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El gobierno chino refuerza la medicina tradicional de su país para tratar a los enfermos de coronavirus

Aprovechando la pandemia, el gobierno chino ha reforzado la medicina tradicional de su país y, además, quiere exportar su práctica al mundo entero (1).

Los borregos que se dedican a cazar seudociencias deben estar rabiando, empezando por el que ha redactado la entrada sobre el asunto en la Wikipedia, donde no faltan referencias a las “supersticiones” y al viejo dogma de la OMS, según el cual los “tratamientos carecen de una base científica” (2).

Pero el dogma ha cambiado (o cambió la OMS), pasando a admitir la “base científica” de la medicina china y de las medicinas tradicionales, en general (3). No obstante, los que no han cambiado son los mequetrefes de la Wikipedia.

En medicina, todo lo que no sea recetar las mercancías de los grandes monopolios farmacéuticos hasta intoxicar a los enfermos, es pura superchería. Son ellos los que establecen la frontera entre la ciencia y “todo lo demás”.

El gobierno chino, la mayor parte de cuyos miembros son científicos, no opina de la misma manera y el 92 por ciento de los casos positivos de coronavirus han sido atendidos con la medicina tradicional, bien de forma exclusiva o en combinación con las terapias que se recomiendan en los países occidentales.

A los médicos chinos, los que practican la medicina tradicional y los otros, no les gusta que los borregos ridiculicen sus prácticas terapéuticas ancestrales, por lo que presentaron para su aprobación un proyecto de ley que castiga “a cualquier persona u organización” que la menosprecie.

Por más que se empeñen en decir otra cosa, la evidencia empírica que apoya las antiguas terapias médicas es muy numerosa. Hay miles de artículos revisados por pares catalogados en la Biblioteca de Medicina de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos.

Un artículo reciente de la Revista de Medicina Molecular de la Academia China de Ciencias Médicas y la Universidad Nacional de Singapur llegó a la conclusión de que la medina tradicional china “representa un vasto recurso sin explotar para la medicina moderna”. Es un sistema médico que enumera más de 13.000 ingredientes medicinales diferentes y más de 100.000 decocciones y recetas únicas.

En 2015 le otorgaron el Premio Nobel de Medicina por primera vez a una científica china, Tu-You, por descubrir la artemisa, una remedio de la medicina tradicional china que es la base para un medicamento contra la malaria, como ya expusimos en otra entrada.

La medicina tradicional china es uno de los capítulos de la Nueva Ruta de la Seda. Se usa en 183 países y regiones y el gobierno de Pekín ha firmado acuerdos de cooperación en este sector con más de 40 gobiernos y organizaciones de todo el mundo, incluido Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Alemania, Francia, Canadá e Italia.

Para el tratamiento del coronavirus, en China los médicos han recurrido a seis remedios tradicionales. Los dos más destacados son Lianhua Qingwen -que contiene 13 hierbas como la Forsythia suspensa y la Rhodiola rosea– y Jinhua Qinggan, que fue desarrollado durante el brote de H1N1 en 2009 y que está hecho con 12 componentes que incluyen menta, regaliz y madreselva.

A diferencia de otras partes del mundo, en China la medicina occidental no ha eclipsado a la tradicional, que sigue creciendo, tanto en el interior como en el extranjero, donde la demanda es creciente. El año pasado el gobierno chino estimó que la industria de la medicina tradicional podría representar unos 420.000 millones de dólares a finales de este año.

China ha estado enviando suministros y expertos en medicina tradicional junto a los medicamentos y equipos convencionales a África, Asia Central y Europa. “Estamos dispuestos a compartir la experiencia china y la solución china para el tratamiento del covid-19 y dejar que más países conozcan, entiendan y usen la medicina china”, dijo en marzo Yu Yanhong, uno de los responsables del Instituto de Medicina Tradicional China.

(1) https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-53216833
(2) https://es.wikipedia.org/wiki/Medicina_china_tradicional
(3) www.who.int/medicines/areas/traditional/TRM_BeijingDeclarationSP.pdf

‘El asesinato de Olof Palme fue un Golpe de Estado’

“Sígueme. Vamos a hacer un recorrido por todos los puntos clave del atentado”, me dice en un sueco ágil y de acento balcánico. Y por tétrica que suene la propuesta, lo hacemos. Y resulta apasionante. Porque todo está oscuro en el corazón de Estocolmo. Nieva y de las calles vacías se desprende una atmósfera que recrea a la perfección cómo fue la noche de autos. Y porque Ivan Von Birchan (Yugoslavia, 1952) es un hombre culto y dicharachero que ilustra todo cuanto afirma como solo pueden hacerlo quienes han protagonizado los temas de los que hablan.

“Mira, aquí está la placa en su memoria”, dice con su incesante sonrisa mientras señala el punto exacto donde el 28 de febrero de 1986, a las 23.21 horas, murió asesinado de dos disparos el primer ministro sueco, Olof Palme. Quien fuera entonces el mayor referente de la Internacional Socialista regresaba del cine con su esposa atravesando a pie Sveavägen, una céntrica avenida por la que apenas transitaba nadie. Aquella noche, Palme y su mujer, Lisbeth, regresaban a la residencia oficial solos, sin compañía ni guardaespaldas.

El asesino, que además hirió a su esposa, mató a Palme con un potente revólver antes de huir hacia un laberíntico cruce de calles y callejones en el que los amantes del género noir no echarán nada en falta, pues tiene un túnel largo y oscuro, una sórdida sex shop y una endemoniada escalinata que termina en un viejo cementerio sin tapias que obstaculicen la visión de sus lápidas. Tampoco les defraudará asomarse al informe del Caso Palme, pues supone una panorámica sin igual a la segunda mitad del siglo pasado, con agentes del apartheid sudafricano, policías de ultraderecha, episodios del Irán-Contra, croatas del movimiento ustacha, guerrilleros del PKK, agentes de Pinochet y miembros de la logia P2 entre otras muchas líneas de investigación.

“En lo que estamos de acuerdo casi todos aquellos que conocemos bien el tema es que fue un golpe de Estado urdido entre suecos descontentos y fuerzas extranjeras”, afirma Von Birchan, suscribiendo la hipótesis que el difunto autor de la saga Milennium, Stieg Larsson, dejó entrever en el fondo de su tercera y última novela.

Pasados dos años de unas diligencias sembradas de irregularidades –“al principio ni acordonaron el área en busca de pruebas”, resalta Von Birchan mientras explica in situ cómo fueron los disparos– se detuvo a un delincuente común como el  presunto autor del asesinato. El acusado, un politoxicómano con lesiones cerebrales llamado Christer Pettersson, explotó su papel de sospechoso acudiendo a platós de televisión y cobrando grandes sumas por entrevistas en las que nunca reveló nada.

“Su perfil era el de alguien que disfruta ser el centro atención de forma enfermiza. De joven quiso ser actor. Era un pobre desgraciado. Un cabeza de turco demasiado obvio”, remarca Von Birchan. Tan frágil resultó el pliego acusatorio contra Petersson que, al poco de ser condenado, hubo de ser puesto en libertad e indemnizado, pues no se había encontrado ni un móvil, ni una sola prueba, ni tampoco –hasta hoy– el arma homicida.

Para Ivan Von Birchan, la férrea oposición de Palme a los planes de la OTAN en general, y a estadistas como Kissinger o Brzezinski en particular, fue lo que motivó su asesinato. “Comenzó manifestándose junto a los vietnamitas del norte ante la embajada de Estados Unidos; hizo amistad con Fidel Castro; ayudó a los sandinistas en Nicaragua; a los opositores del apartheid, Franco y Pinochet… Provocó demasiado, aunque lo que verdaderamente enfureció a la CIA fueron sus planes para detener la guerra de las galaxias y sus planes de penetración hacia el  Este. Todo eso de los misiles balísticos  que ya es realidad desde los noventa”.

Palme, un holmiense de clase alta, educado en EEUU y pacifista convencido, hizo de la barrera natural que supone Suecia, entre el mar Báltico y el mar del Norte, un espacio neutral que aspiraba a ampliarse y sumar nuevos socios favorables a la paz y al desarme. “Esta idea la iba a llevar a gran escala como secretario general de Naciones Unidas. Y, si crees que exagero, recuerda lo que le pasó al anterior sueco que fue secretario general de Naciones Unidas y se opuso al colonialismo en África”. Von Birchan se refiere al malogrado Dag Hammarskjöld, quien falleció en 1961 tras ser derribado su avión (aún se discute si fue por un rayo o un caza) en la colonia británica de Rodesia. “Es que yo de África y aviones sé un poco”, presume, no sin razón, quien fue piloto de la fuerza aérea yugoslava y trabajó en Rodesia “como mercenario, pero sin cometer crímenes de guerra”, asegura con rostro grave.

Von Birchan, que se autodefine como “conservador y monárquico”, dice proceder “de una familia medio rusa y medio germana. Zaristas exiliados por la revolución bolchevique de 1917 y alemanes sometidos por la Yugoslavia socialista de Tito”. Según cuenta, quedó huérfano a muy temprana edad, siendo criado “prácticamente por las fuerzas armadas yugoslavas, en las que llegué a ser capitán de la Fuerza Aérea y miembro de la inteligencia”. Pasó por la Unión Soviética, donde fue entrenado y perfeccionar el ruso, idioma que ya hablaba, además del serbocroata, el alemán, el inglés, el francés y el sueco.

Y, precisamente para poder hablar tranquilo y mostrar alguna de las fotografías que guarda, Von Birchan me invita a ir a su casa en un modesto suburbio del sur de Estocolmo. Allí, rodeado de innumerables libros, reminiscencias militares y recuerdos que dan brío a su existencia de buscavidas, toma un álbum de fotos y muestra algunas imágenes de su etapa como hombre de acción. “Son exclusivas, no se han publicado nunca. Mira, ésta es en Libia. Fui instructor de vuelo a principio de los setenta”. En la imagen se le ve portando una metralleta junto a un oficial libio en pleno desierto. “Y ésta es de cuando fui mercenario en Rodesia (actual Zimbabwe). Estoy a los mandos de un helicóptero. Trabajé para el gobierno colonial de Ian Smith, pero no cometí crímenes de guerra, aunque vi cómo otros arrojaban desde las alturas a los partidarios de Robert Mugabe”.

Fue en Rodesia, en 1973, donde conoció “a un estadounidense que se hacía llamar Charles Morgan. En aquel entonces, este tipo se dedicaba a llevar armas al Gobierno blanco”, en alusión al régimen colonial de Ian Smith por el que pasaron mercenarios y neofascistas de Europa, Sudáfrica y EEUU. “Años después –prosigue- otros amigos me lo presentaron en otro lugar con otro nombre: Peter Brown. No me extrañó, ya que en ese tiempo, con mercenarios, instructores y agentes de todo el mundo, era habitual hacerlo y poco importaba el nombre”.

Tras varias idas y venidas por la Sudáfrica del apartheid, la actual Zimbabwe y Libia, Von Birchan decidió desertar y cortar toda relación con la Yugoslavia socialista. “El 4 de junio de 1976, llegué a Suecia y pedí asilo. No tenía a dónde ir. Si iba a un país de la OTAN me usarían. Pensé que siendo Suecia neutral sería mejor, pero después descubrí que no era nada neutral, que lame las botas de EEUU.”

Llegados los ochenta, encontró un trabajo estable como conserje del Hotel Sheraton en Estocolmo. Allí se hizo un personaje popular y conoció a mucha gente ligada a los círculos de ultraderecha que no ocultaban su odio hacia las políticas promovidas por Palme. “Trabajando de abrepuertas en un hotel de lujo se ve de todo, y no siempre bueno. Fue en ese contexto cuando me reencontré con Charles Morgan. La primera vez fue alrededor del 15 de noviembre de 1985. Me preguntó cuál sería la mejor forma de matar a alguien en la ciudad. Al principio me reí, pero luego hablamos de balística, de que no podría ser un francotirador porque sonaría a la CIA y otras opciones. En un segundo encuentro, en febrero de 1986,  Morgan apareció con una oferta millonaria y un sobre amarillo que contenía información precisa sobre las rutinas del primer ministro Olof Palme. Le dije que me olvidaba de él y de esa reunión”.

A partir de aquí, lo que podría sonar a fantasiosa teoría de la conspiración, comienza a adquirir una escalofriante verosimilitud. “Alarmado, pensé en avisar a las más altas instancias. Sabía cómo llegar a la oficina de la concejal socialdemócrata Inger Bavner, la cual me dijo que fuera a la policía, pero le dije que ya había ido”. En un inciso, Von Birchan reconoce, por primera vez, que era confidente de la policía, motivo por el cual le pudo resultar fácil hacer llegar su aviso a K-G Olsson, un comisario de policía al que informaba de cualquier actividad ilegal que viera en su trabajo como conserje de hotel. “Sí, informaba de actividades delictivas, pero ninguna política”, admite para seguir su relato. “Justo una semana antes le di el aviso a K-G Olsson para que se informara a Alf Karlsson, director de la SAPÖ (la agencia de seguridad nacional sueca), a quien también mandé aviso. Pero la SAPÖ no hizo nada de nada pese a mis advertencias. Y entonces le mataron”.

Tanto la socialdemócrata Inger Bavner como el comisario de policía K-G Olsson confirmaron a los investigadores de varios medios de comunicación –como el diario  Expressen y la televisión pública, SVT– que, efectivamente, Von Birchan les había avisado del posible asesinato de Palme pocas semanas antes de que este se produjera. Por su parte, el director de la SAPÖ, Alf Karlsson, reconoció haber recibido dicho aviso, pero a su favor, declaró que este le llegó después del asesinato y no antes, extremo que desata la ira de Von Birchan.

“Es un mentiroso, y los testigos me dieron la razón. Lo que pasa es que los propios servicios de seguridad suecos estaban implicados. Escúchame. Cuando salió a la luz que 45 minutos antes del atentado la zona estaba llena de hombres escondidos con walkie-talkies, dijeron que estaban allí por una vigilancia de narcóticos, pero dos mujeres testificaron haber pedido la hora a un hombre que estaba con un walkie-talkie escondido justo en la esquina donde mataron a Palme. Qué casualidad, ¿no?”. Ivan se refiere a uno de los grandes interrogantes de la instrucción judicial: el misterioso hombre del edificio Skandia. Un personaje, aún no identificado, que varios testigos sitúan apostado en la misma esquina donde mataron a Palme.

Dos meses y medio después del atentado, miembros de la SAPÖ acudieron a registrar la casa de Ivan Von Birchan. Según su relato, le pidieron que cambiara la versión de lo que afirmó. “Y, como no lo hice, fueron contra mí fabricando evidencias para desacreditarme”, dice refiriéndose al juicio por posesión ilegal de armas al que tuvo que hacer frente después de que los agentes encontraran un fusil de pesca submarina en su trastero. “Se valieron de un arpón de esos que compran las familias cuando van de vacaciones al Mediterráneo para desacreditarme. Así es como me premia el Estado sueco por haber tratado de salvar la vida de su primer ministro”, se lamenta en tono amargo quien ya es uno de los últimos protagonistas del caso que quedan vivos para contarlo.

Unai Aranzadi https://www.lamarea.com/2020/07/01/el-hombre-que-aviso-del-asesinato-de-olof-palme/

Más información:
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Tulsa 1921: la masacre racista en la que 300 negros fueron asesinados por los racistas

El 1 de junio de 1921 en la masacre de Tulsa 300 afroamericanos fueron asesinados por los racistas que, además, quemaron sus casas. Durante años Estados Unidos ocultó los hechos.

Los recientes disturbios recuerdan a los que se produjeron en el barrio de Watts. Los Ángeles, en 1965 o a los sucedidos también en Los Ángeles, pero en 1992, después de que un jurado compuesto únicamente por blancos absolviera de los cargos que pesaban sobre ellos, a los policías responsables de la brutal agresión del taxista negro Rodney King.

En el caso de Mineápolis, los disturbios se producen, además, cerca del 1 de junio, fecha de la conocida como Masacre de Tulsa, unos disturbios raciales acaecidos en 1921 que, a pesar de los intentos del Gobierno de Estados Unidos por ocultarlos durante décadas, vieron finalmente la luz en 1996. Tras una comisión de investigación concluida en 2001, los supervivientes y herederos de las víctimas comenzaron a ser reparados.

Situada en el estado de Oklahoma, a orillas del río Arkansas, Tulsa era, a principios del siglo XX, una próspera ciudad gracias a los beneficios que generaba el petróleo que se extraía en la zona y que permitía el florecimiento de empresas vinculadas a esa industria, como refinerías o fábricas de tuberías para oleoductos. Una bonanza que se materializaría en la construcción de suntuosos edificios, la venta de automóviles, la apertura de comercios de lujo y la modernización de los servicios públicos, como la puesta en marcha de una vasta red de tranvías eléctricos y la construcción de auditorios, teatros, estadios deportivos, escuelas o su propio aeropuerto en 1919.

No obstante, el centro de la ciudad y los barrios residenciales estaban destinados únicamente a la población blanca. Los pocos negros que vivían en esas zonas eran los empleados de servicio de los millonarios blancos. El resto, alrededor de diez mil afroamericanos, lo hacían en Greenwood, un barrio a las afueras de Tulsa que los blancos supremacistas denominaban Little Africa, pero que los negros del lugar preferían llamar Black Wall Street por su gran actividad empresarial. Greenwood funcionaba como una pequeña ciudad dentro de la gran urbe, aunque solo para la población negra. Tenía periódicos propios, comercios, locales de ocio, profesionales cualificados con educación universitaria, iglesias, escuelas, hoteles y restaurantes.

Además de por esa separación geográfica, existían bastantes diferencias entre la población blanca y negra de Tulsa. Por ejemplo, los negros no tenían derecho a votar, no podían entrar en determinados lugares y si se les permitía, debían hacerlo por accesos reservados solo para ellos. Además, Tulsa tenía cabinas de teléfono segregadas y, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, los reclutados para combatir en Europa fueron principalmente negros.

En lo que sí que coincidían blancos y negros era en que, habitantes ambos de una zona económicamente potente, disfrutaban de una amplia oferta de ocio nocturno, que incluía tanto las actividades legales como las ilegales, sobre las que la policía local solía hacer la vista gorda. Para ser una localidad de tamaño medio, no era difícil encontrar en Tulsa alcohol, todo tipo de drogas, sexo y otras formas de diversión en las que, ahí sí, los negros y blancos se mezclaban sin demasiado problema. De hecho, más que la droga, el juego o la prostitución, lo que más escandalizaba a la sociedad tulsana de la época era que negros y blancos pudieran relacionarse y, llegado el caso, mantener relaciones sexuales. Y algo de eso hubo para que, el 31 de mayo de 1921, comenzaran los disturbios de Tulsa.

Ese día, un joven limpiabotas de 19 años llamado Dick Rowland fue detenido y trasladado a los juzgados de la ciudad. La acusación que pesaba sobre él era haber intentado propasarse con una mujer blanca de 17 años en el interior de un ascensor, en el que la chica trabajaba como ascensorista. A pesar de que no había testigos –más allá del empleado de una tienda que escuchó a la chica gritar pero no vio nada–, de que la supuesta víctima no presentó denuncia y de que no era improbable que la pareja fueran realmente amantes, la noticia del supuesto asalto sexual no tardó en extenderse por la ciudad. Pronto comenzaron a recibirse llamadas anónimas en el juzgado advirtiendo de que el chico sería linchado y, en lugar de tranquilizar los ánimos, el Tulsa Tribune, un diario vespertino, publicó en primera página “Negro detenido por agredir a una niña en un ascensor” e invitaba a sus lectores en el editorial “A linchar al negro esta noche”.

Cuando los ciudadanos blancos de Tulsa se organizaban para linchar a alguien, no bromeaban. Unos meses antes ya habían acudido al edificio de los tribunales para llevarse consigo a Roy Benton, un joven blanco acusado del asesinato de un taxista, al que posteriormente torturaron y asesinaron. Para evitar que volviera a ocurrir, cuando los ciudadanos blancos comenzaron a rodear los juzgados, el shérif decidió apostar policías en la puerta del edificio, levantar barricadas en el interior y trasladar a Dick Rowland a uno de los pisos superiores.

La agitación del centro de la ciudad llegó a oídos de los habitantes negros de Greenwood, que decidieron impedir por todos los medios que el preso fuera linchado, para lo cual se desplazaron al lugar y se quedaron también a las puertas del edificio. La mera presencia de los negros ya fue interpretada como una provocación por los blancos, pero el hecho de que fueran armados hizo que gran parte de los allí presentes se marcharan a sus casas a por sus armas. Otros, directamente, se acercaron a la armería de la Guardia Nacional donde intentaron aprovisionarse de armas robándolas de las instalaciones.

En un momento dado, una delegación de los ciudadanos negros decidió entrar en el edificio del juzgado, en cuyo interior ya había un grupo de blancos que presionaban a las autoridades para que les fuera entregado Rowland. Cuando vieron la situación, los afroamericanos se ofrecieron voluntarios al shérif para ayudarle a controlar a la turba, pero el ofrecimiento fue rechazado. No obstante, los blancos comenzaron a insultar a los negros, la discusión subió de tono y, de repente, sonó un disparo.

Nadie fue herido, por lo que no se sabe si fue un accidente fortuito o un tiro al aire para calmar los ánimos. El hecho es que la detonación provocó que los diferentes grupos, policía incluida, comenzasen a dispararse entre sí provocando, no solo heridos de bala, sino por pisotones y aplastamiento debido a las avalanchas y las carreras para huir del lugar. Eran las 11 de la noche  y la revuelta no había hecho más que empezar.

Tras ese primer tiroteo, los afroamericanos decidieron refugiare en Greenwood hasta donde fueron perseguidos por los blancos. Enterados de lo que sucedían, muchos de los vecinos del barrio, cerraron sus casas y se marcharon del lugar con la esperanza de que, al amanecer, los disturbios hubieran cesado. Aquellos que en su huida se cruzaron con grupos de supremacistas blancos, fueron asesinados.

Hacia las 2 de la madrugada ya del 1 de junio, los tiroteos cesaron. Los grupos de afroamericanos se sintieron seguros en su barrio y se relajaron. Sin embargo, entre los blancos, que además de airados estaban borrachos, comenzaron a correr rumores de que los negros habían quemado residencias de blancos o que una mujer blanca había sido asesinada por los negros y decidieron vengarse prendiendo fuego a los comercios y negocios Greenwood. Cuando los bomberos acudían a apagarlos, eran repelidos a tiros por los racistas.

A las 5 de la madrugada, el silbato de un tren que llegaba a Tulsa, cuya estación estaba muy cerca de Greenwood, hizo pensar a los asaltantes blancos que se trataba de una señal de ataque y entraron al asalto en el barrio, asesinando a los que encontraban a su paso e irrumpiendo en las casas, de donde sacaron a sus habitantes, a los que detuvieron o, directamente, mataron. A esos atacantes de tierra se sumaron avionetas privadas que desde el aire lanzaron bolas de brea en llamas que extendieron aún más los incendios. Por último, también fueron asaltadas las casas de aquellos blancos que tenían empleados de servicio negros, a los que se detuvo ilegalmente y se recluyó en centros clandestinos improvisados, como el estadio de béisbol o un salón de convenciones. Si sus empleadores intentaban oponerse a esos arrestos, eran amenazados de muerte y golpeados.

La gravedad de los hechos hizo que se desplazasen al lugar tropas de la Guardia Nacional que, por una serie de trámites burocráticos, no pudieron intervenir hasta el mediodía del 1 de junio, cuando decretaron la ley marcial. Para entonces, las cifras eran escalofriantes: más de 6.000 detenidos, 4.000 personas huidas de sus casas para salvar su vida, casi 1.300 edificios calcinados, alrededor de 8.000 personas sin lugar donde vivir, más de 50 blancos muertos y alrededor de 300 negros asesinados. Unas cifras que, en el caso de los muertos, aumentarían levemente durante los días siguientes por venganzas y ajustes de cuentas.

Aunque en las semanas posteriores el Gobierno de Estados Unidos envió una comisión para investigar los hechos, nadie fue procesado ni condenado por ellos. De hecho, en su afán por ocultar lo sucedido, los libros de texto estadounidenses no recogían los disturbios de Tulsa y los habitantes del lugar, tanto blancos como negros, evitaban hablar del tema. Una de las razones era que, tras los disturbios, el Ku Klux Klan experimentó un gran ascenso en la zona. A finales de 1921, más de tres mil blancos eran miembros del Klan en Tulsa, ciudad en la que la organización supremacista contaba además con una sección femenina y una junior.

Solo en 1971, cuando se cumplieron los 50 años del suceso, un grupo de ciudadanos afroamericanos organizó un acto público en una iglesia en memoria de los muertos. En todo caso, hubo que esperar a otro aniversario, el número 75, para que se constituyese una Comisión Oficial para investigar lo sucedido en 1921. Para entonces, muchos de los testigos habían fallecido o estaban demasiado mayores, lo que dificultó la investigación, que se alargaría hasta 2001. Ese año se publicaron las conclusiones y se fijaron una serie de objetivos entre los que se encontraban reparaciones económicas a las víctimas o sus herederos, becas escolares para los descendientes, inversiones económicas en la zona de Greenwood, la creación de un monumento conmemorativo y la búsqueda de las fosas comunes ilegales cavadas en los días siguientes a la masacre para ocultar los cadáveres de los negros y que, aún hoy, no han sido halladas.

La última referencia relacionada con la matanza de Tulsa llegó en 2019 y a través de un medio poco convencional para estos temas: Watchmen. Cuando Damon Lindelof recibió el encargo de HBO de hacer una serie de televisión del cómic, se planteó cuáles eran esos problemas reales que provocaban la angustia de los superhéroes. Si en el pasado era la amenaza atómica, ¿cuál era el problema de los estadounidenses en el siglo XXI independientemente de dónde vivan, de su género o de su situación económica?

“Para mí, la respuesta fue el conflicto racial. Siento que a medida que comenzamos a comprender nuestra historia real versus la historia que todos nos enseñaron, estamos en medio de un gran ajuste de cuentas como país. Pero este tema va mucho más allá de lo que se cuenta en los libros de historia. Si eres una persona afroamericana conoces lo sucedido porque te tocó más íntimamente pero si eres un hombre blanco como yo, esa historia está oculta. En todo caso, lo que sí sabes es que está ahí y ya es cosa mía elegir sentir vergüenza y culpa por ignorar esa historia o comenzar a enfrentarla y escucharla. Además, si tengo esta plataforma como narrador, incluso puedo comenzar a contarla”, explicaba Lindelof.

Hace unos días, el asesinato de George Floyd y los disturbios posteriores parece que le dan la razón a Lindelof. Ahora solo falta que haya más gente dispuesta a dar a conocer casos como los de Tulsa.

http://www.agenteprovocador.es/publicaciones/tulsa-1921-la-masacre-racista-de-la-que-nos-enteramos-por-watchmen

China es sacudida por un escándalo de falsificación de oro que garantizaba millones en préstamos

Un mercado que parecía aparentemente inmune a cualquier falsificación era el del oro físico en China, lo cual era extraño teniendo en cuenta que en la última década China se había convertido en el mayor falsificador del mundo de varios metales, principalmente industriales, utilizados para garantizar préstamos bancarios: los conocidos como «colaterales fantasma», y que en los últimos años han servido para garantizar préstamos varias veces (dicho de otro modo: un mismo lingote servía para garantizar varios préstamos).
Todo eso está a punto de cambiar con el descubrimiento de lo que puede ser uno de los mayores escándalos de falsificación de oro en la historia reciente. Y sí, no solo involucra a China, sino que emerge de una ciudad que se ha convertido en sinónimo de todo lo escandaloso sobre China: la ciudad de Wuhan.
Con estos antecedentes, presentamos a los lectores a Wuhan Kingold Jewelry Inc., una compañía que, como su nombre indica, fue fundada y opera dentro y fuera de Wuhan, y que se describe en su sitio web como «Una compañía con un futuro dorado«.
Más de una docena de instituciones financieras chinas, principalmente compañías fiduciarias (es decir, bancos fantasmas) prestaron veinte mil millones de yuanes, equivalente a dos mil ochocientos millones de dólares, en los últimos cinco años, que eran garantizados por Wuhan Kingold Jewelry con oro puro y pólizas de seguro para cubrir cualquier pérdida. Solo había un problema: el «oro» resultó ser cobre chapado en oro.
El oro falso salió a la luz en febrero cuando Dongguan Trust, una sociedad de gestión de activos titulizados, se propuso liquidar la garantía de Kingold para cubrir las deudas incumplidas. Pero para su sorpresa, Dongguan Trust dijo que descubrió que las relucientes barras de oro eran en realidad aleaciones de cobre dorado.

Las 83 toneladas de oro supuestamente puro almacenado en las arcas de los acreedores por Kingold a partir de junio, respaldando los 16 mil millones de yuanes de préstamos, equivaldrían al 22% de la producción anual de oro de China y al 4.2% de la reserva estatal de oro a partir de 2019.

En resumen, más del 4% de las reservas oficiales de oro de China pueden ser falsas, despertando sospechas sobre el resto de productores de oro y de joyas.

Una pandemia de autor tiene nombre propio y el de la actual es Anthony Fauci

Anthony Fauci
Por muchas razones, Anthony Fauci muestra en su persona las características esenciales sin las cuales no se entienden ni la ciencia, ni tampoco las seudociencias, ni las ideologías, ni las supersticiones de la posmodernidad.

Fauci es el asesor científico por antonomasia de la Casa Blanca, un cargo científico que ocupa desde hace 36 años, por lo que no es un partido u otro. Es la ciencia misma institucionalizada y convertida en un poder político por encima de cualquier resultado electoral.

Es el tercer funcionario mejor pagado de toda la burocracia federal. Su salario es unos 400.000 dólares al año. Gana más que el vicepresidente de Estados Unidos o el ministro de justicia (29).

Llegó al cargo con el Sida, otra de esas pandemias que jalonan la posmodernidad que descubrió una disciplina hasta entonces marginal: la inmunología. Fauci es inmunólogo.

Es un autor prolífico de artículos científicos. El motor de búsqueda PubMed recoge casi 300 publicaciones en las que ha participado en las dos últimas décadas, aunque dudamos que realmente los haya escrito. Se los han escrito para que él los firme, lo cual es un toque de distinción para los autores verdaderos, una plataforma de ascenso en el escalafón.

Fauci dirige el NIAID (Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas), otra de las típicas organizaciones burocráticas de Estados Unidos que aúnan lo público a lo privado sin solución de continuidad.

El NIAID dispone de gigantescos recursos presupuestarios: 4.900 millones de dólares en 2017. Tiene una unidad dedicada a la guerra biológica porque en el mundo actual es imposible separar la salud de la guerra. Es imposible decir si el dinero va destinado a curar o a matar.

Casi todos se oponen a que el dinero se destine a los ejércitos, pero ¿quién ha protestado alguna vez por los gigantescos capitales destinados al Sida o al coronavirus? Nadie levanta la voz porque se supone que es un dinero gastado para curar enfermos.

El dinero derrochado por Fauci en la pandemia de Sida jamás superaría una auditoría ni un control de calidad. Desde hace 35 años numerosas empresas han recibido dinero para trabajar en una vacuna destinada al “virus del Sida” que no existe. Ha ocurrido en todos los países del mundo, pero solo en Estados Unidos Fauci ha repartido más de 500.000 millones de dólares.

La administración del dinero le da a Fauci un enorme poder en el mundillo de la investigación médica y científica. Tiene muchos “fieles”, incluso grandes laboratorios a su disposición.

En una reunión celebrada en 2017, el NIAID simuló una pandemia. El mundo tendría una “explosión sorpresa” dentro de “los próximos años”, lo cual es una contradicción: algo que se ensaya previamente no puede sorprender.

En abril volvió a sacar su bola de cristal: “En otoño tendremos otra vez el coronavirus. Estoy seguro de que lo tendremos”, pronosticó Fauci. Pero si en 2003 la epidemia de Sars-Cov1 desapareció completamente, ¿por qué insisten ahora con rebrotes futuros?

Desde el comienzo de la pandemia, Fauci dijo que el coronavirus era incurable. Antes del 22 de mayo, cuando The Lancet publicó el artículo fraudulento de sobre la hidroxicloroquina, Fauci declaró que el uso de dicha sustancia no se había estudiado en relación con el coronavirus, lo cual era mentira. En un estudio publicado en 2005 en la revista Virology Journal aseguró que la cloroquina es un potente inhibidor de la infección por el coronavirus del Sars y de su propagación (1). El Sars es el Sars-CoV1. El Covid-19 también se llama Sars-CoV2 y tiene un genoma que en un 80 por ciento es idéntico al del Sars-CoV1.

15 años antes la cloroquina había sido aprobada por los CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades) de Estados Unidos. Trump se manifestó a su favor  y el 29 de marzo se autorizó la cloroquina en Estados Unidos para 19 pacientes de coronavirus en determinadas condiciones.

Fauci sabía todo eso, mintió y siguió mintiendo después, tras la publicación de The Lancet. “Ahora las pruebas científicas son realmente muy claras sobre la falta de eficacia de esa sustancia” (2), dijo entonces. ¿Se le escapó a Fauci que el artículo se basaba en datos falsos?

Si la cloroquina estaba aprobada, ¿por qué Fauci no recomendó tratar a los enfermos con ella? Porque en plena histeria introducir un remedio no sujeto a ninguna patente cerraría el mercado a las futuras pócimas de la industria farmacéutica: primero el remdesivir de Gilead y algún día la ansiada vacuna.

Desde un cargo público y en nombre de la ciencia, Fauci dirige una red de grandes empresas farmacéuticas y médicas con intereses repartidos por todo el mundo. Necesitan pandemias como ésta, más enfermedades y más enfermos.

(1) https://virologyj.biomedcentral.com/articles/10.1186/1743-422X-2-69

El tráfico de drogas es consustancial al colonialismo y el imperialismo desde su origen

El tráfico de drogas (“legal”) fue iniciado por el Imperio Británico. Hay una continuidad. La etiqueta colonial se abandonó. Hoy en día el comercio de drogas (“ilegal”) es un negocio multimillonario.Los dos principales centros de producción hoy en día son:

Afganistán, que produce alrededor del 90 por ciento de la oferta mundial de opio (transformado en heroína y derivados). En 2000-2001 se puso en marcha un exitoso programa de erradicación de drogas (con el apoyo de la ONU) antes de la invasión encabezada por Estados Unidos y la OTAN en octubre de 2001. Desde la invasión y la ocupación militar, según la ONU (1), la producción de opio se ha multiplicado por 50, llegando a 9.000 toneladas en 2017.

— La región andina de América del Sur (Colombia, Perú, Bolivia) que produce cocaína. Colombia es un narcoestado apoyado por Estados Unidos.

La economía de las drogas es una parte integral de la construcción del imperio. El comercio de drogas está protegido por el ejército y el aparato de inteligencia de Estados Unidos.

Históricamente, el tráfico de drogas ha sido una parte integral del colonialismo británico. Era “legal”. El opio producido en Bengala por la Compañía Británica de las Indias Orientales se enviaba al puerto de Guangzhou, en el sur de China.

“La exportación de opio de la India británica a China, financiada por el Estado, fue posiblemente la mayor y más persistente operación de tráfico de drogas de la historia. En su momento de mayor apogeo, a mediados del siglo XIX, representó alrededor del 15 por ciento del total de los ingresos coloniales de la India y el 31 por ciento de las exportaciones de ese país. Para abastecer este comercio, la Compañía de las Indias Orientales -y más tarde el gobierno británico- desarrolló un sistema de cultivo altamente regulado en el que se contrató a más de un millón de agricultores al año para cultivar la adormidera.

“El sistema de organismos garantizaba que los agricultores no participaran en los grandes beneficios del comercio de opio. Gracias a su poder monopolista, lor organismos del opio fueron capaces de mantener el precio del opio en bruto justo al borde de la economía” (2).

Si bien la proporción de tierras agrícolas asignadas al opio era relativamente pequeña, la producción de opio bajo el dominio colonial contribuyó al empobrecimiento de la población india, desestabilizó el sistema agrícola y desencadenó muchas hambrunas.

Según un informe de la BBC:

“Los cultivos comerciales [de opio] solían ocupar entre un cuarto y la mitad de la granja de un campesino. A finales del siglo XIX el cultivo de la adormidera tuvo un impacto en la vida de unos 10 millones de personas en lo que hoy son los estados de Uttar Pradesh y Bihar.

“El comercio era administrado por la Compañía de las Indias Orientales, la poderosa multinacional establecida para el comercio con una carta real que le daba el monopolio de los negocios con Asia. Este comercio estatal se logró en gran medida a través de dos guerras, que obligaron a China a abrir sus puertas al opio de la India británica.

“Los estrictos objetivos de producción establecidos por el organismo del opio también significaban que los agricultores -el típico cultivador de adormidera era un pequeño agricultor- no podían decidir si producían o no opio. Se vieron obligados a someter parte de su tierra y su mano de obra a la estrategia de exportación del gobierno colonial” (3).

Cuando el emperador chino Qing Daoguang ordenó la destrucción de las existencias de opio en el puerto de Guangzhou en 1838, el Imperio Británico le declaró la guerra a China con el argumento de que estaba impidiendo la libre circulación del comercio de mercancías.

El término “tráfico” se aplica a Gran Bretaña. Fue tolerado y apoyado durante todo el reinado de la Reina Victoria (1837-1901). En 1838 se exportaban 1.400 toneladas de opio al año de la India a China. Tras la primera guerra del opio, el volumen de esos envíos (que duró hasta 1915) aumentó drásticamente.

La primera guerra del opio (1838-1842), que representó un acto de agresión contra China, fue seguida por el Tratado de Nanking de 1842, que no sólo protegió las importaciones británicas de opio en China, sino que también otorgó derechos extraterritoriales a Gran Bretaña y otras potencias coloniales, lo que dio lugar a la formación de puertos abiertos (Tratado de los Puertos).

Los enormes ingresos procedentes del comercio del opio fueron utilizados por Gran Bretaña para financiar sus conquistas coloniales. Hoy en día se llamaría “lavado de dinero negro procedente de las drogas”. La canalización de los ingresos procedentes del opio también se utilizó para financiar el Banco de Hong Kong-Shanghai (HKSB), creado por la Compañía de las Indias Orientales en 1865 tras la primera guerra del opio.

En 1855 John Bowring negoció, en nombre del Ministerio británico de Asuntos Exteriores, un tratado con el Rey Mongkut (Rama IV) de Siam, llamado ”Tratado anglo-siamés de amistad y comercio”, que permitía la importación libre e ilimitada de opio en el Reino de Siam (Tailandia).

Si bien el comercio de opio de Gran Bretaña con China fue abolido en 1915, el monopolio británico del comercio de drogas continuó hasta la independencia de la India en 1947. Las filiales de la Compañía Británica de las Indias Orientales, como Jardine Matheson, desempeñaron un papel importante en el comercio de drogas.

Los historiadores se han centrado en la trata triangular de esclavos del Atlántico: esclavos de África exportados por las potencias coloniales a las Américas, seguidos de bienes producidos en plantaciones con mano de obra esclava y exportados a Europa.

El comercio colonial de drogas en Gran Bretaña tenía una estructura triangular similar. El opio producido en las plantaciones coloniales por los agricultores pobres de Bengala se exportó a China, cuyos ingresos (pagados en monedas de plata) se utilizaron en gran medida para financiar la expansión imperial de Gran Bretaña, incluida la minería en Australia y Sudáfrica.

No se pagó ninguna compensación a las víctimas del tráfico de drogas del Imperio Británico, ni a los empobrecidos campesinos de Bengala.

Junto con la trata de esclavos en el Atlántico, el tráfico de drogas colonial fue un crimen contra la humanidad.

Tanto el comercio de esclavos como el de drogas están alimentados por el racismo. En 1877, Cecil Rhodes propuso un plan secreto que consistía en integrar los imperios británico y americano en un solo imperio anglosajón:

“Sostengo que somos la raza más hermosa del mundo… Sólo imagina las regiones que actualmente están habitadas por los más despreciables especímenes de seres humanos… ¿Por qué no deberíamos formar una sociedad secreta… para que la raza anglosajona se convierta en un imperio?

“África siempre está lista para nosotros; es nuestro deber tomarla… Es nuestro deber aprovechar todas las oportunidades para adquirir más territorio, y debemos tener constantemente ante nuestros ojos la idea de que más territorio significa simplemente más de la raza anglosajona, más de la mejor, más humana, más honorable raza que tiene el mundo”.

Existe una continuidad entre la legítima “guerra contra las drogas” de estilo colonial dirigida por el Imperio Británico y las actuales estructuras del tráfico de drogas: Afganistán bajo la ocupación militar de Estados Unidos, los narcoestados de América Latina.

Hoy en día el tráfico de drogas es un negocio multimillonario. La Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito estima que el blanqueo de dinero de las drogas y otras actividades delictivas representan entre el 2 por ciento y el 5 por ciento del PIB mundial (4), es decir, entre 800 y 3 billones de dólares. El dinero de la droga se blanquea a través del sistema bancario mundial.

Recuerden el escándalo de la cocaína crack revelado en 1996 por el periodista Gary Webb. El crack se vendía a comunidades afroamericanas en Los Ángeles.

Desde 2001, la venta al por menor de heroína y opioides se ha ido «armando» cada vez más para luchar contra el racismo, la pobreza y la desigualdad social.

Si bien el comercio de drogas es ahora una fuente de riqueza y enriquecimiento, la drogadicción, incluido el uso de heroína, opioides y opioides sintéticos, ha explotado. En 2001, 1.779 estadounidenses murieron como resultado de una sobredosis de heroína. En 2016 la adicción a la heroína provocó 15.446 muertes.

Estas vidas se habrían salvado si Estados Unidos y sus aliados de la OTAN no hubieran invadido y ocupado Afganistán en 2001.

(1) https://www.unodc.org/documents/crop-monitoring/Afghanistan/Afghan_opium_survey_2017_cult_prod_web.pdf
(2) http://barrett.dyson.cornell.edu/NEUDC/paper_364.pdf
(3) https://www.bbc.com/news/world-asia-india-49404024
(4) https://www.unodc.org/unodc/en/money-laundering/globalization.html

Más información:

— El imperialismo cambia su política ‘antidrogas’
— La CIA llenó de drogas los barrios pobres de Los Ángeles
— Cuanto más dinero gasta Estados Unidos en la ‘lucha contra las drogas’, más drogas se fabrican
— La guerra del opio en Afganistán

Los bulos del New York Times (se le coge antes al mentiroso que al cojo)

El viernes el New York Times publicó un bulo afirmando que una unidad de inteligencia militar rusa había ofrecido dinero a los talibanes para que mataran a las tropas de Estados Unidos en Afganistán.

El bulo fue elaborado por el espionaje de Estados Unidos, dijo al día siguiente el Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia a la agencia Tass, es decir, que el New York Times es el altavoz que utiliza la CIA para propagar sus bulos.

“Esta falsa noticia demuestra claramente las débiles capacidades intelectuales de los propagandistas de los servicios de inteligencia americanos que tienen que inventar este tipo de tonterías en lugar de informar sobre lo que realmente está pasando. No obstante, qué más se puede esperar del organismo de inteligencia que fracasó miserablemente en la guerra de 20 años en el Afganistán”, dijo el Ministerio ruso de Asuntos Exteriores.

Aprovechando la oportunidad, el Ministerio puso de relieve la participación del espionaje estadounidenses en el tráfico de drogas de Afganistán.

“¿Debemos hablar de hechos? En Afganistán no es ningún secreto que los miembros de la comunidad de inteligencia estadounidense están involucrados en el tráfico de drogas, en pagos en efectivo a los militantes para que dejen pasar los convoyes de transporte, en sobornos de contratos para ejecutar diversos proyectos pagados por los contribuyentes estadounidenses. La lista de sus acciones puede ser ampliada si lo desea”, añadió el Ministerio.

Estas acciones derivan de que a las agencias de inteligencia de Estados Unidos “no les gusta que nuestros diplomáticos y los suyos unan sus fuerzas para facilitar el inicio de las conversaciones de paz entre Kabul y los talibanes”.

“Podemos entender sus sentimientos; no quieren que se les prive de las fuentes de ingresos no oficiales mencionadas anteriormente”, dijo el Ministerio con muy mala uva.

Tienen buenos motivos porque el bulo del New York Times ya ha dado lugar a amenazas directas contra los diplomáticos rusos, dijo la embajada rusa en Washington el sábado. “Las acusaciones infundadas y anónimas que acusan a Moscú de ser el cerebro del asesinato de los soldados estadounidenses en Afganistán ya han dado lugar a amenazas directas contra las vidas de los empleados de la embajada rusa en Washington D.C. y en Londres”, dijo la embajada en su cuenta de Twitter.

Según los diplomáticos rusos, el New York Times inventa historias falsas contra Rusia. Los autores del artículo “carecen claramente de información sobre la cooperación ruso-estadounidense en el proceso de paz de Afganistán, los programas sirios, norcoreanos, venezolanos e iraníes”.

“Pedimos a las autoridades estadounidenses competentes que tomen medidas efectivas para asegurar el cumplimiento de sus obligaciones internacionales en virtud de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961”, concluyó la embajada.

En su artículo, el New York Times aseguraba que hacía varios meses que Trump había sido informado de que los rusos pagaban a los talibanes por matar soldados estadounidenses.

También es mentira. A Trump nadie le ha informado de nada parecido, según reconoció el sábado Kayleigh McEnany, la Secretaria de Prensa de la Casa Blanca.

“Se le coge antes al mentiroso que al cojo”.

Alzheimer, el memorioso o reivindicación del abuelo Cebolleta

Bianchi

Casi un oximoron, el título, digo, pues el mal de Alzheimer se caracteriza por la pérdida paulatina de la memoria, que así le querrían a el pueblo: alzheimerizado. O desmemoriado por el mero paso del tiempo, y así se olvide que el siniestro y venal Felipe González fue la X de los GAL: «el Estado de Derecho también se defiende en las cloacas», dijo esta rata.

Mucho se ha hablado y escrrito sobre la promulgación de leyes sobre memorias históricas. Es un contrasentido. La memoria, igual que la historia, no puede aherrojarse en leyes y menos aún si no sabemos -o lo sabemos demasiado bien- quiénes son los que la dictan. Hay la historia y la biografía, colectiva y personal, y también hay memoria y su correlato el olvido. También hay el Alzheimer de la historia como versión cutre del borrón y cuenta nueva (porrón y cuenta nueva, me decía un amigo) que le gustaría al Estado español, una suerte de bebedizo de nepenta -de ese porrón- en las aguas de Leteo. La frase de Borges es socorrida: lo único que no hay es el olvido. Es cierto, para bien o para mal. La memoria, ya sea individual o colectiva, es la identidad de la persona y el pueblo. Dejamos de ser inmortales cuando, ya muertos, somos olvidados. Somos porque tenemos memoria, decía el psiquiatra cordobés -hoy preterido- Carlos Castilla del Pino. Es más: somos nuestra memoria dizque nuestra identidad. No se trata de recordar episodios tristes o abominables por un regusto mórbido -como hacen las AVT-, sino de un acto de justicia -como hace el pueblo con sus héroes-. En el Estado español ni siquiera hubo un Nüremberg y el rescoldo todavía está ahí (no hay más que consultar el callejero franquista todavía visible).

Los replicantes del inquietante film «Blade Runner», cuya vida estaba programada en cuatro años (como las elecciones en que cada cuatro años se elige quién se va a reír de ti), se rebelaron contra sus creadores ergo:sus dioses, por tratar de  alargar sus maquinales y conductistas vidas, es decir, por estirar el tiempo (subjetivo) y darle cimentación suficiente para disponer de una memoria como única forma de poseer una identidad. Y un tiempo, pues una memoria sin contradicciones es un no-tiempo, el olvido.

El padre, la madre,  que, por causa del Alzheimer ya no es capaz de reconocer a su hijo, aunque viva, está en realidad exánime, no existe. No se sabe ya padre de su hijo. Pocas cosas hay en las personas que irriten más que la pérdida de memoria, y ello porque, conscientes, les parece que pierden trancos de identidad. Se deja de ser. «Mi yo, que me roban mi yo», decía Unamuno. El alma, la psique, es la memoria. Con los pueblos pasa lo mismo. De ahí lo deleznable (inconsistente) de tratar de capitidisminuir socolor de un carpe diem mal entendido y sopena de un pirronismo posmoderno a los cuentacuentos y las «batallitas del abuelo». Hay que recordar el pasado aunque sólo sea para no repetir los errores. Son los fascistas quienes tratan de que olvidemos los orígenes de esta seudodemocracia. Hegel decía que las páginas en blanco de la Historia fueron los únicos momentos en que hubo paz.

Como González sea llevado a los tribunales y le toquen mucho los cojones, no dudamos que este felón apuntará más arriba señalando al rey emérito como la verdadera X.

Lo mejor y lo peor del peronismo

Darío Herchhoren

No pretendo hacer una división maniquea de los gobiernos del General Perón; sino simplemente subrayar algunos hechos y circunstancias que marcan un antes y un después de sus gobiernos.

Como primer rasgo del peronismo hay que poner de resalto el carácter democrático de su  elección. Perón ganó por mayoría abrumadora las elecciones, a pesar de todos los medios de que gozaban sus rivales. Toda la prensa escrita, las emisoras de radio (No había televisión todavía), los comentaristas  políticos , y en general lo que se llamaba en forma vaporosa la «opinión pública» estaban en su contra. Y contra todo pronóstico Perón ganó unas elecciones totalmente libres.

Es tarea que dejo a los sociólogos, indagar sobre los motivos y razones que produjeron estos hechos milagrosos. A veces la historia corre por carriles ignotos y nos da sorpresas como ésta.

Otra de las particularidades es que Argentina dejaba de ser el quinto dominio de Inglaterra, gracias al núcleo duro de militares nacionalistas que cortaron esa criminal dependencia. Para aquellos lectores que no sepan lo que son los dominios de Inglaterra, diré que eran cuatro a saber: Canadá. la India, Australia y Sudáfrica. a Argentina por su dependencia se le llamó el quinto dominio, y para muestra decir que el presidente del Banco Central de la República Argentina, el banco emisor de moneda, era Sir Otto Leguizamón; un lord inglés.

Pero quizá la más importante era que por primera vez en el siglo XX, y quizá en toda la historia argentina,  era que el dinero, las finanzas, la economía toda pasaron a manos del estado argentino, que hicieron buen uso de esos bienes del estado. Hay que destacar, que Perón contó con un equipo inmejorable, que estaba integrado por los generales José Humberto Sosa Molina, Miguel Iñiguez, Heraclio Ferrazzano, José Embrioni, Pascual Pistarini, los coroneles Domingo Mercante, Juan Perlinger y los comandantes Bernardo Alberte y Carlos Aloé.

La situación de guerra que se vivió en Europa, donde los campos quedaron  sin labrar, y el ganado fue muerto y consumido implicó que los alimentos que Argentina producía en cantidad, fueran comprados a buen precio; y ello favoreció a Argentina que se benefició de esas necesidades.

Todo esto, seguido de una política que tenía como objetivo el bien de la nación, impulsó a la industria nacional a crecer en forma exponencial.

El General Sosa Molina que era el Ministro de Guerra, impulsó con poderosa voluntad el nacimiento de la industria aeronáutica con la creación del complejo industrial llamdo IAME. (Industras Aeronáuticas y Mecánicas del Estado) donde se fabricaron los primeros aviones a reacción  de caza y bombardeo, como así también los primeros automóviles, camiones, tractores, motocicletas y los primeros aviones de carga y pasajeros, con capacidad de hasta doscientas plazas.

La construcción de diques, represas, canales, puertos, aeropuertos, escuelas primarias y secundarias, escuelas técnicas, universidades abiertas a todos donde la enseñanza era totalmente gratuita, sin pago alguno de matrículas.

Todo esto significó una revolución en el país, que consiguió por primera vez romper el corsé que había construido durante cientos de años la oligarquía.                                                                                                                                                                                 
                                                                                                                                                                                            
Lo malo de todo esto es que Perón no acabó para siempre con la oligarquía, y era muy fácil hacerlo ya que tenía toda la legitimidad que daban las urnas, y donde gobernaba con mayoría absoluta, pero no lo hizo. Bastaba con expropiarles los latifundios, y hacer una reforma agraria profunda. Se apoyó en la burguesía nacional y en las clases medias que el peronismo había creado, y que estaban muy trabajados por la iglesia, y que finalmente lo traicionaron.

Cuando se produjo el golpe contra Perón en septiembre de 1955, la Confederación General del Trabajo le pidió armas a Perón para defender al gobierno democrático, pero se negó a hacerlo, y prefirió refugiarse en la cañonera paraguaya Humaitá surta en el puerto de Buenos Aires, que lo llevaría a Asunción del Paraguay, a un largo exilio de 18 años, que trajo inenarrables penurias a la clase obrera y a los sectores más humildes. Perón prefirió huir, antes de dar batalla y armar a la clase obrera.

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