Estados Unidos se convirtió en un paraíso para los ‘nazis moderados’

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial la inteligencia de Estados Unidos puso en marcha la Operación Paperclip para evitar que los criminales de guerra nazis fueran capturados y ejecutados por el Ejército Rojo. Al menos 1.000 de ellos fueron recolocados como agentes del FBI y de la CIA, entonces recién creada.

A pesar de sus crímenes, vivieron y trabajaron plácidamente en Estados Unidos, protegidos por sus mentores durante décadas. Todavía en 1980 el FBI rechazó entregar a los tribunales la documentación relativa a 16 viejos nazis que trabajaron a su servicio como agentes del contraespionaje. Los servicios prestados eran más importantes que los escrúpulos éticos.

A algún lector la terminología le sonará familiar: el gran patrón de la CIA en la década de los cincuenta, Allen Dulles, justificaba la incorporación de los nazis a la CIA y al FBI diciendo que se trataba sólo de los “nazis moderados”. Si, en efecto, la cosa viene de lejos: también hubo “nazis moderados”.

En 2014 Eric Lichtblau, periodista del New York Times, escribió un artículo al respecto (1), así como el libro “The nazis next door” (2), que llevaba un subtítulo que era bastante más explícito. Se puede traducir por “Cómo América se convirtió en un paraíso para los hombres de Hitler”.

La nueva documentación que Lichtblau desvelaba aludía, entre otros, a un oficial de las SS, Otto von Bolschwing, que vivió en Nueva York hasta 1981. Durante la guerra había sido mentor de Adolf Eichmann, el carnicero que planeó la “solución final”.

Alexandras Lileikis fue otro oficial nazi que participó en el asesinato de unos 60.000 judíos antes de ponerse a trabajar para la CIA, que le consiguió la nacionalidad estadounidense. Para ello, tanto la CIA como el FBI no dudaron en ocultar información al departamento de inmigración, e incluso falsificarla.

En Nueva Jersey vivió hasta su muerte el nazi circasiano (nacido en el norte del Cáucaso) Tsherim “Tom” Soobzokov, que aparece en la foto de portada, al que en la URSS llamaban “El Hitler del norte del Cáucaso” y que en el FBI tenía el nombre clave de “Nostril”. En los documentos aparece que desde el primer momento había confesado a sus protectores su participación en la ejecución sumaria de miembros de las juventudes comunistas en el Cáucaso.

Sus crímenes no quedaron impunes gracias a que alguien se tomó la justicia por su mano. En 1985 le pusieron una bomba en su casa y falleció unos días después a causa de las graves heridas que le causó la explosión.

No fue el único caso. A otro viejo nazi, Elmars Sprogis, le pusieron otra bomba el mismo día en que murió Soobzokov. Sprogis había sido jefe de policía durante la ocupación nazi de Letonia, su país de origen.

(1) http://www.nytimes.com/2014/10/27/us/in-cold-war-us-spy-agencies-used-1000-nazis.html
(2) https://www.nytimes.com/2014/11/02/books/review/the-nazis-next-door-by-eric-lichtblau.html

Más información:
— Operación Paperclip
— Los criminales de guerra nazis cobran su jubilación en Estados Unidos

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