La extrema derecha está en todas partes… excepto en Ucrania

Los agricultores que protestan con sus tractores en las carreteras son de extrema derecha. Da igual el país europeo en el que se movilicen. En España alguno lleva en su remolque la bandera bicolor con el aguilucho franquista. Son burgueses, incluso grandes propietarios de tierras y explotaciones agrarias. Otros son de Vox.

Los que se opusieron a los confinamientos durante la pandemia también eran de extrema derecha. En las manifestaciones alemanas algunos de ellos llevaban la bandera del Segundo Reich. No eran exactamente nazis, pero del Segundo al Tercer Reich no hay más que un paso insignificante.

No cabe ninguna duda que los antivacunas son de extrema derecha y, por derivación, casi todos los que critican las vacunas son antivacunas, o sea, que entre los médicos y los científicos la extrema derecha también prolifera.

Un inventor, como Pablo Iglesias, asegura que Putin es de extrema derecha. Los movimientos ultras apoyan a Rusia. En la reciente entrevista de Tucker Carlson con Putin, la extrema derecha se entrevistaba a sí misma.

Eso explica que en las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016 la extrema derecha rusa (Putin) apoyara a la otra extrema derecha (Trump). ¿Se dan cuenta? La extrema derecha siempre se apoya a sí misma.

En la Guerra de Ucrania la extrema derecha, o sea, Rusia, pretende destruir a un país democrático, Ucrania, cuyo Presidente es judío y, por lo tanto, un defensor de los valores de occidente.

Hay otros que no dicen nada, ni se atreven siquiera, pero señalan con el dedo, y hace unos pocos años fue un lugar común asociar los chalecos amarillos a la extrema derecha. “Los chalecos amarillos parecen estar ideológicamente más cerca de la extrema derecha”, decía la cadena pública alemana Deutsche Welle el 4 de diciembre de 2018.

Si los chalecos amarillos no eran de extrema derecha, sus acciones beneficiaban a la extrema derecha. “La crisis de los ‘chalecos amarillos’ refuerza a la ultra Le Pen ante Macron”, titulaba El País el 14 de enero de 2019. Es la pregunta tópica: ¿a quién beneficia? Ya saben: alguien puede luchar de buena fe, pero le hace el juego a un tercero. Las cosas no son positivas o negativas en sí mismas, sino en función de un contexto que se escapa de las manos del que protesta. ¿A quién le hacen el juego? Manejos entre bastidores y maniobras ocultas explicados con sutiles análisis sociológicos…

Lo mejor es no salir a la calle a protestar porque así no le haces el juego a nadie.

La teoría del tonto útil es una derivación típica de la Guerra Fría: aunque te definas a tí mismo de una manera, en realidad estás al servicio de terceros (pero no te das cuenta), de algún país extranjero, e incluso de enemigos de la patria. Realmente no son “nacionales” sino traidores.

El ejemplo típico son los negacionistas del cambio climático, que están financiados por la industria petrolera, sirven a los grandes intereses económicos, no a un debate científico. La ebullición climática no puede ser una cuestión científica porque ya está muy demostrada. Es algo interesado: sólo los grupos de presión niegan el ascenso de las temperaturas.

A diferencia de los grupos verdes, la extrema derecha (El Primo de Rajoy) niega el cambio climático por intereses económicos. Lo que pone en peligro las políticas medioambientales y, en consecuencia, el planeta, es el ascenso de la extrema derecha, prevenía El País el 2 de julio del año pasado.

El negacionismo climático no es, pues, una cuestión científica sino económica y política. Pero lo más importante no es que la extrema derecha sea negacionista sino que los negacionistas pertenecen a la extrema derecha.

¿Comprenden ahora el auge de la extrema derecha? ¿No ven el peligro? Son los únicos que se movilizan, se han adueñado de las calles.

Así les luce el pelo a algunos. El papel de los descerebrados que ven a la extrema derecha hasta en la sopa consiste en eso: en arrojar a los que luchan en los brazos de la reacción pura y dura, y luego se lamentan de ello.

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