Elogio del negacionismo: la historia y la ciencia han progresado a partir de la negación

Intelectuales de bajo nivel, y carentes de cultura histórica y filosófica, han empezado a usar el término “negacionismo” para calificar, y descalificar con él, supuestamente autorizados por una definición de la Real Academia Española. Serían aquéllos que tuvieran una “actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes”, pobre y multisémica definición; pero eso es lo de menos.

Nos proponemos hacer un elogio de tan ilustres personas, mostrando que, lejos de ser un calificativo pretendidamente descalificador, dicha clase de personas, con esa actitud e inclusive con conductas acordes con esa actitud, ha sido fundamental en la historia de la humanidad, tanto o más que sus supuestos rivales, implícitamente elogiados por quienes usan el término: los “afirmacionistas”, que no sé si figuran como tales o como competidores, rivales o alternativas a los negacionistas en el mismo diccionario; pero que existen hoy, existieron, y casi seguramente seguirán existiendo junto a ellos. En consecuencia, terminaremos por vernos orgullosamente como negacionistas, pero sin cometer el error de descalificar a quienes nos califican así, a los que, por oposición, llamaremos de afirmacionistas, ya que llamarlos de negacionistas los ofendería, pese a serlo (el diccionario de la máquina, tan poco culto, reconozcamos, me subraya, indignado, con un rojo ondulado, la incorrección del uso de las palabras “negacionismo” y “afirmacionismo”; neguemos cultamente su sabiduría para no nivelar nuestro vocabulario al de los programadores computacionales, tan penoso).

Haremos ese elogio de actitudes y conductas pretendidamente negativas para algunos, no solo endosando los aforismos populares de que las apariencias engañan o de que el hábito no hace al monje, que son precipitados históricos de sabiduría popular que incitan a negar al menos algunas realidades, a ser negacionistas muchas veces.

También recordamos que, al menos desde Platón, y más analíticamente desde Aristóteles, la episteme, conocimiento científico sustantiva o formalmente demostrativo, se postula como superior y cualitativamente distinto de la doxa, o conocimiento no demostrativo del sentido común, que es el afirmativo de la realidad, y que debe negar y trascender quien persiga una mejor verdad demostrativa. La negación de la doxa afirmada es crucial para poder perseguir la verdad más alta de la episteme. También la dialéctica socrática consistía en la obtención de mejores verdades a partir del cuestionamiento mutuo de las afirmaciones de los interlocutores, en un diálogo de dos o más. Tampoco olvidemos el planteo, aun anterior, de Heráclito de Éfeso, cuando afirmaba que pese a las apariencias y de mantener su nombre, un río nunca era el mismo cuando fluía más de una vez a nuestra vista, o nos bañábamos en él dos veces o más; para poder sustentar esa verdad más profunda que la de su identidad dada por la mantención de su nombre durante todas sus fluencias, se debía negar la afirmación de la identidad dada por su nombre, que ocultaba la mayor verdad de la diversidad de los caudales a pesar de la comunalidad del nombramiento para ese flujo (“nadie se baña dos veces en el agua de un mismo río”). Aún antes de Heráclito, los sofistas, para negar la infalibilidad de la realidad que se podía afirmar desde la sola evidencia sensorial, decían que esa aparente certeza debería ser negada para poder fundamentar, por ejemplo, que no había agua en ningún espejismo que se mostrara en un camino, y que era recto el remo que parecía tener una inflexión dentro del agua, afirmación meramente sensorial que debía ser negada.

Hace 25 siglos que los negacionistas golean a los afirmacionistas, entre los filósofos, claro, aptos para lograr la episteme; no entre la gente común, solo guiada y capaz de doxa, conjunto de apariencias afirmadas acríticamente que deben corregir los negacionistas, ya desde aquel entonces. Los afirmacionistas no podrían trascender la doxa, hacia la episteme del conocimiento demostrativo, porque son contrarios a la negación, a ser negacionistas; error paralizante que continúa enfermando mentes hoy.

Seguiremos con ejemplos, no solo desde la filosofía, en lo conceptual y lógico, sino también desde la historia, para mostrar que las conductas negacionistas han sido tan o más valiosas para la humanidad que las afirmacionistas, aunque desde ya digamos que, al contrario de los afirmacionistas, que niegan a los llamados por ellos de negacionistas, no negaremos a los supuestamente contrarios, a los afirmacionistas, porque creemos que ambos han contribuido a hacer, pensar y sentir el mundo a través de la historia. Nuestra defensa del negacionismo no es una negación del afirmacionismo, como hacen ellos con aquellos que tildan de negacionistas; no somos fanáticos sectarios.

La historia y la ciencia han progresado a partir de la negación socio-política o empírico-conceptual, de momentos y circunstancias anteriores, afirmados como realidades verdaderas antes de cada instancia de negación y superación. Y no solo desde filosofías de la historia que imaginan una linealidad positiva progresiva (como el positivismo y el evolucionismo), sino también y más espectacularmente cuando el imaginario es de dialéctica lógica, epistemológica y ontológica, ya previamente a Hegel (Escoto Erígena, casi 10 siglos antes), aunque naciera formalmente con él, y con variantes históricas que tienen especial relevancia como Fichte, Marx y Adorno, éste con su “dialéctica negativa”, de máxima radicalidad.

Para cualquier análisis profundo de la realidad histórico-política o lógico-filosófica, la negación, el momento o acción de negación de lo instalado, de la dominación o hegemonía afirmativas, ha sido fuente fermental de alternativas enriquecedoras o de mejores concepciones inspiradoras de la práctica humana. Ser negacionista, no solo no debería tener connotación peyorativa entre personas inteligentes, cultas y de buena fe argumental, sino que puede afirmarse con muchos argumentos y hechos como una actitud o habitus al menos tan valiosa como la afirmacionista.

1. La negación, crucial aún en una lógica evolutiva

Enfatizamos la importancia de la negación en paradigmas evolutivos positivistas porque son paradigmas diversos del paradigma dialéctico, en el cual es mucho más evidente la positividad de la negación, positividad intrínseca al paradigma. Pero un paradigma de evolución lineal, sea darwiniano (con acumulaciones de cambios y saltos evolutivos), sea lamarckiano (con acumulación hasta que el cambio cuantitativo se transforma en cualidad diversa), también nos muestra la importancia de las negaciones puntuales de lo existente, de lo afirmado, para hacer progresar a la humanidad, sea por mejor adaptación a los entornos, por mejor previsión del determinismo, por mayor funcionalidad, por más ajustada implementación de valores y autonomía teleológica. Prometeo, Fausto y Ulises son modelos míticos complementarios de negación de límites, de transgresión de las probabilidades objetivas que impiden; los héroes son aquellos que se sobreponen a las probabilidades contrarias; las hazañas le dan contenido a las leyendas, y hasta a las noticias que más venden en el cotidiano; son negaciones de rutinas, probabilidades y límites. El admirable es David, no Goliat, o la Cenicienta. Si la rutina y el ritual protegen la uniformidad en la cotidianidad que la hace individual y colectivamente más fácilmente manejable, la necesaria mutualidad de expectativas constituyente de lo social (¡Weber!), lo que más admira es su negación, su superación, su contradicción; cualquier juego de azar es una esperanzada negación de las probabilidades establecidas, afirmadas; como cábalas, amuletos y supersticiones; como los melodramas de las telenovelas, antes los radioteatros, antes el cine, antes los folletines seriados impresos, antes el teatro de anfiteatro, antes juglares y aedas.

Los científicos admirados y recordados son los que negaron lo anterior e impusieron algo nuevo, como los descubridores, conquistadores e inventores, héroes e ídolos, hasta los grandes criminales; todos negadores de lo establecido como real, posible y verdadero. ¿Qué hubiera sido del mundo sin profetas, hazañas y utopías? Todas negaciones de lo afirmado como posible, probable, adecuado, racional, prudente, consensuado. Decía Max Weber que uno de los ciclos más importantes para entender las dinámicas sociales es el de profetas vs. sacerdotes, donde éstos son el statu quo y la custodia de la ortodoxia, en conflicto con los negadores (profetas emisores de revelación, profetas ejemplares hipervirtuosos); la secularización de este enfrentamiento entre afirmadores y negadores explica mucho de las dinámicas sociales, políticas y culturales, en especial la evolución y el cambio, que es de autoría de profetas a pesar de los sacerdotes, burócratas, guardianes de la ortodoxia, obsecuentes de lo oficial, timoratos frente al poder, y corrompibles, esperablemente afirmacionistas.

Hagamos una corta y apresurada lista de negaciones y de negacionistas que han sido fundamentales en la historia de la humanidad, en la del Uruguay. Cada uno de ustedes, lectores, podrá aumentar, mentalmente, esa lista, añadiendo negaciones y negadores como contribuyentes cruciales, a la humanidad, al Uruguay; hasta intentando otra lista de negaciones útiles en sus propias vidas, de momentos de crecimiento ante adversidades opuestas por la afirmación de obstáculos, y que superamos negándolos y combatiéndolos con una convicción que no siempre tuvimos el acierto de mostrar, contentándonos con un cómodo e irresponsable afirmacionismo.

Era parte de una ínfima minoría negacionista Cristóbal Colón, adverso a la mayoría afirmacionista que le decía que se caería al vacío si cruzaba la línea del horizonte; posteriores descubridores volvieron a negar la mayoría afirmacionista de la Tierra plana y se animaron a doblar el Cabo de Buena Esperanza, con la fundada esperanza negacionista de que la Tierra fuese redonda y que pudieran volver a España por un océano cardinalmente opuesto a aquél por el cual habían llegado. Seguramente los mayoritarios afirmacionistas estuvieron furiosos con el minoritario negacionista Fray Bartolomé de las Casas, que, arrogantemente, rechazaba que los indígenas americanos no fueran humanos y reducibles a servidumbre, como deseaban los sensatos afirmacionistas mayoritarios. Espartaco, mucho antes, había negado, minoritario y arrogante también, la condena de los negros a la esclavitud, otro exabrupto negacionista de arrogantes minorías, escándalo de los mayoritarios afirmacionistas, que hasta tuvieron que soportar que intentaran liberarse por las armas de esa condena, negación más intolerable aún para la mayoría afirmacionista.

En general, los descubrimientos científicos, los inventos tecnológicos, las revoluciones conceptuales, han sido producto de minorías negacionistas, profetas algunas veces apoyados por las mayorías afirmacionistas y los sacerdotes burócratas; pero más a menudo producto de alguna heroica insistencia de los minoritarios negacionistas ante las mayorías afirmacionistas, más conservadoras y mediocres. ¿Es necesario recordar una vez más a Galileo, a Kepler, a Copérnico? En este punto cabe una digresión sobre la ciencia y la Academia que reúne a los científicos de las diversas disciplinas. Normalmente, los conceptos y prácticas consagradas por el sacerdocio científico mayoritario y afirmacionista deben ser negados por los profetas minoritarios para intentar llevar a la ciencia a un nuevo nivel. Ser mayoría institucionalmente afirmacionista no garantiza la verdad ni la fertilidad de las tendencias apoyadas; y no es que el consenso afirmacionista y sacerdotal no importe; sí que importa, al menos para frenar locuras anárquicas sin filtros de admisibilidad. Pero no debería ser esgrimida como argumento de autoridad suficiente como para constituir verdad demostrada y conclusiva. La ciencia no debería invocar verdades dogmáticamente imponibles como si fueran revelaciones religiosas; porque la ciencia afirma verdades relativas, condicionales, transitorias, sujetas a matices y superaciones desde dudas metódicas, y sin aceptar argumentos de autoridad como los de la infalibilidad papal católica en materia de dogma. Cuando la ineluctablemente mediocre e ignorante prensa, o a veces políticos también ignorantes o vivillos, afirman que tal cosa es “lo que la ciencia indica”, exhiben una idea ignorante y dogmática sobre la ciencia, que es propia de la religión revelada trascendentemente, y no de la ciencia humanamente trabajada, que debiera ser anti-dogmática por definición y especificidad en la división del trabajo humano. Porque quizás alguien pueda afirmar sacerdotalmente cuál es el estado científico en un área dada, en un momento dado; pero nunca debería rechazar o descalificar el intento de alguna minoría negacionista de sustituir a futuro lo afirmado hoy por esa mayoría afirmacionista; porque muy probablemente esa mayoría sacerdotal afirmacionista ortodoxa hoy, fue, en su momento, producto también de algunos profetas minoritarios negacionistas que sustituyeron ortodoxias anteriores. La historia del catolicismo, secta minoritaria inicialmente, con sus profetas principales asesinados, con fieles y profetas perseguidos, torturados y lanzados a los leones durante 4 siglos, continuando su prédica negadora, al siglo siguiente deviene religión oficial del mismo imperio romano que los había perseguido y asesinado. La objeción al carácter minoritario y negacionista de alternativas a la ortodoxia sacerdotal mayoritaria afirmacionista es propia a) de la cultura millenial, que jerarquiza artistas y arte por el número de likes y visitas que algún producto tuviera, b) del dogmatismo de las religiones reveladas, algunas alegadamente desde una trascendencia eterna e infalible (Yavé, Alá, Dios uno y trino, Vedas, etc.) o desde una trascendentalidad moralmente indiscutible en su superioridad (Buda); pero jamás debiera serlo de la ciencia, aunque tantas veces prensa, políticos y demás sectores ingenuos e ignorantes (o vivillos) de la sociedad usen la ciencia de modo religioso-dogmático; este rechazo del “negacionismo” huele fragantemente a dogmatismo.

Pero sigamos con algunos ejemplos de la importancia del negacionismo en la historia. Vayamos rápidamente a algunos casos en la historia uruguaya, que usted, como en los casos de la historia universal antes vistos, podrá enriquecer desde su propia cultura histórica, universal y patria.

El Uruguay no hubiera llegado a ser lo que es sin muchos negacionistas que prepararon el camino para que llegara a ser una solución geopolítica pensable para Inglaterra, Argentina, Brasil y Uruguay. Su exitosa negación de las invasiones portuguesas en el siglo XVIII lo llevó a su condición de puerto fortificado, subordinado a Buenos Aires pero con cierta autonomía como Gobernación en las Indias Españolas. Negó inicialmente la revolución de Mayo por insuficientemente defensora del rey español legítimo, expulsado por la invasión napoleónica de Iberia. Negó resoluciones virreinales como Gobernación autonóma fiel a Fernando VII con la astuta fórmula de que “se acatan pero no se cumplen”. Negó, con Artigas, la dominación porteña en la Banda Oriental, negó la invasión inglesa inmediatamente antes, la luso-brasileña luego, y la dominancia de Buenos Aires en la federación de provincias inclusivas de Argentina y Uruguay. El héroe nacional Artigas negó todas las invasiones y las soluciones ofrecidas hasta que se retiró, derrotado militarmente pero moralmente ensalzado; perdedor material, pero ganador espiritual, ejemplo vivo de triunfo a largo plazo de negacionismos que parecieron derrotados por su osado enfrentamiento sin concesiones a lo constituido y afirmado; un perdedor militar y hasta político se vuelve héroe nacional como ejemplo moral de “negacionismo” inquebrantable. Como fue constantemente negacionista de la realidad imperante don Quijote, enfrentando a una realidad reflejada en Sancho (inicialmente); el “quijotismo” derrotado se volverá perennemente admirado y triunfante luego, y pese a la desilusionada muerte, en el final de la novela, del hombre de carne y hueso que era el sustento real de su personaje ideal, Alonso Quijano. Como el Cristo crucificado por negar la ortodoxia judía dominante y el poder imperial romano, que cumplía las profecías y su función de redentor del pecado original, como neo-cordero sacrificial. José Batlle y Ordoñez negó la mayoría intrapartidaria colorada y refundó el partido, contra mayorías afirmativas y sacerdotes profanos. La delegación uruguaya que ganó en fútbol el título olímpico de 1924 en Francia, negó las recomendaciones de no concurrir porque el cisma ocurrido entre los clubes debilitaría el potencial del equipo. Puede usted también sumar ejemplos de negacionismo triunfal o fértil en la historia del fútbol, que son tan abundantes que son casi incontables.

Como primer capítulo de defensa del negacionismo en la historia recurrimos a la ubicuidad espacial y temporal del negacionismo y de los negacionistas, fácilmente detectable en la historia de la ciencia, de la tecnología, de la política, del deporte, de las artes, de la vida cotidiana, de las ejemplares leyendas y mitos religiosos; y a su casi obvia influencia en el progreso, en el enriquecimiento de alternativas para diferentes ámbitos de vida, para exponer objeciones técnicas y morales, y para proponer alternativas nuevas o distintas de las ortodoxamente y oficialmente vigentes y afirmadas en cada espaciotiempo.

Hagamos la pronta salvedad, antes de que pueda originar algún malentendido, que, al subrayar el papel histórico e ideológico tan relevante de la negación (y por ende, de los actores históricos que la han pensado como central y de los que la han actuado en la práctica), estamos respondiendo en defensa de su papel positivo, que ha sido tan injusta e ignorantemente denegado por la definición dada del “negacionismo”, y criticando el uso del término para calificar a actuales supuestos negacionistas en debates hirvientes al día de hoy en el mundo y en el Uruguay. Esto de ningún modo implica negar por ello el papel positivo y constructivo que también han jugado algunos supuestos rivales de los negacionistas: quienes, en este contexto semántico pobre que se nos impuso, podrían ser bautizados de “afirmacionistas”; responsables, al menos, de la consolidación, desarrollo y ramificación de algunas tendencias novedosas que estarían sustituyendo a anteriores ideas y prácticas; tampoco descartamos, por esa defensa de la negación y de los negadores, todas las novedades evolutivas y positivas que se hayan producido luego de crisis de negación, ya que la acumulación, la diversificación y las fusiones, más hijas de la afirmación que de la negación, han sido modos de cambio y progreso muy relevantes también. No ignoramos la evolución como camino tendiente al progreso adaptativo y expresivo de la humanidad a través de una linealidad impulsada a veces por algunos momentos de ruptura cualitativa; no la negamos, como maniqueamente hacen los evolutivo-afirmacionistas con la negación y los negacionistas.

2. La negación, central a la dialéctica y más aun a la ‘negativa’

Como segundo capítulo de defensa del negacionismo, luego del énfasis en su importancia en la historia de todas las áreas de la vida humana, focalicemos su influencia, quizás mayor aún, en la filosofía, en especial en el imaginario teórico sobre la lógica y la filosofía de la historia, donde el negacionismo y el papel de la negación, tanto en la dinámica lógico-conceptual como en la de la propia realidad material, obedecen fundamentalmente a una dinámica en que se produce la negación antitética de una afirmación tética, seguida de una nueva negación, ahora de la antitética, síntesis que superaría (aufhebung), en un nuevo nivel de la realidad, la tesis inicialmente afirmada con su antítesis primeramente negada; superación que será una nueva afirmación (tesis 2) que desarrollará una nueva contradicción (antítesis 2) que negará nuevamente la tesis (negación 2), y será nuevamente superada por una nueva síntesis (negación de la negación 2, síntesis 2, superación 2), y así sucesivamente.

Si en los esquemas evolutivos lo central es la acumulación, el vector del progreso y sus afirmaciones, que tolera también ciertos “saltos” cualitativos, en los esquemas dialécticos lo central es la negación, de la tesis afirmada y la nueva negación de la antítesis, que produce una negación de la negación sintética, superación de las negaciones. Esa negación, que vimos ocurre fértilmente aun dentro de esquemas cotidianos, que no suelen ser dialécticos, o de los evolutivos, es absolutamente central en la dialéctica, donde los momentos de negación son los más importantes, aunque también pueden serlo en esquemas cotidianos más afirmacionistas y acumulativos de afirmaciones que negadores de premisas lógica y sustantivamente planteadas.

Un caso especial es el de la dialéctica negativa de Theodor Adorno, de 1966, grueso y duro volumen que radicaliza la dialéctica postulando que debe rechazarse, negarse, toda la conceptualización de los objetos en la medida que el concepto es siempre un empobrecimiento del objeto, y no un empobrecimiento cualquiera sino uno que resulta en la dominación del significado, desde la semántica del signo, del mundo de los objetos, en interés de quienes efectúan e imponen el reduccionismo conceptual de los objetos; se piense lo que se piense de su teoría, configura una negación muy radical y una exigencia de negación dialéctica, porque lo que se niega es el código de encodificación del significado de los significantes; y eso quizás porque el mejor medio de control y hegemonía en el mundo contemporáneo de los signos es el de la autoría del código y de los medios de encodificación del significado, dominio simbólico, poder simbólico en el sentido de Pierre Bourdieu de aptitud para naturalizar arbitrarios; afirman autores como Jean Baudrillard que la hegemonía del código daría más poder que la propiedad de los medios de producción, entre otras cosas porque es también un medio de producción, en la medida en que la ciencia y la tecnología son ideologías que son factores productivos y que ensalzan determinado derrotero de investigación y de invenciones en desmedro de otros, afirmación de Jurgen Habermas de fines de los 60 que resplandece en la historia de la pandemia del cov-sars-2. Jean Baudrillard, en 1973, en “Crítica de la economía política del signo” coincide y desarrolla contenidos de la dialéctica negativa destacando la centralidad del dominio del código para hegemonizar el mundo de los objetos en la sociedad de consumo y del espectáculo, que es claramente de hegemonía sígnica en su poder simbólico.

Los esquemas de filosofía más extendidos, los evolucionistas y los dialécticos, le dan importancia, ambos, a los momentos afirmativos y a los negadores, pero con énfasis diversos y hasta opuestos: los evolucionistas (quizá mayoritarios) son más afirmativistas acumulativos, aunque, tanto en el caso darwinista como en aspectos prácticos del proceso, la dan lugar a la negación, como hemos visto con ejemplos varios; los dialécticos (quizá minoritarios), en cambio, priorizan los momentos o instancias de negación, aunque dejándole un lugar importante pero relativamente secundario a los momentos de afirmación; son más bien negacionistas que le dan su lugar a las afirmaciones (tesis), pero para negarlas y superarlas. Especialmente en Fichte, la negación y la superación son un mandato ético, un deber, hacia el progreso; que también son progresos en Hegel y en Marx. Cabe recordar que para éste, el capitalismo es un progreso en el sentido de la liberación humana, aunque su imperfección transitoria deba requerir su negación y superación también; jamás aprobó alianzas de las clases negadoras progresivas del capitalismo, ni electorales o tácticas, con clases de modos de producción anteriores y más explotadores; implicarían regresividad.

Advertimos que hay filosofías de la historia muy importantes que no hemos mencionado porque no son tan centrales para la oposición superviviente entre afirmacionistas y negacionistas. Tales serían las del descaecimiento y decadencia desde una perfección inicial: Platón y Plotino, en algunas religiones importadas por éste, y que tendrán gran importancia en el augustinismo católico y en las órdenes monacales desde el medioevo; o la reencarnación hindú. En ellas hay momentos importantes de negación también, pero no son oponibles de modo tan pedagógico como las que mencionamos, ni están tan presentes hoy, ni explícita ni latentemente en la vivencia cotidiana ni en el debate filosófico. También el tiempo cónico o en espiral ascendente, del tipo del de Vico, debería ser considerado, aunque en este caso la negación no tiene mucha importancia, sobrepujada imaginativamente por una evolución con reiteraciones de lo mismo pero en niveles diferentes. Todas estas filosofías de la historia contemplan, pero le dan relevancia diversa, a la afirmación y a la negación; suceden a las primeras cosmogonías primitivas, que no consideraban el cambio o la evolución, sino un eterno retorno cíclico de lo mismo; el cambio y la diversificación, si existentes, debían ser exorcizados por rituales y cultos que mantuvieran la mismidad a través del tiempo; nada de afirmaciones acumulativas evolutivas, ni de negaciones rupturistas; esto aparece mucho más tardíamente en la historia de la humanidad.

3. Filosofía del no: reunión de afirmación y negación

Hemos visto que, después de las cosmologías primitivas del eterno retorno de lo mismo, y excluyendo las dinámicas del desaecimiento, del tiempo cónico y de la reencarnación, la gran mayoría de las filosofías de la historia se basan, las llamadas “afirmacionistas” en la mayor importancia de la acumulación y el salto adelante; las llamadas “negacionistas”, al contrario, privilegian los momentos de ruptura contradictoria, antitética o superadora, que implican negaciones de afirmaciones. Sin embargo, está claro que las dinámicas afirmacionistas, evolucionistas, contienen abundantes momentos de negación positivos, progresivos; y que las dinámicas negacionistas, dialécticas, a su vez, suponen momentos de afirmación, tesis, y de desarrollo de la negación sintética, superadora, también inicialmente afirmadoras, hasta que la aparición o conciencia de la latencia de la contradicción produzca la antítesis negadora.

Aparentemente, las dos dinámicas serían mutuamente excluyentes pese a incluir las dos elementos centrales de la otra pero como momentos subordinados a las lógicas básicas de ambas. Pero hay muchos intentos, que comparto, de encontrar modos de compatibilizar las dos dinámicas. Una primera y muy precoz fue de Georg Simmel, epistémicamente kantiano y ontológicamente hegeliano, pero además gran admirador de Schopenhauer y Nietzsche. Simmel, que produce fulgurantemente entre el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX, describe los objetos como poseyendo intrínsecamente unitarias contradicciones, que abarca como tales en una unidad que las trasciende. Por ejemplo, dice que el marco de un cuadro, tanto le da unidad a lo que contiene, como lo separa de su exterior, sumando su capacidad unificadora a su capacidad diferenciadora, que pueden coexistir aun frente a la simplificadora (como de periodista) pregunta sobre si el marco de un cuadro une o separa (respuesta compleja: ambas cosas); que la moda cumple funciones de unificación de los que la adoptan, y de diferenciación respecto de otros, además de su capacidad de distinguir jerárquicamente a unos y otros (estas observaciones, a principios del XX), de fingir y de disimular, de expresar y de ocultat; su esencia social sería la de conjugar, complementariamente, cualidades que serían las del “tercero excluido” lógico de Aristóteles; el concepto de “tragedia”, en Nietzsche, en Simmel, en Parsons, en Germani, es el de la posibilidad sustantiva de un tercero excluido, que podría ser lógicamente negado o conceptualizado como tesis y antítesis en una dinámica dialéctica.

La idea, entonces, es de una constitución dialéctica de los objetos materiales y espirituales, dialéctica y contradicciones que no necesariamente se resuelven en favor de la tesis, ni de la antítesis, ni siquiera desde la síntesis, porque sería una dualidad constitutiva, en la que hay una unidad de contrarios que permea la dinámica tesis-antítesis-síntesis; el simple hecho de la contradicción es una de las condiciones ónticas posibles, sin generar necesariamente, para tener efectos y consecuencias, ni una negación exitosa, ni una antítesis que fracasa frente a la antítesis; puede no negar la tesis ni superarla, ni tampoco fracasando y siendo derrotada por la afirmación tética: habría una lucha sin cuartel ni fin entre afirmaciones y negaciones (los mecanismos homeostáticos sistémicos, por ejemplo, o los mecanismos parsonianos de control social, son procesos correctores hacia la conformidad sin que ninguno de los extremos sea derrotado). Esa “tragedia” de una lucha equilibrada y estructural, digamos que sin vencidos ni vencedores entre afirmadores y negadores, tesis y antítesis, quizás sea inaugurada por Nietzsche en ”El nacimiento de la tragedia”; más tarde en la teoría funcional-sistémica y estructural, desde Parsons (circa 1950), pero llegando luego hasta Gino Germani en América Latina (y Peter Heintz); se acuña el término “tensión estructural” para describir en términos estáticos y dinámicos un cierto equilibrio entre afirmación y negación, o entre conformidad y desviación. En 1940, Gaston Bachelard publica su “Philosophie du non”, que no adhiere a la dinámica de la dialéctica negacionista ni a la de la evolución afirmacionista, sino que concibe, y lo muestra teórica e históricamente, cómo las corrientes científicas que niegan anteriores son compatibles con ellas por la referencialidad mutua y común, por la convertibilidad posible de unas en otras, y por las afinidades electivas entre diversas negaciones contemporáneas entre sí; más allá de su confrontación explícita, o de la descripción de su interacción, instalarse de pleno en la parte negada nos parece una exageración. La negación debe permanecer en contacto con la formación primera (tesis, afirmación, diría yo). Debe permitir una generalización dialéctica (una de ellas, pero solo una, la síntesis, diría). La generalización por el “no” debe incluir lo que ella niega (en parte como la superación dialéctica). Así, la geometría no-euclidiana entraña la geometría euclidiana; la mecánica no-newtoniana entraña la mecánica newtoniana, y la mecánica ondulatoria, la relativista. De hecho, muchas generalizaciones dialécticas, independientes al principio, adquieren coherencia. Así, la mecánica no-newtoniana de Einstein se ha expresado con toda naturalidad en la geometría no-euclidiana de Riemann.

En todos los casos mencionados en los dos primeros numerales, la negación, los negadores, y el negacionismo como abstracción ulterior, no deberían ser ni despreciados ni descalificados como conducta humana inferior ni secundaria frente a otras estrategias cognitivas alternativas, tales como un supuesto afirmacionismo superior a él. Dependerá de la calidad de las afirmaciones o de las negaciones, más que del calificativo en sí mismo; negar, ser negador o negacionista no está mal, ni por mínima reflexión introspección cotidiana sobre la importancia vital de negar, ni por el lugar que tiene en todo el imaginario y la fenomenología de la construcción óntica o cognitiva del mundo; tanto en un imaginario y fenomenología evolucionista, aunque más aún en dialécticas, tanto las hegeliano-fichteanas como la de Adorno; quizás todo ese mísero maniqueísmo empobrecedor sea evitable por la línea Nietzsche-Simmel-Bachelard-Parsons-Baudrillard, que ofrece una conceptualización de interés por asemejarse a la viabilización plausible de un tercero excluido lógico descartado en el nivel óntico de la realidad.

¡Qué viva el buen negacionismo! El de aquel que niega cuando la afirmación ya no rinde frutos y aparecen alternativas que puedan argumentarse, teórica y fácticamente, como posibles sustitutas de las afirmaciones del statu quo y de variantes suyas. Porque es claro que un negacionismo por negar nomás, compulsión psíquica pura, sin racionalidad teórica y empírica para postularse como alternativa o complemento de la afirmación vigente, no es la clase de negacionismo que pueda oponerse legítimamente a un afirmacionismo de statu quo, de tesis, o de triunfo contra las insurrecciones antitéticas. El negacionismo válido y contribuyente es el que hemos visto tan presente en la vida cotidiana y en todas las áreas del progreso en un modelo evolucionista y positivista dinámico; o bajo la forma de negaciones antitéticas o de negaciones de las antítesis superadoras de tesis y antítesis, al modo de la dialéctica Fichte-Hegel-Marx; o desde una dialéctica negativa radical como la de Adorno, que no acepta la reducción conceptual de los objetos por sujetos que luego imponen su reduccionismo como código imperial de encodificación del mundo, lo que amplía Baudrillard.

Una perspectiva integradora de afirmaciones y negaciones, además de a) la que prioriza el momento afirmativo aunque se acompañe de importantes negaciones, o b) aquella que prioriza los momentos de negación aunque le dé importancia a los momentos de afirmación. La alternativa c) sería la desarrollada en la citada línea Nietzsche-Simmel-Bachelard-Parsons-Baudrillard, que integra expost una sucesión de afirmaciones y negaciones relativas a ámbitos que las integran potencialmente más allá de su actualidad manifiesta como contradicciones, como actualización de terceros excluidos que superen su disyunción ideológica en la práctica discursiva. Quizás sea ésta la línea más prometedora y que evite inútiles polémicas retóricas, insustanciales, provincianas, como las que ocupan y fatigan fútiles páginas de publicaciones donde no especialistas, sin formación histórica o filosófica, se descalifican febrilmente con bajos argumentos y evidencias, generando una pésima escuela de debate, que los políticos también nutren, especialmente desde esas ubicuas escuelas de mediocridad que son los medios de comunicación de masas, en especial los llamados “informativos”, o “noticiosos”, que más bien venden peleas o conflictos, guerras de trincheras (ni siquiera en el sentido gramsciano) que canalizar o vehiculizar discusiones constructivas o deconstructivas, pero sustantivas.

4. El venenoso y pigmeo debate en el Uruguay

El problema adquiere ribetes más trágicos en el Uruguay, donde se confirma aquello de que “ciudad chica, infierno grande”, quizás debido a: a) el tamaño de los sujetos o colectivos que polemizan sobre negacionismos y afirmacionismos, u otros “ismos” menores; b) la vinculación de los debatientes a orientaciones político-electorales; c) el parroquialismo endogámico que vibra en los sujetos en pugna, y su orientación hacia claques de cliques provincianas; d) sin grandeza de fines, sin cuidado alguno sobre la verdad o realidad de lo que está en juego, cualidades en decadencia y subordinadas a intereses fraccionales sectarios o a inflados egos no especializados; e) la perversa participación de una prensa más intrusiva que mediadora; y f) el cambalache de las redes sociales. Todos y cada uno de esos factores sobredetermina los objetivos del debate, subordinando la tan clásica como obsoleta búsqueda individual y colectiva de mayor realidad, mayor verdad y más fundada opinión; sustituida progresivamente por un narcisismo utilitarista de aporte a sus pertenencias actuales y/o a sus referencias esperadas.

Todo ello produce un debate que dista mucho del ideal de la dialéctica socrática que, por desinteresada secuencia dialógica, arribaba a mejores conceptos que los inicialmente puestos sobre la mesa de la interacción. Aquí y ahora, el debate no es tal, porque no persigue realidad ni verdad ni mejor opinión, es más guerra de trincheras que esgrima dialógica, y empobrece y caricaturiza crecientemente las posiciones en pugna, alejando progresivamente a los acompañantes de esa guerra de trincheras, vendida publicitariamente como “debate” o “discusión” sustancial a las audiencias.

5. Uruguay siglo XXI: manual de debates, o munición para trincheras

El perverso mecanismo básico de un llamado “debate”, que es más guerra de trincheras ensimismadas que esgrima dialógica para ir estableciendo solidaria y progresivamente realidades ocurridas u ocurrentes, verdades demostrables y opiniones argumentables en teoría y/o hechos (más bien fenómenos), sería algo como lo que sigue: a) Escríbase un texto con un título llamativo y en una publicación conocida a priori como acogedora de lo que se dirá, y rechazadora de lo contrario; pero que parezca tolerante, pluralista y republicana, aunque probablemente exhibirá un desbalance claro entre las posiciones que simula aceptar; b) Abunden calificativos sin mayor sustento expuesto pero en general despectivos y descalificadores del texto o autor al que se responda, o anticipando discrepancias; c) Condiméntense los calificativos con adverbios aumentativos de lo que se afirma y diminutivos de lo que se niega; d) Tómense, para referirse a una corriente, texto o autor a enfrentar, lo peor, más breve y descontextualizado, o lo más frágil de todo lo dicho o escrito por el referido contrario, cosa de debatir un estereotipo o más bien caricatura de lo que la otra corriente, texto o autor hayan dicho en un texto o hasta en una densa producción; el objetivo es “ganar la discusión micro puntual”, jamás tener razón o construir aprovechando lo que varias voces calificadas digan, apuntando a mejorar el logro de realidades, verdades o enriquecimientos; e) para que los lectores desprevenidos o los correligionarios que buscan alimentarse desde una trinchera y vomitar a la otra tengan fácil argumentación para confirmar lo que ya creían, jamás para tratar de incorporar alguna razón al rival, o nutrir mejorías en la conceptualización resultante del intercambio; f) lo que se discute y cómo se lo hace en el Uruguay actual termina siendo mucho más divisivo, mucho menos pensado, mucho menos fundado, mucho más ígneo de talante que lo que se empezó intercambiando; se habla, de modo narcisista, para la claque de la clique de pertenencia, o para la que se aspira a pertenecer en la carrera personal; las realidades, verdades o espectro de alternativas que surge del “debate” es mucho menos rico que los que existían al inicio del debate; g) la munición de la pedrea engrosa; se trata de una pedrea entre una trinchera auto-calificada de sabia, inteligente, razonable, informada, moral y moderada contra otra también auto-calificada de burra, imbécil, descocada, desinformada, inmoral y radical; éstos pensarán viceversa de aquéllos; nadie le concede nada de razón a ningún adversario, son conjuntos disjuntos y con terceros solo excluidos; h) Ampárense, para sus insultos o infundios, en la ley de prensa; para que ninguno de los descalificados e insultados pueda establecer una demanda penal por calumnias, injurias y difamación, ni resarcimientos civiles por los vómitos recibidos; i) Hechos, teorías y argumentos cederán su lugar a insultos, caricaturas y ridiculizaciones, acusando a sus rivales de hacerlo mientras se hace precisamente eso; j) Descalifíquense autores, textos, corrientes y opiniones de especialistas en conocimientos relevantes al tema focal desde especialidades absolutamente irrelevantes para el mismo, sin el menor escrúpulo o autocrítica, cambalache discepoliano redivivo; k) Sustitúyanse los análisis de hechos, argumentos y teorías que no pertenezcan a la vulgata oficial y ortodoxa por caricaturas, depreciaciones y epítetos insultantes y descalificadores, hasta recurriendo a definiciones de Diccionario, que, como en el caso de “negacionismo”, establecen una descalificación por definición, intrínseca, de la negación, ignorando la enorme contribución que la negación ha hecho a la historia de la humanidad, en la vida cotidiana y en todos los ámbitos de la vida humana en todo el espaciotiempo conocidos, como vimos en los 3 primeros numerales del artículo; l) porque el asunto no debiera ser simplemente quién es negacionista o no, qué alfiler titulado se le pone taxonómicamente a cada insecto, qué vecindades o contactos lo hacen sospechable o tranquilizador como negacionista o como afirmacionista, qué sutiles y paranoicos indicadores a priori me van a permitir descalificar o admitir sin considerar los contenidos del texto. El asunto debiera ser qué hechos, argumentos y teorías esgrime quien niega, o quien afirma, y no dónde escribe, si acuerda o no con lo que hoy parece ortodoxo, oficial, vigente, pero que no es sagrado, salvo ignorancia dogmática de quien califica sin analizar; m) la reivindicación de un negacionismo tan pobremente conceptualizado no nos lleva, como llevó a sus postuladores, a descalificar a quienes establecen puntos de vista y prácticas contrarios a aquéllas operadas por los mal llamados negacionistas, que mal llamaríamos afirmacionistas para mantenernos en el universo de discurso y lugar de enunciación de la expresión “negacionismo” que hemos tenido que considerar, dada su injusta pobreza descriptiva; n) siguiendo esa acepción, universo de discurso y lugar de enunciación, me enorgullezco de poder ser tildado de “negacionista”, actividad que elogio abiertamente porque he probado ampliamente su fertilidad, lo que no debería llevar a descalificar a los “afirmacionistas” como ellos lo han hecho con los negacionistas; los afirmacionistas también han contribuido de modo valioso; o) quizás sean apreciables los esfuerzos que, mediante una línea de integración sintética como la Nietzsche-Simmel-Bachelard-Parsons-Baudrillard, puedan promover un rechazo a esa guerra de trincheras que envenena la vida cotidiana y académica uruguaya (trincheras política, periodística y microcomunicacionalmente alimentadas), impidiendo que el debate sea del modo y con los resultados de la dialéctica dialógica socrática, y de las maneras comunicacionalmente correctas; porque, luego de un “debate atrincherado”, el conocimiento, la sociabilidad, la realidad, la verdad y la opinión empeoran, para mal agregado de todos; o) lo peor es que la pandemia de la sustitución de debates por guerras de trincheras es trendy, tendencia global, una de las peores pandemias. Vale la pena recordar que jamás se ha hecho una confrontación pública de ideas, datos y argumentos fuera de las trincheras, pese a que los negacionistas lo han reclamado, y contando entre sus filas con especialistas multidisciplinarios del mismo nivel académico de los afirmacionistas, que se niegan a debatir. Por el contrario, además de negarse a debatir con negacionistas, los han comenzado a censurar en las plataformas, en las redes sociales y en las invitaciones a eventos científicos, probablemente por temor a perder en el debate, en una muestra de que el desarrollo de la pandemia se acerca cada vez más a una dictadura global por parte de políticos, periodistas y especialistas afirmacionistas.

Esperemos que la negación y quienes la ejercen sean apreciados en su relevancia histórica más allá de la pobreza con que son definidos por la Real Academia, y que tampoco se reivindiquen sectariamente en desmedro de afirmacionistas, también fértiles y dignos de una recomposición con los negacionistas.

Ello podría llevar hasta a un elogio de los conspiracionistas y de las conspiraciones también; los conspiracionistas, como por ejemplo los órganos de seguridad, siempre han sido protectores de intereses comunes a veces muy importantes, y sus hipótesis y actividades de sospecha fundamentales para eso, solo para hablar de lado afirmacionista; por otro lado, las negaciones fértiles se han servido muchas veces de conspiraciones para implementarlas, del lado del negacionismo. Elogio del conspiracionismo, entonces? Sería superar otra mediocridad de moda. Pero ya no entra en esta nota. Y queda aún la peor mediocridad ignorante de moda entre la pseudo-intelectualidad: el “terraplanismo”, comúnmente usado por quienes utilizan “negacionismo” y “conspiracionismo”, para referirse a cosas que no tienen nada que ver con la posición, ni de los terraplanistas medievales, ni con su resurrección sorpresiva a fines del siglo XX. De cualquier modo, lo que sostienen no tiene nada que ver con lo que pueden decir los que son acusados de negacionistas y/o de conspiracionistas. Un completo e ignorante error, que se suma. En realidad podría ser mejor no ocuparse más de todos ellos, quizás, porque no valen tanta paciencia.

Rafael Bayce https://extramurosrevista.org/elogio-del-negacionismo/

comentario

  1. Muy bueno el artículo, pero excesivamente largo. Contiene una argumentación excesiva para «demostrar» el por qué y para qué el negacionismo está mucho más cerca de la verdad irreductible a una sola idea y está por tanto por encima de la importancia del afirmacionismo en el juego habido entre la doxa y la episteme. Yo he tenido que abandonar la lectura, una vez que los argumentos de varios párrafos eran más que suficientes para admitir esa superior actitud de la mente y el ánimo sobre la habitual y la dominante de un momento y en una época dados, como es la crucial de las que vivimos actualmente. El problema de la sobreabundancia de palabras y de argumentos es que la razón, ella sola, no es prolija.

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