Hoy es el aniversario del desastre en la mina Bois du Cazier, en Bélgica, de 1956. Sólo 13 de los 275 trabajadores que descendieron al pozo esa mañana salieron con vida. Quedaron más de 200 viudas y más de 400 niños sin padre. Los cuerpos de catorce de ellos han sido imposibles de identificar hasta la actualidad.
La mayor parte de las víctimas eran trabajadores emigrantes, especialmente 136 italianos. Es una buena expresión de que el desarrollo capitalista en la posguerra europea hubiera sido imposible sin los emigrantes que, entonces como hoy, eran despreciados. A los trabajadores emigrantes italianos en Bélgica les llamaban “los negros” porque para los centroeuropeos es como si llegaran de África. El III Reich había sido derrotado pocos años antes, pero el racismo no.
La mayor parte de las veces, la emigración no es un fenómeno espontáneo. La emigración italiana a Bélgica fue consecuencia del acuerdo entre ambos países firmado el 23 de junio de 1946. Por cada italiano enviado a las minas belgas, Italia recibía 2,5 toneladas mensuales de carbón.
Un superviviente de la tragedia, Marco Recchia, recuerda que los representantes del gobierno italiano se presentaron en Campobasso, donde vivía su familia, para anunciar oportunidades de trabajo en las minas belgas.
No hace falta decir que todos los alojamientos y comodidades prometidos a los mineros italianos eran mentira. “Un contrato de trabajo lleno de mentiras”, dice Franco Recchia, hijo del minero, nacido en Bélgica. Los mineros italianos vivían en condiciones precarias. Se alojaban en los antiguos barracones que habían albergado a prisioneros de guerra alemanes que habían trabajado en la mina tras la guerra.
Después de la guerra mundial, Bélgica necesitaba reconstruir el país, explotar sus recursos minerales y extraer carbón para alimentar la industria europea. Las minas belgas habían salido relativamente bien de la destrucción, a diferencia de las alemanas y las francesas. Las empresas mineras pretendían aprovechar la situación para posicionarse como cabeceras en el mercado europeo, que puso al carbón en el centro del proyecto de “comunidad económica”.
Es una tarea que sólo la clase obrera puede cumplir y, cuando no existe fuerza de trabajo suficiente, la burguesía recurre a la emigración. Pero ya nadie recuerda que la sangre obrera regó los cimientos del “mercado común”. Quizá porque es una obviedad: el desarrollo capitalista, en Europa como en todo el mundo, está regado con sangre obrera y los emigrantes siempre están en la primera línea de todas las cadenas de producción, donde la explotación llega hasta la muerte.
Tres años después de la tragedia, la dirección de la empresa fue absuelta de cualquier clase de responsabilidad y en 1961 el director de la mina fue condenado a seis meses de prisión por “negligencia”.
En Italia, que el gobierno hubiera vendido a los obreros emigrantes a la muerte provocó una movilización general de protesta. Para guardar las apariencias, el gobierno de Roma rompió relaciones diplomáticas con Bélgica y se retiró del acuerdo del carbón. Desde entonces el 8 de agosto se ha convertido en un día oficioso para celebrar a los trabajadores italianos que emigran al extranjero.
En 2012 querían construir un supermercado en el lugar de la mina para borrar cualquier recuerdo. Los vecinos se opusieron y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Incluye un monumento que rinde homenaje a los 262 trabajadores muertos, casi todos ellos emigrantes.