La Reserva Federal da inicio abiertamente al nuevo ciclo fascista español

Las proyecciones económicas del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) de Estados Unidos publicadas en junio de 2026, que sirven para la toma de decisiones de la Reserva Federal (FED), son cristalinas: apreciación del dólar frente al euro, subida de tipos de interés y reducción de las importaciones. Esto tiene efectos directos en la economía española, y en especial en el bolsillo de la clase obrera y las PYMES.

Las medidas de la FED

Los tipos de interés más altos y persistentes de la FED, junto con la consiguiente fortaleza del dólar, se trasladan a la economía real española principalmente a través de tres vías que golpean con especial dureza a los hogares, las PYMES y los autónomos: la inflación, el encarecimiento del crédito y el enfriamiento de la demanda.

Para la economía española, un dólar más fuerte significa que todo lo que se compra en el mercado internacional y se paga en dólares se vuelve más caro. Bienes como el petróleo, el gas natural y muchas materias primas industriales se disparan, y este encarecimiento se traslada directamente a la factura de la luz, al precio de los carburantes y, en última instancia, al coste de producción de cualquier bien.

Además, un entorno de tipos altos en el mundo hace que la financiación sea más cara con carácter general. El Estado paga más por su deuda, pero lo que es peor, los bancos trasladan ese coste a las hipotecas variables y a los préstamos para empresas. Por otro lado, si la economía estadounidense se ralentiza para enfriar su inflación, reduce su interés por las exportaciones españolas, especialmente en sectores como el turismo, la automoción o la alimentación.

Inflación y shock monetario

Si bien este escenario se venía ensayando por parte de la Administración norteamericana desde el último gobierno de Barack Obama, por el lado europeo, y el español en concreto, existía cierto margen de maniobra para mitigar sus efectos. Sin embargo, la situación ahora es distinta, y mucho más radicalizada, ya que los Estados Unidos necesitan revitalizar internamente su economía, que está técnicamente en quiebra, y para ello necesita el suicidio masivo de los países dependientes.

Pero es un suicidio selectivo. El efecto económico de estas medidas no implica una quiebra de los grandes capitales, sino de la clase obrera, PYMES y autónomos. La inflación encarece la cesta de la compra y el recibo de la luz, erosionando el poder adquisitivo mes a mes. Al mismo tiempo, las hipotecas a tipo variable o cualquier nuevo préstamo (para un coche o una reforma) se vuelven más costosos. Esto obliga a las familias a reducir su capacidad de ahorro y su capacidad de consumo, que es precisamente uno de los motores que ha impulsado hasta ahora el supuesto crecimiento español.

Por su parte, las PYMES y los autónomos, que representan la espina dorsal del empleo en España, sufren un doble golpe. Primero, ven cómo sus costes de producción se disparan por el encarecimiento de la energía y las materias primas, lo que les obliga a elegir entre asumir pérdidas en sus márgenes o trasladar la subida a los precios finales, arriesgándose a perder clientes. Y segundo, el crédito bancario, que es el oxígeno que les permite invertir en maquinaria, contratar personal o simplemente cubrir la tesorería de fin de mes, se vuelve mucho más restrictivo y caro. Ante esta perspectiva, la mayoría opta por paralizar sus planes de expansión, lo que frena la creación de empleo y la innovación.

Los efectos en la clase obrera

Las previsiones políticas de un futuro gobierno de PP y VOX tienen su apuesta principal en la rebaja fiscal masiva. En concreto, el PP ha propuesto bajar el IVA de la energía del 21% al 10%, deflactar el IRPF para que el aumento de los precios no suponga pagar más impuestos, y duplicar las deducciones por hijos a cargo. El objetivo es inyectar liquidez directa en los bolsillos de las familias y reducir los costes de producción de las empresas.

Sin embargo, esta estrategia tiene una paradoja: en un contexto de oferta limitada y demanda contenida por la carestía, aplicar un fuerte estímulo fiscal (es decir, bajar los impuestos para que la gente gaste más) acaba inflando los precios aún más, ya que la gente tiene aparentemente más dinero en el bolsillo pero los productos siguen siendo escasos o caros por el contexto internacional. Es el efecto «narcotizante» que inicialmente tienen estas medidas, sobre todo para la clase media, que cree durante un período corto de tiempo que es más rica.

El reflejo que esto tiene en la política española es evidente: para garantizar el futuro de la economía española es necesario un modelo que combine la receta de un liberalismo económico «puro» con medidas abiertamente represivas. Esto se traduce en que, ante la pérdida de poder adquisitivo y restricción de derechos civiles y políticos, la población debe asentir y disciplinarse, en vez de rebelarse o pelear.

La psicología del oprimido: el nuevo ciclo fascista

En un contexto de inflación alta y empleo precario, el miedo a perder el trabajo o a no poder pagar la hipoteca actúa como un potente mecanismo de disciplina. La gente tiende a «agachar la cabeza» para no ser el eslabón débil que la crisis se lleve por delante. Las políticas de «prioridad nacional» buscan dividir a la clase obrera entre «nacionales» y «extranjeros», desviando la ira hacia chivos expiatorios y diluyendo la conciencia de clase. Esta fragmentación debilita la capacidad de respuesta colectiva y fomenta la sumisión pasiva.

Ahora bien, la subida de tipos y la inflación no son medidas abstractas, aunque a veces suenen lejanas; golpean la mesa de la cocina. Cuando el alquiler sube por encima del salario o cuando un autónomo no puede reponer su mercancía porque el crédito es impagable, la necesidad material empuja a la acción. La conciencia de clase no nace de los libros, sino de la experiencia práctica de la explotación insoportable.

Por ello, un gobierno que combina liberalismo económico con represión política genera su propia crisis de legitimidad. Cuanto más se cierran los canales de participación y protesta, más se radicalizan las formas de resistencia. Solo falta un ingrediente para superar este nuevo ciclo fascista en España, porque la rebeldía no es automática.

Para que los conatos que vemos habitualmente se conviertan en una fuerza transformadora, necesita de dos elementos: praxis organizada (sindicatos, movimientos vecinales, plataformas de afectados) que barra íntegramente con las estructuras actuales -izquierda parlamentaria y grandes sindicatos- y una alternativa programática clara que no se limite a rechazar lo que viene, sino que ofrezca una salida real al laberinto de los tipos de interés, la inflación y el disciplinamiento por la vía del bolsillo y del miedo.

Fuentes: JP MorganFED

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