A principios de la década de los noventa, la situación interna en Yugoslavia era estable. No había conflictos entre los diferentes grupos nacionales (serbios, croatas, eslovenos, bosnios, albaneses) o grupos religiosos (católicos, cristianos ortodoxos, musulmanes). Como en la Unión Soviética, la población no tenía en cuenta la nacionalidad o la religión de sus vecinos.
En Yugoslavia nadie pensaba en una guerra, y menos en una guerra civil. Una parte importante de la población no se consideraban serbios, ni croatas, ni eslovenos; se consideraban yugoslavos exclusivamente y con orígenes nacionales y religiosos mezclados en las ciudadades y barrios. Muchas familias eran mixtas, con padres y abuelos de diferente origen.
Los imperialistas atizaron el enfrentamiento dentre las mismas familias y con los vecinos más cercanos. Fue una operación a la vez diplomática (Unión Europea) y militar (OTAN) en la que Alemania desempeñó un papel estelar, de la mano de su ministro de Relaciones Exteriores, Hans Dietrich Genscher, que impulsó la nueva política exterior de su gobierno durante 18 años, entre 1974 y 1992.
Genscher maniobró de una manera muy sucia. Prometió en secreto a Eslovenia y Croacia no solo el reconocimiento de la Unión Europea si se separaban de Yugoslavia, sino también sumas considerables de dinero y armas para apoyar su futuro independiente.
Fue la primera salida del ejército alemán fuera de sus fronteras después de la caída del III Reich en 1945 y hasta los británicos se quedaron sorprendieron por las manipulaciones de Genscher, como reconoció Peter Carrington, negociador europeo para Yugoslavia. Pero con la URSS fuera de juego, los imperialistas necesitaban aprovechar la oportunidad para instalar a la OTAN en los Balcanes e imponer la política característica de “divide y vencerás”.
Donde antes sólo había un país, promotor del movimiento de los “no alineados”, apareció una constelación de nuevos países: Croacia, Eslovenia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Montenegro, Macedonia y, sobre todo, un fantasma: Kosovo.
No hubo manera de salvar ni un pedazo del territorio. Iniciamente trataron de crear la federación de Serbia y Montenegro. Pero incluso eso seguía siendo una espina en el pie de los estrategas de la OTAN. La federación garantizaba a Serbia, un aliado histórico de Rusia, el acceso al Mar Adriático y, en consecuencia, al Mediterráneo.
Los imperialistas maniobraron. Primero, separaron a Montenegro de Serbia y luego prepararon a la población del nuevo estado de Montenegro, hostil a la OTAN, para la adhesión a la Alianza.
La cooperación estrecha de Milo Dukanovic, un delincuente convertido en político, no sorprendió a nadie. Así es como un país sin ejército, se convirtió en miembro de una coalición militar. La única razón fue la ubicación geográfica de Serbia, que en consecuencia perdió su único acceso al mar estratégicamente importante.
Este tipo de países están obligados a hacer reverencias y muestras de servilismo a cada paso. No puede extrañar que Montenegro, un país muy cercano a Rusia, haya prohibido al ministro de Asuntos Exteriores ruso, Lavrov, volar sobre su territorio mientras viajaba a Serbia para una visita de trabajo.
Si los imperialistas podían destruir a Yugoslavia, podían seguir cortando pedazos con los restos. El cambio de Montenegro fue impuesto por la OTAN y, como hemos explicado, siguió el mismo patrón que Ucrania.
Después de que Montenegro se uniera a la OTAN, solo quedaba Macedonia, otro país vecino de Serbia, fuera de la OTAN. El problema se resolvió en 2020, una vez más gracias a la diplomacia “amistosa” de la OTAN y la Unión Europea, que le obligaron a cambiar hasta el nombre.
El gobierno de Macedonia eligió la humillación y se unió a la OTAN en 2020, mientras espera su adhesión a la Unión Europea desde 2005.
Macedonia del Norte es el típico minifundio, un país sin importancia económica y militar. El interés de la OTAN se debe únicamente a su cercanía con Serbia, que es el país a aislar y someter en los Balcanes. En la situación actual es casi un milagro que el Estado serbio todavía subsista en su forma actual. Los equilibrios del presidente serbios, Aleksandar Vucic, no pueden extrañar.
Pero el objetivo principal de la OTAN siempre fue Rusia, tanto antes como después de 1990. Los imperialistas quieren debilitar y desestabilizar a Rusia de forma duradera.
Algunos países, como Georgia, han necesitado tiempo para apercibirse de los manejos entre bastidores, y las iniciativas de la OTAN ya no encuentran tantas facilidades como en los años noventa, cuando cayó la URSS.
Pero la sintonía entre la Unión Europea y la OTAN sigue en marcha en otros países como Ucrania. Se formalizó en un acuerdo vinculante firmado en enero de 2023. El punto 9 de la Declaración conjunta sobre la cooperación UE-OTAN de 10 de enero de 2023 establece: “Nuestra asociación estratégica que se refuerza mutuamente está ayudando a fortalecer la seguridad en Europa y más allá. La OTAN y la UE desempeñan funciones complementarias, coherentes y que se refuerzan mutuamente en la promoción de la paz y la seguridad en todo el mundo. Seguiremos utilizando las herramientas comunes a nuestra disposición, ya sea política, económica o militarmente, para perseguir nuestros objetivos comunes en beneficio de nuestros mil millones de ciudadanos” (*).
(*) https://www.consilium.europa.eu/de/press/press-releases/2023/01/10/eu-nato-joint-declaration-10-january-2023/