La identidad legal, reservada durante mucho tiempo a un sector de la población urbana o con estudios superiores, es ahora una realidad para todos en Benin gracias al Banco Mundial. La Agencia Nacional para la Identificación de Personas ha creado la tarjeta “Soy yo”, que controla a la población tanto en las redes del poder político, como en los mercados.
Es una nueva forma de colonialismo en la que Benin sirve para experimentar la identidad biométrica. La operación está financiada por el Banco Mundial como parte del proyecto de Identificación Única Mundial para la Integración e Inclusión Regional (WURI), con un presupuesto de 273 millones de dólares, incluyendo 45 millones destinados específicamente a Benin.
Ha supuesto un cambio radical para un país donde, no hace mucho, una cuarta parte de la población carecía de certificado de nacimiento. Ahora la gran mayoría de la población de Benin está registrada en una base de datos biométrica. Más de 7,7 millones de personas cuentan con su Número de Identificación Personal (PIN), y se han emitido gratuitamente más de 6,1 millones de Certificados de Identificación Personal (CIP).
Aristide Adjinacou, Director General de ANIP, vende la moto a los medios africanos con el argumento característico del bien común: “Permitimos que todos accedan a servicios socioeconómicos, abran una cuenta y tengan un teléfono móvil. Lo logramos gracias a nuestro talento, al ecosistema nacional y a nuestros socios, como el proyecto WURI”.
Sin un certificado de nacimiento, los niños debían terminar su escolarización antes de obtener el Certificado de Educación Primaria (CEP). Antes de tener su tarjeta “Soy yo”, los comerciantes no podían acceder a los bancos. Obtenerla les ha puesto en manos del capital financiero: apertura de una cuenta corriente, acceso a los microcréditos…
La identidad ya no es solo un requisito para los trámites administrativos y el derecho al voto. Van a acabar con el dinero en efectivo, el mercado negro y el empleo informal, que hasta ahora eran las verdaderas señas de identidad de la economía africana. El siguiente paso es el pago de impuestos y tasas.
Pero el experimento del Banco Mundial tendrá que hacer frente a dos desafíos importantes: la alta tasa de analfabetismo y la diversidad de lenguas locales. Uno de los legados coloniales del país es que los trámites burocráticos sólo funcionan en francés, lo que supone una barrera decisiva para la población.
La Agencia Nacional de Identificación de Personas debe superar este desafío. No es posible integrar lenguas locales como el fon, el yoruba, el bariba o el dendi en el Certificado de Identificación Personal (CIP) y la población deberá recurrir a intermediarios, que ejercerán de traductores… a cambio de un precio que no todos podrán pagar.
La infraestructura digital es otro de los problemas pendientes de solucionar. La digitalización es una solución para la burocracia pública, pero un problema para las personas particulares, sobre todo en los países africanos. El aparato del Estado debe disponer de servidores y programas informáticos y la población de terminales, suministro eléctrico, acceso de internet…
Por más que el Banco Mundial se empeñe, las personas no se homologan con un número de identidad.