Judíos, ¿un pueblo?

Nicolás Bianchi

En un libro publicado no hace mucho tiempo titulado «El problema nacional judío», el sociólogo vasco José Antonio Egido se pregunta si los judíos -algo tratamos aquí el 17 de febrero de este año sobre esta temática- son un pueblo, una comunidad nacional o una religión. Señala que el sionismo lo tiene claro: todos los judíos del mundo, al margen de su nacionalidad, del país en que viven y de su relación con la religión, son un pueblo con derecho a residir en (el Estado de) Israel. No se dice «obligación» porque entonces el poderoso lobby judío neoyorkino tendría que dejar sus piscinas y, claro, esto va a ser que no.
Kautsky -apunta Egido- niega la condición de «pueblo» a los judíos, y Marx -judío él mismo- escribe que «la cuestión judía adquiere un aspecto diferente a tenor del Estado en el que el judío se encuentra». Los judíos alemanes, por ejemplo, estaban muy asimilados hasta la llegada de la barbarie nazi. Se les recordó algo que tenían casi olvidado: ¡que eran judíos!, un exutorio social, un desagüe, una válvula. Piensa Egido que fue con la diáspora que el judío perdió su condición de pueblo. También cree que fue en el exilio, en Babilonia (el Irak de hoy, o lo que quede de él), donde se «construye» la religión judía. Cuando los judíos pueden ejercer plenamente su condición de ciudadanos iguales con el resto de los habitantes de un país -y esto fue lo que pasó con la Revolución francesa que los «emancipó»-, su tendencia general es a asimilarse allí donde se trasladan. Antes de existir la noción de «ciudadano» el judaísmo es una religión y nada más. Jamás una ideología política como llegó a ser el sionismo, que es lo contrario de la esencia del judaísmo ortodoxo, esto es, un mesianismo.
El historiador judío italiano Arnaldo Momigliano (1908-1987), no muy conocido por estos pagos, estudia la definición weberiana del judaísmo como religión… paria (sic) Para Max Weber un «pueblo-paria» significa que eran un pueblo-huésped ritualmente segregado por el ambiente social que les rodeaba. La conclusión de Weber es que los propios judíos decidieron ser parias por su actitud religiosa. No en balde era el «pueblo elegido» por Dios-Yahvé, lo que te obliga, no a creerte superior, no, pero sí a diferenciarte de los demás, a cerrarte. Toda la tradición religiosa hebraica presupone que los judíos están obligados a obedecer a una ley divina -la Torá- y tienen derecho a poseer un territorio concedido por Dios. Ningún avatar histórico cambiará esto. Simplemente la tierra prometida queda aplazada a una era mesiánica. Para Weber la falta de «territorialidad» sería la razón de la condición paria de los judíos.
Para George Steiner (1929-), crítico literario de origen judío, a falta de territorio, la Torá reemplaza a la tierra física y se convierte en el «territorio nacional»: el libro constituye la patria de los judíos (negrita mía).
Los sionistas, la mayoría ateos -como los cardenales del Vaticano empezando por el Papa, no es una osadía lo que digo-, lejos de ser un movimiento de liberación nacional, vale decir, se transmutan en un movimiento de colonización para lo cual tienen que expulsar a los legítimos propietarios de una tierra: Palestina, único pueblo, este sí, y nación sojuzgado.

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