Para la fracción del capital israelí representada por la vieja guardia laborista y los sectores de la seguridad del Estado (Yair Lapid, un entusiasta de la guerra contra Irán, o Benny Gantz, imputado en Holanda por crímenes de guerra), Netanyahu no es un «enemigo del Estado», sino un mal administrador que ha llevado el proyecto sionista a un callejón sin salida: aislamiento internacional, desgaste militar crónico y fractura social interna.
En este contexto, fabricar o exagerar un «preaviso» de ataque ignorado convierte un fracaso estructural de la seguridad israelí (el colapso del 7 de octubre) en un problema de negligencia individual. Si Netanyahu hubiera hecho caso, la catástrofe se habría evitado. Por tanto, la solución no es cambiar el sistema, sino cambiar al timonel.
Si bien ya hablamos aquí de los bulos relativos a un supuesto «preaviso» al gobierno de Benjamin Netanyahu sobre el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023, lo trascendente de esta reflexión es por qué el diario Haaretz, que es la columna vertebral del aparato de supervivencia mediático del proyecto sionista, publica una supuesta «investigación» que «demuestra» el preaviso a Netanyahu.
Si bien dicho preaviso fue negado por las autoridades egipcias, la difusión de este mensaje tiene un objetivo claro y es restaurar la credibilidad del aparato político israelí, claramente mermado tras la guerra en Gaza. Al sacrificar a Netanyahu, este sector se presenta como la opción «responsable» y «fiable» para recomponer el consenso interno y la alianza con Occidente, especialmente con Estados Unidos.
La filtración, aunque busca «salvar» al Estado de su mala gestión, también lo hunde temporalmente al exponer sus vergüenzas y su disfuncionalidad al mundo. Pero no deja de ser una voladura que tiene como finalidad recomponer a Israel como Estado y como actor político.
La oposición «socialdemócrata» y los antiguos aliados de Netanyahu saben que, para que el Estado sobreviva a largo plazo, debe purgarse su figura, aunque ello implique un escándalo público. Es la lógica de la «catarsis»: dejar que la podredumbre se exponga para amputarla y regenerar la hegemonía de la clase dominante.
Si no se hiciera esta purga, el descontento popular podría derivar en un cuestionamiento mucho más profundo: el del propio carácter sionista del Estado o el de su política de ocupación. Es decir, la filtración evita una crisis revolucionaria al canalizar la ira de las masas hacia un «chivo expiatorio» (Netanyahu), en lugar de hacia el sistema en su conjunto.
La teoría del «preaviso» desemboca necesariamente en que hay sionistas malos (Netanyahu, Ben-Gvir, Smotrich) y sionistas buenos; o dicho de otra manera, que puede haber un genocido palestino pero con rostro amable, que es la tesis fundacional del laborismo israelí. Yair Golan, ex jefe de las Fuerzas Armadas israelíes y actual portavoz de Demócratas, la nueva marca del laborismo, se lamentaba y afirmaba que «Israel va camino de convertirse en un Estado paria entre las naciones, como lo fue Sudáfrica en su día”. La comparación no puede ser maś elocuente.
La clase dominante israelí, en su conjunto, necesita un relevo en la cúpula que restablezca la confianza de sus aliados imperialistas y de su propia población, para así poder continuar con su proyecto colonial.
La negación de Egipto de la existencia misma de dicha filtración no invalida esta función política de lo que está publicando Haaretz y que repiten todas las terminales mediáticas del imperialismo; al contrario, la enriquece, porque convierte la información en un campo de batalla donde cada actor (Netanyahu, la oposición, los gobiernos árabes) pugna por imponer su propia versión de los hechos, siempre al servicio de la reproducción del orden establecido, aunque sea cambiando de rostro.
Es importante entender que detrás de la tesis del preaviso está la supervivencia o no del proyecto sionista.