Felipe e Iñaki (1)

Rebeca Quintáns

Que Iñaki Urdangarin haya entrado por fin en la cárcel no deja de ser una satisfacción,aunque llegue tarde, sea para poco tiempo y en condiciones de privilegio, e incluso sin haber devuelto lo robado. Como también lo fue que la infanta Cristina se sentara en el banquillo de los acusados, aunque finalmente fuera absuelta. Suficiente en el plano simbólico, pero sólo para empezar. Se ha avanzado mucho y roto una puerta de cristal, pero queda mucho camino por andar.

Ahora que ha terminado la instrucción y ya está jubilado, el juez que tiró la piedra, José Castro, se permite reflexionar y decir cosas como que, de no ser por la protección constitucional de que disfruta, el rey emérito tendría que haber declarado no sólo como testigo, sino como imputado, en el proceso del caso Noós.

Las mismas leyes que impiden que sea juzgado por sea cual sea el delito, manda a prisión a todos los que osan decir en voz alta que el rey está desnudo:  “Los Borbones son unos ladrones”. Pero el juez Castro no se ha callado y nosha hecho avanzar con ello a todos. Ha ganado un terreno que no podemos abandonar: ¡Pisémoslo un poco!

Si es cierto lo que dice Castro sobre Juan Carlos I, otro tanto se podría añadir sobre Felipe VI, y no sólo porque haya heredado su impunidad constitucional con la corona, sino por los indicios que apuntan a su connivencia con los proyectos de Iñaki Urdangarín. Poco se ha hablado del tema en la prensa; y en el juzgado, los intentos de Diego Torres por sacarlo a la luz chocaron una y otra vez contra un muro. La operación “salvar a la infanta” funcionó sólo en cierta medida, pero la de “dejar a Felipe al margen” triunfó clamorosamente. La pieza clave para conseguirlo fue el testigo protegido Pepote Ballester, que volcó toda la responsabilidad en Jaume Matas y Urdangarín, insistiendo en todo momento en que nadie más de la familia real tenía nada que ver, incluso cuando no era preguntado. Su tesón fue recompensado librándole de la cárcel, por este y otros casos de corrupción en los que ni siquiera tenía nada que ver el cuñado del rey.

Las pruebas que indican que Felipe tenía una relación fluida y próxima con los negocios de Urdangarín son variopintas: correos entre ellos o en los que se refieren al ahora rey (entonces príncipe de Asturias), actas de reuniones, folletos promocionales… Apuntan a que Felipe hizo alguna que otra labor de mediación y prestó su cargo como reclamo (por ejemplo, para el proyecto Ayre). Pero nada de esto se investigó. Como tampoco a nadie se le ocurrió preguntar quién era el cuarto hombre en aquella famosa partida de pádel, en septiembre de 2003 en Marivent, entre el duque de Palma, el expresidente del Govern balear Jaume Matas y elexdirector general de Deportes José Luis “Pepote” Ballester. El tribunal dio por bueno que utilizaron el palacio sin permiso y sin la presencia de nadie de la familia anfitriona, y que Felipe no se pasó ni a saludar a su íntimo amigo y compañero de equipo de regatas, Pepote, que estaba trabando amistad por su mediación con su cuñado. Como la partida se quedaba coja sin un cuarto jugador, declararon -y coló- que era un empresario anónimo que no tenía nada que ver con lo que se habían reunido para tratar: la posibilidad de que el Govern balear patrocinase un equipo de ciclismo, dejando en la gestión una suculenta comisión para Iñaki Urdangarín de Borbón. Ese fue el primer pelotazo del Instituto Noós, un negocio familiar con el que más de un Borbón tuvo sus contactos.

Y como los límites de esta columna no dan para más, continuará…

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