agrícolas (Agro), eléctricas (Siemens, AEG, Osram), bancos (Trasatlántico y Germánico) y seguros (Plus Ultra): un grupo muy poderoso que servía a los intereses de Hitler y tenía un capital social de 85 millones de pesetas de la época. La ficha de Bernhardt dice así: “Responsable de los envíos clandestinos de provisiones para las fuerzas alemanas cercadas en la costa occidental de Francia durante y después de la liberación de ese país”. El general de las SS mantuvo después de la guerra numerosas reuniones con Navasqüés para entregar al Gobierno de Franco y a los aliados el enorme grupo empresarial que Hitler había creado en España. Este periódico no ha podido localizar a ninguno de sus familiares.

Los Lipperheide no fueron los únicos alemanes domiciliados en el País Vasco que atrajeron la atención de los Aliados. Otros 14 presuntos agentes aparecen en la lista negra de futuros repatriados como residentes en esa zona. Llegaron a España antes de la II Guerra Mundial, atraídos por el desarrollo (de la siderurgia vasca. La mayoría montó talleres de maquinaria o empresas de importación y exportación. No eran agentes enviados durante la contienda, o refugiados como León Degrelle, el famoso nazi belga cuya avioneta se estrelló en 1945 en la playa de San Sebastián y al que Franco otorgó refugio y una nueva identidad. Pero algunos tuvieron significadas actividades políticas. Wilhelm Beisel Heuss, “jefe del partido nazi en San Sebastián y delegado de propaganda en el norte de España”, ha sido uno de los últimos supervivientes. Él podría haber testificado ahora sobre la protección de que gozó la red española de colaboradores de Hitler. Pero falleció el pasado mes de mayo [de 1996] en la capital guipuzcoana, a los 93 años. “Íbamos a ir a Benidorm cuando enfermó. Todavía conducía. Estaba muy bien de salud”, manifiesta su viuda. El representante del nazismo en Guipúzcoa llegó a España en 1926, trabajaba en una fábrica de cuchillos en Bilbao y, según los aliados, fue un activo propagandista en el País Vasco de las ideas de Hitler. Su esposa no niega la militancia y liderazgo que le atribuye la lista negra. “Querían repatriar a todos. Pero a él no se lo llevaron. Todo el mundo tuvo problemas por las actividades políticas de entonces. Mire, nosotros ya somos españoles. Tengo una hija, un nieto y un yerno vasco. ¿Qué le parece?”, dice con orgullo.

Otto Hinrichsen, fallecido en España hace 15 años, fue uno de los agentes más activos en el Norte. Según los aliados, se trataba de un cualificado miembro de la Abwehr en Bilbao y se dedicó durante toda la guerra a enviar agentes a Suramérica. Vivía en el número 18 de la calle de Ledesma. Llegó al País Vasco en 1914 y se había casado con una española. Durante la guerra civil trabajó como intérprete en la plana mayor de la Legión Cóndor (la que después bombardearía Gernika para el bando franquista). Una actividad que le sirvió más tarde de escudo protector. Su hijo Rodolfo no niega las actividades de espionaje de su padre. “No es ningún secreto que colaboró con los alemanes. Tenía contacto con tripulantes de los barcos españoles que iban a Nueva York y a Buenos Aires. Les pagaba dinero y conseguía informaciones para el contraespionaje del almirante Canaris. Fue detenido y confinado un tiempo en el hotel Balneario, en Caldes de Malavella (Girona). Franco se negó a repatriarlo porque tuvo en cuenta sus servicios en la Legión Cóndor”, asegura.

Josef Boogen, otro presunto agente alemán, vecino del número 1 de la calle del General Concha, en Bilbao, tuvo una experiencia similar. Vino a España en 1929, montó una empresa de maquinaria que todavía existe y después de la guerra fue detenido y desterrado a un hotel de Vitoria durante un año. Murió en Bilbao hace 12 años. Su ficha negra dice así: “Agente alemán y miembro del partido nazi. Representó empresas de maquinaria alemanas en Bilbao, trabajo que utilizó como tapadera para actividades de espionaje dirigidas contra el hemisferio occidental”. Su hijo, propietario ahora del negocio familiar, no recuerda en la. imagen de su padre a un agente secreto. ¿Usted sabía que su padre fue miembro del partido nazi? “Les obligaban a afiliarse”, responde. “Eran circunstancias muy complicadas. Mi padre vivía en España mucho antes de la II Guerra Mundial. Vino, como otros muchos alemanes, atraído por la industrialización del País Vasco. Los más comprometidos con el nazismo fueron los que vinieron durante la contienda”.

La familia Boogen reconoce abiertamente que Franco se opuso a la entrega de muchos alemanes acusados. “Cuando terminó la guerra y comenzó el bloqueo de bienes alemanes, el Gobierno español avisó a mi padre. Gracias a esa advertencia tuvo tiempo de poner sus propiedades a nombre de varios testaferros. Varios años más tarde, una vez pasado el peligro, los recuperó”, asegura su hijo.

Todos los presuntos colaboradores de Hitler en Bilbao reclamados en 1945 por los aliados han muerto en el País Vasco. Es el caso de Friedhelm Burbach y Eduard Bunge, ex cónsules en esa ciudad, fallecidos hace más de 20 años. O el de Eugene Erhardt, que tenía una empresa consignataria de barcos y al que los aliados acusaron de trabajar para una organización que enviaba agentes secretos a Estados Unidos o de abastecer de minerales a la Francia ocupada. Igual suerte corrieron los hermanos Karl y Wihelm Pasch, cuya oficina Pasch Hermanos en Bilbao “era uno de los principales centros de operaciones del servicio de espionaje alemán”. Los dos agentes fallecieron en España. Dos hijos de Wihelm viven en Madrid. Karl, representante de los motores Man, no dejó descendencia. Wilhelm Plohr, vecino del número 21 de la Alameda de Recalde, en Bilbao, y jefe del partido nazi en esa ciudad, se trasladó a Marbella, donde murió hace 20 años. Su hija, sexagenaria, vive en Madrid.

Wilhelm Spreter, otro agente alemán, jefe de propaganda en Bilbao, y organizador, según los aliados, de una red de contraespionaje en el País Vasco, también ha fallecido en suelo español. En Santander, el Gobierno de Hitler contó también con la ayuda de otro valioso colaborador. Se llamaba Kurt Bormann y residía en el número 30 de la calle de Perines. Falleció en la capital cántabra hace diez años. Es el número 11º de la lista negra y su ficha lo define de esta forma: “Miembro destacado de la Gestapo y del partido nazi. Utilizó su empresa aseguradora como tapadera para actividades del espionaje. Participó activamente en el suministro de pasaportes falsos a alemanes perseguidos”.

Pero los presuntos colaboradores del nazismo no se encontraban sólo en el País Vasco y Cantabria, se extendían también por el sur de España. Los hermanos Clauss, Adolf y Ludwig J. R., hijos del cónsul alemán en Sevilla y nacidos en España, se ganaron a pulso el calificativo de agentes alemanes. Según los aliados, fueron muy activos en el sabotaje de envíos de los aliados que pasaban por Huelva y Sevilla. Sus familiares no esconden aquellas actividades a favor de Hitler. Sigrif, la hija de Ludwig, le define así: “No fue nazi, pero colaboró un poquito en plan patriota. Su hermano Adolf fue mucho más activo. Al terminar la guerra detuvieron a mi padre y lo deportaron a Caldes de Malavella, donde vivían en libertad. Pero al final no le entregaron Franco se opuso”. ¿Qué pasó con Adolf? “A mi tío tampoco lo entregaron. Murió en Sevilla”. En el balneario de Caldes de Malavella, Ludwig Clauss coincidió con Gustav Draeger, cónsul alemán en Sevilla y “jefe del Servicio de Espionaje Militar en el suroeste de España, especialmente activo contra los envíos aliados”, según lo define la lista negra. Llegó a Sevilla en 1920 y fue también miembro de la Legión Cóndor. Falleció en España a los 62 años, a causa de un infarto. Su hija Margarita, de 70 años, vecina de Sevilla, relata los problemas que le causaron a su padre las acusaciones de los aliados. “Perdió su trabajo en Vaquera Kusche y Martin, una empresa de importación y exportación. Querían deportarle a Alemania, pero su amigo, [el general] Queipo de Llano intercedió por él y no le entregaron. Luego le dejaron volver a la finca, y la Guardia Civil se presentaba cada semana para ver si estaba”. ¿Su padre era un espía de Hitler? “Iba a Cádiz, y en la bahía subía a los submarinos alemanes y les proporcionaba alimentos. Después de la guerra coincidimos en una boda con el señor Evans, cónsul inglés en Sevilla, y me dijo: yo sabía muy bien lo que hacía su padre, y cuando no nos veía nadie, los dos nos saludábamos”. Tener amistades en los círculos de Franco era clave para eludir la repatriación que exigían los aliados (de esta lista formada por 104 nombres nadie fue entregado, según los datos disponibles; pero otros no tuvieron igual suerte).

El barón Hans J. Kindler von Knobloch, un aristócrata que desempeñó el puesto de cónsul alemán en Alicante, logró librarse de su entrega gracias a esas influencias. Era el número 48 de la lista, residía en el 81 de la madrileña calle de Serrano y estaba casado con una española. Su ficha se resumía en cuatro palabras: “Famoso nazi y agente”. Fue capitán de la Legión Cóndor. Su hijo Joaquín niega las acusaciones de los aliados. “Mi padre nunca fue nazi. Todo lo contrario. Lo de agente sí es posible porque era cónsul, pero lo de nazi no. En Alicante, durante la guerra civil salvó la vida a muchos nacionales. ‘Sacó de la ciudad a más de 5.000 personas. Hasta intentó librar a José Antonio Primo de Rivera de la cárcel. Cuando terminó la guerra querían repatriarlo, pero mi madre habló con Carmen Polo [la esposa de Franco] y ella ordenó que no se le entregara”. Knobloch fue a Rusia como soldado con sólo 17 años. Entró en Moscú a caballo. Cuando regresó a Alemania, el país estaba ya “en manos de los comunistas”. A los 24 años se trasladó a España y trabajó en una empresa consignataria de buques. Luego, se dedicó a la decoración. Ha fallecido en España.

Entre los 104 presuntos colaboradores de la Alemania nazi figuran personajes como Karl Albrecht, amigo personal de Hitler y jefe de la Cámara de Comercio alemana en Madrid; o Rudolf von Merode, “responsable de la muerte de numerosos ciudadanos franceses y de la tortura de otros en su tristemente famoso baño de hielo en San Juan de Luz”, al que se sitúa en Figueres; o Hans Heineman, vecino de Barcelona, “uno de los más peligrosos agentes en España”, al que se atribuye la muerte de un aviador canadiense que intentaba huir a España. ¿Qué fue de ellos? Este periódico no ha encontrado ningún rastro de sus familias. Pero otra lista negra, fechada el 22 de noviembre de 1949, redactada en francés y en la que aparecen 231 alemanes repatriados, acredita que ellos fueron objeto de un arresto de expulsión que jamás se ejecutó. Al igual que los otros 104, gozaron de un poderoso escudo protector llamado Francisco Franco, el dictador español.

Fuente: http://elpais.com/diario/1997/03/30/espana/859676418_850215.html

España sigue siendo un refugio de nazis

El último trabajo de investigación del periodista Joan Cantarero, publicado en 2010, «La huella de la bota», ofrece una radiografía de las organizaciones ultra más activas y sus estrategias.

D.: Al término de la II Guerra Mundial el régimen franquista se convirtió en refugio y plataforma de los nazis…

Joan Cantarero: Por supuesto. España no sólo ha sido durante décadas un refugio para los nazis, tal y como lo documentamos en el libro, sino que lo sigue siendo. Por ejemplo, Hans Hoffmann, que fuera cónsul honorario de Alemania en Málaga, fue un importante miembro de la Gestapo, además de ser considerado por los servicios de espionaje aliado como el principal responsable de la presencia nazi en España durante el Franquismo. Otro personaje destacado que se refugió en España fue Otto Ernst Remmer, el jefe de la seguridad de Hitler, que murió en 1997 en Málaga. Y con anterioridad, desde el final de la II Guerra Mundial, contamos con la presencia del más conocido de todos, Leon Degrelle, o del general austríaco de las Waffen SS, Otto Skorzeny, jefe de la red Odessa, la organización de autoprotección creada por los nazis para la huida de sus jerarcas tras su derrota. Skorzeny en la década de los 60’ contribuyó de modo entusiasta a poner en marcha Cedade, el Círculo Español de Amigos de Europa.

El Franquismo nunca estuvo a gusto con Cedade, le dificultaba sus relaciones con EE UU, aunque se aprovecharon de ellos por su radical anticomunismo y sus medios económicos. No olvidemos la gran cantidad de dinero nazi que había llegado a nuestro país en forma de lingotes de oro con la esvástica para financiar a la España de Franco y a la reflotación del nazismo.

D.: ¿Y esto se ha mantenido?

J. C.: Las policías de Alemania y Austria han apuntado siempre que España era un lugar clave en la fuga de criminales nazis y tenían pruebas de que con el Carnicero de Mauthausen, Aribert Heim, considerado el último criminal de guerra nazi, sucedía lo mismo. Tras ser localizado y desaparecer varias veces, en 2005 se sitúa de nuevo a Heim en el Estado español, concretamente en Cataluña.

Es entonces cuando la policía española empieza a investigar las conexiones nazis en España e identifica a tres sospechosos claves de haber ayudado a esconder a Heim. Se trata del noruego Fredrik Jensen, del alemán Herbert Schaeffer, y del austriaco Theodor Soucek. Jensen estuvo preso durante diez años tras la II Guerra Mundial, era amigo personal de Heim y ahora vive en Marbella. Schaeffer fue abogado del III Reich y ha sido investigado por EE UU por tráfico de obras de arte robadas. Y Soucek, oficial de las Waffen SS, fue condenado a muerte en Austria por ser un fanático activista que pretendía reconstruir el partido nazi y por ayudar a escapar a criminales de guerra, aunque consiguió huir a Sudáfrica y luego a España. Soucek fue uno de los promotores de la Werwolf, una organización secreta que se encargó de realizar atentados y sabotajes contra los Aliados. Los manuales de guerrilla que creó la Werwolf han sido utilizados continuamente, desde los servicios secretos británicos a al-Qaeda y, por supuesto, por grupos neonazis como Blood & Honour y Hammerskin.

Soucek, junto a Gerd Honsik, ha sido uno de los principales impulsores en la edición de revistas como Sieg a través de la Librería Europa y de la difusión de las teorías negacionistas publicando numerosos libros. Por su parte, Honsik fue detenido y extraditado por el juez Garzón en 2007 a Austria, donde le aguardaba una condena quebrantada a mediados de los ‘90 y un nuevo juicio.

Los nazis que han permanecido aquí publican, asesoran y aconsejan ideológicamente a favor de un IV Reich. Marcan la forma de pensar neonazi y eso se hace desde España y no sólo para la gente de aquí, sino también para el resto de Europa. Ahora que sus delitos han prescrito en sus países de origen, sería interesante saber si ahí se atreverían a escribir estos mismos manuales. A ver cuánto tiempo duran en libertad.

D.: ¿Cómo resumirías la actitud de los diferentes gobiernos españoles?

J. C.: Pasividad absoluta y mirar para otro lado. El tema de los nazis siempre ha sido un asunto que quemaba entre las manos. Finalmente todos los gobiernos de la democracia han conseguido que España sea un refugio de nazis, como lo denuncian constantemente las organizaciones de víctimas del Holocausto.

Durante la época de Suárez y Calvo Sotelo estaba claro que no se iba a hacer nada. Pero tampoco han hecho nada ni González, ni Aznar, ni Zapatero. Bueno, sí hubo un cambio importante y fue la reforma del Código Penal de 1995, que incorporó como delito la apología del genocidio. Pero esta decisión no fue espontánea. Antes, la superviviente de Auschwitz Violeta Friedman tuvo que vivir un segundo calvario en España plantando cara al nazi belga de las SS Leon Degrelle y a Cedade. Para las direcciones del PSOE, desde la Transición, los nazis son simple y llanamente una mala hierba cuyas raíces han crecido tanto que, a su juicio, arrancarlas causaría más problemas que beneficios.

Todos los años desde el final de la II Guerra Mundial en España se celebra sin recato el aniversario del nacimiento de Hitler, algo impensable en el resto de Europa. España es diferente. No hace falta recurrir a informes extranjeros sobre la falta de colaboración de los gobiernos españoles en la persecución de nazis, el propio Estado con sus leyes en la democracia lo certificaba. Incluso durante el felipismo, que tuvo ministros como Jorge Semprún, que fue prisionero de los nazis en el campo de concentración de Buchenwald, o Múgica Herzog, que es de ascendencia judía.

D.: Los ataques o agresiones ultras tiene eco, pero muy pocas personas conocen a los ideólogos de la extrema derecha…

J.C.: Entre los seguidores de los grupos nazifascistas que organizan estas acciones violentas hay muchos que militan en organizaciones legalmente constituidas vinculadas a la extrema derecha. No se puede acusar a los líderes de estas organizaciones de estar detrás de estos ataques, porque sería mentir, pero también es cierto que nunca piden disculpas públicas por las acciones violentas que protagonizan sus afiliados. En torno a estas organizaciones legales que marcan el discurso, hay quien hace su interpretación y ejecuta la violencia. En cualquier caso, la ciudadanía tiene derecho a conocer quiénes son los líderes de las organizaciones ultras más radicales legalmente registradas en el Ministerio del Interior. Por eso publicamos sus fotos en el libro, y más ahora que no sólo pretenden jugar a la democracia sino incluso pretenden darnos lecciones acerca de su mal entendida libertad de expresión.

[…]


Hay muchísimos casos de filtraciones. Si no, no se entendería la extensión de estos grupos. Por ejemplo, en la operación Panzer, en Valencia, en 2005, la policía tuvo que adelantar los registros de la sede del Frente Anti Sistema (FAS) y de las casas de algunos de los detenidos porque, debido a las filtraciones, la investigación empezaba a hacer agua por todos lados. Es algo muy habitual. Los propios guardias civiles constataron esto al intervenir las conversaciones telefónicas y se enteraron además de que otros compañeros de su mismo cuerpo eran señalados como informadores de los ultras, según consta de modo literal en el informe aportado por los investigadores al juzgado. Incluso en una de las conversaciones telefónicas intervenidas, la Guardia Civil constató que alguien de la Delegación de Gobierno de Valencia alertaba a los neonazis de un registro inminente en su local. Siempre hay alguien cercano que les filtra la información, no son muchas personas, pero están en lugares claves. Aunque es muy difícil de comprobar, son confidencias de café o compartidas en algunos foros.
Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/Este-pais-sigue-siendo-un-refugio.html (desaparecida)

Los chinos que combatieron en las Brigadas Internacionales

Un centenar de chinos, venidos de todas partes, lucharon como brigadistas en la guerra civil española. El matrimonio de científicos taiwaneses Hwei-Ru y Len Tsou ha investigado durante más de diez años la vida de trece de ellos y las ha hilvanado en el libro Los brigadistas chinos en la guerra civil. La llamada de España (1936-1939) que ahora ve la luz en España y también en la propia China. Esta es su historia.

Emigrantes, obreros, médicos, masajistas, periodistas, pequeños comerciantes… «Nosotros, los chinos, hemos combatido en los frentes de todos los lugares». Es lo que le dijo Zhang Ji, un voluntario en nuestra guerra, a Yan Jiazhi, el primer chino que llegó a España tras el inicio de la contienda. Se trataba de un masajista residente en París sobre el que documentos de los archivos de la Internacional Comunista señalan que no se pudo confirmar su condición de militante. «Los que en esos momentos llegaban a España para combatir, con riesgo para sus vidas, -señalan los Tsou- no eran, evidentemente, personas corrientes».

Lo extraordinario se convierte en el hilo conductor de sus historias. Recuerda Laureano Ramírez Bellerín, Premio Nacional de Traducción y coordinador de la edición española del libro editado por Catarata, la sorpresa que le produjo conocer quiénes eran y cuál fue la vida de aquel puñado de chinos, que los autores del hallazgo desglosaron en su casa de Barcelona gracias a la mediación de otro chino de la Ciudad Condal.

«El matrimonio, ella ingeniero químico y él especialista en semiconductores y por tanto nada que ver con la investigación histórica, llevaba años en Nueva York dedicándose a lo suyo hasta que, ojeando un álbum publicado por la Brigada Lincoln, que conmemoraba su 50 aniversario, advirtieron que algunos de los muchos nombres citados en sus páginas parecían chinos. Entonces -relata el profesor- empezaron a tirar del ovillo y se embarcaron en un trabajo de reconstrucción de aquellos acontecimientos que duró más de diez años y les condujo por tres continentes (Europa, América y Asia) y multitud de archivos. En España visitaron, entre otros, los de Salamanca, de Asuntos Exteriores y de la Biblioteca Nacional; los más importantes de EE.UU. y, por entonces, se abrieron los nacionales rusos donde hay muchísimo material sobre la guerra civil». Los autores habían publicado su investigación en Taiwán en 2001 y el profesor, titular de la Universidad Autónoma de Barcelona, se comprometió a traducirlo «porque esto debía conocerse en España». Consiguió para ello fondos de la UAB y creó un equipo de traducción formado por tres chinos y la española Maialen Marín Lacarta, al que se unió un investigador responsable de la difusión.

Cuenta este traductor, que ha trabajado codo con codo con los investigadores, que le llamaron la atención las edades de las personas que vinieron a la guerra, unas cuantas cercanas a los 50, «con lo que significa a esos años embarcarse en semejante aventura, y las de los más jóvenes, alrededor de los veinticuatro, uno de los cuales acabó en el frente de Gandesa». Su nombre era Chen Wenrao. Había llegado en junio de 1937 desde Nueva York, donde entre otros trabajos había tenido el de camarero, y una vez en el cuartel general de las Brigadas Internacionales en Albacete fue enviado durante un mes a un campo cercano para realizar la instrucción; luego fue trasladado al Batallón Lincoln y, después, pasó a engrosar las filas del 24 Batallón de la XV Brigada. El relato de su final ha quedado escrito por los Tsou: «Los brigadistas atacaron Gandesa a cuerpo descubierto y sus cadáveres cubrieron el valle. Allí murió Wenrao. Nadie los enterró. Permanecen en ese lugar y forman parte de la tierra española».

Chen Wenrao era de Guangdong, pero también hubo brigadistas de Qingtian, pueblo al este de China donde nació más del 70% de los chinos que hoy vive en España. Es el caso de Zhang Shuseng, «que debía de hablar bien español, ya que combatía con soldados españoles». Tenía, según explica el profesor Ramírez, «un hermano en Valencia que estaba en el Ejército de la República y por ahí aparecen otros nombres de los que se podía seguir la pista. De hecho, muchos de estos emigrantes chinos en Cataluña, concretamente de una asociación de Tarragona, mostraron interés en hacer ahí un pequeño monumento que recordara a su compatriota que había luchado en la guerra española».

El rostro de otro brigadista, Tchang Jaui Sau, fue portada de la revista Estampa. Este combatiente llegó desde la planta de automóviles de Renault y era miembro del Partido Comunista de Francia. Se embarcó en nuestra guerra incivil para, según escriben los autores, «combatir al fascismo y luchar por la libertad».

Xie Weijing había sido miembro del Partido Comunista alemán y llegó a ocupar el cargo de comisario político del Batallón de Artillería, el cargo más alto que ocupó un voluntario chino de las Brigadas Internacionales. «Era periodista y pertenecía también al Partido Comunista chino. Intervino en todas las publicaciones izquierdistas de la época. Era el que tenía la idea de hacer una unidad china, sobre todo por facilitar las tareas administrativas, en las Brigadas con los voluntarios y los que servían en el ejército de la república, alrededor de unos cien que andaban disgregados, pero nunca se llegó a concretar». Xie Weijing volvió a China y llegó a ser viceministro de Defensa.

Hwei-Ru y Len Tsou no llegaron a encontrar a ninguno de sus protagonistas vivos. En total, trece combatientes chinos de al menos ese centenar que, como subraya Ramírez, no eran una multitud, pero si «un número significativo, si tenemos en cuenta que no vino nadie de muchos países mucho más próximos, y tan solo un japonés de una nación vecina a la suya». Por cierto, el nipón, que se llamaba Jack Shirai, había llegado desde San Francisco y fue cocinero, a su pesar –«Yo he venido a luchar y no a manejar cazuelas»-, el más famoso de las Brigadas. Lo mató una bala perdida mientras llevaba comida a la zona de combate.

La última sorpresa la encontraron los Tsou siguiendo la pista del brigadista médico Tio Oen Bik, cuando descubrieron el grupo de “los médicos españoles» que lucharon en la guerra china con Japón. «Los llamaban así porque todos habían estado en la guerra civil española, pero no había entre ellos ningún compatriota nuestro, eran todos checoslovacos, polacos, alemanes… Después de España, se marcharon a China a seguir en el combate contra aquellas ideas que representaban el auge de Hitler y Mussolini, y si hubiera habido otras batallas por esta causa hasta allá se hubieran marchado. Recientemente, se ha celebrado en China un congreso muy interesante con algún descendiente de aquellos médicos, y constituye otra línea de investigación sobre la que aún se sabe muy poco. Pero esa es otra historia».

Para Laureano Ramírez, los chinos fueron otros brigadistas más, bien mandados por las organizaciones a las que pertenecían, bien por propia voluntad. “Pero lo importante -destaca- no es su huella en España, sino la impresión que les quedó a ellos y que duró toda su vida. Nunca ninguno de ellos se pudo quitar a España de la cabeza”.

Franco pagó a Hitler con wolframio

Germán Udiz

Mucho se ha hablado de la famosa reunión entre Hitler y Franco en Hendaya, pero se le ha dado muy poco protagonismo a uno de los acuerdos más relevantes realizados entre ambos. El suministro de wolframio, del que España era productor, resultaba vital para los planes de Hitler y esto supondría una gran revolución económica en nuestro país y el nacimiento de una burbuja que ayudaría a pagar las deudas contraídas durante la guerra civil.

Resulta complicado imaginar que en algo tan insignificante como una bombilla se encuentra un mineral que tuvo una gran importancia estratégica y económica durante la segunda guerra mundial, pero cada vez que se enciende parece pedirnos que hagamos un esfuerzo por recordar. El filamento de este objeto está compuesto por wolframio, uno de los materiales más importantes durante el conflicto, que acaparó todos los focos de la especulación en España como efecto de los acontecimientos internacionales en aquella época.

La denominada “guerra del wolframio” posiblemente representa una de las mayores burbujas de nuestro país superando los efectos del afán especulador en el mercado inmobiliario que hemos vivimos hasta hace unos años. Esto es así por su repercusión macroeconómica y porque sus efectos fueron ciertamente notables para nuestro país en algo menos de 4 años.

Para hablar de los comienzos de esta historia debemos transportarnos brevemente al siglo XVII, momento en el que científicos españoles descubrieron el mineral también conocido como “tungsteno”. En aquel momento resultaba imposible imaginar todas sus aplicaciones futuras aunque se reconocía como un material de gran dureza y capaz de soportar temperaturas extremas.

Varios siglos más tarde, en los años 30, los alemanes comenzaron a aplicarlo en su maquinaria bélica al aprovechar sus características para endurecer proyectiles (especialmente los misiles antitanque) y el armamento. Esta tecnología parecía algo superior a la utilizada por los aliados pero el problema de este proceso era que Alemania no disponía de wolframio en su territorio y tenía que importarlo. Este pequeño inconveniente se convirtió en un gran problema estratégico mediante aumentaba la complejidad de lo que posteriormente sería conocido como segunda guerra mundial.

En un principio el mayor suministrador de este material era China pero en cuanto los nazis atacaron la URSS, principal arteria terrestre con Asia, se cerraron todas las posibilidades de continuar con estos proveedores. La vía marítima quedó igualmente descartada por la presencia de la temida Royal Navy inglesa así que se tuvo que mirar a los productores europeos, claro que en plena guerra las opciones eran escasas. Hitler podría haber predicho estos acontecimientos y sabía que España estaba cerca, era productora y era “amiga” de Alemania. De esta manera el papel estratégico de nuestro país fue abrumador pues ante la bajada de la oferta se dispararon los precios del codiciado mineral.

Para entender lo que supuso este fenómeno para nuestro país basta decir que, antes de que comenzara la fiebre, en España solo existían seis empresas dedicadas a extraer el mineral y al final de la guerra ya habían más de 100 intentando aprovechar las circunstancias. Ante la falta de competencia internacional y por la importancia para la estrategia bélica el precio pasó de los 42 euros por tonelada en 1941 a los más de 2.000 en 1944. Sobra decir lo increíble de este crecimiento y lo atractivo que resultó para nuestros paisanos. “El wolframio es para nosotros prácticamente lo que la sangre para el hombre”. Conocido extracto de la carta remitida por el embajador alemán en España al ministro de Industria y Comercio español durante 1943.

La exportación de este mineral superó a la de otros productos tradicionales como el aceite, el vino y las naranjas, suponiendo el 20% de nuestras exportaciones y representando prácticamente el 1% del PIB. Para entender esta explosión hay que saber que España también fue proveedor de las potencias aliadas al final del conflicto pese a su papel de falsa neutralidad.

Según avanzaba el conflicto Alemania veía menguar su capacidad económica de modo que plantearon el intercambio de hierro y wolframio (entre otros) por la condonación gradual de los restos de la deuda contraída durante la guerra civil española. Con los beneficios obtenidos por las exportaciones de este mineral se estuvo muy cerca de pagar su totalidad y este acontecimiento podía ser definitivo.

El acuerdo no sentó nada bien al bando aliado, especialmente a Roosevelt que enfrentándose a Churchil por tener una postura menos transigente impulsó el cese de la venta de petróleo y derivados a España. El Reino Unido tenía intereses en España y se mostró más moderado para continuar su importación de piritas y para evitar que nuestro país cambiara su postura de no beligerancia ante el conflicto. Con el avance aliado por el sur de Francia se cortó la vía de suministro entre España y Alemania de modo que las exportaciones e importaciones por esa vía se vieron radicalmente cortadas.

Las reservas de petróleo evitaron que cundiera el caos en nuestro país pero se produjeron fuertes restricciones que por suerte evitaron la hambruna. Eso sí, desde 1945 hasta la llegada del conocido plan Marshall, España tuvo muchísimas complicaciones y pagó un alto precio por su posicionamiento durante la guerra. Una vez finalizado el conflicto mundial volvieron a entrar en el mercado el resto de productores y pese a que las exportaciones continuaron años después alimentadas por la guerra fría, el precio del mineral cayó en picado como una de esas bombillas que dejan de brillar súbitamente en cuanto se pulsa el interruptor de apagado.

Fuente: http://www.actibva.com/magazine/economia/como-franco-pago-a-hitler-con-wolframio

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