En 1991 se fundó en Alemania la “Nueva Sociedad de Psicología” (NGfP) que anualmente organiza congresos sobre los temas más variados, como las migraciones, el racismo, la digitalización de la sociedad o las consecuencias de la pandemia.
El último ha sido sobre un tema muy actual: la histeria bélica que asola a Europa. Las ponencias han aparecido en un libro colectivo titulado “La destrucción furiosa”, donde 21 autores diferentes analizan las consecuencias sicosociales de la preparación de la guerra.
La fobia antirrusa ocupa una parte de los estudios, entre ellos el de Michael Schneider, que lleva el título “El malvado ruso”. Es una reminiscencia de la imagen antibolchevique creada por lo nazis, que Alemania nunca ha superado. Tras la guerra mundial se superó la fobia a los judíos, pero no ocurrió lo mismo con otros “infrahombres”, entre los que estaban los bolcheviques, que quedaron asimilada a los rusos y a los eslavos, en general.
En otro capítulo Wolfgang Bittner analiza lo que califica como “sociedad traicionada”, afirmando que los posicionamientos contra Rusia son un verdadero caso de histeria. “Se habla constantemente de los ataques híbridos de Rusia contra la infraestructura alemana y los drones rusos que espían las instalaciones militares”. Como consecuencia, los medios de intoxicación exigen “dar una respuesta”.
¿Qué respuesta? Hay muchas y muy variadas. El director de política exterior de la CDU, Roderich Kiesewetter, propone considerar el incidente de Leipzig como una oportunidad que puede justificar la entrega de misiles de crucero Taurus a Ucrania. En una guerra siempre es conveniente tener un detonante que justifique la respuesta, y si no lo hay es necesario inventarlo porque el culpable es el que empieza la pelea; los demás se defienden.
Por eso en Alemania proliferan los detonantes. Cada día los medios hablan de alguno. La policía encuentra un artefacto explosivo en la subestación de Jänschwalde y el primer ministro de Brandeburgo, Dietmar Woidke, habla de “ataque terrorista”. Poco después se incendia una subestación eléctrica cerca de Colonia y la policía investiga un sabotaje intencionado, es decir, se convierte en un ataque.
La guerra híbrida contra nuestro país, dice Bittner, pretende destruir la cohesión social y socavar la democracia. Se trata de la típica catarata de declaraciones demagógicas que encaja como un guante con el programa de la OTAN de guerra cognitiva, que ha existido desde 2020. La batalla por el intelecto de la población es una técnica característica de guerra.
La guerra y los crímenes de guerra
En otro capítulo, Hannes Hofbauer examina la política de sanciones de la Unión Europea como una “ley marcial introducida progresivamente”. El estado de guerra permanente permite bloquear, por ejemplo, las cuentas corriente y las tarjetas de crédito, y los jueces aplauden con entusiasmo. Para los perseguidos supone la “muerte social”, como si fueran proscritos.
Otros autores, como Karin Leukefeld, denuncian que los crímenes de guerra se han convertido en Oriente Medio en una rutina. Annette Groth expone el desmantelamiento progresivo de la ONU, Günther Burbach los manejos informáticos de Palantir y Magda von Garrell de la manipulación por medio de la inteligencia artificial. Por su parte, Günter Rexilius analiza el neocolonialismo, que impone un férreo control solo sobre los países explotados.
Manfred Sohn advierte sobre las consecuencias financieras de la preparación para la guerra. La deuda pública, que ahora se sitúa en el 60 por ciento del PIB, podría aumentar al 92 por ciento en 2032. Las ilusiones de prosperidad se han acabado y todos miran a un futuro que parece cada vez más oscuro. La amargura y la ira están ya por todas partes, lo mismo que el resentimiento. Para mantener la dominación, los gobierno deben desviar la atención a supuestos enemigos externos e internos.
Werner Rügemer escribe sobre la “America rota”, esa que ha perdido la hegemonía. “El presupuesto militar de Estados Unidos ya es más grande que el de los próximos diez estados más grandes combinados, ahora se ha aumentado de un billón a 1,5 billones en dos años, una aceleración históricamente única”.
“El salario mínimo legal de 7,25 dólares, no ha cambiado durante 17 años y puede reducirse a 2,13 dólares para profesiones en las que las propinas son cada vez más comunes. Además, hay millones de trabajadores sin contrato en las empresas de plataforma […] Los migrantes son introducidos de contrabando, seleccionados y deportados. Son un pilar de la economía estadounidense: el trabajo ilegal extorsionado es un modelo de negocio”, afirma Rügemer.
(*) https://www.barth-engelbart.de/archiv/272487