Rusia hasta en la sopa

B.

Dado que, según parece desde que la neurasténica Hillary Clinton perdió las elecciones -contra todo pronóstico provocando las iras del «stablishment» gringo- frente a Trump, Rusia es el perejil de todas las salsas ergo: culpable, y el mefistofélico Putin un ogro tiránico y totalitario de cojones, hay que concluir, al menos, dos cosas, a saber: o que el tiempo no pasa, o que, si pasa, y es evidente que pasa, parece que no pasa. O, dicho en otras palabras de sabor marxista: la historia se repite, pero es sólo una sensación porque la primera vez lo hace en forma de tragedia, y la segunda como comedia, o, por mejor decir, tragicomedia porque hay muertos  inocentes por medio asesinados por criminales de guerra al servicio del imperialismo y sus aliados, que no lo son, por cierto, de una vez y para siempre, sino según vayan los movimientos en el tablero internacional.

Sea lo que sea, una cosa está meridianamente clara: mantener la hostilidad contra Rusia bajo cualquier pretexto y a como dé lugar. Esto es, como en los tiempos de la guerra fría iniciada al día siguiente de derrotar al nazismo contra el comunismo. Ocurre que ni Putin es un furibundo y peligroso bolchevique ni Rusia es la extinta URSS (y no digamos la de Stalin) y, sin embargo, las democracias occidentales, el «mundo libre», cada vez encuentra más dificultades para embozar su verdadero rostro: el nazismo al que no le basta con la caída del muro de Berlín y su supuesta victoria ideológica, sino que su pretensión es acabar con cualquier vestigio de memoria soviética y, por supuesto, destruirla y conquistar sus «áreas de influencia», como se decía en los tiempos de la «cool war» en pleno «equilibrio del terror», que también se decía. Ya no se trata de una «lucha ideológica» entre el socialismo y la «democracia», como se pintaba entonces, sino pura y sencillamente de táctica militar donde hay agresores y agredidos, o sea, como siempre y por eso se creó el Derecho Internacional del que el imperialismo yanki casi siempre se carcajeó. No veremos a Putin enarbolar banderas rojas, pero sí sacar su vena nacionalista morigerada con una astucia propia de quien se formó en los sevicios de inteligencia soviéticos. Le obligan, lo quiera o no, a practicar una política exterior casi calcada de la soviética en tiempos.

Estamos, pues, como en una especie de «guerra fría bis», aunque me dicen que más bien «caliente».

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