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El asesinato de Kennedy 50 años después (8)

Por instigación de De Mohrenschildt y con el fin de procurarse una coartada, Oswald se instaló en Nueva Orleans en marzo de 1963, donde se infiltró en los movimientos progresistas que apoyaban la revolución cubana. Realizó dos intervenciones radiofónicas en las que se declaró marxista y secretario del comité local de una supuesta asociación llamada “Fair Play for Cuba”; más tarde se comprobó que era una invención del propio Oswald.

Incluso le detuvieron por repartir octavillas en favor de la revolución cubana por las calles de Nueva Orleans que causaron graves enfrentamientos con los gusanos exiliados. El policía que detuvo a Oswald declaró en su informe que aquello le había parecido «un montaje».

El incidente se publicó en los periódicos y el 15 de agosto Oswald apareció en una cadena de televisión de Nueva Or­leans en un foro sobre Cuba donde él era la estrella invitada.

Años después Garrison investigó la dirección de contacto que aparecía en los panfletos que repartía Oswald en Nueva Orleans. Aquella dirección correspondía al mismo edificio donde había trabajado Guy Banister, un antiguo agente del FBI y del Servicio de Inteligencia de la Marina quien, además, era un conocido fascista de Nueva Orleans, presidente de la Liga Anticomunista del Caribe. ¿Compartían edificio en Nueva Orleans los castristas con los anticastristas? La única diferencia era que el edificio daba a dos calles diferentes.

Oswald conocía a Banister y la pelea en la calle le proporcionó una aureola de militante procastrista que le podía permitir infiltrarse en las organizaciones progresistas de Nueva Orleans. Era un topo.

La infiltración es una técnica policial en la que el FBI siempre demostró maestría. Según un informe de 1962 entregado a Robert Ken­nedy por el FBI, el Partido Comunista de Esta­dos Unidos estaba compuesto de 5.000 militantes, de los que 1.576 eran confidentes.

La conclusión que se deslizó a la prensa no pudo ser más simple: el asesinato de Kennedy había sido cometido por un comunista partidario de la revolución cubana. Todo había sido un enorme descuido ante un comunista tan peligroso como Oswald. El jefe de la policía de Dallas, Jesse Curry, apareció en televisión pocas horas después del atentado diciendo que el FBI tenía controlado a Oswald. Es normal que vigilaran a uno de los «comunistas» más peligrosos de la ciudad. Sin embargo, sólo unos minutos después se desdijo públicamente. El FBI reconoció ante la Comisión Warren que no había vigilado a Oswald ni antes ni durante el viaje presidencial. ¿Para qué?

En el paraíso de la seguridad, todo parece reducirse a una cuestión de negligencia. La policía no pareció preocuparse porque días antes Oswald hubiera comprado un fusil por correo. La CIA, el FBI, el Servicio Secreto y la policía habían permitido que la comitiva presidencial pasara justo debajo de la ventana donde trabajaba aquel comunista.

En plena guerra fría se podían contar con los dedos de una mano los estadounidenses emigrados a la URSS y después retornados al país de nuevo. Eran aún menos quienes después desempeñaban una actividad política procubana abierta. ¿Nadie vigilaba en el país de la vigilancia? ¿O más bien cerraron los ojos?

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (7)

En 1961 J. Walton Moore, el jefe local de la CIA en Dallas, le habló a De Mohrenschildt de Oswald, un agente de ínfimo rango de la Agencia que entonces residía en Minsk, Bielorrusia, donde De Mohrenschildt había vivido de niño.

Unos años antes, en 1956, Oswald se había alistado en los marines. Su formación inicial fue como operador de radar y su primer destino la estación aérea del Cuerpo de Marines del Toro. Luego fue trasladado a la base de la CIA en Atsugi, Japón, de donde partían los aviones espía U-2 que sobrevolaban el espacio aéreo soviético. Finalmente estuvo en la base de U-2 de la bahía de Subic, Filipinas.

Además del aprendizaje del ruso, las tareas encomendadas a Oswald requerían un permiso especial de seguridad. Resulta imposible que un marine maneje información clasificada y sea enviado a varias bases secretas de la CIA en el Pacífico si previamente no ha sido reclutado como agente de la Oficina de Inteligencia Naval o similar.

Su oficial de instrucción se había graduado en la Escuela de Servicio Exterior, una de las múltiples instituciones del espionaje militar imperalista. Todo apunta, pues, a que Oswald fue entrenado para ejecutar operaciones encubiertas.

A petición propia se licenció del ejército en setiembre de 1959, un año antes del tiempo convenido y con los 1.500 dólares que había ahorrado en su trabajo como marine, en octubre embarcó en Nueva Orleans hasta Finlandia como paso previo para entrar en la URSS, donde al llegar solicitó la nacionalidad soviética.

Resulta poco creíble que el gobierno de Estados Unidos permitiera tan fácilmente su marcha, por los secretos militares que conocía, salvo que Oswald viajara formando parte de alguna operación inteligencia militar.

Una vez en la URSS, Oswald fue interrogado durante un mes por el KGB. Tras el derrumbe del Telón de Acero la parte desclasificada de los archivos del KGB revela que sospechaban de Oswald como agente de la CIA.

Como le denegaron el refugio, cayó en una depresión y el 21 de octubre intentó cortarse las venas en un hotel de Moscú. Le permitieron la estancia en la URSS por un tiempo limitado y trabajó como obrero en una fábrica de material electrónico en Minsk, donde conoció a Marina Prusakova, hija de un coronel del KGB y sobrina de un funcionario del servicio secreto. Ambos se casaron y al año siguiente tuvieron una hija.

Pero el espionaje y los espías van y vienen. En junio de 1962 el antiguo marine pidió a la embajada estadounidense en Moscú la devolución de la ciudadanía y el pasaporte, lo que logró en sólo 48 horas, autorizando a los tres miembros de la familia a viajar a Estados Unidos y anticipándoles los gastos del viaje.

La familia se estableció en Fort Worth, Texas. Ni el FBI ni la CIA se preocuparon de interrogarles. Seguramente no hacía falta porque lo sabían todo al respecto.

En Fort Worth la CIA hizo las presentaciones y Oswald conoció a De Mohrenschildt y a su mujer Jeanne, que le introdujeron en la camarilla zarista de la ciudad. También le presentaron a Ruth Paine, cuyo marido trabajaba en Bell Helicopters, una empresa que se salvó de la quiebra gracias a la guerra de Vietnam. Cuando el fiscal Garrison solicitó estudiar las declaraciones de la renta de la familia Paine, no se lo permitieron, lo cual era ilegal y denota que ambos estaban protegidos por la CIA. Ruth Paine fue la que consiguió el trabajo a Oswald en el almacén de libros pocas semanas antes del atentado.

Gracias a la colonia zarista de Dallas, Oswald entró a trabajar en la empresa Jaggars-Chiles-Stovall. No se trataba de una tarea cualquiera. Allí se dibujaban los planos cartográficos para el Pentágono que no sólo estaban clasificados como secreto militar, sino que era la empresa que el año anterior había obtenido la ubicación de los misiles soviéticos en Cuba.

Luego Oswald trabajó en la empresa cafetera de un famoso anticastrista en Nueva Orleans. Cuando el fiscal Garrison investigó a los compañeros que habían trabajado allí con Oswald descubrió que, años después, todos ellos estaban trabajando para la Nasa. ¡Qué casualidad! ¿Quién intercedió por ellos? ¿Con qué propósito?

En esta historia siempre aparecen muchas más preguntas que respuestas.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (6)

En 1949 De Mohrenschildt obtuvo la ciudadanía de Estados Unidos y se trasladó a Dallas, donde había una colonia de exiliados zaristas que formaban parte de los sectores más reaccionarios de la ciudad.

En la capital del petróleo De Mohrenschildt trabajó como geólogo para diversas empresas, entre ellas Humble Oil, propiedad de Prescott Bush, quien había financiado al partido nazi. Se hizo amigo de su hijo George H. W. Bush, que entonces era a la vez director de Zapata Off Shore y agente de la CIA. Le llamaba «Poppy», un apodo que sólo utilizaban sus más íntimos amigos.

El aristócrata ruso viajó frecuentemente por Latinoamérica y trabajó para la empresa Cubano-Venezolana Oil Voting Trust Company, fundada por William Buckley Sr. Por aquela época conoció a Jack Alston Crichton, uno de los petroleros que negociaron con Batista.

A partir de 1957 comenzaron las reuniones de De Mohrenschildt con J. Walton Moore, jefe local de la CIA en Dallas. En el expediente que conserva la CIA sobre De Mohrenschildt, que está desclasificado, constan sus informes a Moore sobre la Yugoeslavia de Tito.

En 1955 De Mohrenschildt conoció a Jeanne LeGon, con quien se casó en 1959. LeGon era socia de Abraham Zapruder, un capitalista ruso-judío que huyó de la URSS en 1920. Zapruder era uno de aquellos integrantes de la camarilla zarista de Dallas y de dos organizaciones que funcionaban como pantallas de la CIA: The Dallas Council On World Affairs y The Crusade For A Free Europe.

Zapruder filmó el asesinato de Kennedy en Dallas. Su película es la única que registró el crimen en su totalidad y, probablemente, se ha convertido en la película más vista de la Historia. Pero hay preguntas que permanecen sin contestar. En aquella época las cámaras de vídeo no eran de uso tan corriente como ahora. Si el itinerario había cambiado la noche anterior, ¿quién le informó a Zapruder para que estuviera en el sitio exacto a la hora convenida?, ¿quién le indicó que llevara una cámara para grabar el asesinato?

Henry Luce, propietario de las revistas Time y Life, compró la película filmada por Zapruder. Lo lógico es pensar que su objetivo era el de vender los derechos de imagen. Entre sus manos tenía mucho más que la primicia periodística de un acontecimiento histórico. Se trataba de una grabación en directo del asesinato del presidente de Estados Unidos. Pues bien, Luce guardó la grabación bajo llave, que no reapareció hasta que bastantes años después el fiscal Garrison reabrió el caso.

Desde que durante su juventud ambos coincidieron en la universidad, Luce era amigo personal de Bush. Su mujer Claire Boothe Luce, formó parte las operaciones encubiertas de la CIA. Cuando viajaban a Nueva York los mercenarios cubanos de la Operación 40 se alojaban en su casa.

En junio de 1963 De Mohrenschildt se trasladó a Haití, donde la CIA le consiguió un contrato con el gobierno para extraer petróleo. En la operación entraron otros especuladores de baja estofa que luego se hicieron conocidos, como Mohamed Al Fayed, a su vez socio de Bush en Singer, la fabricante de las máquinas a coser. Más tarde a Bush le relacionaron con Khashoggi (cuñado de Mohamed al Fayed y vecino de Marbella) en el asunto Irán-contra.

Los hilos de la trama van tan lejos como el camino que uno quiera recorrer.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos. El asesinato de Kennedy 50 años después (5)

Entre los espías nazis que en la posguerra se pusieron a disposición de la CIA estaba George De Mohrenschildt (1911-1977), que había nacido en Bielorrusia, cerca de la frontera de Polonia. Su padre, el millonario Sergio Alexander De Mohrenschildt, era propietario de la “Branobel Oil Company” en Bakú, en la costa del Mar Caspio. Era también un furibundo zarista que fue detenido y encarcelado poco después de la Revolución de Octubre. En 1921 los bolcheviques le condenaron al destierro en Siberia, pero logró escapar con su familia a Polonia, donde en 1931 se graduó en una academia militar.

En 1938 De Mohrenschildt emigró a Estados Unidos. En Nueva York conoció a la familia Bouvier, incluida la joven Jackie, futura esposa de Kennedy, y se convirtió en un amigo íntimo de su tía, Edith Bouvier Beale.El espionaje británico informó a la Casa Blanca sobre sus sospechas de que De Mohrenschildt trabajaba para los nazis. También fue acusado de colaborar con el gobierno francés de Vichy. Gracias a Pierre Fraiss, un fascista francés que operaba en Estados Unidos, De Mohrenschildt encontró trabajo en la empresa Shumaker de Nueva York. Trató de comprar petróleo en Texas y California para el gobierno de Petain y también mantuvo relación con personajes execrables, como el criminal de guerra nazi Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon.

En 1941 De Mohrenschildt se asoció con la productora de cine “Film Facts” propiedad de su primo, el barón nazi Konstantin Von Maydell. Gehlen reclutó a Maydell en la posguerra para colaborar en los programas de la CIA para exiliados soviéticos. También reclutó a otros miembros de la red de Maydell para trabajar con las organizaciones de exiliados de Europa del este en Estados Unidos. Maydell dirigía la AFABN (Amigos Americanos de la Naciones del Bloque Antibolchevique), una de las organizaciones más reaccionarias que orquestaba la CIA.

Un informe del FBI de 15 de setiembre de 1942 constata que en aquella época De Mohrenschildt era considerado como «muy pronazi». El informe también registra que De Mohrenschildt vivía en Washington con Quinten Keynes, un miembro del espionaje británico, y dos oficiales navales estadounidenses.

Hasta el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941 Roosevelt no ordenó a Hoover capturar a los agentes alemanes que operaban en Estados Unidos. Sin embargo, Hoover tenía su propio criterio al respecto, que era el mismo de Allen Dulles. Las relaciones de los nazis con las altas esferas políticas de Washington, especialmente con Hoover, siempre fueron estrechas.

Hoover estuvo obsesionado por una supuesta “amenaza comunista” desde que en 1919 encabezó la Oficina General de la División de Inteligencia, donde cooperó con los agentes nazis que dominaban la Interpol, la policía internacional con sede en Berlín. Entre otros dirigentes nazis, Heinrich Himmler, Reinhard Heydrich, Arthur Nebe, eran miembros activos de la Interpol.

Aunque le mantuvo bajo vigilancia, Hoover libró a De Mohrenschildt de la cárcel. El espionaje es siempre un recorrido de ida y vuelta. Nunca se ponen todos los huevos en la misma cesta. El hermano mayor de George, Dimitri De Mohrenschildt, era un feroz anticomunista, miembro de la OSS y uno de los fundadores de Radio Europa Libre y Amcomlib (alias Radio Liberty) de la CIA.

Todos desempeñaron a la perfección el mismo doble juego. Como buen espía el aristócrata ruso negó cualquier simpatía nazi. Lo que estaba haciendo, en realidad, era rodar una película documental sobre la resistencia en Polonia para recaudar dinero para financiarla. Incluso le dio la vuelta al asunto: solicitó unirse a la OSS y, aunque le rechazaron, se convirtió en un agente doble; ingresó en el servicio de inteligencia de Estados Unidos y siguió manteniendo sus relaciones con organizaciones nazis como ODESSA, que ocultaban a los criminales de guerra.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (4)

Cuando al final de la Segunda Guerra Mundial la avanzadilla del Ejército Soviético llegó hasta el cuartel general del espionaje nazi, lo encontraron vacío. Su máximo dirigente, el general Gehlen, con todo su Estado Mayor, se habían entregado a Allen Dulles, el agente de la OSS, Oficina de Servicios Estratégicos, en Suiza.

Tras la guerra el espionaje nazi pasó a trabajar para Estados Unidos en lo que se conoció con el nombre clave de Operación Paperclip. La OSS se convirtió en la CIA, de la que Allen Dulles fue su primer director civil en 1953. Cuando aquel año el primer ministro iraní nacionalizó el petróleo, Dulles le derrocó con la ayuda de Gehlen.

La red de contactos que Gehlen había trenzado en el interior de la URSS quedó a disposición de Dulles bajo la tapadera de la Oficina de Coordinación Política del Departamento de Estado. Una parte de ella, dirigida por Frank Wisner, se convirtió finalmente en la Red Gladio. Más allá del Telón de Acero el jefe de la CIA no movía un dedo sin preguntar antes a Gehlen. Entre 1948 y 1950 más de 200 nazis de Bielorrusia fueron trasladados a Nueva Jersey junto con sus respectivas familias. Los nazis entrenaron a la CIA en los métodos operativos de funcionamiento. Eran pioneros en la infiltración, la intoxicación y la creación de empresas ficticias para apoyar operaciones encubiertas.

Los nazis refugiados en Estados Unidos eran, ante todo, grandes capitalistas, como Karl Blessing, antiguo funcionario del Reichsbank y dirigente del cártel del petróleo Konti (Kontinentale Oil A.G.). Konti tenía importantes intereses en Oriente Medio de los que surgieron los lucrativos negocios de Allen Dulles y la familia Bush con los jeques saudíes y la familia de Osama Bin Laden.

Konti estaba asociada a IG Farben, el principal cliente nazi de Allen Dulles y McCloy, ambos miembros de la Comisión Warren. Después de la guerra, una vez al frente de la CIA, Dulles no sólo ocultó los antecedentes nazis de Blessing sino que le redactó una biografía falsa.

Lo mismo ocurrió con el capitán de las SS Otto von Albrecht Bolschwing, que había sido el brazo derecho de Gehlen en Estados Unidos. Simultáneamente Von Bolschwing trabajaba para la OSS de Dulles. Sin el apoyo de éste y de Hoover, la penetración nazi en Estados Unidos hubiera resultado imposible. Además de Dulles y Hoover, el tercer pilar de la Operación Paperclip era Nixon que empezó así su carrera política.

En 1945 Nixon era un joven oficial de la marina encargado de la tarea de supervisar los documentos nazis capturados tras la guerra. Dulles y Hoover le indicaron cómo tenía que hacer su trabajo. Debía eliminar determinados expedientes de los dirigentes nazis de la Konti así como los indicios que incriminaban a Prescott Bush en la colaboración con el enemigo durante la Segunda Guerra Mundial.

Ayudando a Prescott Bush Nixon se convirtió en un apéndice de los monopolios petroleros de Texas y California. En compensación, Allen Dulles le ayudó en 1947 a financiar su primera campaña parlamentaria en California, que fue un éxito. Dentro del parlamento Nixon tuvo un papel protagonista al lado del senador Joseph McCarthy durante la caza de brujas, logrando que la CIA quedara fuera de la investigación.

Cuando en 1952 los republicanos llegaron en el gobierno, en su condición de vicepresidente Nixon supervisó el nuevo programa de inmigración para ocultar a los nazis, a los que llegó a recibir en la Casa Blanca.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (3)

Dallas era el escenario ideal, el centro más reaccionario e imperialista de Estados Unidos, donde se reunían grupos fascistas como la John Birch Society o los Minutemen. Muchos tenían vínculos con los nazis, mientras que otros eran peones de los monopolios petroleros y las industrias de defensa. El escenario no queda completo sin tener en cuenta a los pistoleros mafiosos y los grupos de contrarrevolucionarios cubanos. Eran las distintas caras de una única moneda.

Lo que Pittsburgh es al acero, Dallas es al petróleo. Kennedy tenía sus peores enemigos muy cerca, en la misma capital tejana, en el grupo de presión Suite 8F, los petroleros del partido demócrata. Para las elecciones de 1960 Kennedy les había prometido subvenciones por un supuesto agotamiento del petróleo tejano (peak oil), pero dos años después predicaba todo lo contrario.

Entre aquellos demócratas había dos marionetas de los hidrocarburos, el vicepresidente Johnson y el gobernador Connally. Éste estaba sentado delante en el mismo coche del Presidente en el momento de los disparos y fue uno de los que resultaron heridos. Había sido ministro de la Marina porque ésta la mayor consumidora de petróleo.

Kennedy tenía enemigos por todas partes, a la izquierda y a la derecha. Earl Cabel, el alcalde de Dallas, encargado de proteger la ruta y la seguridad de la caravana de automóviles en la que viajaba Kennedy, era hermano del general Charles Cabell, despedido de la CIA junto con Allen Dulles tras el fracaso de Playa Girón en 1961.

El 24 de mayo de 1954 la revista “Time” puso al petrolero tejano Clint Murchison en portada. Era el prototipo del magnate de Dallas. Con su socio Fulgencio Batista proyectó la construcción de un túnel debajo de la bahía de La Habana que la Revolución tiró por los suelos en 1959… Al túnel y a Batista.

Murchison era un conocido nazi. Él ponía el dinero para financiar al Partido Nazi de América, a la John Birch Society, a toda clase de periódicos antisemitas y la caza de brujas de McCarthy. Estaba tan vinculado al vicepresidente Johnson como a la mafia. En 1955 un comité del Senado descubrió que el 20 por ciento de la Murchison Oil Company era propiedad de Vito Genovese. También descubrió que Murchison mantenía vínculos financieros muy estrechos con el capo de la mafia de Nueva Orleans, Carlos Marcello.

Era el dueño del Hotel del Charro en La Jolla, California, cuyos huéspedes más asiduos eran los mafiosos Meyer Lansky, Santos Trafficante, Johnny Rosselli, Sam Giancana y Carlos Marcello, los políticos Johnson, Nixon, Connally y la pareja de policías Edgar Hoover y Clyde Tolson, director y subdirector del FBI respectivamente.

A finales de 1940 Murchison y otro magnate del petróleo de Texas, Sid Richardson, se reunieron con Hoover. Fue el comienzo de una amistad duradera. La pareja Hoover y Tolson invirtió mucho dinero en los negocios petroleros de Murchison. En 1952 trabajaron juntos para organizar una campaña de desprestigio contra el candidato presidencial demócrata Adlai Stevenson que, menos de una década después, se convirtió en un político muy cercano a Kennedy y representante de Estados Unidos ante la ONU. Los fascistas tejanos le acusaban de haberse vendido al organismo internacional, al que consideraban como un “instrumento de los comunistas”. El día en que se celebraba el aniversario de la fundación de la ONU Stevenson fue agredido en la capital tejana por los fascistas.

Murchison era amigo de Madeleine Duncan Brown, tejana y amante de Johnson, quien el día antes del asesinato de Kennedy estuvo en una reunión en la casa de Murchison en Dallas, que describió como “uno de los más importantes encuentros en la historia de Estados Unidos”.

Otras fuentes incluyen entre los invitados de la reunión a la pareja de policías Hoover y Tolson, al magnate del petróleo Haroldson Hunt, a John J. McCloy, a Richard Nixon y algunos miembros del grupo de presión Suite 8F. A última hora de la tarde también llegó el vicepresidente Johnson. Su amante narró así aquella escena:

“La tensión llenó la sala a su llegada. El grupo inmediatamente se reunió a puerta cerrada. Poco tiempo después Lyndon [Johnson], ansioso y rubicundo, reapareció. Yo sabía cómo operaba Lyndon [Johnson] en secreto. Por lo tanto no dije nada […] ni siquiera que yo estaba contenta de verle. Apretando mi mano tan fuerte, a su juicio, aplastada por la presión, habló con un susurro callado, mascullando, en mi oído, no un mensaje de amor sino uno que siempre recordaré: ‘Desde mañana los malditos Kennedy nunca me avergonzarán de nuevo; no es una amenaza, es una promesa’”.

Para la reacción tejana Kennedy estaba vendiendo el país a los comunistas y a los negros. Los días anteriores a su visita habían aparecido repartidos por Dallas más de 5.000 carteles con su foto de frente y de costado, como los fugitivos, con la inscripción: “Se busca por traidor”. El mismo día del atentado los fascistas tejanos insertaron en el diario republicano de la capital, “Dallas News”, una hoja entera de publicidad criticando al presidente. El clima de tensión era tan alto que el jefe de policía de la ciudad tuvo que aparecer en televisión la misma mañana del 22 de noviembre para hacer un llamamiento a la calma.

Era la calma que precedía a la tormenta.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El alzheimer en el análisis comunista español

José Guillén

Hace unos días
llegó a mis manos, después de mucha insistencia y hasta persecución
por parte de un militante del PCPE, su archiconocido periódico
“Unidad y Lucha”, periódico que en las próximas fechas
realizará una folclórica fiesta en el madrileño barrio de Vallekas
celebrando no sé muy bien el qué, será que el movimiento comunista
español ha dado un salto cualitativo y hay motivos para realizar
celebraciones con cantidades ingentes de banderitas, canciones y
demás, en vez de estar a pie de calle organizando la resistencia
popular contra el Estado español, pero este no es el tema al que
pretendo ceñirme en este texto. Una vez dispuse de un momento de
tranquilidad y sosiego, le eché un ojo a la publicación en
cuestión. No iré artículo por artículo porque me parece que tiene
poco sentido, además de que no valen tampoco mucho la pena, pero
hubo uno de los artículos que me llamó la atención nada más
verlo, por la pomposidad de su título y a posteriori por su
contenido que es lo que pretendo criticar en este artículo, el
título era: “República Socialista: ¿Opción o necesidad?”
En dicho artículo a primera vista, lo que parece entenderse es
que la intención del PCPE/CJC es criticar el etapismo del PCE y su
revisionismo explicando que el partido en cuestión no quiere llegar
al socialismo sino quedarse en una fase intermedia, “la III
República”, hasta aquí estoy de acuerdo con ellos, el PCE no es
ni un partido revolucionario, ni lucha por el socialismo, pero a
partir de aquí comienzan los problemas y se demuestra como el
PCPE/CJC no tiene una línea política para conseguir el poder
político en el estado español, su falta de memoria histórica, y
que además obvia y pasa de largo el desarrollo histórico particular
y propio del Estado capitalista español, yendo a rebufo de los
análisis generales del capitalismo y limitándose a repetir
consignas como: “Llegado el momento, esta misma burguesía
podría acceder a la república sin que ello supusiera ningún
quebranto de su sistema de dominación”
o “Los
revisionistas y oportunistas llaman a convocar a la ciudadanía para
instaurar un régimen republicano a imagen y semejanza de la
república del 31”.

Para nuestros buenos
amigos del PCPE/CJC, parece ser que la monarquía no les afecta, y
que se han tragado el cuento de la transición, del rey como florero
que no pinta nada en las decisiones del Estado. Parece ser que
cargarse la monarquía en este Estado no serviría de nada, todo y
eso cuando tenemos la experiencia de dos repúblicas, la del 1873 y
la de 1931, que han sido los momentos de mayor efervescencia
revolucionaria en este Estado y donde mayor movimiento popular y
democrático ha habido, hasta que a través de golpes de Estado se ha
vuelto a los regímenes anteriores reaccionarios. Pero claro, esto a
PCPE/CJC les da absolutamente igual. Para ellos una república
española es lo mismo que una república francesa, que una italiana y
que una alemana. Una buena clase de historia no les vendría mal:
fíjense que ni el propio fascismo, en su momento de mayor
contrarrevolución en los años 40 y 50, fue capaz de tumbar la
institución monárquica, debido a la influencia que tenía dentro
del propio Estado. Curioso es también que después de tumbar a la
institución monárquica en el 31, todo el sistema caciquil se
viniera abajo y se instaurara la primera y hasta ahora única etapa
donde se respetaban y se daban derechos democráticos a las masas.
Pero claro, tirar a una institución no tumba un Estado, claro que
no, por eso la figura en la que el fascismo español se apoyó para
perpetuarse y hacer que su Estado aguantara fue en el rey, y por eso
el rey es el jefe del Ejército español. Vaya… ¿a que va a
resultar que la monarquía tiene más importancia de la que dicen? En
definitiva dejar claro, que si, en esencia la república española en
sus puntos generales sería igual que cualquier república actual,
pero en su contenido particular, ese matiz revolucionario que tienen
las repúblicas en nuestro país, y que la historia ha demostrado, no
lo tendría ninguna, porque el baluarte sobre el que se apoya el
fascismo en este país y todo sus mecanismos represivos estatales, se
centran en la figura de la monarquía y es indispensable para ello.
Todo el terrorismo de Estado o el golpe de Estado del 23-F ha pasado
por las manos de la monarquía previamente. El Ejército le debe
lealtad a esta institución y la lucha por el socialismo en este país
no puede ir separada de la lucha republicana y antifascista, tumbar a
la monarquía con todo el peso que tiene en el aparato estatal
español no es algo que sea precisamente fácil para los capitalistas
(que ya lo intentaron en su momento) porque en España la palabra
república va ligada a revolución, va ligada a democracia y va
ligada a socialismo, por eso el monopolismo español no puede
defender la república, porque sería estar defendiendo su propia
sentencia de muerte. Esto los revisionista del PCPE/CJC es algo que
no alcanzan a comprender, sencillamente porque caen un mecanicismo
simplista, no hacen uso del materialismo histórico, es decir, no se
paran un momento a analizar nuestro desarrollo histórico, sino a
repetir palabrería que bien valdría tanto para España como para
Grecia, Italia, Turquía o Kazajistán… es necesario explicar a la
gente lo que es la monarquía y lo que fue la transición, aunque
acabará pasando que las masas serán la que se lo acaben explicando
a este partido que se autoconsidera la “vanguardia”.

Debemos extender la
organización y resistencia contra el Estado fascista, no debemos
olvidarnos de nuestras propias experiencias históricas, sino usarlas
de fuente para el análisis, para saber valorar el desarrollo
particular que tiene el Estado español como Estado capitalista, que
si en lo general coincide con el resto de Estados (gobierno de la
burguesía, existencia de la propiedad privada de los medios de
producción, explotación del proletariado, campesinado y capas
populares, etc.), en lo particular lo hace totalmente único. Y para
poder conseguir la toma del poder, se deben analizar también esas
cuestiones particulares y no universales. Saber entender la historia
de un Estado es imprescindible para poder elaborar una línea
política contra él. Claro que no quedan fases intermedias, porque
España ya es un Estado imperialista, y que el único camino es el
socialismo, pero para ello debemos combatir al Estado y por ende a la
monarquía, no subordinarla a un segundo plano, porque es
indispensable acabar con ella para llegar a la república popular y
el socialismo.

El asesinato de Kennedy 50 años después (2)

En 1959 Fidel, el Che y los demás habían llegado a La Habana e inmediatamente Eisenhower puso en marcha la Operación 40 para derrocar a los gobiernos progresistas del mundo y, más concretamente, al de la Isla caribeña. La Operación estaba dirigida por 86 mercenarios de la CIA encabezados por el vicepresidente Nixon, Allen Dulles y George H. W. Bush. No era una fuerza de choque sino el equipo de limpieza que después de derrocar al gobierno de turno estaba destinado a encargarse de los asesinatos, las torturas y las desapariciones de los revolucionarios.

Entre aquella camada negra estaba Félix Rodríguez Mendigutía, alias “El Gato”, quien poco antes de la revolución cubana, había sido uno de los policías más próximos a Batista. Cuando éste fue derrocado y huyó a Miami, Rodríguez le acompañó y se unió a la CIA para organizar la invasión de la Isla. Años después también participó en el asesinato del Che en Bolivia.

La relación de Rodríguez con George H. W. Bush fue siempre muy estrecha. En 1976, un año después de ser nombrado director de la CIA, Bush condecoró a su viejo compañero de armas en una ceremonia solemne. No importó que Rodríguez hubiera sido detenido poco antes, en 1972, por su participación en el caso Watergate. Casi era un mérito añadido.

Entonces a Rodríguez le detuvieron en compañía de Frank Sturgis, que participó tanto en Playa Girón (1961), como en el asesinato de Kennedy (1963), como en Watergate (1972). Sturgis vivió en Cuba desde 1956, donde mantuvo relaciones con Marita Lorenz, una joven alemana que trabajaba para la CIA y que, poco antes de la revolución, se había convertido en pareja sentimental de Fidel Castro. Según reconoció Fidel, Sturgis era “el mejor y más peligroso agente de toda la historia de la CIA”. A Fidel se le olvidó añadir que Sturgis, cuyo nombre originario era Frank Angelo Fiorini, también era un mafioso. En La Habana Sturgis era un asiduo de los casinos de Sam Giancana, Santo Trafficante, Meyer Lansky y los demás.

Sturgis puso a Lorenz disposición de la CIA para asesinar a Fidel. En noviembre de 1977 la alemana concedió una entrevista al “New York Daily News” en la que afirmaba varias cosas interesantes: que Sturgis y Oswald estaban en contacto, que ambos eran miembros de la Operación 40 y que estaban envueltos en un plan para asesinar tanto a Kennedy como a Fidel.

Otro de los mercenarios de Operación 40 era E. Howard Hunt, presente en los tres momentos: Playa Girón, Dallas y Watergate. E.H.Hunt exigió un millón de dólares a Nixon por tener la boca cerrada. A Hunt le pagó Bill Liedtke, socio de Bush.

Blanco y en botella: los mismos que participaron en la invasión de Playa Girón, participaron también en el asesinato de Kennedy y el robo de Watergate. Eran el último eslabón del club de los hijos de puta al que se refería Kennedy, los mercenarios y los pistoleros.

Formaban parte del doble juego. Por arriba y por abajo el Estado burgués necesita ejecutivos pulidos y ejecutores de baja estofa, la alta sociedad y los bajos fondos; jueces con toga, policías de uniforme tanto como sujetos tabernarios, sin escrúpulos. ¿Qué clase de pegamento unía a toda esa gentuza en un mismo propósito? Es lo que la película “Todos los hombres del presidente” explica al principio cuando la policía le pregunta a uno de los mercenarios sorprendidos en Watergate con la manos en la masa “¿Cuál es su profesión?”, y el detenido le responde: “Soy anticomunista”.

Ellos, no el presidente de Estados Unidos, eran quienes tenían el poder, tanto que no sólo le mataron sino que su crimen quedó impune.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (1)

Ha transcurrido medio siglo del asesinato de Kennedy. El 22 de noviembre de 1963 el presidente promocionaba la renovación de su candidatura con un paseo en coche por las calles de Dallas, en Texas. Eran las 12,30 del mediodía cuando alguien ataviado con una camisa se subió a un banco frente a la caravana de vehículos y levantó un letrero escrito con esmalte negro: “Señor Kennedy, lo desprecio a usted por sus ideas socialistas”.

Inmediatamente después sonó un primer disparo, apenas audible entre el ruido de la caravana de coches. Acto seguido se escuchó otro disparo que hirió a Kennedy en la garganta. Un tercer disparo hizo blanco en la cabeza del presidente, pero aún hubo más disparos, en los que fueron heridas otras personas, como el gobernador de Texas, Connally, sentado delante de Kennedy.

— “¡Oh! ¡Dios mío! ¡Ellos han matado a mi marido! ¡Jack! ¡Jack!”, gritó Jacqueline, que desde el primer momento demostró conocer la identidad de los asesinos. Pero, ¿quiénes eran “ellos”? Sin duda se trataba de lo que Kennedy había llamado pocas semanas antes el “SOB Club” (Son of a Bitch Club), el Club de los Hijos de Puta. Pero, ¿de quién se trataba?

La versión oficial dijo entonces que el autor de los disparos fue Lee Harvey Oswald, quien actuó en solitario. No había, pues, ningún club. Pero a día de hoy lo único que se sabe con certeza es que la vesión oficial es falsa. Lo normal en estos casos. No hay más que recordar el recorrido histórico que va del hundimiento del Maine en 1898 al 11 de setiembre de 2001. Estados Unidos es un país agobiado por las mentiras oficiales como pocos.

Pero lo de menos es que el informe oficial sea mentira, 26 tomos de mentiras exactamente. Lo realmente serio es que la verdad del caso está tan enmarañada con un cúmulo de medias verdades, intoxicaciones e hipótesis que es imposible orientarse entre tan enorme volumen de información.

Cuando Oswald, el supuesto asesino, fue asesinado por Jack Ruby dos días después, cundió la sospecha de que el crimen estaba muy lejos de ser la obra de un hombre solitario, sino que había sido orquestado por los “señores de la guerra”, el “big bussines”, los grandes monopolios que contrataban con el Pentágono, la CIA, los gusanos cubanos y la Mafia, entre otros. Eran ellos los que integraban el SOB Club.

Para acallar los rumores, el vicepresidente Johnson creó la Comisión Warren. Fue como poner al zorro a cuidar de las gallinas.

Entre los integrantes de dicha Comisión estaba Allen Dulles, antiguo director de la CIA, al que Kennedy destituyó en 1961 por el fracaso del desembarco en Playa Girón. Pero cambiar al director no es cambiar a la CIA, máxima responsable del crimen. Allen Dulles no estaba en la Comisión Warren para investigar nada sino para impedir cualquier investigación.

Otro miembro de aquella farsa fue Gerald Ford, entonces diputado y luego presidente en sustitución de Nixon. Fue incluido en la Comisión porque era el soplón de Hoover. Una vez en la presidencia, Ford tomó dos decisiones que resultan otras tantas claves del enredo: puso a Bush al frente de la CIA e indultó a su antecesor Nixon por el escándalo Watergate.

Hay que hacer un inciso con Nixon. Es posible que sea uno de los hijos de puta más reconocidos del pasado siglo, pero quizá no sepamos hasta qué extremos. Uno de sus vínculos inmediatos con Kennedy fue la competencia mutua en las elecciones presidenciales de 1960.

Otro fue John J. McCloy, asesor financiero del gobierno de Mussolini y, junto con Allen Dulles, directivo del banco de Prescott Bush que estaba financiando a Hitler. En 1936 a McCloy se le solía ver en Berlín reunido con Rudolf Hess o Hermann Goering. Las fotos le muestran también sentado en el palco de Hitler viendo las Olimpiadas. Fue abogado del monopolio alemán IG Farben que fabricaba el gas utilizado en los campos de concentración para masacrar a los antifascistas presos. Al terminar la guerra, como comisario en la Alemania ocupada, McCloy protegió a los criminales de guerra, entre ellos a Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon. Formaba parte de la Operación Paperclip, un plan para integrar a los agentes nazis en la CIA.

El presidente de la Comisión que daba nombre a la misma era Earl Warren, también presidente del Tribunal Supremo. En 1942 Warren fue elegi­do gobernador de California gracias a la financiación de los monopolios petroleros. Hablar de Dallas, el escenario del crimen, y de petróleo es una redundancia.

Al año siguiente del asesinato, la Comisión emitió un informe inverosímil que encubría hasta las evidencias más estridentes. Si al matar a Oswald se cerraron las puertas, el informe de la Comisión le echó el cerrojo. Es como si Kennedy hubiera sido asesinado dos veces.

Basta repasar las biografías de estos -y otros- zorros de la Comisión Warren para darse cuenta de quiénes eran los hijos de puta a los que se refería Kennedy, empezando por el vicepresidente Lyndon B.Johnson, un tejano que había competido con Kennedy por la nominación del partido demócrata para las elecciones de 1960.

El club de los hijos de puta no estaría completo sin mencionar que en el asesinato de Dallas aparecen implicados los cuatro presidentes de Estados Unidos que sucedieron a Kennedy: Johnson, Nixon, Ford y Bush. Los presidentes eran “todos los hombres del Presidente”.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
– La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

Publican en Londres los manuscritos de Marx sobre geología

Juan
Manuel Olarieta



Dentro de la historia del pensamiento
humano, la figura de Marx sobresale y se agiganta a cada momento. La
lenta y laboriosa recopilación de las Obras Completas de Marx y
Engels sigue siendo un filón inagotable de muchas cosas, pero sobre
todo de sorpresas. Marx es un iceberg. No le conocemos, y los
marxistas -con poquísimas excepciones- menos que nadie.



A Marx le está ocurriendo como a
Aristóteles, a quien llegamos a través de Tomás de Aquino y la
Escolástica. También Marx tiene a sus propios escolásticos
empañados en falsificar cada línea de su pensamiento. Con su
insustancial retahíla de citas literales creen que ya está todo
dicho, cuando en realidad todo está por decir y -sobre todo- por
hacer.



Así lo prueba la publicación, por
vez primera, de los apuntes de Marx sobre geología, que datan de
1878, con anterioridad a sus investigaciones etnológicas sobre las
sociedades primitivas no occidentales.



Lo más sorprendente es que el
interés de Marx por la geología no fue nada episódico ya que los
manuscritos ocupan más de 650 páginas en letra impresa.



Al morir Marx los papeles pasaron a
manos de Engels y de ahí fueron a los archivos de la
socialdemocracia alemana, que a mediados de los años veinte entregó
una parte al Partido Bolchevique, previo pago de una cantidad
importante de dinero. Pero se quedaron con otra parte y en 1933 los
nazis se apoderaron de ella, yendo a parar a Copenhague y luego de
vuelta a Londres. Se intentaron editar en 1980, pero el proyecto se
paralizó ocho años después, volviéndose a reanudar la
recopilación en 2003.



Los editores han tardado una década
en llevar los manuscritos a la imprenta y esperemos que no transcurra
otro tanto para leer la traducción.



También hay que esperar que la
estupidez característica de la intelectualidad burguesa no vuelva al
tópico falaz de que la burocracia stalinista escondió estos
manuscritos en un cajón, como hicieron con los de economía y
filosofía o con los de matemáticas…



¿Por qué le interesaba a Marx la
geología? En principio para asentar su tesis sobre la renta de la
tierra, que formaba parte del último tomo de El Capital. Es
característico del estilo marxista exhaustivo, que sus discípulos
-con poquísimas excepciones- no han seguido. En la exhaución
marxista destaca la unión entre la naturaleza y la sociedad que ya
aparecía en los manuscritos sobre filosofía y economía, que echa
por tierra la separación entre ciencias naturales y ciencias
sociales, y entre ellas y la filosofía, que es tanto como decir
entre la teoría y la práctica: «Algún día habrá una sola
ciencia», pronosticó Marx (1)
y lo que hizo fue ponerse a la tarea, lo mismo que Engels, cuyos
manuscritos sobre la Dialéctica de la naturaleza (2)
son otra de las joyas del pensamiento científico de todos los
tiempos.



Pero hay un aspecto en los apuntes
sobre geología de Marx que Martin Hundt pone acertadamente de
manifiesto: la metodología científica (3),
uno de los más tergiversados por su discípulos. Un tópico de la
intelectualidad burguesa acostumbra a comparar (por no decir
equiparar) al marxismo con el evolucionismo, pero se olvidan de la
geología. En 1852 en la Contribución a la crítica de la
Economía Política
Marx el propio Marx ya había comparado a la
geología con la historia. Las reflexiones de Marx sobre la
metodología científica en la misma obra, («El método de la
economía política») tampoco se publicaron en su momento, y el
ponerlas por escrito no ha cambiado la situación: siguen siendo
ignoradas, quizá porque el método aparece al final como un
apéndice, y no al principio, a diferencia del pensamiento burgués.
Quizá el lector llega al final ya muy fatigado por la lectura. O
quizá porque…



… porque una parte de esa
metodología son los geniales añadidos de Engels, que fue uno de
esos poquísimos que no sólo entendió a Marx sino que fue él quien
le llevó de la mano desde que se conocieron. Poco antes de morir, en
su carta inconclusa a Vera Zasulich Marx volvía de nuevo sobre esa
sorprendente comparación entre la geología y la historia (4).



A lo largo del tiempo los modos de
producción se suceden en una forma análoga a los estratos del suelo
(ley de Steno). Pero lo mismo que el geólogo cuando perfora la
tierra, el historiador no investiga los hechos cronológicamente sino
que empieza por el final. En la superficie de la tierra las capas más
superficiales son las más recientes. Excavar es remontar en el
tiempo. En la historia, escribió Marx, «la última forma
considera a las formas pasadas como grados que conducen a ella»
(5).



Otro aspecto importante que Hundt
apunta también con agudeza: la geología está en el origen de la
teoría de la evolución, porque no sólo las especies vivas cambian,
sino también la geografía, la atmósfera, el suelo y los océanos.
Lo que hasta entonces se consideraban objetos «inanimados»
no lo eran tanto. Nada permanece, todo está en continuo desarrollo,
hasta las piedras.



Pero eso no es todo. En geología el
tiempo, los cambios y las diferentes etapas se miden en eones, una
unidad indefinida del orden de miles de millones de años. Dios no
pudo crear el mundo en seis días, ni su duración podía ser de sólo
4.000 años, como decía la Biblia. En fin, la geología descubrió
el tiempo, que es la quintaesencia de la dialéctica, y aún más:
que ese tiempo no era reciente sino de auténtico vértigo.



Referencias:


(1)
Marx, Manuscritos, economía y filosofía, Alianza, Madrid,
pgs.152 y 153.

(2)
Engels, Dialéctica de la naturaleza, Akal, Madrid,

(3) The
Connection of Mind and Nature: Marx’s 1878 Notebooks on Geology
(http://marxismocritico.com/2013/10/18/the-connection-of-mind-and-nature-marxs/)

(4) Marx
y Engels: Obras Escogidas, Progreso, Moscú, 1978, tomo III, pg.163.

(5) Marx
y Engels: Contribución a la crítica de la economía política,
pg.275.



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