La entrada masiva en Ceuta desmonta el relato de «prosperidad» que vende Mohamed VI

Marruecos se encuentra en una situación crítica. Lo que sin duda fue una operación facilitada por los servicios de inteligencia locales, la entrada de miles de personas, incluido familias enteras, a territorio ceutí refleja una quiebra interna dentro del país, que contrasta con la imagen de prosperidad que pretende vender.

No obstante, la estrategia marroquí es bien calculada: explotar las vulnerabilidades políticas españolas, que históricamente conoce bien, animando a utilizar los hechos de Ceuta no en clave interna, sino en clave externa.

Desde el miércoles 29 de julio, internet se inundó de impactantes imágenes de marroquíes de todas las edades, hombres y mujeres, nadando hacia el enclave español en una desesperada huida, arriesgando sus vidas. Se reportaron decenas de muertos y centenares de heridos. Decenas de miles de marroquíes que entraron en territorio español en tan solo unas horas.

Las imágenes son contundentes y suficientes para refutar años de propaganda, tanto en Marruecos como entre sus aliados occidentales, que intentan vender la imagen de una monarquía estable, moderna y próspera. Las multitudes que llegaron a las costas de Ceuta también desmienten los miles de millones invertidos en proyectos de prestigio, la construcción de estadios y la organización de grandes eventos deportivos.

Los sucesos del 29 y 30 de julio no son los primeros de su tipo, ni la única expresión de la angustia social que asola a amplios sectores de la población marroquí. Ningún otro país del Magreb ha vivido una situación similar.

Si bien el discurso neofascista está pintando a Marruecos como un enemigo poderoso, fundamentalmente por el apoyo que recibe de Estados Unidos e Israel, los hechos de Ceuta han puesto en evidencia ante el mundo las tragedias que azotan regularmente a las mujeres porteadoras, las que mueren en las salas de maternidad durante el parto, las víctimas del terremoto de 2023 que quedaron en tiendas de campaña durante varios inviernos consecutivos o el estado de los pueblos del Alto Atlas que viven igual que en la Edad Media. En síntesis, Marruecos es un tigre de papel.

Pero a diferencia de otros episodios anteriores, los acontecimientos en Ceuta tienen la particularidad de producirse precisamente el día de las celebraciones del Día del Trono, que conmemoran los 27 años desde que Mohammed VI llegó al poder.

El mismo miércoles 29 de julio por la noche, el rey pronunció su discurso habitual, dedicándolo por completo a sus “logros” y al “progreso” del reino bajo su mandato. No mencionó el Sáhara Occidental, las relaciones con Argelia ni la alianza con Europa.

La tarea urgente consistía en intentar mejorar la imagen de una monarquía medieval gravemente dañada por un éxodo masivo de sus súbditos. Sin embargo, Mohammed VI solo pudo ofrecer palabras abstractas para negar escenas que, en realidad, eran muy reales. Sin embargo el rey y su gobierno tenían otras prioridades: mantener los privilegios de una casta privilegiada, mejorar la imagen de la monarquía mediante eventos deportivos, construir estadios adornados con superlativos y firmar contratos ruinosos de venta de armas con el nuevo aliado israelí.

La alimentación, por parte de la izquierda y la derecha española, de los hechos de Ceuta como un «episodio bélico» o una «invasión», son el mejor aporte al reforzamiento de la monarquía marroquí (y también a la española), y son el núcleo central de la estrategia que la OTAN está promoviendo de cara al rearme generalizado de todos sus miembros. No cabe duda que los contratistas militares del Estado Español ya están haciendo números.

Quienes desde el lado español pretenden ver esto como un episodio de escalada militarista, están tapándose los ojos ante una realidad incontestable: que Marruecos es internamente una olla a presión, y que los mejores aliados de la monarquía marroquí están no solamente entre las calles Génova y Ferraz de Madrid, sino entre las propias empresas españolas que allí se están haciendo de oro, precisamente a costa de la deslocalización de su producción porque allí la mano de obra es más barata.

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