Las paradojas del imperialismo británico en Siria

A finales de agosto de 2013 la Cámara de los Comunes votó en contra de la petición de autorización del gobierno de Cameron para unirse a la agresión contra Siria. Entonces el imperialismo británico tenía como objetivo derribar al gobierno de Damasco.

Esta semana el voto parlamentario cambió de signo: la Cámara de los Comunes autoriza al gobierno los bombardeos en Siria. Pero, ¿cuál es ahora el objetivo? Aparentemente ya no tratan de derrocar al gobierno de Damasco sino aplastar al Califato Islámico.

Primero querían atacar al gobierno; ahora quieren atacar a la oposición. ¿Dónde está la coherencia de la política exterior británica?, ¿saben los británicos quién es su enemigo en Siria?

Naturalmente que sí. Lo tienen muy claro y no hay ninguna incoherencia. Lo que ha ocurrido es que sobre el escenario ha aparecido un factor nuevo que ha alterado el tablero en Siria y Oriente Medio: la presencia de la aviación rusa llegada del cielo el 30 de setiembre.

El debate de la Cámara Baja de Londres resultó muy interesante, a diferencia de los que se suelen escuchar en otros países. Fue como la acumulación de bruma con la que cada uno de los diputados envuelve las verdaderas intenciones de los imperialistas.

La autorización acaba con otra paradoja, porque desde hace un año la Royal Air Force ya bombardeaba al Califato Islámico en Irak pero no podía hacerlo en Siria, a causa de la anterior votación.

Por lo demás, las paradojas de Gran Bretaña son parecidas a las de Francia y no cabe descartar que sigan haciendo piruetas en el aire a medida que las circunstancias en Siria vayan cambiando.

Lo mismo que el ministro francés de Asuntos Exteriores Laurent Fabius, David Cameron les dijo a los parlamentarios británicos que en el futuro no podía descartar una cooperación con el ejército regular de un “gobierno de transición” que, por ahora, no existe, que, naturalmente, tiene que ser diferente del actual, que nadie sabe quién va a nombrar, ni tampoco si conducirá a la misma situación que en Libia.

Antes del debate parlamentario, Cameron decía algo parecido a los rusos: que los ataques aéreos de la Royal Air Force se harían de manera coordinada con las operaciones militares de los 70.000 combatientes “no islamistas” que nadie sabe tampoco quiénes son, ni donde se esconden.

Una diputada musulmana que forma parte de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara y regresaba de una gira por Oriente Medio dijo que las tropas de la insondable oposición “moderada” no pasan de 10.000 ó 15.000 milicianos, como máximo, una cifra que hay que comparar con los 40.000 ó 50.000 cuya necesidad se estima para tomar la ciudad de Raqqa, donde el Califato Islámico tiene su cuartel general.

Las guerras no se ganan sobre el cielo sino sobre el suelo. El primero es sólo un medio para lograr el segundo. Por lo tanto, en Siria la guerra contra el Califato Islámico y demás fuerzas yihadistas sólo la puede ganar el ejército regular con la ayuda de la aviación rusa.

Ese es el cambio decisivo que se ha producido en Siria y eso es lo que los bombardeos británicos pretenden impedir, no los atentados de París ni nada parecido. Si el gobierno de Damasco gana la guerra, los imperialistas van a padecer los efectos a largo plazo de una situación muy desfavorable, no sólo por la exhibición militar y moral de Rusia, sino por la liquidación de sus monaguillos yihadistas y la consolidación de Al-Assad.

Hay que destacar la importancia a largo plazo de una situación así por el efecto dominó que se puede extender a otros países parecidos, como Yemen sin ir más lejos, y la posibilidad de que muchos países (árabes o no) prefieran recurrir a Rusia como aliado fiable.

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